domingo, 18 de octubre de 2026

¿Funciona la última moda para no envejecer?



Imagen de archivo: istock



Los péptidos se han convertido en una de las últimas estrellas de la medicina de la longevidad. Incluso Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud de Estados Unidos, ha hablado públicamente de su interés por determinados péptidos



Una paciente que vive en Estados Unidos me cuenta que se está inyectando péptidos, concretamente BPC-157 y TB-500, y me pregunta si me parecen un buen tratamiento para mejorar la piel y envejecer mejor. No es una pregunta extraña. Los péptidos se han convertido en una de las últimas estrellas de la medicina de la longevidad. Incluso Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud de Estados Unidos, ha hablado públicamente de su interés por determinados péptidos y de su uso personal. Pero, ¿qué dice realmente la ciencia?

En el caso del BPC-157 y el TB-500, gran parte de los resultados que se utilizan para defender sus posibles beneficios proceden de estudios preclínicos, fundamentalmente en animales. La investigación clínica en humanos es muy limitada y no permite afirmar que estos productos rejuvenezcan la piel, aceleren de forma clínicamente relevante su reparación o tengan un efecto antienvejecimiento demostrado. Y el problema no es únicamente si funcionan.

Desconocemos cuál sería la dosis adecuada, cuáles pueden ser todos sus efectos adversos, qué ocurre cuando se utilizan durante meses o años y, además, existe otro problema especialmente importante cuando se compran fuera de los circuitos farmacéuticos regulados: no siempre sabemos con certeza qué contiene el vial que el paciente se está inyectando.

Por eso conviene evitar una confusión frecuente. La insulina es un péptido. Los medicamentos basados en GLP-1 también lo son y han transformado el tratamiento de enfermedades como la diabetes y la obesidad. Pero detrás de ellos existen ensayos clínicos, dosis precisas, controles de fabricación, farmacovigilancia e indicaciones médicas bien establecidas.

No podemos colocar en el mismo nivel un medicamento aprobado después de rigurosos ensayos clínicos y una sustancia promocionada en internet con una evidencia humana todavía insuficiente.

En España, ni la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ni la Agencia Europea de Medicamentos han aprobado BPC-157 o TB-500 como medicamentos para uso humano.

Por tanto, cuando mi paciente me pregunta si debería utilizarlos para mejorar su piel, mi respuesta es sencilla: yo no lo haría mientras no dispongamos de buenos estudios en humanos que demuestren su eficacia y, sobre todo, su seguridad.

Pero esta conversación sobre los péptidos plantea una cuestión mucho más interesante. Hay un regalo que viene con la edad: la tranquilidad de haber visto pasar suficientes modas como para empezar a distinguir lo que es ciencia de lo que es marketing. Y, sobre todo, la libertad de poder decirlo.

Vivimos una época fascinante. Nunca hemos tenido tanta información sobre la piel, la salud y el envejecimiento y, paradójicamente, probablemente nunca haya habido tanta confusión.

Después de décadas trabajando como dermatólogo, he comprobado que muchas supuestas revoluciones tienen una vida media sorprendentemente corta. He visto pasar las cremas de placenta, las células madre vegetales en frascos, el colágeno milagroso, las dietas detox, los antioxidantes que supuestamente iban a detener el envejecimiento, los superalimentos, los exosomas y ahora los péptidos que prometen rejuvenecernos.

Algunas de estas tecnologías podrían acabar demostrando utilidad. Otras desaparecerán. El problema es que hoy el marketing suele llegar mucho antes que la ciencia.

Cuando escucho determinadas promesas, sonrío. Si un tratamiento es realmente extraordinario, no debería necesitar un ejército de influencers para convencernos. La buena medicina acaba imponiéndose por los resultados, no por los vídeos de quince segundos.

Con frecuencia me preguntan qué opino sobre la última tendencia viral. A veces esperan entusiasmo y otras, indignación. La mayoría de las veces mi respuesta es mucho más aburrida: No lo sabemos todavía.

Y creo que deberíamos reivindicar esas cuatro palabras. En ciencia, reconocer lo que todavía ignoramos es mucho más honesto que ofrecer una certeza prematura. Las redes sociales premian al que habla más alto, al que promete más y al que simplifica mejor. La medicina debería seguir premiando al que aporta mejores pruebas.

También he aprendido otra cosa con los años: no necesitamos medicalizar cada síntoma, cada arruga y cada mancha. Como defiendo en mi último libro, Larga vida a tu piel, el envejecimiento no es una enfermedad. Es la vida.

No existen demasiados secretos ocultos para vivir más y mejor. No hay un péptido, un suplemento, un análisis de 200 biomarcadores o una molécula clandestina que sustituya a no fumar, hacer ejercicio, dormir adecuadamente, mantener relaciones sociales, comer razonablemente bien, controlar los factores de riesgo cardiovascular y disponer de una buena atención sanitaria. Ya lo dice el refranero español: poco plato, mucho trato y mucho zapato. Así que de momento no nos vamos a inyectar esos péptidos rejuvenecedores.

La búsqueda obsesiva del elixir de la longevidad puede incluso hacernos olvidar algo esencial: al final no se trata de conseguir años vividos, sino de vida vivida.


sábado, 17 de octubre de 2026

¿Necesitas tomar colágeno y magnesio? Cuatro preguntas para decidirlo más allá de la publicidad



Suplementos. 
(Getty Images/Christopher Furlong)



Llenan estanterías y prometen soluciones para problemas muy distintos. Pero que el cuerpo necesite una sustancia no significa que tomarla en cápsulas aporte beneficios. La evidencia depende de la dosis, el producto y, sobre todo, de quién lo toma



Basta con entrar en una farmacia, un herbolario o una tienda de deporte para comprobar que los suplementos viven su mejor momento. Un bote promete cuidar el corazón; otro, borrar el cansancio; el siguiente, mejorar la piel o devolvernos un sueño reparador. Si todo fuera tan sencillo, la salud cabría en una cápsula. Pero ¿qué ocurre cuando las promesas se comparan con los estudios?

La respuesta corta es poco espectacular, depende. Un suplemento puede ser útil cuando existe una necesidad concreta, una ingesta insuficiente o una indicación clínica. Fuera de esos escenarios, el beneficio suele ser pequeño, incierto o inexistente. Que una sustancia sea esencial para el organismo no significa que todos necesitemos tomarla en forma de pastilla.

Los ácidos grasos EPA y DHA participan en funciones cardiovasculares y neurológicas. Hasta ahí, ningún misterio. El problema aparece cuando se transforma la recomendación de comer pescado en la idea de que toda la población debería tomar aceite de pescado. Una sardina no es una cápsula, además de omega-3, aporta proteínas, vitaminas y minerales dentro de una matriz alimentaria que el suplemento no reproduce.

Los grandes ensayos de prevención primaria, es decir, realizados en personas sin enfermedad cardiovascular conocida, no han observado una reducción clara de los principales eventos cardiovasculares con las dosis habituales de suplementos.

Además, un estudio observacional con más de 415.000 participantes relacionó el uso regular de aceite de pescado con un 13% más de fibrilación auricular y un 5% más de ictus entre quienes partían de una buena salud cardiovascular. Una asociación no demuestra que las cápsulas fueran la causa, y el estudio no podía controlar bien la dosis ni la formulación utilizada. Tal y como se recoge en la revisión del 2024 de Chen G et al.

Esto no convierte al omega-3 en enemigo. En personas con hipertrigliceridemia o con determinadas enfermedades cardiovasculares, algunas formulaciones purificadas y a dosis concretas pueden tener utilidad clínica. La clave está precisamente en aplicarlo en el paciente adecuado, producto adecuado y dosis adecuada. Para el resto, el pescado azul sigue teniendo más argumentos que el suplemento.

El marketing del colágeno ha construido una idea muy atractiva: tomamos un polvo y este viaja directamente a la arruga o a la articulación que queremos reparar. El organismo funciona de otra manera. Durante la digestión, el colágeno se descompone en aminoácidos y pequeños péptidos; algunos pueden ejercer efectos biológicos, pero no llevan una etiqueta que indique si deben terminar en la piel, el cartílago o el músculo.

La evidencia refleja bien esa distancia entre una posibilidad y una certeza. Un metaanálisis de 2023 encontró mejoras en hidratación y elasticidad de la piel, aunque también detectó sesgos y una notable heterogeneidad entre productos, dosis y duración. En 2025, otro análisis de 23 ensayos observó beneficios al agrupar todos los estudios; sin embargo, estos desaparecían cuando se examinaban únicamente los trabajos de mayor calidad o los que no habían recibido financiación de la industria. No demuestra que el colágeno sea inútil, pero sí que la evidencia es menos sólida de lo que sugiere la publicidad.

Por tanto, quien decida tomarlo debería esperar, como mucho, cambios modestos y no un tratamiento antienvejecimiento. Tampoco sustituye a una ingesta suficiente de proteína, frutas y verduras ricas en vitamina C, ejercicio de fuerza, buen descanso ni protección solar. A veces buscamos en el suplemento lo que todavía no hemos cuidado en los hábitos.

El magnesio interviene en el metabolismo energético, la función neuromuscular y el mantenimiento de los huesos. Pero de nuevo aparece la confusión: de ser un mineral imprescindible, se ha pasado a venderlo como solución general para el sueño, el estrés, los calambres y la fatiga. Son afirmaciones distintas.

Un ensayo aleatorizado publicado en 2025 estudió a 155 adultos con mala calidad de sueño que tomaron 250 mg diarios de magnesio elemental en forma de bisglicinato o placebo durante cuatro semanas. El grupo del magnesio mejoró algo más en una escala subjetiva de insomnio, pero el efecto fue pequeño. Los propios autores señalaron que hacen falta estudios más largos, medidas objetivas del sueño y una mejor identificación de las personas que podrían responder, posiblemente aquellas con menor ingesta previa.

Antes de comprarlo, conviene revisar lo menos llamativo: cafeína, alcohol, horarios, estrés, exposición a pantallas y regularidad del sueño. Si hay enfermedad renal, medicación o síntomas persistentes, la decisión debe consultarse. El magnesio puede ayudar en casos seleccionados; no convierte una mala higiene del sueño en una buena noche.


Vitamina D, ni para todos ni siempre con analítica

La vitamina D merece una explicación especial. Es fundamental para absorber calcio y fósforo y para mantener la salud ósea y muscular. Cuando existe una deficiencia o una indicación médica, corregirla es necesario. Lo que la ciencia no respalda es convertirla en una póliza universal frente al envejecimiento, el cáncer, las infecciones o las enfermedades cardiovasculares.

La guía de la Endocrine Society de 2024 aconseja que los adultos sanos menores de 75 años no tomen vitamina D por encima de la ingesta diaria recomendada solo para prevenir enfermedades, y tampoco propone medir sus niveles de forma rutinaria en toda la población sana. Hay excepciones y situaciones diferentes: niños y adolescentes, embarazo, mayores de 75 años, prediabetes de alto riesgo o personas con enfermedades que alteran la absorción o el metabolismo de la vitamina D. Por eso una recomendación individual no puede convertirse en una norma para todos.

Tomar dosis altas por cuenta propia tampoco es una estrategia inocente. El exceso puede producir hipercalcemia y dañar el riñón. En este caso, más no significa mejor: significa más riesgo. La protección real del hueso sigue incluyendo actividad física, especialmente ejercicio de fuerza, una ingesta adecuada de calcio y proteína y, cuando corresponda, prevención específica de caídas y tratamiento de la osteoporosis.


La pregunta que falta en la etiqueta

Antes de abrir un bote conviene responder cuatro preguntas: ¿qué problema concreto quiero resolver?, ¿existe una indicación profesional o un riesgo real de déficit?, ¿qué dosis, formulación y duración se han estudiado?, ¿puede interactuar con mi medicación o con otros suplementos? Si no sabemos responderlas, probablemente tampoco sabemos si necesitamos el producto.

La base continúa siendo menos novedosa, pero mucho más eficaz: pescado, legumbres, huevos, lácteos o alternativas adecuadas, frutos secos, verduras, frutas, aceite de oliva, cereales integrales y alimentos proteicos de calidad. A ello hay que sumar descanso, movimiento y una exposición solar prudente. Los suplementos pueden completar una buena estrategia; rara vez rescatan una mala.

La recomendación final es sencilla: no suplementarse por presión publicitaria, no mezclar productos sin control y desconfiar de cualquier promesa que sirva igual para todos. Antes de añadir otra cápsula, quizá convenga abrir la despensa, revisar el descanso y moverse un poco más.


viernes, 16 de octubre de 2026

La economía de Europa no para de perder peso en el PIB global, pero los cinco países más ricos del mundo son europeos y eso no va a cambiar en muchos años

 

Una persona camina frente a un mural con la bandera de la UE. Foto de Alamy.


  • De los 10 países más ricos del mundo, ocho son europeos
  • Además, dos de ellos pertenecen a la 'maltrecha' zona euro
  • Si se analiza el PIB en PPA, Europa no se ha distanciado de EEUU


La economía de Europa se ha convertido en las últimas dos décadas es una especie de 'enfermo' económico. Buena parte de economistas o expertos han utilizado a la Unión Europea como diana para sacar a relucir los fallos que estarían llevando a la que fue la región más próspera del mundo durante mucho tiempo a la decadencia. Exceso de regulación, conformidad, envejecimiento, un Estado de Bienestar que absorbe cada vez más recursos y expulsa la inversión privada... son muchos los factores que han podido contribuir al estancamiento de Europa. Pero todo ello no debe hacer olvidar que este continente sigue estando entre los más ricos del mundo, con una calidad de vida muy elevada, una esperanza de vida que es de las más altas del globo y donde todavía se encuentran los cinco países más ricos del mundo por renta per cápita. El que tuvo retuvo (dice el refrán), eso es lo que pasa con la economía de Europa.

El continente ha perdido protagonismo tecnológico, sus grandes empresas apenas participan en la revolución de la inteligencia artificial y el crecimiento de la productividad parece haberse quedado rezagado frente al de EEUU. Cuando se analiza el peso de la Unión Europea en el PIB global no hay duda. En 1980, la Unión Europea (suponiendo que existiera tal y como es hoy) suponía el 28% de la economía global. En 2025, el peso de la UE en el PIB global ha caído hasta el 13,8%, pese a la inesperada resistencia de la economía en los últimos años.

Sin embargo, bajo esta imagen de estancamiento se esconde una realidad que puede resultar muy sorprendente. Europa continúa albergando a las sociedades más prósperas del planeta. Según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2026, los cinco países con mayor PIB per cápita nominal del mundo son europeos: Liechtenstein, Luxemburgo, Irlanda, Suiza y Noruega. Una clasificación que recuerda que, pese a sus dificultades estructurales, el Viejo Continente conserva una capacidad extraordinaria para generar riqueza. No solo eso, investigaciones recientes de la Fed de Richmond o los últimos análisis del premio Nobel de Economía Paul Krugman sugieren, con matices, que la distancia económica entre Europa y EEUU podría ser bastante menor de lo que indican las estadísticas de crecimiento más utilizadas.

Respecto al ranking de países más ricos del mundo llama la atención que los cinco primeros son europeos. Habrá muchos lectores que digan o aseguren que esos cinco países señalados son muy pequeños o que no representan lo que es Europa. Pero si se amplía un poco más el ranking global que publica el FMI cada pocos meses, ese argumento pierde parte de su forma, puesto que, de los diez primeros, ocho son europeos. A los señalados anteriormente se les unen Islandia, Dinamarca y Países Bajos. No solo algunas son economías de mayor tamaño, sino que hasta una de ellas (Países Bajos, junto a Irlanda) forma parte de la maltrecha zona euro.



Pero quizá el argumento más interesante para cuestionar el relato de la decadencia europea no procede solo de estos países, sino de las grandes economías del continente. Paul Krugman ha puesto recientemente sobre la mesa una contradicción estadística que amenaza con cambiar la interpretación de los últimos 25 años. "Europa es una superpotencia económica que ha proporcionado a sus habitantes unas vidas extraordinariamente buenas, tanto en comparación con los estándares históricos como con el resto del mundo", sostiene el economista estadounidense.

Krugman admite que los europeos suelen tener casas y coches más pequeños que los estadounidenses, pero recuerda que también disfrutan de "mucha más seguridad económica que la mayoría de los estadounidenses, menor desigualdad de renta, mayor esperanza de vida y más tiempo libre". Uno de los motivos que han llevado a Europa a distanciarse en términos de PIB per cápita con EEUU son las horas de trabajo. En EEUU se trabajan muchas más horas al año, mientras que los europeos parecen haber optado por una vida más 'ociosa'. De hecho, hay estudios que demuestran que buena parte de la brecha entre las economías de EEUU y Europa se debe a que los europeos prefieren tener más vacaciones. Es cuestión de preferencias en muchos casos. En otras palabras, medir el éxito de una economía exclusivamente por su producción o por el tamaño de sus empresas tecnológicas puede dejar fuera aspectos esenciales del bienestar de sus ciudadanos.

La tesis de Krugman va incluso más lejos. Aunque las estadísticas convencionales muestran que EEUU ha crecido mucho más deprisa que las grandes economías europeas desde principios de siglo, las comparaciones del PIB por habitante ajustado por paridad de poder adquisitivo (PPA) ofrecen una imagen sorprendentemente diferente. "Si se compara el PIB per cápita europeo o la productividad europea (PIB por hora) con los de EEUU año tras año, utilizando métodos completamente estándar, no se encuentra una brecha cada vez mayor", explica. "De hecho, la distancia entre Europa y EEUU, si acaso, se ha reducido ligeramente durante los últimos 25 años".

La Reserva Federal de Richmond ha publicado hace menos de un mes un estudio donde analiza esta situación. Chen Yeh, investigador de la Fed, ha sido el autor del trabajo titulado Understanding the Debate on the US-Europe Paradox. Sus cálculos muestran que, entre 2001 y 2023, el PIB per cápita alemán medido a PPA corriente pasó de representar aproximadamente el 74% del estadounidense al 80%, mientras que Francia se mantuvo alrededor del 70%. Italia, en cambio, retrocedió del 74% al 68%. No existe, por tanto, una historia europea completamente homogénea. Es decir, las dos mayores economías del euro han mantenido el ritmo a EEUU en paridad de poder adquisitivo (es decir, descontando el impacto de los precios y el tipo de cambio).

EEUU tiene la tecnología

¿Cómo es posible que EEUU haya crecido mucho más rápido y, al mismo tiempo, Alemania y Francia hayan mantenido prácticamente intacta su posición relativa en términos de poder adquisitivo? La explicación está en la forma de medir la producción y, especialmente, en el espectacular desarrollo del sector tecnológico estadounidense. El estudio de la Fed de Richmond explica que las estadísticas de crecimiento real, calculadas a precios constantes nacionales, incorporan las enormes mejoras de calidad y productividad de los productos tecnológicos. Cuando un ordenador duplica su capacidad sin aumentar de precio, las cuentas nacionales registran un incremento de la producción real, aunque el valor monetario de ese producto permanezca estable.

EEUU, que concentra una parte desproporcionada de la industria tecnológica mundial, recibe un fuerte impulso estadístico de este fenómeno. Europa, en cambio, produce relativamente poca tecnología de vanguardia, pero puede adquirir buena parte de esos productos a precios internacionales cada vez más bajos. Así, los consumidores europeos también se benefician de los avances estadounidenses, aunque ese beneficio no aparezca de la misma manera en las estadísticas de producción real europea.

Además, la riqueza generada por la tecnología, es decir, los beneficios de las grandes tecnológicas, sus patentes y su propiedad intelectual pueden concentrarse en accionistas estadounidenses, aunque sus productos se consuman en todo el mundo. Por eso, el informe concluye que no resulta sencillo determinar, solo con estas estadísticas, si Europa está perdiendo bienestar relativo. La respuesta depende de cómo se distribuyen las ganancias tecnológicas y de quién termina apropiándose de ellas.

De modo que aunque la evidencia del PIB per cápita en dólares corrientes revela que EEUU está cada vez más lejos, la realidad puede ser algo diferente. Sin entrar a valorar los argumentos de Krugman o del informe de la Fed de Richmond, lo cierto es que en términos de PIB per cápita en dólares corrientes hay cinco países europeos por delante de EEUU, como se señalaba al principio. Son economías pequeñas y un tanto singulares, pero son economías europeas.

El liderazgo corresponde a Liechtenstein, el pequeño principado alpino situado entre Suiza y Austria, presenta una renta per cápita prevista de 230.420 dólares en 2026, según el FMI. Este PIB per cápita multiplica por casi dos veces y media los 94.430 dólares de EEUU. Su secreto no reside exclusivamente en su condición de centro financiero, aunque la banca privada y la gestión de patrimonios desempeñan un papel importante. Liechtenstein cuenta también con una industria exportadora extraordinariamente competitiva, especializada en maquinaria, herramientas de precisión, componentes industriales y productos de alto valor añadido. Empresas como Hilti ilustran la capacidad de esta pequeña economía para competir internacionalmente en sectores industriales avanzados. A ello se suman la estabilidad institucional, una fiscalidad atractiva y una estrecha integración con el mercado suizo.

El segundo puesto corresponde a Luxemburgo, con 155.730 dólares por habitante, otra economía pequeña que ha conseguido convertir su especialización internacional en una fuente formidable de riqueza. Su posición como centro financiero europeo, la presencia de bancos, fondos de inversión y grandes empresas internacionales, junto con un entorno regulatorio y fiscal favorable, explican buena parte de su prosperidad.

Como señala el propio FMI en varios de sus informes, Luxemburgo ha desarrollado una industria de servicios financieros que opera a escala mundial y que genera un valor añadido desproporcionadamente elevado respecto a su población. Además, se beneficia de su ubicación estratégica en el corazón de Europa y de una fuerza laboral altamente cualificada.

Irlanda completa el podio con una renta per cápita de 127.800 dólares, una cifra que habría parecido inimaginable hace apenas unas décadas para un país que durante buena parte del siglo XX figuraba entre las economías más pobres de Europa occidental. Su transformación se ha apoyado en una combinación de apertura comercial, integración en el mercado único europeo, mano de obra cualificada, uso del inglés y una política fiscal favorable a la inversión extranjera. El resultado ha sido la llegada masiva de multinacionales estadounidenses, especialmente tecnológicas y farmacéuticas, que han convertido al país en uno de los grandes centros europeos de producción y exportación de servicios y productos de elevado valor añadido.

Sin embargo, Irlanda representa también el ejemplo más extremo de los problemas que puede plantear el PIB per cápita como indicador de bienestar. La contabilización de beneficios, propiedad intelectual y operaciones de multinacionales infla considerablemente su producción nacional. Por eso, las autoridades irlandesas utilizan también la renta nacional bruta modificada, conocida como GNI, para aproximarse mejor al tamaño de su economía doméstica. Este indicador revela que la prosperidad de los irlandeses es inferior a la que muestra el PIB per cápita, pero sigue siendo muy elevada.

Suiza ocupa la cuarta posición con 124.480 dólares por habitante, y probablemente representa uno de los ejemplos más sólidos de riqueza asentada sobre una productividad elevada y una especialización económica difícil de replicar. A diferencia de otros países de la clasificación, su prosperidad no depende fundamentalmente de ventajas estadísticas asociadas a un territorio diminuto o a la contabilización de beneficios de multinacionales.

Su economía combina una potente industria farmacéutica, maquinaria de precisión, tecnología médica, relojería de lujo y servicios financieros avanzados. Empresas como Roche, Novartis o Nestlé reflejan la capacidad del país para desarrollar productos y marcas con un elevado valor añadido. La formación profesional, la innovación, la estabilidad política y la seguridad jurídica completan un modelo que ha conseguido mantener salarios muy altos durante décadas. Es cierto que el elevado coste de la vida reduce parte de la ventaja que sugiere la comparación nominal, pero Suiza sigue destacando por su extraordinaria productividad y su capacidad para competir en actividades donde el conocimiento resulta más importante que los costes laborales.

El quinto país es Noruega, con una renta per cápita de 115.000 dólares, una economía que ha construido su prosperidad aprovechando recursos naturales y energéticos que muchos otros países europeos desearían tener. La abundancia de energía hidroeléctrica, el petróleo y el gas han sido una de las claves de su desarrollo y de la acumulación de ahorro a través del mayor fondo soberano del mundo. A ello se suman una actividad pesquera altamente productiva, un sector turístico que ha experimentado una fuerte expansión y una población pequeña y relativamente cualificada.

La fotografía del FMI no termina ahí. Singapur aparece en sexta posición, seguido de Islandia y EEUU, con 95.210 dólares. Dinamarca ocupa el noveno puestos, mientras que Países Bajos cierra los diez primeros. Es decir, ocho de las diez economías con mayor PIB per cápita nominal del planeta son europeas si se incluye a los países del continente que no pertenecen a la Unión Europea. Aunque muchos de estos países son relativamente pequeños, otros como Países Bajos son el paradigma del éxito europeo. Esta economía es la quinta más grande de la eurozona, solo por detrás de Alemania, Francia, Italia y España. Aun así, el ranking constituye un recordatorio poderoso de la riqueza acumulada por Europa y de la fortaleza que conservan algunas de sus estructuras productivas.

Europa tiene, por tanto, motivos para preocuparse, pero también razones de sobra para seguir siendo respetada como potencia económica. El envejecimiento demográfico, la fragmentación de sus mercados de capitales, la debilidad de la inversión tecnológica y el menor crecimiento de la productividad constituyen desafíos reales que no desaparecen por el hecho de que Liechtenstein, Luxemburgo o Suiza encabecen una clasificación internacional de riqueza. Sin embargo, tampoco resulta riguroso presentar al continente como una región empobrecida o incapaz de competir.

Europa conserva empresas industriales extraordinariamente productivas, instituciones consolidadas, capital humano, infraestructuras, servicios públicos y una calidad de vida que continúa situándose entre las más elevadas del planeta. El trabajo de la Fed de Richmond demuestra que el diagnóstico económico depende también de qué se mide y cómo se mide. Y Krugman invita a recuperar una perspectiva que a menudo se pierde entre titulares sobre la decadencia. El verdadero objetivo de una economía no consiste únicamente en crecer más rápido que sus competidores, sino en transformar su riqueza en bienestar para sus ciudadanos, en esperanza de vida con salud, en seguridad en sus calles, en felicidad en definitiva. Bajo ese criterio, Europa tiene todavía mucho que defender, aunque no pueda permitirse seguir ignorando sus debilidades.


10:09 - 15/10/2026
https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14021043/10/26/la-economia-de-europa-no-para-de-perder-peso-en-el-pib-global-pero-los-cinco-paises-mas-ricos-del-mundo-son-europeos-y-eso-no-va-a-cambiar-en-muchos-anos.html

jueves, 15 de octubre de 2026

El 'mal holandés' llega a la economía de EEUU: una nueva industria empieza a acaparar el capital, la energía y la mano de obra

 

Dos trabajadores en un centro de datos. Foto: iStock


  • El auge de la IA está provocando esta 'enfermedad' económica, según Apollo
  • Se da cuando el repentino 'boom' en un actividad es un problema para otras ramas
  • La frenética inversión en centros de datos contrasta con la debilidad en la vivienda


Cuando se enuncia la teoría del 'mal holandés' o la 'enfermedad holandesa' no se habla de otra cosa que de una economía que ha alcanzado tal y repentino éxito en una actividad concreta que, por decirlo suavemente, ha descuidado todas las demás, haciéndose en extremo dependiente de la misma. Un caso reciente muy comentado es el de Taiwán con los chips. Esta descripción, que sobre el papel no le pega a una economía como la de EEUU, se está empezando a emplear con la primera potencia del planeta debido al frenesí que está alcanzando la inversión en Inteligencia Artificial (IA), materializada especialmente en la construcción de los tan deseados como denostados centros de datos.

Por debajo de las omnipresentes noticias sobre la inversión y endeudamiento masivos de los conocidos como hiperescaladores (grandes proveedores de servicios en la nube), cualquiera que se haya asomado brevemente por los titulares económicos de EEUU habrá visto una idea bastante repetida: el capex (la inversión en capital) en todo lo aledaño a la IA ha sido el mayor impulsor del crecimiento del producto interior bruto (PIB) en los últimos tiempos. Jason Furman, prestigioso economista de la Universidad de Harvard, ha sugerido que la inversión en tecnología y software representó el 92% del crecimiento del PIB estadounidense en el primer semestre de 2025, en un momento en que el sector no tecnológico atravesaba dificultades.

La idea de fondo es la misma: pese a los elevados tipos de interés, la incertidumbre global, las dudas con la demanda futura, las todavía frágiles perspectivas de beneficios y la problemática oferta de energía, la IA es un 'toro' furibundo en el ruedo de la economía estadounidense. "El auge de la IA, insensible a los tipos de interés, está provocando el 'mal holandés' en la economía estadounidense al desviar capital, energía y mano de obra de sectores vulnerables como la vivienda y la automoción", da la primera pincelada Torsten Slok, economista jefe de Apollo.

El término 'enfermedad holandesa' nació a raíz del descubrimiento de importantes yacimientos de gas natural en los Países Bajos durante la década de 1950 y del posterior auge de sus exportaciones. Lo que parecía una bendición económica terminó convirtiéndose en un problema para otras ramas de actividad. La entrada masiva de divisas contribuyó a apreciar la moneda, encareciendo los productos nacionales frente a los extranjeros y restando competitividad a las industrias exportadoras. Pero el fenómeno tenía una segunda dimensión, igualmente importante: el sector que estaba experimentando el auge atraía capital y trabajadores desde otras actividades, elevaba los costes de producción y dificultaba la supervivencia de empresas que no podían competir por esos recursos.

La teoría económica distingue, por tanto, entre el efecto gasto, asociado a la apreciación del tipo de cambio real y al aumento de la demanda interna, y el efecto desplazamiento de recursos, por el que una actividad extraordinariamente rentable termina absorbiendo factores productivos que antes se destinaban a otros sectores. La paradoja es que un país puede enriquecerse gracias a un negocio concreto y, al mismo tiempo, debilitar parte de su tejido productivo.

EEUU parecía relativamente inmune a una enfermedad de estas características. Su economía no depende de una única materia prima ni de un reducido grupo de exportaciones, sino que cuenta con uno de los aparatos productivos más diversificados del planeta, un gigantesco mercado interior, una industria tecnológica de vanguardia y unos mercados financieros capaces de canalizar el ahorro hacia multitud de actividades.

Además, la condición del dólar como principal moneda de reserva internacional y la extraordinaria profundidad de sus mercados de capitales hacían difícil que el éxito de un sector provocase los desequilibrios propios de una pequeña economía exportadora de recursos naturales. Sin embargo, la IA ha introducido una variante peculiar de este fenómeno: no se trata tanto de una apreciación cambiaria provocada por las exportaciones como de una competencia cada vez más desigual por recursos escasos. Los gigantes tecnológicos pueden financiar inversiones multimillonarias gracias a sus enormes flujos de caja, su acceso privilegiado al crédito y las expectativas de beneficios futuros, mientras que las empresas de sectores tradicionales siguen sometidas a unos tipos de interés elevados y a unas condiciones financieras mucho más exigentes.

Con todo, el dinero, la electricidad, los equipos y determinados perfiles laborales se concentran en torno a la IA, incluso cuando el resto de la economía encuentra crecientes dificultades para invertir. Es una 'enfermedad holandesa' sin necesidad de descubrir petróleo ni gas: el recurso extraordinariamente rentable es ahora la capacidad de computación.

El contexto más cercano en el tiempo en el caso de EEUU es claro. La llegada de ChatGPT a finales de 2022 y el posterior lanzamiento de otras herramientas de IA generativa han impulsado este auge en la inversión tecnológica en el país. Las empresas tecnológicas estadounidenses compiten por el liderazgo, enfrentándose a competidores extranjeros, principalmente chinos. Mientras tanto, el gobierno de EEUU considera esto un asunto crucial para la seguridad nacional y económica de las próximas décadas, y está dispuesto a incentivar y apoyar iniciativas en este campo. Sin ir más lejos, noticias en su momento como los avances de la china DeepSeek supusieron todo un terremoto en EEUU.

El resultado ha sido un aumento sustancial del gasto en la construcción de centros de datos y la generación de energía eléctrica. De hecho, estos son los únicos sectores donde actualmente se observa un crecimiento del gasto en construcción. La construcción residencial se ve obstaculizada por los elevados tipos hipotecarios y la falta general de asequibilidad tras el auge de los precios de la vivienda después de la pandemia. De forma más sorprendente, llaman la atención los analistas de ING, el sector tecnológico, excluyendo los centros de datos, ha experimentado un retroceso tras la aprobación de la Ley de Chips y Ciencia de 2022 del presidente Biden, que destinó 52.700 millones de dólares para impulsar la fabricación e investigación de semiconductores a nivel nacional. Mientras tanto, el resto de la construcción no residencial se encuentra estancada.

"El repunte de la actividad resulta aún más evidente si analizamos el indicador del PIB correspondiente al gasto de capital empresarial no residencial. Si agrupamos la inversión en informática y periféricos junto con la inversión en software, observamos un aumento acumulado del 62% en el gasto real desde el primer trimestre de 2022. El frenético gasto en tecnología parece haber canibalizado efectivamente otras inversiones empresariales no residenciales, que descendieron en términos interanuales durante seis trimestres consecutivos, entre el cuarto trimestre de 2024 y el primer trimestre de 2026", escribe el economista James Knightley en un informe reciente de ING.

Un reciente gráfico del mencionado Furman ofrece bastante clarividencia al respecto, al mostrar cómo ha evolucionado el gasto en construcción en EEUU, ajustado por inflación, en distintos sectores. En efecto, el gasto real en construcción de centros de datos creció entre enero y agosto un 64,5% con respecto al mismo periodo del año anterior. En el mismo lapso, solo el gasto de otro subsector creció, el de la infraestructura energética con un mucho más modesto porcentaje del 4,1%. En el resto de subsectores, el gasto retrocedió, tanto en construcción residencial (un -9,6%) como no residencial (un -5,9% con caídas de dos dígitos en sanidad, retail, educación, oficinas no relacionadas con centros de datos y manufactura con un considerable -23,9%).

El problema es que la economía estadounidense está empezando a funcionar a dos velocidades, con un sector tecnológico que parece operar al margen de las restricciones financieras que atenazan al resto. Para entender esta divergencia hay que fijarse en el coste del capital. En condiciones normales, unos tipos de interés elevados encarecen la financiación, reducen el valor actual de los beneficios futuros y desincentivan los proyectos de inversión, especialmente aquellos que necesitan endeudarse para generar ingresos a largo plazo. Pero las grandes tecnológicas cuentan con balances extraordinariamente sólidos, abundante liquidez y unas expectativas de rentabilidad que les permiten seguir invirtiendo incluso cuando el precio del dinero permanece alto.

En cambio, una promotora inmobiliaria, un fabricante de automóviles o una empresa industrial con márgenes más estrechos no puede ignorar el aumento de los costes financieros. La consecuencia es una asimetría en la transmisión de la política monetaria. Es decir, mientras que la Reserva Federal intenta enfriar la demanda y contener la inflación mediante unos tipos de interés restrictivos, una parte cada vez más relevante de la inversión empresarial sigue acelerando con independencia de ellos.

Esta situación puede provocar un efecto de desplazamiento de la inversión privada, aunque no necesariamente a través del mecanismo tradicional por el que el endeudamiento público eleva los tipos de interés y expulsa a las empresas del mercado de crédito. En este caso, el desplazamiento es fundamentalmente sectorial y se produce a través de los precios relativos y de las limitaciones de oferta. Los centros de datos compiten por terrenos, conexiones a la red eléctrica, transformadores, turbinas, materiales de construcción, ingenieros y trabajadores especializados. Cuando la oferta de estos factores no puede aumentar con rapidez, una demanda extraordinaria eleva sus precios y encarece los proyectos de otros sectores.

El ejemplo más evidente es la electricidad. Aunque construir capacidad de generación adicional puede terminar ampliando la oferta energética, la demanda inmediata de los centros de datos puede saturar redes de transporte y distribución que requieren años de inversión y autorizaciones para expandirse. Una fábrica que necesite conectarse a la red o una industria intensiva en electricidad puede encontrarse así con costes superiores, retrasos o una menor disponibilidad de capacidad, no porque su actividad haya dejado de ser rentable, sino porque compite por los mismos recursos con empresas dispuestas a pagar mucho más.

Desde el punto de vista macroeconómico, esta concentración de la inversión plantea una cuestión todavía más delicada: la diferencia entre crecimiento del PIB y crecimiento equilibrado de la capacidad productiva. La contabilidad nacional registra como formación bruta de capital fijo la adquisición de equipos, instalaciones y software, de modo que el desembolso asociado a la IA impulsa la demanda agregada y puede contribuir directamente al crecimiento económico. Sin embargo, que una inversión aumente el PIB hoy no garantiza que genere mañana una rentabilidad suficiente ni un incremento equivalente de la productividad del conjunto de la economía. Esto puede generar presiones inflacionistas en determinados mercados mucho antes de que aparezcan las fuerzas desinflacionistas asociadas a una mayor productividad. El riesgo no es únicamente que la IA absorba una parte creciente de la inversión estadounidense, sino que los cuellos de botella que genera dificulten la expansión de otras actividades mientras las prometidas ganancias de eficiencia tardan años en hacerse visibles.


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