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Un hombre usa ChatGPT en su móvil. (Pexels)
Un análisis alerta del riesgo de delegar decisiones cotidianas en chatbots, que fomentan dependencia, erosionan el criterio propio y amplían la brecha entre quienes pueden desconectarse y quienes no
Los padres sobreprotectores crean hijos dependientes. Es la imagen del niño que, cuando anda en bici por primera vez sin ruedines, gira la cabeza hacia atrás buscando la aprobación paterna. Precisamente por descuidar lo que viene de frente, dudando de su criterio, se pega el golpetazo.
Los estudios que alertan de los peligros de la IA en los menores suelen enfocarse en aquellos que se suicidan o desarrollan vinculaciones maníacas con la máquina. Son estadísticamente muy jugosos: fáciles de cuantificar y morbosos, lo que garantiza el interés periodístico. También son muchos los que dan fe del evidente descenso de habilidades consideradas críticas para la vida adulta. No en vano, estamos ante la primera generación que ha externalizado su formación intelectual, especialmente en lo relativo al lenguaje y el pensamiento.
De la conversación continua con la máquina entre adultos funcionales como el que firma este artículo se habla menos, o se habla en términos astrológicos, casi divertidos, como sustituto de la vieja figura del televidente o la bruja. Tener una respuesta siempre para todo es un alivio; tomar decisiones es uno de los grandes dolores del ser humano, porque conlleva la aceptación de que la vida es finita. Aquí de lo que se habla es de la renuncia al criterio propio, a la opinión. A las decenas de veces al día que, enfrentados a una disyuntiva estúpida (qué desayuno si me duele la tripa, cuánta ropa debería meter en la maleta), delegamos en ChatGPT el ejercicio de nuestras facultades intelectuales, de escoger una cosa y no la otra y sufrir las consecuencias de esa misma elección. Y así, por ese camino, acabar preguntando si romper con una pareja, si cambiar de trabajo, si tiene sentido vivir.
Las IAs basadas en modelos de lenguaje como ChatGPT están diseñadas para adularnos y hacernos sentir mejor. Por eso queremos hablar todo el rato con ellas. Por eso, cada vez que les hacemos un poco de caso, nos lo celebran tan efusivamente y, si insistimos en lo contrario, se doblan en nuestra dirección como una caña de bambú. De lo contrario, serían un pésimo producto. También están pensadas para generar adicción. Las compañías de Silicon Valley siguen la lógica de crear adictos o dependientes en vez de clientes, porque los terceros son mucho más volubles, porque se pueden escapar. El tabaco y el alcohol parecen dos inocentadas del siglo XX comparados con la sofisticación de algunos productos tecnológicos. Los padres jóvenes de hoy, los más concienciados, algunas de cuyas madres fumaron durante su embarazo, hablan de prohibirles las pantallas a sus hijos con la voluntad férrea del que está salvando vidas. Del que está acotando, por lo menos al principio, la inocencia de la experiencia humana.
Poder tener el móvil apagado, poder pensar: ese va a ser el máximo símbolo de status de las próximas décadas
Por supuesto, como en todo, los más expuestos a la dilución absoluta de su capacidad de emitir juicios y conducir su vida con plenitud serán los que tengan menos recursos. Los que no dispongan de tiempo material para pensar. La ironía de este sistema es la misma que la del camello que no consume su droga: del mismo modo que Dabiz Muñoz no le da de comer a su hija las hamburguesas que anuncia en Burger King, en Silicon Valley todos querrán preservar el lujo analógico para sus hijos. Recuerden hace apenas una década, cuando se quiso convencer al mundo de que meter tablets en las aulas iba a convertir a los chavales en superhombres. Poder tener el móvil apagado, poder pensar: ese va a ser el máximo símbolo de status de las próximas décadas.
Por la historia sabemos que los avances tecnológicos consisten básicamente en acortar la distancia entre dos puntos. A costa de hacer más sencillo el camino, renunciamos a ciertas habilidades a cambio del gran beneficio de la comodidad. Ya nadie sabe cazar, ni encender una hoguera; tampoco tiene las plantas del pie endurecidas ni un estómago que tolere hasta los alimentos más corruptos. Este progresivo ablandamiento, además de brindarnos una vida más fácil, nos ha permitido ensanchar nuestra dimensión humana. La filosofía surge en la Antigua Grecia, entre otras cosas, porque se da la suficiente riqueza material como para que algunos ciudadanos puedan dedicarse a mirar las nubes: aparece el ocio, el aburrirse, el pensar.
Quizás la historia esté cruzando ciertas líneas inéditas. En esa inocente conversación que mantenemos tantos con los modelos de lenguaje está por responder una cuestión un poco más profunda: qué partes de nuestra naturaleza humana estamos apagando para siempre, y sobre todo, qué estamos recibiendo a cambio. Yo me siento, a ratos, como en un fumadero de opio.
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09/07/2026 - 05:00
https://www.elconfidencial.com/cultura/cierto-desconcierto/2026-07-09/dependencia-ia-habilidades-humanas-1hms_4386038/