martes, 28 de julio de 2026

Hemofilia, escándalos sexuales y bulos: Rasputín y la maldición de los zares Nicolás y Alejandra



Grigori Rasputín en torno a 1910. 
(Getty/Topical Press Agency)



El historiador británico Antony Beevor publica 'Rasputín y la caída de los Romanov' (Crítica) y explica en una entrevista a El Confidencial algunas de las tesis nuevas sobre los zares y su final



Durante una de las cacerías que el zar Nicolás II adoraba compartir con su séquito en los bosques de Spala junto al río Pilica, en los antiguos dominios del imperio ruso en Polonia, el zarevich Alekséi que contaba apenas con ocho años sufrió una hemorragia incontrolable entre la ingle y el muslo. La hemofilia del ansiado heredero de los zares, que había nacido por fin en 1904 después de las cuatro hijas que había tenido la emperatriz Alejandra, era un secreto que apenas nadie conocía y su salud, la mayor obsesión de la pareja. Alekséi había tenido ya varias crisis pero aquella parecía que le acarrearía definitivamente la muerte. Durante varios días estuvo agonizando y perdiendo la consciencia entre gritos de dolor y exclamando a ratos: "¡Señor, ten piedad!" a pesar de su corta edad. Nicolás no aguantaba en la habitación y corría llorando a menudo a su despacho en el sombrío y húmedo pabellón de Spala.

En medio de la agonía y la también desesperación de la emperatriz Alejandra, llegó el telegrama que ella misma le había rogado a Rasputin que le enviara ya que se encontraba en Siberia. El mensaje tranquilizador del santón y lujurioso gurú que ya escandalizaba a una parte de la corte expresaba confianza en la recuperación de Alekséi y pedía que se apartara a los médicos. El zarevích milagrosamente mejoró justo después del mensaje de Rasputín, y nada le importaba más a la emperatriz Alejandra que la salud de su hijo. Sin ni siquiera estar presente, el influjo del gurú espiritual convenció a la zarina aún más de su santidad, por lo que Rasputín resultaría intocable a partir de entonces.

¿Cómo había sido la ascensión de esa especie de peregrino místico casi analfabeto, salido del campo profundo de la Rusia casi feudal –en pleno siglo XX– hasta el punto de convertirse en la mayor influencia de los zares? Casi diez años antes, hacia 1903, Rusia seguía prácticamente anclada en ese absolutismo de la Europa del XIX cuando apareció por San Petersburgo el mujik –campesino– Grigori Rasputín, que acabaría por poner la puntilla a la inmadura y demencial corte zarista y a los gobiernos representativos de Rusia surgidos de la Duma de 1905, el primer parlamento. El país era ya un polvorín por la brutalidad de una sociedad totalmente rota. Mientras en los suburbios de San Petersburgo "la única libertad de la que podía gozar la clase popular era la del círculo más bajo del infierno, habitado por el lumpen de los desempleados, un mundo subterráneo de prostitución infantil, robos y peleas de borrachos, donde la existencia era peor que en cualquier página de Dickens, Hugo o Zola". Mientras tanto, las noches de los sábados la nobleza y la alta burguesía cortesana, "acudían en tropel al Théâtre Français, donde los escotes descarados de los atuendos quedaban compensados por la abundancia de joyas. Luego, una parte del público se reencontraba en el restaurante Cuba o en El Oso, con su famosa orquesta rumana, y bailaba hasta las tres de la madrugada. Algunos oficiales del Cuerpo de Guardias Imperiales aguantaban hasta el amanecer en compañía de cortesanas, esas ‘mariposas humanas cuyas alas se chamuscan en las llamas del placer’".

Así lo describe el historiador británico Antony Beevor, especialista de la Segunda Guerra Mundial y quien en su nueva obra, Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica), ha querido resolver la gran pregunta sobre el gurú de la corte y desvelar la historia de la siempre desconcertante y apasionante última corte zarista, continuando así su estudio de Rusia iniciado en 2022 con Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921 (Crítica).


placeholderCubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.
Cubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.

¿Había algo nuevo que contar sobre la caída de los zares y el influjo de Rasputin después de las múltiples biografías de los últimos años y del reciente éxito de Los Romanov (Crítica) del también historiador británico Simon Sebag Montefiore? Hay, desde luego, diferencias. Para empezar, una apreciación interesante que apuntala una de las tesis del libro de Beevor: si en España, por ejemplo, el trío Godoy-María Luisa de Parma-Carlos IV que resultó fatal un siglo antes era real a pesar de las exageraciones de los fernandinos sobre los amantes y el apetito sexual de María Luisa de Parma, en el caso de Rasputín y Alexandra el supuesto escándalo de sus relaciones sexuales era claramente un invento. Una serie de fake news según Beevor en torno a la zarina y al mujik que, sin embargo, tuvieron el mismo efecto: la simple idea de la influencia y el acceso íntimo de Rasputín a la familia real, unido a su merecida fama de libertino y mujeriego –que él mismo desató, aunque fuera de la corte– asentaron la creencia popular sobre los cuernos del zar Nicolás II, que serían una losa: "el zar de todas las Rusias apareció ante su pueblo como un cornudo débil y complaciente. En una sociedad profundamente patriarcal, esas impresiones, por falsas que fueran, destrozaron el mito del poder de los Romanov", tal y como explica en Madrid a El Confidencial Antony Beevo. La imagen de los Romanov era tan terrible que " cuando estalló la Revolución de Febrero en 1917, apenas se alzó ni una sola espada en defensa del zar", destaca el historiador.

Hay bastantes cuestiones más, como por ejemplo en torno al asesinato de Rasputín el 17 de diciembre de 1916 y la conspiración de un parte de la nobleza rusa, liderada por el príncipe Félix Yusupov, sobre la que Beevor descarta la participación británica del MI6 que habían asegurado antes el historiador Andrew Cook y que recogió también Simon Sebag Montefiore. Está además el retrato de la contradicción de un Rasputin dominado por su deseo sexual irrefrenable y la capacidad de seducción y sugestión que logró entre las mujeres de la alta sociedad rusa, las rasputiniéres, debido a lo que Beevor define como un "escaso afecto dentro de la mayoría de los matrimonios aristocráticos". Una condición que le otorgaría una ventaja y un poder de influencia notable "al ser el único hombre que realmente las entendía en aquella sociedad espantosamente patriarcal", que convirtieron al santón en un personaje incómodo en gran medida en San Petersburgo, al mismo tiempo que ganaba cada vez más poder de la mano de una cegada zarina Alejandra, tomando decisiones en el gobierno que tendrían su efecto en la Revolución de Febrero: "sin Rasputin no habría habido un Lenin", tal y como expresó Kerensky y como asume el historiador británico.


placeholderLa emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)
La emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)

Si algo queda claro en la obra de Beevor es que cuando Rasputín llegó a San Petersburgo, la corte era un campo abonado para los gurús desde hacía años, que es lo que llevaría a la verdadera tragedia de los Romanov. La "inmadura pareja imperial", como la describe el británico llevaba de hecho tiempo buscando exactamente la clase de influencia que Rasputín ofrecería después. El precedente fue ‘Monsieur Philippe’, un supuesto médico de Lyon sin titulación oficial que llegó a Rusia en 1901 presentado por las hermanas de la nobleza montenegrina Militsa y Stana, aficionadas al espiritismo y apodadas en la corte "los Cuervos", y que serían las mismas que años después introducirían a Rasputín a los zares. Philippe fascinó de inmediato a Nicolás y Alejandra hasta el punto de que el gran duque Serguéi anotó en su diario que la pareja imperial regresaba de sus sesiones "en estado de exaltación, casi de éxtasis, con el rostro radiante y brillo en los ojos", tal y como describe Beevor. Entre sus promesas estaba por ejemplo la de ayudar a la zarina a concebir el tan ansiado heredero varón que se le resistía después de haber parido a cuatro niñas. Philippe le indujo de hecho lo que resultó ser un embarazo psicosomático, un engaño que terminó en escándalo. La cuestión del heredero, que sería crucial, "la verdadera fuente de la influencia de Rasputín sobre los zares" según Beevor y que alcanzaría su punto álgido años después en Spala cuando se convertiría en intocable para la emperatriz para disgusto de una parte de la corte.

El contexto para la aparición de Rasputín, lo resumió a la perfección el general Pável Kurlov, viceministro del Interior, tal y como recoge el historiador: "San Petersburgo estaba repleta de personajes de ese estilo. De hecho, no había muchas casas aristocráticas que no poseyeran su propio Rasputín o su Mitia u otra figura similar. La Matriona ‘la descalza’, el ‘loco bendito’ Mitia Kozelski –recibido en la corte descalzo y harapiento, emitiendo sonidos incomprensibles que un intérprete "traducía": No eran más que predecesores de Rasputín durante la moda de la mística que comenzaba a arrasar en la alta sociedad de San Petersburgo.


placeholderEl historiador Antony Beevor. (Cedida)
El historiador Antony Beevor. (Cedida)

¿Por qué necesitaba la más poderosa familia del mundo a un campesino siberiano para gobernar? La cuestión del zarevich fue crucial y cualesquiera de los escandalosos rumores que se le achacaron a Rasputín –muchos de ellos exagerados o directamente inventados según Beevor– caerían en saco roto ante una emperatriz que había establecido esa conexión por su fanatismo espiritual y la protección que parecía brindar el santón a la familia. A partir del milagro de Spala en 1912, Rasputín asentó su poder e influencia en la corte al tiempo que se derramaba por la ciudad su incontrolable pasión por las juergas y el sexo. "Lo triste era que su inteligente mujer sentía que era víctima de su propia lujuria. Existía siempre esa noción [de los Khlysty] de que el cuerpo debe pecar para que el alma se salve", comenta Beevor. Lo cierto es que existía una doble vara de medir para ese erotomaníaco que era Rasputín: con las mujeres de la alta sociedad, ese juego de seducción; y con las de clase baja abusos y agresiones también en muchos casos tal y como recoge Beevor en su obra. Sin embargo, el historiador matiza a El Confidencial que lo fascinante era esa contradicción es que era real: "era un charlatán manipulador pero su espiritualidad era bastante genuina".

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la decisión del zar Nicolás II de después de trasladarse al frente en parte aconsejado por la zarina y Rasputín que desconfiaban del gran duque Nikolai y los nobles más ultraderechistas que ya recelaban abiertamente de Rasputín supuso el cénit del poder del gurú que se cobraba además los servicios de su influencia para nombramientos, favores y demás apelando a la zarina. Es también el momento álgido de la propia Alejandra y su ambición en el gobierno aprovechando la ausencia del zar ¿Era un poder compartido? "Es muy difícil, porque no es que uno dominara al otro" explica Beevor, "él era el que sugería a menudo, y eso es lo más importante cuando se trata del nombramiento de ministros". La cuestión fue crucial porque tal y como explica el historiador británico "lo que llevó a la revolución de febrero de 1917 fue el nombramiento de Protopópov en septiembre de 1916, tres meses antes de que estallara. El caos en los ferrocarriles que causó el ministro es lo que detonó directamente a la revolución al desabastecer a la población de pan, que sería el último motivo para los motines. Y fueron tanto Rasputín como la zarina quienes acordaron que se permitiera a Protopópov controlar los ferrocarriles".

La trampa para asesinar a Rasputín acabó siendo, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto"

Rasputín no llegaría a ver el desastre causado porque en la noche del 16 al 17 de diciembre de 1916 el príncipe Félix Yusúpov, el gran duque Demetrio Pávlovich y el diputado ultraderechista Purishkévich atrajeron a Rasputín al sótano del palacio Yusúpov a orillas del canal Moika con la promesa de presentarle a la bella esposa del príncipe. Una trampa para asesinarle convencidos de que así salvaban a la monarquía, eliminando lo que consideraban el perverso influjo del santón y lujurioso Rasputín y no tanto por el caos de gobierno. Lo que siguió fue, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto". Se escogió el envenenamiento por medio del cianuro en los pasteles, que no hizo efecto, por lo que hubo que recurrir a los disparos. El primero en el sótano no lo mató de hecho y Rasputín subió las escaleras "resucitado".Una escena increíble antes de que pudieran abatirlo con tres disparos más. Posteriormente, se arrojó el cadáver al Nevá sin los pesos que debían hundirlo. Fue una chapuza y un final estrambótico digno del personaje.


placeholderEl cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)
El cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)

La novedad es que Beevor descarta en su libro explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia, hipótesis popularizada en 2004 por Andrew Cook y que Sebag Montefiore recogió como verosímil en Los Romanov. Beevor la considera directamente "teoría conspiranoica" sin respaldo documental en el libro. La explicación que nos da al respecto durante nuestro encuentro con él en Madrid va aún más lejos: el propio jefe del servicio secreto británico en Petrogrado, el teniente coronel Samuel Hoare –que sería posteriormente embajador en España durante la Segunda Guerra Mundial– consideró el plan "demasiado amateur, ridículo y caótico" para implicarse, y se ocupó de que Rayner no estuviera en la ciudad aquella noche. Los británicos dejaron hacer, convencidos de que saldría bien, pero el tiro de gracia lo disparó Purishkévich.

Beevor descarta explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia contra Rasputín

El final de Rasputín no evitó, por supuesto, la caída de la monarquía. Tal y como explica Beevor este destino se había labrado mucho antes con las decisiones de Nicolás y Alejandra y el propio gurú. Al final, el sueño premonitorio de la emperatriz viuda del zar Alejandro III, María Fiódorovna, que aseguraba que un mujik asesinaría a su hijo fue solo en parte cierta: serían varios mujiks con la Revolución de Febrero y en última instancia, en Ekaterimburgo cuando la familia fue fusilada al completo en 1918.