martes, 29 de septiembre de 2026

Por qué tenemos sangre caliente y qué ventajas tiene sobre la sangre fría


El rango normal de la temperatura del cuerpo puede variar entre 36.1 °C (97 °F) y 37.2 °C (99 °F).

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¿Alguna vez te has preguntado por qué tienes sangre caliente?

Así estemos tiritando en la Antártida o sudando en el desierto del Sahára, mantenemos nuestra temperatura corporal en unos cómodos 37 grados centígrados, lo cual, si te detienes a pensarlo, es muy impresionante.

¿Cómo logramos esa constancia? ¿Y qué de los animales de sangre fría?

Las lagartijas toman el sol, las serpientes se calientan sobre piedras calientes... ¿será una buena estrategia evolutiva?

Pero antes, ¿qué queremos decir con sangre fría y sangre caliente?

"Sangre fría en realidad significa que la temperatura corporal depende de la temperatura del ambiente. A eso lo llamamos ectotermo: ecto significa desde afuera, termo significa temperatura", explica el biólogo evolutivo Manuel Leal, de la Universidad de Missouri, que estudia lagartijas en el Caribe.

"Sangre caliente es un endotermo: endo significa desde adentro, así que el calor que generas se usa para mantener la temperatura corporal".

Los términos, sin embargo, son un poco engañosos.

Una serpiente recién despierta puede tener la sangre fría, pero después de tomar sol un rato, puede terminar más caliente que muchos mamíferos. Como dice Leal, "frío es relativo: si agarras una lagartija en el desierto, vas a decir que está más caliente que tú. En ese sentido, el de sangre fría serías tú".

Curiosamente, la expresión nació de la Teoría de los Humores, ideada por médicos de la Antigua Grecia como Hipócrates y Galeno, que dominó la ciencia hasta el siglo XVII.

Para los médicos antiguos, los fluidos del cuerpo (humores) controlaban el carácter.

La sangre era considerada el elemento caliente e ígneo por excelencia. Se creía que cuando alguien se enfurecía, se enamoraba o se asustaba, su sangre se calentaba de forma literal y empezaba a hervir en el corazón. De ahí nos quedaron frases como "me hierve la sangre".

Hacia finales del siglo XVI y principios del XVII, los escritores empezaron a usar esta lógica médica para describir el comportamiento humano.

Así que la metáfora es más vieja que el término biológico.

La gente ya decía que un asesino actuaba "a sangre fría" (en el siglo XVII) mucho antes de que los científicos del siglo XVIII y XIX empezaran a clasificar formalmente a los reptiles y anfíbios como "animales de sangre fría".

Ahora, todos los animales empezamos siendo ectotermos, pues descendemos de peces que, sin excepción, lo son.

"La diferencia surgió cuando algunos animales desarrollaron plumas o pelo, y eso les permitió empezar a mantener la temperatura corporal. Es entonces cuando aparecen los endotermos".

Estos siguen siendo la minoría: la mayoría de los animales del planeta son de sangre fría.

Nuestra calefacción interna

Tras millones de años de evolución, las cosas son un poco más complicadas. De hecho, los humanos somos prácticamente lampiños. Entonces, ¿cómo nos las arreglamos para mantenernos calientes?

"Como mamíferos, generamos mucho calor interno solo por estar vivos, por la actividad metabólica", cuenta Simon Hodder, director del Centro de Investigación en Ergonomía Ambiental de la Universidad de Loughborough, Reino Unido.

"Puedes pensarlo como un sistema de calefacción central inteligente: nos ayuda cuando tenemos frío, pero también nos ayuda a perder calor cuando tenemos demasiado calor".

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Un equipo internacional de científicos descubrió que la endotermia surgió hace aproximadamente 233 millones de años, durante el Período Triásico, en un estudio publicado en 2022.

En lugar de agua corriendo por caños, tenemos sangre corriendo por venas. "La sangre circula por el cuerpo, lleva calor a las extremidades y trae sangre fría de vuelta. Incluso durmiendo, sin hacer ningún esfuerzo, seguimos generando calor: es menos, pero tenemos que mantener esos 37 grados".

¿Y por qué justamente 37 grados? La respuesta tiene que ver con química.

Las enzimas -las proteínas que ejecutan las reacciones dentro de las células- trabajan a su máxima eficiencia alrededor de esa temperatura. Por debajo, las reacciones se vuelven demasiado lentas para sostener a un animal activo y de sangre caliente. Por encima, esas mismas proteínas empiezan a perder su forma, el metabolismo se descontrola y los tejidos se dañan: por eso una fiebre alta es tan peligrosa.

Para mantener esa temperatura óptima, cuando hace calor, el cuerpo manda más sangre hacia la piel para perder temperatura: es la vasodilatación.

"Normalmente tienes una temperatura central de 37 grados y una temperatura de piel de alrededor de 33. Por eso pensamos que 25 grados es una temperatura cómoda: hay un gradiente entre 33 y 25, y perdemos calor fácilmente hacia el ambiente", explica Hodder.

Cuando ese gradiente se achica -como en una ola de calor, con el aire por encima de los 33 grados-, entra en juego el sudor: "el sudor se evapora de la piel y eso la vuelve a enfriar".

Con el frío pasa lo contrario. La piel detecta que baja la temperatura y dispara una respuesta de conservación: se cierra el flujo de sangre hacia la periferia, la vasoconstricción, para proteger los órganos centrales, como el corazón, los pulmones, el hígado y el cerebro.

¿Y quién dirige toda esta orquesta? El hipotálamo, una región del cerebro que funciona como el termostato del cuerpo. Recibe información constante de sensores de temperatura en la piel y, con eso, decide si transpirar, tiritar, dilatar o contraer los vasos sanguíneos.

Así funcionamos los humanos, pero no todos los animales son como nosotros.

Algunos endotermos son heterotermos: su temperatura corporal no es siempre estable.

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Al descansar, los colibríes cambian su temperatura corporal.

Los colibríes, por ejemplo, bajan drásticamente su metabolismo y temperatura por la noche para sobrevivir sin comer mientras descansan.

Otros animales hibernan, para atravesar el invierno sin tener que salir a buscar comida, quemando sus reservas de grasa lentamente hasta que llega el momento de despertar.

El calor del mundo

Los animales de sangre fría, por su parte, se dejan mecer por el termómetro de su entorno.

Los hay de todo tipo: desde los que se asolean plácidamente, hasta los que viven siempre en zonas de sombra, y sus músculos y su cuerpo entero están adaptados para funcionar bien con temperaturas más bajas, o los que viven en el desierto y esperan a la noche para salir, cuando el calor acumulado durante el día se libera del suelo y pueden aprovecharlo.

Y si te estamos haciendo pensar en iguanas o serpientes, no olvides incluir a los insectos, pues la gran mayoría son ectotermos, aunque hay algunos que pueden generar calor y regular su temperatura, al menos durante ciertos momentos. Las abejas, por ejemplo, contraen los músculos de vuelo sin mover las alas, y así calientan la colonia.

Pero ¿cómo hacen para no sofocarse cuando hace mucho calor?

"Los insectos no tienen pulmones como nosotros, tienen otra forma de ventilación, y transpiran muy rápido, intercambian temperatura corporal, eso ayuda", señala Leal.

"Además, un animal chico puede meterse al sol y calentarse, pero enseguida moverse a la sombra y enfriarse con la misma rapidez".

La clave está en la relación entre superficie y volumen: los animales chicos tienen mucha superficie en proporción a su volumen, así que ganan calor rápido al sol y lo pierden igual de rápido en la sombra. Los animales grandes, al tener proporcionalmente menos superficie, tardan más en calentarse, pero también retienen el calor mucho más tiempo.

¿Qué será mejor?

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Los ectotermos consumen menos energía porque no necesitan preservar su temperatura corporal.

Nuestros antepasados peludos aprendieron a generar y conservar su propio calor corporal. Pero ¿qué ventaja les suponía eso? Porque, si la mayoría de las especies animales siguen siendo ectotermos, parecería que dejar que el entorno haga el trabajo tampoco es una mala estrategia.

Ser de sangre fría tiene un precio energético bajo. "Desde la perspectiva de una lagartija, puedes comer menos porque usas el ambiente para conseguir esa temperatura", explica Leal.

"Su tasa metabólica, que normalmente se correlaciona con la cantidad de energía que necesitas, es significativamente menor que la tasa metabólica de un humano o de cualquier mamífero. Así que, en términos de consumo energético, es muy ventajoso no depender completamente de ti mismo para producir calor".

Pero ser endotermo también tiene sus ventajas.

"La mayor ventaja es la independencia", afirma Julia Nowack, ecofisióloga de la Universidad Liverpool John Moores, Inglaterra.

"Como nuestra temperatura corporal se mantiene bastante constante, nuestras enzimas, músculos y sistema nervioso funcionan cerca de su punto óptimo todo el tiempo. No tenemos que esperar a que salga el sol para movernos, para escapar de un depredador. Y podemos habitar climas fríos, algo que a un reptil o un anfibio le resulta mucho más difícil".

Con todo y eso, ante la pregunta de qué elegiría ser, Leal no duda: "Si pudiera elegir, sería ectotermo".

"Gran parte de la energía que consumimos los endotermos va solo a mantener nuestra temperatura corporal. Los ectotermos, en cambio, lo tienen más fácil si encuentran el lugar adecuado, como el Caribe, de donde yo vengo.

"Si yo pudiera vivir en Puerto Rico como un lagarto, podría estar activo todos los días sin tener que consumir tres o cuatro veces más energía solo para mantenerte caliente".


    • Caroline Steel y Jo Glanville
    • Título del autor,BBC World Service, Serie "CrowdScience"
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 7 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/cd08dp51pp4o

lunes, 28 de septiembre de 2026

La inflación irrumpe con violencia desde dos escondrijos de la economía que nadie vio venir: por qué los precios de la tecnología y de China resurgen justo ahora

 

Semiconductores. Foto de iStock.


  • Tras años como fuerza deflacionista, el precio de la tecnología empieza subir
  • Desde JP Morgan aseguran que el contagio en la tecnología es ya total
  • Por si fuera poco, los precios de exportación también suman a la inflación global


Cuando la inflación sube (como lo hace en estos momentos), se tiende a pensar, lógicamente, en el petróleo, los combustibles, otras materias primas, los alimentos, bienes como los coches... De hecho, en los últimos años las subidas de precios han estado lideradas y protagonizadas de forma directa o indirecta por estos productos. En el lado opuesto, tradicionalmente había algunos rincones de la economía global que ayudaban a amortiguar esa subida de precios. Los dos primeros que se vienen a la cabeza casi de forma automática son la tecnología (lleva años siendo una fuerza desinflacionaria) y China (donde sus fábricas han mantenido a raya los precios de forma tan férrea que han estado a punto de meter a la economía en una espiral deflacionista). Hoy, la situación parece algo más grave. Los factores que suelen impulsar la inflación lo están haciendo (petróleo, alimentos...) y con cierta intensidad. Lo peor (lo más preocupante) es que esos dos rincones de la economía donde los precios no subían están dando un giro rápido y potente que amenaza con desatar una oleada de inflación global peor que la que ya se está experimentando. Los bancos centrales deberían empezar a tomar nota.

La tecnología, que durante décadas había funcionado como una formidable máquina de abaratar productos, y China, convertida en los últimos años en exportadora de deflación al resto del planeta, están empezando a empujar los precios en la dirección contraria, hacia arriba, lo que podría agravar el ciclo alcista de inflación que sufre en la actualidad Europa y EEUU. Los economistas de JP Morgan detectan ya este cambio de régimen y advierten de que el boom inversor asociado a la inteligencia artificial está trasladándose desde los chips y los centros de datos hasta los precios que pagan empresas y consumidores. "El aumento de los precios tecnológicos ya es muy real e inmediato", sentencian los analistas del banco. Los primeros números ya respaldan la advertencia.

¿Qué pasa en la tecnología?

La tecnología llevaba prácticamente dos décadas ejerciendo una presión estructural a la baja sobre la inflación. Ordenadores, memoria, almacenamiento y buena parte de la electrónica ofrecían cada vez más prestaciones por un precio igual o inferior. De hecho, muchos expertos atribuían el descenso de la productividad en las estadísticas a ese fenómeno. Se producían cada vez mejores bienes tecnológicos a un precio menor. Como el PIB es un indicador monetario, la tecnología podía estar rebajando de forma artificial la productividad. Ahora que la productividad empieza a resurgir justo coincide con que la tecnología sube de precio, ¿casualidad? Dejaremos que los economistas resuelvan el enigma dentro de unos años.

El índice de precios tecnológicos elaborado por JP Morgan ha pasado de caer a un ritmo medio del 2,5% anual durante 2024 y 2025 a subir un 2,5% interanual en julio, mientras que la velocidad de crucero de los últimos tres meses se ha acelerado hasta el 7% anualizado. El banco espera que la inflación tecnológica continúe escalando hasta alcanzar aproximadamente el 5% interanual en el primer trimestre de 2027. El fenómeno, además, no está localizado. El ritmo trimestral anualizado ha alcanzado el 13% en Corea del Sur y el 18% en Indonesia, mientras que se mueve entre el 5% y el 6% en Japón y la zona euro y ronda el 10% en Reino Unido y Canadá.

La cuestión es que detrás de esta inflación está precisamente una tecnología de la que se espera todo lo contrario a largo plazo. La inteligencia artificial debería elevar la productividad, permitir producir más con los mismos recursos y terminar reduciendo los costes laborales unitarios. JP Morgan no niega esa posibilidad, pero avisa de que ese futuro desinflacionista todavía tiene que llegar mientras que la factura del gigantesco despliegue de la IA ya está aquí (hay que jugar con las cartas que se tienen hoy en la mesa no con las que esperas que te toquen después). Los hiperescaladores están gastando cientos de miles de millones de dólares en centros de datos y capacidad de computación, disparando simultáneamente la demanda de semiconductores, servidores, equipos eléctricos y trabajadores especializados. "La oferta no ha seguido el ritmo, empujando al alza los costes tecnológicos", explican los analistas. Y una parte creciente de esa factura está comenzando a pasar de las empresas al consumidor.

El epicentro del problema está en la memoria. La construcción de centros de datos requiere enormes cantidades de procesadores avanzados y memoria DRAM de alto ancho de banda, mientras que la expansión de la infraestructura digital también está absorbiendo almacenamiento NAND (un nuevo tipo de almacenamiento). La industria se encuentra así compitiendo por unos componentes cuya capacidad productiva no puede ampliarse a la misma velocidad.

Chips, memoria, teléfonos

Según recoge JP Morgan, los principales fabricantes de memoria estarían ya completamente vendidos hasta 2027. Los precios de la DRAM han aumentado un espectacular 280% durante el último año y los analistas de renta variable del banco esperan otro incremento del 33% entre mediados de 2026 y mediados de 2027. Si sus previsiones se cumplen, a finales de este año la DRAM costará más de un 400% más que en 2024, "revirtiendo una tendencia de décadas de caída de los costes de los componentes tecnológicos". La memoria NAND tampoco escapa al fenómeno y JP Morgan espera otro encarecimiento del 21%.

La inflación está recorriendo además la cadena de suministro exactamente en el orden que cabría esperar. Primero suben los semiconductores producidos en las grandes economías tecnológicas asiáticas, después esos costes aparecen en los precios de importación y producción y finalmente llegan a las tiendas en los dispositivos electrónicos y todo tipo de tecnología.

Los precios estadounidenses de importación de ordenadores, periféricos y semiconductores aumentaron en julio un 31% trimestral anualizado y un 17% interanual, llevando la inflación de los bienes de capital importados hasta el 6,5%, su mayor ritmo desde finales de los años ochenta. Los ordenadores personales y periféricos que compra el consumidor estadounidense registran ya su mayor incremento de precios fuera del extraordinario episodio inflacionista de 2021 y 2022. "El aumento de los costes de los semiconductores impulsado por la IA se está trasladando cada vez más a los precios finales al consumidor", constatan los expertos de JP Morgan.

Para colmo, no solo la tecnología. Durante mucho tiempo China ha sido esa gran fábrica con una mano de obra infinita y unos costes laborales que parecían que nunca iban a subir. China producía en cantidades industriales y exportaba a precios de derribo al mundo. Ahora, China también empieza a dejar de ser esa gigantesca fábrica de deflación. La debilidad de su demanda interna, el exceso de capacidad industrial y la feroz competencia entre fabricantes habían provocado una caída generalizada de los precios de exportación chinos incluso mientras aumentaban las tensiones arancelarias con EEUU. Pero los analistas de JP Morgan advierten de que "ahora están actuando fuerzas diferentes". Los precios de exportación de los semiconductores chinos se han disparado al mismo tiempo que los del resto de Asia y el encarecimiento se extiende a algunos de los sectores que China domina industrialmente, como los vehículos eléctricos, las baterías y las células solares. La consecuencia resulta especialmente llamativa. La inflación agregada de los precios de exportación chinos ha superado ya los máximos registrados durante la pandemia.

Esto no significa que toda la maquinaria exportadora china se haya vuelto inflacionista. Fuera de la tecnología, los vehículos eléctricos, las baterías y otros sectores relacionados, JP Morgan reconoce que las presiones sobre los precios continúan siendo débiles. Pero basta con que esos gigantescos sectores compensen una parte de la deflación del resto para cambiar el papel que China desempeña en la economía mundial. Los precios de importación de productos chinos que registran sus socios comerciales ya muestran esa transformación. "China está ejerciendo un menor lastre sobre la inflación mundial de bienes que en los últimos años", señalan los economistas del banco. La tecnología está compensando cada vez más la debilidad del resto de la cesta exportadora y supone "un cambio notable respecto a la deflación generalizada de los precios de exportación que caracterizó buena parte de los últimos tres años".

Por ahora, el peso directo de este fenómeno sobre los índices generales continúa siendo relativamente reducido, pero empieza a dejar de ser irrelevante. La cesta tecnológica que utiliza JP Morgan representa aproximadamente el 2,8% del IPC general y el 3,7% de la inflación subyacente mundial. El giro desde la deflación hacia las subidas de precios ha hecho que la tecnología pase de restar alrededor de una décima a la inflación subyacente interanual durante 2024 y 2025 a añadir aproximadamente una décima actualmente.

En las economías desarrolladas, donde la inflación tecnológica avanzaba en julio a un ritmo trimestral anualizado del 7,3%, ya aporta aproximadamente tres décimas a la inflación subyacente. JP Morgan calcula que el impacto acumulado sobre la inflación subyacente interanual mundial podría alcanzar unas tres décimas en la primera mitad de 2027. Todo ello con el petróleo al alza, el diésel escaseando y cada vez más caro, mientras que el precio de los alimentos también parece animarse.

El peligro es que el fenómeno no termine en los aparatos electrónicos. Hasta ahora la historia de la inflación de la IA es fundamentalmente una historia de hardware, pero los primeros síntomas comienzan a extenderse hacia los servicios de telefonía e internet y, con el tiempo, podrían alcanzar al software y las suscripciones digitales. Las empresas están incorporando cada vez más funciones de inteligencia artificial que necesitan una capacidad de computación extraordinariamente cara y alguien terminará pagando esa factura.

A todo ello, aunque queda fuera de lo que pretendía este artículo, cada vez hay más expertos que ven en los alimentos otra nueva oleada de inflación. Esta quizá era más esperada, pero por esperada no deja de ser preocupante. "Creo que el próximo choque de oferta afectará a los alimentos", afirmba Marie-Anne Allier, cogestora de activos en Carmignac a la agencia Bloomberg hace unos días. "No creo que el mercado lo esté descontando actualmente, sobre todo porque prevemos que será un proceso lento pero persistente".

El mundo se encuentra así ante un cambio tan pequeño en apariencia como trascendental en sus implicaciones. Dos de los grandes motores desinflacionistas de las últimas décadas están perdiendo fuerza simultáneamente. China ya exporta menos deflación y la tecnología empieza directamente a exportar inflación. JP Morgan espera que esta presión continúe aumentando hasta mediados de 2027 antes de moderarse gradualmente. La IA quizá termine siendo una revolución desinflacionista gracias a la productividad, pero antes de llegar a ese prometido futuro está provocando algo mucho más prosaico. Construirla se está volviendo extraordinariamente caro.


10:49 - 25/09/2026
https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14016518/09/26/la-inflacion-irrumpe-con-violencia-desde-dos-escondrijos-de-la-economia-que-nadie-vio-venir-por-que-los-precios-de-la-tecnologia-y-de-china-resurgen-justo-ahora.html

domingo, 27 de septiembre de 2026

El sueño americano se hipoteca: las doce gráficas que arrojan la vivienda de EEUU a un callejón sin salida

 

Cartel de "Se vende" de una propiedad en Estados Unidos / iStock.


  • Con hipotecas al 7% y precios de 400.000 dólares, la morosidad se intensifica
  • La inversión residencial está en mínimos históricos sin mano de obra suficiente
  • El encarecimiento de la vivienda expulsa a jóvenes e inmigrantes del mercado


Existe un nexo económico que aúna a las familias europeas, estadounidenses y chinas en torno a un mismo problema: la grave crisis de vivienda. En cada coordenada, las causas y las posibles soluciones son diferentes. No obstante, en Estados Unidos hace años que el desequilibrio está afectando a otros resortes del país, como la movilidad laboral o el consumo de los hogares. El encarecimiento paulatino de la vivienda no ha generado un colapso hasta el momento, pero es una de las mayores amenazas internas de la primera potencia económica del planeta.

La economía estadounidense ha servido, históricamente, como una avanzadilla para Europa de las tendencias más relevantes del mercado. El sector inmobiliario no es ajeno a esta premisa y ya sufrió en sus carnes el impacto de la crisis financiera, cuyo epicentro tuvo al mercado hipotecario norteamericano. Dos décadas después, al igual que Estados Unidos, Europa sufre una escasez de vivienda disponible, sobre todo, en las grandes ciudades del continente.

Las subidas de precios de la vivienda, el desequilibrio de la oferta y la demanda, y las alzas de tipos de interés de los bancos centrales de ambas costas del Atlántico representan un muro para quienes quieren acceder a una vivienda. Tanto las familias estadounidenses como las europeas que quieren construir su propio hogar se encuentran en un callejón sin salida ante una crisis de vivienda sin solución a la vista. El sueño de una casa en propiedad se ha convertido en la peor pesadilla para millones de ciudadanos en Occidente.

El principal problema en Estados Unidos reside en el elevado precio de las viviendas. Las casas se han disparado desde la pandemia y ahora superan los 400.000 dólares en el mercado inmobiliario, según Apollo. Es un nivel inasumible para la mayor parte de las familias estadounidenses, que se están viendo progresivamente fuera.

El alto coste de las viviendas ha encarecido, a su vez, los préstamos. La hipoteca promedio de Estados Unidos, con un plazo de 30 años, arroja una letra mensual que roza los 3.000 dólares (el salario promedio es de 5.600 dólares al mes), según datos de Bloomberg y Apollo. Al igual que el precio de la vivienda, la financiación se ha disparado desde las subidas de tipos de la Reserva Federal de hace tres años, que ahora amenazan con incrementarse.

Este escenario de tasas altas amenaza la presión crediticia a largo plazo de la economía. Los tipos de interés de las nuevas hipotecas a 30 años se encuentran en niveles similares a los momentos previos a la crisis financiera, con unas tasas de alrededor del 7%. El aumento de las nuevas financiaciones está arrastrando al alza el catálogo conjunto de los préstamos hipotecarios vivos. La tasa efectiva vuelve ahora a superar el 4%.

El aumento de los precios de la vivienda y de las hipotecas está expulsando a las familias. Apollo estima que el 56% de los hogares no pueden permitirse una vivienda. Mientras que el precio promedio ronda los 400.000 dólares por casa, la capacidad económica de 74 millones de estadounidenses sencillamente se encuentra por debajo de ese nivel.

Este encarecimiento está afectando, especialmente, a los segmentos más jóvenes y a la población inmigrante. Ambos grupos constituyen el grueso de los compradores primerizos de vivienda. La campaña de expulsiones de la actual Administración Trump ha desplomado el peso del segundo grupo, pero las familias nuevas no pueden igualmente entrar en el mercado. Mientras que antes de la crisis financiera, alrededor del 40% de los compradores de vivienda eran quienes buscaban su primera residencia, esa cifra se ha desplomado a la mitad en las dos décadas siguientes.

El problema no solo afecta a quienes quieren entrar en el mercado residencial, sino también a quienes ya se encuentran pagando una hipoteca. El aumento desorbitado de los créditos en Estados Unidos en los últimos años, con tarjetas por encima del 20% de interés e impagos a diestro y siniestro, había evitado afectar a las hipotecas. Hasta ahora.

La tasa de impagos de las hipotecas están subiendo y hay un grupo que preocupa especialmente: las viviendas multifamiliares. Este tipo de residencias, como las de los bloques de apartamentos, se concentran en las grandes ciudades, donde son más caras. Las dos empresas federales encargadas de recomprar las hipotecas, Freddie Mac y Fannie Mae, registran tasas de morosidad similares a la crisis financiera, aunque todavía no ha saltado al amplio parque de vivienda unifamiliar de EEUU.

Parte de que el impago hipotecario no se haya desbocado se debe a que cada vez hay menos hogares endeudados. Actualmente, el 40% de las viviendas de Estados Unidos están libres de cargas hipotecarias, sin embargo, esto tiene una consecuencia sobre el dinamismo económico.

Los problemas del mercado de vivienda obedecen tanto a la demanda como a la oferta. La causa principal de que los precios de la vivienda no dejen de escalar es que se construye menos que nunca con una demanda en aumento. La inversión residencial de Estados Unidos se encuentra en mínimos históricos. Este no es un problema único en la primera potencia del mundo. Por ejemplo, España también sufre la misma caída, siendo la clave de bóveda de sus crisis inmobiliaria.

La falta de inversión inmobiliaria conduce a un sector paralizado y en declive. Aunque el crecimiento del empleo en Estados Unidos permanece sólido (incluso teniendo en cuenta los vaivenes internacionales de la Casa Blanca), la fuerza laboral de la construcción está en contracción. En gran medida, por las políticas restrictivas contra la inmigración, principal fuente de mano de obra del sector.

Las consecuencias laborales no acaban en contar con menos obreros. La falta de un mercado inmobiliario robusto está afectando a uno de los pilares más relevantes de la fuerza de trabajo norteamericana: su movilidad. Las tasas de mudanzas de los estadounidenses llevan décadas en un descenso progresivo. Esto afecta, a su vez, a la producción de vivienda en un efecto de retroalimentación del que es difícil salir.

La consecuencia directa de una menor movilidad, un aumento de la demanda y un estancamiento en la producción de viviendas tiene como consecuencia que cada vez hay menos viviendas por habitante en Estados Unidos. La ratio se acerca progresivamente a 1,1 viviendas por persona, prácticamente una situación que impide la movilidad o un mercado flexible que fomente el reemplazo (lo cual incentiva a su vez la movilidad descendente).

Esto choca con una población creciente y que valora el individualismo por encima de todo. Los hogares de Estados Unidos, al igual que en el resto del planeta, son cada vez más pequeños. Conforme los nacimientos descienden y las esperanzas de vida se alargan, muchas personas viven solas o en pareja en sus residencias.

Las consecuencias a largo plazo de este contexto residencial son todavía un misterio. Sin embargo, los datos radiografían un país estancado en el campo inmobiliario. Aunque no se prevé una crisis financiera similar al estallido de las hipotecas subprime de 2007, los efectos económicos pueden traducirse en menor crecimiento y un retroceso de las condiciones de vida de los ciudadanos.


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14013350/09/26/el-sueno-americano-se-hipoteca-las-doce-graficas-que-ilustran-el-callejon-sin-salida-que-afronta-estados-unidos.html