viernes, 3 de julio de 2026

Turismo oscuro y 'true crime': El morbo como guía de viaje: por qué triunfan las rutas que siguen los pasos de los criminales más famosos



Una calle iluminada por la noche. 
(iStock)



Las rutas de Jack el Destripador en Londres, los bares de Al Capone en Chicago o los recorridos inspirados en crímenes reales en Mallorca atraen cada vez a más turistas. La psicóloga Silvia María Campos lo analiza



Tomar algo en el pub londinense que frecuentaban varias víctimas de Jack el Destripador (The Ten Bells), recorrer los bares clandestinos de Al Capone en Chicago o seguir en Mallorca la pista de algunos de sus crímenes más conocidos ya forma parte de la oferta turística de varias ciudades. El llamado dark tourism o turismo oscuro convierte el crimen real en experiencia para viajeros fascinados por el lado más oscuro de la historia.

Al Capone, Jack el Destripador... son nombres que han trascendido y son muchos los amantes del true crime que quieren conocer las calles en las que cometieron sus crímenes. ¿Por qué nos atrae tanto conocer los lugares por los que han pasado los criminales más famosos?

"Nos atrae porque nos permite mirar lo prohibido, lo transgresor… sin riesgo. El crimen rompe las normas, y eso genera fascinación. De alguna manera, nos permite asomarnos a lo más oscuro del comportamiento humano desde una distancia segura. Además, cuando situamos los hechos en un espacio real, la experiencia se vuelve más intensa emocionalmente", responde Silvia María Campos, psicóloga clínica y jefa de estudios del Grado de Psicología de la Universidad Alfonso X el Sabio.

El interés por conocer las ciudades siguiendo los pasos de criminales famosos o dark tourism ha aumentado en los últimos años; así como el interés por los contenidos de crímenes reales en diferentes formatos: podcasts, series de televisión, películas, libros... Silvia María explica que al convertirse el crimen en un producto cultural más, se ha podido "transformar en una experiencia turística".

"El true crime no solo informa, también emociona y engancha. No solo cuenta historias, sino que las narra de forma emocional, generando fascinación, intriga o incluso empatía. Eso hace que muchas personas quieran ir un paso más allá del consumo pasivo y convertirse de alguna manera en protagonistas de la experiencia", añade la psicóloga.


De criminales a iconos culturales

Es probable que cada vez interesen más las rutas basadas en crímenes reales, así como las series o cualquier otro producto cultural porque "responden a necesidades humanas muy básicas como la curiosidad, la emoción y la comprensión". Es más, figuras como Al Capone o Jack el Destripador se han convertido en iconos culturales, en "personajes casi cinematográficos, con cierto carisma. El problema es que, en ese proceso, a veces se diluye el daño real que provocaron".


placeholderEl exterior del Ten Bells Pub, Spitalfields, Londres (iStock)
El exterior del Ten Bells Pub, Spitalfields, Londres (iStock)

Además, preocupa también a la psicóloga que con este auge se deje de percibir el crimen como algo real. "Puede desensibilizar ante la violencia o incluso generar una fascinación poco crítica, glorificando o normalizando la conducta criminal. Asimismo, puede aumentar la percepción de inseguridad y, en algunos casos, generar ansiedad o reactivar experiencias personales relacionadas", manifiesta Silvia María.


¿Este tipo de turismo banaliza el sufrimiento de las víctimas?

La banalización del sufrimiento de las víctimas es lo que más preocupa a los expertos; sobre todo cuando "el foco se pone en el criminal como figura fascinante". "Si no se contextualiza bien, se puede deshumanizar a las víctimas y reducir hechos muy graves a una experiencia más de consumo. Si no hay un enfoque respetuoso y equilibrado, se puede trivializar el sufrimiento y deshumanizar a las víctimas, insensibilizándonos ante su dolor", insiste la psicóloga.

El límite ético está donde se pierde el respeto a las víctimas. Cuando el objetivo es comprender, contextualizar y educar, hablamos de divulgación

Entonces, ¿dónde está el límite ético entre la divulgación histórica y el espectáculo? "Considero que el límite ético está donde se pierde el respeto a las víctimas. Cuando el objetivo es comprender, contextualizar y educar, hablamos de divulgación. Cuando se prioriza el impacto o el beneficio económico, se corre el riesgo de convertirlo en espectáculo. Por eso, el enfoque lo es todo", responde Silvia María.

Es por eso que no es lo mismo visitar Auschwitz que la casa de Jeffrey Dahmer o la ruta de Jack el Destripador. "Todos los años viajo con mis estudiantes a Auschwitz y esta experiencia apela a la memoria colectiva, al respeto y a la reflexión. Otros espacios pueden activar más la curiosidad individual o incluso el morbo. La diferencia no está solo en el lugar, sino en el enfoque que le damos a la experiencia para que sea educativa y reflexiva y no más cercana al entretenimiento", concluye.

Entre la memoria histórica, el morbo y la curiosidad humana, el turismo oscuro sigue creciendo en todo el mundo. La pregunta es si quienes recorren estas rutas buscan comprender la historia… o simplemente sentir el vértigo de acercarse, aunque sea por unas horas, al lado más oscuro del ser humano.


jueves, 2 de julio de 2026

Lo que los británicos realmente quieren decir cuando dicen "sorry"


Getty Images/ BBC/ Javier Hirschfeld


En Reino Unido, pedir disculpas diciendo "sorry" es más que eso: es un reflejo cultural, una válvula de escape de cinco letras que se usa para suavizar peticiones, disimular situaciones incómodas, llenar silencios en una conversación y evitar el horror nacional de parecer maleducado.

Quizás no sea casualidad que personajes tan famosos por su cortesía como Paddington y Mary Poppins sean británicos.

Los británicos pronuncian la palabra una media de 9 veces al día, más de 3.000 veces al año.

Pero para los visitantes, el enigma no reside en la frecuencia con la que la oyen, sino en descifrar su verdadero significado.

Y es que, cuando un británico dice "lo siento", eso puede significar arrepentimiento. También puede significar "disculpe", "hágase a un lado", "no estoy de acuerdo", "date prisa", "estás bloqueando el pasillo", "no te oí" o "estoy haciendo todo lo posible por no parecer molesto".

Si bien estos usos no son exclusivos de Reino Unido, la frecuencia, el tono y los sutiles cálculos sociales que implican sí lo son.

En una sociedad conocida por tratar de evitar enfrentamientos, pedir disculpas se ha convertido en una de sus herramientas más versátiles: una forma de gestionar el espacio personal, suavizar los desacuerdos, evitar la confrontación y hacer cumplir las normas sin parecer abiertamente descortés.

En esencia, "sorry" es una palabra que ofrece una visión fascinante de las muchas peculiaridades culturales que definen a los británicos, y para los visitantes, aprender a descifrarla puede marcar la diferencia entre un intercambio amistoso y un desconcertante malentendido.

1. "Sorry!" en la calle

Lo que parece: una disculpa.

Lo que suele significar: tú me estorbas, yo te estorbo, ambos hemos estado brevemente demasiado cerca físicamente el uno del otro y ahora debemos neutralizar la incomodidad de inmediato.

Esto no se trata tanto de culpar a alguien, sino de la profunda incomodidad que existe en Reino Unido con la intimidad accidental: el horror de rozar el abrigo de un desconocido, bloquear la acera o permanecer en el mismo pequeño espacio público un segundo de más.

Alguien puede decirlo cuando choca contigo, cuando tú chocas con ellos, o incluso cuando ninguno de los dos ha hecho nada malo más allá de rozarse los hombros y calcular mal la geometría de la acera.

Puede significar "disculpe", "después de usted", "por favor, apártese" o "finjamos que este pequeño choque nunca ocurrió".

La cuestión no es culpar a nadie, sino reconciliarse; una palabra rápida que permite seguir adelante sin que nadie se vea afectado por la indignidad de una confrontación abierta.

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Getty Images/ BBC/ Javier Hirschfeld

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Los británicos dicen "lo siento" una media de 9 veces al día, pero la palabra a menudo hace algo más que disculparse.

2. "Sorry?"

Lo que parece: una petición para que se repita algo.

Lo que suele significar: no te oí, o sí te oí, pero necesito un momento para asimilar lo que acabas de decir.

Esta disculpa tan apreciada -con una sutil entonación ascendente al final- es una de las herramientas conversacionales más útiles del inglés.

Puede significar "¿perdón?", "¿podrías repetirlo, por favor?" o, simplemente, "necesito un segundo".

Dado que "¿qué?" puede sonar demasiado brusco, "¿perdón?" se convierte en la alternativa más suave y menos confrontativa.

Para los visitantes, resulta práctico en lugares como pubs y estaciones de tren, con conversaciones rápidas, y especialmente útil en zonas con fuertes acentos regionales.

Sin embargo, si se usa con un tono más frío o incrédulo, puede convertirse en una advertencia típicamente británica: te escuché, pero te doy la oportunidad de reconsiderar lo que dijiste.

3. "Sorry, can I ...?"

Lo que parece: una petición educada.

Lo que suele significar: necesito ocupar un poquito de espacio y pido disculpas de antemano por las molestias que pueda ocasionar mi presencia.

Esta es la típica disculpa británica de autominimización. La oirás en trenes, cafeterías, butacas de teatro, vestíbulos de hoteles y en cualquier lugar donde alguien necesite hacer algo perfectamente razonable.

"Disculpe, ¿puedo pasar?": "disculpe, ¿hay alguien sentado aquí?"; "disculpe, ¿podría preguntar…?".

En realidad, quien habla no lo siente. Simplemente suaviza el acto de preguntar, entrar, sentarse, alcanzar algo o simplemente estar presente en público.

En una cultura más directa, un simple "¿está libre este asiento?" sería suficiente. En Reino Unido, a menudo se recurre primero al "disculpe", como si ocupar una silla vacía requiriera un pequeño acto de contrición.

4. "Oh, sorry…"

Lo que parece: una disculpa sincera.

Lo que suele significar: me opongo, pero voy a hacer que suene como una disculpa.

Esto puede sonar como una disculpa sincera, pero normalmente no lo es. En Reino Unido, donde la franqueza puede resultar terriblemente incómoda, un seco "oh, perdón..." es lo que se suele oír cuando alguien necesita reclamar su sitio sin parecer abiertamente agresivo.

"Oh, perdón, creo que era el siguiente en la fila"; "oh, perdón, ese es mi asiento"; "oh, perdón, estaba usando eso".

La disculpa le sirve de excusa al hablante; la pausa después de "oh" es lo que causa el daño.

Permite objetar sin dejar de ser técnicamente educado: un compromiso muy británico entre guardar silencio y decir exactamente lo que se piensa.

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Getty Images/BBC/ Javier Hirschfeld

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"Sorry" también puede significar "disculpe", "apúrese", "está bloqueando el pasillo" o "estoy haciendo todo lo posible por no parecer molesto".

5. "Sorry, but…"

Cómo suena: una interrupción educada, como un carraspeo, antes de una rotunda contradicción.

Lo que suele significar: por mucho que intente estar de acuerdo contigo, no puedo. Voy a explicarte por qué te equivocas y no me importa lo que pienses.

Esta es la disculpa preventiva: un pequeño respiro antes de que surja un desacuerdo.

En una cultura donde el desacuerdo abierto puede resultar socialmente ofensivo, "lo siento, pero..." le permite al interlocutor objetar manteniendo la apariencia de cortesía.

Le permite al hablante cuestionar, contradecir o corregir, dejando claro que no busca provocar una discusión, así esté a punto de hacerlo.

Según el tono, puede sonar conciliador, ligeramente exasperado o casi como decir "lo siento, pero no me arrepiento"... La clave está en escuchar lo que viene después del "pero". Ahí suele empezar el verdadero mensaje.

6. "Sorry…" en una cola o en el pub

Cómo suena: un recordatorio de etiqueta

Lo que suele significar: intento que esto no sea incómodo, pero esto no es justo; has roto las reglas.

La sola idea de colarse en Reino Unido da escalofríos: la cola es un lugar sagrado, como la Abadía de Westminster o Wimbledon, y un cortés "perdón..." intercalado sirve como recordatorio de etiqueta de que todos deben respetar las normas en lugar de intentar colarse.

En este contexto, "perdón" es sinónimo de "ponte al final", "no te cueles", "mantén la distancia" o "no te atrevas a saltarte la cola".

En el pub, la misma frase puede significar "es mi turno", "creo que era el siguiente" o "por favor, no finjas que no te diste cuenta de que yo estaba esperando".

Es una corrección disfrazada de cortesía, que suele ser la corrección más británica de todas.


    • Mike MacEacheran
    • Título del autor,BBC Travel *
  • Fecha de publicación

miércoles, 1 de julio de 2026

 

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Decir que las plantas "ven" es una licencia poética.

Obviamente las plantas no tienen retina, ni ojos, ni cerebro y, por tanto, no tienen el tipo de visión que asumimos para otros organismos.

Ahora bien, pensemos en una definición amplia del término visión, esa que dice que es la capacidad mediante la cual un organismo capta luz del entorno, la transforma en señales biológicas y la interpreta para representar de manera útil el mundo que lo rodea.

En ese sentido, podríamos llegar a convencernos de que las plantas "ven".

La luz, mucho más que energía

Como organismos fotosintéticos, las plantas son capaces de absorber y utilizar la luz con una sofisticación y eficiencia extraordinaria. Pero, para ellas, la luz no es sólo la energía que alimenta la fotosíntesis, es también información.

La luz es una señal ambiental de primer orden sobre la alternancia día-noche, sobre si están rodeadas de competidoras, cuándo deben germinar, abrir los estomas o en qué momento conviene florecer, entre otras cosas.

La clave de esta percepción está en los fotorreceptores, biomoléculas que funcionan como sensores capaces de absorber luz y transformar esa información física en respuestas biológicas.

Hoy en día, se sabe que las plantas disponen de fotorreceptores especializados en interpretar la información lumínica asociada a rangos discretos de radiación electromagnética.

Esto implica que son capaces de interpretar su calidad espectral, es decir, "perciben colores".

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Como organismos fotosintéticos, las plantas son capaces de absorber y utilizar la luz con una sofisticación y eficiencia extraordinaria.

Por ejemplo, los fitocromos están especializados en percibir luz en la región del rojo –longitudes de onda de luz entre 600 y 700nm– y del rojo lejano –entre 700 y 800 nm, justo fuera del rango de la luz visible para los humanos–.

Mientras, los criptocromos y las fototropinas y receptores UV-B, son sensibles a la luz azul y ultravioleta. Los fotorreceptores en plantas no se encuentran en estructuras organizadas, se encuentran en tipos celulares muy diversos, que pueden encontrarse en todos los órganos.

Fitocromos: interruptores biológicos de luz roja

Los fitocromos, una amplia familia de fotorreceptores, están entre los mejor caracterizados. Se trata de proteínas unidas una especie de "antena" (cromóforo) capaz de absorber fotones en la zona del rojo y rojo lejano (entre 600 y 800 nm aprox.).

La luz modula la actividad del fotorreceptor induciendo cambios en el plegamiento de la proteína.

Se sabe que los fitocromos existen en dos formas interconvertibles: Pr, que absorbe luz roja y Pfr, que absorbe luz roja lejana.

La luz roja convierte Pr en Pfr, la forma activa; la roja lejana favorece el proceso inverso.

Cuando el fitocromo está en su forma activa o Pfr, puede desplazarse desde el citoplasma al núcleo celular. Una vez allí, activa o reprime la expresión de una compleja red de genes que controlan programas de desarrollo.

De esta manera, actúa como un interruptor reversible que informa a la planta sobre la calidad espectral de la luz que la rodea. Este mecanismo de acción ilustra muy bien el funcionamiento general de todos los fotorreceptores conocidos en plantas.

¿Cómo detectan las plantas a sus vecinas?

Uno de los aspectos más fascinantes es que las plantas pueden detectar a sus vecinas en función del grado de sombreo utilizando como sensores a los fitocromos.

Lo logran midiendo la proporción entre luz roja y luz roja lejana. La luz solar directa contiene ambas, pero las hojas absorben mucha luz roja para la fotosíntesis y dejan pasar o reflejan más luz roja lejana.

Así, cuando una planta percibe una caída en la relación rojo/rojo lejano, interpreta que hay otras plantas cerca. Esta lectura del ambiente activa el llamado síndrome de evitación de la sombra.

La planta cambia su arquitectura: alarga tallos, modifica la orientación de sus hojas y reduce la ramificación. No está "pensando", pero está tomando decisiones de desarrollo. Su cuerpo se reorganiza para alcanzar la luz antes o mejor que sus competidoras.

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En cultivos densos, las plantas invierten demasiada energía en competir por luz en lugar de producir semillas, frutos o biomasa útil.

Esta capacidad tiene enormes implicaciones agrícolas. En un cultivo denso, por ejemplo, las plantas invierten demasiada energía en competir por luz en lugar de producir semillas, frutos o biomasa útil.

Por eso, comprender los fotorreceptores ayuda a seleccionar variedades más tolerantes al sombreado, capaces de crecer en alta densidad sin activar en exceso respuestas de escape.

La luz marca su calendario

Además, la luz a través de los fotorreceptores regula el calendario interno de muchas especies.

El cambio de proporción de luz roja/roja lejana en la transición luz-oscuridad puede ser percibida por los fitocromos, lo que permite a las plantas medir la duración relativa del día y la noche.

Gracias a ello, algunas especies florecen cuando los días se alargan, otras cuando se acortan. De esa manera, ajustan su ciclo vital a la estación más favorable.

La floración es un momento clave de su ciclo vital y su éxito depende, en buena medida, de interpretar correctamente qué condiciones ambientales son las más favorables.

Mirarlas con otros ojos

Si este artículo ha llegado a ustedes, espero que haya contribuido a que "vean" a las plantas de otra manera, digamos que con "otros ojos".

Quizás ahora piensen que son más que organismos pasivos expuesto al sol.

Las plantas exploran su entorno luminoso, comparan señales, anticipan competencia y ajustan su desarrollo.

Son capaces de percibir un mundo de colores invisibles para nuestra experiencia cotidiana. Para ellas, cada amanecer no solo trae energía: trae un libro de instrucciones.


Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia creative commons. Puedes leer la versión original en inglés aquí.

    • Antonio E. Encina García*
    • Título del autor,The Conversation
  • Fecha de publicación

martes, 30 de junio de 2026

Daniel Amen, psiquiatra: "Lo primero que hacen en los restaurantes es darte pan y ofrecerte alcohol. Es una inversión"



Fuente: YouTube


Sugiere que ser consciente de estos efectos ya es un primer paso para recuperar el control. “Cuando entiendes cómo te manipulan, puedes decidir si quieres jugar ese juego o no”




Pan y alcohol nada más sentarte. Esa es, según el psiquiatra Daniel Amen, la estrategia de los restaurantes para que gastes más dinero. Y no es una casualidad, sino un plan pensado desde la neurociencia, que afecta directamente al cerebro, tal y como explicó en una reciente entrevista en el pódcast The Diary of a CEO.

“Lo primero que hacen en los restaurantes es ponerte pan en la mesa y preguntarte si quieres alcohol. Porque ambos reducen la actividad de tus lóbulos frontales”, señaló Amen, autor de numerosos libros sobre salud cerebral y uno de los psiquiatras más conocidos en Estados Unidos.


Por qué el pan te hace gastar más

Según Amen, el pan actúa como un desencadenante químico: “Te da un pico de glucosa, lo que eleva la serotonina y te hace sentir bien. Pero esa serotonina disminuye la actividad del lóbulo frontal, que es lo que te permite tomar decisiones racionales”. En otras palabras, cuanto más pan, menos autocontrol. Y, en consecuencia, más probabilidad de que pidas platos de más o dejes que la carta de postres te convenza.

Lo que podría parecer una cortesía del local es, en palabras del psiquiatra, una inversión pensada para que tu cuenta aumente sin que apenas te des cuenta. Una especie de empujón biológico hacia el gasto.


El efecto del alcohol en tu autocontrol

El alcohol, por su parte, refuerza ese efecto. “También reduce la función de los lóbulos frontales”, explica. “Así que cuando bebes es más probable que tomes decisiones impulsivas, como gastar más dinero.” Para Amen, estos dos elementos, aparentemente inofensivos, alteran el comportamiento de los comensales y los hacen más vulnerables a las estrategias del negocio.

El psiquiatra también aprovechó para lanzar una advertencia sobre el uso de ciertos antidepresivos: “Nunca te dicen que los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) para la depresión también disminuyen la actividad del lóbulo frontal, lo que puede hacerte más impulsivo.” En su opinión, esta parte del tratamiento farmacológico no suele explicarse bien a los pacientes.

Amen sugiere que ser consciente de estos efectos ya es un primer paso para recuperar el control. “Cuando entiendes cómo te manipulan, puedes decidir si quieres jugar ese juego o no”, concluyó. Dejar el pan para el final o no pedir la copa de vino de entrada podrían ser pequeños gestos con grandes consecuencias en la cuenta… y en la salud del cerebro.


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