domingo, 2 de agosto de 2026

Historia oculta y pictórica del amanecer: así aprendimos a admirarlo


Visitantes observando 'El último viaje del "Temerario"', de J. M. W. Turner (1839), en la National Gallery de Londres. (Pedro Pascual)



Lo que muchos consideran una experiencia íntima y casi espiritual es, en realidad, el resultado de siglos de cambios culturales, artísticos y sociales que transformaron nuestra manera de contemplar el horizonte



Un grupo de desconocidos permanece en silencio frente al horizonte. Han recorrido kilómetros y han madrugado para presenciar un acontecimiento cuyo resultado conocen de antemano. Dentro de unos minutos ocurrirá exactamente lo mismo que ayer, que anteayer y que hace diez mil años. Saldrá el sol. Nadie espera una sorpresa. Sin embargo, todos esperan algo.

Hay algo extraño en esa escena. Casi nadie madrugaría para ver ponerse el sol detrás de una nave industrial, ni caminaría una hora para contemplar las tres de la tarde. Sin embargo, el amanecer posee hoy una autoridad emocional casi indiscutible. Consideramos este esfuerzo un impulso natural, un tributo espontáneo ante el espectáculo del mundo. Olvidamos que el alba es, en términos físicos, un automatismo astronómico rutinario. Que hayamos decidido convertirlo en una experiencia mística, un objeto de consumo turístico y un fetiche estético es un giro cultural reciente. La emoción que sentimos hoy ante el primer destello del día tiene una fecha de nacimiento y una historia de aprendizaje detrás.


La hora del trabajo

Para la inmensa mayoría de los europeos, el amanecer era sobre todo una hora de trabajo, frío y desplazamientos. Difícilmente un espectáculo digno de contemplación. Era la hora del relevo de las guardias, del comienzo de las faenas agrícolas, del momento en que los caminos volvían a llenarse de viajeros y, en ocasiones, también de las ejecuciones públicas. El hombre preindustrial madrugaba porque el ciclo biológico de la supervivencia se lo imponía, no por el placer de la observación.

Esta falta de interés se reflejó fielmente en los talleres de pintura. Más allá de algunas excepciones en la pintura flamenca, el paisaje careció de autonomía artística durante generaciones; las colinas y los cielos funcionaban como un fondo plano, un decorado secundario para enmarcar un martirio, una coronación real o un pasaje bíblico. Si el pintor iluminaba el lienzo con tonos matutinos, lo hacía como una mera indicación cronológica. La luz era un instrumento utilitario para ver los objetos, nunca el sujeto de la obra.
placeholder'Puerto con el embarque de la Reina de Saba', de Claude Lorrain. (1648)
'Puerto con el embarque de la Reina de Saba', de Claude Lorrain. (1648)


El primer indicio de cambio surgió en el siglo XVII en los muelles de Roma. Claude Lorrain, un pintor de origen lorenés afincado en Italia, comenzó a recibir encargos de cardenales y monarcas que buscaban algo diferente. Basta mirar su Puerto con el embarque de la Reina de Saba, pintado en 1648. La reina de Saba apenas ocupa una pequeña zona lateral del lienzo, convertida en una anécdota. Todo lo demás pertenece al amanecer. El verdadero acontecimiento ya no es la historia bíblica, sino la manera en que la luz invade el puerto y corta horizontalmente el agua. Lorrain descubrió que la luz matutina poseía una cualidad gélida y limpia, una bruma plateada que transformaba las formas. Oficialmente, sus clientes compraban escenas bíblicas. Lo que de verdad se llevaban a casa era la luz. Sin saberlo, estaba ayudando a construir una forma de mirar el amanecer que acabaría extendiéndose mucho más allá de la pintura.


El reloj de vapor y la nostalgia del sol

Lorrain abrió una puerta y el Romanticismo decidió atravesarla a comienzos del siglo XIX. Aquel cambio de sensibilidad no fue una casualidad estética, sino una reacción psicológica colectiva. La pintura romántica coincidió con la expansión de la Revolución Industrial, el crecimiento de las ciudades insalubres y la generalización del trabajo bajo techo en las fábricas. El reloj de carbón y vapor pasó a dictar el tiempo humano, sometiendo los horarios de millones de trabajadores a un ritmo ajeno al sol.

El amanecer nunca necesitó ser inventado, lo que sí cambió fue el significado que aprendimos a darle

Poco a poco, una nueva sensibilidad urbana comenzó a encontrar en el horizonte un refugio simbólico frente a un mundo cada vez más industrial. El amanecer dejó de ser una rutina para convertirse en un espacio de resistencia íntima. El horizonte empezó a adquirir un significado nuevo para quienes apenas podían verlo entre fábricas y chimeneas.

Constable y Turner parecían perseguir cosas distintas en ese empeño. El primero abordó el problema desde una perspectiva casi científica. Entre 1800 y 1816, se dedicó a catalogar el cielo en los prados de Suffolk. Sus célebres estudios de nubes, donde anotaba escrupulosamente en el reverso la hora exacta, la dirección del viento y la humedad ambiental, parecen hoy páginas de un cuaderno meteorológico más que bocetos para una galería. Constable perseguía la verdad física de la atmósfera, convencido de que la luz del alba merecía ser registrada con precisión taxonómica.
placeholder'Estudio del cielo', de Lionel Constable (1850). Yale Center for British Art
'Estudio del cielo', de Lionel Constable (1850). Yale Center for British Art


Turner, en cambio, llevó el mismo impulso hacia la disolución absoluta de la forma. En sus versiones tardías de Norham Castle, amanecer, la arquitectura apenas se sostiene. La piedra del torreón se adivina como un fantasma azulado, devorado por un incendio de amarillos y naranjas. Para Turner, la luz ya no era el medio para iluminar un relieve, sino la materia misma de la pintura.

No fue casualidad que el crítico John Ruskin dedicara cientos de páginas en su monumental obra Pintores modernos a explicar por qué Turner veía mejor que el resto de los mortales. En cierto sentido, Ruskin estaba enseñando a sus lectores a mirar otra vez. Ambos pintores coincidían en una intuición decisiva: la luz dejaba de servir para que viéramos las cosas; empezaba a ser, ella misma, lo que había que ver. Uno la medía y el otro se rendía a ella, pero los dos ofrecieron a la nueva burguesía urbana una nueva forma de reconciliarse con la naturaleza.


El paisaje como pedagogía

Aquel desplazamiento ético y estético tardó unas décadas en cruzar los Pirineos, pero cuando lo hizo, adoptó una forma imprevista que desbordó los museos. En la España del último tercio del siglo XIX, la necesidad de aprender a mirar la naturaleza se convirtió en un proyecto educativo de primer orden a través de la Institución Libre de Enseñanza. Francisco Giner de los Ríos y sus colaboradores entendieron que la renovación moral e intelectual del país no pasaba únicamente por las aulas de ladrillo, sino por sacar a los alumnos al campo.

Al enseñar a los jóvenes a observar el alba recortada sobre las cumbres graníticas de Guadarrama, la Institución estaba importando, con un sentido profundamente cívico, la capacidad de contemplar el paisaje como una forma de educación estética y moral. En cierto modo, si Lorrain convirtió el amanecer en un protagonista de la pintura, Ruskin enseñó a interpretarlo y la Institución Libre de Enseñanza lo convirtió en un ejercicio pedagógico.


La mirada heredada

El amanecer nunca necesitó ser inventado, lo que sí cambió fue el significado que aprendimos a darle. En algún momento dejó de ser simplemente el comienzo de la jornada laboral para convertirse en el símbolo de un comienzo personal. Pintores, escritores y críticos fueron fijando un código cultural que asociaba la primera luz con la pureza original, la esperanza de regeneración y la pequeñez del ser humano ante lo sublime. Aquella nueva sensibilidad terminó por fijarse en el imaginario colectivo como una verdad universal.
placeholderLluvia, vapor y velocidad (1844), de J. M. W. Turner.
Lluvia, vapor y velocidad (1844), de J. M. W. Turner.


La tecnología posterior no tuvo que idear ninguna sensibilidad nueva; se limitó a masificar la que ya existía. La fotografía de paisaje de los pioneros victorianos heredó muchos de los encuadres y sensibilidades desarrollados por los paisajistas del siglo XIX, y las agencias de viajes del siglo XX transformaron los escenarios románticos en destinos turísticos con horarios programados. Los miradores señalizados en los mapas actuales son los equivalentes contemporáneos a las estancias de los pintores en los acantilados de la Europa decimonónica o a las rutas serranas de los institucionistas.

Mañana, antes de que salga el sol, un nuevo grupo de desconocidos volverá a reunirse en silencio frente al horizonte. Creerán que han ido hasta allí por iniciativa propia, movidos por una emoción completamente espontánea. Pero esa emoción también tiene una historia. El amanecer nunca cambió; cambiamos nosotros. Y desde entonces seguimos mirando el comienzo del día con una mirada que, en parte, heredamos de Lorrain, Turner y Giner de los Ríos.


Por
Jorge Herrero
07/07/2026 - 05:00
https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-07-07/amanecer-luz-pintura-paisaje-horizonte-1hms_4382258/