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Prendas de la marca de moda rápida Shein colgadas en sus oficinas de São Paulo, Brasil.
(Reuters/Jorge Silva)
Las tendencias en redes en torno a la cultura china pueden ser un arma de doble filo, tanto para Occidente como para Pekín
Ahora que termina la ola de calor, pero continúa la canícula, un paseo bajo el aire acondicionado del centro comercial —el único refugio climático que parecen conocer muchas ciudades españolas— basta para percibir a pie de calle lo que lleva un tiempo cociéndose en redes. Cuellos, puños, mangas y botonaduras traen esta temporada, tanto en ropa formal como deportiva, un evidente aire asiático.
Una vez más, el fast fashion se ha puesto manos a la obra y, en pocas semanas, las perchas de las rebajas de verano se han llenado de prendas de inspiración china, imitando la famosa chaqueta unisex Tang que Adidas lanzó este año —siguiendo con la colección del Año Nuevo Chino que realiza desde 2018—. Lo que parecía un guiño comercial al enorme mercado chino, nacional e internacional, es en realidad un termómetro que mide una fiebre occidental: el chinamaxxing.
Chinamaxxing es una tendencia en redes que pretende, en población occidental, "maximizar" los aspectos más "chinos" de su vida cotidiana, a través de rutinas, alimentación, medicina alternativa, prácticas deportivas y espirituales, así como, por supuesto, asimilación estética. En esta línea, las redes se han llenado de jóvenes que, parafraseando la famosa cita de El club de la lucha, están "en un momento muy chino de su vida". Es precisamente la asimilación estética la vertiente más explícita por sí misma de esta tendencia, pero también está implícita en el resto, por el carácter escénico que imprimen las redes.
Paradójicamente, este aspecto cosmético tiene más enjundia que cualquier otro. De un significativo tiempo a esta parte, China está demostrando un inmenso interés —y una aún mayor capacidad— en ejercer el soft power más allá de las lindes de Asia. El soft power es un método de influencia internacional mediante la atracción y no la represión, en contraposición al hard power, militarista y económicamente violento. La hegemonía se alcanza a través de una combinación variable de ambos métodos. Este sistema de relaciones internacionales, que con tanta eficiencia aplicó Estados Unidos durante el siglo XX, fue puesto en marcha por China en Asia y África primero y ahora se extiende por el resto del mundo, especialmente en el corazón de la juventud del país con el que compite.
Esta deriva confirma la estrategia que, bajo el amparo (por llamarlo de alguna forma) de Estados Unidos, originalmente siguieron Corea del Sur y Japón, cuya popularidad en Occidente no era la mejor tras la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, ambos países comenzaron su viaje hacia la exportación cultural desde puntos de partida opuestos: Japón como método de continuidad imperialista en Asia tras el proceso de desarme y Corea del Sur como defensa cultural ante el colonialismo japonés. En ambos casos, tanto el Cool Japan como la Korean Wave (nombres oficiales de estas campañas) son resultado de la planificación estatal y han reportado industria, turismo e influencia internacional a ambos países.
China no podía, como lo ha hecho en otros ámbitos, quedarse atrás ni dejar de tomar los elementos más exitosos de otras experiencias para adaptarlos a su realidad económica y cultural. Lo que Reino Unido hizo con el pop, Estados Unidos con Hollywood, Japón con el manga y el anime y Corea del Sur con el K-pop y el K-drama, China lo está llevando a cabo por otras vías, en concreto mediante la tecnología —desde dispositivos hasta plataformas— y el comercio.
En este último terreno, China ha realizado exitosas campañas de blanqueamiento del fast fashion de Shein a través de colaboraciones con influencers occidentales y ampliando su oferta de tallas. Pero también a través de la cosmética, como ya hizo antes Japón y Corea del Sur, que ya consigue vender incluso en mercados cruelty-free a través de varias triquiñuelas comerciales, aunque toda la cosmética que se vende en China debe ser testada en animales por regulación estatal. Siguiendo el liderazgo de la cosmética coreana y japonesa, Sheglam, la empresa de maquillaje más importante de China, tiene ya presencia física en tiendas españolas, una pica en Flandes que aporta tanto credibilidad respecto a los estándares de calidad —algo que no estaba tan claro para los consumidores hasta hace unos pocos años— y permite también iniciar tendencias estéticas en redes, muy en consonancia con el chinamaxxing.
Como en el resto de ejemplos expuestos, China está sacando un rédito palpable de estos movimientos internacionales de poder. Desde el comienzo del segundo mandato de Donald Trump, los datos de la popularidad de Estados Unidos frente a China en la población mundial han caído en picado. Según datos de Nira Data, el año pasado la población del 79 % de los países sentía una preferencia personal y política por las posturas de Pekín frente a las de Washington. Y esto no se consigue solo con una actitud pasiva de oposición a Trump. Curiosamente, o no, buena parte de los apoyos preferentes hacia Estados Unidos provenían de países vecinos de China.
Al mismo tiempo, el carácter performático (para Occidente) de estas tendencias es un síndrome de desafección política y vacuidad cultural. Tomar elementos culturales aleatorios de oposición hegemónica —y usarlos para el rédito social en redes— no solo coquetea con el racismo y cae en apropiación cultural —a la que es especialmente vulnerable la población migrante china—, sino que se puede convertir en arma de doble filo para el aparataje del soft power asiático. La cultura, la existencia misma de una parte del mundo, no puede consumirse, no puede hacerse y deshacerse, usarse y desecharse con la misma ligereza con la que adquirimos paquetitos plasticosos que arrastran su huella de carbono desde el otro lado del mundo. Aunque quizá sí.