
- La oposición vecinal ya ha logrado paralizar proyectos con moratorias e incluso prohibiciones en varias ciudades
- El enorme consumo de electricidad y agua de estos complejos y su impacto ambiental alimentan el rechazo vecinal
"No me siento seguro". Con esas palabras, un portavoz de Verrus abandonó una reunión de vecinos para debatir la construcción de un centro de datos de inteligencia artificial en Salem, Oregón, después de que una guillotina apareciera entre los manifestantes. La réplica del instrumento fue arrastrada en bicicleta hasta las inmediaciones del Ayuntamiento durante la reunión convocada para discutir el proyecto Oakline at Mill Creek, valorado en 5.100 millones de dólares y con una superficie prevista de unas 75 acres, alrededor de 30 hectáreas.
La imagen resumió de forma gráfica el creciente rechazo que despierta una infraestructura imprescindible para la carrera por la inteligencia artificial. La reunión se prolongó durante más de seis horas y la tensión llegó a tal punto que los representantes de Verrus tuvieron que irse del lugar escoltados por la policía. Poco después, Salem aprobó una moratoria de un año para estudiar nuevas reglas sobre centros de datos.
Goldman Sachs calcula que la demanda eléctrica de los centros de datos estadounidenses pasará de 31 gigavatios en 2025 a 66 gigavatios en 2027, impulsada principalmente por la expansión de la inteligencia artificial. Si esa demanda media se mantuviera durante todo el año, equivaldría a unos 578 teravatios-hora de electricidad, lo que representa 2,3 veces los aproximadamente 256 TWh que consume España en un año.
La principal protesta es el impacto ambiental. Por ejemplo, se encuentra el nuevo centro de datos que Amazon proyecta en Pecos County, Texas, cuya electricidad procederá de una planta propia de gas natural con 35 turbinas y hasta 7,65 GW de capacidad. La instalación tiene autorización para emitir hasta 33 millones de toneladas de CO? al año, un volumen comparable a las emisiones anuales de países como Suiza, Irlanda o Bulgaria. De alcanzar ese máximo, la planta se convertiría en la mayor fuente individual de gases de efecto invernadero de Estados Unidos.
El impacto ambiental de estos complejos, sin embargo, no se limita a las emisiones de dióxido de carbono. El primer problema es la electricidad: miles de servidores y, especialmente, los procesadores utilizados para entrenar y ejecutar modelos de IA requieren enormes cantidades de energía. La Agencia Internacional de la Energía calcula que los centros de datos consumieron unos 415 TWh en todo el mundo en 2024 y prevé que esa cifra se duplique hasta 2030.
El segundo problema es el calor. La electricidad utilizada por los procesadores acaba transformándose en energía térmica, por lo que las instalaciones necesitan sistemas de refrigeración permanentes. Estos consumen a su vez electricidad y, dependiendo de la tecnología empleada y de las condiciones locales, pueden requerir grandes cantidades de agua. A ello se suma la construcción de edificios, subestaciones, líneas eléctricas y carreteras, así como la fabricación de servidores, chips y baterías.
Existe otro problema: cómo se genera esa electricidad. La expansión de la IA está obligando a buscar nuevas fuentes de energía y, en algunos lugares, a construir centrales de gas junto a los centros de datos. Esto puede convertir una demanda informática en una nueva fuente de emisiones contaminantes. La propia AIE advierte de que el crecimiento de los centros de datos está empezando a encontrarse con cuellos de botella físicos, desde transformadores y turbinas de gas, hasta conexiones a la red eléctrica.
Oposición estadounidense
Salem no es una excepción. En Nashville, Tennessee, una campaña del zoo contra un centro de datos situado junto a sus instalaciones reunió más de 563.000 firmas y terminó contribuyendo a la aprobación de una moratoria municipal. El desarrollador, DC Blox, ha demandado posteriormente a la ciudad.
En Utah, la oposición vecinal consiguió que el inversor Kevin O'Leary aceptara reducir a la mitad el tamaño previsto de su proyecto Stratos, que inicialmente contemplaba 40.000 acres, una superficie equivalente aproximadamente a la mitad de Salt Lake City.
Y en California, Monterey Park ha ido todavía más lejos: la ciudad aprobó una prohibición de nuevos centros de datos después de una campaña vecinal que llevó el asunto a las urnas.
La guillotina de Salem es más que una imagen llamativa. Es el símbolo de un conflicto que empieza a extenderse por Estados Unidos: la carrera por construir la infraestructura de la IA está chocando con los límites de la electricidad, el agua, el territorio y la paciencia de las comunidades que deben alojarla.
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