
El ghosting, una práctica lamentable pero conveniente, es ya la norma cuando se busca pareja en apps de citas que propician el volumen sobre la calidad de las interacciones. Ya se sabe: dos personas hacen match, empiezan a hablar, todo parece ir bien, incluso puede que lleguen a quedar, pero cuando están a punto de verse las caras una de las partes se esfuma sin dar explicaciones.
Ghosting es algo así como fantasmear, es un término anglosajón difícil de traducir que define el arte de desaparecer con la inestimable ayuda de la tecnología. Esta práctica que hasta ahora se había acotado al terreno sexual y sentimental ha comenzado a hacerse habitual en el mundo laboral: reclutadores que dejan de contestar, procesos de selección que se interrumpen abruptamente y, también, candidatos que no vuelven a aparecer tras firmar un contrato de trabajo.

La agencia de empleo Randstand reconoce que el ghosting laboral es un “comportamiento cada vez más frecuente, tanto por parte de los candidatos como de las empresas, y está cambiando las dinámicas tradicionales de contratación y colaboración en el trabajo”. También observa otra variación del mismo tema a la que llama microghosting en la que la comunicación no se elimina del todo pero se reduce notablemente, ignorando mensajes o tardando demasiado en contestar. De esta forma se envían señales sutiles de desinterés que se espera que la otra parte sea capaz de advertir por su cuenta.
“Hace dos meses me contactó una agencia de reclutamiento por Linkedin para un puesto de líder regional. Dos semanas después de la entrevista telefónica, tuve otra entrevista, y luego una tercera. Después me pidieron que fuera físicamente a la empresa. Invertí unos 250 euros en billetes, pero después de esa entrevista en la que creía que me había ido bien el reclutador redujo bruscamente la frecuencia de los contactos. Le envié un mensaje para pedir feedback, y me dijo que solo necesitaba finalizar 'una cosa', que me contactaría en una semana. Esperé y envié otro mensaje pero nunca respondió. Odio invertir en estas entrevistas y no saber siquiera si el proceso se ha cerrado y han seleccionado a otra persona. Es injusto no darle un cierre al candidato”. Este testimonio pertenece a Enrique A. (42 años), un ingeniero en búsqueda activa de empleo. Lo curioso es que él mismo pone nombre al fenómeno y no duda en llamarlo ghosting.

El ghosting laboral es tan dañino como el sentimental. En ambos casos la víctima se queda desorientada y esperando un cierre. Un equipo de investigadores de la Universidad de Georgia liderado por Christina Leckfor estudió el daño que dejan estas prácticas en la estabilidad emocional, y aunque el estudio se centró en el ámbito romántico, los investigadores creen que las consecuencias podrían extrapolarse a otras relaciones humanas. “Aunque no hemos estudiado específicamente el ghosting laboral creemos que su huella sobre la salud mental es más dañina que la que dejaría, por ejemplo. un email de rechazo”, explica la investigadora de la Universidad de Georgia.
“En nuestro trabajo los que hacían ghosting lo consideraban una estrategia ventajosa porque evitaba la confrontación, además les parecía más amable que el rechazo frontal. Sin embargo, nuestras investigaciones muestran que es más sano el rechazo abierto”.
La ausencia de empatía y la mala educación son hoy moneda corriente en los procesos de selección
Los códigos de comportamiento del mercado laboral han saltado por los aires. Y la preponderancia de bots e inteligencias artificiales generativas sirven de herramientas a las malas maneras. Desde candidatos que redactan sus currículums con chatGPT, correctísimos pero todos idénticos, hasta empresas que usan bots para descartar currículums y evitar así leer las candidaturas. En algún punto el proceso ha dejado de ser humano y con ello la responsabilidad de dar la cara. La ausencia de empatía y la mala educación son hoy moneda corriente en los procesos de selección.
La semana pasada la revista estadounidense The Atlantic se preguntaba cuándo el mercado laboral se había vuelto tan grosero, y describía un panorama donde los candidatos empleaban tres veces más el término ghosting que en 2020. El artículo citaba una encuesta de 2023 en la que el 62% de los que buscaban trabajo se planteaban hacer ghosting a un posible empleador si les salía por el camino algo mejor. En 2019 solo el 37% de los que buscaban trabajo contemplaban esta posibilidad.

Por otra parte, la consultora Greenhouse revela que en Estados Unidos uno de cada tres candidatos había sufrido ghosting de una empresa tras haber hecho varias entrevistas y superado varias fases de un proceso de selección. Al mismo tiempo cada vez más empresas tienen casos de candidatos contratados que no aparecen el primer día de trabajo y nunca más se sabe de ellos.
Hoy en día, sea por conveniencia, autoprotección o resentimiento mucha gente, de un lado y otro de la ecuación del mercado laboral, ha abandonado las normas elementales de cortesía y ha generado una gran desconfianza en el mercado.
Para salir hoy al mercado de trabajo no solo hay que tener herramientas y habilidades competitivas sino, sobre todo, una autoestima de hierro
Porque no solo es el ghosting, el universo de la búsqueda de trabajo es cada vez más opaco y frustrante. Ya no es solo la probabilidad casi nula de interactuar con un humano en alguna parte del proceso, es que incluso muchas ofertas de trabajo no son reales y solo han sido lanzadas al mercado para extraer los datos de los solicitantes. Otras veces son los reclutadores los que vuelven a publicar un puesto para el que hay varios candidatos prometedores en proceso de selección. Para salir hoy al mercado de trabajo no solo hay que tener herramientas y habilidades competitivas sino, sobre todo, una autoestima de hierro.
Antes de que los procesos de selección se hicieran a través de pantallas reinaban una serie de fórmulas con grandes dosis de hipocresía que nadie se creía, pero que al menos informaban a ambas partes del estado de la cuestión, pero la tecnología del siglo XXI eliminó esas incómodas interacciones, pues hizo muy fácil desconectar al otro, o llegado el caso, desaparecer uno mismo y ahorrarse las explicaciones.
Las pantallas crean una ilusión de distancia y despersonalización y, de paso, irresponsabilidad y una moral más laxa. Es como si la pantalla anestesiara a la víctima y rebajara la crueldad y la gravedad de los acontecimientos. Todo se queda en el limbo virtual donde todo parece más ligero y superficial.
Lo que pasa en el mercado laboral es otra muestra de cuánto estamos dispuestos a ceder por conveniencia y comodidad. En este caso escogemos saltarnos varias normas elementales de educación aunque del otro lado alguien se quede esperando una respuesta. Al final, la cortesía exige un esfuerzo, ¿y no es eso justamente lo que ha venido a quitarnos de en medio la tecnología?
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