:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F3cb%2Fb7c%2F9ef%2F3cbb7c9ef238343ca0b261a887dc5bdd.jpg)
En 2022, la ONU ya alertó de este problema y pidió su regulación
(EFE/Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente)
Este recurso, al que muchas veces no se le da importancia, es fundamental para construir prácticamente cualquier cosa. Desde chips a paneles solares o carreteras y edificios
La arena, clave para construir ciudades, carreteras, diques, ventanas, chips y paneles solares, se extrae ya a un ritmo que la naturaleza no puede compensar. Un informe de UNEP alerta de que este recurso esencial afronta una presión creciente y que su escasez podría derivar en una crisis.
La aparente abundancia de este material ha ocultado durante décadas un problema de escala global. La crisis de la arena no se parece a la del oro ni a la del petróleo, pero amenaza con alterar ecosistemas, economías costeras y proyectos urbanos que dependen de un material considerado casi invisible.
Según el informe elaborado por la base de datos mundial de recursos de UNEP en Ginebra, la industria y el desarrollo urbano consumen alrededor de 50.000 millones de toneladas de arena al año. Para hacernos una idea de la magnitud, en el mundo se producen y consumen unos 4.500 millones de toneladas de petróleo anuales.
Pero lo peor no es eso. Esa demanda, que la convierte en el segundo recurso más demandado del planeta por detrás del agua, está lejos de estabilizarse y podría seguir aumentando por el crecimiento de las ciudades y las infraestructuras.
Un recurso bajo presión
Pascal Peduzzi, director de la base de datos mundial de recursos de Unep en Ginebra, advirtió en The Guardian de que "la arena es a veces considerada el héroe no reconocido del desarrollo, pero su papel esencial en el mantenimiento de los servicios naturales de los que dependemos está aún más ignorado".
El problema no reside solo en utilizarla para fabricar hormigón, levantar viviendas o reforzar frentes marítimos. La arena también cumple funciones naturales decisivas: regula ríos, filtra agua, protege acuíferos costeros frente a la salinización y actúa como primera barrera ante temporales y subida del nivel del mar.
Ese doble valor ha abierto una tensión difícil de resolver. La arena “muerta”, convertida en materia prima para obras y procesos industriales, compite con la arena “viva”, imprescindible para sostener playas, fondos marinos, arrecifes, biodiversidad y comunidades que dependen de la pesca o del turismo.
El caso de Maldivas
El ejemplo de Malé, capital de Maldivas, muestra la complejidad de esta crisis. Con una población creciente y más del 80% del territorio nacional situado a menos de un metro sobre el nivel del mar, el país recurrió a la recuperación de tierras para ganar espacio habitable frente al avance del océano.
El proyecto de Gulhifalhu exigió dragar 24,5 millones de metros cúbicos de arena en el atolón norte de Malé para rellenar una laguna de 192 hectáreas. Según UNEP, la operación destruyó unas 200 hectáreas de arrecife de coral y hábitat lagunar, con daños considerados irreversibles para especies, pesca y turismo.