sábado, 7 de marzo de 2026

Cómo el ‘ghosting’ se pasó a Linkedin

 

El 'ghosting' ha pasado del plano sentimental al laboral
Getty Images/iStockphoto


La práctica de desaparecer sin dar explicaciones que se ha extendido a través de las 'apps' de citas también afecta a la búsqueda de empleo


El ghosting, una práctica lamentable pero conveniente, es ya la norma cuando se busca pareja en apps de citas que propician el volumen sobre la calidad de las interacciones. Ya se sabe: dos personas hacen match, empiezan a hablar, todo parece ir bien, incluso puede que lleguen a quedar, pero cuando están a punto de verse las caras una de las partes se esfuma sin dar explicaciones.

Ghosting es algo así como fantasmear, es un término anglosajón difícil de traducir que define el arte de desaparecer con la inestimable ayuda de la tecnología. Esta práctica que hasta ahora se había acotado al terreno sexual y sentimental ha comenzado a hacerse habitual en el mundo laboral: reclutadores que dejan de contestar, procesos de selección que se interrumpen abruptamente y, también, candidatos que no vuelven a aparecer tras firmar un contrato de trabajo.

El 'ghosting' hace sobrepensar y deprimirse
El 'ghosting' hace sobrepensar y deprimirseGetty Images/iStockphoto

La agencia de empleo Randstand reconoce que el ghosting laboral es un “comportamiento cada vez más frecuente, tanto por parte de los candidatos como de las empresas, y está cambiando las dinámicas tradicionales de contratación y colaboración en el trabajo”. También observa otra variación del mismo tema a la que llama microghosting en la que la comunicación no se elimina del todo pero se reduce notablemente, ignorando mensajes o tardando demasiado en contestar. De esta forma se envían señales sutiles de desinterés que se espera que la otra parte sea capaz de advertir por su cuenta.

“Hace dos meses me contactó una agencia de reclutamiento por Linkedin para un puesto de líder regional. Dos semanas después de la entrevista telefónica, tuve otra entrevista, y luego una tercera. Después me pidieron que fuera físicamente a la empresa. Invertí unos 250 euros en billetes, pero después de esa entrevista en la que creía que me había ido bien el reclutador redujo bruscamente la frecuencia de los contactos. Le envié un mensaje para pedir feedback, y me dijo que solo necesitaba finalizar 'una cosa', que me contactaría en una semana. Esperé y envié otro mensaje pero nunca respondió. Odio invertir en estas entrevistas y no saber siquiera si el proceso se ha cerrado y han seleccionado a otra persona. Es injusto no darle un cierre al candidato”. Este testimonio pertenece a Enrique A. (42 años), un ingeniero en búsqueda activa de empleo. Lo curioso es que él mismo pone nombre al fenómeno y no duda en llamarlo ghosting.

El ghosting laboral es tan dañino como el sentimental 
El ghosting laboral es tan dañino como el sentimental Getty Images

El ghosting laboral es tan dañino como el sentimental. En ambos casos la víctima se queda desorientada y esperando un cierre. Un equipo de investigadores de la Universidad de Georgia liderado por Christina Leckfor estudió el daño que dejan estas prácticas en la estabilidad emocional, y aunque el estudio se centró en el ámbito romántico, los investigadores creen que las consecuencias podrían extrapolarse a otras relaciones humanas. “Aunque no hemos estudiado específicamente el ghosting laboral creemos que su huella sobre la salud mental es más dañina que la que dejaría, por ejemplo. un email de rechazo”, explica la investigadora de la Universidad de Georgia. 

“En nuestro trabajo los que hacían ghosting lo consideraban una estrategia ventajosa porque evitaba la confrontación, además les parecía más amable que el rechazo frontal. Sin embargo, nuestras investigaciones muestran que es más sano el rechazo abierto”.

La ausencia de empatía y la mala educación son hoy moneda corriente en los procesos de selección

Los códigos de comportamiento del mercado laboral han saltado por los aires. Y la preponderancia de bots e inteligencias artificiales generativas sirven de herramientas a las malas maneras. Desde candidatos que redactan sus currículums con chatGPT, correctísimos pero todos idénticos, hasta empresas que usan bots para descartar currículums y evitar así leer las candidaturas. En algún punto el proceso ha dejado de ser humano y con ello la responsabilidad de dar la cara. La ausencia de empatía y la mala educación son hoy moneda corriente en los procesos de selección.

La semana pasada la revista estadounidense The Atlantic se preguntaba cuándo el mercado laboral se había vuelto tan grosero, y describía un panorama donde los candidatos empleaban tres veces más el término ghosting que en 2020. El artículo citaba una encuesta de 2023 en la que el 62% de los que buscaban trabajo se planteaban hacer ghosting a un posible empleador si les salía por el camino algo mejor. En 2019 solo el 37% de los que buscaban trabajo contemplaban esta posibilidad.

La preponderancia de bots e inteligencias artificiales generativas sirven de herramientas a las malas maneras en el mundo laboral
La preponderancia de bots e inteligencias artificiales generativas sirven de herramientas a las malas maneras en el mundo laboralGetty Images

Por otra parte, la consultora Greenhouse revela que en Estados Unidos uno de cada tres candidatos había sufrido ghosting de una empresa tras haber hecho varias entrevistas y superado varias fases de un proceso de selección. Al mismo tiempo cada vez más empresas tienen casos de candidatos contratados que no aparecen el primer día de trabajo y nunca más se sabe de ellos.

Hoy en día, sea por conveniencia, autoprotección o resentimiento mucha gente, de un lado y otro de la ecuación del mercado laboral, ha abandonado las normas elementales de cortesía y ha generado una gran desconfianza en el mercado.

Para salir hoy al mercado de trabajo no solo hay que tener herramientas y habilidades competitivas sino, sobre todo, una autoestima de hierro

Porque no solo es el ghosting, el universo de la búsqueda de trabajo es cada vez más opaco y frustrante. Ya no es solo la probabilidad casi nula de interactuar con un humano en alguna parte del proceso, es que incluso muchas ofertas de trabajo no son reales y solo han sido lanzadas al mercado para extraer los datos de los solicitantes. Otras veces son los reclutadores los que vuelven a publicar un puesto para el que hay varios candidatos prometedores en proceso de selección. Para salir hoy al mercado de trabajo no solo hay que tener herramientas y habilidades competitivas sino, sobre todo, una autoestima de hierro.

Antes de que los procesos de selección se hicieran a través de pantallas reinaban una serie de fórmulas con grandes dosis de hipocresía que nadie se creía, pero que al menos informaban a ambas partes del estado de la cuestión, pero la tecnología del siglo XXI eliminó esas incómodas interacciones, pues hizo muy fácil desconectar al otro, o llegado el caso, desaparecer uno mismo y ahorrarse las explicaciones.

Las pantallas crean una ilusión de distancia y despersonalización y, de paso, irresponsabilidad y una moral más laxa. Es como si la pantalla anestesiara a la víctima y rebajara la crueldad y la gravedad de los acontecimientos. Todo se queda en el limbo virtual donde todo parece más ligero y superficial.

Lo que pasa en el mercado laboral es otra muestra de cuánto estamos dispuestos a ceder por conveniencia y comodidad. En este caso escogemos saltarnos varias normas elementales de educación aunque del otro lado alguien se quede esperando una respuesta. Al final, la cortesía exige un esfuerzo, ¿y no es eso justamente lo que ha venido a quitarnos de en medio la tecnología?


Karelia Vázquez

viernes, 6 de marzo de 2026

La genética pesa más de lo que creíamos en cuántos años vamos a vivir (pero no decide todo nuestro destino)



(istock)


Explica aproximadamente el 55% de la variación en la duración de la vida humana, lo que significa más del doble de lo que apuntaban estimaciones anteriores



Durante décadas, la idea dominante en la investigación sobre el envejecimiento era que la genética explicaba solo una pequeña parte de cuánto vivimos. El entorno, el azar, las enfermedades o el nivel socioeconómico parecían imponer su ley. Un nuevo estudio publicado este jueves en Science obliga ahora a revisar esa convicción: una vez descontadas las muertes por causas externas, la herencia genética podría explicar hasta el 55% de la variación en la duración de la vida humana, más del doble de lo estimado hasta ahora.

El trabajo, liderado por Ben Shenhar y su equipo, se apoya en modelos matemáticos y en grandes bases de datos de gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos. La clave está en una distinción que, según los autores, había sido sistemáticamente pasada por alto: no toda la mortalidad mide lo mismo. Las muertes “extrínsecas” —accidentes, infecciones, violencia o riesgos ambientales— actúan como ruido estadístico y diluyen el peso real de la genética, que influye sobre todo en la llamada mortalidad “intrínseca”, asociada al envejecimiento biológico.

Cuando ese ruido se corrige, la señal genética se vuelve mucho más fuerte. Según los autores, la heredabilidad de la esperanza de vida humana pasa así a situarse en niveles similares a los de la mayoría de los rasgos fisiológicos complejos y a los observados en otras especies, como los ratones de laboratorio.

En un artículo de Perspective que acompaña al estudio, Daniela Bakula, investigadora en envejecimiento, subraya que estos resultados “tienen consecuencias importantes para la investigación sobre el envejecimiento”, al reforzar la idea de que existe una base genética sustancial detrás de la longevidad humana. A su juicio, este mayor peso de la herencia justifica esfuerzos a gran escala para identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga, mejorar las puntuaciones de riesgo poligénico y conectar diferencias genéticas con vías biológicas concretas que regulan el envejecimiento.


Un llamativo 55% con advertencias serias

“¿Cuánto de nuestra esperanza de vida está escrito en nuestros genes? Probablemente más de lo que pensábamos, aunque con importantes matices”, explica Jesús Adrián Álvarez, actuario y doctor en Salud Pública, en declaraciones a la agencia SMC. Álvarez subraya que la heredabilidad es una estadística poblacional, no una predicción individual. “No implica que la duración de la vida esté fijada para una persona concreta. La vida es inherentemente estocástica”.

Además, recuerda que ni la mortalidad intrínseca ni la heredabilidad se observan directamente: se infieren a partir de modelos basados en supuestos sobre cómo evoluciona la mortalidad en distintas cohortes. El estudio no identifica genes concretos ni incorpora datos genómicos detallados; se centra en modelizar correlaciones matemáticas de longevidad entre gemelos. “Eso no invalida el resultado, pero obliga a interpretarlo con cautela”, señala.

Una cautela que comparte Tim Riffe, demógrafo e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, también en declaraciones a SMC. Riffe advierte de que el porcentaje depende de decisiones metodológicas clave, como condicionar el análisis a que ambos gemelos sobrevivan hasta edades avanzadas, algo que puede afectar de forma no trivial a las correlaciones. “Conviene entender ese 55% como una estimación basada en un modelo y en una definición concreta de ‘longevidad intrínseca’, no como un hecho definitivo”, apunta.

Riffe también llama la atención sobre cómo se define en el estudio la mortalidad extrínseca: no como muertes por causas externas en el sentido habitual de la demografía, sino como un riesgo de fondo independiente de la edad. “Es un concepto distinto y fundamental para interpretar correctamente los resultados”, explica.

Más allá del debate técnico, el trabajo reabre una pregunta incómoda: si parte de la longevidad es heredable, ¿qué ocurrirá a medida que las sociedades sigan reduciendo la mortalidad externa gracias a los avances médicos y sociales? ¿Aumentará aún más el peso de la genética? ¿Y quién se beneficiará de posibles intervenciones futuras?

Aquí, Riffe introduce un ángulo social y político. Incluso si se identifican predictores genéticos de la longevidad, advierte, es probable que las intervenciones personalizadas lleguen de forma desigual y refuercen las desigualdades socioeconómicas. “Los mayores y más duraderos avances en esperanza de vida han provenido históricamente de mejoras a nivel poblacional: educación, salud pública, condiciones de vida y protección social”, recuerda. Intervenciones menos llamativas que la genética, pero más eficaces y equitativas.

El estudio no responde, en última instancia, a la gran pregunta —cuánto pueden vivir los seres humanos—, pero sí desplaza el marco del debate. La genética importa más de lo que creíamos. No manda sola. Y, por ahora, sigue sin ofrecer atajos individuales hacia una vida más larga.


jueves, 5 de marzo de 2026

Tu cerebro siente el dolor que ves: así funciona la empatía sensorial




Lo sientes y te lo imaginas 
(Pexels).



Una reciente investigación expone que nuestro cerebro simula el dolor ajeno como si lo sintiéramos en carne propia



¿Alguna vez has visto una película donde alguien se clava un clavo en el pie o se golpea la mano al cerrar la puerta del coche y tú también hiciste una mueca? ¿Sientes un escalofrío cuando ves a alguien recibir un golpe en la cara o algo más fuerte? Tranquilo, no es que seas una persona hipersensible ni que estés exagerando, sino que tu cerebro haciendo exactamente lo que fue diseñado para hacer.

Gracias a un innovador estudio liderado por el Dr. Nicholas Hedger y su equipo en la Universidad de Reading (Inglaterra), en colaboración con investigadores de la Free University de Ámsterdam y la Universidad de Minnesota (EEUU), ahora sabemos que nuestro cerebro literalmente 'simula' el dolor ajeno. La investigación ha demostrado que ciertas zonas del cerebro encargadas de procesar el tacto se activan incluso cuando únicamente vemos cómo otra persona está sufriendo dolor. En otras palabras: lo que ves, tu cerebro lo siente.

“Cuando ves a alguien siendo lastimado, las áreas del cerebro que normalmente se activan cuando eres tú quien recibe ese estímulo también se encienden. Tu cerebro mapea lo que ves sobre tu propio cuerpo, simulando una sensación táctil aunque no haya ocurrido nada físico en ti”, aclara Hedger en su estudio publicado en la revista Nature.

Este fenómeno no es exclusivo del dolor. También ocurre con otras sensaciones físicas, como el cosquilleo, el frío o incluso las caricias a otra persona. El cerebro humano está diseñado para empatizar de forma sensorial, construyendo lo que los expertos llaman un 'mapa corporal visual-táctil'.


El experimento: películas y resonancia cerebral

Para llegar a esta conclusión, el equipo de expertos escaneó la actividad cerebral de 174 personas mientras veían pequeños fragmentos de películas como La Red Social, Origen, Solo en Casa, Erin Brockovich, Oceans 11 y Star Wars: El Imperio contraataca. Las escenas incluían situaciones de contacto físico, tanto agradables como dolorosas. Las películas fueron precisamente escogidas por la variedad de situaciones que podían darse.

Y lo que observaron fue sorprendente: las regiones visuales del cerebro no solo procesaban las imágenes, sino que también se solapaban con regiones típicamente asociadas al sentido del tacto. Algunas zonas, como la corteza somatosensorial, se activaban en patrones similares a los que se verían si la persona estuviera siendo tocada en ese momento. Lo que veían, también lo sentían.


Un mapa corporal dentro de la visión

Lo más fascinante del hallazgo es que estas 'zonas táctiles' están organizadas en la corteza visual de forma sistemática. En las regiones dorsales (superiores), el cerebro activa áreas según la ubicación en el campo visual: si ves algo en la parte inferior de la pantalla, se activan áreas relacionadas con los pies; si lo ves en la parte superior, se activan áreas relacionadas con la cara.

En cambio, en las regiones ventrales (inferiores), la activación no depende de dónde esté la imagen, sino de qué parte del cuerpo se está viendo, como un brazo, una pierna o una mano. En resumen: tu cerebro no solo ve lo que ocurre, sino que lo traduce en coordenadas corporales propias. Es como sentir pero sin ser tocado.

Y parece que esta conexión también funciona en sentido inverso. Por ejemplo, cuando caminas por tu casa en completa oscuridad, tu sentido del tacto (como el roce de una pared o el suelo bajo tus pies) ayuda a tu cerebro a 'reconstruir' visualmente el espacio. No lo ves, pero lo sientes y lo imaginas, y es una de las razones por las que el cerebro humano es tan eficiente al interpretar el mundo.


¿Y si tu cerebro procesa el mundo de forma distinta?

Las implicaciones clínicas de este descubrimiento son enormes. Según los expertos, esta investigación podría transformar nuestra comprensión de condiciones como el autismo. Muchas teorías sugieren que las personas autistas procesan de forma diferente las emociones ajenas porque no simulan internamente lo que ven en la misma manera que el resto. Gracias a este descubrimiento, ahora podríamos evaluar esas diferencias simplemente observando la actividad cerebral, algo que puede ser especialmente útil en niños o personas con hipersensibilidad sensorial.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Solo para miembros: ¿por qué hay gente que quiere ser socia de un club privado?

 



El ‘boom’ de este tipo de establecimientos en ciudades de medio mundo habla de la disposición de algunos a pagar por segregarse y, en definitiva, sentirse singulares y un poco superiores al resto.


En enero de 2026 todo el que cree ser alguien en Madrid está en una lista de espera para ser admitido en un club privado. El proceso de ser examinado para superar (o no) una criba más o menos clasista ha ganado atractivo en una ciudad que se ha llenado de expatriados y exiliados de alta gama a quienes les sobra el dinero pero les faltan contactos locales.

Este mes abre el Club Metrópolis en el restaurado edificio del mismo nombre en la Gran Vía madrileña. Se trata de un club privado internacional gestionado por el Grupo Paraguas que, según asegura en una nota, ha agotado el cupo de solicitudes y ya tiene, antes de abrir, “lista de espera”.

A finales de año, Vega Members Club, el proyecto de Íñigo Onieva y el grupo Casablanca Hospitality, también anunciaba su apertura en Lagasca, 88 en un local de 1.000 metros cuadrados decorado por Lázaro Rosa Violán. En la calle de Serrano, The Library, también del Grupo Paraguas, acoge un club privado para amantes del vino, y cerca de la calle de Almagro funciona Forbes House desde 2024. Además, están el Club Financiero, el Matador, el Monteverdi, el Argo y los de toda la vida, como la Real Gran Peña (desde 1869) o el Real Club Puerta de Hierro (1895), que desde 1987 no admite nuevos socios.

La vanidad de ser reconocido por una tribu exclusiva y obtener el salvoconducto a una experiencia cerrada a cal y canto a los otros ha sido bautizada por The New York Times como members-only mania (la fusión de la advertencia members-only, solo para miembros, y manía) y parece haber seducido a una pequeña parte de los residentes de Madrid, una ciudad abierta que ha presumido siempre de improvisar la vida social en el bar de la esquina. “Hoy todos formamos parte de un club, aunque sea el del gimnasio”, opina David Moralejo, director de la revista Condé Nast Traveler. “Creo que es una de las derivas de eso que algunos llaman la miamización y otros la londonización de Madrid, definida por el crecimiento de expatriados o exiliados de perfiles socioeconómicos muy altos que quieren lugares exclusivos para socializar. Tanta gente nueva enfría una ciudad que todavía es cálida”, añade Moralejo. La alta movilidad geográfica de las clases altas explica el auge de estas sociedades cerradas para gente que carece de una red social en la ciudad donde ha decidido vivir o trabajar.

Londres es, en palabras del historiador Seth Alexander Thévoz, la ciudad de los clubes, “clubtown” la llama en su libro London, Clubland: A Companion for the Curious (2025). Ninguna urbe ha tenido tal concentración de sociedades cerradas. “Esto a finales del siglo XX acabó generando un problema de imagen, con demasiados sitios rancios con los sillones descoloridos y viejos”, escribe Thévoz. Pero incluso en Londres estos espacios empezaron a cambiar tras la pandemia. En su libro, el autor enumera 133 clubes, de ellos clasifica 55 como “tradicionales” y 78 como “posteriores a 1985”. Según su investigación, “la mayoría de los nuevos son posteriores a 2015, o incluso a 2022. Una docena está creándose justo ahora mismo”.

A Nueva York también ha llegado esta manía. Una encuesta de GGA Partners citada por The New York Times asegura que el 60% de los clubes reportó un incremento de sus miembros a partir de 2022. Cuenta el diario que el teletrabajo ha creado un monstruo: el ejecutivo bien pagado hambriento de vida social. “Los clubes han brotado gracias a dos circunstancias pospandemia: por un lado, la pérdida de los terceros espacios, lugares que no son ni la casa ni el trabajo y que eran muy útiles para fomentar el sentido de comunidad, y por otro, la abundancia de edificios vacíos”.

También en Madrid los clubes han ocupado espacios yermos necesitados de una reforma, terrazas y azoteas olvidadas que empezaron a brotar exultantes después del confinamiento.

Hace unos años, a Andrés Rodríguez, editor de Forbes en España, se le ocurrió crear la experiencia física de una de las revistas más influyentes del mundo. El resultado fue Forbes House, que abrió en 2024 como un club privado para “gente interesante”. “Tenemos que filtrar las solicitudes y, aunque somos los más caros de España, el corte no puede ser únicamente económico, no queremos evolucionar al clasismo, sino agitar a la gente, juntar por ejemplo a un fotógrafo de moda con el gestor de un fondo de inversión, dos mundos que raramente se comunicarían”, expone Rodríguez en conversación con El País Semanal. Ha preferido llamarlo casa en lugar de club porque, dice, “un club no es siempre un hogar y queremos potenciar el componente familiar”.

Rodríguez sostiene que si se recluta a los socios correctos, se crea una red que funciona como una tela de araña. “Si están ilusionados, van presumiendo con amigos y familiares y se produce un efecto de capilaridad. Hay socios activos y otros más pasivos. Nuestro trabajo es continuar la evangelización”, explica. Su argumento estrella es: “Si no perteneces a Forbes House, estás perdiendo dinero”.

Al parecer estaríamos dispuestos a segregarnos siempre que la separación nos haga sentir distinguidos, diferentes y mejores. Como define Rodríguez, “un club es una manera de explicar quién eres y también quién no quieres ser”. Por eso ningún club renuncia al derecho de admisión y a las prácticas excluyentes. “Ellos marcan la distancia. Te dicen de un modo más o menos evidente: tú sí o tú no. Ahora hay tantos que después de verlos todos puedes decidir dónde encajarías mejor”, razona Moralejo.

Sin embargo, para mantener su mística un club debe ser percibido como un bien escaso. Una circunstancia que obligó a Soho House, establecimiento con 180.000 miembros en todo el mundo, a replantearse su agresiva estrategia de aperturas después de la pandemia para volver al misterio. “Una de las razones del comportamiento esnob de los miembros de clubes privados en Inglaterra y en Estados Unidos es el limitado número de clubes que existen y la cantidad aún más limitada de plazas disponibles. Gracias al clima de escasez, los miembros ven su club como un bien escaso, al alcance de unos pocos, entre los que ellos están incluidos”, explica la socióloga Diana Kendall en su libro Members Only: Elite Clubs and the Process of Exclusion (2008).

Una de las funciones clásicas de los clubes privados ha sido reproducir los usos y costumbres de las élites y a las propias élites, evitando que se mezclen demasiado con otros estamentos sociales. En su libro, Kendall sostiene que, a pesar de la popularidad de la frase de Groucho Marx “nunca pertenecería a un club que aceptara como miembro a alguien como yo”, muchos estaríamos contentos de ser aceptados en un grupo exclusivo y, probablemente, nos sentiríamos alienados ante una negativa.

Kendall cita al analista social Joseph Epstein, un experto en prácticas esnobistas. “Los sentimientos de autoimportancia individual y las muestras de comportamiento esnob son una parte inevitable de la dinámica de un club: estos espacios sirven tanto para mantener a la gente alejada como para unirla (…) Uno se une a un club por camaradería, pero una de sus ventajas es el placer de saber o esperar que no todos puedan unirse”.

Para mantener la promesa de privacidad, estos espacios emplean señales informativas, como el cartel “Solo para miembros”, y puestas en escena disuasorias, como puede ser una arquitectura imponente, interiorismos intimidatorios o porteros regios y elegantes. Muchos prohíben las fotos, el uso de móviles y la entrada a periodistas. Para este reportaje intentamos recopilar imágenes de algunos clubes y solo pudimos conseguir fotos exteriores o simulaciones en 3D de sus salones. Lo que queda a buen resguardo, según Kendall, es “un capital social que el dinero no puede comprar”: las redes que se tejen en un ambiente de confianza y de las que se espera generosidad y, llegado el momento, reciprocidad.

Y aunque haya clubes que renieguen de su nombre y se hagan llamar casas, y aunque ahora los pactos de caballeros se sellen en la sauna infrarroja o a la salida de la cámara hiperbárica, aún se espera que el club sea un refugio de la vulgaridad del mundo, un remanso para elegidos donde, citando a Kendall, la gente estará más a gusto con un salero de plata atascado que con uno de plástico que funcione perfectamente.



https://elpais.com/eps/2026-01-26/solo-para-miembros-por-que-hay-gente-que-quiere-ser-socia-de-un-club-privado.html

martes, 3 de marzo de 2026

El laberinto de la inteligencia artificial general: una carrera hacia nadie sabe dónde

 

La carrera del siglo. Por @RhizomatikaLab


Durante años el relato en el mercado ha sido inequívoco: hay una carrera por conseguir la inteligencia artificial general (IAG). Quien llegue primero, gana. Pero ¿y si mientras Silicon Valley pisa el acelerador, China transforma su industria con robots autónomos y Europa desarrolla una IA explicable en sectores regulados? Entonces, ¿quién habrá ganado?



Hasta ahora, Silicon Valley ha asumido que el camino hacia la IAG es una autopista en línea recta. Una simplificación tan seductora como conveniente, especialmente útil para eliminar barreras regulatorias y atraer capital. El supuesto implícito es irresistible: todos los problemas se resolverán simplemente acelerando.

La lógica es sencilla. Más datos, más parámetros y más cómputo conducen a mejores resultados. Con suficiente entrenamiento, los modelos capturan patrones cada vez más complejos del lenguaje, lo que refuerza la idea de que acelerar es suficiente.

Por ahora, las leyes del escalado han operado como una profecía autocumplida. El dogma de que el tamaño lo es todo lleva a construir nueva infraestructura, movilizar inversión y, efectivamente, obtener avances. Así se han destinado cientos de miles de millones de dólares a centros de datos diseñados para sostener este círculo virtuoso.

Sin embargo, comienzan a aparecer signos de agotamiento, indicios de que las ganancias marginales son decrecientes, de que los modelos no mejoran como antes. Figuras de primer nivel, como Yann LeCun, advierten que «los LLM nunca alcanzarán la inteligencia general». Si ese diagnóstico fuera correcto y los modelos chocan con una pared, el círculo se rompería.

Si esto sucede, se convertirían en una commodity. Algo que, por cierto, Marc Benioff, CEO de Salesforce, piensa que ya ha sucedido: «los LLM son las nuevas unidades de disco: infraestructura básica que se intercambia en caliente por la más barata y mejor. El sueño de que el modelo ofrece una ventaja competitiva ha expirado».

Puede que el escalado esté acercándose a sus límites. No hay evidencias claras, pero tampoco suena descabellado. Hay, digámoslo así, una duda razonable. Si ese fuera el caso, ¿qué alternativas existen?

Aunque los grandes modelos del lenguaje (LLM) absorben casi todos los recursos y la atención, en los márgenes del mercado hay otras opciones. Una de ellas se inspira directamente en el cerebro. Las redes neuronales de impulsos (SNN) imitan el comportamiento de las neuronas, que solo se activan bajo determinados estímulos, lo que permite reducir de forma notable el consumo de energía. Estas redes pueden incorporar arquitecturas que combinan no solo memoria a corto plazo, sino también a largo plazo. En este terreno, China destaca con proyectos como SpikingBrain (modelo cognitivo) y Darwin Monkey (superordenador neuromórfico), que recientemente han logrado avances significativos.

También existen aproximaciones que parten de una idea distinta: que la inteligencia artificial necesita cuerpo para desarrollarse. Son robots que aprenden interactuando con el entorno físico, entrenados en simuladores 3D de alta fidelidad y validados en el mundo real mediante transferencia zero-shot. Sus aplicaciones en fábricas, centros logísticos u hospitales son tangibles. Empresas especializadas en robótica lideran este enfoque: la japonesa SoftBank Robotics, la norteamericana Boston Dynamics o la china AgiBot.

Luego está el aprendizaje profundo combinado con lógica simbólica, un enfoque orientado a construir sistemas capaces de razonar, inferir relaciones complejas entre conceptos y planificar. Europa, con su énfasis regulatorio y ético, ha favorecido este tipo de modelos. En esa línea trabajan actores como Aleph Alpha, con su plataforma neurosimbólica verificable, o el DFKI, una dirección que empresas como IBM consideran una de las rutas más fiables hacia la IAG.

En la práctica, existen distintas aproximaciones para alcanzar una IAG. Hoy todavía no se sabe cuáles lo conseguirán. Lo que sí está claro es que la visión inicial de una carrera en línea recta da paso a otra bien distinta: la de un laberinto. Y esto lo trastoca todo. Cambia la asignación de recursos y obliga a recalibrar los riesgos. Pero sobre todo introduce la posibilidad de que distintas regiones avancen por caminos diferentes.

En China, la eficiencia se ha convertido en una necesidad estratégica. Las restricciones en el acceso a chips de última generación están orientando la IA hacia enfoques neuroinspirados y robóticos, con un énfasis claro en aplicaciones industriales y logísticas. Aquí la IA aplicada a la fabricación, desde vehículos eléctricos y placas solares hasta la automatización de plantas, se consolida como prioridad tecnológica indiscutible.

Europa, con regulaciones más restrictivas pero alineadas con sus valores, avanzaría principalmente en modelos simbólicos que priorizan que los resultados se puedan explicar, entender y controlar. Su enfoque no es la velocidad, sino la confianza. Sistemas diseñados para que funcionen en sanidad o justicia donde un error puede costar caro.

Mientras tanto, buena parte de Silicon Valley podría mantener el liderazgo en modelos de lenguaje masivos y actuar como si lo único importante fuera acelerar. La competencia acecha e impide levantar la vista de la carretera. Código rojo, no hay que distraerse.

Pero a estas alturas, obsesionarse con un único enfoque empieza a parecer una apuesta arriesgada. Lo mejor es distribuir las apuestas entre distintos futuros plausibles.

No es una carrera. Es un laberinto con caminos aún a medio explorar. Y la pregunta ya no es quién llegará primero, sino quién habrá elegido el camino correcto para su propósito.



porFernando Maldonado   enero 2026https://retinatendencias.com/analisis/el-laberinto-de-la-inteligencia-artificial-general-una-carrera-hacia-nadie-sabe-donde/