domingo, 24 de mayo de 2026

La razón por la que una hora tiene 60 minutos (y el intento fallido de hacer que tenga 100)


Esta tablilla sumeria, que data de alrededor del 3200 a. C., presenta algunos de los ejercicios matemáticos más antiguos que se conocen.

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En octubre de 1793, la recién establecida República Francesa se embarcó en un experimento desafortunado. Decidió cambiar el tiempo.

Los revolucionarios decidieron que el día se dividiría ahora en 10 horas, no en 24. Cada hora tendría 100 minutos decimales, que a su vez estarían compuestos por 100 segundos decimales.

El sistema horario formaba parte de un calendario revolucionario más amplio que buscaba racionalizar (y descristianizar) la estructura del año, incluyendo una nueva semana de 10 días.

Pronto se comenzó a trabajar en la conversión de los relojes existentes al sistema decimal. Los ayuntamientos instalaron relojes decimales y las actividades oficiales se registraron utilizando el nuevo calendario.

Según Finn Burridge, divulgador científico de los Museos Reales de Greenwich en Londres, Reino Unido, sede del Real Observatorio y lugar donde se estableció el meridiano de Greenwich, esto no tardó en provocar un sinfín de quebraderos de cabeza.

Rediseñar y adaptar los relojes existentes resultó extremadamente complicado. El sistema aisló a Francia de los países vecinos, mientras que la población rural detestaba que el día de descanso se limitara a cada décimo día.

Finalmente, el sistema decimal duró poco más de un año en Francia.

Pero para comprender por qué adoptamos el sistema que los revolucionarios franceses querían revolucionar, hay que preguntarse cómo empezamos a contar esas 24 horas al día, 60 minutos en una hora y 60 segundos en un minuto, y remontarnos a una época anterior a los albores de la medición del tiempo.

Porque es la historia de uno de los primeros sistemas numéricos la que nos inició en este camino, y la que explica por qué este sistema tan peculiar ha perdurado mucho más que las civilizaciones que lo inventaron.

Una base de 60

En el origen se encuentran los sumerios, un pueblo antiguo que habitó Mesopotamia (aproximadamente el actual Irak) entre el 5300 y el 1940 a.C., y una de las primeras civilizaciones en fundar ciudades.

Junto con muchos otros inventos, como el riego y el arado, se les atribuye la creación del primer sistema de escritura conocido, que incluía un sistema numérico con base en 60.

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Museo Fitzwilliam, Universidad de Cambridge

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Un reloj decimal muestra el nuevo sistema horario introducido por el gobierno revolucionario francés en el siglo XVIII.

El desarrollo de la escritura numérica estuvo impulsado por la necesidad de llevar registros del sistema agrícola, cada vez más grande y complejo, que sustentaba sus ciudades en crecimiento, afirma Martin Willis Monroe, experto en culturas cuneiformes (los primeros sistemas de escritura del antiguo Medio Oriente) de la Universidad de Nuevo Brunswick en Canadá.

Comenzaron a usar pequeñas tablillas de arcilla, a menudo del tamaño de un teléfono inteligente o incluso más pequeñas, para llevar la cuenta de los números, imprimiendo los detalles en la arcilla blanda. Pronto siguieron otras notaciones pictóricas, que se convirtieron en el famoso texto cuneiforme de los sumerios.

No fue hasta mediados del siglo XIX cuando se descubrieron estas tablillas de arcilla y comenzaron a descifrarse.

Según Monroe, demuestran que los sumerios utilizaban una gran variedad de sistemas numéricos, pero el más importante para las matemáticas, y por ende para la astronomía y la medición del tiempo, se convirtió rápidamente en el llamado sistema sexagesimal.

Los sumerios usaban el 60 de forma similar a como usamos ahora el 10. Al llegar al nueve, se desplazaban un espacio a la izquierda, escribían un uno y añadían un cero a la derecha, explica Erica Meszaros, doctora en Historia de las Ciencias Exactas y la Antigüedad por la Universidad de Brown en Estados Unidos.

"Es lo mismo con el sexagesimal: llegan hasta el 59 y, en lugar de usar un número mayor, simplemente usan un uno, pero una posición más abajo".

No está claro por qué los sumerios optaron por un sistema de base 60. Algunos estudiosos han sugerido que el sistema sexagesimal podría ser anterior a los sumerios.

Su facilidad de uso, sin embargo, es evidente.

Sesenta se puede dividir entre uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, 10, 12, 15, 20, 30 y 60 sin necesidad de fracciones ni decimales.

En contraste, el 10 solo se puede dividir entre uno, dos, cinco y 10; sus ventajas comienzan a hacerse patentes.

"Si se trabaja con números para fines muy prácticos, como contabilidad, impuestos o medición y división de terrenos para la herencia de los hijos, contar con una forma sencilla de realizar estas operaciones matemáticas puede ser de gran ayuda", afirma Meszaros.

El origen del tiempo

No hay pruebas claras de que los sumerios midieran el tiempo, aunque es probable que la medición del tiempo existiera en la región antes del primer uso documentado de relojes de sol y relojes de agua por parte de los babilonios (una antigua civilización mesopotámica que surgió después de los sumerios) alrededor del año 1000 a.C., afirma Monroe.

La primera civilización que sabemos dividió el día en horas fueron los antiguos egipcios, afirma Rita Gautschy, arqueoastrónoma de la Universidad de Basilea en Suiza, y esto se refleja en textos religiosos de alrededor del 2500 a.C.

Los primeros objetos conocidos relacionados con las horas se referían inicialmente a las 12 horas de la noche: se trataba de relojes de estrellas diagonales encontrados en la tapa interior de los sarcófagos de nobles egipcios entre el 2100 y el 1800 a.C., explica Gautschy.

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The Board of Trustees of the Science Museum, Londres

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Los relojes de sol, uno de los primeros instrumentos conocidos para medir el tiempo, comenzaron a aparecer en Egipto alrededor del año 1500 a.C.

No se sabe con certeza por qué los egipcios eligieron una subdivisión de 12, que finalmente dio lugar a 24 horas en el día.

Los primeros instrumentos conocidos para medir el tiempo, los relojes de sol y los relojes de agua, aparecieron en Egipto alrededor del año 1500 a.C. Algunos se usaban en las labores cotidianas, pero la mayoría estaban "probablemente más relacionados con la esfera religiosa y los rituales" que con la medición del tiempo, afirma Gautschy.

"Personalmente, creo que muchos de ellos eran ofrendas a los dioses, regalos votivos", añade. "No tenemos mucha información sobre la medición científica del tiempo [de esa época]".

Inicialmente, en los textos sobre la vida cotidiana, la unidad de tiempo más pequeña solía ser el turno de trabajo, explica Gautschy, que generalmente se imaginaba como la mañana o la tarde.

Pero en el período romano del antiguo Egipto (a partir del 30 a.C.), las horas se convirtieron en la unidad estándar, y también comenzaron a aparecer las medias horas, añade.

La llegada de minutos

Mientras tanto, los babilonios también habían estado desarrollando su uso de las horas. Finalmente, serían los primeros en dividir la hora en unidades mucho más pequeñas, aunque no con fines de medición del tiempo.

Los babilonios, que florecieron entre el 2000 a.C. y el 540 a.C., adoptaron tanto la escritura cuneiforme como el sistema numérico sexagesimal de los sumerios. Según Meszaros, hacia el año 1000 a.C. habían desarrollado un calendario basado en el tiempo que tardaba el Sol en volver a la misma posición en el cielo: algo más de 360 ​​días.

Este número resultaba muy práctico para una civilización que ya utilizaba un sistema de numeración basado en 60.

"¡Qué bien queda en un sistema sexagesimal!", exclama Meszaros. "De hecho, condujo perfectamente a doce meses de treinta días cada uno", que además coincidían con el ciclo lunar, añade.

Los babilonios desarrollaron un sistema horario práctico para el uso diario que dividía tanto el día como la noche en 12 horas, al igual que los egipcios. La duración de estas "horas estacionales" variaba según la duración del día y la noche.

"Dividimos el día en 12 horas porque dividimos el cielo nocturno en 12 meses y 12 signos zodiacales", explica Meszaros.

Muchas otras civilizaciones antiguas utilizaban horarios estacionales, y estos seguían vigentes en la Europa del siglo XV y en el Japón del siglo XIX.

Sin embargo, Monroe señala que este tiempo estacional nunca se dividió en unidades más pequeñas para su uso práctico.

"Eso no se popularizó hasta principios de la Edad Moderna... No existía en Mesopotamia ni en otras culturas antiguas, porque realmente no había necesidad de ello".

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Partes de la esfera del reloj H1, que su inventor, John Harrison desarrolló entre 1730 y 1735 que resolvió el problema de la longitud para los marineros que viajaban en alta mar, haciendo la navegación más segura y precisa.

Los babilonios también desarrollaron otro sistema horario para calcular y medir eventos astronómicos, que no se utilizaba a diario.

Ese sistema dividía el día en 12 "beru", equivalentes a dos horas actuales. Babilonia no fue la única cultura antigua que los utilizó: también aparecieron en la antigua China y Japón, por ejemplo.

Impulsados ​​por la necesidad de medir con mayor precisión en sus cálculos, los babilonios comenzaron a dividir estas horas dobles beru en 30 minutos antiguos conocidos como ush, cada uno equivalente a cuatro minutos actuales.

Estos, a su vez, se dividían en 60 unidades más pequeñas llamadas ninda, cada una con un valor aproximado de cuatro segundos modernos.

Es probable que estas subdivisiones se utilizaran "porque dividimos las cosas en grupos de 60 en el sistema sexagesimal", afirma Meszaros.

Sin embargo, los babilonios "no lo concebían como una subdivisión del tiempo", señala Monroe. "Lo concebían como una subdivisión de números que miden la distancia en el cielo o la velocidad de los planetas".

Según Gautschy, resulta difícil determinar con exactitud quién influyó en quién entre todos estos desarrollos a lo largo del tiempo.

"A partir del año 330 a.C., Egipto, con el nuevo centro científico de Alejandría, se convirtió en un crisol donde confluyeron personas de todas las regiones y, con ellas, sus ideas", afirma. "Eso es lo que conocemos como el mundo helenístico".

Sin embargo, es evidente que los antiguos griegos adoptaron el sistema de cronometraje astronómico babilónico, afirma Meszaros.

"Mantuvieron la misma división porque esto les permitía simplemente añadir nuevas observaciones a las ya existentes... Es un sistema que funcionó lo suficientemente bien para los babilonios como para que quienes vinieron después lo adoptaran íntegramente para incorporar también los datos y las tradiciones astronómicas".

Contando segundos

Si bien los griegos tenían relojes de arena en la corte "para asegurarse de que la gente tuviera la misma cantidad de tiempo para hablar", el sistema horario babilónico que adoptaron solo era utilizado conceptualmente por los astrólogos y, en gran medida, "no era realmente relevante para la vida diaria", precisa Gautschy.

Pero los conceptos de horas, minutos y segundos que surgieron del crisol helenístico se transmitieron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

Sin embargo, fue hace tan solo unos pocos siglos que los dispositivos para medir el tiempo alcanzaron la precisión suficiente como para que los minutos y los segundos comenzaran a usarse a diario.

El segundo se utiliza ahora en innumerables definiciones científicas, y una vez que empezamos a contar unidades de tiempo menores que un segundo, los científicos pasaron a un sistema métrico, dividiéndolo en milisegundos y microsegundos (una milésima y una millonésima de segundo, respectivamente).

En el siglo XX, los relojes atómicos le permitieron a los científicos redefinir el segundo con mayor precisión, pasando de definirlo en función de las rotaciones del Sol a un valor exacto basado en la absorción y emisión de radiación de microondas por átomos de cesio-133.

Hoy en día, nuestra red global de relojes atómicos sincroniza prácticamente todos los relojes modernos y es la base de tecnologías que van desde internet y el GPS hasta las imágenes de resonancia magnética de altísima precisión .

Sin embargo, al rastrear la historia de la medición del tiempo, se revela que en realidad es una construcción humana, determinada por decisiones humanas.

Las horas, los minutos y los segundos llegaron a nosotros a través de una serie de elecciones, coincidencias y casualidades. Pero se mantuvieron como un valioso legado a lo largo de los siglos, una herencia de tiempos antiguos tan profundamente arraigada que cambiar el sistema ahora probablemente sería demasiado difícil de manejar.

Incluso durante el intento de Francia en el siglo XVIII por decimalizar el tiempo, en la práctica el nuevo sistema apenas se utilizó, a pesar de que los esfuerzos similares de la República por decimalizar las medidas de distancia y la moneda se adoptaron y se siguen utilizando hasta el día de hoy.

El sistema decimal duró solo 17 meses, aunque el calendario se mantuvo en uso durante aproximadamente una década. "Se intentó, pero no tuvo éxito, no prosperó", afirma Burridge.

Un discurso pronunciado en 1795 por Claude-Antoine Prieur, miembro de la Convención Nacional Francesa, pudo haber sido el golpe de gracia para el sistema decimal.

Según él, además de no ofrecer prácticamente ninguna ventaja significativa, arruinaba la imagen de los demás sistemas de medición métricos, que, en contraste, resultaban útiles.

Si quieres leer el artículo en inglés en BBC Future, haz clic aquí; para la Cuneiform Digital Library Iniciative, haz clic aquí

    • Jocelyn Timperley
    • Título del autor,BBC Future *

sábado, 23 de mayo de 2026

4 beneficios para la salud de salir afuera mientras está lloviendo, según la ciencia


La lluvia puede desencadenar estados de ánimo afines a la relación y la felicidad.

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Desde su aroma inconfundible hasta los iones negativos que libera, la lluvia ofrece beneficios fascinantes para nuestro organismo, especialmente en lo que respecta a nuestro estado de ánimo.

Era el sexto día consecutivo en que el índice de calor superaba los 38°C en New Milford, Connecticut, cuando el cielo adquirió un inquietante tono púrpura.

Yo dirigía un taller de teatro al aire libre y noté que los excursionistas observaban boquiabiertos una ominosa nube de varios kilómetros de extensión, que avanzaba sobre nuestras cabezas.

De repente, un trueno sacudió el suelo y un relámpago se extendió por el firmamento como una telaraña irregular.

Oímos la lluvia antes de sentirla. Luego, de improviso, quedamos empapados bajo un torrente de gruesas gotas. Nadie lograba oír a los demás, así que señalé una plataforma techada cercana, donde se guardaban las bolsas de lavandería, y mis alumnos y yo echamos a correr hacia ella.

Empapados y riendo, nos dejamos caer sobre el montón de ropa sucia y observamos cómo la tormenta seguía desatada. Unos 30 minutos después, el cielo se despejó y el aire se percibía asombrosamente limpio y fresco.

El aroma intenso e inconfundible de la lluvia resultaba abrumador.

Mientras regresábamos caminando al lugar del ensayo, la hierba y los árboles parecían, de algún modo, más verdes y saludables.

Todos se veían más ligeros, sonreían con mayor facilidad, y yo sentí como si una niebla mental se hubiera disipado por fin. ¿Se debió acaso a que la ola de calor había remitido o a la adrenalina de la carrera hacia el refugio? ¿O tuvo la lluvia alguna influencia en nuestro mejor estado de ánimo colectivo?

Resulta que, tras décadas de estudiar los elementos relacionados con la capacidad potencial de la lluvia para mejorar el estado de ánimo, los científicos han hallado pruebas sólidas que respaldan esta idea.

Y este no es el único beneficio de la lluvia: las investigaciones demuestran que también elimina sustancias nocivas del aire, mientras que su olor podría incluso potenciar nuestra memoria.

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Hay beneficios derivados de la exposición a iones negativos en el aire, los cuales también son generados por la lluvia.

1. El impulso de serotonina

La razón principal podría residir en que la lluvia libera iones negativos en el aire: moléculas de oxígeno con un electrón adicional que se forman cuando las gotas de lluvia chocan entre sí o impactan contra una superficie y se fragmentan.

Se sabe que, en concentraciones elevadas, estos iones estimulan la producción de serotonina y las ondas alfa en el cerebro, propiciando un estado de mayor felicidad y relajación.

Cuando las gotas de lluvia golpean el suelo, pueden salpicar y liberar iones negativos en la atmósfera; un proceso conocido como efecto Lenard.

Por lo tanto, si deseas recibir una dosis considerable de iones negativos, esos potenciadores de la serotonina, intenta dar un paseo durante una tormenta lluviosa. Eso sí, asegúrate de buscar refugio en el interior si observas relámpagos, por precaución.

Algunos científicos sostienen que estos efectos positivos podrían deberse a que los iones negativos del aire aumentan los niveles de oxígeno en la sangre, lo cual genera una mejora en el estado de ánimo similar a la que se experimenta tras realizar ejercicio intenso.

No obstante, aún no existe evidencia concluyente que explique con exactitud qué mecanismo fisiológico interviene para producir estos efectos.

Pam Dalton, científica cognitiva del Centro Monell de Sentidos Químicos en Pensilvania, Estados Unidos, señala que todavía no se comprende bien por qué los iones negativos ejercen efectos como alteraciones en el estado de ánimo, así como influencia en la fatiga, el estado cardiovascular y la presión arterial.

"Si bien resulta intrigante, no existe un gran consenso respecto a los beneficios fisiológicos. Y se sabe menos aún sobre los posibles mecanismos mediante los cuales los iones negativos podrían desencadenar estos efectos", afirma Dalton.

Las investigaciones sobre los efectos de los iones negativos en el estado de ánimo comenzaron en la década de 1950. Pero los resultados permanecieron inconclusos hasta que, en la década de 1990, se dispuso de ionizadores de alto voltaje más avanzados, capaces de generar iones negativos con mayor eficiencia.

En un destacado estudio realizado en 1995, los investigadores descubrieron que los participantes que padecían trastorno afectivo estacional (TAE) y recibieron sesiones diarias con ionizadores de alto voltaje mostraron una probabilidad mucho mayor de experimentar una reducción significativa de sus síntomas, en comparación con aquellos que recibieron un tratamiento de baja intensidad.

Según Michael Tehan, profesor de la Universidad de Columbia y director del estudio, las lluvias intensas generan niveles de iones negativos en el aire similares a los producidos por los ionizadores de alto voltaje empleados por su equipo.

Sin embargo, señala que hasta la fecha ningún estudio ha demostrado este hecho de manera directa, ni ha establecido una correlación directa entre el tiempo de exposición a la lluvia y las variaciones en el estado de ánimo.

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Las gotas de lluvia limpian los agentes contaminantes del aire.

2. Un aire más limpio

Los iones negativos generados por la lluvia parecen purificar el aire, al eliminar partículas en suspensión tales como contaminantes y alérgenos, lo cual facilita la respiración.

Este efecto podría repercutir en el estado de ánimo y en la salud: dado que la mala calidad del aire se asocia con un aumento de la ansiedad y con un mayor riesgo de desarrollar trastornos de salud mental de mayor gravedad, resulta lógico inferir que un aire más limpio propiciaría el efecto contrario.

"Existen pruebas razonablemente sólidas de que los iones negativos son capaces de eliminar el polvo, las bacterias, los alérgenos y otras partículas del aire, lo cual puede tener un efecto positivo en su salud respiratoria para muchas personas", afirma Dalton.

Hasta hace aproximadamente una década, no estaba del todo claro cuán eficaces son los iones negativos para la limpieza.

En un estudio de 2015, unos investigadores replicaron esta capacidad a escala reducida al inyectar distintos tipos de partículas en una cámara de vidrio diseñada para generar gotas de lluvia.

Una vez que las gotas se habían evaporado, los investigadores recolectaron las partículas remanentes, registrando su posición para determinar si las partículas habían sido atraídas por las gotas.

Descubrieron que las gotas de lluvia de menor tamaño eran particularmente eficaces para atraer estas partículas suspendidas en el aire.

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Dar un paseo bajo la lluvia permite recibir una dosis considerable de iones negativos, que potencian la serotonina.

Cuando las gotas de lluvia caen al suelo, esencialmente "barren" las diminutas partículas suspendidas en el aire que encuentran a su paso, afirma Dan Cziczo, coautor del estudio y profesor de Ciencias Terrestres, Atmosféricas y Planetarias en la Universidad de Purdue en Indiana, Estados Unidos.

La carga eléctrica (los iones) presente en el interior de la gota de lluvia actúa como un imán para estas partículas, dando lugar a un proceso de barrido conocido como coagulación.

Cziczo compara este fenómeno con lo que ocurre cuando un equipo de construcción rocía con agua una obra polvorienta: el polvo en suspensión es empujado de nuevo hacia el suelo, dejando el aire más limpio.

La intensidad de la lluvia también influye.

"Cuanto más intensa sea la lluvia, mayor será el efecto de limpieza que se obtendrá en la atmósfera", señala Cziczo. Esto incluye la reducción de la cantidad de iones positivos en el aire, los cuales han sido asociados con la irritabilidad y un aumento de la ansiedad.

La próxima vez que haya una lluvia intensa, considera abrir las ventanas justo después de que cese.

Es probable que notes que el aire parece más limpio y, si la lluvia se produjo inmediatamente después de un frente frío (como suele ocurrir con las precipitaciones intensas), el viento que la acompaña podría introducir parte de ese aire puro en nuestro hogar, mejorando así la calidad del aire.

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La intensidad de la lluvia influye en su capacidad de limpiar el aire.

3. El aroma que estimula la memoria

El aroma inconfundible de la lluvia también puede tener un impacto psicológico.

Conocido como petricor, este olor emana del suelo tras una tormenta y a menudo se describe como penetrante y terroso, aunque de algún modo es limpio.

"El petricor surge cuando la lluvia libera aerosoles del suelo", afirma Phil Stevenson, profesor de química vegetal en la Universidad de Greenwich y responsable de la investigación sobre características de plantas y hongos en los Jardines de Kew, en el Reino Unido.

"Durante los periodos de sequía, las moléculas orgánicas procedentes de plantas, animales y del propio suelo se acumulan en las superficies. Cuando las gotas de lluvia impactan, estas moléculas -incluidos los aceites vegetales volátiles- se fragmentan, convirtiéndose en partículas suspendidas en el aire".

Se cree que el olor a "limpio" se debe al ozono, el cual puede ser arrastrado hacia la tierra por las corrientes descendentes de las tormentas.

Otra parte del aroma proviene de la geosmina, un compuesto químico que producen las actinobacterias al formar esporas en el suelo.

"La lluvia libera las esporas y la geosmina, creando ese aroma familiar de 'la primera lluvia tras una sequía', el cual resulta más perceptible durante las estaciones cálidas", afirma Stevenson.

Esto podría explicar por qué los seres humanos somos tan sensibles a él. De hecho, somos más sensibles que los tiburones ante el olor de la sangre.

Los científicos plantean la hipótesis de que evolucionamos para comprender que el petricor -el aroma de la lluvia sobre la tierra seca- señalaba la renovada abundancia de agua dulce, un hecho que probablemente ayudó a nuestros antepasados ​​a sentirse seguros y en calma.

Se ha demostrado que estos olores provocan cambios distintivos en la actividad de las ondas alfa y beta del cerebro, los cuales están asociados a un estado de mayor calma y relajación.

Además, gracias a su olor único y a la drástica transformación que opera en el entorno, la lluvia puede convertirse también en un poderoso detonante de la nostalgia.

Mi experiencia con la tormenta en el campamento tuvo lugar hace más de 20 años. Sin embargo, cada vez que llueve, mi mente recrea la imagen de aquel día con una claridad asombrosa.

"Una experiencia sensorial, como el olor de la lluvia que se aproxima o el aroma que perdura tras ella, puede erigirse como el telón de fondo o el contexto que queda indisolublemente ligado a nuestros recuerdos de lugares o emociones muy diversos", señala Dalton, quien ha dedicado gran parte de su labor investigadora a estudiar el significado psicológico del olfato.

Ella explica que cualquier olor tiene la capacidad de activar la amígdala, la estructura cerebral encargada de procesar las emociones y los recuerdos con una fuerte carga afectiva.

Precisamente esa conexión con nuestro epicentro emocional es lo que explica por qué los recuerdos asociados a determinados olores tienden a arraigarse en el cerebro y a conservar su viveza a lo largo del tiempo.

Por consiguiente, resulta irrelevante si percibimos un olor -como el de la lluvia- como algo bueno o malo; lo verdaderamente determinante y evocador es el contexto en el que experimentamos esa sensación olfativa.

Así que, la próxima vez que llueva, asómate por una ventana abierta o sal a dar un paseo tras el aguacero y percibe el aroma. Observa qué detalles de momentos lejanos del pasado afloran en tu memoria.

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El olor único de la lluvia hace que pueda ser un poderoso desencadenante de la nostalgia.

4. El sonido relajante

Sin embargo, no es solo el acto de oler e inhalar la lluvia lo que puede hacernos sentir bien, sino también el escucharla. Por ello, a menudo se incluyen pistas de sonido de lluvia en las máquinas de relajación sonora.

Una lluvia constante puede reducir los niveles de cortisol, induciendo una sensación de calma, además de enmascarar los ruidos molestos.

"Los sonidos del agua se han asociado con la activación del sistema nervioso parasimpático, la rama del sistema nervioso encargada de la relajación y la recuperación", afirma Amy Sarow, audióloga clínica que ejerce en un centro de atención ambulatoria en Southfield, Michigan.

"Cuando este sistema se activa, podemos observar efectos fisiológicos tales como una disminución de la frecuencia cardíaca y una reducción de las respuestas al estrés#.

Un estudio reciente reveló que el sonido de la lluvia resultaba más eficaz dentro del rango de los 40 a 50 decibelios (equivalente a una lluvia suave y ligera), reduciendo los niveles de estrés hasta en un 65%.

Una lluvia intensa, que se sitúa en la frecuencia aún más baja del "ruido marrón", puede resultar más envolvente y brindar una mayor sensación de arraigo, señala Sarow, además de enmascarar los ruidos molestos para favorecer el sueño.

Ambos niveles pueden resultar relajantes, a menudo todo se reduce a una cuestión de preferencia personal, advierte Sarow.

"Si alguien escucha estos sonidos de manera intencionada como parte de una rutina de relajación, la experiencia puede empezar a asemejarse a las prácticas de atención plena o meditación, en las que el sonido actúa como un anclaje para la atención y la relajación".

Si bien mi tormenta no me sumió exactamente en un estado zen, sí logró hacerme sentir mejor y más conectada con el momento presente.

Ahora, cada vez que cae un aguacero, procuro dedicar un poco más de tiempo a sumergirme en esa experiencia. La próxima vez que veas lluvia en el pronóstico del tiempo, considera sintonizar con esa experiencia. Podrías llevarte una grata sorpresa.

Aquí puedes leer la versión original de esta nota en inglés.

    • Ally Hirschlag
    • Título del autor,BBC Future