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jueves, 25 de junio de 2026
Las razones por las que está cayendo más chatarra espacial a la Tierra que nunca
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miércoles, 24 de junio de 2026
Qué nos puede enseñar el Crash de 1929 sobre los peligros que enfrenta la economía en la actualidad

Los mensajeros de las casas de bolsa se agolpan en torno a un periódico tras el primer desplome de la bolsa de Wall Street el 24 de octubre de 1929.
Getty Images
Para muchos economistas, los indicadores que la bolsa de Nueva York registra actualmente -y desde hace un tiempo- generan desconcierto.
A pesar de varios años de conflicto en Ucrania y Medio Oriente, con un repentino cierre en el estrecho de Ormuz que ha traído caos al mercado energético mundial, la bolsa sigue subiendo.
En febrero, el índice Dow Jones -que promedia el valor de las 30 compañías estadounidenses más grandes- superó su techo histórico de los 50.000 puntos y en junio ya había superado los 52.000.
Hacia finales de mayo, el índice S&P 500 logró mantener un incremento sostenido en el precio de sus acciones durante 9 días consecutivos -algo que rara vez se registra en Wall Street- y, gracias al boom de la inteligencia artificial, el Nasdaq continúa alcanzando máximos históricos.
Y aunque en teoría este aumento puede ser una buena señal sobre la economía de EE.UU., hay quienes empiezan a hacer paralelismos con los años previos a la mayor crisis financiera que se ha registrado en la historia: la caída de la bolsa en 1929.
El podcast de la BBC More or Less habló con Andrew Ross Sorkin, autor del libro "1929: desde adentro del crash" y Too Big to Fail (Demasiado grandes para caer), para analizar en qué se parece y en qué se diferencia la situación actual con la que se vivía antes de la crisis del 29.

Fuente de la imagen,Getty Images
Para los que conocemos la historia de las finanzas, no hay una fecha más importante que 1929. Pero para aquellos que, afortunadamente, ya no se acuerdan: ¿qué fue el gran desplome de Wall Street?
El gran desplome de Wall Street de 1929 se considera la primera y más grave caída del mercado de valores de EE.UU.
La década de 1920 fue una época de gran prosperidad y dinamismo.
Aparecieron los automóviles, la radio y todo ese entusiasmo por las nuevas tecnologías que iban a cambiar el mundo.
Además, fue la primera vez que la gente común pudo invertir en bolsa. Veían cómo el mercado estaba subiendo sin parar. Y, en octubre de 1929, se vino abajo; y lo hizo con una fuerza tremenda.
Quería hacerme una idea de la magnitud de este desplome. Se lo llama el "Gran Crash". ¿Es correcto afirmar que fue la mayor crisis financiera de la historia? ¿Existe alguna forma de cuantificarla?
Creo que si analizamos no solo 1929, sino el periodo entre 1929 y 1933, observamos una caída de aproximadamente el 90% en el valor total del mercado.
Ahora bien, cabe destacar que, curiosamente, en el propio 1929 —pese a que todos lo recordamos como un gran desplome—, el mercado de valores cerró el año con una caída de apenas un 17%.
Pero...
Entre octubre y noviembre de 1929, el mercado cayó cerca de un 50%.
Así que, si uno cerraba los ojos y simplemente comparaba el principio con el final del año, podría haber pensado que no había pasado nada; más allá de ese extraordinario desplome del 50% que tuvo lugar en un momento en el que la gente común estaba invirtiendo en bolsa por primera vez, a menudo asumiendo niveles de deuda considerables, en algunos casos, con una relación de 10 a 1.
Vale la pena profundizar en ese aspecto. Entonces, si tengo US$100, pido prestados US$1.000 para comprar acciones por ese valor y luego esas acciones caen a US$500, habré perdido cinco veces más dinero del que realmente poseía.
Y tienes un problema enorme. Eso explica realmente lo que considero la primera ficha de una serie de dominós que conduce —como acabamos de mencionar— a esa caída del 90% para cuando llegamos a 1932 o 1933.
Y, por cierto, en 1932 también se alcanzó una tasa de desempleo del 25%.

Fuente de la imagen,Getty Images
Una de tus funciones, Andrew, es aparecer en televisión hablando de finanzas. Y mientras hablas, van apareciendo cifras en la parte inferior de la pantalla: si la bolsa sube o baja, la cotización de acciones individuales, el dólar, el petróleo crudo... Existe una disponibilidad de datos absolutamente omnipresente.
Es cierto que en 1929 existía el teletipo que imprimía los precios de las acciones, pero la situación era muy distinta.
¿Qué era diferente y acaso la falta de datos de entonces hizo que la situación fuera mejor o peor?
Yo diría que la falta de datos —y, lo que es más importante, la falta de datos oportunos— no fue solo un problema.
De hecho, es lo que, en algunos casos, podría describirse como el factor que originó la crisis.
En algunos casos, íbamos literalmente cuatro, cinco o seis horas por detrás.
Cuando ves esas famosas fotos en blanco y negro de miles de personas durante el gran desplome, congregadas alrededor de la Bolsa de Nueva York —es posible que las hayas visto a lo largo de los años—, tal vez te hayas preguntado: "¿Qué están haciendo? ¿Por qué está toda esa gente en la calle?".
Toda esa gente había llegado a Wall Street para intentar averiguar físicamente qué había pasado con su dinero.
No sabían cuáles eran los precios de las acciones. Porque si estabas en una casa de bolsa —digamos, en la Quinta Avenida, a la altura de la calle 40—, podías tener tres horas de retraso; y ni hablemos de si estabas en Europa o en un barco en algún lugar.
Y, por cierto, la gente operaba desde los barcos. Podías tener hasta dos días de retraso.
Así que una de las cosas que sucedió fue que la gente se dio cuenta de lo desfasado que estaba el teletipo de cotizaciones y dijo: "Voy a venderlo todo; ni siquiera puedo participar en esto".

Fuente de la imagen,Getty Images
¿Existe alguna forma de saber qué tan vulnerable eres ante un desplome? Es decir, desde el punto de vista de un historiador, puedes trazar índices y gráficos, pero ¿hay alguna manera de percibirlo en el momento mismo?
Mira, en lo que siempre me fijo es en la deuda.
Para mí, el apalancamiento del sistema es la cerilla que enciende el fuego. Por eso, lo que siempre observo —ya sea en el momento o a posteriori— es cuánta deuda hay en el sistema en un momento dado, porque eso es lo que a menudo desencadena el colapso y, con frecuencia, contribuye a inflar el múltiplo.
Así que eso es algo más que se puede analizar: cuál es el múltiplo en un momento determinado. Podrías usar la relación precio-beneficio (PER) o cualquier otra métrica para intentar comprender cómo se está valorando una acción en comparación con otras.
Y cuando hablamos de "múltiplo", un ejemplo clásico es simplemente preguntarse: ¿Cuán cara es esta acción en relación con los beneficios que genera la empresa? Si la empresa gana US$1 al año y la acción cotiza a US$10, el múltiplo es 10. Si la empresa gana US$1 al año por acción y la acción cuesta US$100, entonces el múltiplo es 100. Se han hecho esfuerzos para trazar estos múltiplos de precio-beneficio (o ratios PER) a muy largo plazo.
Si vemos los gráficos de la época, se ve como una montaña; se puede ver la cima. Si estás mirando en retrospectiva, se ve claramente. Aunque, es posible que si estabas en el momento, tal vez no te dieras cuenta de que era el punto culminante.
Bueno, sabes que ha subido. Lo que no sabes es si seguirá subiendo más.
Exacto. No sabes si estás en la cima de la montaña o si la montaña va a seguir creciendo... por encima de la línea de vegetación, por así decirlo. Por cierto, de igual manera se pueden observar "montañas" en los años 70 y también a finales de los 90.

Fuente de la imagen,Getty Images
De hecho, me gustaría abordar ese tema porque, por supuesto, una de las razones por las que 1929 resulta tan interesante —es una historia fascinante tal cual como la cuentas— es que también nos dice algo sobre la actualidad y sobre otras crisis. Si observamos esa 'montaña' —la relación precio-beneficio, que es una especie de indicador de qué tan costoso resulta comprar una parte de los beneficios en este momento—, ¿cómo se compara el pico alcanzado en 1929 con, digamos, la década de 1970, la burbuja de las "puntocom" o incluso la actualidad?
Bueno, parece alto, pero en comparación con esos otros máximos, es una cima más baja, por así decirlo.
Sin embargo, si analizamos la evolución en ese momento, se ve cómo sube y sube constantemente. Y luego se observa la caída, como en una auténtica montaña rusa... aunque ahora estoy mezclando metáforas.
En 1929, el gráfico alcanza un pico muy pronunciado, justo por encima de 30; es decir, el precio de la acción equivale a 30 veces el promedio de beneficios de los diez años anteriores. Luego desciende y no vuelve a acercarse a esa cifra. Más tarde, a finales de los años 90 y principios de los 2000 —durante la fiebre de las "puntocom"—, sube aún más, superando el nivel de 40. Después vuelve a caer. Ahora ha superado de nuevo la marca de 40. Es apenas la segunda vez en la historia que alcanza un nivel superior al del pico previo al desplome de 1929. ¿Podemos extraer alguna conclusión de esto?
Sin duda. Podemos concluir que es probable que, en algún momento —aunque no sabemos cuándo—, volvamos a desplomarnos.
Y esa es la gran cuestión existencial para todos nosotros.

Fuente de la imagen,Getty Images
Título del autor,More or Less, BBC World Service* y
Autor,Nathan Gower
Título del autor,More or Less, BBC World Service*
20/06/2026
https://www.bbc.com/mundo/articles/cr5j2lpzd4yo
martes, 23 de junio de 2026
¿Por qué las colas se han convertido en una estrategia del lujo?

El prestigio de hacer cola volvió en los años posteriores a la pandemia. Ante la crisis de demanda que siguió al parón global se volvieron a ver colas en muchos sitios, las más extrañas, las boutiques de lujo. La última vez que se había visto algo parecido fue al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados hacían cola en la tienda de Guerlain, de los Campos Elíseos de París, para regresar a casa con un labial de lujo para sus novias o para sus madres. Las marcas rápidamente recordaron la lección: una multitud esperando genera curiosidad, mimetismo y deseo. La gente pregunta: “¿para qué es la cola?” Hay quien ni siquiera pregunta y pide a la vez.
Las generaciones más jóvenes, nacidas con internet y criadas al calor del confinamiento y de las compras online, han encontrado un encanto especial a los inconvenientes de la vida analógica. “Las personas prefieren la profundidad a la amplitud, el contacto humano a la imitación algorítmica”, diagnostica la agencia Jack Morton, casi una biblia de las tendencias de mercado.
“Las personas prefieren la profundidad a la amplitud, el contacto humano a la imitación algorítmica”
Las transacciones online, perfectas, convenientes y funcionales les aburren soberanamente. Quieren fricción, imprevistos, sorpresas y espera. Sin apenas tener experiencia ni recuerdos, añoran la dificultad y la frustración que acompaña al mundo físico, y también la satisfacción cuando se logra dominar. Lo analógico es caro y de difícil acceso, y te obliga a estar presente. Eso es justo lo que echamos de menos. Los expertos lo llaman fricción.
Así, marcas que fascinan a los jóvenes, como Nude Project, presumen de colas en la puerta de sus tiendas. La excusa es que quieren darle una atención personalizada a la clientela y, para conseguirlo, no pueden tener más de tres o cuatro personas dentro. Su ratio es de casi un empleado por comprador. El resto espera fuera. “Hay cierta belleza en desear algo con mucha fuerza y esperar para conseguirlo”, ha dicho en una entrevista Bruno Casanovas, uno de sus fundadores.

La pasión ya superada primero por los Sonny Angels y luego por los Labubu acaba de afianzar la tendencia. No solo no se vendían (los auténticos) en Internet y había que comprarlos en tiendas físicas específicas, sino que había que esperar en largas colas y comprarlos a ciegas. Solo después de pagar y abrir el paquete se sabía qué Labubu se había conseguido.
Pero no solo lo hacen marcas emergentes, un clásico del lujo como Chanel también tuvo colas en las puertas de sus boutiques. Una conocida coleccionista de arte con residencia habitual en Madrid, se dedicaba a documentarlas cada semana.

Teóricos y expertos en consumo explican la resignificación de la cola como experiencia de lujo uniendo varias hipótesis, una de ellas relaciona esperar turno con un ritual de sacrificio para conseguir lo que se desea. Esta idea del martirio podría explicar las horas de cola en Doña Manolita para adquirir unos billetes de lotería que, fácilmente, pueden comprarse con toda comodidad por Internet, pero una especie de pensamiento mágico hace imaginar que la fortuna premiará el esfuerzo de viajar desde lejos hasta la legendaria administración y hacer tres o cuatro horas de cola.
En la cultura de la gratificación inmediata y la conveniencia, esperar en una cola se ha convertido, irónicamente, en un símbolo de estatus. Dedicar tiempo para acceder a experiencias valiosas, como puede ser un restaurante de moda, un bolso o el drop deseado de un modelo de zapatillas, es una señal de que se posee algo que el dinero no puede comprar: tiempo libre e información. En otras palabras, que uno pertenece a la élite económica y cultural.

Un estudio de 2010 demostró que las personas tendían a dar más valor a un producto cuando había otros esperando para adquirirlo. Además, se mostraban dispuestos a desembolsar más dinero para conseguirlo. Mientras más escaso se percibía el objeto en cuestión, más valor se le atribuía porque, dicen los autores, “los humanos inconscientemente consideramos más valioso lo que no se puede obtener fácilmente”. Otro trabajo de 2014 afirma que cuando se insinúa que la cantidad de producto es limitada, los clientes se preparan para “competir” y “aumenta la intención de compra”.
Una de las dimensiones del lujo es la aspiracional: hacer soñar a la gente con un universo que quizás no esté siempre a su alcance. Otra es la exclusividad que se construye creando barreras, que pueden ser los altos precios, pero también la puesta en escena intimidante de las boutiques.La inaccesibilidad y la escasez son también formas de construir exclusividad y deseo. Una fila de gente esperando en la entrada de una boutique emite señales de poder y lealtad. La deseabilidad de la marca se puede medir en metros de cola, algo similar pasa cuando vemos un restaurante vacío, no apetece entrar.

Conseguir lo que está al alcance de todo el mundo, en un clic o de un golpe de scroll en Instagram, no tiene dramaturgia, ni encanto ni misterio. Y en las colas de los productos de alta gama se cuida a la clientela, porque el equilibrio es delicado. Hay que calibrar el tiempo de espera para no enfadar a unos clientes que tienen poca paciencia y muchos euros. Así, en invierno, se reparte chocolate caliente a los que esperan, y en verano, agua fría para humanos y mascotas. Se llama “elevar la experiencia de la cola”. En 2026 seguimos en la economía del evento, y una hilera de personas puede ser un suceso en toda regla, crea multitud y deseo en torno a una marca y a un objeto.
Pero la cola tiene que avanzar con velocidad moderada hacia el objeto de la espera, si se estanca, la frustración de la espera puede eclipsar la experiencia de escasez y exclusividad que se quiere construir. La aritmética de la cola es una disciplina que comienza a estudiarse en las escuelas de negocio. Queue Management (Administración de colas) se llama la asignatura que determina la tolerancia de los clientes a las colas según su origen demográfico y su cultura. Con estos datos se calcula dónde está el punto de retorno, el momento en que el cliente se harta de esperar y se larga. Es ahí donde la cola pierde su exotismo y todo su valor como estrategia de marketing. En cuanto empieza a haber cola para todo, o se nota demasiado que hay una intención de buscar viralidad y hype en las redes, el encanto se rompe y vuelve la sensatez.
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