
El marino que conduce su pequeña lancha hacia el faro tiene el rostro afilado por el salitre. Habla poco; el mar y el viento ya se encargan de las conversaciones. No escatima en bonjours pero no sonríe: no quedaría entonado con el agua color Bretaña ni con el dramatismo bergmaniano del paisaje que se abre al acercarse a la Île Vierge, donde un faro de piedra oscura emerge como un coloso, guardián del fin del mundo. El barquero apaga el motor, deja a los visitantes sobre la losa de granito y se aleja sin ceremonia, con un preciso à bientôt.
La isla —seis hectáreas de roca, hierba baja y compacta como moqueta, frente al pequeño pueblo de Plouguerneau, en la costa norte de Bretaña— es propiedad del Conservatoire du littoral. Aquí se levantan dos faros: el pequeño y más antiguo, y el grande, el más alto de Europa y el mayor del mundo construido en piedra tallada, 82,5 metros exactos. Su interior se enrosca alrededor de una escalera de caracol de 365 peldaños con paredes revestidas de 12.500 placas de opalina celeste —mezcla de vidrio y huesos de oveja— que hacen respirar la piedra. Tecnología poética del siglo XIX.

El faro pequeño se encendió por primera vez el 15 de agosto de 1845, día de la Asunción, origen del nombre de la isla. Su luz fija alcanzaba catorce millas, pero medio siglo después quedó relegado a hermano menor cuando el aumento del tráfico y los escollos del litoral exigieron levantar una nueva torre: un gigante de granito autóctono que, desde 1902, barre el norte del Finisterre bretón, con un destello blanco cada cinco segundos y un alcance de unos 42 kilómetros en noches claras. Un código morse que la costa sigue enviando al mar.
La arquitectura del gigante de Bretaña guarda también un secreto de relojería: gira la plataforma entera de lentes de Fresnel —cuatro, en este caso— alrededor de una bombilla modesta de 250 vatios, prueba de que no hacen falta potencias desmesuradas para gobernar la noche si el óptico hizo bien su trabajo. La intermitencia cada cinco segundos tampoco es capricho, sino una firma necesaria en un litoral sembrado de luces, cada una distinguida por su ritmo.
Durante décadas, el pequeño faro fue también hogar de los fareros, donde se vivía y trabajaba en perfecta soledad. Una labor hecha de guardias, rotaciones y viento. En Bretaña el cursus honorum era conocido: faro en tierra, paraíso; faro en isla, purgatorio; faro en pleno mar, infierno. Esta progresión de carrera farera fue interrumpida por la automatización que en 2010 selló definitivamente una era. Desde entonces, la luz se activa a la caída del día y el mecanismo gira sin manos.
Hoy, en la Île Vierge se puede alojar en esa antigua morada, un edificio blanco de piedra encalada, suelos de losas de granito y bóvedas austeras, transformado en un ecogîte de 150 m² para nueve personas y un bebé, completamente alimentado por energía eólica y fotovoltaica y con reciclaje de agua. La residencia mantiene el encanto de museo habitable. Es sobria y es deliberado: antes que boutique hotel, esto es patrimonio vivo que un equipo de canteros, carpinteros y herreros locales ha devuelto a circulación para durar.

El lujo aquí no está tanto en las elegantes camas con dosel de madera del siglo XIX, ni en las cálidas chimeneas, sino, sobre todo, en la posibilidad de vivir la experiencia del aislamiento: la privacidad, la desconexión y el horizonte infinito. Una puerta en la segunda planta abre a la escalera que sube al antiguo faro, hasta alcanzar una cúpula acristalada: una atalaya privada para amaneceres y puestas sobre la Costa de las Leyendas, el mar de Iroise, la Mancha y la propia torre grande. Esas vistas no tienen precio. O bien, entre 640 y 740 euros la noche, por un máximo de dos, es lo que hay que pagar para reservar todo el conjunto.
Las mareas mandan en Bretaña y tanto las visitas al faro mayor como los embarques para quienes se alojen en la casa se programan en función de su humor; unas tres veces al año la bajamar concede incluso un pasillo efímero y se puede llegar a pie, rito que los lugareños celebran con prudencia y botas. Así, si el tiempo acompaña, la isla Virgen recibe visitas guiadas una vez al día: la barca atraca en el pequeño embarcadero, despidiéndose para volver solo a la hora acordada. Los que se quedan a dormir, en cambio, son unos pocos afortunados, que al atardecer se quedan completamente solos.

Otra versión del origen del nombre de la isla habla de un antiguo convento de franciscanos que intentaron, en vano, cultivar un suelo, precisamente, virgen. Y así se quedó. Aquí reinan gaviotas reales, ostreros y otras especies protegidas que colonizan la roca para su nidificación con la misma determinación con la que el viento ocupa y sopla en cada grieta, produciendo un silbido constante al que te acostumbras. Alojarse en un faro se ha vuelto una experiencia posible en distintos rincones del mundo, pero aquí adquiere otro sentido: la soledad es real y el horizonte, absoluto.
Al anochecer, la casa se encoge de sonidos suaves: puertas que respiran, madera que asienta. Difícil dormir y renunciar a ser custodios atentos de un pedacito de mundo: de alguna manera, el espíritu farero se insinúa. Entre las olas del Atlántico y el ojo luminoso de la isla: una torre un tanto inquietante, como la de Mordor, y al mismo tiempo un tótem que tranquiliza. Su destello no alumbra la cama, pero vela; los faros siempre han hecho eso, vigilar sin molestar.

Puesto que todo tiene que venir de fuera, los huéspedes llevan consigo sus abastecimientos. No obstante, en la mesa suele esperarles una caja de bienvenida que condensa Bretaña: ostras frescas, pan, mantequilla salada, patés y confituras de algas, vino blanco y sidra. Se come mirando al horizonte y, si llueve —no exactamente una excepción por estos lados—, los grandes salones de la casa son un marco perfecto para disfrutar la experiencia. Eso sí, las conchas vacías se devuelven al mar: procesión laica, gesto simple, circuito breve, manual de buenas maneras del litoral ostrero.
Con las primeras luces de la madrugada, el faro mayor se apaga y el día entra, puntual, regulando sus deberes al compás de las mareas. Los pájaros patrullan sus rutas; lo que anoche parecían estrellas bajas en el horizonte se revela, con la claridad del alba, como las casas blancas de la bahía de Plouguerneau. Llega el barquero para otro relevo: la isla se abre de nuevo a los pocos visitantes que su discreción admite; la casa vuelve a ser museo, a la espera de nuevos fareros por una noche; el viento, como siempre, sigue haciendo su guardia. À bientôt.

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