Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2026

La inusual estructura de Rolex: la empresa de lujo que no pertenece a ningún multimillonario


Una palabra que no significaba nada se convirtió en una cuyo significado no requería explicación.

Getty Images


Cuando Shakira quiso expresar en una canción su dolor por una traición amorosa, se valió de una comparación que no necesitaba explicación: "Cambiaste un Rolex por un Casio".

La segunda marca quizás podría haber sido otra, pero la primera sólo podía ser esa: bastaba invocarla para que su audiencia global la entendiera de inmediato como sinónimo de lo más valioso que alguien puede poseer... y perder.

Pocas marcas en la historia han logrado ese nivel de penetración cultural.

Ya sea un reloj de pulsera Rolex, grande, robusto, de oro pulido e incrustado de diamantes -que declara éxito a los cuatro vientos-, o un modelo más discreto, que susurra refinación, todos hablan el mismo idioma.

Y aunque hay otras piezas de relojería en el mercado de lujo que marcan el tiempo con una precisión respaldada por una ingeniería muy sofisticada, Rolex ha sido el líder indisputable desde hace más de medio siglo.

El más reciente informe Swiss Watcher 2025 de Morgan Stanley y LuxeConsult, que examinó las 50 principales marcas, lo confirma.

Rolex aparece a la cabeza con una cuota de mercado minorista implícita de 33%; el segundo en la lista -Richemont, con sus relojes Cartier- tiene el 9%.

El informe estima que se vendieron 1.150.000 relojes Rolex el año pasado, lo que se traduce en ingresos estimados de unos US$14.800 millones, una cantidad difícil de imaginar y, en este caso, difícil de confirmar pues la centenaria relojería es singular.

Rolex no pertenece a ningún multimillonario, ni cotiza en bolsa, ni responde a accionistas.

Es propiedad de una fundación.

Esa estructura inusual, que sus admiradores -desde entusiastas y coleccionistas hasta vendedores especializados- presentan como un modelo casi virtuoso de capitalismo con conciencia, es compleja e intrigante.

Detrás de ella hay un hombre llamado Hans Wilsdorf.

¿Cómo encaminó el éxito de la marca y se aseguró de que perdurara?

Un huérfano bávaro con una visión

Wilsdorf nació en 1881 en Baviera, Alemania y, tras perder a su madre siendo niño, y a su padre cuando tenía 12 años, sus tíos vendieron el negocio familiar y lo enviaron a un internado.

Con una educación sólida y la capacidad de hablar tres idiomas - alemán, francés e inglés- Wilsdorf llegó a Suiza a los 19 años a trabajar para una empresa exportadora de relojes de bolsillo.

Fuente de la imagen,

Dominio Público

Pie de foto,
Wilsdorf no sólo creó la relojería y su imagen, sino que se aseguró de que su visión continuara intacta cuando él ya no estuviera.

En 1905, con 24 años, fundó junto a su cuñado Alfred Davis la empresa Wilsdorf & Davis en Londres, importando mecanismos suizos y tres años más tarde registró la marca Rolex, una palabra inventada, fácil de pronunciar en cualquier idioma y lo suficientemente corta para caber en una esfera.

Había llegado en el momento en que la industria apostaba por el reloj de pulsera, y se unió a esa tendencia con una obsesión particular: demostrar que esos pequeños mecanismos amarrados a la muñeca podían alcanzar la precisión de los grandes cronómetros marinos, el máximo estándar de exactitud de la época.

Así como Omega, Longines y Zenith, Rolex participó en competencias de cronometría, pues la precisión no era solo un atributo técnico: era el argumento de venta.

Pero se necesitaba más para sobresalir.

En la sucesión de innovaciones que transformaron la relojería, Rolex no siempre fue el primero en concebir una idea, pero sí a menudo en llevarla a su forma definitiva y grabarlo en la memoria colectiva.

En 1926, lanzó el Oyster, el primer reloj de pulsera herméticamente sellado y resistente al agua.

Para demostrarlo, Wilsdorf no se limitó a afirmarlo: convenció a la nadadora Mercedes Gleitze para que llevara un Oyster atado al cuello durante su "nado de vindicación" del Canal de la Mancha.

Gleitze había sido la primera persona en cruzar el Canal, pero otra mujer reclamó haberlo hecho en menos tiempo, una afirmación que resultó ser una farsa, pero que obligó a Gleitze a repetir la travesía para reivindicar su hazaña.

La controversia garantizaba cobertura mediática gratis.

Aunque Gleitze tuvo que abandonar el nado por el frío extremo, el reloj funcionaba perfectamente, como reportó el diario británico Times.

Un mes después, Rolex compraría la portada completa del diario Daily Mail con el titular: "El reloj que desafió el Canal".

La legendaria casa de subastas Sotheby's describiría esa colaboración, casi un siglo después, como "el nacimiento del patrocinio deportivo moderno": la primera vez que la resistencia física de un atleta fue usada para validar la ingeniería de un producto.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
La travesía de Gleitze demostró que Rolex había inventado el primer reloj de pulsera práctico, impermeable y a prueba de polvo del mundo. En noviembre de 2025, se vendió en subasta de Sotheby's por US$1.730.000.

En los años 50, Rolex y su agencia de publicidad J. Walter Thompson protagonizaron un audaz golpe de marketing en un evento que tenía al mundo en vilo: la conquista del Everest.

La relojería británica Smiths, proveedora histórica de la Armada Real y la Casa Real, era la patrocinadora oficial de la expedición que lo logró en 1953, y cuando Edmund Hillary llegó a la cumbre, llevaba un Smiths De Luxe en la muñeca.

Pero eso no impidió que Rolex se adueñara de la historia: le había dado relojes a los miembros de la expedición y al regreso, en Calcuta, el distribuidor local le regaló a Edmund Hillary un Explorer prototipo grabado, y repartió relojes al equipo.

Para cuando llegaron a Londres los escaladores eran embajadores oficiales de Rolex, y poco se habló de los relojes Smiths.

En 1960, en vez de disputar las alturas, se probó en las profundidades: un reloj experimental Rolex fue fijado al exterior del batiscafo Trieste durante su descenso al fondo de la fosa de las Marianas.

Jacques Piccard, el oceanógrafo que comandó el descenso, envió un telegrama a Ginebra: "Feliz de anunciarles que su reloj funciona igual de bien a 11.000 metros que en la superficie".

Cada hazaña terminaba en un anuncio, reforzando el eslogan asociado con la marca: "una corona para cada éxito".

La línea entre la publicidad y las demostraciones reales de rendimiento era difusa, y la estrategia rindió fruto: desde 1953, Rolex creció a un ritmo promedio del 8% anual durante casi cuatro décadas.

El mercadeo era solo la mitad de la ecuación. La otra, la resumió Wilsdorf en una carta de sus primeros años: "No es con precios bajos sino, al contrario, con mayor calidad que no solo podemos sostener el mercado, sino ampliarlo".

Un símbolo a prueba del tiempo

Wilsdorf murió en 1960, pero estaba por venir la transformación más radical de Rolex: de reloj de precisión a símbolo global de estatus.

De la mano de aquella agencia de publicidad que había ayudado a cimentar el vínculo entre Rolex y la conquista humana de lo imposible en el Everest, J. Walter Thompson, la estrategia evolucionó con precisión quirúrgica a lo largo de las décadas.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
Le pusieron la corona en 1931.

Los anuncios ya venían centrándose no en los relojes en sí, sino en los hombres poderosos que los lucían: Rolex era símbolo de éxito personal.

"Los hombres que guían el destino del mundo usan relojes Rolex", rezaba un anuncio de 1959.

Cuando la sociedad pasó de admirar a líderes mundiales o a los militares, y los deportistas, aventureros y emprendedores se convirtieron en los nuevos héroes, Rolex se asoció a profesionales de élite.

La crisis del cuarzo en los años 70 -cuando los relojes japoneses de batería amenazaron con hacer obsoletos los mecanismos mecánicos suizos-, que para muchas marcas un golpe letal, para Rolex fue una oportunidad.

Mientras competidores como Omega fabricaban relojes de cuarzo baratos, Rolex reencuadró su mecanismo mecánico como virtud: no era tecnología antigua, sino artesanía atemporal.

La decisión consolidó su posición como el reloj de lujo por excelencia, que ha mantenido por más de medio siglo.

En los 80, cuando los símbolos de estatus se volvieron culturalmente dominantes, Rolex giró hacia la opulencia: el modelo Day-Date se convirtió en "el reloj presidencial", usado por líderes mundiales.

El resultado fue lo que los expertos en marcas llaman una trampa aspiracional perfecta: un objeto que quienes no pueden permitírselo desean, y quienes pueden permitírselo necesitan para señalar que lo han logrado.

El mensaje constante, como señala en el libro La fabrique de l'excellence: histoire de Rolex el historiador Pierre-Yves Donzé, era destilado, sencillo y poderoso: Rolex es un producto excepcional, desarrollado por un empresario excepcional (Hans Wilsdorf) para personas excepcionales.

Ese temple y claridad de visión se debe en gran medida a la Fundación Hans Wilsdorf, lo que nos lleva de vuelta a su creador.

La corona y sus sombras

Tras la muerte de su esposa en 1945, Wilsdorf creó la fundación que lleva su nombre, y a su muerte, le legó todas sus acciones.

Su objetivo primario -según sus estatutos- es "garantizar la salvaguarda, el mantenimiento y la rentabilidad de los bienes que se le confían".

"De ser posible", añaden, apoyar iniciativas sociales, educativas, culturales y humanitarias principalmente en Ginebra, así como contribuir a la protección de los animales y el medio ambiente a nivel global.

Todo se ha cumplido, sin duda, aunque de nada hay registro exacto.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
El puente Hans Wilsdorf, galardonado con varios premios de arquitectura, es la obra más evidente de la fundación en Ginebra.

Si bien sus fines filantrópicos están subordinados a la disponibilidad de recursos que sobren, estos han permitido beneficiar a tantos personas y proyectos que es imposible enumerarlos.

En la ciudad, la huella de la fundación es omnipresente: desde la preservación y reinvención del histórico cine Le Plaza, hasta el apoyo a la modernización de la Escuela Profesional de Ginebra, la renovación del Asilo de Ancianos de Champel, la restauración de la Biblioteca de la Ciudad y la conservación del Jardín Botánico de Ginebra, son muchos los proyectos que quizás no habrían visto la luz sin el respaldo de Rolex.

Además de lo que se ve, la fundación se centra en apoyar a individuos, condonando deudas, ayudando a pagar alquileres u otorgando becas.

Y se reporta que las miles de solicitudes que reciben se revisan con rapidez y sin trámites burocráticos excesivos.

Todo esto le confiere un poder tan vasto que en Ginebra algunos lo describen como un "Estado dentro de un Estado", como señala Dan Crivello en el blog especializado Coronet.

El modelo que lo hace posible, sin embargo, no es exclusivo de Rolex.

Rolex no es la única empresa con esta estructura. Carlsberg, Robert Bosch, Bertelsmann, Novo Nordisk e IKEA, entre otras, son también propiedad de fundaciones.

Pero Rolex tiene dos particularidades: su fundación posee el 100% de las acciones, en una estructura que la ley suiza hace permanente, es decir que nadie puede venderla, sacarla a bolsa ni transferirla a manos privadas.

Y opera en la industria del lujo, donde donde la mayoría de sus competidores pertenecen a conglomerados bursátiles o a familias accionistas. En ese mundo, Rolex es una anomalía.

Eso hace que Rolex no sólo sea inusual, sino el ejemplo más visible y rentable de este modelo, y el más debatido.

Sus ventajas son reales: sin presión de accionistas, las decisiones son más largoplacistas; sin cotización en bolsa, la empresa es inmune a los vaivenes especulativos; con una fundación como propietaria, parte de las ganancias va a causas sociales.

El historiador Donzé argumenta que esta estructura ha sido clave para que Rolex mantenga su independencia y coherencia de marca durante más de un siglo.

Pero las sombras también son reales.

Rolex no publica resultados detallados, no rinde cuentas a accionistas y apenas ofrece visibilidad sobre el alcance real de su actividad filantrópica.

Analistas e historiadores del sector han señalado que esa opacidad no es un rasgo accesorio, sino estructural: le permite acumular capital, tomar decisiones a muy largo plazo y ejercer una influencia significativa sin los mecanismos habituales de supervisión.

El resultado no es tanto una anomalía ética como institucional: una organización que, sin infringir las reglas, opera en gran medida al margen de ellas.

Sin embargo, nada de eso ha empañado lo que Rolex representa para el mundo: esas sombras rara vez llegan al mostrador.

Shakira no cantó sobre una fundación. Cantó sobre un reloj. Pero ese reloj lleva décadas siendo mucho más que un objeto: es el resultado de una construcción deliberada, inteligente, a veces opaca, de lo que significa el éxito.

Y la empresa que lo fabrica ha logrado algo que muy pocas logran: que nadie necesite explicar qué significa cuando pronuncias su nombre.


  • Título del autor,BBC News Mundo
    11/04/2026
    https://www.bbc.com/mundo/articles/c1d9pedp9yyo

lunes, 13 de octubre de 2025

La tormenta perfecta que aniquiló civilizaciones: cómo las enfermedades derrotaron al Nuevo Mundo mucho antes que las armas



Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América 
(Dióscoro Puebla, 1862)



La llegada de los conquistadores a América desató un choque biológico y cultural que transformó para siempre el destino de pueblos enteros, marcando uno de los mayores colapsos de la historia



El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo

Winston Churchill.



Cuando la monarquía española comenzó a adueñarse de una buena parte del mundo a partir de las postrimerías del siglo XV, fue incapaz de prever que, más allá de universidades, hospitales y una cultura complementaria a la par que avanzada, en aquellas tierras ignotas y divididas por guerras civiles intestinas, enfermedades e infecciones demoledoras resultarían fatales para los nativos. Con independencia de que los españoles de antaño tenían una superioridad militar incontestable y un armamento nunca visto por aquellas latitudes, la falta de inmunidad de los locales ante los patógenos exportados desde Europa haría una criba monumental. Ya no eran solo las armas del momento, sino, además, un mundo microscópico de maleantes con una pegada descomunal.

Su medio ambiente —el de los nativos— sería alterado rotundamente por aquellos soldados exploradores que, a partir del año 1492, portadores inconscientes de la letalidad que llevaban en sus organismos, generarían enfermedades sin cuento entre los aborígenes. La viruela y el sarampión fueron especialmente crueles con la población autóctona. Asimismo, hay que recordar que el final de la Peste Negra en Europa, según estimaciones —pues los cálculos se hacían imposibles—, causó una mortandad enorme durante el tiempo del Renacimiento, que se cree se llevó rumbo a la eternidad a más de la tercera parte de los europeos de aquel entonces, si no más.

En lo relativo a la fiebre amarilla y, en menor medida, a la malaria, los estudios posteriores indican que generaron gran mortandad tras el estudio de los huesos de las momias, al dejar estas partes del tejido accesibles para los expertos. Ya fuera por contacto directo, a través de las vías respiratorias, por la carencia de una higiene digna de tal nombre y, por supuesto, por la ausencia de la clase médica, la propagación se hizo imparable.


Aquellas enfermedades favorecieron la penetración de las tropas hispanas en sendos territorios: Centroamérica y el oeste de la actual Norteamérica

No tanto por el ejercicio de las armas, sino más bien por la enorme desgracia que acarrearon los soldados exploradores con patógenos dominados en Europa, pero letales ante una población indefensa contra ellos, aquello se convirtió en un Armagedón. Las investigaciones más recientes de los paleoantropólogos y la medicina de laboratorio nos señalan de manera rotunda que, por encima de la intencionalidad, los contagios no fueron actos conscientes, sino involuntarios. Como consecuencia de este destrozo causado por los ávidos patógenos, una terrible hambruna acabó de rematar la desesperación de aquellas pobres gentes. Sus dioses y el nuestro no eran muy garantistas con los habitantes de este orfanato ambulante y su penosa existencia en medio del abrumador silencio sideral.


Un cambio de guardia en la historia

Cabe señalar que aquellas desgraciadas enfermedades favorecieron la profunda penetración de las tropas hispanas en sendos territorios: Centroamérica y el oeste de la actual Norteamérica. En el sur, se llegó hasta la Patagonia. Eso, y las dos guerras civiles que tuvieron que enfrentar tanto Cortés como Pizarro en sus respectivas operaciones, dieron cancha a un rápido colapso de aquellas civilizaciones. La accidentalidad caprichosa de la historia y sus azares, y la letalidad de los patógenos importados, determinaron un cambio de guardia en la historia de la humanidad.

La tremenda hecatombe sanitaria resultante de la debilidad de aquellos sistemas inmunológicos deteriorados por las solapadas enfermedades de comorbilidad y la lejanía de tratamientos adecuados fueron una sentencia de muerte para millones de desgraciados. Todavía tenemos que aguantar que lo que hicimos en América fue un genocidio, según algunos historiadores de salón. A veces los bulos se convierten en dogmas.

Según qué fuentes, el sumatorio de víctimas, en porcentajes, se podría situar en el 60 % en un rango de 25 años, hasta que remitió el punto álgido de letalidad. Si hacemos una contabilidad rigurosa en millones de fenecidos, es mejor no calcularlo. Una tragedia colosal, sin duda. Pero que quede claro que el azar es accidentalidad, y la intención está asociada a la voluntad. Aquellos bichitos cabrones no entraban dentro del plan ni de la acción militar por parte de la Monarquía española.


Por 
https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2025-10-11/nuevo-mundo-historia-espana-america-enfermedades_4225870/

lunes, 15 de septiembre de 2025

Los cruzados no fueron valientes caballeros, sino mercenarios y asesinos




Grabado de la toma de Belén durante la primera cruzada, el 6 de junio de 1099. (Getty/Hulton Archive)



No todos luchaban movidos por la fe, sino que fueron también traidores sin escrúpulos. En este adelanto de 'Cruzados y criminales', el historiador Steve Tibble rescata las historias de quienes conspiraron por la causa que protegían



Un silogismo medieval nos sirve para explicar muchas cosas. No todos los hombres eran criminales, pero la inmensa mayoría de criminales eran hombres; sobre todo jóvenes con acceso a las armas. Los cambios poblacionales experimentados durante la época de las cruzadas no fueron normales, como tampoco lo fueron sus efectos en las sociedades que intentaron absorberlos.

Los extraordinarios movimientos demográficos ejercieron un enorme efecto distorsionador en las sociedades medievales de Oriente Próximo, y la inexorable naturaleza de estos cambios se hizo más evidente con el paso del tiempo. Estos grupos se extrajeron principalmente del arquetipo demográfico de criminal: individuos muy jóvenes, de sexo masculino, sin restricciones y muy bien pertrechados.

No todos los hombres eran criminales, pero la inmensa mayoría de criminales eran hombres

La proporción de estos hombres en la población general de Oriente Próximo, y sobre todo en los nuevos Estados cristianos, experimentó un enorme crecimiento. Todo esto tuvo serias consecuencias, obvias para la reflexión, pero normalmente pasadas por alto en los libros de historia dedicados a las cruzadas.


Soldados ladrones

Uno de los problemas fue la a menudo imprecisa diferencia entre un acto criminal y uno militar o entre un “civil” y un guerrero. La situación anárquica de la zona ya era habitual. Pero para muchos cruzados y miembros de otros ejércitos trasladados a Tierra Santa desde territorios extranjeros la criminalidad había comenzado mucho antes de su llegada.

Si tomamos la Segunda Cruzada como ejemplo, se puede observar que el problema de mantener el orden se agravaba día a día. El rey Luis VII de Francia hizo todo lo que estuvo en su mano. Desde el principio realizó, con bastante acierto, grandes esfuerzos para imponer entre sus hombres cierta disciplina y un código de conducta aceptable durante la marcha a través de Europa hacia Tierra Santa. Cuando los contingentes cruzados comenzaron a concentrarse y "después de disponer el campamento a las afueras de la ciudad, aguardó unas jornadas a la llegada del ejército; promulgó leyes necesarias para asegurar la paz y otros requerimientos a lo largo el viaje, y los jefes aceptaron acatarlas mediante un solemne juramento".

En teoría eso está muy bien. Sin embargo, en la práctica estas leyes se obviaron hasta el punto de que ni siquiera sabemos cuáles eran. Como señaló con amargura un frustrado cronista real: “Como ellos no las observan, yo no las conservo”.

Mantener la disciplina dentro de un gran ejército compuesto por dispersos y pendencieros contingentes feudales resultó un asunto cada vez más difícil de conseguir. En algún momento de la marcha desde Filipópolis (la actual Plovdiv, en Bulgaria) hasta Constantinopla se desbordaron las tensiones entre los ejércitos alemán y francés. Más tarde, un narrador francés escribirá que el problema estalló cuando “algunos de los nuestros estaban deseosos por escapar de la presión del gentío alrededor del rey y, por con siguiente, se dirigieron a la vanguardia, acampando cerca [de los alemanes]”.

Mantener la disciplina de un ejército compuesto por pendencieros contingentes feudales resultó un asunto cada vez más difícil de conseguir

La competición por los escasos suministros alimenticios fue la causa probable de la reyerta que comenzó poco después, aunque esta pudo estallar por alguna otra razón. “Ambos grupos fueron al mercado”, escribió un cruzado francés… pero los alemanes no permitieron a los francos comprar nada hasta haber conseguido ellos todo lo que deseaban. A partir de esa situación estalló una riña, o mejor dicho una reyerta, pues cuando una persona interpela a otra dando muy grandes e ininteligibles voces, hay pelea. A continuación, los francos, tras ese intercambio de golpes, regresaron del mercado con sus suministros.

Sin embargo, esto solo fue el comienzo de los desórdenes. Los alemanes, “zahiriendo el orgullo de unos pocos franceses, pues ellos eran muchos, blandieron sus armas y cerraron contra ellos con gran furor, y los francos, también armados, resistieron con bravura”. La reyerta solo se extinguió con la caída de la noche y después “hombres sensatos, cayendo de hinojos frente a los necios, calmaron este sinsentido con humildad y buena razón”.

Ni siquiera en sus propias reseñas, los francos intentaron librarse de culpa; resulta evidente que la disciplina se encontraba al borde del colapso absoluto. Cuando su ejército llegó a Constantinopla la situación no hizo sino empeorar. Los bizantinos… cerraron las puertas de la ciudad a la muchedumbre, pues esta había quemado muchas de sus casas y olivos, ya fuese por necesidad de leña o por la arrogancia y el abuso de la bebida por parte de los necios. El rey castigó en numerosas ocasiones a los malhechores cortándoles orejas, manos y pies, pero ni aun así pudo controlar los desmanes del gentío. Lo cierto es que solo podía hacer dos cosas: o matar a miles de ellos, o soportar sus numerosas maldades.

Un incidente en concreto casi llevó a la guerra entre los francos y sus muy sufridos anfitriones bizantinos. Mientras los ejércitos se internaban en Asia Menor, un francés miembro de la expedición informó de que… nos seguían mercantes con alimentos y cambistas a bordo. Los cambistas mostraban sus tesoros a lo largo de la costa; sus mesas brillaban con el oro y crujían bajo los recipientes de plata que nos habían comprado. Del ejército llegaba gente que hacía trueques a cambio de cosas necesarias y a estos se unieron hombres que codiciaban los bienes ajenos.

El cronista intentó distanciar al ejército de lo sucedido tanto como fue posible, pero resultaba evidente que la causa fueron los robos perpetrados por miembros de la hueste franca. “Por tanto, un día cierto flamenco digno del látigo y el fuego del infierno —escribió—, al ver la gran riqueza y cegado por una descontrolada codicia, gritó: “¡Caos! ¡Caos! [¡Sembrad el caos!]”, tomando cuanto quiso. Y así su atrevimiento, además de la valía del botín, incitó a hombres como él a perpetrar crímenes”.

No requerían mucha incitación. En cuanto se presentaba la oportunidad de robar todos se apiñaban para llenar sus sacas y "quienes tenían dinero en mano corrían huyendo en todas direcciones". El mercado se disolvió en cuestión de segundos y a medida que "los puestos caían el oro era pisoteado y tomado. Los expoliados cambistas huyeron temiendo por sus vidas, y al huir los barcos los recibieron a bordo; y cuando los barcos zarparon devolvieron a la ciudad a muchos de los nuestros que en ellos se encontraban comprando alimentos". Naturalmente, las autoridades bizantinas estaban muy contrariadas. Arrestaron a los francos apresados a bordo de los barcos. Y a pesar de que, evidentemente, estos no formaban parte de las partidas de maleantes, los “apalearon y expoliaron. Y la ciudad saqueó a sus invitados como si fuesen enemigos”.

Este fue un desastre autoinfligido que los cruzados no necesitaban en absoluto. De nuevo le tocó al rey de Francia limar asperezas. "Los hechos fueron puestos en conocimiento el rey", escribió el cronista Odón de Deuil… y este, presa de una gran ira, exigió la captura del criminal, quien una vez rendido por el conde de Flandes fue colgado en ese mismo lugar, bien a la vista de la ciudad. Después el rey ordenó apurarse en encontrar los bienes perdidos y perdonar a quienes los entregasen, amenazando a quienes los ocultasen con castigos similares a los sufridos por los flamencos; y para que no se sintiesen atemorizados o intimidados por su presencia, les ordenó devolverlos al obispo de Langres. Por la mañana llamaron a los cambistas que habían huido la jornada anterior y les devolvieron todo aquello que juraron haber perdido.

Este violento incidente fue consecuencia, sin duda, de la pobre disciplina del ejército francés. Sin embargo, y a pesar de todo, los cronistas franceses se apresuraron a culpar a los demás, a los actos de un soldado flamenco o a la “desmesurada reacción” de las autoridades bizantinas frente al asalto a los mercaderes. Tras el incidente, los franceses acusaron de fraude a los cambistas robados y vapulea dos por los cruzados. Al llegar el momento de recibir su compensación, se dijo que “muchos pidieron [bastante] más de lo que debe rían; pero el rey prefirió restaurar los artículos perdidos cediendo sus propiedades antes de turbar la paz en su ejército”.

Del mismo modo, el rey Ricardo I de Inglaterra, quien tenía unas ideas muy firmes respecto a la disciplina, se vio obligado a promulgar una muy clara y draconiana lista de castigos para sus hombres durante la Tercera Cruzada. En caso de robo, se decretó que “al ladrón […] se le rapará bien la cabeza y sobre ella se derramará pez hirviendo, y después se le esparcirán las plumas de un cojín para que sepan de su condición”.


placeholderCubierta de 'Cruzados y criminales'. (Editorial Almuzara)
Cubierta de 'Cruzados y criminales'. (Editorial Almuzara)

Este ejemplo clásico de “emplumamiento” puede parecer casi un chiste, pero es mucho más doloroso de lo que parece. De hecho, y esta es la razón principal de su práctica, causa terribles cicatrices en la cabeza: muchos de los que padecieron este castigo habrían tenido enormes áreas de tejido blando en el que no crecía pelo. En una época donde no existían documentos de identidad ni registros de antecedentes criminales, esta era una advertencia muy clara para todo el mundo.

A menudo la diferencia entre la soldadesca y la gentuza era muy tenue.

Quizá parezca contraintuitivo, pero los cruzados podían ser igual de pendencieros una vez llegados a Tierra Santa. Santa o no, la escasa observancia de la ley durante su marcha a través de Europa y más allá no se alteró al llegar a sus destinos. Hubo constantes reyertas entre soldados, incluso entre hombres nombrados caballeros; resultaba muy difícil mantener la testosterona bajo control con tantos jóvenes agresivos y armados en la región.

A menudo la diferencia entre la soldadesca y la gentuza era muy tenue

Juan de Joinville se vio envuelto en uno de esos incidentes. Más tarde escribió que durante su servicio en el ejército francés destacado en Cesarea, desde 1250 a 1251, hubo un forcejeo entre un grupo de caballeros del rey y unos monjes guerreros de la Orden Hospitalaria. Las causas fueron prosaicas, como suele suceder, pero se caldearon los ánimos. Los caballeros franceses, de caza, se habían internado en las propiedades de la Orden persiguiendo a una gacela. La situación se les fue un poco de las manos y los monjes hubieron de enfrentarse a las exageradas excentricidades de los caballeros: al final “los monjes hospitalarios cerraron contra ellos, los expulsaron y persiguieron”.

Había muchas propiedades de la Orden Hospitalaria en los aledaños de Cesarea, de modo que los monjes pudieron tomar a los cruzados (con cierta razón) por intrusos o furtivos. O, dada la categoría de los monjes guerreros como “profesionales” de los ejércitos cruzados, podían simplemente haber decidido divertirse un poco a costa de los recién llegados, a quienes consideraban unos bulliciosos e irritantes aficionados”.

En cualquier caso, Joinville se quejó al maestre de la Orden Hospitalaria por la reyerta. Sin duda, el maestre tenía asuntos más importantes entre manos de los que preocuparse, pero dijo que “compensaría [a Joinville] según la costumbre de Tierra Santa, la cual se tradujo en obligar a los monjes perpetradores de la ofensa a comer sentados sobre sus capotes hasta que sus víctimas les permitiesen levantarse”.

A nosotros nos cuesta comprender cómo “sentarse sobre un capote” puede ser un duro castigo. Pero se trataba de caballeros, hombres próximos a la cima de la jerarquía social, y para jóvenes de esa categoría resultaba difícil soportar esa humillación. El castigo funcionó: los monjes quedaron como unos tontos, y quizá todos comenzaron a ver el lado cómico del asunto. El incidente concluyó rápido. Joinville y sus hombres se unieron a ellos para cenar y los caballeros hospitalarios fueron perdonados.

El incidente de caza con los mojes hospitalarios concluyó de modo bastante amigable, sobre todo porque sucedió entre hombres de la misma posición y origen social. En circunstancias más des equilibradas las cosas podían llegar a ponerse bastante feas. Como un temprano y mucho menos romántico precursor de Los tres mosqueteros, uno de los sargentos el rey Luis IX, un corpulento gorila al que llamaban Glotón, tuvo un altercado con uno de los caba lleros al servicio de Joinville y, según se dice, "le puso las manos encima".

El rey aconsejó contención (curiosamente mostraba una actitud más relajada frente a la etiqueta que algunos de sus nobles). Le dijo a Joinville que debería pasar por alto el incidente, pues "el sargento solo había empujado al caballero". Además, desde un punto de vista práctico existían buenas razones para olvidar lo antes posible un asunto tan trivial: había una fuerte demanda de soldados experimentados en los Estados cruzados y resultaba difícil encontrar sargentos capaces.

Sin embargo, Joinville se negó a entrar en razón. Era un individuo pretencioso y un rigorista de la jerarquía social, no como su rey. Así, "de acuerdo con las costumbres del país", escribió el puntilloso señor, "el sargento acudió a mis aposentos descalzo, ataviado solo con sus calzas y una camisa y con una espada desnuda en la mano". El hombre estaba obligado a arrodillarse frente a la parte ofendida y "tomar la espada por la punta y ofrecer el pomo al caballero". Y por sorprendente que parezca, debía permitirle al caballero cortarle la mano si tal era su deseo. Tanto Joinville como el caballero rehusaron. El asunto estaba cerrado, se habían observado los buenos modales y se había humillado al sargento. Pero la posibilidad de sufrir una mutilación por un altercado sin importancia era real, o al menos lo era si uno no tenía la fortuna de nacer entre las clases más elevadas.

Las tensiones siempre están a flor de piel cuando se reúnen gran des grupos de hombres armados (sobre todo si pertenecen a diferen tes etnias y culturas). Los ingleses de la Tercera Cruzada, por ejemplo, se sorprendieron por el tratamiento recibido cuando en septiembre de 1190 llegaron a Mesina, en el noreste de Sicilia. Con miles de soldados sin inhibiciones arremolinándose por los alrededores de la ciudad, se dieron casos de asesinatos y otros deli tos, sin duda perpetrados por miembros de ambas comunidades. "Había gente de toda condición —escribió un cronista—, con sus tiendas, pabellones y pendones dispuestos a lo largo del litoral, pues tenían prohibido el acceso a la ciudad. Permanecieron cerca de la costa hasta la llegada de los reyes, pues los vecinos […] nos maltrataban, asesinaban a nuestros peregrinos y arrojaban sus cadáveres a las letrinas. Sus actividades están muy bien registradas". Los agravios no tardaron en multiplicarse.

Muchos de esos agravios estaban relacionados con las mujeres. Los celos sexuales eran una fuente natural de conflicto. Se contemplaba con gran sospecha a los recién llegados, extranjeros endurecidos, y a menudo con buenas razones. Los ingleses se quejaban mucho, pero resulta evidente que incluso en sus propias crónicas a duras penas se pueden librar de la culpa. "Al llegar los dos reyes —escribió un cronista—, los [sicilianos] mantuvieron la paz, pero los “longobardos” peleaban y amenazaban a nuestros peregrinos con la destrucción de sus tiendas y la toma de sus bienes, pues temían por sus esposas, con quienes los peregrinos [ingleses] hablaban". Posteriormente el inglés admitió que solo lo hacían para enfrentarse con sus rivales extranjeros, como acostumbran los seguidores más radicales de su selección cuando juega fuera de casa; charlaban con sus mujeres "para molestar a quienes no habían pensado en hacer nada".