jueves, 5 de noviembre de 2026

"Uno de los grandes misterios de la ciencia": lo que la anestesia general revela sobre cómo funciona nuestro cerebro


BBC / Serenity Strull / Getty

El estudio de la anestesia y su funcionamiento puede arrojar luz sobre cómo opera el cerebro.


El funcionamiento de los anestésicos generales sigue sin entenderse por completo, pero su estudio está revelando pistas sobre la naturaleza de la consciencia.

En 1797, al célebre almirante británico Horatio Nelson le amputaron el brazo derecho. La operación le salvó la vida. Pero, según la leyenda, el único anestésico que le ofrecieron fue un trago de ron.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, incluso la amputación de extremidades se realizaba con los pacientes completamente despiertos.

La introducción de la anestesia general en 1846 supuso una auténtica revolución. De pronto era posible desconectar temporalmente la consciencia de cualquier persona en cualquier momento y lugar. Nelson podría haberse sometido a la amputación y aun así haberse presentado a desayunar al día siguiente.

Hoy se practican más de 350 millones de intervenciones quirúrgicas cada año bajo anestesia general. Sin embargo, todavía no está del todo claro cómo estos misteriosos fármacos nos sumen en la inconsciencia.

Las pistas que están surgiendo ahora ayudan a los científicos a comprender mejor el funcionamiento fundamental del cerebro. Incluso apuntan al origen mismo de la consciencia.

Un sueño universal

Existen varias categorías de anestésicos. Algunos actúan bloqueando directamente el dolor, mientras que otros provocan somnolencia y relajación. Los anestésicos generales van un paso más allá. Estos fármacos inducen la inconsciencia, de modo que la persona pierde por completo la percepción de lo que sucede a su alrededor.

Existen numerosos anestésicos capaces de inducir un estado de inconsciencia. Van desde gases aparentemente inertes, como el xenón —que rara vez se utiliza en la práctica clínica—, hasta el propofol, el anestésico general más empleado en la actualidad.

Los anestésicos generales pueden presentar estructuras químicas muy distintas entre sí. En todos los casos, sin embargo, el efecto global consiste en interferir en la comunicación entre las neuronas del cerebro, impidiendo que estas intercambien señales entre sí.

Lo que las imágenes por resonancia magnética (IRM) muestran con claridad es una reducción generalizada de la actividad cerebral.

Sin embargo, se entiende mucho menos cómo esa reducción de actividad logra sumir a un paciente en la inconsciencia.

Para empezar, todavía no está claro si el estado de inconsciencia inducido por los anestésicos requiere una desconexión total de todo el cerebro o si algunas regiones cerebrales desempeñan un papel más importante que otras.

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Aún no se sabe qué regiones del cerebro tienen un mayor papel en la pérdida de consciencia.

"Incluso si todo el cerebro se apaga, como está tan interconectado, resulta muy difícil aislar qué desencadenó esa desconexión global", explica Nick Franks, profesor de Biofísica y Anestesiología en el Imperial College de Londres.

"Si observamos las imágenes cerebrales, queda claro que existen determinadas regiones más sensibles que se desactivan primero, y eso plantea la pregunta de si son esas regiones las que desencadenan después el apagado general", agrega.

Franks señala el tálamo, una estructura con forma de huevo situada en las profundidades del cerebro que actúa como centro de conexión entre distintas regiones cerebrales.

Esta zona parece reducir su actividad antes que otras cuando una persona recibe anestesia general. El tálamo desempeña un papel crucial, entre otras funciones, en el inicio y mantenimiento del sueño. ¿Significa eso que los anestésicos actúan "secuestrando" los circuitos cerebrales naturales del sueño?

"Si administras anestesia a un animal y luego estimulas una parte muy específica del tálamo, puedes despertarlo", afirma Franks.

"Los estudios también muestran que algunas personas en coma pueden despertar mediante estimulación talámica. Por tanto, se trata de una región esencial para el estado de vigilia", agrega. Sin embargo, hacen falta más investigaciones para determinar si ese es realmente el mecanismo que entra en juego.

Otros científicos creen que la corteza cerebral —la capa externa y plegada del cerebro— constituye el principal "hogar de la consciencia" y que, por tanto, es ahí donde los anestésicos ejercen sus efectos más importantes.

Pero también hay otras regiones implicadas. Entre ellas figuran los lóbulos frontal y parietal. El primero se encuentra detrás de la frente y participa en numerosas funciones cognitivas de alto nivel, como el pensamiento crítico.

El segundo está situado más atrás y se encarga de procesar información sensorial, como el tacto.

Un tercer estado

Pero están surgiendo indicios de que nuestro cerebro podría ser capaz de alcanzar un estado intermedio de consciencia, que no se corresponde ni con el sueño ni con la vigilia.

Para la mayoría de las personas, la anestesia general implica una pérdida total de la consciencia y, por tanto, de cualquier recuerdo de lo sucedido. Pero no siempre ocurre así.

Se calcula que aproximadamente uno de cada 15.000 pacientes sometidos a cirugía puede recordar aspectos de la intervención tras despertarse, un fenómeno conocido como conciencia accidental durante la anestesia.

Jaideep Pandit, anestesista consultor de los Hospitales de la Universidad de Oxford, cree que estas personas experimentan un "tercer estado" de consciencia, situado en algún punto entre el sueño y la vigilia, o entre la consciencia y la inconsciencia.

En sus experimentos, Pandit administró la anestesia junto con un relajante muscular, pero utilizó un torniquete para evitar que el relajante paralizara el antebrazo.

Esto permitía que los pacientes inconscientes movieran la mano si así lo deseaban. Descubrió que un tercio de los pacientes era capaz de apretar los dedos del investigador cuando se les daba una orden, a pesar de no mostrar señales de estar despiertos ni de sentir dolor durante la cirugía.

Según Pandit, estos resultados sugieren la existencia de un tercer nivel de consciencia.

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Hay investigaciones que apuntan a la existencia de un tercer nivel de consciencia.

El prodigio del pensamiento consciente

El llamado "problema difícil" de la consciencia sigue siendo uno de los grandes misterios sin resolver de la ciencia. Pero estudiar qué cambia cuando perdemos esa capacidad está ayudando a desvelar algunos de sus secretos.

Aunque el sueño normal también implica una pérdida de consciencia, los anestésicos generales permiten desconectarla en cualquier momento, lo que facilita mucho su estudio.

Tomemos como ejemplo el carácter único de nuestras experiencias conscientes. En general, se acepta que la experiencia consciente de cada persona o animal es completamente subjetiva y exclusiva.

Andrea Luppi, neurocientífico de la Universidad de Cambridge, investigó si los anestésicos generales pueden arrojar luz sobre cómo funciona este fenómeno. Para ello estudió cerebros de personas bajo anestesia general mediante resonancias magnéticas funcionales (fMRI).

Esta tecnología permite registrar el flujo sanguíneo cerebral y observar el efecto que tienen estos fármacos.

Luppi se interesó especialmente por la denominada "conectividad funcional", una medida de la capacidad de distintas regiones del cerebro para comunicarse y coordinar su actividad.

Normalmente, este tipo de actividad neuronal sigue un patrón tan singular que puede actuar como una especie de "huella dactilar" para identificar a una persona.

Sin embargo, Luppi y sus colegas descubrieron que, bajo anestesia, los cerebros individuales se volvían menos "únicos" y más parecidos entre sí.

De forma intrigante, el cerebro humano anestesiado también se diferenciaba menos de los cerebros de otros primates, lo que sugiere que las regiones cerebrales más afectadas por la anestesia son aquellas que surgieron más recientemente en términos evolutivos.

Luppi cree que una característica fundamental de la anestesia es que impide la comunicación entre regiones cerebrales distantes.

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Los anestésicos reducen la comunicación entre distintas zonas del cerebro.

Durante la vigilia, distintas áreas pueden interactuar incluso sin estar conectadas de manera directa. Sin embargo, este fenómeno es muy poco frecuente en el cerebro anestesiado, donde parecen comunicarse únicamente las regiones que mantienen conexiones directas.

"Durante la vigilia, el flujo de la consciencia guía la secuencia de patrones cerebrales por los que transitamos", escribió Luppi en un comentario publicado en 2024.

Bajo anestesia, en cambio, la actividad cerebral pierde ese rumbo, explica el experto.

Los hallazgos de Luppi encajan con la idea de que la consciencia no surge de la actividad de una región concreta del cerebro. Más bien, sería el resultado de una red: un fenómeno emergente que nace de la coordinación entre distintos centros cerebrales. Algo parecido a paralizar un gobierno al colapsar los sistemas de comunicación de un país.

Luppi también cree que los anestésicos generales podrían arrojar luz sobre la forma en que sustancias psicodélicas como el LSD o la psilocibina (los llamados "hongos alucinógenos") alteran la consciencia.

Mientras que los anestésicos reducen la comunicación entre distintas regiones del cerebro, los psicodélicos parecen provocar el efecto contrario: inducen al cerebro a abrir nuevas vías de comunicación.

Aun así, todavía queda mucho por aprender sobre dónde reside exactamente la consciencia en el cerebro humano.

"Nuestro conocimiento sobre la consciencia es bastante rudimentario", afirma Boris Heifets, profesor asociado de Anestesiología, Medicina Perioperatoria y Tratamiento del Dolor en la Universidad de Stanford, en California.

"Así que, si encuentra a alguien capaz de explicar cómo funciona la experiencia consciente, por favor avíseme. Me encantaría hablar con esa persona."`



*Todo el contenido de este artículo se ofrece únicamente con fines informativos generales y no debe considerarse un sustituto del asesoramiento médico de profesionales sanitarios.

Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación.

    • Jasmin Fox-Skelly
    • Título del autor,BBC Future
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 7 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/cmp306q0dwd1o

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Una falsa entrevista de trabajo: así se ejecutó el robo a Binance, el mayor hackeo de la historia cripto

 

Changpeng Zhao, cofundador de Binance, en Lisboa.
Stephen McCarthy (Getty)


La empresa reconoce que el ataque sufrido el pasado jueves se gestó durante varios meses


No ha pasado ni una semana desde el ciberataque que sacudió a Binance y dejó atónita a la industria cripto. Los ladrones lograron desviar 6.300 millones de dólares, una cifra sin precedentes para un incidente de este tipo. Desde entonces, la plataforma ha tratado de recuperar la normalidad, restableciendo las retiradas de fondos y cubriendo las pérdidas derivadas del robo. Hasta ahora apenas había ofrecido explicaciones sobre lo sucedido; hablaba de un ordenador de un empleado comprometido y de “otros puntos de intrusión adicionales”. Según la empresa, los hackers dedicaron meses a estudiar la empresa, identificar a empleados clave y preparar cuidadosamente la operación antes de ejecutar el golpe. Todo comenzó de una forma aparentemente banal: una falsa entrevista de trabajo.

La empresa relata que en septiembre de 2026 un ingeniero de Binance fue contactado a través de una plataforma de búsqueda de empleo por una persona que se hacía pasar por director de proyectos. El supuesto directivo organizó una primera entrevista con un empleado de recursos humanos, que compartió perfiles en redes sociales, fotografías y videos personales para generar confianza. Posteriormente, organizó una segunda entrevista con alguien que afirmaba ser el consejero delegado de una empresa ficticia a través de una popular aplicación de mensajería.

Hacia el final de la entrevista, el directivo pidió al ingeniero que descargara en su ordenador de trabajo una supuesta tarea técnica que, en realidad, contenía un código malicioso. Durante el proceso de instalación, este malware realizó una serie de actividades no autorizadas. Pese a ello, pasó desapercibido para las herramientas de seguridad de la compañía, dando margen a los hackers para moverse dentro de los sistemas informáticos de Binance. Además, los ladrones tomaron medidas para ocultar su actividad y borrar pruebas de la intrusión, lo que dificultó su detección y la investigación posterior.

Nueve días antes del golpe, los hackers utilizaron el ordenador del empleado que habían engañado para infiltrarse en los equipos de otros dos ingenieros que gestionaban los monederos digitales de Binance. Según el informe, recurrieron a una herramienta interna de inteligencia artificial para obtener acceso. Pero esos dos empleados tampoco fueron elegidos al azar.

Los ciberdelincuentes ya conocían el sistema de Binance: la empresa revela que el pasado junio uno de los ingenieros afectados por el ataque había descargado accidentalmente una versión manipulada de una herramienta de programación asistida por inteligencia artificial. En ese entonces, Binance detectó la intrusión, sustituyó el ordenador comprometido y renovó las credenciales, pero aquel episodio permitió a los hackers obtener información valiosa sobre la estructura interna de la compañía, como identificar qué empleados trabajaban en el desarrollo de los sistemas, quién gestionaba los monederos digitales... Con el abecé de su estructura, los ladrones pudieron asestar el golpe a la plataforma el pasado 30 de octubre.

“La investigación preliminar indica que se trató de una campaña sofisticada y de múltiples fases. Esto no fue un solo error o una sola brecha: fue una campaña de varios meses”, ha dicho Richard Teng, CEO de la empresa. Binance ha asegurado que está reforzando sus medidas de seguridad y que contratará una auditoría independiente para una revisión integral del incidente. Mientras tanto, asegura haber cubierto la casi totalidad de las pérdidas ocasionadas en el accidente a través de recursos propios y su fondo de reservas, mientras los activos congelados por sus socios como Tether y Circle alcanzan los 2.800 millones de dólares.

Las investigaciones, mientras tanto, siguen su curso. Tanto las firmas de análisis en la blockchain, TRM y Chainalysis, como el FBI han señalado como responsable del ataque al grupo de hackers norcoreanos Lazarus Group, también conocido como TraderTraitor, aunque el país asiático lo ha negado. En su informe, Binance asegura que en lo que va de año su equipo de seguridad ha detectado y bloqueado 57 incidentes sospechosos vinculados a grupos de Corea del Norte. Estos hackers se han convertido en una de las mayores amenazas para el sector: en 2025 robaron 2.020 millones de dólares en criptomonedas, un 51% más que el año anterior, según un informe de Chainalysis. Su ataque más conocido fue la sustracción de 1.400 millones a la plataforma cripto Bybit en 2025.

En el robo a Binance, los investigadores han reconocido el modus operandi empleado por este grupo: “Los actores vinculados a Corea del Norte están logrando cada vez más este tipo de golpes de gran magnitud mediante la infiltración de trabajadores informáticos en empresas del sector. Esta táctica, considerada una de las principales vías de ataque del régimen norcoreano, les permite obtener acceso privilegiado a los sistemas y facilitar intrusiones de gran impacto”, señalan desde Chainalysis.




Elisa Tasca
Madrid - 03 NOV 2026 - 19:18 CET
https://cincodias.elpais.com/criptoactivos/2026-11-03/una-falsa-entrevista-de-trabajo-asi-se-ejecuto-el-robo-a-binance-el-mayor-hackeo-de-la-historia-cripto.html

martes, 3 de noviembre de 2026

La pantalla es el nuevo logo

Durante décadas, exhibir tecnología fue una manera de anunciar que uno había subido de escalón. Hoy el privilegio se expresa al revés: en la capacidad de prescindir de ella. La misma lógica de clase que explicaba el bolso con monograma explica ahora quién puede permitirse apagar el móvil, y quién no.


 «Nunca consumas tu propia mercancía».

— Primera regla, no escrita, de cualquier narcotraficante

Hace unos años se hizo viral una constatación incómoda: muchos de los ingenieros y directivos que diseñan las aplicaciones más adictivas del planeta crían a sus hijos lejos de ellas. Colegios Waldorf en Silicon Valley, niñeras con cláusulas contractuales que prohíben sacar el teléfono delante de los niños, adolescencias sin redes sociales.

La anécdota se contó muchas veces como hipocresía. A mí siempre me ha parecido otra cosa, algo más interesante y más inquietante: una señal de clase.

Durante veinte años de trabajo en Naciones Unidas viví en países muy distintos, con estructuras sociales muy distintas. Y hubo un patrón que se repetía con una regularidad casi sociológica, que no dependía tanto de la riqueza de cada sociedad como de su forma.

Allí donde las distancias sociales eran grandes y la posición inestable, quien había salido de una familia con pocos recursos y alcanzaba cierta holgura tendía a hacerse notar, igual que quien venía de una familia acomodada y estaba perdiendo su lugar: el reloj que se ve desde lejos, el logo que ocupa media prenda, el coche que no cabe en la calle. En sociedades más igualitarias, la tendencia se invertía. Quien tenía dinero procuraba que no se notara, con ropa sin marca aparente, coches discretos y casas cuya riqueza solo percibe quien sabe mirar.

Conviene decir esto con cuidado, porque es fácil convertirlo en un cliché con aroma a desprecio. No lo es. Tampoco se trata de ensalzar la supuesta elegancia del dinero antiguo. El llamado nuevo rico no es un personaje ridículo, sino alguien que responde, con bastante racionalidad, a una estructura que le obliga a demostrar lo que otros dan por supuesto. Lo mismo vale para el venido a menos, ese hidalgo de nuestro tiempo que se gastó lo que heredó y sigue cambiando de coche, reservando mesa y pagando el club a crédito, porque dejar de aparentar sería admitir que su familia ya no es lo que fue. Y la discreción de quien siempre ha tenido tampoco es una virtud: es simplemente el lujo de no tener nada que probar.

Señalar hacia arriba, señalar hacia dentro

Con el tiempo entendí que aquello no hablaba del carácter de nadie, sino del lugar que cada cual ocupa y del miedo a perderlo. Quien ha tenido que ganarse cada escalón sabe que su posición está bajo sospecha permanente: en la tienda, en el banco, en la mirada del vecino. El logo funciona entonces como un documento de identidad. Los economistas Charles, Hurst y Roussanov lo mostraron con datos: el gasto visible aumenta en aquellos grupos a los que la sociedad presupone pobres. Cuando tu entorno te lee por defecto como alguien de menos, la ostentación deja de ser vanidad y se convierte en defensa.

Lo que más me hizo pensar es que la intensidad de esa necesidad no dependía de lo rico que fuera un país, sino de lo lejos que estaban unos de otros dentro de él. En los territorios más desiguales se buscan más joyas, relojes y marcas de lujo, sea cual sea su renta media. Enseñar es una respuesta lógica cuando la posición está en disputa. Deja de hacer falta cuando nadie la cuestiona. Por eso quienes ya no tienen nada que demostrar han aprendido a gastar, como describe la socióloga Elizabeth Currid-Halkett, en lo que no se ve pero se nota: educación, salud, alimentación, tiempo, silencio.

Del iPhone como trofeo al móvil como síntoma

La tecnología ha recorrido ese mismo camino en apenas dos décadas. Hubo un tiempo en que el primer smartphone, el portátil de aluminio o la tableta eran marcadores de ascenso, y enseñarlos era una forma legítima de decir que uno había llegado. La llamada brecha digital se definía entonces como la distancia entre quien tenía un dispositivo conectado y quien no. Las políticas públicas, con razón, se volcaron en cerrarla.

Pero cuando algo se vuelve universal, deja de distinguir. Y en el momento en que la pantalla está en todos los bolsillos, el signo de clase migra a su reverso: ya no importa quién tiene pantalla, sino quién puede permitirse no mirarla.

Todos hemos escuchado a alguien decir, con cierta satisfacción moral, que él no usa redes sociales, que apenas mira el móvil, que el WhatsApp se lo lleva otra persona. Se presenta como virtud personal y, muchas veces, es solo la descripción de un privilegio. Se parece mucho a quien presume de no necesitar conducir. Claro que no lo necesita: tiene chófer. Quien puede desconectarse suele tener a alguien que responde por él, una estructura que monetiza su presencia digital sin que tenga que estar en ella, o un trabajo en el que su ausencia se interpreta como importancia y no como negligencia. Para el repartidor, el autónomo o la administrativa que vive pendiente de un mensaje del jefe, la desconexión no es una elección ética. Es un riesgo.

El descanso de quien no tiene otro descanso

Hay además una razón más íntima por la que la pantalla se concentra en las clases con menos recursos. Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir mostraron que vivir con poco consume ancho de banda mental. Después de una jornada larga, precaria y agotadora, el scroll infinito no es un vicio: es el ocio más barato y menos exigente que existe, una desconexión de la propia realidad más que de la tecnología. Juzgarlo desde la atalaya de quien tiene un fin de semana en la sierra y una biblioteca en casa es, además de injusto, intelectualmente perezoso.

Los niños, donde la brecha se hereda

Donde este fenómeno se vuelve preocupante de verdad es en la infancia. Los datos de Common Sense Media en Estados Unidos han mostrado de forma reiterada que los adolescentes de hogares con menos ingresos pasan en torno a dos horas diarias más frente a pantallas de entretenimiento que los de hogares acomodados. No porque sus padres quieran menos a sus hijos, sino porque la pantalla es la canguro más asequible del mercado.

Quien le da el móvil a su hijo durante la tarde entera casi nunca es una madre o un padre indiferente. Suele ser alguien que trabaja a turnos, que no puede teletrabajar, que no tiene un parque cerca ni una extraescolar pagada, y que a veces no ha tenido a nadie que le explique lo que ese estímulo continuo hace a un cerebro en desarrollo. Frente a una tarde de Reels o de partidas en línea con amigos, la alternativa real no es un taller de cerámica: es un piso pequeño y un niño aburrido.

Conviene decirlo claro, porque este debate suele acabar convertido en un juicio contra las familias, y casi siempre contra las madres. Son ellas quienes, en la mayoría de los hogares, siguen cargando con el grueso de los cuidados. Y son ellas quienes reciben la mirada reprobatoria cuando el niño aparece con una tableta en el restaurante. Pero una madre que llega a casa después de una jornada interminable, con la cena por hacer y los deberes por revisar, no está fallando a su hijo cuando le deja el móvil media hora. Está sosteniendo lo que puede. El agotamiento no es un defecto de carácter. Es el resultado de horarios imposibles, de salarios que obligan a encadenar trabajos y de una conciliación que existe más en los discursos que en la vida real. Culparlas es la forma más cómoda de no mirar el problema: si la pantalla se ha convertido en la canguro de tantos hogares, no es porque falte cariño, sino porque falta tiempo. Y el tiempo, como todo lo demás, también se reparte según la clase.

Mientras tanto, las familias con más capital económico y cultural son las que más presionan para retirar dispositivos de las aulas: tienen más información, más tiempo y más capacidad de ser escuchadas. En los distritos con menos recursos, en cambio, se sigue vendiendo la tecnología educativa como herramienta para cerrar brechas y optimizar presupuestos. La paradoja es cruel: la política pública que durante años persiguió dar pantallas a los pobres puede estar consolidando la próxima desigualdad.

El último informe PISA, publicado este mes, ofrece una pista interesante. Los alumnos españoles han empeorado en lectura, matemáticas y ciencias, y la OCDE confirma lo que muchos docentes ya intuían: cuanto más tiempo pasan los adolescentes frente a pantallas por diversión, peor leen. Pero España sigue siendo uno de los países donde el origen socioeconómico pesa menos en los resultados. Y el 86% de sus alumnos estudia ya en centros que prohíben el móvil, frente a menos de la mitad en la media de la OCDE. La escuela, cuando decide, iguala. El problema es que la jornada escolar termina a media tarde, y a partir de ahí cada niño vuelve a la pantalla que su casa puede, o no puede, apagar.

Porque lo que más predice el rendimiento escolar no es el software, sino algo mucho más antiguo: la conversación. Los niños que hablan en casa sobre lo que han vivido en clase aprenden más y con mejor actitud. Y la conversación requiere lo único que la pantalla no ofrece y la precariedad raciona: tiempo compartido.

Y lo que viene será todavía más fino. La próxima brecha no separará a quien tiene pantalla de quien no la tiene, sino a quien recibe atención humana de quien recibe atención artificial. Lo advierte la cirujana pediátrica Dana Suskind, de la Universidad de Chicago, en su último libro, Human Raised: si no se exige lo mismo a todas las escuelas, la educación centrada en el ser humano acabará siendo un privilegio en lugar de un derecho. Los hijos de las familias acomodadas tendrán profesores con tiempo, tutores particulares y conversación en la mesa; a los demás se les ofrecerá un asistente de inteligencia artificial disponible las veinticuatro horas, presentado como la democratización del conocimiento. Puede ser una herramienta útil, pero no conviene confundir el acceso a una máquina que responde con el acceso a alguien que escucha. Cuando la atención humana se vuelve escasa, se vuelve cara, y lo caro acaba siendo, otra vez, cosa de pocos.

El nuevo lujo es invisible

Si Thorstein Veblen, que hace más de un siglo acuñó la idea de consumo ostentoso, escribiera hoy, probablemente no hablaría de joyas ni de carruajes, sino de atención. El recurso escaso de nuestra época no es el dispositivo, sino la capacidad de sustraerse a él. Y como todo recurso escaso, se distribuye de forma desigual y se transmite de padres a hijos.

El verdadero lujo ya no se lleva en la muñeca ni en la solapa. Consiste en poder decir no a la notificación, en tener a alguien, o algo, que la atienda por ti, y en poder regalarle a tu hijo una tarde sin algoritmos. Es un lujo silencioso, como el de quien no enseña su dinero: no necesita logo porque quien lo tiene no necesita demostrarlo.

El mercado, por supuesto, ya se ha dado cuenta. La desconexión se ha convertido en producto: retiros de digital detox a precio de hotel de cinco estrellas, teléfonos minimalistas de diseño que cuestan lo mismo que un smartphone, colegios privados que se anuncian con orgullo como libres de pantallas. Las mismas economías que fabrican la dependencia venden ahora el antídoto, y lo venden, cómo no, a quien puede pagarlo. A unos se les ofrece la cura con envoltorio de lujo; a otros, la enfermedad gratis, pagada con sus datos y su atención.

Por eso la respuesta no puede recaer sobre las familias. Si quienes diseñan estas tecnologías saben lo suficiente como para proteger a sus hijos de ellas, saben también lo suficiente como para hacerlas menos dañinas. El scroll infinito, la reproducción automática o las notificaciones pensadas para no soltar a nadie no son accidentes técnicos: son decisiones de diseño, y como tales pueden corregirse. Corresponde a las empresas asumir esa responsabilidad y a los poderes públicos exigírsela, igual que en su día se exigió a la industria del tabaco o del alcohol que dejara de dirigirse a los menores. Limitar no es demonizar la tecnología. Es impedir que el coste de su diseño lo paguen siempre los mismos: los hogares que no tienen a nadie que apague la pantalla por ellos.

La pregunta política no es si debemos usar menos pantallas. Es quién podrá permitírselo. Y si no queremos que la desconexión se convierta en el próximo marcador de clase, tendremos que entender que no se trata de una virtud individual, sino de un bien común que hay que proteger con tiempo, espacios públicos, escuelas y derechos laborales. De lo contrario, seguiremos aplicando la regla del narco a escala social: unos fabrican la mercancía y otros la consumen.


por RETINAMiguel Alexandre Barreiro-Laredohttps://retinatendencias.com/analisis/la-pantalla-es-el-nuevo-logo/

lunes, 2 de noviembre de 2026

Qué es la "depresión sonriente" y cómo puedes identificarla


La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

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Cuando piensas en alguien con depresión, probablemente te lo imagines luchando por levantarse de la cama.

Tal vez llora mucho, se aísla de sus amigos o apenas tiene energía para afrontar el día.

Probablemente no te imaginas a esa misma persona contando chistes en la cena, llevando una ajetreada vida social y destacando en el trabajo.

Pero para las personas que padecen la llamada "depresión sonriente", puede que sea exactamente así.

Y a veces la persona engañada no es un amigo, tu pareja o tu compañero de trabajo, sino tú mismo.

¿Qué es la "depresión sonriente"?

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Según la OMS, unos 322 millones de personas en todo el mundo padecen depresión.

La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

"[Significa] aparentar felicidad por fuera, mientras que por dentro te sientes deprimido y desanimado", afirma la doctora Olivia Remes, investigadora en salud mental de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

Todos nos sentimos decaídos de vez en cuando. Pero para 322 millones de personas en todo el mundo, esos sentimientos se convierten en depresión, según la Organización Mundial de la Salud.

Esto ocurre cuando síntomas como la tristeza persistente o la pérdida de interés y disfrute duran semanas o meses, y afectan el trabajo, las relaciones, el sueño y la vida cotidiana.

Pero la depresión no siempre se manifiesta como cabría esperar. De hecho, algunos estudios sugieren que hasta el 40% de las personas con depresión experimentan una forma "atípica" en la que los síntomas se desvían de los estereotipos.

Por ejemplo, una persona podría dormir o comer más de lo habitual, en lugar de menos, y puede que su estado de ánimo mejore temporalmente cuando sucede algo bueno o emocionante.

También, hay evidencia de que las personas con depresión pueden tratar de ocultar camuflando o enmascarando ciertos rasgos o emociones para pasar desapercibidas.

¿Por qué la gente oculta su depresión?

Algunas personas con "depresión sonriente" ni siquiera se dan cuenta de que están deprimidas, así que tampoco saben que lo están ocultando.

"Podrían pensar que sus síntomas son simplemente un efecto secundario de llevar una vida ajetreada y estresante", dice Remes.

Es particularmente común en personas perfeccionistas y meticulosas querer evitar que los demás se den cuenta.

"Tienen altas expectativas de sí mismos y puede que no quieran admitir, ni a sí mismos ni a los demás, que están pasando por dificultades", afirma.

Algunas personas temen el estigma y ser una carga para los demás. Algunos estudios demuestran que otras pueden preocuparse por ser juzgadas o por tener consecuencias en el trabajo o en sus relaciones personales.

Las expectativas culturales o familiares también pueden hacer más difícil hablar abiertamente.

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Sentirse más sensible al rechazo o a las críticas de lo normal puede ser un signo de depresión.

¿Cuáles son los riesgos de ocultar la depresión?

Los expertos afirman que guardar las apariencias puede ser peligroso.

"La depresión nos aísla y nos hace sentir solos, y a menudo uno de los mejores antídotos contra el bajo estado de ánimo es conectar con los demás", afirma el profesor Barney Dunn, psicólogo clínico de la Universidad de Exeter.

Ocultar la depresión también puede implicar que las personas no reciban la ayuda que necesitan.

"Los primeros síntomas, si no se tratan, pueden convertirse en algo crónico y grave, y aumentar el riesgo de suicidio", afirma Remes.

Siete señales de depresión que pasan inadvertidas fácilmente

Algunos cambios pueden pasar inadvertidos fácilmente, pero ser señales de que las cosas no están bien.

1. Dejar de disfrutar de las cosas

Si las cosas que normalmente esperas con ilusión, como ver a tus amigos, ir al gimnasio o incluso tu programa de televisión favorito, empiezan a parecerte una obligación, quizás valga la pena indagar un poco más a fondo.

"Es fácil atribuir la falta de placer o interés en los pasatiempos habituales al ajetreo y al ritmo de vida acelerado", dice Remes.

2. Sentir los brazos o las piernas inusualmente pesados

Conocida como "parálisis plumbea", esta sensación de pesadez en las extremidades que hace que los movimientos cotidianos resulten más difíciles puede ser un signo de depresión atípica.

3. Cancelar planes una y otra vez

A veces puedes aparentar estar bien cuando estás con otras personas, pero cancelas tus planes cuando tu estado de ánimo decae y ya no puedes disimular cómo te sientes.

4. Dormir más, pero aún sentirse agotado

Es posible que sigas realizando todas tus actividades normales, pero te sientas cada vez más agotado.

"Las tardes pueden ser especialmente difíciles", dice Remes, "ya que las personas con esta afección pueden sentirse peor al final del día y necesitar dormir más de lo habitual".

5. Ser más sensible a las críticas o al rechazo

Un comentario casual de tu jefe o la cancelación de planes por parte de un amigo pueden dolerte mucho más de lo habitual.

Según Remes, una mayor sensibilidad a las críticas o al rechazo, que también es algo que pueden experimentar las personas con TDAH, es una característica de la depresión atípica.

6. Ser siempre el gracioso o el servicial

Una persona que lucha contra la depresión no siempre se aísla. A menudo, puede acabar haciendo lo contrario, como convertirse en el alma de la fiesta, volcarse en el trabajo o desvivirse por ayudar a los demás.

7. Tu monólogo interior es constantemente negativo

Puede que aparentes seguridad en ti mismo, aunque internamente seas mucho más crítico contigo mismo.

La inseguridad, los sentimientos de inutilidad y los pensamientos de vacío son posibles señales de alerta.

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Los expertos señalan que la depresión no siempre cumple con la imagen estereotípica de una persona que no se para de la cama.

¿Qué puede ayudar?

El término "depresión sonriente" no está exento de críticas.

Si bien puede ayudar a las personas a reconocer y nombrar lo que están experimentando, también puede "simplificar demasiado" una experiencia compleja, afirma Remes.

"La palabra 'sonreír' te hace pensar en alegría y felicidad", dice, "pero la característica principal de esta condición es en realidad la desesperanza, el vacío y la falta de valía".

El profesor Dunn sugiere empezar poco a poco, compartiendo brevemente cómo te sientes con alguien de confianza.

"A menudo, las personas se sorprenden de que esto pueda fortalecer sus relaciones con los demás, ayudarlas a sentirse conectadas y darse cuenta de que no están solas", afirma.

Y si estás sufriendo, recomienda que hables con tu médico.

"Existen pruebas sólidas de que hablar, los fármacos [antidepresivos] y las terapias sociales pueden ser eficaces", afirma.


Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.

    • Isabel Shaw
    • Título del autor,Equipo de salud global, Servicio Mundial de la BBC
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 6 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/cmwyvd29kgkyo