
Qué pasaría si una mañana nos levantamos con servicios críticos como el suministro eléctrico interrumpidos o con atacantes (agentes de IA como los que asaltaron Hugging Face) que piratean los coches autónomos para provocar un caos circulatorio. O si una red de bots se apodera de internet. Son tres escenarios posibles, que hasta hace poco nos parecían ciencia ficción.
Los ciberataques perpetrados por la IA afectarán en el futuro a amplias capas de la población y no sólo a clientes de determinadas empresas, como hasta ahora. Esa es, al menos, la advertencia lanzada por los principales directores ejecutivos de las grandes corporaciones americanas de IA, Sam Altman (Open AI), Dario Amodei (Anthropic) y Elon Musk (SpaceX).
Las advertencias alimentan un debate mundial sobre la necesidad de actuar urgentemente, ante una población aterrorizada por los escenarios catastrofistas y cada día más contraria al despliegue de los centros de datos, a los que culpan en parte del encarecimiento de la energía que sufren.
En el mundo de los negocios, las coincidencias no existen. Qué ha pasado para que las grandes empresas de IA, que raramente se ponen de acuerdo, aparcaran por unas horas sus diferencias para levantar la voz a favor de poner freno a la carrera de la IA, y advirtieran sobre el potencial riesgo de desaparición de la humanidad, antes de que los nuevos modelos se escapen a su control.
Los tres primeros espadas no sólo se movían en sus manifestaciones por su preocupación por el futuro de la humanidad (y el de ellos mismo), detrás está la dificultad creciente de sus empresas para seguir captando miles de millones de inversión, en un mundo convulso por las guerras energéticas y una inflación y unos tipos de interés rampantes, que encarecerán la financiación.
Según los cálculos de Schroders, el desarrollo de la infraestructura de la IA (centros de datos, chips e investigación para nuevos semiconductores) requerirá un billón de dólares en 2026. Sólo los hiperescaladores (las empresas encargadas de vender servicios de computación y almacenamiento en la nube) anunciaron inversiones por 650.000 millones de dólares en este año. Así Nvidia, el principal proveedor de chips, destinará entre 3 y 4 billones de dólares hasta 2030.
La inversión pasará de 1 a 5,4 billones a final de la década sin rentabilidad y a costes prohibitivos
El consenso de mercado elaborado por Facset cifra en unos 3,3 billones de dólares el gasto en capital (capex) de la IA en 2030. Pero si se suman las necesidades de capital en los cuatro ejercicios hasta finales de la década, se alcanzarían los 5,4 billones de dólares.
La subida de los combustibles y el gasto público para financiar la maquinaria bélica de las naciones está añadiendo presión sobre el precio del dinero. La Reserva Federal subió el miércoles un cuarto de punto en los tipos de interés.
La tendencia ascendente de la deuda estadounidense se extiende a otros mercados como Europa o Asia, principalmente Japón, donde los bonos alcanzaron el 3%. Ello está provocando ventas tanto de la deuda americana, con el bono del Tesoro por encima del 5%, como de los activos denominados en dólares, que han perdido parte de su atractivo.
En términos generales, la renta fija corporativa en dólares con grado de inversión ofrece un 5,77%, frente al 4,82% de principios de año. Entretanto, el rendimiento de los bonos soberanos estadounidenses ha escalado del 3,9% al 4,9% de media
En este contexto, las creciente emisiones de deuda de las tecnológicas tienen que competir tanto con los estados soberanos como con otras empresas privadas para captar el interés de los inversores. Compañías como Microsoft o Alphabet han sacado bonos con duraciones de hasta 100 años y en diferentes divisas para lograr cubrirlas. Amazon, otro de los grandes hiperescaladores, lanzó en marzo la mayor emisión corporativa de su historia en euros, por 14.500 millones. Incluso se comprometen a inversiones circulares en las que los fabricantes de chips apoyan a empresas como OpenAI.
La primera consecuencia es que todo esto está transformando compañías que generaban un flujo de caja permanente como Microsoft, Alphabet, Meta o Amazon en empresas hiperapalancadas con costes de capital elevadísimo, que ensombrecen sus perspectivas de beneficio a futuro y ponen en duda sus exigentes ratios de cotización en bolsa.
Las gigantescas corporaciones de IA han emprendido un viaje para rentabilizar estas inversiones milmillonarias, de final incierto, que genera mucha incertidumbre. Open AI, propietaria de ChatGPT, experimentó un fuerte crecimiento en sus ventas en 2025, que alcanzaron 13.000 millones de dólares. Pero las pérdidas totales ascendieron a 39.000 millones, tres veces los ingresos.
La compañía enfrenta costes fijos que se disparan debido a la necesidad de contratar talento y ampliar masivamente su capacidad de computación, lo que eleva año tras año sus pérdidas operativas, a pesar de un margen bruto saludable del 42,6%.
La división de inteligencia artificial de SpaceX (que consolida en sus cuentas los resultados de xAI) registró pérdidas operativas de 3.730 millones en el primer trimestre, que arrastraron al grupo aeroespacial a números negativos, pese a los sólidos beneficios obtenidos en el negocio del espacio.
En cuanto a Anthropic, obtuvo ingresos superiores a 65.000 millones hasta julio, gracias al uso masivo de su modelo Claude, pero las pérdidas estimadas para el ejercicio por los costes de entrenamiento alcanzan los 42.000 millones, debido a las inversiones en modelos avanzados. Justo las que ahora su primer ejecutivo quiere frenar.
La incertidumbre está afectando a las cotizaciones de los superescaladores y de los productores de chips, que sufren batacazos ante cualquier evento extraordinario. Así ocurrió el pasado lunes, tras las manifestaciones de los tres primeros espadas de la IA.
Los inversores temen que estemos acercándonos al pico de una burbuja bursátil, similar a la de las puntocom, que estalló hace más de 25 años. En aquel momento, el PER (veces que la capitalización replica el beneficio) se situó en 50, mientras que ahora el Nasdaq 100, con gran ponderación de valores como Nvidia, Alphabet o Microsoft, cotiza con un PER de 25 veces los beneficios previstos en 2026, lo que supone una prima de un 7,3% frente a la media de las dos últimas décadas.
Pero más allá de la discusión sobre si hay burbuja o no, cualquier incidente con la IA, que afecte a la integridad física de los humanos, dejaría desiertas las rondas de capital, daría al traste con los planes para sacar a bolsa las compañías y hundiría sus valoraciones.
Eso explica porqué el director ejecutivo de Open AI, Sam Altman, descartó salir a bolsa este año después de las declaraciones de Amodei de ralentizar la investigación. Con una valoración superior al billón, su objetivo era debutar en el parqué en otoño, pero ya ni siquiera confirmó que vaya a hacerlo en 2027.
Anthropic también presentó la documentación para cotizar en el Nasdaq. Su valoración se duplicó en los últimos doce meses hasta casi dos billones, tras culminar una exitosa ronda de capital en marzo por unos 120.000 millones. Las palabras de su primer ejecutivo ponen ahora en duda este estreno.
El director general del Banco Internacional de Pagos (BIS), el español Pablo Hernández de Cos, advierte que la magnitud de las inversiones en IA puede desestabilizar el sistema financiero y generar una crisis global, en caso de pinchazo. De Cos critica la "financiación singular y poco transparente entre los fabricantes de chips y las tecnológicas" y da la señal de alarma porque el sector se sufraga con "crédito privado y un endeudamiento agresivo," que no se basa en beneficios reales. Una especie de esquema Ponzi que se alimenta de las aportaciones de capital, que cada vez van a ser más caras y más difíciles de captar.
Cualquier accidente que elimine vidas humanas hundiría el ecosistema de la IA para financiarse
Puede ser que estemos ante el fin del mundo y eso es lo que preocupa a los tres ejecutivos, pero también es evidente que sus cuentas no salen. Si, además, tienen que invertir en ciberseguridad para prevenir ataques de sus bots fuera del entorno autorizado, los costes se encarecerán extraordinariamente.
En estas circunstancias, es urgente una regulación que priorice la seguridad sobre el crecimiento de la inversiones. La amenaza es real. Cualquier accidente se llevaría por delante el ecosistema de la IA y, además, amenaza con provocar un efecto dominó como en 2008, que arrastre a la economía global.
https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/14015132/09/26/es-el-fin-del-mundo-o-el-temor-a-que-se-derrumbe-el-esquema-ponzi-de-la-ia.html