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Lo sientes y te lo imaginas
(Pexels).
Una reciente investigación expone que nuestro cerebro simula el dolor ajeno como si lo sintiéramos en carne propia
¿Alguna vez has visto una película donde alguien se clava un clavo en el pie o se golpea la mano al cerrar la puerta del coche y tú también hiciste una mueca? ¿Sientes un escalofrío cuando ves a alguien recibir un golpe en la cara o algo más fuerte? Tranquilo, no es que seas una persona hipersensible ni que estés exagerando, sino que tu cerebro haciendo exactamente lo que fue diseñado para hacer.
Gracias a un innovador estudio liderado por el Dr. Nicholas Hedger y su equipo en la Universidad de Reading (Inglaterra), en colaboración con investigadores de la Free University de Ámsterdam y la Universidad de Minnesota (EEUU), ahora sabemos que nuestro cerebro literalmente 'simula' el dolor ajeno. La investigación ha demostrado que ciertas zonas del cerebro encargadas de procesar el tacto se activan incluso cuando únicamente vemos cómo otra persona está sufriendo dolor. En otras palabras: lo que ves, tu cerebro lo siente.
“Cuando ves a alguien siendo lastimado, las áreas del cerebro que normalmente se activan cuando eres tú quien recibe ese estímulo también se encienden. Tu cerebro mapea lo que ves sobre tu propio cuerpo, simulando una sensación táctil aunque no haya ocurrido nada físico en ti”, aclara Hedger en su estudio publicado en la revista Nature.
Este fenómeno no es exclusivo del dolor. También ocurre con otras sensaciones físicas, como el cosquilleo, el frío o incluso las caricias a otra persona. El cerebro humano está diseñado para empatizar de forma sensorial, construyendo lo que los expertos llaman un 'mapa corporal visual-táctil'.
El experimento: películas y resonancia cerebral
Para llegar a esta conclusión, el equipo de expertos escaneó la actividad cerebral de 174 personas mientras veían pequeños fragmentos de películas como La Red Social, Origen, Solo en Casa, Erin Brockovich, Oceans 11 y Star Wars: El Imperio contraataca. Las escenas incluían situaciones de contacto físico, tanto agradables como dolorosas. Las películas fueron precisamente escogidas por la variedad de situaciones que podían darse.
Y lo que observaron fue sorprendente: las regiones visuales del cerebro no solo procesaban las imágenes, sino que también se solapaban con regiones típicamente asociadas al sentido del tacto. Algunas zonas, como la corteza somatosensorial, se activaban en patrones similares a los que se verían si la persona estuviera siendo tocada en ese momento. Lo que veían, también lo sentían.
Un mapa corporal dentro de la visión
Lo más fascinante del hallazgo es que estas 'zonas táctiles' están organizadas en la corteza visual de forma sistemática. En las regiones dorsales (superiores), el cerebro activa áreas según la ubicación en el campo visual: si ves algo en la parte inferior de la pantalla, se activan áreas relacionadas con los pies; si lo ves en la parte superior, se activan áreas relacionadas con la cara.
En cambio, en las regiones ventrales (inferiores), la activación no depende de dónde esté la imagen, sino de qué parte del cuerpo se está viendo, como un brazo, una pierna o una mano. En resumen: tu cerebro no solo ve lo que ocurre, sino que lo traduce en coordenadas corporales propias. Es como sentir pero sin ser tocado.
Y parece que esta conexión también funciona en sentido inverso. Por ejemplo, cuando caminas por tu casa en completa oscuridad, tu sentido del tacto (como el roce de una pared o el suelo bajo tus pies) ayuda a tu cerebro a 'reconstruir' visualmente el espacio. No lo ves, pero lo sientes y lo imaginas, y es una de las razones por las que el cerebro humano es tan eficiente al interpretar el mundo.
¿Y si tu cerebro procesa el mundo de forma distinta?
Las implicaciones clínicas de este descubrimiento son enormes. Según los expertos, esta investigación podría transformar nuestra comprensión de condiciones como el autismo. Muchas teorías sugieren que las personas autistas procesan de forma diferente las emociones ajenas porque no simulan internamente lo que ven en la misma manera que el resto. Gracias a este descubrimiento, ahora podríamos evaluar esas diferencias simplemente observando la actividad cerebral, algo que puede ser especialmente útil en niños o personas con hipersensibilidad sensorial.