Donald Trump, en el anuncio de los aranceles a todo el mundo en abril. Foto: Reuters
El 'queso gruyere' de exenciones y rebajas ha reducido las tasas reales que pagan los importadores
El plan para reindustrializar el país choca con la automatización
El PIB crece un 4,3%, pero la confianza del consumidor se hunde a mínimos históricos por los precios
Podía haber sido peor. Esa es la conclusión de expertos y economistas sobre una de las decisiones clave que ha definido el primer año del segundo mandato de Donald Trump. El pasado 2 de abril, el presidente de EEUU desencadenó una histórica guerra comercial contra el planeta Tierra entero. Una lluvia de aranceles masivos contra prácticamente todos los países del mundo que no se había visto desde hace décadas y que supone un giro de 180 grados a 75 años de creciente apertura comercial e interconexión entre todos los países. Mientras el presidente pronosticaba una segunda "era dorada" de la economía de EEUU gracias a la reindustrialización de la economía, los economistas preveían un hundimiento económico y una grave crisis inflacionaria. La realidad, sin embargo, se ha quedado a medio camino: EEUU ha esquivado las predicciones más catastróficas, pero hay pocos datos que celebrar.
El anuncio fue tan brusco como sorprendente. De la noche a la mañana, EEUU pasó de tener algunos de los aranceles más bajos del mundo a tener los niveles más altos, con una tasa mínima del 15% para todo el mundo y tasas extraordinarias para los países con los que el país norteamericano tiene mayores déficits comerciales, especialmente los asiáticos. Lo peor se lo llevó China, que se enzarzó en una guerra se subidas recíprocas con Washington que acabó por llevar sus aranceles al 145%, antes de llegar a un acuerdo para rebajarlos.
Y luego hubo un segundo golpe en agosto, cuando aprobó una segunda remesa de aranceles para muchos otros países, aunque rebajó los niveles iniciales a Europa, Japón o Corea del Sur con acuerdos puntuales. Además, a todo eso hay que añadir las tasas adicionales a productos como coches, acero, aluminio o madera, entre otros.
Del 2% a más del 10%, en pocos meses.
Sin embargo, lo más destacable es que la subida no ha sido tan brusca como se esperaba. Pese a haber aprobado un arancel base del 10% para todo el mundo y niveles mucho mayores para sus grandes socios comerciales, la tasa real apenas ha superado ese 10%. ¿Por qué? La respuesta está en las numerosas exenciones que ha aprobado por el camino. México y Canadá, pese a sus múltiples amenazas, pueden seguir exportando bienes a EEUU sin aranceles gracias a su acuerdo comercial, el USMCA, que Trump no se ha atrevido a derogar. Además, los smartphones, los ordenadores, gran parte de productos farmacéuticos y la energía están libres de impuestos. En la práctica, la red arancelaria tiene agujeros tan amplios que una gran parte de las importaciones se 'cuelan' sin pagar.
A eso se suman las múltiples marchas atrás y rebajas ordenadas por Trump en los últimos meses, en los sectores en los que los aranceles estaban haciendo más daño. El último ejemplo ha sido la rebaja al café, una materia prima que ha subido un 25% este año por culpa de las tasas del presidente, y otros alimentos básicos. El 'Efecto TACO' (Trump siempre se acobarda, en inglés) no ha evitado unos niveles arancelarios enormes en comparación con los que había antes, pero sí ha detenido las cifras más estratosféricas con las que había amenazado.
Esos agujeros son uno de los motivos que han permitido que la inflación no se dispare. Las predicciones de los analistas apuntaban a grandes subidas permanentes, y la Reserva Federal temía que los efectos de estos impuestos provocaran una segunda ola inflacionaria que se estancara en la economía. Pero sus efectos han sido limitados, y aún están procesándose. Según explicó Jerome Powell, presidente de la Fed, en su última comparecencia, las subidas de precios terminarán de digerirse en 9 meses. Para entonces, si Trump no vuelve a subirlos, los precios volverán a estabilizarse.
Sin embargo, los consumidores han salido perjudicados por esta decisión. Los bienes que más han notado los aranceles en sus precios son, precisamente, los bienes de consumo finales, los que compran las familias. La inflación está estancada en torno al 3%, y el coste para una familia media será de 1.700 dólares más cada año, según el Peterson Institute. No solo eso, sino que estos son los impuestos que más notan las familias: los que se suman directamente al precio de venta de la comida, la ropa y los coches.
La manufactura crece en empleos... para robots
El gran objetivo de Trump era cerrar las fronteras a las importaciones para incentivar a las empresas de EEUU a resucitar el sector industrial manufacturero. Una forma de volver a los grandes años de después de la II Guerra Mundial, en la que prácticamente ese país era el único del mundo que tenía una industria establecida y que no había sido bombardeada en pedacitos. El secretario de Comercio, Howard Lutnick, describía así su sueño: "Todos esos millones y millones de personas que se dedican a atornillar iPhones... Traeremos todos esos trabajos de vuelta a EEUU".
Sin embargo, la realidad es tozuda: todas esas firmas han invertido miles de millones en desarrollar plantas altamente especializadas. Traerlas de vuelta a EEUU no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana. Además, ese tipo de trabajo manufacturero está muy mal pagado, es muy cansado y a la mayoría de estadounidenses no les hace ninguna ilusión. Y, por si fuera poco, la revolución de la IA está creando cada vez más fábricas en las que no hacen falta seres humanos: los robots lo hacen todo.
El resultado es que el sector por el que tanto se ha desvivido Trump lleva en contracción desde el mismo día de su anuncio arancelario. Los informes del Institute for Supply Management cuentan que numerosas empresas del sector se están viendo obligadas a cerrar o subir precios ante el fuerte aumento de sus costes de suministro y la enorme volatilidad de la política del presidente.
El PIB resiste, el empleo se estanca
Y eso se nota en la desconexión entre dos de los grandes indicadores de toda economía. El empleo ha perdido fuelle de forma clara, hasta registrar caídas en octubre. Los dos últimos datos están algo distorsionados por el efecto del cierre del Gobierno que hubo en aquel mes, pero la conclusión es clara: aunque los aranceles no hayan hundido el empleo en EEUU, desde luego que no lo han impulsado.
Precisamente, ese parón contrasta con el crecimiento del PIB, que se ha disparado un 4,3% anualizado en el tercer trimestre, según los datos publicados hoy. Es probable que el efecto de la IA, tanto su aplicación como las inversiones en el sector, estén impulsando la economía más allá del empleo. Pero el sueño de traer la industria de vuelta de China a EEUU parece mucho más lejano que antes.
Al final, los aranceles han sido algo más pequeños de lo temido, lo que ha permitido amortiguar su impacto. Los ciudadanos lo están pagando, pero no tanto como se temía. La inflación sigue por encima del objetivo del 2%, el empleo se ha estancado y la sensación general de los consumidores es pésima: las encuestas de la Universidad de Michigan y de The Conference Board apuntan almayor descontento de los consumidores de la historia de ambos sondeos. Pero quizá el mayor impacto ha sido sobre el concepto de la apertura comercial y la globalización como un destino inevitable para el planeta. El bloqueo autoimpuesto de EEUU a sí mismo es un mensaje mucho más alto y claro que los números económicos que haya producido.
La divisa UNIT ya se ha puesto en marcha y servirá para el comercio internacional y reservas
Será respaldada en un 40% por el metal amarillo y un 60% por una cesta de divisas del grupo
Los BRICS están desatando una nueva fase en su ofensiva contra EEUU. Este es el grupo que aúna a las cinco principales economías emergentes. Es decir, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. A estos se han asociado Egipto, Emiratos Árabes, Etiopía e Irán. Este club está firmemente determinado a reducir su dependencia frente a EEUU derivada del control de Washington del sistema financiero y económico global. Las sanciones a Rusia han dado buena cuenta de lo expuesto que puede estar un país a los designios de la Casa Blanca y, por ello, el grupo lleva años incentivando medidas de protección. Este último mes se ha puesto encima de la mesa una nueva fase dentro de estos esfuerzos: una venta masiva de bonos de EEUU y la puesta en marcha de su propia moneda.
Empezando por lo segundo, los BRICS han anunciado este mes de diciembre el lanzamiento de Unit. Se trata de una moneda que utilizarán estas naciones y que está respaldada en un 40% por oro y en un 60% por una cesta de monedas de Brasil, China, India, Rusia y Sudáfrica. La nueva divisa usará la tecnología que sostiene bitcoin, blockchain, para garantizar su seguridad. Ahora bien, ¿empezaremos a ver Units usándose en los negocios de Pekín o Nueva Delhi? La respuesta es que no. No se trata de una moneda única como el euro, sino más bien de una divisa internacional que utilizarán estos países rebeldes para el comercio entre ellos.
De este modo, países como Rusia podrán escapar de la "tiranía del dólar" y recurrir a esta moneda para el comercio internacional, además de poder esquivar el control de los bancos norteamericanos. Actualmente, para hacer un pago, hay una enorme estructura internacional donde las entidades estadounidenses tienen un peso clave. Esta moneda operará fuera de ese sistema de pagos, el SWIFT, y tendrá su propia plataforma para esto llamada BRICS Pay.
El oro, como valor refugio en el que refugiarse para protegerse del dólar, gana un nuevo enfoque con esta moneda basada en la materia prima. Todos estos países se han ido refugiando en el metal amarillo en los últimos años. Según los últimos datos del Consejo Mundial del Oro, las compras de los bancos centrales se han reforzado con muchos países, pero los BRICS han tenido un rol clave. El Banco Popular de China compró en noviembre más toneladas logrando que el 8,3% de todas sus reservas sea oro, unas 2.305 toneladas. La India ya tiene más de 880 toneladas y la materia prima ya es un 14,75% del total de sus reservas.
Desde Capital Economics comentan que "el valor del nuevo activo seguiría el de una cesta de las monedas nacionales subyacentes. Podría complementar las reservas existentes y, en principio, utilizarse para ayudar a los importadores a liquidar sus operaciones en la nueva moneda, en lugar de en dólares, reales, rupias, rublos, rands o renminbi".
La idea de una moneda común para pagos internacionales lleva tiempo en el ambiente, pero hay importantes disensiones entre los miembros que han dificultado su llegada. Por lo tanto, el advenimiento de Unit supone un punto de inflexión clave para el grupo.
"La profundidad de liquidez e infraestructura del dólar no se pueden reemplazar rápidamente"
La moneda se ha lanzado ya de forma experimental el 15 de diciembre, aunque según Reuters ya se hicieron pruebas desde octubre. Aunque no hay plazos oficiales, los expertos esperan que hasta bien entrado 2027 siga en periodo de pruebas. A partir de 2027 ya entraría su despliegue y expansión.
A medio plazo, esta nueva divisa podría suponer un elemento clave para debilitar el papel del dólar en el comercio internacional. Los BRICS representan el 42% de las reservas de divisas mundiales. Además, representan aproximadamente el 36% del territorio mundial y el 48,5% de su población. Según un reciente informe de EBC Group, la moneda será un elemento clave para que estos países lleven su comercio fuera de la estrecha mirada del dólar. Sin embargo, "la profundidad de liquidez e infraestructura del dólar no se pueden reemplazar rápidamente". En ese sentido, descartan un impacto inmediato a medida que se implemente, pero sí un mercado monetario "más multipolar".
Desde JP Morgan coinciden en la necesidad de matizar que esto es todavía una amenaza muy lejana en el horizonte del reinado mundial del dólar. "Si bien la participación de Estados Unidos en las exportaciones y la producción mundiales ha disminuido, el predominio transaccional del dólar todavía es evidente en áreas que incluyen los volúmenes de divisas y la facturación comercial", comenta el banco.
Venta masiva de bonos
A corto plazo, al tiempo que estos países apuestan a largo por esta moneda nueva, de momento huyen a ritmo acelerado de la deuda estadounidense para reducir su exposición. Ayer por la noche se publicaron los datos del Tesoro Estadounidense relativos a octubre y los BRICS lideraron las ventas. China fue fundamental con unas ventas de 11.800 millones de dólares en tenencias de bonos. La India hizo lo propio con 12.000 millones de dólares. Brasil fue el tercero en este podio con ventas de 5.000 millones.
"En el sector oficial extranjero, las tenencias de bonos y pagarés del Tesoro por parte de gobiernos extranjeros disminuyeron en 22.000 millones de dólares, aunque se compensaron parcialmente con un aumento de 14.000 millones de dólares en las tenencias de letras del Tesoro", comentan desde ING. "Creemos que la disminución de las tenencias de la India probablemente se deba a la intervención cambiaria para apoyar la rupia, pero sospechamos que también influyen factores geopolíticos".
Esto no ha sido un giro nuevo, se trata de un gran impulso de una sucesión de ventas que ya estaba establecida. En la primera mitad del año (sin contar octubre), los BRICS han vendido 51.340 millones de dólares en títulos de deuda norteamericana. China ha sido el gran caudillo de esta 'campaña financiera' de 'independencia'. Desde Pekín las tenencias se han reducido ya hasta los 684.000 millones de dólares desde los 759.000 millones de comienzos de año. En 2022 su cartera superaba el billón de dólares.
Símbolo del euro sobre el mar junto a un yate. | iStock
Dos tercios del patrimonio están en Suiza y el resto, en territorios británicos
España ya tiene 195.000 millones de euros ubicados en paraísos fiscales o de menor tributación y transparencia financiera, lo que supone el 13% de la riqueza del país.
El Observatorio fiscal de la Unión Europea (UE) ha publicado este mes de diciembre su último informe sobre el patrimonio mundial situado en territorios con una tributación más laxa. El documento refleja que España se sitúa en la media mundial de riqueza en estos países, que está en el 12% del PIB global, aunque matiza que si no se tuvieran en cuenta los patrimonios que hay en las empresas fantasma o sin actividad, la riqueza española en estos paraísos fiscales bajaría drásticamente hasta el 5% del PIB nacional, lo que supondría 75.000 millones de euros.
En el conjunto del mundo hay 11 trillones de euros situados en territorios de menor tributación y transparencia financiera.
Sin embargo, el documento explica que el hecho de tener situado todo este patrimonio en estos territorios no implica necesariamente que esté oculto a la Agencia Tributaria. Son muchos los países que, desde 2017, se han adherido al acuerdo de la OCDE conocido como CRS (Common Reporting Standerd, por sus siglas en inglés, o Estándar Común de Reporte, en castellano). Los bancos, gestoras y aseguradoras de los países adheridos a este sistema tienen la obligación de reportar a las Haciendas de terceros países la información sobre las cuentas abiertas por sus residentes. Asimismo, EEUU, que no está adherido al CRS, aprobó en 2013 la FACTA, su propia ley para luchar contra la evasión fiscal, que aunque no reporta información de las cuentas de extranjeros en el país, sí vigila las cuentas de ciudadanos estadounidenses en terceros territorios.
Esto, señala el documento, ha reducido de forma drástica las fortunas ocultas al fisco. Mientras que antes del CRS y la FACTA entre el 90% y el 95% de esta riqueza estaba oculta al fisco, ahora ha bajado. Como ejemplo, indica que los datos de Dinamarca tras aplicar el reporte automático de información revelan que se ha aflorado el 83% de la riqueza en zonas de baja tributación, mientras el 17% sigue escondida.
Suiza, destino de los españoles
El lugar por excelencia elegido por los españoles para situar su fortuna fuera del país es Suiza que, aunque oficialmente no está considerado por la UE como un paraíso fiscal y se adhirió al Estándar Común de Reporte en 2017, es una no de los países europeos con menor tributación. De hecho, según revela el documento, hasta dos tercios del patrimonio que los españoles tienen en territorios opacos está en Suiza. Sin embargo, el papel del país alpino como principal destino de esta riqueza ha caído en picado en los últimos años.
El país llegó a tener en 2006 hasta el 50% del patrimonio oculto mundial, mientras que a cierre de 2023 esta cuota ha bajado hasta el 22%. "El cambio en la ubicación de la riqueza puede reflejar los cambios institucionales hacia una mayor transparencia financiera, pero también tendencias económicas generales. Es plausible que el aumento de la transparencia financiera haya encarecido el acceso al secreto bancario suizo para los clientes potenciales, de modo que otros centros financieros puedan haber ganado atractivo", indica el documento.
Los centros financieros asiáticos y otros centros europeos han tomado el relevo a Suiza en ocultación de fortunas. Concretamente, territorios de Asia como Hong Kong, Singapur o Macao ya aúnan hasta el 36% de estos patrimonios; mientras que los centros financieros de Reino Unido, que tiene entre sus territorios a Guernsey, Jersey o las Islas Vírgenes británicas, suman el 27% de las fortunas opacas.
Les sigue EEUU, que cuenta con las Islas Vírgenes estadounidenses o Panamá, y ya recibe el 13% de estas fortunas, mientras que crece Emiratos Árabes, con un 2% de las mismas.
"Investigaciones recientes sugieren que los depósitos extraterritoriales se trasladaron desde los paraísos fiscales participantes en el CRS hacia Estados Unidos porque, en virtud de la FATCA, EEUU no conceden a otros países el mismo nivel de transparencia que exige el CRS", indica el informe.
Sin embargo, en el caso de España, casi el otro tercio de la fortuna opaca está en centros financieros británicos, con una presencia más residual en los asiáticos y los estadounidenses.
El documento revela que el porcentaje de riqueza en el extranjero no ha crecido notablemente en las últimas dos décadas, sino que se incrementa o reduce acorde con el PIB de los países. De hecho apunta que si los mercados van bien y suben, este porcentaje también crece, mientras que si hay una caída, se reduce. Los datos reflejan que, mientras en la actualidad el 12% de la fortuna mundial estaba en estos territorios, la cifra era similar en 2007, cuando era del 11%.
Motivos para sacar el dinero
El informe del Observatorio fiscal de la UE asevera que, tras el incremento de países que se han adherido al reporte de información de las cuentas que tienen los extranjeros, se ha evidenciado que la elusión fiscal no es el único motivo para mantener el dinero fuera del país.
Señala que los bancos extranjeros dan una variedad de servicios a los clientes, más allá de la evasión fiscal. Entre ellos, destacan que ofrecen servicios de inversión que no tienen en sus países de origen o que, aún teniéndolos, los dan a un precio más bajo. También permiten ocultar bienes a los cónyuges, por ejemplo en caso de divorcio, o a socios empresariales, en caso de quiebra. Asimismo, también pueden utilizarse para que los clientes eviten sanciones internacionales, para ocultar financiación ilegal a partidos políticos o para blanquear dinero de actividades ilícitas.
"Cuando las cuentas opacas se utilizan para estos fines más cuestionables, suelen combinarse con estructuras de propiedad ocultas que involucran empresas fantasma, fundaciones, fideicomisos y testaferros ubicados en diferentes países, incluidos territorios con un historial deficiente de cooperación con autoridades extranjeras", añaden al respecto.
Habitualmente, el patrimonio que los ciudadanos tienen en territorios opacos suelen ser depósitos bancarios y carteras de valores, que incluyen acciones, bonos o participaciones en fondos de inversión.
Aunque se puedan utilizar las cuentas en el extranjero para eludir responsabilidades en los países de origen, el informe recuerda que el hecho de tener patrimonio en territorios fiscalmente opacos no es ilegal. Simplemente, añade, los ciudadanos están obligados a reportar a los países en los que residen las ganancias o remuneraciones que obtienen de esta fortuna, como intereses o dividendos, para tributar por ellas.
Además, recuerda que en los países en los que existe el impuesto sobre el patrimonio, como es el caso de España, también se debe informar al fisco de la riqueza global que se tiene.
Crearon su propia sociedad y, para sorpresa de todos, se negaron a obedecer a los humanos
Es una realidad que cada vez hay más Inteligencia Artificial en nuestras vidas, nuevas apps, funciones en las plataformas que usamos siempre e usos de esta tecnología en lugares que nunca habíamos imaginado. Y esta tendencia solo va a ir a más en el futuro, donde la IA irá penetrando cada vez más en la sociedad.
Esto nos llevará a nuevos escenarios nunca antes visto, por ello en un pionero experimento, los Laboratorios de Investigación Fundamental (FRL) soltaron a 1.000 IA independientes en un mundo virtual para ver como sin comandos o funciones específicas estas cooperaban y trabajaban.
Utilizaron el videojuego Minecraft, un videojuego que consiste en un mundo abierto, donde los jugadores exploran, extraen recursos (minar), crean estructuras y herramientas (crafting), y sobreviven en un mundo virtual generado aleatoriamente, permitiendo una creatividad ilimitada.
Tal y como explicaron los investigadores los resultados fueron tan inesperados como extraños. Las IA se distribuyeron por comunidades urbanas y rurales, cada una con su propia cultura e identidad. Se dividieron el trabajo, y algunos se especializaron en la agricultura, otros en la construcción o el comercio. Surgieron normas sociales y jerarquías, junto con comportamientos más complejos y debates sobre temas que iban desde el baile hasta la conciencia ecológica.
En ocasiones, la sociedad se sumergía en bucles infinitos o se quedaban atrapados buscando alcanzar objetivos imposibles, por lo que los investigadores tuvieron que instaurar mecanismos para romperlos y hacer que esta sociedad IA siguiera avanzando.
Después de un tiempo, los investigadores abrieron el juego para que humanos pudieran acceder a este mundo creado por IA y para su sorpresa, las IA no hacían caso a sus peticiones y querían seguir siendo independientes y dedicarse a sus labores antes de asistir a las personas (que se supone que es la motivación de toda máquina).
"Tenían sus propias ideas sobre lo que querían hacer, y resulta que no es un buen producto que la gente quiera", explican los investigadores. Otro de los descubrimientos de esta sociedad IA es que de cara a su aplicación en el mundo IA es mucho mejor y efectivo tener IA especializadas en tareas concretas más que IA generales capaces de hacer de todo.
Un grupo de turistas saca fotos a 'La Giocanda' en el Museo Louvre de París.
EFE / Horacio Villalobos
Ana Trigo repasa en 'Ladrones de arte' (Ariel) cincuenta robos célebres de grandes obras de arte. Publicamos el capítulo dedicado a la famosa sustracción en 1911 de la 'Mona Lisa' en el Louvre
El 23 de agosto de 1911, los principales periódicos del mundo abrían con una impactante noticia: el robo de La Gioconda del Museo del Louvre. Inmediatamente, se abrió una investigación que no tardó en traspasar las fronteras de Francia. Durante las siguientes semanas y meses, el interés por el caso no hizo más que crecer. Surgieron decenas de teorías, se aseguró haber visto la obra en numerosos países, desde España hasta Japón, y se escribieron incontables artículos especulando sobre lo que podría haber ocurrido.
Como resultado, la pintura de Leonardo, que antes del robo no era ni mucho menos tan conocida como lo es hoy, se convirtió en la obra de arte más identificable del planeta. Como afirma R. A. Scotti en El robo de la sonrisa: ¿quién se llevó la Gioconda del Louvre?, "la Mona Lisa abandonó el Louvre siendo una obra de arte y volvió convertida en un icono".
Durante dos largos años, La Gioconda estuvo desaparecida y todos los esfuerzos por hallarla fueron en vano. En un momento dado, el Louvre llegó a darla por perdida e incluso la retiró del catálogo. Sin embargo, el caso acabaría dando un curioso giro que llevaría a que se resolviera de la forma más inesperada.
Poco después de que se descubriera el robo, la investigación llevada a cabo señaló a una pequeña banda de ladrones de arte de la que se decía que formaba parte un joven artista español en ese momento aún poco conocido: Pablo Picasso. Muchos años más tarde, siendo ya la figura icónica en la que este se había convertido, Picasso recordaría el asunto y reconocería que aún se avergonzaba por cómo había actuado. ¿A qué se refería?, ¿había estado involucrado en el robo? Y, sobre todo, ¿quedaban cabos sueltos del caso?
Analicemos lo ocurrido en uno de los robos de arte más audaces y famosos de la historia, el de La Gioconda del Museo del Louvre. Todo comenzó el 22 de agosto de 1911. El pintor Louis Béroud estaba trabajando en una copia de la pintura, así que llegó al museo a primera hora y se dirigió a la sala donde se exponía, pero solo encontró cuatro clavos. Cuando preguntó dónde se encontraba la tabla, en un principio nadie pareció alarmado. El día anterior, lunes, el museo había permanecido cerrado al público por labores de mantenimiento, así que los vigilantes pensaron que los técnicos se la habrían llevado para fotografiarla o examinarla.
Sin embargo, hacia el mediodía se constató la verdad: habían robado La Gioconda del Louvre. Cundió el pánico entre el personal y, de inmediato, se cerró la galería y se evacuó a los visitantes a la vez que comenzaba una búsqueda frenética por todos los rincones del museo. En pocas horas, la noticia saltaría a la prensa internacional: "Esta mañana se ha descubierto en el Museo del Louvre un robo sensacional —informaba el corresponsal del diario ABC—. Del salón ha desaparecido uno de los mejores cuadros de Leonardo da Vinci: La Gioconda". La tabla de madera de álamo de 77 × 53 centímetros parecía haberse esfumado, salvo por el marco, abandonado en una escalera. "No se explica que el ladrón haya podido salir con una obra así sin llamar la atención de los vigilantes", añadía el cronista.
"Por orden del prefecto de policía, Louis Lépine, se sellaron las fronteras de Francia para evitar que la pintura saliese del país"
"Uno de los tesoros más preciados del Louvre ha desaparecido", informaba la prensa inglesa, y pasaba a describir la enérgica búsqueda. En París, la sociedad quedó conmocionada por aquel atentado contra el patrimonio nacional. Las autoridades ordenaron el cierre inmediato del museo y, por orden del prefecto de policía, Louis Lépine, se sellaron las fronteras de Francia para evitar que la pintura saliese del país.
El Louvre permaneció cerrado durante una semana entera para facilitar la investigación policial. El martes 29 de agosto, reabrió sus puertas al público en medio de una enorme expectación. Aquella jornada fue histórica: el museo batió su récord de visitas, con multitudes haciendo cola solo para contemplar el espacio vacío en la pared donde antes colgaba La Gioconda. Muchos acudían con una mezcla de curiosidad y duelo; se informó de que incluso algunos depositaban flores ante el hueco en señal de ofrenda por la muerte del cuadro. Paradójicamente, la ausencia de la pintura se había convertido en una atracción en sí misma. La leyenda de La Gioconda había comenzado a forjarse.
La repercusión mediática fue enorme. Durante semanas, la prensa siguió cada detalle de la investigación y la imagen de la pintura se reprodujo por doquier: en diarios, revistas e incluso en anuncios publicitarios que aprovecharon el escándalo.
Cuando el Louvre reabrió sus puertas batió su récord de visitas, con multitudes haciendo cola para ver el hueco donde antes colgaba 'La Gioconda'
El robo puso en evidencia la escasa vigilancia del Louvre: apenas 150 guardias para custodiar las más de 250.000 piezas expuestas a lo largo de las infinitas galerías del edificio. De hecho, meses antes, un periodista había pasado una noche escondido en un sarcófago para denunciar la precaria situación en que se encontraban las obras del museo, aunque no se había tomado ninguna medida. Como consecuencia, en cuanto se supo de la desaparición, el director del Louvre, Théophile Homolle, se vio forzado a dimitir en medio de un gran escándalo.
El mismo día del robo, se abrió una investigación policial sin precedentes en el país galo. Lépine, el prefecto, y Henri Drioux, el juez de instrucción, encabezaron las pesquisas y movilizaron a decenas de detectives. Más de setenta inspectores peinaron el museo de arriba abajo en busca de pistas. Todo lo que hallaron fue el marco y el cristal protector abandonados en la escalera que daba al patio Visconti, pero de la tabla no había rastro. Entonces, se procedió a interrogar a empleados, vigilantes y obreros que trabajaban en el Louvre. Según sus testimonios, la mañana del lunes 21 de agosto La Gioconda aún estaba en su sitio hacia las 7:00, pero a las 8:30 ya había desaparecido. Esto llevó a pensar que el ladrón había actuado a primera hora, posiblemente escondido desde la noche anterior en el museo —se barajó que podría haberse ocultado en un armario o en un retrete el domingo—, y que había salido disfrazado de obrero el lunes con la pintura oculta.
Las primeras hipótesis apuntaron en varias direcciones. Inicialmente, se creyó que se trataba de un chantaje, que el ladrón contactaría pasados unos días para pedir un rescate por la obra. Otra teoría sugería un acto de protesta destinado a evidenciar las escasas medidas de seguridad del Louvre. Y también hubo quienes especularon con un móvil pasional, imaginando que quizá la hubiese robado algún fanático obsesionado con la misteriosa mujer del retrato. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas sin pistas ni demandas de rescate, estas teorías fueron perdiendo fuerza.
Cubierta de 'Ladrones de arte', de Ana Trigo.
La búsqueda internacional continuó: se alertó a puertos, aduanas y coleccionistas de arte de todo el mundo sobre la pieza robada. El Ministerio de Bellas Artes francés ofreció una recompensa sustancial a cambio de información. Incluso intervino la incipiente policía científica —el famoso criminólogo Alphonse Bertillon examinó las huellas dactilares halladas en el marco—, aunque sin resultados concluyentes. Cada día sin noticias aumentaba la presión sobre la policía parisina, que temía por su prestigio ante el robo que ya se había bautizado como "el atraco artístico del siglo".
Hay que tener en cuenta que, cuatro años antes del robo de La Gioconda, en 1907, se había producido en el Louvre un hurto menor pero significativo. Un aventurero belga llamado Honoré-Joseph Géry Pieret, que por entonces era amigo cercano y antiguo secretario del poeta Guillaume Apollinaire, aprovechó la laxitud en la vigilancia del museo para sustraer dos pequeñas estatuillas íberas antiguas de la colección. Pieret ofreció aquellas esculturas de contrabando a Apollinaire por un precio irrisorio y el poeta se las revendió a su amigo Pablo Picasso, en aquel momento un joven pintor español que comenzaba a hacerse un nombre en el París vanguardista. Este tan solo pagó 50 francos por ambas piezas, plenamente consciente de su procedencia ilícita.
Las figurillas —caras masculinas talladas en piedra— fascinaron a Picasso hasta tal punto que cambió por completo el arte que estaba haciendo en ese momento. Se basó en ellas para crear su revolucionaria pintura Las señoritas de Aviñón (1907), obra fundacional del cubismo fuertemente influenciada por el arte ibérico y primitivo, así como una de las obras más importantes del siglo XX y de toda la historia del arte.
Pablo Picasso soteniendo una escultura. (George Konig / Getty Images)
Este turbio episodio, conocido luego como el "asunto de las figuritas", no había trascendido antes de 1911, pero, tras el robo de La Gioconda, recobró importancia: la policía sospechó que se trataba de una banda internacional de ladrones de arte. En efecto, los protagonistas de aquel hurto menor encajaban en un cosmopolita trío: Pieret, el ladrón, era belga; Apollinaire, el intermediario, aunque nacido en Italia tenía nacionalidad rusa (y solo obtendría la francesa años después, al combatir en la Primera Guerra Mundial), y Picasso, el comprador final, era un español residente en París. Esta conexión, sumada al carácter rebelde y antiacadémico de Apollinaire y Picasso, encendió las alarmas.
Ambos artistas formaban parte de la banda de Picasso, el círculo bohemio apodado "los salvajes de París", famosos por sus posturas radicales en el arte. Simpatizaban con las ideas del manifiesto futurista de Marinetti, que proponía quemar los museos y romper con el pasado para liberar el arte de sus templos. Y lo más incriminatorio de todo: estaban vinculados a obras robadas del Louvre, lo que en ausencia de otras pistas los convirtió en sospechosos de haber robado La Gioconda.
Por si fuera poco, a finales de agosto de 1911, hubo otro giro sorprendente que pondría a estos artistas aún más en el punto de mira de la investigación criminal. El propio Géry Pieret, tras huir de París, decidió enviar una provocadora carta al periódico Paris-Journal. En ella, alardeaba de sus hazañas y afirmaba con jactancia que había tenido intención de robar La Gioconda él mismo, aunque se le habían adelantado. Como prueba, adjuntó una tercera estatuilla ibérica (robada del Louvre unos meses antes). Esta insólita confesión pública aparecida en prensa el 29 de agosto echó más leña al fuego.
Para Apollinaire y Picasso, la noticia fue aterradora: los relacionaba indirectamente con el robo de la pintura y dejaba al descubierto que poseían objetos robados. Según contó Fernande Olivier —modelo y pareja de Picasso por entonces—, ambos artistas entraron en pánico ante la posibilidad de que los detuvieran y deportasen, pues ninguno tenía nacionalidad francesa. Desesperados, consideraron deshacerse de las dos estatuillas restantes tirándolas al río Sena para eliminar evidencias. En la madrugada del 5 de septiembre de 1911, las metieron en una maleta y se dirigieron a la margen del río con intención de arrojarlas. Sin embargo, de pie frente a las turbias aguas, ninguno tuvo valor para hacerlo.
Al no lograr librarse de las estatuillas, Apollinaire tomó una decisión arriesgada: las entregó anónimamente a la redacción de Paris-Journal, el mismo diario que había publicado la carta de Pieret. Quizá esperase cerrar discretamente el asunto de 1907, pero logró todo lo contrario. Aquello proporcionó a la policía el hilo del que tirar: el 7 de septiembre de 1911, apenas dos semanas después del robo, los detectives detuvieron a Guillaume Apollinaire bajo sospecha de tenencia de obras robadas y complicidad en el atraco del Louvre. Al poeta lo sometieron a intensos interrogatorios y luego lo encarcelaron en la prisión de La Santé, donde pasó entre dos y cinco días. Presionado por las autoridades y temiendo por su destino, Apollinaire terminó delatando a sus cómplices: reveló que las estatuillas las había conseguido a través de Pieret y confesó que le había entregado una de ellas a Picasso años atrás.
A raíz de esta declaración, se emitió una orden para interrogar a Pablo Picasso. El joven artista, de veintinueve años, fue citado ante el juez instructor, Henri Drioux. Picasso acudió aterrado, consciente de la gravedad de verse involucrado en semejante caso. En una tensa confrontación con Apollinaire frente al magistrado, el miedo pudo más que la lealtad: negó conocer a Apollinaire, pese a que eran íntimos desde hacía años.
En una tensa confrontación ante el magistrado, Picasso negó conocer a Apollinaire, pese a que eran íntimos desde hacía años
Aquello sorprendió y lastimó profundamente al poeta, que exclamó indignado: "¡Pero si es Pablo Picasso, mi amigo!". Picasso temía que ese escándalo pusiera fin a su prometedora carrera artística, por lo que trató de distanciarse de Apollinaire para salvarse. Las autoridades, por su parte, consideraban ya la posibilidad de expulsar de Francia a Apollinaire (extranjero con antecedentes de indeseable) y quizá al propio Picasso si ambos resultaban implicados. Sin embargo, el caso contra ellos empezaba a desmoronarse por falta de pruebas. No existía ningún indicio que los relacionara con el robo de La Gioconda, más allá de las estatuillas y pruebas circunstanciales.
La policía registró el estudio de Picasso en busca del cuadro de Leonardo o de cualquier evidencia, sin éxito. Finalmente, los llevaron a ambos ante el tribunal correccional, pero tan solo acusados de encubrimiento del robo de las piezas ibéricas. La vista judicial, que tuvo lugar a finales de septiembre de 1911, resultó ser casi cómica. Apollinaire, angustiado, confesó todo ante el juez: reconoció haber albergado a Pieret, poseído arte robado y tratado de ocultar pruebas. Picasso, por su parte, se deshizo en lágrimas durante la audiencia, negando histéricamente, una vez más, que conociese a Apollinaire.
El cúmulo de testimonios contradictorios y disparatados hizo que el juez Henri Drioux perdiera la paciencia. Al ver que nada de aquello los acercaba a recuperar La Gioconda, el 12 de octubre de 1911, puso en libertad sin cargos a Apollinaire y Picasso, con poco más que una severa advertencia por sus imprudencias.
De la noche a la mañana, los dos principales sospechosos quedaron exonerados y la investigación oficial volvió al inicio de partida. Que los liberasen supuso un gran alivio para ambos artistas, pero su amistad jamás sería igual. Apollinaire salió de prisión dolido por la traición de Picasso durante el interrogatorio —el pintor ni siquiera acudió a visitarlo a la cárcel— y Picasso, avergonzado, se arrepintió profundamente de haber negado que él fuera su amigo ante el juez, según contaría años después.
En adelante, ambos evitarían hablar en público de aquel mal trago. Picasso continuó su meteórico ascenso en el mundo del arte sin que este episodio manchara su reputación a largo plazo (de hecho, pocos años después se convertiría en un artista consagrado). Por su parte, Apollinaire, cuyo sueño era que lo aceptasen en Francia, consiguió alistarse en el ejército en 1914 para demostrar su lealtad y obtener la ciudadanía. Irónicamente, fue durante la Gran Guerra cuando el poeta halló su trágico destino: falleció en 1918, víctima de la mal llamada "gripe española".
'La Gioconda' en la vitrina protectora en la que se exhibe en el Museo del Louvre. (EFE / Christophe Petit Tesson)
No sería hasta dos años después, en noviembre de 1913, cuando el caso daría por fin un giro vertiginoso que acabaría llevando a que se resolviera. Un anticuario florentino llamado Alfredo Geri comenzó a recibir unas inusuales cartas mientras organizaba una exposición de arte en Florencia. Una de ellas, firmada por alguien que se identificaba solo como Leonardo, le ofrecía la Mona Lisa. Geri, incrédulo pero intrigado, respondió con cautela, diciendo estar dispuesto a comprarla y sugiriendo al remitente que llevase la pintura a Florencia para verificarla. Al mismo tiempo, avisó al director de los museos de Florencia, Giovanni Poggi, y juntos contactaron con la policía y el director general de Bellas Artes de Italia, Corrado Ricci. La trampa estaba tendida.
El 10 de diciembre de 1913, el enigmático Leonardo citó a Geri en su hotel florentino Tripoli-Italia. Poggi y Geri acudieron al encuentro, fingiendo interés comercial. En la habitación del hotel, el hombre les mostró la obra oculta en el doble fondo de un baúl de madera. Al sacarla, les pareció que se trataba del retrato de Lisa Gherardini, aunque la luz del cuarto era escasa, por lo que convinieron trasladarla a la cercana Galería degli Uffizi para examinarla con mejor iluminación. Allí, bajo la atenta mirada de Poggi, compararon ciertos arañazos en la tabla con la descripción de los archivos del Louvre y la correspondencia fue perfecta: ¡era el retrato original!
Confirmada la autenticidad también por Corrado Ricci, dieron la señal acordada y, de inmediato, la policía detuvo al vendedor, que no opuso resistencia. En el interrogatorio, reveló su identidad: su nombre era Vincenzo Peruggia, un decorador y pintor de brocha gorda italiano, de treinta y dos años, que había trabajado brevemente en el Louvre. De hecho, había sido empleado de la empresa Gobier, encargada de fabricar vitrinas, y él mismo había instalado el cristal protector de La Gioconda tiempo atrás. Así, conocía al dedillo el laberinto que formaba el museo y sus puntos flacos de seguridad. Confesó con todo detalle cómo había perpetrado el robo: "El 21 de agosto, día en que el museo estaba cerrado al público, quité la obra de su marco aprovechando un momento de descuido, salí a la calle con ella escondiéndola bajo mi bata blanca y la llevé a mi casa, donde la he tenido estos dos años". Es decir, Peruggia había ocultado la pintura durante veintiocho meses bajo la cama de su modesto apartamento de París mientras el mundo entero la buscaba desesperadamente.
A mediados de 1913, decidió regresar a Italia con la obra para intentar venderla, probablemente creyendo que recibiría una recompensa por retornarla. Interrogado sobre sus motivos, Peruggia alegó un impulso patriótico: dijo estar convencido de que Napoleón Bonaparte había expoliado La Gioconda junto con otros tesoros y que él solo quería "devolver el cuadro a Italia, su verdadera patria".
La tumba de Guillaume Apollinaire en el cementerio Pere-Lachaise en París. EFE / CHRISTOPHE PETIT TESSON
Sin embargo, este ignoraba que, en realidad, Leonardo se había llevado consigo el retrato a Francia en 1516, donde lo había adquirido legítimamente el rey Francisco I, gran protector y mecenas del artista durante sus últimos años de vida. Y es que, aunque en el Museo del Louvre hay bastantes obras expoliadas por Napoleón, muchas españolas, La Gioconda no era una de ellas.
Sea como fuere, las explicaciones de Peruggia calaron en la opinión pública italiana y muchos lo vieron como un patriota en lugar de un delincuente. La recuperación del cuadro se celebró con euforia y, en Italia, las autoridades aprovecharon para exponerlo antes de devolverlo. Así, se organizó una breve gira triunfal de La Gioconda por su tierra natal: se exhibió cinco días en la Galería degli Uffizi de Florencia y miles de personas acudieron a verla; luego, viajó a Roma, donde la presentaron en la Galería Borghese, y después pasó por la Pinacoteca de Brera de Milán.
Finalmente, el 4 de enero de 1914, tras dos años y cuatro meses de ausencia, La Gioconda fue restituida al Museo del Louvre de París y colocada de nuevo en su lugar de honor con gran pompa y medidas de seguridad reforzadas. La capital francesa la recibió con alivio y, en cierto modo, la consideró una resucitada. ¿Y qué fue del ladrón? A Vincenzo Peruggia lo juzgaron en Italia en junio de 1914. Durante el juicio, reiteró que había actuado por patriotismo, y no por lucro. Su abogado explotó el fervor nacionalista del momento y la falta de antecedentes serios de su cliente. Al final, los jueces italianos mostraron clemencia: condenaron a Peruggia a apenas un año y quince días de prisión, sentencia que luego se redujo a siete meses y nueve días en apelación y, dado que ya había pasado casi el mismo tiempo en prisión preventiva, recuperó la libertad poco después de la sentencia. Así, el protagonista del mayor robo artístico de la era moderna volvió al anonimato, aunque moriría una década más tarde, en 1925, el mismo día en que cumplía cuarenta y cuatro años, sin mayor gloria que la de haber hecho famosa a la Mona Lisa en el mundo entero.
Un grupo de funcionarios alrededor de 'La Gioconda' el 4 de enero de 1914 celebran su regreso a París. (Getty Image)
No obstante, si bien renunciaron a extraditar a Peruggia, las autoridades francesas nunca creyeron por completo su versión; estaban convencidas de que debía de haber alguien más involucrado en el robo y quizá un motivo ulterior. Lógicamente, la posible existencia de un compinche o algún otro ideólogo del delito ha alentado todo tipo de teorías. Por ejemplo, en 1932, el reportero norteamericano Karl Decker afirmó haber conocido en Casablanca en 1914 a un misterioso marqués llamado Eduardo de Valfierno, que le había contado el verdadero trasfondo del robo más famoso del siglo: el plan era realizar diversas copias para vender a coleccionistas incautos.
Luego ¿fue de verdad Peruggia el único culpable o existió una red de falsificaciones dedicada a vender copias de La Gioconda en el mercado negro? ¿Había algo más que un exacerbado patriotismo detrás del robo más famoso del mundo? Nunca lo sabremos. Apenas unos días después de que dictasen sentencia contra él, estalló la Primera Guerra Mundial y los periódicos perdieron el interés en el tema. El mundo tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
Por otro lado, el robo de La Gioconda dejó una profunda huella en la vida de Pablo Picasso, pues, si bien su inocencia quedó probada y las autoridades francesas no volvieron a molestarlo al respecto, el asunto de las figuritas siempre fue una sombra para él. Verse implicado en la investigación de un crimen tan sonado le resultó profundamente perturbador. Aunque a largo plazo su carrera no se vio afectada —continuó produciendo obras maestras y pronto eclipsó cualquier escándalo con su genio artístico—, durante un tiempo temió por su reputación y que durante el interrogatorio negara su amistad con Apollinaire por miedo lo atormentó.
Según algunos testimonios, Picasso se avergonzaba de su falta de valor en aquel trance, así que trató de reparar la relación con el poeta una vez pasado el peligro. Durante los años siguientes, evitó referirse en público al tema para no reavivar rumores. Por fortuna para él, el episodio quedó como una nota a pie de página en sus biografías. No muchos fuera del círculo artístico llegaron a enterarse en ese momento de su breve detención, pues la noticia quedó opacada por la captura de Peruggia en 1913.
Si hay algo que Picasso nunca pudo negar fue su implicación en la compra de las estatuillas de arte ibérico cuya procedencia ilícita bien conocía
Con el tiempo, la leyenda negra de Picasso como supuesto ladrón de La Gioconda resurgiría ocasionalmente en libros y artículos, pero siempre como una anécdota desmentida por los hechos. Casi medio siglo después, en una entrevista con el cineasta de arte Gilbert Prouteau, Picasso habló sobre los acontecimientos de 1911: "Al decir eso vi la expresión de Guillaume cambiar. La sangre bajó de su rostro. Todavía estoy avergonzado...". En 1970, tres años antes de su muerte, como si quisiera enmendar el error, dibujó a su viejo amigo de juventud con una corona de laurel en su obra Apollinaire y mujer desnuda.
No obstante, si hay algo que Picasso nunca pudo negar fue su implicación en la compra de las estatuillas de arte ibérico cuya procedencia ilícita bien conocía. Su obsesión con ellas fue tal que las reprodujo en decenas de bocetos antes de darles forma en los rostros de su obra maestra Las señoritas de Aviñón, la pintura que estaba llamada a cambiar para siempre el rumbo de la historia del arte.
Hoy, Pablo Picasso es el artista más cotizado de toda la historia. Después del Salvator mundi (precisamente de Leonardo da Vinci), sus obras siguen imbatibles en todos los récords de venta en subastas internacionales. Su pintura inspirada en aquellas estatuillas robadas fue el detonante de una carrera artística de un éxito sin precedentes. Y tal vez todo comenzara precisamente con aquel asunto de las figuritas del que él siempre se negaría a hablar. Quizá si no hubiera podido hacerse con aquellas pequeñas figuras del Louvre su creación artística habría evolucionado de una forma distinta y el arte contemporáneo sería hoy muy diferente. Así, tal vez el arte, tal y como lo entendemos hoy, se deba a aquel extraño y casi desconocido robo, a aquellas estatuillas sustraídas de una vitrina del Museo del Louvre.