lunes, 30 de septiembre de 2019

LIBROS: De luna de miel en la Alemania nazi

Viajeros en el Tercer Reich
Charlie Chaplin en el Museo de Pérgamo durante su visita a Berlín en 1934. 

El libro ‘Viajeros en el Tercer Reich’, de Julie Boyd, recoge testimonios de personas que visitaron el país durante el régimen de Hitler



Aunque hoy parezca increíble, hubo gente que fue de turismo a la Alemania nazi. Y no es que fuera turismo de riesgo: no se trataba de asistir a quemas de libros, que te dieran una paliza las SA por la calle o que te detuviera un ratito la Gestapo. No, eran vacaciones normales, de relax, gastronomía, visitas culturales, sol y fiesta (y sexo), con atractivos como el festival de Bayreuth y la pasión de Oberammergau. La Alemania de Hitler fue un destino muy solicitado, en Europa y el resto del mundo, especialmente para la luna de miel. Al menos hasta que comenzó la Segunda Guerra Mundial y, ya con los bombardeos aliados —y la invasión rusa ni digamos—, cayó mucho la demanda. Todo tipo de gente, de muy diversos países y con diferentes propósitos (ocio, estudios, negocios, diplomacia, periodismo, deporte), visitó en los años treinta el nuevo país levantado por los nazis a base de cemento, rearme, testosterona y esvástica, y una buena parte de esos visitantes se llevó incluso, lo que hay que ver, una impresión positiva y hasta entusiasta de una sociedad que les pareció estimulantemente activa, moderna y optimista. Otros, por supuesto, quedaron horrorizados.
Un cartel de la agencia Cooks animando a viajar a Alemania en los años treinta.
Un cartel de la agencia Cooks animando a viajar a Alemania en los años treinta.
Miembros de una familia británica de vacaciones, con Hitler en 1935.
Miembros de una familia británica de vacaciones, con Hitler en 1935.
En Viajeros en el Tercer Reich, el auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi (Ático de los libros, 2019), la escritora británica Julia Boyd recoge magistralmente, rastreando en las fuentes originales, una abrumadora cantidad de testimonios de personas de muy diferente clase y condición, incluidos un profesor estadounidense negro, un marajá indio, un estudiante chino y personajes tan famosos como Charles Chaplin, Virginia Woolf (con su marido judío Leonard y su mono tití Mitzi), Samuel Beckett, Robert Byron o la aviadora Amy Johnston. También Simenon, que se topó con Hitler en un ascensor de hotel. Los relatos de todos ellos sobre sus estancias en el país, en diarios o cartas, arrojan luz acerca de las mentalidades de la época y la percepción extranjera del régimen de Hitler.
Uno de los testimonios más emotivos y clarificadores del libro es el de una pareja estadounidense en luna de miel a la que una angustiada mujer judía les entregó de sopetón a su hija, una chiquilla con un zapato ortopédico, en la calle en 1936, suplicando que se la llevaran de Alemania. Lo hicieron.
Constantia Rumbold, hija del diplomático británico sir Anthony Rumbold, sintió escalofríos ante la marcha con antorchas en Berlín del 30 de enero de 1933 al grito de “¡Alemania, despierta!”. “Nadie que hubiera sido testigo de cómo había desfilado esa noche el alma de Alemania por las calles podía albergar la menor duda de lo que iba a suceder”, escribió la joven. El escritor de izquierdas francés Daniel Guérin se fijó por esa época en el “éxtasis” con el que las chicas alemanas reaccionaban al pasar una unidad de las tropas de asalto y anotó perspicaz: “Sin las botas, sin el olor a cuero, sin el paso rígido y severo de un guerrero, hoy es imposible conquistar a estas Brunildas”. Particularmente intenso fue el viaje de Bradford Wasserman, un muchacho de 15 años de Virginia que acudió con sus compañeros a una reunión internacional de boy scouts y que era judío.
La escritora británica Julia Boyd en Barcelona.
La escritora británica Julia Boyd en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI
Boyd, que ha visitado Barcelona esta semana, destaca la variedad de puntos de vista que arrojan los testimonios y el interés de asomarse así a un período histórico (de la República de Weimar al final de la Segunda Guerra Mundial): “Mucha gente se había formado una opinión del país antes de viajar y luego vieron lo que querían ver. Otros cambiaron rápido”. ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”.
La autora explica que una de las cosas que debía decidir un viajero al llegar a Alemania era si iba a hacer o no el saludo nazi. ¿Era peligroso viajar a Alemania? “No para los viajeros corrientes (otra cosa es que fueras periodista), a no ser que toparas con la persona equivocada o criticaras a los nazis en público. Normalmente se recibía muy bien a los viajeros, para convencerte de la bondad del sistema”.
Julia Boyd reflexiona que uno de los atractivos del libro es imaginar qué hubiéramos percibido cada uno de nosotros en la Alemania nazi, qué hubiéramos pensado y cuál habría sido nuestra actitud.
La escritora cita como ejemplar el comportamiento de personas como Arturo Toscanini que, tras dirigir en Bayreuth en 1930 y 1931, se negó a volver a hacerlo en 1933 por la forma en que los nazis trataban a los músicos judíos, y el novelista Thomas Wolfe, que después de su visita en 1936 publicó un artículo en EE UU denunciando la persecución de los judíos y se despidió de Alemania, a la que amaba profundamente, para no volver. Ahora ya ningún viajero puede visitar el III Reich. Boyd zanja: “Afortunadamente”.

GOEBBELS, EL HOMBRE QUE ODIÓ A CHARLOT

Chaplin salió por piernas de Alemania en 1934. Viajó a Berlín para promocionar Luces de la ciudad pero el odio de Goebbels y la errónea convicción de que era judío impulsaron a los nazis a amenazarle en la calle. Mucho mejor le fue al mayor Francis Yeats-Brown, autor de las célebres memorias Vidas de un lancero de Bengala, llevada al cine como Tres lanceros bengalíes, con Gary Cooper. En una recepción en Núremberg en 1937, Hitler se acercó a saludarle con una sonrisa: la película era una de sus favoritas y había decretado que fuera de visión obligatoria para los SS. Sorprende que en el libro de Julia Boyd no aparezca Patrick Leigh Fermor, que en 1933 atravesó caminando Alemania y dejó sus impresiones en El tiempo de los regalos.“La razón es que perdió sus notas y escribió de memoria muchos años después. Aunque su libro es una maravilla, yo me he querido basar en documentación directa”.


¿Tiempo o dinero? Por qué cada vez más gente valora la conciliación por encima del salario

¿Tiempo o dinero? Por qué cada vez más gente valora la conciliación por encima del salario

Cada vez más empleados consideran la conciliación y el teletrabajo como factor determinante para su felicidad laboral. (iStockphotos)


La flexibilidad horaria es la principal variable a la hora de evaluar la satisfacción en el trabajo


La elección entre el tiempo y el dinero es un dilema tan viejo como cruel. Decidir entre disponer de horas para llevar adelante tus proyectos personales–pero sin dinero para hacerlo–, o, por el contrario, lograr el capital necesario a costa de sacrificar horas libres. Pero, ¿es posible combinar ambas cosas?
Cada vez son más los trabajadores que opinan que sí, y por ello apuestan por la flexibilidad horaria incluso por encima del sueldo a la hora de elegir un puesto de trabajo. Se trata de una tendencia impulsada por los cambios en nuestra sociedad, la desaparición del modelo tradicional de familia, la entrada de la mujer en el mercado laboral y, sobre todo, un cambio en la forma de entender la vida, donde el trabajo y el éxito profesional han perdido peso.
Hay un cambio social en la forma de entender la vida: el trabajo no lo es todo, y la flexibilidad horaria se valora más
Hay un cambio social en la forma de entender la vida: el trabajo no lo es todo, y la flexibilidad horaria se valora más (iStockphotos)
Según un reciente estudio, la conciliación es más importante que el sueldo o el éxito para un 37% de los trabajadores, un porcentaje que la sitúa como la principal variable a la hora de evaluar la satisfacción que se siente en el puesto de trabajo. Por detrás quedarían otros aspectos como la realización personal y el éxito, o contribuir a un buen objetivo, aspectos favoritos para el 19% y el 14% respectivamente. De esta encuesta, publicada por la firma Udemy for Business, también se deriva que seis de cada diez empleados aceptarían un sueldo más bajo a cambio de trabajar en una compañía cuya meta compartan, un dato que vuelve a incidir en el hecho que el sueldo no lo es todo a la hora de valorar un empleo.
A la misma conclusión llega la encuesta de Adecco sobre la felicidad en el trabajo, que en su última edición sitúa la conciliación laboral y personal como el factor determinante para alcanzar la felicidad en el trabajo. Este estudio valora con un 8,22 sobre 10 el hecho de disfrutar de un horario que permita conciliar vida persona y familiar. Los otros factores que determinan el bienestar en el trabajo son tener un buen ambiente laboral (8,21), tener un buen jefe (7,98) y, cómo no, un buen salario, preferencia situada en cuarto lugar, con un 7,94.

Seis de cada diez empleados aceptarían un sueldo más bajo para trabajar en una compañía cuya meta compartan

“Una vez que tenemos trabajo y que es más estableempezamos a valorar cosas cómo poder dedicar tiempo a los hobbies o la familia” explica Iria Vázquez-Palacios, directora de formación y desarrollo del grupo Adecco. “Adecco lleva ocho años lanzando la encuesta sobre felicidad, y este es el primero en el que la conciliación laboral alcanza la primera posición. Antes ya había aparecido pero se ha colado en primer lugar por delante del salario, que cuando comenzamos la encuesta era de los puntos más valorados”.
Este cambio tampoco es ajeno a la crisis económica sufrida años atrás, que cambió drásticamente las prioridades de los asalariados. Pero más allá de esa cuestión estacional, explican los expertos en recursos humanos que hay un factor que ha venido para quedarse: el envejecimiento de la población. “Nos estamos haciendo mayores, la natalidad cada vez es inferior y la población activa de más de 45 años incrementa puntos cada año. Y a más edad, más valoramos el tiempo libre, tenemos más responsabilidades familiares y más valoramos que la empresa nos ofrezca opciones de conciliar, y esto es lo que asemejamos más a la felicidad”.
A más edad, más se valora el tiempo libre, porque a menudo se tienen más responsabilidades familiares
A más edad, más se valora el tiempo libre, porque a menudo se tienen más responsabilidades familiares (iStockphotos)
Que la preferencia por la conciliación es una cuestión de edad lo demuestra la encuesta de Udemy, que destaca la preferencia de los millenials por un trabajo que les ofrezca un aprendizaje constante, así como posibilidades de crecimiento y desarrollo. La posibilidad de conciliar sólo es importante para un 25% de esta franja, comparada con el 48% de baby boomers que la ven como una prioridad.
Estos datos no sorprenden a Teresa Torns, doctora en Sociología y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona, que recuerda que para poder decir que algo no te gusta, que no lo quieres, “primero lo has de tener”, una posibilidad difícil de lograr para las nuevas generaciones. “Muchos ya querrían tener el problema de la conciliación cuando hay tanta precariedad”.

Los millenials valoran más el aprendizaje constante que la conciliación; los baby boomers, la ven como prioridad

Eso no significa que no exista el deseo de disponer de más tiempo libre, pero éste se detrae de otros ámbitos. “Una manera de ver por qué hay pocas criaturas es porque las mujeres han aprendido que un hijo cuesta mucho, pero no solo dinero, sino tiempo”, sentencia Torns.
“La idea de carrera individual, exitosa, en la que no te puedes distraer ni un solo minuto, ha entrado en la mentalidad de muchas mujeres jóvenes, que piensan que si no están plenamente disponibles no solo ponen en riesgo su carrera profesional, sino que se sienten frustradas, sobre todo si hacen el trabajo que les gusta”. La solución pasa por “aprender a regular el horario laboral siguiendo los momentos del ciclo de vida”, explica. “Es muy diferente la disponibilidad laboral que tienen las personas jóvenes que están entrando en el mercado laboral, que las de más de 40, o las que están pensando ya en jubilarse”.

“Es diferente la disponibilidad laboral de los jóvenes que la de los de más de 40 o la de quienes piensan en jubilarse”


¿Es posible llevar a cabo esta conciliación? Para un 86,7% de los encuestados por Adecco, una mayor racionalización de los horarios o la posibilidad de teletrabajar en ocasiones aumentaría su felicidad laboral. Unos criterios que comparte Iria Vázquez-Palacios tras experimentarlos en primera persona en su propia empresa.
“Esta posibilidad nos parecía una utopía porque pensábamos que íbamos a perder en productividad, pero la realidad está siendo todo lo contrario”, afirma. “Lo que estamos viendo es que la gente es muy responsable; evidentemente cuando estás de cara al cliente tienes que cubrir unos horarios, pero luego te das cuenta que para cada persona la flexibilidad tiene un nombre y un apellido distinto”, destaca.
Un 87% de los encuestados por Adecco cree que teletrabajar ocasionalmente aumentaría su felicidad laboral
Un 87% de los encuestados por Adecco cree que teletrabajar ocasionalmente aumentaría su felicidad laboral (iStockphoto/ YakobchukOlena)
Y lo ejemplifica: “Uno valora más hacer deporte a partir de las 6 de la tarde, otro dejar a sus niños en el colegio a las nueve de la mañana… Al final esto redunda en más felicidad, más motivación, más productividad, y los resultados son mejores, incluso en menos tiempo”. No es cuestión de número de horas de trabajo “sino que en el tiempo en que trabajas estés bien organizado, que esté bien pautada la organización de tareas, cuáles son los resultados que la empresa espera del trabajador”.
Estas medidas de flexibilización pueden, además, servir para equilibrar la balanza en cuestión de géneros. “Algunas mujeres que tradicionalmente veían que la única opción de conciliar era reducirse la jornada, si les das opciones de hacer una jornada distinta, que empiece a las ocho y acabe a las tres, ven que pueden compatibilizarla con el cuidado de los hijos.” Estas medidas ayudan a que las mujeres tengan más facilidades en su carrera profesional “y esto lo veremos en el medio plazo, no tanto en el corto”.
Las medidas de flexibilización pueden servir para nivelar la balanza en cuestión de géneros
Las medidas de flexibilización pueden servir para nivelar la balanza en cuestión de géneros (iStockphotos)
Para llevar adelante las propuestas de flexibilidad hay un elemento fundamental, que es la confianza. “Es la palabra clave, si no confías, te da igual que el trabajador esté delante de ti que en su casa, el resultado va a ser el mismo”, razona Iria Vázquez-Palacios. “Las personas que tienes en tu equipo están allí porque confías en que van a sacar los resultados. Si facilitas la posibilidad de conciliar con sus circunstancias personales, incluso la posibilidad de trabajar desde sus casas, eso redunda en felicidad y la felicidad es productividad”.
Y ante los temores por un posible fracaso de la idea, recomienda probar primero en diferentes partes de la empresa, “y no conozco ningún caso donde los resultados no hayan sido positivos”. Cada vez son más las empresas que implementan políticas de flexibilidad, porque de lo contrario “va a ser prácticamente imposible atraer a determinados perfiles”. En este sentido, apuesta porque sean las empresas las encargadas de introducir estas medidas sin esperar a la administración pública, pues “desde el punto de vista empresarial se pueden hacer muchas cosas”.

“Si no confías, te da igual que el trabajador esté delante de ti que en su casa, el resultado va a ser el mismo”


La apuesta por la flexibilidad puede tener, por otra parte una contrapartida costosa en determinadas situaciones laborales, como el trabajo por proyectos, “que significa que has de poner todas las horas del mundo, porque si no, no lo conseguirás”, advierte Teresa Torns, que ve en esta tendencia “una ultraflexibilización del tiempo de trabajo, porque si no te muestras totalmente disponible no hay posibilidades de estar bien situado, e incluso de promocionar”.
Torns no es muy optimista y cree que conciliar es muy difícil porque “es la propia organización del trabajo la que no lo permite”. Se trata, por tanto, de “un problema colectivo que debe abordarse de forma colectiva”, y no de cualquier forma, sino teniendo presente “que no vale la pena cambiar sólo tiempo por dinero en el puesto de trabajo, porque sólo tienes esta vida. Es interesante ver que se comienza a cuestionar la idea de trabajar solo por dinero”.

“Si facilitas conciliar con las circunstancias personales, eso redunda en felicidad, y la felicidad es productividad”


Y es precisamente en este cambio de perspectiva donde Torns enfatiza el papel de las administraciones públicas, sobre todo para “que esté bien visto”. En este sentido, destaca proyectos como el Pacte del Temps del Ayuntamiento de Barcelona, un proyecto que engloba numerosas medidas encaminadas a hacer compatible el tiempo de trabajo y el tiempo de vida cotidiana, por ejemplo adaptando los usos y horarios de los equipamientos públicos, o potenciando la administración electrónica con el objetivo no sólo de facilitar la vida de la ciudadanía, sino de impulsar un cambio en las prioridades vitales. Porque si es cierto que el tiempo es oro, entonces no hay salario que lo compense.