
Las consultas nimias de empleados disparan el gasto empresarial de tokens
Preguntar a la Inteligencia Artificial (IA) la hora, conocer los ingredientes del gazpacho o averiguar las veces que aparece la letra "P" en la canción Porrompompero (114 veces) son usos de una tecnología que debería emplearse para fines menos chirriantes. El primer párrafo -y posiblemente todos los siguientes- podría firmarlo Perogrullo o cualquier otro baluarte del sentido común, la gobernanza y hasta la salud pública.
Algo tan sencillo como seguir pidiendo a Google la información a la que nos tenía acostumbrados permitirá reducir los gastos de IA en partidas multimillonarias. Frente a la gratuidad universal del buscador más famoso del mundo, las propuestas de ChatGPT, Anthropic, Gemini o Copilot siempre pasan por caja. Primero apostaron por las suscripciones mensuales y, una vez que los clientes se han convertido en vasallos, se ha impuesto el pago por uso. Ese bufet libre del desayuno del hotel (es decir, las tarifas planas de IA) tiene las horas contadas cuando los comensales habituales son luchadores de sumo. Y eso es lo que está sucediendo con los agentes de IA, prodigio que se frota las manos con el tanto comes, tanto pagas. El mensaje "has llegado al límite de tu uso" se repite con cansina insistencia para, acto seguido, tener que replantearse la conveniencia de actualizar el plan con otro de mayor capacidad o, en su lugar, esperar entre 12 y 24 horas para que se restablezcan automáticamente los límites. Ese incordio ha llegado para formar parte de la rutina de los usuarios de IA.
No obstante, se impone cambiar ciertos hábitos para no elevar innecesariamente la creciente factura algorítmica, sin gastar tokens como churros ni poner a sudar a la IA caprichosamente. Y eso sirve tanto para los que decidan migrar a modelos premium como para los que se resisten a pagar más de 22 euros por su suscripción mensual. Por lo pronto, el vicio de moverse en reactor privado para desplazarse a la vuelta de la esquina clama al cielo. Mejor hacerlo andando, en bici o en patinete eléctrico. Y eso sucede cuando se acude al Claude Fable 5 o al Opus 4.8 -ambos de Anthropic- para solicitar el resumen del audio de una reunión o la traducción del inglés de cualquier informe corporativo.
El bufet libre del desayuno del hotel -es decir, las tarifas planas de IA- tiene las horas contadas cuando los comensales habituales son luchadores de sumo
Tampoco resulta buena idea lanzarse al modelo Sol de GPT-5.6, de OpenAI, para conocer en qué día de la semana cae la próxima Nochevieja o pedir a Gemini 3.1 Pro que corrija los errores ortográficos de un email o que actúe como un premio Nobel de Matemáticas para ejecutar una regla de tres inversa. Quienes demanden razonamiento profundo, agentes autónomos con comprensión multimodal o tareas creativas de altísimo nivel deberían acordarse de aquel castizo refrán que sugería que "el dinero y los calzones están para las ocasiones".
Para menesteres de escaso esfuerzo, donde la IA apenas tenga que sudar, ya se inventaron herramientas más ligeras, como los SLM (modelos de lenguaje pequeños), minimalistas, ágiles, eficientes y capaces de operar offline en el propio dispositivo. Menos es más, muchísimo más.
Las empresas capaces de formar a sus empleados en las técnicas básicas de prompting obtendrán ahorros en el consumo de tokens de manera extraordinaria. Basta, por ejemplo, con que cada usuario elabore sus peticiones de forma breve, precisa y completa, con mandatos claros desde la primera línea. Iterar con la máquina puede resultar acertado, pero enfarragarse en el proceso equivale a circular por autopista sin pasar de segunda marcha. Mejor abrir una nueva conversación para cada asunto diferente que convertir cada consulta en un hilo sin fin. Subir documentos PDF extensos cuando solo se necesita un par de páginas recuerda a lo de matar moscas con tomahawks. Y, aceptado que lo que no se mide no existe, también parece razonable conocer el consumo en tokens de cada trajín con los algoritmos.
Preguntar a la IA lo que ya sabe Google no solo empieza a salir muy caro a todo el mundo, sino que también amenaza con provocar un daño aún mayor que el económico: el deterioro cognitivo. El músculo que no se ejercita se atrofia. Y, presumiblemente, el cerebro no se escapa de esa norma. La idiotización global acecha a la vuelta de la esquina.