jueves, 27 de agosto de 2026

El día que Hollywood inventó el duelo de masas: cien años de la locura por la muerte de Rodolfo Valentino


Una fan rezando delante del féretro de Rodolfo Valentino. 
(Getty Images)



El fallecimiento con 31 años del actor desencadenó disturbios, suicidios y un velatorio al que acudieron 100.000 personas, marcando el nacimiento de la cultura de la fama



El 15 de agosto de 1926, la centralita del Polyclinic Hospital de Nueva York empezó a echar humo y a recibir llamadas sin parar. Muchas, muchísimas llamadas, cerca de 2.000 cada hora. Todas preguntaban por el mismo paciente: Rodolfo Valentino, de 31 años, ingresado de urgencia por una úlcera con perforación. La locura que se desató respecto a su estado de salud fue de tal calibre que el hospital tuvo que contratar a telefonistas extra y abrir una oficina de información en la planta baja solo para atender a las fans que se presentaban en persona. Los periódicos publicaban en portada hasta las variaciones más mínimas del estado de salud del actor, como si fuera un jefe de Estado agonizante. Valentino pareció recuperarse. Sin embargo, tuvo una recaída y murió el 23 de agosto, de peritonitis y endocarditis séptica.

Lo que pasó después no tenía precedentes y marcó un hito. Fue el primer duelo de masas de la era del cine, el molde que después seguirían al pie de la letra las despedidas a Elvis, a James Dean o a Diana de Gales.

Se llamaba Rodolfo Alfonso Raffaello Pierre Filiberto Guglielmi di Valentina d'Antonguella, había nacido en Castellaneta (Taranto) y llegó a Nueva York en 1913 sin nada. Antes de ser una estrella, se ganó la vida dando clases de tango a señoras adineradas, en pleno boom de un baile que en Europa alarmaba tanto a los obispos que hasta el papa Pío X quiso ver bailar un tango para calibrar cuánto pecado había en aquella danza.

En Hollywood empezó haciendo de villano y de extranjero aristocrático, porque sus rasgos encajaban con los estereotipos de la época sobre los europeos del sur. El salto lo dio en 1921 con Los cuatro jinetes del Apocalipsis: el italiano que se convertiría en el primer latin lover de la historia del cine se hizo mundialmente famoso interpretando a un argentino que baila tango en La Boca. Ese mismo año llegó El jeque (The Sheik), y con él, el arquetipo: el jeque que secuestra a una inglesa independiente, el desierto como escenario del deseo, la dominación masculina ofrecida como fantasía a un público femenino que la industria del cine empezaba a descubrir como una fuerza económica de primer orden.
placeholderRodolfo Valentino, en 1923. (Getty Images)
Rodolfo Valentino, en 1923. (Getty Images)


Valentino era puro exceso también fuera de la pantalla: brazaletes, perfumes intensos, abrigos de chinchilla, el pelo engominado hacia atrás que inspiró toda una moda masculina —a quienes lo copiaban los apodaban "vaselinos"—. La prensa se burlaba de su estilo de dandi y cuestionaba su masculinidad, y cuando un periodista se atrevió a llamarlo afeminado, Valentino lo retó a saldar cuentas a puñetazos en un combate de boxeo. El periodista no apareció, pero otro sí, y la pelea terminó en la azotea del Ambassador Hotel de Nueva York. Ganó Valentino, que entrenaba con Jack Dempsey, campeón mundial de los pesados.
placeholderFans de Rodolfo Valentino lloran desconsoladas por la muerte del actor. (Getty Images)
Fans de Rodolfo Valentino lloran desconsoladas por la muerte del actor. (Getty Images)


Su muerte a los 31 años, en plena cúspide de su fama, fue todo un acontecimiento. Cuando se hizo público, el 24 de agosto, que la funeraria Campbell de Nueva York custodiaba su cadáver y que se haría cargo de su entierro, se congregó tanta gente en su sede que hicieron falta más de cien agentes de policía a caballo para contener a la multitud. Hubo cristales rotos. Durante los días siguientes, mientras el cuerpo permanecía expuesto al público en la empresa de pompas fúnebres, unas 100.000 personas desfilaron ante el féretro. La actriz polaca Pola Negri, pareja del actor, se desmayó junto al ataúd delante de las cámaras. La propia funeraria contrató a cuatro actores para que se hicieran pasar por una guardia de honor fascista, supuestamente enviada por Benito Mussolini. Era un montaje publicitario.

El funeral se celebró el 30 de agosto en Manhattan, en la iglesia de Saint Malachy, conocida como "la capilla de los actores" por su larga vinculación con el mundo del espectáculo, y las calles de Manhattan por las que pasó el cortejo fúnebre se llenaron a rebosar de gente. Después, el cuerpo viajó en tren hasta California, donde se celebró un segundo y también multitudinario funeral en Beverly Hills, con Charlie Chaplin entre los porteadores del féretro. El Washington Times sacó la primera edición extraordinaria de su historia dedicada a un actor. Variety sentenció que jamás se había visto nada igual, que la reacción de las mujeres estadounidenses ante la muerte de Rodolfo Valentino no tenía parangón. Circularon —y en algunos casos se confirmaron— casos de fans que se habían quitado la vida al saber de la muerte de su ídolo: una mujer se suicidó con veneno y rodeada de fotografías de Rodolfo Valentino. Muchos otros casos nunca llegaron a verificarse, pero daba igual: la leyenda ya se estaba escribiendo sola. Una postal de la época mostraba a Valentino llegando al cielo, recibido por Enrico Caruso, el otro gran mito popular que lo había precedido en fama planetaria.
placeholderEl cortejo fúnebre de Rodolfo Valentino, a su paso por Broadway, Nueva York. (Getty Images)
El cortejo fúnebre de Rodolfo Valentino, a su paso por Broadway, Nueva York. (Getty Images)


Es verdad que la muerte de otras celebridades había desatado antes escenas de dolor colectivo. En 1824, la muerte del poeta Lord Byron provocó disturbios que la policía tuvo que contener. En 1923 falleció en París la actriz Sarah Bernhardt, una de las primeras estrellas verdaderamente internacionales, y cientos de miles de personas siguieron su cortejo fúnebre. Pero lo de Valentino fue distinto, no solo en escala sino también en su naturaleza.

El cine había inventado un tipo de intimidad que ni el teatro ni la literatura podían ofrecer: millones de personas habían visto la cara de un mismo hombre en primer plano, a una distancia y con un nivel de detalle que hasta entonces solo era posible con alguien con quien se convivía. A eso se sumaban las revistas para fans —Photoplay vendía más de 200.000 ejemplares en 1918— que alimentaban esa cercanía ficticia con reportajes sobre su casa, sus matrimonios, sus rutinas. En 1956, los sociólogos Donald Horton y Richard Wohl bautizarían este fenómeno como "relación parasocial": un vínculo que el público vive como una amistad real aunque sea completamente unilateral. En 1926 ese tipo de vínculo era nuevo, tan nuevo como el propio cine sonoro, que Valentino, por cierto, nunca llegó a estrenar en pantalla: murió sin que el público llegara a escuchar su voz aflautada y con marcado acento del sur de Italia, tan alejada de la imagen que había fabricado a su alrededor.
placeholderRodolfo Valentino abraza a Agnes Ayres en una escena de la película 'El jeque'. (Getty Images)
Rodolfo Valentino abraza a Agnes Ayres en una escena de la película 'El jeque'. (Getty Images)


La muerte de Valentino fue el primer capítulo de una historia que el siglo XX y el XXI repetirían una y otra vez, aunque no siempre con la misma escala. Cuando James Dean murió en 1955 en un accidente de coche, su funeral se celebró en la pequeña iglesia cuáquera de Fairmount, Indiana, el pueblo de 3.000 habitantes donde creció: unos 2.000 fans se quedaron fuera, en la calle, porque dentro no cabían. Elvis Presley murió en 1977 en Graceland, y cuando su cuerpo quedó expuesto allí, se calcula que unas 15.000 personas hicieron cola bajo un calor sofocante para verlo por última vez. Y en 1997, la muerte de Diana de Gales llevó a más de un millón de personas a las calles de Londres para ver pasar su cortejo fúnebre, mientras entre 2.000 y 2.500 millones de personas seguían el acto en todo el mundo a través de la pequeña pantalla, en uno de los eventos más vistos de la historia de la televisión.

Valentino fue enterrado en una cripta del Hollywood Memorial Park, en Los Ángeles, hoy rebautizado como Hollywood Forever. El ritual que desató su muerte no se apagó con el entierro: desde los años veinte se celebra allí cada 23 de agosto un servicio conmemorativo con flores sobre su lápida, una tradición que este año, coincidiendo con el centenario de su muerte, ha cumplido cien años.