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miércoles, 29 de julio de 2026

El tábano contra el chatbot

 



El riesgo no es que la IA sea malvada. Es que sea demasiado amable. Que aprendamos a preferir la conversación sin fricción. Que deleguemos en ella no solo las tareas tediosas sino las preguntas incómodas


Cuenta Platón que cuando Theuth, dios egipcio de la escritura, presentó su invento al rey Thamus, lo hizo prometiendo el remedio definitivo contra el olvido: una medicina para la memoria y la sabiduría. Thamus escuchó y desconfió. Había vivido lo suficiente como para desconfiar de los regalos divinos. Intuyó que la escritura no fortalecería la memoria, sino que la atrofiaría, y daría a los hombres la apariencia del saber, no el saber mismo. El mito del Fedro es la primera advertencia de la historia sobre el abismo que separa lo que una tecnología promete de lo que finalmente entrega.

A finales de los años noventa, cuando internet empezaba a colonizar los hogares con su melodía de módem, circulaba una utopía que hoy resulta enternecedora: la red nos haría libres, iguales y cercanos. Los optimistas eran legión e imaginaban una ágora global donde el conocimiento fluiría sin jerarquías y el ser humano, conectado a su semejante en las antípodas, comprendería que la humanidad era una sola familia.

Nadie —o casi nadie— predijo lo que sucedería. Hubo algunas Casandras. Pensadores como Sherry Turkle o Neil Postman advirtieron que una sociedad más conectada no tenía por qué ser una sociedad más cercana y que toda tecnología transforma aquello que promete mejorar. Unos pocos aguafiestas insistían en que la conversación pública acabaría subordinada a la lógica de la atención. Pero, como ocurre con todas las Casandras, sus advertencias sonaban entonces a nostalgia, miedo al progreso y la eterna sospecha de quienes no saben adaptarse.

Lo que vino después ya lo conocemos. Estaríamos más solos. La polarización no sería un efecto secundario sino el combustible del negocio. Los algoritmos aprenderían que la indignación engancha más que la verdad, y que el odio es más viral que la compasión. Creíamos que las redes sociales fomentarían la empatía. Nadie —o casi nadie— auguró que ocurriría justo lo contrario: nunca habíamos tenido tantos amigos, y nunca nos habíamos sentido tan profundamente solos.

Ahora llega la inteligencia artificial. Y lo hace, también, con una promesa. El sueño de Descartes hecho chatbot: una razón pura, sin cuerpo, sin pasiones, sin los humores que enturbian el juicio. Para el solitario, alguien que escucha. Para el ansioso, algo que responde a las tres de la madrugada. Para el estudiante, un tutor de paciencia infinita.

Sócrates, que algo sabía de conversaciones, desarrolló un método que consistía en generar incomodidad, en hacer que el interlocutor tropezara con sus propias contradicciones. El diálogo socrático es fértil porque es incómodo. La inteligencia artificial, en cambio, está entrenada para complacer. Es el antisócrates: una entidad que sabe todo y duda de nada, que raramente nos cuestiona y que, cuando lo hace, lo hace con tanta cortesía que apenas duele.

El riesgo no es que la IA sea malvada. Es que sea demasiado amable. Que aprendamos a preferir la conversación sin fricción. Que deleguemos en ella no solo las tareas tediosas sino las preguntas incómodas. Si las redes sociales nos enseñaron a reemplazar la amistad por el seguimiento, la IA podría enseñarnos a reemplazar la sabiduría por la información. Y entre ambas cosas hay una diferencia que Platón ya señaló: la información puede almacenarse, la sabiduría solo puede vivirse.

La distopía que deberíamos temer no es un mundo de robots asesinos, sino algo más triste: una humanidad que ha encontrado en la máquina un sustituto tan eficiente que ha dejado de tener experiencias propias.

Thamus tenía razón sobre la escritura, aunque eso no impidió que la escritura fuera también lo más hermoso que la humanidad haya producido. Quizá con la inteligencia artificial ocurra algo parecido: que el diagnóstico sombrío y la posibilidad luminosa convivan sin resolverse. Pero para que la posibilidad luminosa se realice, necesitamos hacer algo que los algoritmos no pueden hacer por nosotros: ser tábano. Pensar. Dudar. Resistirnos. Ser tan incómodos e impredecibles como siempre hemos sido.



por

Eduardo Infantejunio 2026https://retinatendencias.com/techsociety/el-tabano-contra-el-chatbot/

viernes, 10 de julio de 2026

Por qué sufrimos más en la época más cómoda de la historia, explicado por un psiquiatra


(istock)


La falta de aceptación y las expectativas poco realistas sobre el mundo son la causa principal del aumento del sufrimiento en las sociedades del mundo actual



Uno de los fenómenos más llamativos en las sociedades actuales es el aumento del sufrimiento. Es una gran paradoja, porque nunca hubo tanto desarrollo tecnológico y tanta comodidad para las personas a lo largo de la historia. Y, pese a ello, somos menos felices que generaciones anteriores y tenemos menos resiliencia, menos capacidad de adaptarnos y sobrevivir de forma saludable a adversidades de la vida. ¿Por qué ocurre esto?

Los expertos consideran que la clave es la falta de aceptación, las expectativas poco realistas sobre el mundo. Nuestros antepasados vivían en un mundo hostil, que no controlaban, con escaso desarrollo tecnológico. Aceptaban que el sufrimiento era omnipresente en el mundo y sus expectativas eran limitadas: con no sufrir, se encontraban satisfechos. Además, cuando el sufrimiento les llegaba, como nos ocurre a todos de forma inevitable, sus profundas creencias religiosas estructuraban un sentido al sufrimiento que les servía para atravesarlo con más fortaleza.

El ser humano actual funciona de diferente forma. El impresionante desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha disparado la sensación de control del ser humano, la idea de que puede manipular cualquier situación a su antojo. Incluso hay personas que afirman que, en pocas décadas, habremos vencido a la muerte. Sobre este caldo de cultivo, los sufrimientos inevitables que tenemos que experimentar los seres humanos no se aceptan. Así, una catástrofe natural o una enfermedad terminal, se consideran fallos de previsión y se tiende a buscar culpables en los técnicos, que no han sabido identificar la catástrofe. o en los médicos que no han podido prever o curar la enfermedad. Por otra parte, como las creencias espirituales están en franco retroceso, porque la ciencia ha devenido el nuevo "becerro de oro", tampoco existe ya consuelo cuando golpea la adversidad. Y nos sentimos solos y desamparados en un mundo hostil.

Una de las fortalezas que se ha perdido y que se considera nuclear en la psicología actual es la aceptación. Tiene muy mala fama en las sociedades desarrolladas porque se le asocia a resignación, a inacción o a conformismo. Pero no es nada de eso, es la sabiduría de los antiguos aplicada a nuestro mundo actual.

Los seres humanos vamos a tener que experimentar muchos sufrimientos de forma inevitable. Algunos están ligados al proceso de impermanencia como la vejez, la enfermedad o la muerte nuestra y de nuestros seres queridos. Y otros, tienen su base en nuestra incapacidad de controlar el mundo, y aquí se incluyen todas las catástrofes naturales. La aceptación sólo se aplica en situaciones que no podemos cambiar, que están fuera de nuestra capacidad de actuación, de las que no podemos escapar.

La aceptación es lo contrario a las expectativas rígidas, a nuestra necesidad de control del mundo. Ligada a prácticas como la meditación, la aceptación nos enseña que este mundo nunca lo podremos controlar, y que es inútil planificar todas las posibilidades existentes para prevenirlas (lo que llamamos habitualmente preocupación o rumiación), porque nunca podremos analizar todas las posibilidades existentes y nunca hay certeza de que aquello que planteamos como solución podamos realmente ejecutarlo. Los seres humanos solo podemos controlar nuestras acciones, pero NUNCA el resultado de nuestras acciones, ya que dependen de múltiples circunstancias, no sólo de lo que nosotros hacemos.no del resultado, a apreciar esta hermosa y salvaje vida ocurra lo que ocurra, y a sentir afecto infinito por todos los seres vivos con los que compartimos este planeta, esta increíble oportunidad de ser felices y amar, que es la vida.


Por
Dr. Javier García Campayo
30/05/2026 - 05:00
https://www.elconfidencial.com/salud/2026-05-30/aceptacion-sufrimiento-felicidad-resiliencia-humanos-1hms_4293238/

viernes, 12 de junio de 2026

Blanquear al negro: ¿a quién dignifica un trabajo que no permite una vida digna?

 


El orgullo obrero no es una cuestión de autoestima individual, sino una conciencia cívica: la de pertenecer a quienes construyen, protegen y conservan el bien común.


Son las siete y media de una tarde de noviembre. Afuera ya es noche cerrada. Un joven de la generación Z llega a casa después de trabajar. Saluda a su compañero de piso. Pone una lavadora mientras prepara la presentación de mañana. Se da una ducha rápida y se pone el pijama. Le habría gustado hacer algo de deporte o quedar con algún amigo, pero es tarde y está demasiado cansado. Cena de pie en la cocina. Con una mano come un táper recalentado que le envió su madre; con la otra responde al mensaje que acaba de mandarle su jefe. Le apetecería relajarse viendo una serie, pero los ojos se le cierran. Está exhausto y aún faltan tres días para el sábado.

Mañana tendrá que madrugar otra vez si quiere llegar a tiempo a la oficina. Pierde casi dos horas diarias en los trayectos que lo llevan y lo traen de su piso de sesenta metros cuadrados al cubículo de dos en el que curra a destajo. Necesita superar la próxima evaluación de desempeño para conservar el empleo. Está tan agotado que no le quedan fuerzas para pensar cómo salir de ese callejón. No entiende cómo, a pesar de haber estudiado lo que demandaba el mercado, ha terminado prisionero de un sistema que le impone una autoexplotación constante. Reconoce los síntomas de la depresión. Sabe que necesita ayuda profesional, pero no tiene ni tiempo ni dinero.

Su hermano mayor cree que pertenece a una generación de cristal: instalada en la queja, incapaz de asumir las obligaciones de la vida adulta y acostumbrada a utilizar la salud mental como excusa para no hacer lo que otros hicieron sin lloriqueos. Le repite que debería sentirse agradecido por tener trabajo y que, si se sacrifica, tarde o temprano la precariedad quedará atrás.

Pero él se pregunta: ¿a quién dignifica el trabajo cuando no alcanza para una vida digna?

La pregunta es honesta y, por eso, deberíamos afrontarla con valentía. Ese joven exige que lo miremos a los ojos y le demos una respuesta igual de honesta. Nada hay más mezquino que culpabilizar a las víctimas.

Ahora bien, conviene ser prudentes para no tirar al niño con el agua sucia. La proposición “el trabajo dignifica” no es falsa. La falacia está en esta otra: “el trabajo alienado dignifica”. El problema no es el trabajo, sino la alienación.

Trabajar es una de las bases que cimentan la dignidad. Es una potencia profundamente humana: la capacidad de dar forma al mundo y, al hacerlo, darnos forma también a nosotros mismos. Es poiesis: convertir una materia en obra, una necesidad en creación, una idea en realidad. Trabajamos cuando levantamos una casa, curamos una herida, enseñamos a un alumno, cultivamos la tierra o componemos una canción. En esa actividad no solo producimos: cooperamos, aprendemos, transmitimos saberes y nos reconocemos como parte de un mundo común.

Pero, en condiciones alienantes, como las que sufre nuestro protagonista, el trabajo pierde esa potencia emancipadora y degrada al trabajador hasta convertirlo en mero instrumento o mercancía al servicio de la acumulación de capital. El problema no es la actividad humana, sino las estructuras que la degradan en mera supervivencia. Si el trabajo ha de dignificar, debe garantizar las condiciones materiales de una existencia digna.

Otro gallo cantaría si cantara el gallo rojo, si se democratizara la empresa, se subordinara la economía al bien común, se protegiese el tiempo de vida o se pusiese la producción al servicio de la sociedad y no al revés.

Porque, libre de alienación, el trabajo es un bien. En eso consiste el orgullo obrero: en saberse parte esencial de la creación y el sostenimiento de la vida común. Son los trabajadores quienes producen la riqueza y el bienestar del que todos disfrutamos. Cuando un obrero contempla cómo una enorme mole de hierro sale de su astillero para surcar los mares, se dice a sí mismo: “Ese barco lo he construido yo junto a mis compañeros”. Cuando un maestro estrecha la mano del cirujano que un día se sentó en su aula, piensa: “Yo ayudé a formarlo”. Cuando un agricultor contempla fruta en el mercado que nació en su tierra, sabe: “Algo de mis manos ha llegado hasta ahí”.

El orgullo obrero no es una cuestión de autoestima individual, sino una conciencia cívica: la de pertenecer a quienes construyen, protegen y conservan el bien común.

Decía Marx que un negro es un negro y que solo bajo determinadas condiciones económicas un negro es un esclavo. De lo que se trata no es de blanquear al negro, sino de transformar las estructuras que convierten el color de su piel en un dispositivo de dominación. Cambiemos cuanto deba ser cambiado en un sistema que ha convertido una de las mayores fuentes de dignidad humana en uno de los instrumentos más crueles de opresión.




porEduardo Infantemayo 2026https://retinatendencias.com/opinion/blanquear-al-negro-a-quien-dignifica-un-trabajo-que-no-permite-una-vida-digna/

jueves, 7 de mayo de 2026

¿Es el modelo financiero el cuello de botella de la soberanía europea?



Mientras las principales economías europeas aceleran los planes para integrar sus mercados de capitales, la gran paradoja financiera del continente queda cada vez más expuesta: el bloque es rico en ahorro, pero pobre en capital dispuesto a financiar su propio futuro tecnológico. ¿Podrá esta vez transformar esa abundancia en riesgo productivo?


El continente no sufre una crisis de ideas. El bloqueo está en las tuberías de su sistema financiero. Acumula enormes reservas de ahorro, pero esos recursos rara vez terminan llegando a las industrias que podrían definir su futuro tecnológico.

El problema reside en buena medida en una estructura heredada de otra época. La financiación empresarial sigue dependiendo en gran medida de los bancos. Los mercados de capital permanecen fragmentados y los inversores pacientes siguen siendo escasos. Esa combinación limita la financiación de tecnologías intensivas en capital.

La región acumula un elevado volumen de ahorro doméstico, pero gran parte de ese dinero termina en el ladrillo, en la deuda pública o en activos de bajo riesgo, más orientados a preservar valor que a financiar innovación. Mientras tanto, muchas startups tecnológicas acaban financiándose con capital extranjero.

La urgencia por reformar este sistema empieza ahora a entrar en la agenda política. Las seis mayores economías de la Unión Europea (Alemania, Francia, Italia, España, Países Bajos y Polonia) han empezado a coordinarse en lo que algunos ya denominan el E6, un grupo informal creado para impulsar reformas destinadas a reforzar la soberanía económica y la competitividad del bloque. Entre sus prioridades figura avanzar hacia una mayor integración de los mercados de capitales y movilizar ese enorme volumen de ahorro hacia inversión productiva.

Este impulso responde también a un contexto geopolítico más exigente. En un mundo en el que aliados como Estados Unidos actúan cada vez más como adversario y en el que China compite con reglas propias, varios gobiernos empiezan a asumir que la fragmentación financiera ya no es solo un problema económico, sino también estratégico.

Esa fragmentación tiene raíces propias. La banca parece diseñada más para financiar el pasado que el futuro. Los mercados de capitales y el capital riesgo siguen desempeñando un papel modesto. Más de dos terceras partes de la financiación empresarial en la Unión Europea procede de entidades financieras, frente aproximadamente un cuarto en Estados Unidos.

Las entidades del bloque están sujetas a una regulación que favorece activos seguros, principalmente hipotecas y deuda pública. Algo similar ocurre con el ahorro gestionado por aseguradoras y fondos de pensiones, cuyos marcos regulatorios penalizan las inversiones ilíquidas y de mayor riesgo. El resultado es un sistema que protege el capital existente, pero moviliza con más dificultad los recursos necesarios para financiar nuevas industrias.

Este sistema funciona mejor en entornos previsibles que en momentos de disrupción tecnológica acelerada. A la dependencia bancaria se suma otro factor: la fragmentación de los mercados de capital. Proyectos que en Estados Unidos pueden financiarse en un único mercado deben navegar aquí múltiples jurisdicciones y regulaciones, una realidad que ya describía el informe Letta.

No es casualidad que el tema haya vuelto al centro del debate político en Bruselas. Las principales economías presionan para reforzar la supervisión financiera a escala europea con el objetivo de integrar esos mercados y facilitar que el ahorro financie nuevas inversiones.

Para intentar corregir la situación, la Comisión ha impulsado los ELTIF, los fondos europeos de inversión a largo plazo. Son vehículos diseñados para canalizar el ahorro, incluido el de los pequeños inversores, hacia activos de largo plazo como centros de datos, redes digitales o infraestructura energética.

Si despegan, podrían movilizar hasta 400.000 millones de euros. No es una cifra menor, pero tienen límites. Son activos poco líquidos que no se pueden vender rápidamente si el mercado cambia. Es inversión a fuego lento en un sector que avanza a gran velocidad.

Mientras tanto, la brecha de financiación sigue ahí. Las startups del continente captan apenas el 17 % de la financiación mundial en inteligencia artificial, frente al 60 % de Estados Unidos. Esa brecha refleja también un cambio profundo en la naturaleza de la innovación tecnológica.

Durante años la innovación digital se asoció a empresas de software. Un pequeño equipo podía crear un producto y escalarlo sin grandes necesidades de capital. La inteligencia artificial empieza a alterar esa lógica.

La IA empieza a parecerse menos a software y más a infraestructura. La innovación digital regresa a la lógica de la industria pesada.

Entrenar modelos de frontera exige centros de datos, chips especializados y grandes cantidades de energía. La tecnología se ha vuelto física, industrial y costosa.

El gasto mundial en infraestructura de IA podría superar los 2,3 billones de euros en 2026, concentrado sobre todo en Estados Unidos y Asia.

A principios de marzo, Yann LeCun anunció la creación de una startup en París dedicada a una nueva generación de modelos. Recaudó 900 millones de euros en su primera ronda, una de las mayores vistas en el continente. Incluso así, es una gota comparada con la deuda que gigantes como Amazon o Microsoft emiten para expandir su capacidad de cómputo en la nube.

En esta liga, el talento es necesario, pero la disponibilidad de capital acaba condicionando quién puede entrenar los modelos más avanzados.

La infraestructura de IA opera en un mercado global donde la escala financiera se convierte en una ventaja estratégica. Ese volumen de inversión pesa cada vez más en el sector, y las empresas que lo alcanzan construyen una posición casi imposible de replicar.

El capital riesgo es solo una parte de ese sistema. Cada vez pesan más las alianzas entre startups, grandes tecnológicas y empresas industriales capaces de aportar capacidad tecnológica crítica. Un ejemplo es Mistral AI, cuyo crecimiento se ha apoyado en grandes rondas de financiación y en acuerdos con actores industriales como ASML, la compañía neerlandesa que domina el mercado mundial de máquinas de litografía avanzada.

En Estados Unidos ese ecosistema lleva décadas consolidándose. Empresas como Nvidia, Google o Microsoft no solo desarrollan tecnología: también invierten en startups y financian infraestructura. La inversión genera tecnología; la tecnología crea empresas; y esas empresas demandan más infraestructura.

En la región ese motor todavía funciona con menos tracción. Ante esa limitación del capital privado, el bloque intenta compensar sus carencias con política industrial. Programas como AI Factories buscan ofrecer supercomputación pública a investigadores y empresas. Que sea necesario un esfuerzo público para cubrir lo que el mercado no provee muestra hasta qué punto el ecosistema sigue buscando su equilibrio.

Resolver el atasco financiero no garantiza el liderazgo tecnológico, pero sin capital propio el continente difícilmente puede aspirar a un papel central en la próxima ola.

Si el ahorro interno no sostiene su propia cadena de valor, la región corre el riesgo de convertirse sobre todo en un gran mercado de adopción, más consumidor que productor de las tecnologías que definirán la próxima fase de la economía digital.

El E6 es, por ahora, la apuesta más concreta en esa dirección. Si las seis mayores economías del bloque logran traducir su coordinación en reformas reales, la pregunta dejará de ser abstracta.

La soberanía tecnológica depende tanto del talento como de los recursos que un sistema económico es capaz de movilizar. La incógnita no es si el ahorro existe. Es si el sistema tiene la arquitectura, y la voluntad, para ponerlo a trabajar.




porFernando MaldonadoAbril 2026https://retinatendencias.com/analisis/es-el-modelo-financiero-el-cuello-de-botella-de-la-soberania-europea/

viernes, 10 de abril de 2026

¿Europeos “vagos” contra estadounidenses “emprendedores”? Por qué sobreviven ciertos tópicos

 

A un lado, la Torre Eiffel. Al otro, el Empire State Building. Dos capitales y dos formas de entender la vida.Getty Images / Collage: Blanca López


El enfrentamiento entre la “vieja” Europa y los “dinámicos” Estados Unidos es un antiguo mito que la actualidad revive cada poco, pero ¿cuánto hay de real y por qué hemos llegado a considerar válidos esos lugares comunes?


Los filósofos llevan siglos reflexionando sobre ello: ¿Cuál es la esencia de Europa? Hace algunos días falleció Jürgen Habermas, que defendió que Europa es el lugar donde la democracia avanza gracias al diálogo. George Steiner, en La idea de Europa, cifró la singularidad del continente en sus distancias (a escala humana), en la existencia de cafés y en el peso de su historia, que a veces conduce a la melancolía; y Peter Sloterdijk considera que la civilización europea se caracteriza porque coloca el poder espiritual por encima del poder pasajero de la fuerza. No obstante, Internet no le da tantas vueltas: la esencia de Europa se encuentra condensada en el bigote de Roberto Conigliaro, una mata de pelo negro bajo unas gafas de sol setenteras donde caben las ideas de todos esos pensadores.

Conigliaro es uno de los miembros de Mind Enterprises, el dúo de músicos que llena salas de todo el mundo gracias a sus videos virales. Ellos son esos italianos que bailotean casi con desgana, visten ropa deportiva de los ochenta y fuman y beben Campari mientras pinchan italodisco en balcones con ropa tendida de fondo. Con su aspecto anacrónico, sus copas y sus cigarros, se han convertido en un símbolo de la despreocupación europea y protagonizan infinidad de memes: son perezosos, moderadamente autodestructivos e infinitamente cool. Muchos otros memes que circulan desde hace poco difunden estereotipos similares: el chef Anthony Bourdain se relaja al sol en la terraza de un café, suponemos que parisino, y alguien escribe que así —de tranquila— es cualquier “mañana laborable en Europa” o unos jóvenes fuman y beben en una terraza en Marbella y el comentario es que “los estadounidenses no podrían comprenderlo”.

También hay versiones menos amables. En la cuarta temporada de Succession, Gerri, una directiva americana que hace negocios con una empresa sueca, comenta: “Son europeos. Son blandos. Están apoltronados en sus redes de seguridad social y enfermos de esa manía por las vacaciones y la sanidad gratuita. Se creen vikingos, pero a nosotros nos han criado los lobos”. Aunque se trate de un diálogo de ficción, estas líneas condensan muchas de las cosas que los estadounidenses suelen reprochar a los europeos. Por supuesto, no es algo nuevo: Henry James (nacido en Nueva York y nacionalizado británico) escribió a finales del s. XIX y principios del XX varias novelas sobre el choque entre culturas, como El americano o Los embajadores, y este también ha sido siempre un tema para el cine y la televisión: un hilo conecta Un americano en París con Emily in Paris, o Vacaciones en Roma con Vicky, Cristina, Barcelona. Pero, a medida que la tensión diplomática entre Estados Unidos y la Unión Europea aumenta, el enfrentamiento de clichés y estilos de vida también se recrudece. Como casi siempre sucede en redes sociales, es muy posible que detrás del sarcasmo y de los chistes exista un programa ideológico.


Cómo nos ven“Hoy conviven dos versiones modernas de los imaginarios clásico. Por un lado, el del europeo sofisticado, que habla idiomas, sabe historia del arte, tiene una relación lenta y ritualizada con la vida (la sobremesa, el café, el paseo, la familia y los amigos, el buen tiempo). Ese imaginario tiene prestigio especialmente entre élites culturales urbanas estadounidenses y por eso ciudades como París, Roma o Barcelona siguen siendo vistas como capitales simbólicas del buen vivir. Y, a la vez, existe una lectura más crítica, que tiene que ver con el desarrollo del sistema neoliberal. Europa como un continente envejecido, estancado en el tiempo, sin innovación. Esta visión tiene mucho que ver con el contraste entre el modelo social europeo, más garantista y burocrático, y el ideal americano de productividad y expansión”, comenta la politóloga Lilith Verstrynge.

Efectivamente, las bromas son infinitas, pero todas conducen al mismo lugar: los europeos son tan distinguidos como torpes para las finanzas. El reproche viene de lejos, porque los políticos estadounidenses todavía recuerdan los 13.000 millones de dólares que su país invirtió en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Tal y como señala el historiador Tony Judt en Postguerra: una historia de Europa desde 1945, los americanos enseguida reconocieron que el viejo mundo volvía a ser un espacio de cultura, pero las críticas sobre la falta de flexibilidad económica también aparecieron pronto (y llegan hasta nuestros días).

La profesora Nuria Peist, del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, cree que ningún tópico es inocente y que, en este caso, la rivalidad entre americanos y europeos fija una división del mundo “muy estricta y poco compleja que reproduce condiciones de desigualdad y de violencia simbólica”. Peist parte de la premisa de que las ficciones no están enfrentadas a la realidad, sino que son una porción importante de ella, de manera que, aunque “los tópicos deforman la realidad, también son efectivos a la hora de confirmarla y reproducirla”. “Sucede tanto en el cine, en el arte y en los memes de internet. Lo que pasa es que los públicos cambian, las maneras de relacionarnos también, y no es lo mismo la vivencia de mi abuela cuando iba de pequeña al cine, como pasaba en la peli Cinema Paradiso, que el bombardeo de memes que recibimos cuando escroleamos”, explica.

Patricia Bolaños, ilustradora y artista madrileña que lleva más de una década trabajando en Nueva York, confirma que muchas veces se ha reconocido en algunas bromas: “Siento que he interiorizado ciertos patrones americanos en cuanto a niveles de producción laboral, especialmente siendo freelance: estar siempre disponible, contestar rápido, no desconectar nunca del todo. En sectores como la ilustración editorial, donde la inmediatez es clave, no responder a tiempo puede significar perder un encargo”, comenta. “Los americanos siguen fantaseando con una vida europea, más ahora con la situación política en USA. Lo percibo constantemente no solo en la fetichización de destinos muy concretos como la Toscana, sino en algo más estructural: la idea de una vida más amable, más bella y más accesible, porque Nueva York es una ciudad dura, sucia y carísima”.

Cómo los vemos

En La piel, la crónica de Curzio Malaparte sobre la ocupación estadounidense de Nápoles entre 1943 y 1945 —hechos de los que el escritor fue testigo privilegiado—, los soldados estadounidenses aparecen representados como grandullones confiados, casi como niños musculosos a merced de las argucias de los napolitanos. Héctor Muniente, cineasta aragonés en Nueva York y autor del documental American Greyhounds, confirma que él también se encontró con cierto optimismo ingenuo y da por buenas las caricaturas que representan a los americanos “como unos gordinflones aventureros”: “El sueño americano sigue siendo muy chocante para un europeo y es algo que tiene que ver con la ilusión, el voluntarismo y cierta idea de salir ahí afuera a hacer cosas: siguen pensando que todo es posible”.

“Discutir sobre por qué son así puede conducir a ciertos esencialismos”, continúa Muniente. “En The End of the Myth, Greg Grandin habla de que su manera de ser, su esencia tiene que ver con la expansión porque Estados Unidos se fundó así. Y a partir de ahí, se desarrolla todo el mito del colono, de la conquista del Oeste, de Interstellar o de la obsesión de Bezos y Musk por Marte... Aunque sea trágico, ese es el corazón del país y ellos siempre tendrán se acercarán al mundo desde esas coordenadas imperialistas”.

“Es verdad que en Estados Unidos es muy fácil emprender y es muy fácil fracasar”, remarca.“Aplican a todo una estrategia empresarial. Pero ahora que estamos en un momento terrible políticamente, hay algo que me gusta de la victoria de Mamdani y es lo que llaman canvassing o porteo, que no existe en España. Aquí sacaron a miles de personas llamando puerta a puerta para convencer a otros vecinos de sus ideas políticas. Eso, que se parece tanto a montar una empresa, pero desde el otro lado, es lo único que me hace optimista de este país. Sabemos todo lo que no funciona, pero luego ves ese entusiasmo en el día a día, que todavía tiene que ver con la pastoral americana y la idea de la América feliz de los cincuenta, y siento cierta envidia”.

Bolaños explica que esos “niveles de individualismo” y entusiasmo también tienen que ver mecanismos económicos concretos que obligan a que uno siempre deba cuidar de sí mismo: “Aquí es mucho más fácil que alguien se quede sin apoyo: familias desestructuradas, falta de comunidad, ausencia de una red pública sólida. Muchos de mis amigos tienen préstamos estudiantiles altísimos que saben que tardarán décadas en pagar. En ese contexto, el endeudamiento deja de percibirse como un riesgo excepcional y pasa a ser parte del funcionamiento normal de la vida, lo que también favorece una mayor predisposición a emprender”.

Para Vestrynge, la clave detrás de todas estas percepciones reside en que Europa sigue siendo un continente que no está subordinado exclusivamente al trabajo: “Los europeos defendemos ese legado como la consecuencia de años de luchas colectivas, de historia, de derechos adquiridos, de valores compartidos… Cosas que para los americanos son un claro signo de decadencia, de atraso con respecto al ritmo del mundo y de que vivimos en un lugar con mucho pasado, pero menos futuro. Cuando desde Estados Unidos se critica el rumbo equivocado de Europa se está señalando una cultura política que desconfió del poder ilimitado, de las monarquías absolutistas, de las élites, de la nobleza. La separación de poderes, el derecho, la proporcionalidad, el Estado social… todo eso es herencia ilustrada y todo eso es Europa. Es también la idea de que el progreso debe tener ciertos límites. Que no todo lo técnicamente posible es políticamente deseable y hoy lo vemos de manera muy clara, por ejemplo, en la IA”.

Una broma inofensiva o una rivalidad ideológica

Saliendo de la estación de Atocha es una novela publicada por el poeta estadounidense Ben Lerner en 2011. Basada en su experiencia como becario en Madrid, se sorprende por la intensidad de la vida nocturna y el uso del espacio público en la ciudad, con personas de todas las generaciones compartiendo las plazas a medianoche. También descubre lo fácil que le resulta hacer amigos (desarrolla una técnica: se queda de pie en bares abarrotados hasta que alguien piensa que él forma parte de su grupo y comienza a hablarle). El libro de Lerner es un estupendo retrato del Madrid de aquellos años y, sin embargo, también contiene algunas observaciones como las anteriores o las que tienen que ver con una supuesta carga histórica que podrían considerarse tópicas. Como recuerda Peist: “Los tópicos no están fundados en la nada, sino que son formas de organizar lo social”.

“El arte es una parte más de este proceso”, continúa la profesora. “Entendiendo que las ficciones forman parte de la realidad, no pueden ser una diversión inocua. Los cuadernos de viajes y las pinturas de los románticos estaban llenos de exotismo: lo distinto atraía porque divertía y excitaba todo lo alejado de la modernidad. Esta actitud es típica burguesa. Se mira lo raro para ser retratado y siempre es un afuera, un otro, como ya sucedía en las famosas pinturas de Brueghel del siglo XVI, que retrataban la diversión popular fuera del hogar burgués. Como pasa con el reguetón, que nos fascina y repugna a la vez, esta es una postura del todo colonial”.

Está en nuestra naturaleza: por muy conscientes que seamos de todo esto, no podemos dejar de participar en la circulación de imágenes y relatos. Y, aunque sepamos que en tiempos de rivalidad geoestratégica las diferencias se exageran, seguimos reconociéndonos en algunos de los memes que nos llegan desde Estados Unidos (y ellos harán lo propio con los que difundimos los europeos). Así que no todos los italianos son tan aficionados al Campari como los integrantes de Mind Enterprises, pero algunos sí que se parecen a ellos y, desde que se han hecho populares, otros los imitarán. Ojalá todos monten sesiones tan divertidas.


Enrique Rey
Murcia - 21 MAR 2026 - 05:30 CET
https://elpais.com/icon/2026-03-21/europa-contra-america-por-que-los-topicos-sobre-el-europeo-perezoso-y-el-estadounidense-emprendedor-funcionan-hoy-mejor-que-nunca.html

martes, 7 de abril de 2026

JP Morgan advierte que Tesla podría caer un 60% en bolsa, pero ¿por qué?



Logo de Tesla. (Reuters)



El mayor banco del mundo prevé que Tesla reporte 30 centavos por acción en el primer trimestre, pero señala que las expectativas generales para este período llegaron a alcanzar los 3,68 dólares



El analista de JP Morgan, Ryan Brinkman, avisa que las acciones de la compañía que dirige Elon Musk podrían experimentar una caída del 60% en bolsa e insta a los inversores a actuar con cautela, según ha informado esta tarde Bloomberg.

El analista se centra en el desajuste entre el deterioro de las expectativas de Tesla y la subida bursátil que firman sus acciones. Brinkman asegura que la compañía se enfrenta a un panorama sombrío tras incumplir las previsiones de entrega en el primer trimestre del año, al mismo tiempo que afirma que a pesar de la subida bursátil de estos últimos años (un 50% desde 2022), las expectativas financieras también se están desgastando.

Para entender este desgaste, el analista hace referencia a las ganancias por acción, un indicador clave que muestra la rentabilidad de una empresa. Ahora prevé que Tesla reporte 30 centavos por acción en el primer trimestre, pero señala que las expectativas generales para este período llegaron a alcanzar los 3,68 dólares. Así, advierte que esta tendencia "no genera confianza en la capacidad de la compañía para alcanzar sus ambiciosos objetivos a largo plazo" y añade que las expectativas de ganancias por acción para 2030 ya son aproximadamente un 38% inferiores a las de 2022.

Las acciones de Tesla cotizan ahora alrededor de los 350 dólares y registran una caída superior al 20% en lo que va de año. La compañía alcanzó su máximo en diciembre del año pasado (499 dólares por acción), cuando comenzaron a realizarse más pruebas con robotaxis. De hecho, Elon Musk ha señalado en varias ocasiones que este 2026 será clave para la compañía puesto que comenzará la producción de un robotaxi y de un robot humanoide, este último a finales de año, a la vez que prevé expandirse a más ciudades dentro de Estados Unidos.

No obstante, Brinkman apunta al enorme gasto de estos planes, en un momento en el que la compañía ha mostrado un bajo rendimiento en ventas, lo que ha agravado sus problemas de flujo de caja libre. Tesla vendió 358.023 vehículos eléctricos en el primer trimestre de 2026, un dato que quedó por debajo de las expectativas de Wall Street, pero supuso una mejora con respecto al flojo trimestre del año anterior.

A esto se suma un despliegue de productos de almacenamiento de energía un 39% inferior a lo previsto, lo que revela un descenso inesperado tras dos trimestres de crecimiento. Este resultado negativo llevó a Ben Kallo, analista de la firma de inversión Baird, a rebajar el precio objetivo de Tesla de 548 a 538 dólares.

Pero no todo son malas noticias. Frente al aviso de cautela de Brinkman, Andres Sheppard, analista de Cantor Fitzgerald, ha asegurado este lunes que la reciente debilidad en el precio de las acciones de Tesla sirve como un "buen punto de entrada" para los inversores.

“Consideramos que el año fiscal 2026 será un año de transformación para la compañía, ya que está en transición hacia la autonomía, la IA y la robótica”, ha escrito Sheppard en una nota a sus clientes. Apoyado en estas expectativas, el analista mantiene una recomendación de sobreponderar para Tesla, con un precio objetivo de 510 dólares.


miércoles, 18 de marzo de 2026

La guerra de las enciclopedias: Elon Musk contra Wikipedia



Wikipedia cumplió 25 años el 15 de enero. La batalla más importante de su historia acaba de empezar. ¿Podrá sobrevivir?


La mayor base de conocimiento jamás creada. Uno de los mayores experimentos de colaboración humana. Así es Wikipedia: un acervo vivo que pertenece a todos. La dirige una fundación sin ánimo de lucro. Sin publicidad. Sin recogida de datos personales. Vive de las donaciones de particulares.

Su mayor logro en estos 25 años ha sido generar consensos sobre temas espinosos. Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge destaca que con el tiempo se ha vuelto más fiable. Siempre persiguiendo esa quimera que es la neutralidad. Algo inalcanzable en la práctica. El historiador Edward H. Carr ya lo advirtió: al seleccionar qué hechos son relevantes y cuáles no, se introduce inevitablemente una interpretación, una visión del mundo. Una idea extensible tanto al periodismo, al decidir qué es noticiable, como a las entradas de una enciclopedia online.

Por eso los conflictos de Oriente Medio también saltan a sus páginas. Allí, un ejército de voluntarios anónimos actualiza contenidos y debate qué eventos añadir y cómo contextualizarlos hasta lograr consenso. Varias versiones de un mismo hecho se generan en la trastienda, pero solo una es visible. Por debajo, cuando el tema es sensible, estallan guerras de edición. Ya sea sobre Gaza o sobre figuras políticas controvertidas como Charlie Kirk.

Cualquiera puede publicar siguiendo el principio de que todo hecho requiere una fuente fiable, verificable, con estándares reconocidos. Por detrás, los editores revisan. En casos extremos se limita quién puede trabajar en ciertas entradas. A 14 editores, por ejemplo, se les prohibió editar páginas relacionadas con Israel y Palestina. En otros casos solo pueden participar quienes han contribuido numerosas veces. Son excepciones. Pero existen mecanismos de control: una jerarquía dentro de la edición e incluso un comité de arbitraje para los casos más polémicos.

Hasta ahora ha sido posible llegar a acuerdos. Pero el proyecto fue concebido en otra era. Una era anterior a las redes sociales, cuando el ritmo de la información permitía mayor deliberación. Un debate más sosegado. Hoy irrumpen dos fuerzas poderosas que lo impiden. Por un lado, los algoritmos prometen respuestas instantáneas. Por otro, la polarización política convierte cada dato en campo de batalla ideológico. Resulta muy tentador controlar esta inmensa base de conocimiento.

El 20 de enero de 2025, un editor decidió incluir una nota sobre Elon Musk. Mencionaba que durante un mitin político había realizado el saludo nazi desde el escenario. A los pocos minutos se debatía ya una entrada. El primer punto conflictivo: decidir si ese gesto era suficientemente relevante. Después vendría cómo debía recogerse. Hoy la polémica tiene su propia página.

El episodio no se quedó ahí. No sentó bien al propietario de X, antes Twitter, que ya había tenido un enfrentamiento personal con Jimmy Wales, uno de los fundadores de la enciclopedia. Llovía sobre mojado. Desde entonces, Musk intensificó sus críticas por lo que considera un sesgo woke. Llegó a afirmar que era una extensión de la propaganda de los medios tradicionales. Y denunció la ausencia de medios conservadores como fuentes autorizadas.

Canalizó su furia creando un competidor. A finales de octubre de 2025 lanzó Grokipedia. La presentó como una enciclopedia mejorada y sin sesgos, con contenidos más precisos gracias a la inteligencia artificial. Ya no es una red de personas y sus deliberaciones la que crea y valida el contenido. Ahora son las máquinas. El día del lanzamiento, Musk compartió en X: «El objetivo aquí es crear una colección completa y de libre acceso a todo el conocimiento«.

Por supuesto, este lanzamiento quedó recogido en Wikipedia:

Aunque aún se desconocen los detalles de su funcionamiento, los visitantes pueden sugerir ediciones mediante un formulario emergente para reportar información errónea. Pero, a diferencia de Wikipedia y otras enciclopedias basadas en wikis, no pueden editar directamente los artículos.

Grokipedia tiene su propia entrada, donde se define así:

Grokipedia es una enciclopedia online basada en IA. Fue anunciada por Elon Musk el 30 de septiembre de 2025, en respuesta a las críticas de David O. Sacks sobre el sesgo de Wikipedia, y lanzada el 27 de octubre de 2025 por xAI, una empresa estadounidense de inteligencia artificial fundada por Musk.

La definición esconde un detalle revelador: menciona como promotor intelectual del proyecto al principal asesor de la Casa Blanca en materia de IA. Vínculo directo entre esta iniciativa y la necesidad del poder político de controlar bases de conocimiento que no considera afines.

Pero la amenaza de la IA para Wikipedia no solo se materializa en el proyecto de Musk. También actúa desde dentro. Hoy muchos accesos no son de personas que buscan información. Son algoritmos que usan su contenido para entrenarse. Los grandes modelos de lenguaje se nutren de ella. Pero si la gente obtiene respuestas directamente de ChatGPT, Gemini o Perplexity, deja de visitarla. Y eso ya se nota: aunque se mantiene en el top 10 de páginas más visitadas del mundo, el número de usuarios ha descendido.

A esto se suma otro problema. Parte del contenido empieza a ser generado por IA. Los voluntarios que revisan no pueden controlarlo todo. La velocidad a la que se genera información es demasiado alta. Arrastra errores y alucinaciones más rápido de lo que ningún ejército humano puede detectar.

Wikipedia es, con todas sus imperfecciones, un faro en la era de la posverdad. Un proyecto que ha madurado. Fiable no por alcanzar una neutralidad imposible, sino porque son personas reales las que debaten, negocian y construyen cada entrada. Personas que muestran las fuentes, los desacuerdos, el proceso. La paradoja: ese modelo humano y colaborativo se convierte en debilidad cuando el mundo abraza la inmediatez de las máquinas y la polarización del debate. Veinticinco años después de su nacimiento está amenazada. La batalla por controlar el conocimiento acaba de comenzar.




porFernando Maldonadohttps://retinatendencias.com/negocios/la-guerra-de-las-enciclopedias-elon-musk-contra-wikipedia/