
- De los 10 países más ricos del mundo, ocho son europeos
- Además, dos de ellos pertenecen a la 'maltrecha' zona euro
- Si se analiza el PIB en PPA, Europa no se ha distanciado de EEUU
La economía de Europa se ha convertido en las últimas dos décadas es una especie de 'enfermo' económico. Buena parte de economistas o expertos han utilizado a la Unión Europea como diana para sacar a relucir los fallos que estarían llevando a la que fue la región más próspera del mundo durante mucho tiempo a la decadencia. Exceso de regulación, conformidad, envejecimiento, un Estado de Bienestar que absorbe cada vez más recursos y expulsa la inversión privada... son muchos los factores que han podido contribuir al estancamiento de Europa. Pero todo ello no debe hacer olvidar que este continente sigue estando entre los más ricos del mundo, con una calidad de vida muy elevada, una esperanza de vida que es de las más altas del globo y donde todavía se encuentran los cinco países más ricos del mundo por renta per cápita. El que tuvo retuvo (dice el refrán), eso es lo que pasa con la economía de Europa.
El continente ha perdido protagonismo tecnológico, sus grandes empresas apenas participan en la revolución de la inteligencia artificial y el crecimiento de la productividad parece haberse quedado rezagado frente al de EEUU. Cuando se analiza el peso de la Unión Europea en el PIB global no hay duda. En 1980, la Unión Europea (suponiendo que existiera tal y como es hoy) suponía el 28% de la economía global. En 2025, el peso de la UE en el PIB global ha caído hasta el 13,8%, pese a la inesperada resistencia de la economía en los últimos años.
Sin embargo, bajo esta imagen de estancamiento se esconde una realidad que puede resultar muy sorprendente. Europa continúa albergando a las sociedades más prósperas del planeta. Según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2026, los cinco países con mayor PIB per cápita nominal del mundo son europeos: Liechtenstein, Luxemburgo, Irlanda, Suiza y Noruega. Una clasificación que recuerda que, pese a sus dificultades estructurales, el Viejo Continente conserva una capacidad extraordinaria para generar riqueza. No solo eso, investigaciones recientes de la Fed de Richmond o los últimos análisis del premio Nobel de Economía Paul Krugman sugieren, con matices, que la distancia económica entre Europa y EEUU podría ser bastante menor de lo que indican las estadísticas de crecimiento más utilizadas.
Respecto al ranking de países más ricos del mundo llama la atención que los cinco primeros son europeos. Habrá muchos lectores que digan o aseguren que esos cinco países señalados son muy pequeños o que no representan lo que es Europa. Pero si se amplía un poco más el ranking global que publica el FMI cada pocos meses, ese argumento pierde parte de su forma, puesto que, de los diez primeros, ocho son europeos. A los señalados anteriormente se les unen Islandia, Dinamarca y Países Bajos. No solo algunas son economías de mayor tamaño, sino que hasta una de ellas (Países Bajos, junto a Irlanda) forma parte de la maltrecha zona euro.
Pero quizá el argumento más interesante para cuestionar el relato de la decadencia europea no procede solo de estos países, sino de las grandes economías del continente. Paul Krugman ha puesto recientemente sobre la mesa una contradicción estadística que amenaza con cambiar la interpretación de los últimos 25 años. "Europa es una superpotencia económica que ha proporcionado a sus habitantes unas vidas extraordinariamente buenas, tanto en comparación con los estándares históricos como con el resto del mundo", sostiene el economista estadounidense.
Krugman admite que los europeos suelen tener casas y coches más pequeños que los estadounidenses, pero recuerda que también disfrutan de "mucha más seguridad económica que la mayoría de los estadounidenses, menor desigualdad de renta, mayor esperanza de vida y más tiempo libre". Uno de los motivos que han llevado a Europa a distanciarse en términos de PIB per cápita con EEUU son las horas de trabajo. En EEUU se trabajan muchas más horas al año, mientras que los europeos parecen haber optado por una vida más 'ociosa'. De hecho, hay estudios que demuestran que buena parte de la brecha entre las economías de EEUU y Europa se debe a que los europeos prefieren tener más vacaciones. Es cuestión de preferencias en muchos casos. En otras palabras, medir el éxito de una economía exclusivamente por su producción o por el tamaño de sus empresas tecnológicas puede dejar fuera aspectos esenciales del bienestar de sus ciudadanos.
La tesis de Krugman va incluso más lejos. Aunque las estadísticas convencionales muestran que EEUU ha crecido mucho más deprisa que las grandes economías europeas desde principios de siglo, las comparaciones del PIB por habitante ajustado por paridad de poder adquisitivo (PPA) ofrecen una imagen sorprendentemente diferente. "Si se compara el PIB per cápita europeo o la productividad europea (PIB por hora) con los de EEUU año tras año, utilizando métodos completamente estándar, no se encuentra una brecha cada vez mayor", explica. "De hecho, la distancia entre Europa y EEUU, si acaso, se ha reducido ligeramente durante los últimos 25 años".
La Reserva Federal de Richmond ha publicado hace menos de un mes un estudio donde analiza esta situación. Chen Yeh, investigador de la Fed, ha sido el autor del trabajo titulado Understanding the Debate on the US-Europe Paradox. Sus cálculos muestran que, entre 2001 y 2023, el PIB per cápita alemán medido a PPA corriente pasó de representar aproximadamente el 74% del estadounidense al 80%, mientras que Francia se mantuvo alrededor del 70%. Italia, en cambio, retrocedió del 74% al 68%. No existe, por tanto, una historia europea completamente homogénea. Es decir, las dos mayores economías del euro han mantenido el ritmo a EEUU en paridad de poder adquisitivo (es decir, descontando el impacto de los precios y el tipo de cambio).
EEUU tiene la tecnología
¿Cómo es posible que EEUU haya crecido mucho más rápido y, al mismo tiempo, Alemania y Francia hayan mantenido prácticamente intacta su posición relativa en términos de poder adquisitivo? La explicación está en la forma de medir la producción y, especialmente, en el espectacular desarrollo del sector tecnológico estadounidense. El estudio de la Fed de Richmond explica que las estadísticas de crecimiento real, calculadas a precios constantes nacionales, incorporan las enormes mejoras de calidad y productividad de los productos tecnológicos. Cuando un ordenador duplica su capacidad sin aumentar de precio, las cuentas nacionales registran un incremento de la producción real, aunque el valor monetario de ese producto permanezca estable.
EEUU, que concentra una parte desproporcionada de la industria tecnológica mundial, recibe un fuerte impulso estadístico de este fenómeno. Europa, en cambio, produce relativamente poca tecnología de vanguardia, pero puede adquirir buena parte de esos productos a precios internacionales cada vez más bajos. Así, los consumidores europeos también se benefician de los avances estadounidenses, aunque ese beneficio no aparezca de la misma manera en las estadísticas de producción real europea.
Además, la riqueza generada por la tecnología, es decir, los beneficios de las grandes tecnológicas, sus patentes y su propiedad intelectual pueden concentrarse en accionistas estadounidenses, aunque sus productos se consuman en todo el mundo. Por eso, el informe concluye que no resulta sencillo determinar, solo con estas estadísticas, si Europa está perdiendo bienestar relativo. La respuesta depende de cómo se distribuyen las ganancias tecnológicas y de quién termina apropiándose de ellas.
De modo que aunque la evidencia del PIB per cápita en dólares corrientes revela que EEUU está cada vez más lejos, la realidad puede ser algo diferente. Sin entrar a valorar los argumentos de Krugman o del informe de la Fed de Richmond, lo cierto es que en términos de PIB per cápita en dólares corrientes hay cinco países europeos por delante de EEUU, como se señalaba al principio. Son economías pequeñas y un tanto singulares, pero son economías europeas.
El liderazgo corresponde a Liechtenstein, el pequeño principado alpino situado entre Suiza y Austria, presenta una renta per cápita prevista de 230.420 dólares en 2026, según el FMI. Este PIB per cápita multiplica por casi dos veces y media los 94.430 dólares de EEUU. Su secreto no reside exclusivamente en su condición de centro financiero, aunque la banca privada y la gestión de patrimonios desempeñan un papel importante. Liechtenstein cuenta también con una industria exportadora extraordinariamente competitiva, especializada en maquinaria, herramientas de precisión, componentes industriales y productos de alto valor añadido. Empresas como Hilti ilustran la capacidad de esta pequeña economía para competir internacionalmente en sectores industriales avanzados. A ello se suman la estabilidad institucional, una fiscalidad atractiva y una estrecha integración con el mercado suizo.
El segundo puesto corresponde a Luxemburgo, con 155.730 dólares por habitante, otra economía pequeña que ha conseguido convertir su especialización internacional en una fuente formidable de riqueza. Su posición como centro financiero europeo, la presencia de bancos, fondos de inversión y grandes empresas internacionales, junto con un entorno regulatorio y fiscal favorable, explican buena parte de su prosperidad.
Como señala el propio FMI en varios de sus informes, Luxemburgo ha desarrollado una industria de servicios financieros que opera a escala mundial y que genera un valor añadido desproporcionadamente elevado respecto a su población. Además, se beneficia de su ubicación estratégica en el corazón de Europa y de una fuerza laboral altamente cualificada.
Irlanda completa el podio con una renta per cápita de 127.800 dólares, una cifra que habría parecido inimaginable hace apenas unas décadas para un país que durante buena parte del siglo XX figuraba entre las economías más pobres de Europa occidental. Su transformación se ha apoyado en una combinación de apertura comercial, integración en el mercado único europeo, mano de obra cualificada, uso del inglés y una política fiscal favorable a la inversión extranjera. El resultado ha sido la llegada masiva de multinacionales estadounidenses, especialmente tecnológicas y farmacéuticas, que han convertido al país en uno de los grandes centros europeos de producción y exportación de servicios y productos de elevado valor añadido.
Sin embargo, Irlanda representa también el ejemplo más extremo de los problemas que puede plantear el PIB per cápita como indicador de bienestar. La contabilización de beneficios, propiedad intelectual y operaciones de multinacionales infla considerablemente su producción nacional. Por eso, las autoridades irlandesas utilizan también la renta nacional bruta modificada, conocida como GNI, para aproximarse mejor al tamaño de su economía doméstica. Este indicador revela que la prosperidad de los irlandeses es inferior a la que muestra el PIB per cápita, pero sigue siendo muy elevada.
Suiza ocupa la cuarta posición con 124.480 dólares por habitante, y probablemente representa uno de los ejemplos más sólidos de riqueza asentada sobre una productividad elevada y una especialización económica difícil de replicar. A diferencia de otros países de la clasificación, su prosperidad no depende fundamentalmente de ventajas estadísticas asociadas a un territorio diminuto o a la contabilización de beneficios de multinacionales.
Su economía combina una potente industria farmacéutica, maquinaria de precisión, tecnología médica, relojería de lujo y servicios financieros avanzados. Empresas como Roche, Novartis o Nestlé reflejan la capacidad del país para desarrollar productos y marcas con un elevado valor añadido. La formación profesional, la innovación, la estabilidad política y la seguridad jurídica completan un modelo que ha conseguido mantener salarios muy altos durante décadas. Es cierto que el elevado coste de la vida reduce parte de la ventaja que sugiere la comparación nominal, pero Suiza sigue destacando por su extraordinaria productividad y su capacidad para competir en actividades donde el conocimiento resulta más importante que los costes laborales.
El quinto país es Noruega, con una renta per cápita de 115.000 dólares, una economía que ha construido su prosperidad aprovechando recursos naturales y energéticos que muchos otros países europeos desearían tener. La abundancia de energía hidroeléctrica, el petróleo y el gas han sido una de las claves de su desarrollo y de la acumulación de ahorro a través del mayor fondo soberano del mundo. A ello se suman una actividad pesquera altamente productiva, un sector turístico que ha experimentado una fuerte expansión y una población pequeña y relativamente cualificada.
La fotografía del FMI no termina ahí. Singapur aparece en sexta posición, seguido de Islandia y EEUU, con 95.210 dólares. Dinamarca ocupa el noveno puestos, mientras que Países Bajos cierra los diez primeros. Es decir, ocho de las diez economías con mayor PIB per cápita nominal del planeta son europeas si se incluye a los países del continente que no pertenecen a la Unión Europea. Aunque muchos de estos países son relativamente pequeños, otros como Países Bajos son el paradigma del éxito europeo. Esta economía es la quinta más grande de la eurozona, solo por detrás de Alemania, Francia, Italia y España. Aun así, el ranking constituye un recordatorio poderoso de la riqueza acumulada por Europa y de la fortaleza que conservan algunas de sus estructuras productivas.
Europa tiene, por tanto, motivos para preocuparse, pero también razones de sobra para seguir siendo respetada como potencia económica. El envejecimiento demográfico, la fragmentación de sus mercados de capitales, la debilidad de la inversión tecnológica y el menor crecimiento de la productividad constituyen desafíos reales que no desaparecen por el hecho de que Liechtenstein, Luxemburgo o Suiza encabecen una clasificación internacional de riqueza. Sin embargo, tampoco resulta riguroso presentar al continente como una región empobrecida o incapaz de competir.
Europa conserva empresas industriales extraordinariamente productivas, instituciones consolidadas, capital humano, infraestructuras, servicios públicos y una calidad de vida que continúa situándose entre las más elevadas del planeta. El trabajo de la Fed de Richmond demuestra que el diagnóstico económico depende también de qué se mide y cómo se mide. Y Krugman invita a recuperar una perspectiva que a menudo se pierde entre titulares sobre la decadencia. El verdadero objetivo de una economía no consiste únicamente en crecer más rápido que sus competidores, sino en transformar su riqueza en bienestar para sus ciudadanos, en esperanza de vida con salud, en seguridad en sus calles, en felicidad en definitiva. Bajo ese criterio, Europa tiene todavía mucho que defender, aunque no pueda permitirse seguir ignorando sus debilidades.
https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14021043/10/26/la-economia-de-europa-no-para-de-perder-peso-en-el-pib-global-pero-los-cinco-paises-mas-ricos-del-mundo-son-europeos-y-eso-no-va-a-cambiar-en-muchos-anos.html






