El negocio publicitario tradicional se estanca y las tecnológicas chinas ven en la IA su nuevo motor de crecimiento
No es una contracción del sector, sino una redistribución del empleo para contratar talento especializado en IA
Alibaba planea reducir su plantilla un 34% y Baidu un 7% como parte de su nueva estrategia de optimización
Durante las últimas semanas hemos podido observar cómo muchos trabajos en el mundo occidental comenzaban a estar en riesgo por la automatización derivada del uso de la IA. Si bien, en el mejor de los casos, son estimaciones, no habíamos visto noticias similares en China, erigido actualmente como uno de los campeones en la aplicación de estas nuevas tecnologías.
No obstante, varios informes recientes de algunas de las mayores empresas del gigante asiático nos dejan ver que esta tendencia puede ser que se esté comenzando a extender también por su país, aunque con ciertas matizaciones.
La IA en el sector laboral chino
China lleva varios años utilizando la IA como uno de sus motores de crecimiento. Hace un par de semanas, de hecho, recogíamos en elEconomista.es los planes de expansión mediante microempresas que el gobierno asiático pretendía implementar en las regiones del sureste del país.
Pese a todo y lo ambicioso de estos proyectos, algunas de las mayores empresas del país han comenzado a realizar una paulatina sustitución de ciertos trabajos dentro de sus organigramas. Por ejemplo, el gigante del e-commerce Alibaba habría reducido entre 2024 y 2025 su plantilla en un 34%, sobre todo eliminando la parte física de su negocio y en nombre de su "estrategia de IA" que hace enfoque en la automatización, optimización y eliminación de procesos innecesarios.
Ahora bien, esta empresa no ha sido la única, sino que Baidu -un buscador online como Google- chino ha anunciado también un recorte del 7% de su plantilla en nombre de los mismos aspectos antes mencionados. BYD, una empresa dedicada a la construcción de vehículos, recortó también un 10%.
En este sentido, las transformaciones se han justificado como una estrategia de optimización, aunque existen ciertos aspectos estructurales que parecen estar empujando a las empresas a realizar estas, por así decirlo, adaptaciones al mercado.
Por ejemplo, Alibaba ha señalado que espera llegar a generar hasta 100.000 millones de dólares al año en ingresos relacionados con la IA y los servicios en la nube en los próximos cinco años, lo que muestra la importancia que le están dando a esta nueva etapa.
Este cambio de rumbo también responde a un contexto más amplio. Según nos informaba el pasado marzo AP, el crecimiento del comercio electrónico tradicional y de la publicidad digital -que durante años han sido la base de estas empresas- está perdiendo fuerza. En el caso de Baidu, su principal negocio publicitario lleva varios trimestres enfrentando dificultades, por lo que la compañía está apostando cada vez más por reforzar su división de nube e inteligencia artificial para compensar esa caída.
Esto encaja con la idea repetida por muchos expertos de que muchas compañías tecnológicas crecieron de forma muy agresiva durante el boom de internet en China entre 2010 y 2020. En ese periodo, la contratación masiva generó estructuras sobredimensionadas que ahora están siendo corregidas.
Despidos rápidos
Algo que parece estarse normalizando en estas empresas son las contrataciones y despidos rápidos. Es decir, la rotación de plantilla se habría convertido en una norma de actividad para muchos de estos gigantes con el objetivo de optimizar sus procesos sin atarse a una estructura fija.
La mayor empresa tecnológica de China, Tencent, informó de un modesto aumento del 5% en plantilla en 2025, elevando el total de empleados a 115.849. Un exejecutivo de Tencent dijo al medio Rest of the World que la empresa ha estado contratando y despidiendo simultáneamente desde la pandemia de 2020.
"Hay una rotación constante", dijo el ejecutivo, que pidió permanecer en el anonimato ya que no está autorizado a hablar con los medios, a Rest of World. "La contratación ahora se centra más en recién graduados, en parte porque las empresas están bajo presión para crear empleos, especialmente con la expectativa de que la IA genere nuevo empleo y ayude a combatir el desempleo juvenil."
Como recalca el centro de análisis Dealroom.co, este modelo híbrido -reducir empleados en áreas tradicionales mientras se contrata talento especializado en IA- está creando lo que algunos expertos describen como "rotación estructural permanente". No se trata de una contracción del sector, sino de una redistribución del empleo en un proceso de tecnologización que no tiene por qué costar trabajos de forma absoluta, sino reestructurar las plantillas frente a los nuevos retos y objetivos de las empresas chinas.
Aunque no lo notemos, nuestras narices reciben más información social de la que pensamos
Vivimos en un mundo lleno de estímulos visuales y auditivos. Nos fijamos en la ropa, el lenguaje corporal, el tono de voz... pero hay algo más, algo que rara vez notamos y que, sin embargo, puede influir en nuestras decisiones sociales: el olor.
Según una investigación reciente liderada por la prestigiosa psicóloga Marlise Hofer, de la Universidad de Victoria (UVic) en Canadá, el olor corporal no solo transporta señales sobre nuestra salud o higiene, sino también sobre nuestro estatus social. En concreto, los niveles de testosterona que segregamos pueden alterar el aroma natural de nuestro cuerpo, enviando señales químicas que otros perciben como indicadores de dominancia.
En el estudio, publicado en la revista científica Evolution and Human Behavior, Hofer y su equipo reclutaron a 76 hombres jóvenes. Cada participante proporcionó una muestra de saliva para medir su nivel de testosterona y usó una camiseta blanca durante 24 horas para capturar su olor corporal natural. Se le pidió a todos ellos que no usaran perfumes ni desodorantes durante el período del experimento.
Luego, 797 personas (hombres y mujeres) actuaron como 'olfateadores' o cazadores de olores, evaluando las camisetas en función de tres criterios: dominancia, prestigio y calidad general del olor. El resultado arrojó que los hombres con niveles más altos de testosterona fueron percibidos como significativamente más dominantes, independientemente del sexo de quien olfateaba (la conclusión fue similar ya fueran hombres o mujeres). En cambio, no se encontró ninguna relación significativa entre el olor y el prestigio.
“Este estudio examina el papel del olor corporal en la percepción que las personas tienen del estatus social de los demás”, explica Marlise Hofer, investigadora postdoctoral de la UVic. “Examinamos si las señales olfativas asociadas con los niveles de testosterona circulante influyen en la percepción que las personas tienen del estatus social. Descubrimos que tanto los participantes masculinos como los femeninos de nuestro estudio percibían a los hombres con niveles más altos de testosterona como más dominantes que a los hombres con niveles más bajos de testosterona”.
Dominancia vs. prestigio
La dominancia se basa en la capacidad de imponer control o influencia a través de la fuerza, la intimidación o la presencia física.
El prestigio surge del respeto que los demás sienten por nuestros conocimientos, habilidades o logros.
Ambos mecanismos funcionan en todas las culturas humanas, pero los resultados de este estudio sugieren que el olor corporal está vinculado más estrechamente a la dominancia que al prestigio; quizá un vestigio evolutivo, ya que en muchas especies animales, las señales químicas son clave para establecer jerarquías sociales.
Desde hace tiempo, sabemos que el olor humano puede comunicar emociones como el miedo, la atracción o incluso el estado de salud. E incluso estudios anteriores han demostrado que las personas pueden detectar señales de estrés o enfermedad a través del olor. Ahora podemos añadir que el olor corporal también comunica o delimita el estatus social. Y es que no se trataba simplemente de que ciertos olores fueran más agradables que otros, sino de que provocaban una evaluación social concreta al estilo 'este hombre parece dominante', algo que podría influir en dinámicas de grupo, entrevistas de trabajo, atracción romántica...
“Aunque solemos pensar que la vista y el oído son nuestros principales sentidos sociales, el olfato también parece transmitir información sutil pero significativa sobre los demás”, concluye la experta.
Quizá esto también abre la puerta al desarrollo de tecnologías o productos que modulen el olor corporal para influir en la percepción social. ¿Podríamos algún día usar 'perfumes hormonales' para parecer más seguros o atractivos a los demás, ya sea un entorno personal o profesional?
Detalle de 'Silla con pipa', de Vincent Van Gogh (Galería Nacional de Londres).
Creímos heredar el lujo de los faraones y los reyes absolutos, pero acabamos transformando el trono más antiguo de la historia en la herramienta de obediencia más perfecta y silenciosa del capitalismo
Vivimos postrados. Si calculamos el tiempo que pasamos anclados a una silla de oficina, al asiento del coche, a la butaca del transporte público y al sofá de nuestra casa, el resultado es una vida vivida en ángulo recto. Hemos asumido que sentarnos a medio metro del suelo con la espalda apoyada es la postura natural del ser humano civilizado. Compramos cojines lumbares, invertimos fortunas en mobiliario ergonómico y acudimos al fisio para aliviar los estragos de esta inmovilidad crónica. Sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar que la silla no es un mueble inocente ni una necesidad biológica. Durante milenios fue un símbolo de dominación.
El trono antes de ser silla
En las sociedades antiguas, elevar el cuerpo sobre una estructura de madera con respaldo no respondía a una necesidad anatómica, sino a un cálculo de poder. La silla se convirtió en una arquitectura de la desigualdad.
En el antiguo Egipto, solo el faraón se sentaba en un trono mientras sus súbditos permanecían de pie o en el suelo. En Mesopotamia, las estelas reales representan sistemáticamente al monarca sentado y a sus vasallos de pie, una jerarquía visual que no necesitaba traducción. En Grecia y Roma, la cathedra, de donde vienen las palabras "cátedra" y "catedral", era el asiento del maestro, del juez, del obispo. La sella curulis, la silla plegable de marfil que los esclavos públicos cargaban para uso exclusivo de los magistrados romanos, sugería que el poder no solo viajaba con el individuo, sino que lo precedía físicamente en forma de mueble
El lenguaje conserva intacta esta memoria jerárquica. Presidente viene del latín praesidere, compuesto de prae, delante, y sedere, sentarse: significa literalmente "sentarse al frente". No describe mérito, sino posición. El poder, antes que ejercerse, se ocupaba; antes que justificarse, se sentaba. Lo mismo ocurre con cátedra, del latín cathedra, que designa el asiento desde el que el profesor ejercía su autoridad, no solo transmitía conocimiento. Hasta la sede más alta del catolicismo, la Santa Sede, lleva el nombre del asiento. Quien se sienta, gobierna. Quien posee el asiento, posee el control.
El Trono de Tutankamón. (Museo Egipcio de El Cairo)
Durante siglos, tener una silla con respaldo en casa era un indicador claro de estatus. Las clases populares usaban taburetes, bancos corridos o simplemente el suelo. Una silla era un mueble de representación reservado a los patriarcas de familia o a las visitas distinguidas. Sentarse en la silla del señor de la casa sin permiso era, en muchas culturas, un gesto de afrenta o de declaración de poder.
La Revolución Industrial se sienta
El gran engaño histórico se produjo con la llegada de la Revolución Industrial y el auge de la burocracia moderna. La burguesía acabó democratizando la silla, pero no para conceder descanso a las masas, sino para fijarlas.
El siglo XIX necesitaba trabajadores que permanecieran inmóviles durante horas frente a la cadena de montaje o los libros de contabilidad. El cuerpo en movimiento era un problema de productividad; la solución fue sentarlo. La silla dejó de ser un privilegio reservado a los reyes para transformarse en una jaula invisible diseñada para la clase trabajadora. Inmovilizar el cuerpo en un ángulo de noventa grados resultó ser la estrategia más eficaz para disciplinar la mente y maximizar la producción.
La ironía es perfecta y brutal, el símbolo milenario de la autoridad se convirtió en el instrumento para controlar a quien no tenía ninguna. El obrero, el contable o el funcionario del Estado moderno: todos recibieron una silla no como privilegio, sino como anclaje. Te damos la forma del poder para que no te muevas.
Mujeres trabajando en 1851 un taller de afilado de plumas.(Illustrated London News/Getty Images).
El siglo XX completó la transformación. Las oficinas de planta abierta se llenaron de sillas idénticas, intercambiables, dispuestas en filas regulares como pupitres escolares. En 1911, el taylorismo lo codificó como principio científico. Su propuesta era radical en su frialdad: medir con cronómetro cada gesto y reducir los desplazamientos al mínimo. El cuerpo humano tratado como un engranaje donde cualquier desvío del ángulo recto se consideraba una pérdida de tiempo productivo.
El precio que pagamos
Hoy los datos son contundentes y, en cierto modo, vergonzosos. Un adulto occidental pasa entre ocho y diez horas diarias sentado, lo que ha desatado una epidemia silenciosa de dolor lumbar y alteraciones metabólicas.
Y la respuesta del mercado es, en sí misma, un diagnóstico de época. Nos enorgullecemos de trabajar en sillas de diseño valoradas en cientos de euros con reposacabezas ajustables y sistemas lumbares que prometen contrarrestar el daño. Pagamos la cuota de un gimnasio donde corremos sobre una cinta estática intentando devolver a nuestra columna la movilidad que el trabajo le ha robado durante 8 horas. Intentamos solucionar con tecnología ergonómica el daño estructural que nos provoca una postura antinatural. El problema se convierte en negocio sin cuestionarse a sí mismo.
Olvidamos que el cuerpo humano no fue diseñado para ser un apéndice de la oficina
Hay algo profundamente simbólico en todo esto que va más allá de la fisiología. Al aceptar la silla como el ecosistema natural de nuestra existencia, hemos entregado nuestra vitalidad física a cambio de una falsa comodidad. Hemos olvidado que el cuerpo humano no fue diseñado para ser un apéndice del mobiliario de oficina.
Quizá la verdadera rebelión contemporánea no consista en exigir asientos más cómodos ni pausas más largas para estirarnos, sino en reconocer la ironía suprema de nuestra civilización. Creímos heredar el lujo de los faraones y los monarcas absolutos, pero acabamos transformando el trono más antiguo de la historia en la herramienta de sumisión más perfecta y silenciosa del capitalismo moderno.
La silla no te dio el poder, te quitó el movimiento.
El 15 de septiembre de 2008, Bobby Seagull llegó a su oficina en Canary Wharf, uno de los centros financieros de Londres, poco antes de las 6 de la mañana.
Fue la última vez que tendría que preocuparse por llegar puntual. Era operador financiero en Lehman Brothers, un banco estadounidense que atravesaba una grave turbulencia.
"Habíamos visto en las noticias del domingo desde Estados Unidos que estaban declarando la quiebra. No teníamos muy claro cuáles serían las implicaciones para nosotros en Reino Unido. Así que simplemente nos dijeron que acudiéramos como siempre".
Al principio fue un "caos", cuenta Seagull. "No había comunicación directa con nuestros colegas estadounidenses. No respondían a las llamadas. Algunas personas empezaban a llevarse cosas, como cuadros de las paredes, diciendo: 'Me deben acciones'".
Seagull tenía el presentimiento de que podía ocurrir un desastre y estaba bien preparado.
"De hecho, compré un carrito de la compra el último día. Y, curiosamente, ese verano la gente ya percibía cierta inquietud. Vacié mi tarjeta para máquinas expendedoras, que tenía unas 300 libras (unos US$500), comprando chocolates, porque me di cuenta de que, si la máquina o el banco colapsaban, esa tarjeta dejaría de servir".
Seagull, junto con miles de compañeros, salió de allí con su carrera profesional metida en una caja de cartón.
Fue una imagen definitoria de la crisis financiera global, que causó la quiebra de miles de empresas y que millones de personas perdieran sus empleos.
Dio paso a una de las recesiones más largas y profundas desde la Segunda Guerra Mundial.
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En 2008, el banco de inversión Lehman Brothers se declaró en quiebra en Estados Unidos.
Ahora hay varias señales de alerta parpadeando en el panel de la economía mundial que llevan a algunos a preguntarse si estamos en las primeras etapas de otra crisis financiera.
¿Cómo podría ser la próxima crisis? Y, con las relaciones internacionales en 2026 en un estado más tenso que en 2008, ¿tendrán siquiera los responsables de política económica las herramientas para resolverla?
Señal de alerta temprana
Antes de la crisis que golpeó a la economía mundial en 2008, ya había señales de alerta en algunas partes del sistema financiero.
En 2007, las inversiones en hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos comenzaron a deteriorarse a medida que los propietarios tenían dificultades para pagar.
Fondos gestionados por Bear Stearns, BNP Paribas y otros bancos tuvieron que congelar la capacidad de los inversores para retirar su dinero o liquidar los fondos por completo.
Estos problemas fueron señales de alerta temprana de lo que resultó ser una crisis financiera muy profunda.
A medida que se extendía la incertidumbre, incluso los bancos dejaron de prestarse entre sí por temor a no recuperar su dinero, lo que provocó la llamada "restricción del crédito" (credit crunch, en inglés). Esto desencadenó una crisis financiera global.
Varios fondos que otorgan préstamos han declarado pérdidas o han restringido la capacidad de los inversionistas para retirar su dinero.
BlackRock, Blackstone, Apollo Global Management y Blue Owl Capital han enfrentado solicitudes de retiro por miles de millones de dólares de fondos de crédito privado, instituciones que ofrecen una alternativa a la banca tradicional.
Los reguladores bancarios y los veteranos del sector financiero reconocen las similitudes.
Sarah Breeden es subgobernadora del Banco de Inglaterra, con responsabilidad específica en estabilidad financiera. Afirma que el nuevo mundo del crédito privado ha crecido rápidamente, aún no ha sido puesto a prueba por condiciones financieras adversas y es poco comprendido.
"Hay ecos de la crisis financiera global en lo que estamos viendo ahora", dice. "El crédito privado ha pasado de prácticamente nada a dos billones y medio de dólares en los últimos 15 a 20 años. Hay apalancamiento (dinero prestado), hay opacidad, hay complejidad y hay interconexiones con el resto del sistema financiero. Todo eso recuerda a lo que vimos en la crisis financiera global".
También le preocupa que gran parte del dinero prestado por los fondos de crédito privado haya sido a su vez financiado con deuda, creando capas de endeudamiento —o apalancamiento— que pueden amplificar cualquier pérdida.
"Hay apalancamiento sobre apalancamiento sobre apalancamiento. Lo que queremos asegurarnos es de que todo el mundo comprenda cómo se acumula esa 'tarta de capas' de deuda".
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En 2007 se formaron enormes colas en las sucursales de Northern Rock, ya que la gente intentaba retirar su dinero.
Mohamed el Erian, principal asesor económico de la firma financiera alemana Allianz y exdirector ejecutivo de PIMCO, el mayor inversor en bonos del mundo, coincide en que se subestima el riesgo de otra crisis.
"Hay ciertas similitudes con 2007 que me quitan el sueño. Esas similitudes son fragilidades claras en el sistema financiero que no se están valorando adecuadamente".
De hecho, afirma que fueron las restricciones impuestas a los bancos tras la crisis las que dieron origen a este nuevo mercado de crédito privado.
Los bancos se vieron obligados por nuevas regulaciones a ser más prudentes, por lo que surgieron fondos que imitaban a los bancos para llenar ese vacío.
"De repente, el sistema se inunda de acreedores privados dispuestos a prestar dinero a las empresas. Las empresas ven todo ese dinero disponible y, por supuesto, cuando hay demasiado dinero, la gente comete errores".
Plantea un escenario preocupante: "De pronto todos los que te prestan dinero quieren recuperarlo al mismo tiempo. Y lo siguiente que ocurre es que algo que empezó como una muy buena idea crece hasta convertirse en algo que pone en riesgo la estabilidad y, en lugar de beneficiar a la economía, amenaza con retirarle el suelo bajo los pies".
Pero Larry Fink, jefe del mayor gestor de activos del mundo, BlackRock, le dijo recientemente a la BBC que no está de acuerdo con que el crédito privado represente una amenaza para la economía mundial.
Los problemas que afectan a algunos fondos representan una pequeña fracción del mercado total, afirma.
La propia BlackRock es una de varias firmas que han limitado los retiros de inversionistas inquietos de fondos de crédito privado.
Pero Fink insiste en que no hay posibilidad de que se repita el trauma financiero de 2007-2008, ya que considera que las instituciones financieras actuales son más seguras.
"No veo ninguna similitud en absoluto", dice. "Ninguna".
Aun así, algunos han comparado lo que está ocurriendo en el crédito privado con una retirada lenta de depósitos de un banco.
Puede que no se vean filas frente a sucursales de Northern Rock, como ocurrió en 2007, pero sí hay una fila de personas que quieren recuperar su dinero.
El costo de la energía
Otra forma en la que la historia podría estar repitiéndose es a través del aumento de los precios de la energía.
Ese fue un factor que contribuyó a la crisis de 2008. El precio del crudo Brent pasó de alrededor de US$50 por barril a comienzos de 2007 a US$100 a finales de ese año, alcanzando finalmente un máximo de US$147 en julio de 2008.
Este aumento estuvo impulsado por la fuerte demanda de una China en rápida expansión, pero también, en parte, por tensiones geopolíticas relacionadas con Irán.
Hoy, los precios del petróleo han superado los US$100 por barril, con advertencias de que podrían subir aún más si no se logra una rápida resolución del conflicto con Irán, que en la práctica ha cerrado la arteria energética más importante del mundo a través del estrecho de Ormuz.
Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía, ha calificado el cierre en curso del estrecho de Ormuz como "la mayor crisis de seguridad energética de la historia", insistiendo en que es "más grave" que las anteriores crisis energéticas de 1973 (cuando algunos países árabes impusieron un embargo petrolero a Occidente), 1979 (provocada por la revolución iraní) y 2022 (Ucrania) "combinadas".
Ese nivel de pesimismo aún no se refleja en los precios actuales del petróleo.
Aunque ha subido más de un 50% desde antes del conflicto con Irán, todavía está bastante por debajo de los niveles observados antes de la última crisis financiera, cuando el petróleo alcanzó los US$147 por barril (en términos actuales, cerca de US$190 por barril).
Y los mercados bursátiles se encuentran actualmente en niveles máximos o cerca de ellos, nada comparable con el shock petrolero de 1973, que causó una caída del 40% en los mercados de valores de Estados Unidos desde su punto más alto hasta el más bajo.
Sarah Breeden, del Banco de Inglaterra, vaticina que los mercados bursátiles cairán en algún momento, ya que no reflejan plenamente los numerosos riesgos actuales para la economía mundial.
Pero, por ahora, los mercados parecen asumir que la paz acabará prevaleciendo, y muchas grandes empresas siguen obteniendo más beneficios de los que esperaban los inversores.
Sin embargo, un shock energético forma parte de la lista de riesgos del Banco de Inglaterra que, según Breeden, podrían materializarse simultáneamente.
"¿Qué ocurre si varios de estos riesgos se materializan al mismo tiempo?", se pregunta.
"Un gran shock macroeconómico, sumado a la pérdida de confianza en el crédito privado, al tiempo que se reajustan las valoraciones de la inteligencia artificial y de otros activos de riesgo... ¿qué pasa en ese escenario? ¿Y estamos preparados para afrontarlo?".
Inteligencia artificial
Y ahí Breeden señala otro riesgo que se suma a este posible cóctel de crisis.
Más de 2 billones de dólares han fluido hacia inversiones en inteligencia artificial, en lo que el cofundador de Microsoft Bill Gates califica como "frenesí" y que otros describen como una burbuja.
Esto ha impulsado las valoraciones de unas pocas megaempresas hasta el punto de que el 37% del valor del principal índice bursátil de Estados Unidos, el S&P 500, está ahora concentrado en solo siete compañías (incluidas Nvidia, Microsoft, la matriz de Google -Alphabet Inc.- y Amazon, que también se encuentran entre las que más invierten en infraestructura de IA).
Eso significa que los millones de personas que invierten en fondos indexados están destinando una gran parte de sus ahorros a la inteligencia artificial, lo quieran o no.
Una fuerte venta masiva de acciones en estas empresas afectaría a los ahorradores —incluidos particulares y fondos de pensiones en Reino Unido— e, inevitablemente, sacudiría la confianza empresarial y del consumidor.
El estallido de la burbuja puntocom, que alcanzó su punto máximo en marzo de 2000, contribuyó a desencadenar una recesión en 2001.
El índice tecnológico Nasdaq cayó casi un 80% entre marzo de 2000 y octubre de 2002, destruyendo miles de millones en valor de mercado.
Ese colapso de las empresas de internet, las enormes pérdidas de los inversores y los despidos generalizados en el sector tecnológico provocaron una desaceleración más amplia de la economía.
Incendio financiero
También está la cuestión de qué tan eficazmente podrían los responsables políticos contener un "incendio financiero".
En 2008, los gobiernos finalmente lograron controlar el caos inyectando miles de millones de dinero público en los principales bancos para evitar su colapso, y aumentando las garantías sobre los depósitos bancarios para evitar que los ahorradores retiraran su dinero.
Al mismo tiempo, los principales bancos centrales recortaron las tasas de interés, incluido un raro recorte coordinado en el otoño boreal de ese año.
Pero algunos temen que esas opciones ya no existan.
En 2008, la deuda del gobierno de Reino Unido equivalía a menos del 50% del ingreso nacional. Hoy, esa cifra se acerca al 100%, tras grandes intervenciones en 2008 para rescatar bancos, el apoyo salarial durante la covid-19 y los subsidios energéticos en 2022 tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia.
Por lo tanto, la capacidad del gobierno para endeudarse es mucho más limitada.
Mohamed el Erian utiliza la analogía de un cuerpo de bomberos que se ha quedado sin agua.
"Los gobiernos y los bancos centrales han tenido que responder a crisis tras crisis y, al hacerlo, han reducido su capacidad de respuesta", advierte.
Ese sentimiento es compartido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), que a principios de este mes afirmó que los múltiples desafíos económicos del mundo llegan en un momento en que "el margen de maniobra de las políticas se ha reducido".
También está el deterioro de las relaciones internacionales.
En medio de la crisis de 2008, los líderes nacionales se reunieron en una serie de encuentros de emergencia, incluido uno crucial en Washington en noviembre de ese año, donde acordaron un plan para inyectar miles de millones en los bancos; y otro en Londres en abril de 2009.
Gordon Brown, el entonces primer ministro británico que ayudó a liderar la respuesta internacional, ha afirmado que la fuerte cooperación global fue lo que evitó que la crisis se convirtiera en una depresión.
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En plena crisis de 2008, los líderes nacionales se reunieron en una serie de reuniones de emergencia, entre ellas una crucial celebrada en Washington en noviembre de 2008.
Todo eso podría ser más difícil hoy, en medio de importantes desacuerdos entre los países ricos sobre la política comercial, la OTAN e incluso el estatus de Groenlandia.
Al escribir a comienzos de este mes sobre los riesgos de una crisis financiera, el FMI advirtió que "la cooperación internacional es más débil" ahora que en años anteriores.
La implicación, quizás, es que en una era de guerra en Europa, tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, y la política de "Estados Unidos primero" del presidente Donald Trump, será más difícil para los gobiernos dejar de lado sus diferencias y sentarse a una mesa de crisis como lo hicieron en 2008.
Y Gordon Brown ha advertido repetidamente sobre los peligros de un enfoque aislacionista, de "nosotros contra ellos", en los asuntos internacionales.
Fragilidades financieras
Sarah Breeden, sin embargo, ofrece una nota de optimismo, al argumentar que los bancos tienen más capacidad para absorber shocks que en 2008.
Se tranquiliza con el hecho de que los bancos están "mucho más capitalizados ahora"; es decir, cuentan con mayores reservas de capital, en lugar de depender del dinero prestado.
"No creo que, si hay tensiones, sean de la misma magnitud", afirma.
Mohamed el Erian coincide, hasta cierto punto.
"No estamos exactamente en el escenario de 2008 porque no creo que el sistema bancario —y, por tanto, el dinero de los depositantes y el sistema de pagos— esté en riesgo. Pero sí estamos en un momento similar a 2008 en el sentido de que el sistema financiero podría agravar las fragilidades económicas que nos lleven a una recesión".
Y si eso ocurre, no tiene dudas sobre quiénes sufrirán más.
"Las fragilidades económicas y financieras tienden a exponer a los segmentos más vulnerables de la población. Son los que tienen menor capacidad de resistencia y suelen ser los más golpeados".
Bobby Seagull, ahora profesor de matemáticas, afirma que los mercados financieros son hoy en día aún más complejos y que nunca se sabe muy bien qué sorpresas desagradables acechan bajo la superficie.
"Es como si te pasaras instrumentos financieros de una persona a otra sin saber muy bien qué hay dentro. Y creo que lo preocupante es que, si ocurre algo, la situación se agrava muy rápidamente en los mercados financieros. Y ahí es donde no quieres ser la última persona que se queda con ese paquete".