martes, 21 de julio de 2026

¿Se encamina EEUU hacia otra crisis del petróleo como las de la década de 1970?

 


  • A Trump le resulta cada vez más difícil negociar un alto el fuego sin dar imagen de debilidad
  • Las reservas de EEUU levan años agotándose y no hay indicios de que vayan a reponerse 
  • EEUU es el mayor exportador de crudo, pero el agotamiento de sus reservas lo deja sin colchón ante un shock


No será nada comparable a lo ocurrido en 1973, cuando el presidente Nixon impuso el horario de verano durante todo el año para reducir el consumo de electricidad, así como un límite de velocidad de 50millas por hora en las autopistas. Tampoco es probable que veamos las restricciones en el uso de la calefacción o los planes de racionamiento de reserva que introdujo el presidente Carter en 1979. Las crisis del petróleo de la década de los 70 no solo pertenecían a una época diferente, sino que también eran de una magnitud distinta. Y, sin embargo, eso no significa que la economía estadounidense sea inmune a otra crisis, ni que no vayamos a ver una respuesta drástica por parte de la Casa Blanca, ya que, en realidad, EEUU podría quedarse fácilmente sin petróleo a finales de este año.

Si retrocedemos solo unas semanas, el mercado petrolero parecía haber decidido que la crisis del petróleo había terminado. Tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, el precio del crudo Brent, el referente del sector, se disparó hasta cerrar en 120 dólares el barril, duplicándose en tan solo unos días. Hubo numerosas predicciones alarmistas que apuntaban a 200 o incluso 250 dólares por barril si la guerra se prolongaba y si el estrecho de Ormuz -la ruta de suministro crucial para el petróleo de Oriente Medio por donde pasa el 20% del crudo a nivel mundial- se cerraba al tráfico de petroleros. Al final, eso no sucedió. El petróleo se cotizó por encima de los tres dígitos durante unas semanas y, tras alcanzarse una tregua inestable, volvió a bajar hasta situarse en torno a los 70 dólares, un precio con el que la economía mundial puede convivir sin problemas.

Pero eso dista mucho de ser toda la historia. Es cierto que, a medio plazo, no hay ningún problema real. Hay mucho petróleo en el mundo y cada vez se pone más en circulación. Gracias principalmente al fracking, Estados Unidos es ahora el mayor productor y exportador de petróleo del mundo, y países desde México hasta Argentina están desarrollando rápidamente sus propias reservas de esquisto. Con el cambio de régimen, Venezuela, que cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo, pronto inundará el mercado con una producción adicional. Y, por supuesto, las fuentes de energía alternativas y respetuosas con el clima, como la eólica, la solar y la nuclear, no dejan de crecer: las energías renovables representan el 47% de la generación eléctrica en toda la UE y el 26% en EEUU, pese a que Donald Trump las demonice en ocasiones.

Aun así, durante lo que queda de año, y quizá durante más tiempo, el mercado del petróleo seguirá siendo muy volátil. Tras la ruptura de la tregua con Irán, el precio volvió a dispararse a principios de la pasada semana, y podría empezar a subir de nuevo hasta alcanzar las tres cifras si el conflicto se intensifica. El punto crítico, sin embargo, no es tanto el precio como la disponibilidad real del propio petróleo. Las reservas siguen rondando sus niveles más bajos en un año, y el centro de almacenamiento de Cushing (Oklahoma), conocido por los operadores del sector energético como la "encrucijada mundial de los oleoductos", está cerca de su límite operativo. Eso es una señal de que el mercado ya no funciona con fluidez. Del mismo modo, la Reserva Estratégica de Petróleo, diseñada para proteger a Estados Unidos de las crisis energéticas manteniendo suficientes reservas de petróleo para hacer frente a cualquier emergencia, lleva años agotándose y hay pocos indicios de que vaya a reponerse de forma significativa. Si sumamos ambos factores, una cosa queda clara: Estados Unidos es más vulnerable a una verdadera crisis externa de lo que lo ha sido desde la década de 1970.

Mientras tanto, el panorama geopolítico se está deteriorando. La tregua con Irán se ha roto, y al presidente Donald Trump le resultará más difícil negociar un segundo alto el fuego -incluso si quisiera hacerlo- sin dar una imagen de debilidad irremediable. El tráfico de petroleros por el estrecho de Ormuz se ha interrumpido de nuevo. Los ataques con drones ucranianos están destruyendo la capacidad de refino en Rusia, y aunque gran parte de esa producción estaba sujeta a sanciones, extraoficialmente todo el mundo en el sector sabe que gran parte de ella acababa llegando al mercado mundial. La demanda de China se vio frenada en primavera, pero bien podría repuntar, mientras que un verano abrasador en Europa significa que las energías renovables pueden resultar aún menos fiables de lo habitual, lo que hace que el continente dependa aún más del petróleo y el gas importados. A lo largo de 2026, la demanda mundial de petróleo ha retrocedido a los niveles observados desde la crisis del Covid, según datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), pero nadie puede dar por hecho que eso vaya a durar. Podría repuntar en los próximos meses. Y, sin embargo, todo el colchón que normalmente absorbería un impacto -como las elevadas existencias, un centro de Cushing a rebosar y una Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) bien abastecida- se ha ido reduciendo de forma constante durante los últimos dos años. Estados Unidos se está quedando sin reservas.

Es muy posible que el verdadero "choque energético" sea uno que nadie espera en este momento. Durante la última década, Estados Unidos se ha convertido en el principal exportador mundial de energía, enviando al extranjero tanto crudo como productos refinados a un ritmo cada vez mayor, al tiempo que ha permitido que se agoten sus propias reservas estratégicas. Y, sin embargo, la cruda realidad es esta: no se puede ser al mismo tiempo el "proveedor de equilibrio" mundial y una nación con reservas mínimas. Al final, hay que elegir una cosa u otra. Bastará con un breve repunte de los precios y una contracción de la oferta para que eso resulte dolorosamente obvio.

En algún momento, Donald Trump tendrá que tomar una decisión difícil. Un presidente que siempre ha prometido seguridad energética no se va a quedar de brazos cruzados mientras una contracción de la oferta empuje los precios en las gasolineras de vuelta a niveles que destruirán sus índices de popularidad, especialmente con las elecciones de mitad de legislatura a la vuelta de la esquina. Como responsable de la guerra, y dado que suele describir los «aranceles» como su palabra favorita, es muy posible que intervenga con algún tipo de control de las exportaciones. El mecanismo no es difícil de imaginar. Las restricciones a la exportación, o algún tipo de "arancel inverso", se disfrazarán de "mantener el combustible estadounidense para los conductores estadounidenses".

Estados Unidos estará protegido. Pero el resto del mundo se ha vuelto dependiente del petróleo estadounidense y podría enfrentarse a escaseces, cortes de suministro e incluso racionamientos. Tal y como descubrieron los presidentes Nixon y Carter hace medio siglo, una vez que la industria petrolera se ve sumida en una crisis, los acontecimientos pueden descontrolarse rápidamente. Es muy posible que Estados Unidos se encamine este año hacia otra crisis del petróleo, y será tan impredecible como la de la década de 1970.


19:42 - 19/07/2026
https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/14000166/07/26/se-encamina-eeuu-hacia-otra-crisis-del-petroleo-como-las-de-la-decada-de-1970.html

lunes, 20 de julio de 2026

Una nueva teoría sobre la existencia de civilizaciones avanzadas en el universo


Una nave en órbita en un planeta de una civilización tipo II en la escala Kardashev. 
(Inteligencia artificial/Novaceno)


Un nuevo modelo cosmológico replantea la Paradoja de Fermi al estudiar cómo podrían propagarse civilizaciones tecnológicas por el universo. Su conclusión: la humanidad podría estar verdaderamente sola



Entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta, dos físicos (Michael Hart y Frank Tipler) publicaron una polémica serie de artículos en la que sostenían que la inteligencia extraterrestre no existía. Según argumentaban, la probabilidad de que las civilizaciones extraterrestres (CET) hubiesen tenido tiempo suficiente para desarrollar la computación avanzada, los vuelos espaciales y las máquinas autorreplicantes (sondas de Von Neumann) implicaba que habrían colonizado la galaxia (y llegado a la Tierra) hace mucho tiempo. Al no haber pruebas de ello, dedujeron que las CET no debían de existir y que la humanidad estaba sola en el universo.

Esto acabó conociéndose como la "Paradoja de Fermi" o, más exactamente, la Conjetura de Hart-Tipler (CHT). Sus argumentos han inspirado desde entonces innumerables explicaciones propuestas, entre las que destaca la "Respuesta de Sagan". En un estudio reciente, el profesor David Kipping de la Universidad de Columbia (y director de su Laboratorio de Mundos Fríos) ofrece una nueva perspectiva sobre esta hipótesis conocida como la "Conjetura Cosmológica de Hart-Tipler" (CCHT). Este nuevo modelo emplea una ecuación sencilla que incluye la aparición, la propagación y el tiempo, y tiene en cuenta la expansión cósmica, con implicaciones potencialmente inquietantes.


¿Dónde está todo el mundo?

La Conjetura de Hart-Tipler, o "Paradoja de Fermi", se inspiró en una historia protagonizada por el célebre físico italoamericano Enrico Fermi. En 1950, mientras mantenía una "conversación durante la comida" con amigos en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, supuestamente Fermi preguntó de repente: "¿Dónde está todo el mundo?". Sus colegas se rieron, ya que sabían que se refería a su debate anterior sobre la reciente oleada de avistamientos de ovnis. Según la historia, Fermi y sus colegas hicieron algunos cálculos y determinaron que (suponiendo que el tránsito interestelar fuera factible) los extraterrestres ya deberían haber visitado la Tierra en varias ocasiones.

Como ya se ha comentado, esto inspiró numerosas contrapropuestas, entre ellas el artículo de 1983 escrito por Carl Sagan y William Newman, "El enfoque solipsista de la inteligencia extraterrestre". Para empezar, Sagan y Newman criticaron los cálculos utilizados por Hart y Tipler, incluidas las tasas de propagación, el tiempo necesario para expandirse por toda la galaxia y varias suposiciones subyacentes en sus modelos. Entre ellas se incluía la creencia de que las CET buscarían una expansión ilimitada y que sus colonias durarían millones o incluso miles de millones de años.

Sin embargo, como sostiene Kipping, la CHT ha experimentado un cierto renacimiento en los últimos años gracias a los avances en la impresión 3D, la inteligencia artificial y los vuelos espaciales comerciales. Estos avances han llevado a muchos analistas a sugerir que el tipo de sondas que Von Neumann imaginó (lo que él llamó "Constructores Universales") son inevitables e incluso "inminentes". Además, todas las resoluciones propuestas para la Paradoja de Fermi que no defienden la inexistencia de las CET requieren explicaciones especiales de por qué la humanidad no ha tenido noticias de ninguna.

Entre ellas figuran la teoría de que las civilizaciones extraterrestres son muy raras (la Tierra Rara o la Hipótesis del Gran Filtro), que evitan ser detectadas (la Hipótesis del Zoológico o la Hipótesis del Bosque Oscuro) y que los viajes y asentamientos interestelares son muy difíciles (la Hipótesis de la Percolación). Los principales fallos de estos argumentos son que generalmente asumen una uniformidad de motivación, en la que se espera que toda vida inteligente siga patrones de desarrollo y comportamiento similares. También tienden a favorecer la idea de que la exploración implicará sondas autorreplicantes.

Tal y como explicó Kipping a Universe Today por correo electrónico, decidió adoptar un enfoque diferente:

"En mi artículo, intento alejarme de la noción específica de las sondas autorreplicantes y hablar de forma más general de una infección artificial. Podría tratarse de un programa de colonización propio de la ciencia ficción, de algún tipo de patógenos biológicos interestelares, de máquinas autorreproductoras impulsadas por inteligencia artificial o de algo que ni siquiera hemos imaginado todavía. Aun así, cabe preguntarse si la noción de una infección es plausible.

Parafraseando a Feynman, en ciencia se empieza con una suposición (las infecciones destructivas surgen a un ritmo determinado), se calculan las consecuencias de esa suposición (el universo debería estar en gran parte infectado a estas alturas) y luego se comparan esas consecuencias con las observaciones o la experiencia (existimos, por lo que este escenario parece incompatible)."

Para abordar esto, Kipping presenta un modelo muy básico de "infecciones artificiales" (al estilo de las sondas de Von Neumann y de cualquier otro medio de expansión por el espacio) a escala cosmológica que tiene en cuenta la expansión cósmica. El modelo consta de solo tres parámetros: una tasa espontánea de aparición de vida inteligente (λ), una tasa de propagación (u) y un tiempo de inicio para el cálculo (t). La expansión cósmica (la Constante de Hubble-Lemaître) es clave, ya que todas las resoluciones propuestas anteriormente para la Paradoja de Fermi (incluida la CHT) se centran únicamente en nuestra galaxia.

Pero, como argumenta Kipping, si nos tomamos en serio la propuesta de Hart y Tipler de que las sondas podrían atravesar la Vía Láctea en un periodo corto de tiempo cósmico (entre 300.000 y 20 millones de años), se deduce de forma natural que también podrían "infectar" otras galaxias. Y si tenemos en cuenta la velocidad de la expansión cósmica (73,5 km/s por megapársec, superior a la velocidad de la luz), no se pueden ignorar las consecuencias para las naves espaciales que solo pueden viajar a velocidades inferiores a la de la luz (Hart y Tipler consideraron velocidades del 1 al 10 % de la velocidad de la luz). Kipping afirmó:

La expansión cósmica actúa en contra de las oleadas de infección; es casi como una fricción que dificulta las infecciones a escala universal. Mi intuición antes de empezar el proyecto era que esto sería suficiente para desvincular a la mayoría de las galaxias entre sí, así que me sorprendió comprobar cómo velocidades de las sondas de incluso el 10 % de la velocidad de la luz daban lugar a universos infectados. Por supuesto, lo fundamental es recordar que las infecciones surgen de forma aleatoria por todo el cosmos en este modelo, por lo que no es que una sola semilla de infección se apodere del universo a 0,1c, sino que se trata de un grupo de ellas esparcidas por el universo.


Estado no infectado

Su modelo parte de la premisa de que cada galaxia puede pasar de un estado no infectado (U) a un estado infectado (I) de dos maneras: o bien una CET puede surgir dentro de la galaxia (es decir, a través de la tasa de aparición) y comenzar a enviar sondas u otros medios de exploración o asentamiento, o bien por una infección externa procedente de otra galaxia (a través de la propagación). En lugar de producir tecnomarcadores detectables, el modelo de Kipping asume que la "infección" conllevaría la anulación de la habitabilidad local, lo que no quiere decir "esterilización", sino que dejarían de mostrar signos de actividad que nosotros reconoceríamos como indicativos de vida.

Al calcular la fracción esperada de galaxias infectadas en el tiempo cósmico, surgen varias implicaciones. Aunque ninguna de ellas es definitiva ni concluyente, sí establecen unas limitaciones muy estrictas sobre la posible existencia de civilizaciones tecnológicas en nuestro universo. Como explicó Kipping, la tasa de aparición tiene que reducirse a valores asombrosamente minúsculos, del orden de 1 entre un millón de galaxias a lo largo de la historia cósmica; de lo contrario, nos quedamos con la inquietante posibilidad de que la humanidad esté sola en el universo.

La conclusión más firme que podemos sacar es que, si las infecciones surgen con una frecuencia superior a 1 de cada 100.000 galaxias, el 99,9 % del universo estaría infectado con una velocidad de oleada de infección de 0,1c. Si damos por sentado que esto es incoherente con la observación o la experiencia, esto exige que menos de 1 de cada 10 mil billones de sistemas estelares haya generado alguna vez una infección. Esa es una restricción observacional asombrosamente estricta sobre el comportamiento extraterrestre; es, con diferencia, la afirmación estadística más contundente que podemos hacer en toda la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI).

Existen posibles explicaciones para esto que no implican la inexistencia de vida inteligente más allá de la Tierra, como señala Kipping. Para lo que Sagan describió como "optimistas del contacto", una explicación natural sería que, a pesar de haber una gran población de CET en nuestro universo, las probabilidades de que alguna vez generen una infección (es decir, que envíen sondas o naves) son astronómicamente pequeñas. Sin embargo, esto es difícil de considerar si se rechaza la idea de uniformidad en el comportamiento y la motivación. Como argumentó David Brin en su artículo de 1983, "El 'Gran Silencio': la controversia sobre la vida inteligente extraterrestre", basta con que una sola especie rompa el patrón para que una resolución propuesta se vuelva insostenible.

Por el contrario, el pesimista del contacto lo tiene mucho más fácil para explicar la aparente falta de pruebas de las CET, ya sea afirmando que no existen o empleando el argumento del Gran Filtro. Pero como afirmó Kipping, esta explicación también es difícil de mantener:

Si el filtro está detrás de nosotros, ¿entonces dónde? La vida comenzó tan pronto que apunta claramente a que la abiogénesis es un proceso rápido y fácil. Quizás algunos pasos evolutivos sean difíciles y muy rara vez ocurran, pero los biólogos evolutivos han rebatido esta idea recientemente. O quizás esté por delante de nosotros, y no aguantemos el siglo adicional necesario para desarrollar tecnologías de infección.

Pero entonces es difícil imaginar cómo un Gran Filtro futuro podría ser tan potente como para suprimir las probabilidades al nivel necesario aquí. Podemos imaginar muchas formas en las que la humanidad sobreviva, así que seguramente alguien, en algún lugar, especialmente aquellas civilizaciones con mayor sabiduría que la nuestra, superaría los desafíos a los que nos enfrentamos hoy sin llegar a la aniquilación.

Pensemos en Cántico por Leibowitz, el famoso relato de ciencia ficción que narra el colapso de la civilización humana, su renacimiento y (¡aviso de revelaciones!) su inminente colapso de nuevo hacia el final. O en Fundación, donde el colapso del Imperio Galáctico (al estilo de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano) es inevitable, pero no una condición permanente. En resumen, los datos no respaldan ninguna conclusión, algo que Kipping reconoce.

"Francamente, no tengo una buena respuesta para esto", afirma. "Sospecho que lidiaré con esta pregunta durante el resto de mi vida con frustración y asombro". ¡Lo mismo podría aplicarse al resto de nosotros, y a la humanidad en su conjunto!


domingo, 19 de julio de 2026

La inusual estructura de Rolex: la empresa de lujo que no pertenece a ningún multimillonario


Una palabra que no significaba nada se convirtió en una cuyo significado no requería explicación.

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Cuando Shakira quiso expresar en una canción su dolor por una traición amorosa, se valió de una comparación que no necesitaba explicación: "Cambiaste un Rolex por un Casio".

La segunda marca quizás podría haber sido otra, pero la primera sólo podía ser esa: bastaba invocarla para que su audiencia global la entendiera de inmediato como sinónimo de lo más valioso que alguien puede poseer... y perder.

Pocas marcas en la historia han logrado ese nivel de penetración cultural.

Ya sea un reloj de pulsera Rolex, grande, robusto, de oro pulido e incrustado de diamantes -que declara éxito a los cuatro vientos-, o un modelo más discreto, que susurra refinación, todos hablan el mismo idioma.

Y aunque hay otras piezas de relojería en el mercado de lujo que marcan el tiempo con una precisión respaldada por una ingeniería muy sofisticada, Rolex ha sido el líder indisputable desde hace más de medio siglo.

El más reciente informe Swiss Watcher 2025 de Morgan Stanley y LuxeConsult, que examinó las 50 principales marcas, lo confirma.

Rolex aparece a la cabeza con una cuota de mercado minorista implícita de 33%; el segundo en la lista -Richemont, con sus relojes Cartier- tiene el 9%.

El informe estima que se vendieron 1.150.000 relojes Rolex el año pasado, lo que se traduce en ingresos estimados de unos US$14.800 millones, una cantidad difícil de imaginar y, en este caso, difícil de confirmar pues la centenaria relojería es singular.

Rolex no pertenece a ningún multimillonario, ni cotiza en bolsa, ni responde a accionistas.

Es propiedad de una fundación.

Esa estructura inusual, que sus admiradores -desde entusiastas y coleccionistas hasta vendedores especializados- presentan como un modelo casi virtuoso de capitalismo con conciencia, es compleja e intrigante.

Detrás de ella hay un hombre llamado Hans Wilsdorf.

¿Cómo encaminó el éxito de la marca y se aseguró de que perdurara?

Un huérfano bávaro con una visión

Wilsdorf nació en 1881 en Baviera, Alemania y, tras perder a su madre siendo niño, y a su padre cuando tenía 12 años, sus tíos vendieron el negocio familiar y lo enviaron a un internado.

Con una educación sólida y la capacidad de hablar tres idiomas - alemán, francés e inglés- Wilsdorf llegó a Suiza a los 19 años a trabajar para una empresa exportadora de relojes de bolsillo.

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Wilsdorf no sólo creó la relojería y su imagen, sino que se aseguró de que su visión continuara intacta cuando él ya no estuviera.

En 1905, con 24 años, fundó junto a su cuñado Alfred Davis la empresa Wilsdorf & Davis en Londres, importando mecanismos suizos y tres años más tarde registró la marca Rolex, una palabra inventada, fácil de pronunciar en cualquier idioma y lo suficientemente corta para caber en una esfera.

Había llegado en el momento en que la industria apostaba por el reloj de pulsera, y se unió a esa tendencia con una obsesión particular: demostrar que esos pequeños mecanismos amarrados a la muñeca podían alcanzar la precisión de los grandes cronómetros marinos, el máximo estándar de exactitud de la época.

Así como Omega, Longines y Zenith, Rolex participó en competencias de cronometría, pues la precisión no era solo un atributo técnico: era el argumento de venta.

Pero se necesitaba más para sobresalir.

En la sucesión de innovaciones que transformaron la relojería, Rolex no siempre fue el primero en concebir una idea, pero sí a menudo en llevarla a su forma definitiva y grabarlo en la memoria colectiva.

En 1926, lanzó el Oyster, el primer reloj de pulsera herméticamente sellado y resistente al agua.

Para demostrarlo, Wilsdorf no se limitó a afirmarlo: convenció a la nadadora Mercedes Gleitze para que llevara un Oyster atado al cuello durante su "nado de vindicación" del Canal de la Mancha.

Gleitze había sido la primera persona en cruzar el Canal, pero otra mujer reclamó haberlo hecho en menos tiempo, una afirmación que resultó ser una farsa, pero que obligó a Gleitze a repetir la travesía para reivindicar su hazaña.

La controversia garantizaba cobertura mediática gratis.

Aunque Gleitze tuvo que abandonar el nado por el frío extremo, el reloj funcionaba perfectamente, como reportó el diario británico Times.

Un mes después, Rolex compraría la portada completa del diario Daily Mail con el titular: "El reloj que desafió el Canal".

La legendaria casa de subastas Sotheby's describiría esa colaboración, casi un siglo después, como "el nacimiento del patrocinio deportivo moderno": la primera vez que la resistencia física de un atleta fue usada para validar la ingeniería de un producto.

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La travesía de Gleitze demostró que Rolex había inventado el primer reloj de pulsera práctico, impermeable y a prueba de polvo del mundo. En noviembre de 2025, se vendió en subasta de Sotheby's por US$1.730.000.

En los años 50, Rolex y su agencia de publicidad J. Walter Thompson protagonizaron un audaz golpe de marketing en un evento que tenía al mundo en vilo: la conquista del Everest.

La relojería británica Smiths, proveedora histórica de la Armada Real y la Casa Real, era la patrocinadora oficial de la expedición que lo logró en 1953, y cuando Edmund Hillary llegó a la cumbre, llevaba un Smiths De Luxe en la muñeca.

Pero eso no impidió que Rolex se adueñara de la historia: le había dado relojes a los miembros de la expedición y al regreso, en Calcuta, el distribuidor local le regaló a Edmund Hillary un Explorer prototipo grabado, y repartió relojes al equipo.

Para cuando llegaron a Londres los escaladores eran embajadores oficiales de Rolex, y poco se habló de los relojes Smiths.

En 1960, en vez de disputar las alturas, se probó en las profundidades: un reloj experimental Rolex fue fijado al exterior del batiscafo Trieste durante su descenso al fondo de la fosa de las Marianas.

Jacques Piccard, el oceanógrafo que comandó el descenso, envió un telegrama a Ginebra: "Feliz de anunciarles que su reloj funciona igual de bien a 11.000 metros que en la superficie".

Cada hazaña terminaba en un anuncio, reforzando el eslogan asociado con la marca: "una corona para cada éxito".

La línea entre la publicidad y las demostraciones reales de rendimiento era difusa, y la estrategia rindió fruto: desde 1953, Rolex creció a un ritmo promedio del 8% anual durante casi cuatro décadas.

El mercadeo era solo la mitad de la ecuación. La otra, la resumió Wilsdorf en una carta de sus primeros años: "No es con precios bajos sino, al contrario, con mayor calidad que no solo podemos sostener el mercado, sino ampliarlo".

Un símbolo a prueba del tiempo

Wilsdorf murió en 1960, pero estaba por venir la transformación más radical de Rolex: de reloj de precisión a símbolo global de estatus.

De la mano de aquella agencia de publicidad que había ayudado a cimentar el vínculo entre Rolex y la conquista humana de lo imposible en el Everest, J. Walter Thompson, la estrategia evolucionó con precisión quirúrgica a lo largo de las décadas.

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Le pusieron la corona en 1931.

Los anuncios ya venían centrándose no en los relojes en sí, sino en los hombres poderosos que los lucían: Rolex era símbolo de éxito personal.

"Los hombres que guían el destino del mundo usan relojes Rolex", rezaba un anuncio de 1959.

Cuando la sociedad pasó de admirar a líderes mundiales o a los militares, y los deportistas, aventureros y emprendedores se convirtieron en los nuevos héroes, Rolex se asoció a profesionales de élite.

La crisis del cuarzo en los años 70 -cuando los relojes japoneses de batería amenazaron con hacer obsoletos los mecanismos mecánicos suizos-, que para muchas marcas un golpe letal, para Rolex fue una oportunidad.

Mientras competidores como Omega fabricaban relojes de cuarzo baratos, Rolex reencuadró su mecanismo mecánico como virtud: no era tecnología antigua, sino artesanía atemporal.

La decisión consolidó su posición como el reloj de lujo por excelencia, que ha mantenido por más de medio siglo.

En los 80, cuando los símbolos de estatus se volvieron culturalmente dominantes, Rolex giró hacia la opulencia: el modelo Day-Date se convirtió en "el reloj presidencial", usado por líderes mundiales.

El resultado fue lo que los expertos en marcas llaman una trampa aspiracional perfecta: un objeto que quienes no pueden permitírselo desean, y quienes pueden permitírselo necesitan para señalar que lo han logrado.

El mensaje constante, como señala en el libro La fabrique de l'excellence: histoire de Rolex el historiador Pierre-Yves Donzé, era destilado, sencillo y poderoso: Rolex es un producto excepcional, desarrollado por un empresario excepcional (Hans Wilsdorf) para personas excepcionales.

Ese temple y claridad de visión se debe en gran medida a la Fundación Hans Wilsdorf, lo que nos lleva de vuelta a su creador.

La corona y sus sombras

Tras la muerte de su esposa en 1945, Wilsdorf creó la fundación que lleva su nombre, y a su muerte, le legó todas sus acciones.

Su objetivo primario -según sus estatutos- es "garantizar la salvaguarda, el mantenimiento y la rentabilidad de los bienes que se le confían".

"De ser posible", añaden, apoyar iniciativas sociales, educativas, culturales y humanitarias principalmente en Ginebra, así como contribuir a la protección de los animales y el medio ambiente a nivel global.

Todo se ha cumplido, sin duda, aunque de nada hay registro exacto.

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El puente Hans Wilsdorf, galardonado con varios premios de arquitectura, es la obra más evidente de la fundación en Ginebra.

Si bien sus fines filantrópicos están subordinados a la disponibilidad de recursos que sobren, estos han permitido beneficiar a tantos personas y proyectos que es imposible enumerarlos.

En la ciudad, la huella de la fundación es omnipresente: desde la preservación y reinvención del histórico cine Le Plaza, hasta el apoyo a la modernización de la Escuela Profesional de Ginebra, la renovación del Asilo de Ancianos de Champel, la restauración de la Biblioteca de la Ciudad y la conservación del Jardín Botánico de Ginebra, son muchos los proyectos que quizás no habrían visto la luz sin el respaldo de Rolex.

Además de lo que se ve, la fundación se centra en apoyar a individuos, condonando deudas, ayudando a pagar alquileres u otorgando becas.

Y se reporta que las miles de solicitudes que reciben se revisan con rapidez y sin trámites burocráticos excesivos.

Todo esto le confiere un poder tan vasto que en Ginebra algunos lo describen como un "Estado dentro de un Estado", como señala Dan Crivello en el blog especializado Coronet.

El modelo que lo hace posible, sin embargo, no es exclusivo de Rolex.

Rolex no es la única empresa con esta estructura. Carlsberg, Robert Bosch, Bertelsmann, Novo Nordisk e IKEA, entre otras, son también propiedad de fundaciones.

Pero Rolex tiene dos particularidades: su fundación posee el 100% de las acciones, en una estructura que la ley suiza hace permanente, es decir que nadie puede venderla, sacarla a bolsa ni transferirla a manos privadas.

Y opera en la industria del lujo, donde donde la mayoría de sus competidores pertenecen a conglomerados bursátiles o a familias accionistas. En ese mundo, Rolex es una anomalía.

Eso hace que Rolex no sólo sea inusual, sino el ejemplo más visible y rentable de este modelo, y el más debatido.

Sus ventajas son reales: sin presión de accionistas, las decisiones son más largoplacistas; sin cotización en bolsa, la empresa es inmune a los vaivenes especulativos; con una fundación como propietaria, parte de las ganancias va a causas sociales.

El historiador Donzé argumenta que esta estructura ha sido clave para que Rolex mantenga su independencia y coherencia de marca durante más de un siglo.

Pero las sombras también son reales.

Rolex no publica resultados detallados, no rinde cuentas a accionistas y apenas ofrece visibilidad sobre el alcance real de su actividad filantrópica.

Analistas e historiadores del sector han señalado que esa opacidad no es un rasgo accesorio, sino estructural: le permite acumular capital, tomar decisiones a muy largo plazo y ejercer una influencia significativa sin los mecanismos habituales de supervisión.

El resultado no es tanto una anomalía ética como institucional: una organización que, sin infringir las reglas, opera en gran medida al margen de ellas.

Sin embargo, nada de eso ha empañado lo que Rolex representa para el mundo: esas sombras rara vez llegan al mostrador.

Shakira no cantó sobre una fundación. Cantó sobre un reloj. Pero ese reloj lleva décadas siendo mucho más que un objeto: es el resultado de una construcción deliberada, inteligente, a veces opaca, de lo que significa el éxito.

Y la empresa que lo fabrica ha logrado algo que muy pocas logran: que nadie necesite explicar qué significa cuando pronuncias su nombre.


  • Título del autor,BBC News Mundo
    11/04/2026
    https://www.bbc.com/mundo/articles/c1d9pedp9yyo