miércoles, 2 de julio de 2014

¿El pan es malo para la salud?

El pan forma parte de la dieta humana desde la antigüedad.

El pan ha sido un elemento básico de la dieta humana desde la antigüedad. La gente primitiva ya hacía pan ácimo -sin levadura- hace 12.000 años, a partir de una mezcla de harina y agua, y cociéndolo al sol.

Se cree que fueron los egipcios los que descubrieron cómo hacer el pan que conocemos hoy, utilizando levadura silvestre para fermentarlo.
En la actualidad con frecuencia es demonizado como la fuente de carbohidratos que engorda, y suele ser el primer alimento que se retira de las dietas. Algunos argumentan que el pan hecho en fábricas tiene demasiados conservantes, aditivos y sal, y que es por eso poco saludable.
Pero el pan puede ser una buena fuente de carbohidratos que son necesarios para una dieta balanceada.
Cada tipo de pan tiene sus propiedades. Por lo que, en lugar de evitar consumirlo, la opción más saludable es conocer qué contiene cada rebanada y qué cantidad conviene consumir.

¿Un regreso a las raíces?

Con la revolución industrial nació un tipo de pan: aquél producido por máquinas. En 1874 un británico llamado John Caudwell construyó un molino de harina impulsado por agua. No mucho tiempo después, se inventó el pan de molde, y en 1961 la manera de mezclar la masa rápidamente a gran escala.
De ese proceso es herencia el pan más común de la actualidad: la rebanada blanca. Barato y suave, es el favorito de muchos hogares.
La industria del pan asegura que su producto contiene importantes nutrientes. Pero también tiene aditivos y conservantes, componentes que mucha gente prefiere evitar.
Los expertos, por su parte, recomiendan el pan integral -también industrial, pero hecho con el grano entero de cereal, no sólo con la parte blanca-, ya que contiene el doble de fibra.
Pero además de la producción a gran escala, existe otra forma de producción. En muchos países las panaderías artesanas siguen dominando. En Francia, conocida por sus baguettes, dos tercios de todo el pan que se produce se hornea en pequeñas panaderías o en casa.
Es cada vez más la gente que está prestando atención a estas alternativas.

¿Qué tiene su pan?

Son varios los tipos de harina que se usan para hacer pan. La integral se hace a partir de granos enteros, mientras que para la blanca se utiliza la parte central del cereal. ¿Es una mejor que la otra desde el punto de vista de la nutrición?
Todo pan es una gran fuente de carbohidratos, el combustible del cuerpo. Pero los hidratos de carbono del pan integral se digieren de forma más lenta que los del pan refinado -blanco-, por lo que el cuerpo puede utilizarlos durante más tiempo.
El pan hecho con harina integral también contiene más fibra y más vitamina B, calcio y hierro, nutrientes que se pierden en el proceso de refinación de la harina blanca. Aunque muchos de esos 'micronutrientes' deben por ley añadirse a la harina después de la molienda.
La sal, otro de los ingredientes básicos, es necesaria para controlar la fermentación, hacer la masa más flexible y mejorar el sabor. Además de ésta, el pan producido en fábrica puede contener otros ingredientes, como azúcar, vinagre y preservativos, los cuales se pueden dejar fuera cuando se hornea el pan en casa.
Pero para concluir qué tipo de pan es más saludable, no hay mejor manera que traducirlos a cifras y comparar:
Un pan hecho en casa contiene 400 gramos de harina blanca, una cucharada de levadura, una cucharada de sal refinada, 300 mililitros de agua caliente y aceite para facilitar el amasado. Lo que se traduce en 198 calorías; 1,4 gramos de grasa; 5,5 gramos de proteínas, 40 gramos de carbohidratos y 2,1 gramos de fibra por 100 gramos de pan.
Un pan medio industrial contiene: harina de trigo, agua, levadura, sal, aceite, y otros ingredientes como vinagre, emulsionante -para estabilizar la masa-, conservantes y agentes para el tratamiento de la harina. Así, 100 gramos de ese pan tiene 233 calorías, 35 más que el casero. También tiene más grasa, 1,7 gramos por cada 100, y más sal, 0,9 gramos.
En cuanto al azúcar, el pan comprado en tienda contiene cuatro veces más de ese componente que el hecho en casa.

¿Cuál es mejor?

Gráfico de pan


¿Qué es lo que suma calorías?

Contar las calorías que consume es una buena idea para aquél que quiera perder peso. Pero no sólo los hidratos de carbono suman calorías. También hay que tener en cuenta qué es lo que se añade a los carbohidratos. Por eso, dejar de comer estos, especialmente aquellos provenientes del pan integral, no es la forma más saludable de hacer dieta.
"Hay que sumar las calorías del pan y de lo que se le pone al pan", le dice la nutricionista Azmina Govindji al panadero Dan Lepard a la BBC. El resultado de la suma depende de los ingredientes, pero también del tamaño de la porción.
La nutricionista defiende que se puede comer un sandwich todos los días, siempre que se vigile la ingesta de sal, ya que, advierte, el pan contiene ya "bastante".
Para el desayuno, como alternativa saludable a las tostadas con mantequilla y mermelada, la experta recomienda untar éstas con mantequilla de cacahuete y rodajas de banano. "Llena más, es sabroso, y sólo se le añade 22 calorías al pan".
Asimismo, sugiere sustituir el convencional sandwich de queso, que puede contener hasta 500 calorías, por uno a base de salmón, lechuga, queso bajo en calorías y pan de pita integral, por ejemplo.

¿Quién debería evitar el pan?

Algunos evitan el pan a causa de una intolerancia al trigo, o a una proteína presente en ciertos cereales, llamada gluten. Esto da lugar a la celiaquía, una enfermedad autoinmune. Para diagnosticarla es necesario hacer análisis de sangre y exámenes internos. En el caso de estas personas, el gluten afecta al intestino delgado y por consiguiente la capacidad de absorción de nutrientes es menor.
También los hay intolerantes al trigo y aquellos que simplemente son alérgicos. La intolerancia produce hinchazón de vientre, diarrea y otros problemas digestivos. En cuanto a las reacciones alérgicas, son inmediatas y fácilmente identificables.
Pero los alérgicos, intolerantes y celíacos no tienen por qué renunciar al pan. Sólo deben buscar aquél elaborado sin harina de trigo u otros cereales que contengan gluten, como el pan de harina de arroz, maíz, patata o polenta.
Si usted cree que podría tener un problema de este tipo, debe consultar con el médico. A menos que se tenga la alergia, la intolerancia o la enfermedad mencionadas, no hay evidencias de que el consumo de pan produzca hinchazón u otros problemas digestivos.

Qué es un califato y cuánto respaldo puede tener

Territorio controlado por ISIS (hoy llamado Estado Islámico)

El último califato que el mundo conoció fue el del Imperio Otomano, que se convirtió en historia tras concluir la Primera Guerra Mundial. Ahora el grupo Estado Islámico, que era hasta hace pocos días conocido como ISIS (Estado Islámico de Irak y el Levante, por su nombre en inglés) ha establecido unilateralmente un nuevo califato en las áreas que controla en Irak y Siria.

El Estado Islámico, que proclamó a su jefe Abu Bakr al Baghdadi como califa -ahora lo llamarán Califa Ibrahim- y "gobernante de los musulmanes allá donde estén", asegura que su dominio se extenderá desde Alepo en el norte de Siria hasta la provincia de Diyala en el este de Irak, donde regirá la estricta interpretación que el grupo tiene de la ley islámica.
Y demandó a todos los musulmanes "jurar lealtad" al nuevo gobernante del flamante califato y "rechazar la democracia y otra basura de Occidente".
Pero, ¿qué es un califato? ¿Y realmente será respaldado y suscrito por el resto del mundo musulmán?

Proceso y gobierno

En estricto rigor, el "califato" se refiere al proceso de elección del líder religioso y político de los musulmanes en el mundo, el califa ("sucesor"), pero también al sistema de gobierno establecido tras la muerte de Mahoma en 632.
Debido a que el profeta de los musulmanes no dejó nombrado un sucesor, en aquellos primeros años del Islam se encuentra la raíz de la división que permanece hasta hoy entre sunitas y chiitas.
Los últimos creían que la sucesión tras la muerte de Mahoma debía seguir la línea familiar (en la persona del sobrino y yerno del profeta, Alí), mientras que los sunitas consideraban que el poder debía caer en manos de la figura del califa (el primero de ellos fue Abu Bakr, cercano compañero de Mahoma).
"La organización de un Estado bajo el califato es muy simple", explica a BBC Mundo Javier Rosón, experto en estudios islámicos de Casa Árabe en España y editor de la revista especializada Awraq. "Lo más importante es la figura del califa".
También implica la abolición de toda ley o norma no islámica. "Y por supuesto", dice el experto, "el seguimiento riguroso de la tradición islámica".
En su período de máximo esplendor, el imperio musulmán, con la figura del califa como líder, gobernó desde Medio Oriente y Asia Occidental hasta el norte de África y España.

Imperio Otomano

El último califato, el del Imperio Otomano, que se extendía por todo Medio Oriente y el norte de África, fue abolido por el líder turco Kemal Ataturk en 1924, tras un proceso de decadencia que incluyó la modificación de las fronteras de los territorios que ocupaba por parte de las potencias imperiales europeas.
Entre los límites que fueron redibujados estaban los de Irak y Siria, cuyas actuales fronteras fueron definidas por Reino Unido y Francia en 1916, mediante el acuerdo Sykes-Picot (por los apellidos de los diplomáticos de ambos países que lo negociaron).
Desde la disolución del Imperio Otomano el establecimiento de un califato gobernado por una estricta ley islámica ha sido el objetivo de muchos yihadistas y grupos islamistas.
Hassan al Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes (ahora prohibidos en Egipto) en 1928, decía a sus seguidores que reunir a los musulmanes del mundo bajo un califato debía ser una prioridad.

Sin respaldo

La del Estado Islámico "es una iniciativa de un grupo extremista sunita que no será reconocida por (la chiita) Irán y los musulmanes chiitas en general, ni por Arabia Saudita, (que aunque es de mayoría sunita) se ve a sí misma como custodia de los sitios más sagrados del Islam", dice Mohamed Yehia, del Servicio Árabe de la BBC.
"También será rechazada por los estados y comunidades musulmanes moderados", agrega.
Rosón, de Casa Árabe, acuerda: "su intención (del Estado Islámico) es gobernar la umma (comunidad de creyentes del Islam) mundial, pero eso no significa que este gobierno sea aceptado por el pueblo".
El editor para Medio Oriente de la BBC, Jeremy Bowen, considera que "(el Estado Islámico) no está interesado en tener una legitimidad popular de ningún tipo".
"Ellos creen ser", dice, "un pequeño grupo de revolucionarios que cambiará todo y que la gente eventualmente, les guste o no, tendrá que seguirlos".

Al Qaeda, ¿irrelevante?

En este sentido, el mayor peligro ante el avance del Estado Islámico lo enfrentan hoy, según Mohamed Yehia, "los países vecinos de Irak y Siria: Líbano, Jordania, Arabia Saudita; pero Irán no está en riesgo porque es una gran potencia militar chiita en la región y es capaz de acabar con cualquier amenaza territorial".
La exigencia del Estado Islámico de que todos los musulmanes le juren lealtad pondrá en una posición muy difícil a grupos como al Qaeda, advierte Yehia, de BBC Árabe.
"O bien sucumbirán ante (el Estado Islámico) o lo desafiarán y correrán el riesgo de quedar marginados ante el éxito (del Estado Islámico), volviéndose irrelevantes".

El interminable drama del agricultor indio


Las malas cosechas provocan emigraciones a las ciudades, donde se dan todo tipo de abusos



Hace ya cuatro años que un hombre afable y bien educado llamó a la puerta de la pequeña vivienda de adobe en la que Sulima vivía con su familia, en una remota aldea del estado indio de Andhra Pradesh. Pero esta joven, que ahora tiene 21 años, nunca olvidará aquel momento. "Estuvo hablando un rato con mis padres, y luego se dirigió a mí. Me dijo que varias familias ricas de la ciudad de Bangalore estaban buscando sirvientas para los meses de invierno, y que pagarían bien. Como la cosecha había sido mala y yo no podía continuar con mi educación porque no teníamos dinero, mi familia decidió que aceptase el trabajo". No fue la única. Como cada año, muchos de los habitantes del pueblo decidieron probar suerte sobre el asfalto durante la estéril temporada seca.

Pero ella no consiguió regresar antes del monzón, como hizo la mayoría. Porque la casa en la que se suponía que iba a desempeñar labores domésticas resultó ser un burdel en el que fue violada antes de ser obligada a trabajar como prostituta. "Los dueños enviaban cada mes dinero a mis padres para que pensaran que me encontraba bien, y luego me hicieron escribirles una carta en la que les decía que me extendían el contrato y que había decidido quedarme en Bangalore para continuar trabajando". Cuando la resistencia que Sulima opuso en un principio cedió, los proxenetas le devolvieron la libertad para salir del burdel. Y, ahora, consciente del estigma que conlleva el trabajo que desempeña, la joven ya no cree que pueda dedicarse a otra profesión. "Estoy orgullosa de ayudar a que mis padres vivan dignamente, pero maldigo el día en el que hicieron marchar del pueblo".
Sobre el inmenso pedregal que es el estado de Andhra Pradesh, resulta fácil comprender por qué sus padres tomaron esa decisión a pesar del peligro al que sabían que se enfrentaría Sulima. Allí, el sol abrasa una tierra en la que parece imposible que crezca cultivo alguno, y la pertinaz sequía ya no es un problema puntual sino un mal crónico. Por si fuese poco, la mayor parte del terreno está en manos de terratenientes cuyo compromiso con el bienestar de la comunidad que trabaja sus tierras —perteneciente sobre todo a castas bajas y a minorías tribales— es mínimo. No en vano, son adalides del feudalismo en pleno siglo XXI. Y quienes son suficientemente afortunados de poseer su propio huerto generalmente carecen de acceso a pozos o disponen de una parcela excesivamente pequeña como para permitir la supervivencia de una familia.
Una demoledora estadística refleja de forma contundente lo dura que es la existencia en las zonas rurales de India: desde 1990, más de 270.000 agricultores se han quitado la vida en todo el país . Es la mayor ola de suicidios de la historia, un tsunami que no cesa a pesar del crecimiento económico. Además, sin llegar a ese extremo, las migraciones estacionales, llamadas también migraciones circulares, en las que se embarcan anualmente entre 30 y 50 millones de campesinos provocangraves dramas. "Muchos buscan escapar de la pobreza viajando a otros lugares durante los meses de menor actividad agraria, generalmente entre diciembre y mayo. Algunos trabajan como jornaleros en otras zonas más fértiles, y otros son empleados en el sector de la construcción", explica Chalapathy Thiruveedula, experto en proyectos agrícolas de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), una de las ONG que trata de poner freno a las migraciones temporales en las zonas rurales.
"El problema social derivado de estos movimientos migratorios internos es muy complejo", analiza Thiruveedula. "Por un lado, las mujeres son vulnerables a todo tipo de abusos; por otro, los hombres sufren multitud de accidentes laborales debido a su escasa formación y, sobre todo quienes emigran solos, tienden a mantener relaciones sexuales con prostitutas, un hecho que se convierte en un importante foco de propagación del sida. Además, la mayoría de las parejas que emigra deja a los niños y a los ancianos en el pueblo, pero quienes no tienen a alguien que cuide de los más pequeños suelen viajar con ellos, lo que provoca su abandono escolar”.
En el pueblo de Nakkanuthipalli Thanda, a unos 60 kilómetros de la ciudad de Anantapur, los habitantes conocen bien los peligros a los que se enfrentan cuando abandonan el campo para adentrarse en la jungla de asfalto. Pero aseguran que no hay alternativa. "Nosotros tenemos dos acres de tierra en la que cultivamos ricino. Se supone que con esa cosecha, que la sequía ha reducido de 30 sacos anuales a menos de 10, tenemos que vivir tres generaciones de la misma familia. Pero no es suficiente. Hace unos años tuvimos que pedir prestado para cavar un pozo en busca de agua, pero no podemos devolver el dinero y todavía debemos 10.000 rupias (125 euros). Ahora tenemos que casar a un hijo y necesitamos otro préstamo para comprarle una cadena de oro", explica Mangamma Ramawat.
Por eso, cuatro de sus familiares, dos hombres y dos mujeres, llevan un lustro buscándose la vida fuera del distrito de Talupulla. "A veces trabajan para terratenientes en campos de mijo. Otras los emplean en la construcción. Muchas veces no les pagan, o lo hacen en especie. Este año, por ejemplo, les han dado un saco de mijo por cada mes trabajado. O sea, tres en total". Mientras tanto, Mangamma se queda en el pueblo cuidando de sus cuatro nietos. "Me preocupa la situación porque no sé qué les puede pasar a mis hijos allí donde van a trabajar, y porque soy mayor y no puedo cuidar bien de los niños que se quedan conmigo".
Consciente del problema, en 2005 el Gobierno indio puso en marcha el mayor programa del mundo para crear empleo en zonas rurales. La Ley Nacional de Garantía de Empleo Rural Mahatma Gandhi (MGNREGA) pretende hacer valer un importante punto recogido en la Constitución: el derecho al trabajo. Y busca conseguirlo a través de un ambicioso proyecto, similar al Plan E que puso en marcha España, que garantiza a los agricultores más desfavorecidos hasta 150 días de trabajo al año en sus lugares de origen. Las estadísticas publicadas por el Ministerio de Desarrollo Rural reflejan el impresionante alcance del MGNREGA: beneficia indirectamente a unos 131 millones de personas distribuidas por más de 778.000 localidades, y proporciona empleo directo a 23,1 millones de agricultores —13,2 millones son mujeres— pertenecientes a 16 millones de familias.
"Se pagan entre 70 y 100 rupias al día (entre 90 céntimos de euro y 1, 2 euros) por realizar labores comunitarias recogidas en el plan que diseña cada localidad y que cuenta con el beneplácito de los gobiernos estatales. Generalmente, son actividades relacionadas con el adecentamiento de infraestructuras: limpiar caminos, levantar muros, cavar zanjas de canalización, etcétera. El trabajo se ofrece en la época seca, cuando hay poco que hacer en el campo y las lluvias no perjudican las obras, y se abona cada semana. Para garantizar que resulta efectivo, quien falte a su puesto es amonestado sin trabajo la semana siguiente a la ausencia", detalla Rajiv Shurbi, funcionario del ministerio en Nueva Delhi. "Además, hace dos años se inició un programa adicional, el de las escuelas estacionales, para permitir que los niños de quienes deciden emigrar temporalmente reciban educación y nutrición adecuadas".
Nadie duda del efecto positivo que el MGNREGA ha tenido en la lucha contra la pobreza extrema, y prueba de ello es que, a pesar de las dudas iniciales, el nuevo primer ministro, Narendra Modi, ha anunciado que reestructurará el programa para eliminar la corrupción que le ha caracterizado y reforzar su cometido. Además, Modi otorgará una subvención de 12.000 rupias (150 euros) para que los más desfavorecidos construyan sus viviendas.
Pero, desafortunadamente, todas estas ayudas todavía son insuficientes para muchos millones de personas a los que les quedan 215 días de incertidumbre laboral al año. Tipamma Ramawat es una de ellas. A sus 22 años sufre una discapacidad leve consecuencia de la polio y no cuenta con apoyo familiar porque sus padres han emigrado y se ha separado de su marido. Así que, de momento, sobrevive junto a sus dos hermanos menores de edad en una chabola de mala muerte que se inunda siempre que llueve y que se convierte en un horno cuando atiza el sol. "Emigrar todavía es peor. Muchas veces tenemos que dormir bajo carpas atestadas de gente, con graves problemas de higiene y siempre con miedo a ser víctima de abusos o incluso a ser violadas", asegura. Afortunadamente para ella, es una de las beneficiarias del programa que la FVF tiene en marcha para construir viviendas dignas en zonas rurales. "Ellos me dan los materiales y yo pongo el terreno y la mano de obra".
De hecho, uno de los mayores problemas en el desarrollo rural, sobre todo en zonas castigadas por la sequía, está en las deudas que contraen los agricultores con prestamistas que exigen exorbitantes intereses, ya sea para adquirir semillas, cavar pozos, construir una vivienda, o pagar la dote de una hija que va a contraer matrimonio. En el caso de Narayanamma Reddingaru se sumaron los dos últimos factores de esa lista negra. "Mi marido se endeudó primero para construir nuestra casa, y luego para pagar la dote de nuestra hija. En total debía 270.000 rupias (3.375 euros)", recuerda. Toda una fortuna para quienes cobran 2.000 rupias (25 euros) por cada saco de 45 kilos de cacahuetes, el cultivo que plantaron en los cinco acres de tierra que tenían.
Las malas cosechas ahogaron al matrimonio en una imparable espiral de créditos. Como el cacahuete recolectado no permitía pagar a los acreedores, tenían que volver a pedir dinero para volver a plantar. Y, así, las facturas crecieron de forma inversamente proporcional a los ingresos. Hasta que un día, hace nueve años, el marido de Reddingaru fue al campo y no regresó. "Bebió pesticida y unos vecinos lo encontraron muerto", cuenta la mujer, que ahora tiene 45 años. Fue en ese momento cuando ella conoció su demoledora situación financiera. "Él nunca me había dicho que estábamos endeudados. Lo supe cuando se presentaron en casa los prestamistas y exigieron quedarse con la tierra en compensación".
Gracias a la intervención de la policía y a las 100.000 rupias (1.250 euros) que el Gobierno le dio por la muerte de su marido, Reddingaru consiguió retener la titularidad del terreno. Pero todavía está pagando el préstamo y, como el programa MGNREGA apenas le da para vivir, no puede hacer frente a los costos de la plantación. "No puedo buscar pozos porque eso supondría pedir más dinero, así que trabajamos como jornaleros por unas 100 rupias (1,25 euros) al día". Aunque sigue sufriendo brotes depresivos, Reddingaru ya ha desechado la idea de suicidarse. "Pero solo porque tengo que cuidar de mis hijos, cuyo único futuro está en la emigración".

Redes de pozos y presas o estudios de viabilidad de cultivos son algunos de los proyectos de la Fundación Vicente Ferrer para mejorar la productividad de la tierra
Como apunta Thiruveedula, el problema del MGNREGA es que "se trata únicamente de un parche que no ataca la raíz de los problemas que asolan a los agricultores indios". No en vano, muchos analistas afirman que gran parte de las obras en las que se los emplea no son realmente necesarias ni productivas, y reconocen que la corrupción es un grave problema que lastra los beneficios de un plan teóricamente muy positivo. "Además, muchas de las subvenciones se otorgan por superficie y terminan en los bolsillos de los grandes terratenientes", critica Cheemala, otra viuda de la tierra cuyo marido sucumbió ante el peso de las deudas contraídas para cavar pozos que resultaron baldíos.
Por eso, no faltan quienes consideran que el presupuesto del programa estaría mejor empleado de otra forma. La FVF, por ejemplo, ha puesto en marcha diferentes proyectos que tienen como objetivo mejorar la productividad de la tierra "a través de la construcción de una red de pozos y de presas, el estudio de la viabilidad de diferentes cultivos, y el uso de nuevas tecnologías como la de los paneles solares". De esta forma, Thiruveedula asegura que se han conseguido añadir 200.000 acres de tierra cultivable en la región, y avanza que esa extensión podría duplicarse en cinco años más. "Cuando Vicente Ferrer comenzó a trabajar en Anantapur, solo el 2,5% de la tierra era fértil, pero ahora ese porcentaje ha aumentado hasta el 13%".
Claro que de poco le sirve eso al grueso de la población que no posee terrenos. Para ellos, diferentes ONG de todo el mundo han puesto en marcha proyectos de creación de ingresos en todo el país. Sobre todo para las mujeres. “Nosotras producimos saris, un trabajo que antes estaba restringido a los hombres”, cuenta Krishnaveni Meesala, una joven beneficiaria de los telares que la FVF compró hace cuatro años y puso en manos de una cooperativa de mujeres. “Mientras estamos formándonos nos pagan 80 rupias (1 euro) al día, y nos dan comida y transporte. Luego, somos nosotras las que comercializamos los productos”. Sigue siendo una suma inferior a la que ingresaban cuando emigraban a Bangalore, donde ganaban entre 100 y 150 rupias (entre 1,25 y 1,85 euros) al día en empresas textiles. "Pero no tenemos que pagar el alquiler de un cuarto en la ciudad, no estamos expuestas a peligros, y podemos quedarnos en casa", justifica Meesala.
A pesar de estas encomiables iniciativas, desde 2001 el número de agricultores en India se ha reducido en nueve millones. Unos 2.000 al día. Desafortunadamente, ni los que han emigrado a las zonas urbanas, muchas de las cuales concentran grandes bolsas de pobreza en barriadas insalubres, ni los 119 millones que continúan trabajando el campo disfrutan de una mejora sustancial en su calidad de vida, razón por la que el grupo de quienes viven por debajo del umbral de la pobreza retrocede a un ritmo muy inferior al del crecimiento económico. Es, como lo denominó el experto en temas agrícolas Palagummi Sainath, "una tragedia nacional" con difícil solución.

 Anantapur 1 JUL 2014 - 16:57 CESThttp://elpais.com/elpais/2014/06/16/planeta_futuro/1402919843_666033.html

martes, 1 de julio de 2014

La verdad sobre el mito más grande de la tecnología

La tecnología es una oportunidad para reexaminarnos.

Muchos optimistas están convencidos de que la tecnología puede cambiar la sociedad. Pero la realidad es mucho más interesante.

Durante una conferencia a finales de 1968, el sociólogo estadounidense Harvey Sacks abordó una de las grandes fallas de los sueños tecnocráticos.
Siempre habíamos tenido la esperanza, argumentó Sacks, de que "con sólo introducir una fantástica máquina de comunicación nueva, el mundo se transformaría".
En vez de eso, sin embargo, hasta nuestros mejores y más brillantes aparatos tienen que acomodarse a las prácticas y supuestos existentes en un "mundo que tiene la organización que ya tiene".
Sacks puso como ejemplo al teléfono.
En Estados Unidos fue introducido en los hogares durante el último cuarto del siglo XIX, y la conversación instantánea a través de cientos y hasta miles de kilómetros parecía casi un milagro.
Para la revista Scientific American, era el principio de "nada menos que una nueva organización de la sociedad, un estado de cosas en las que cada individuo, por más aislado que estuviera, tendría a la distancia de una llamada todos los otros individuos en la comunidad, para resolver un sinfin de complicaciones sociales y comerciales...", según decía su editorial en 1880.
Pero el desarrollo de esa historia no llevó tanto una "nueva organización de la sociedad", sino a que se vertieran las conductas humanas existentes en moldes nuevos: nuestra bondad, esperanza y caridad; nuestra codicia, orgullo y lujuria.
La nueva tecnología no trajo consigo una revolución repentina. En vez de eso, hubo un denodado esfuerzo para ajustar la novedad a las normas existentes.
El más feroz de los primeros debates sobre el teléfono, por ejemplo, no tenían que ver con la revolución social sino con la decencia y el engaño.
¿Qué significaba el acceso de interlocutores invisibles a la santidad de la casa? ¿Qué implicaba para los miembros del hogar que eran crédulos y corruptibles, como las mujeres y sirvientes? ¿Era deshonroso charlar si uno no estaba vestido apropiadamente?
Tales eran las preocupaciones cotidianas de los usuarios de teléfono en el siglo XIX, que eran correspondidas por las empresas teléfónicas que intentaban garantizar el decoro de sus abonados.
Como Sacks también dijo, cada nuevo objeto es, por encima de todo, "una oportunidad para volver a ver lo que podemos ver en todos lados", y quizás el mejor objetivo de cualquier escrito sobre tecnología es tratar a la novedad no como un fin sino como una oportunidad para reexaminarnos.

El pintoresco mito geek

Desde todo punto de vista, la nuestra es una era preocupada con la novedad. Muy a menudo, sin embargo, no ofrece un camino a la perspicacia sino a una ceguera sorprendente sobre nuestras propias normas y supuestos.
Piense en la letanía de números que se usan para formular cada comentario sobre la tecnología moderna: a finales de 2014 habrá más celulares en el mundo que gente; hemos pasado del lanzamiento de la tableta en 2011 a que éstas pasen a ser la mitad del mercado global de las computadoras personales en 2014; el 90% de la data del mundo fue creada en los últimos dos años; los teléfonos de hoy son más potentes que las supercomputadoras del pasado, etc., etc., etc.
Se trata de una historia en la que tanto las máquinas como sus capacidades aumentan eternamente, arrastrándonos en su viaje exponencial.
Tal vez el mito geek determinante de nuestra era, la Singularidad, anticipa un futuro en el que las máquinas cruzan un horizonte de sucesos tras el cual su intelecto supera al nuestro.
Y aunque la mayoría de las personas son indiferentes a tal destino, el afán apocalíptico que encarna es muy familiar. Seguro que es sólo cuestión de tiempo -reza la teoría- para que finalmente nos escapemos, aumentemos o de alguna manera superemos nuestra naturaleza y emerjamos en una nueva fase de la historia humana.
O quizás no.
Porque, aunque el progreso tecnológico y científico es en efecto algo asombroso, su relación con el progreso humano es más una aspiración que un hecho establecido.
Nos guste o no, la aceleración no puede continuar indefinidamente.
Podemos tener el anhelo de escapar de nuestra carne y nuestra historia, pero las personas que nos estamos reinventando vienen equipadas con la misma gama de belleza y perversidad y con los mismos y muy humanos errores.
Con el tiempo, nuestros sueños de una tecnología que departa de la mera actualidad y nos lleve con ella llegarán a parecer tan pintorescos como esos caballeros victorianos que se ponían un traje de tres piezas y corbatín antes de hacer una llamada telefónica.

Hacia un mundo sin abejas



La mortalidad de los insectos polinizadores aumenta sin que se conozcan las causas

De ellos depende la la mayoría de los cultivos



Han pasado 20 años desde que un grupo de agricultores franceses llamó la atención por primera vez sobre un fenómeno insólito: el despoblamiento de las colmenas a causa de la desaparición de las abejas, de cuya polinización depende gran parte de la producción mundial de alimentos. Pronto se comprobó que el fenómeno era global, al menos en los países con una agricultura muy desarrollada, y un aluvión de investigaciones ha intentado desde entonces determinar las causas, con resultados a menudo dispares o contradictorios. ¿Se debe la muerte de las abejas a los monocultivos o al calentamiento global? ¿Virus, bacterias, hongos, parásitos como el Nosema ceranae? ¿Pesticidas como los neocotinoides, que empezaron a usarse justo hace dos décadas? Aunque parece haber tantas opiniones como expertos en el campo, es posible que todos tengan parte de razón.
Entretanto, el fenómeno no ha hecho más que agravarse —los apicultores denuncian pérdidas más graves un año tras otro—, y la única buena noticia en este terreno se ha producido solo en tiempos muy recientes. Con característica lentitud pero loable preocupación, las Administraciones, incluidas las de Bruselas —que el pasado año prohibió varios pesticidas— y Washington —que ha aprobado un presupuesto extraordinario para investigar el fenómeno—, han tomado conciencia del problema y se han puesto manos a la obra.
La gravedad de la situación y la dilación e ineficacia de las medidas paliativas plantean una pregunta que ya no puede considerarse descabellada: ¿cómo sería un mundo sin abejas? “Si tuviéramos que depender de una agricultura sin polinizadores, estaríamos listos”, expone el subdirector general de Sanidad e Higiene Animal del Ministerio de Agricultura, Lucio Carbajo. No todos los cultivos desaparecerían, porque los hay que se pueden gestionar de otras formas (autopolinización y polinización por pájaros, entre ellas), pero todas las fuentes coinciden en que la pérdida de diversidad y de calidad alimentaria sería tremenda.
Además, los mismos factores que atacan a las colmenas dañan también a los polinizadores silvestres como el abejón, el abejorro y las avispas, de modo que las pérdidas no solo afectarían a la producción agrícola, sino también —y quizá más crucialmente aún— a los ecosistemas naturales y al medio ambiente en general. Las abejas, las flores y los frutos evolucionaron juntos hace decenas de millones de años, y no se puede destruir uno sin destrozar a los demás.
El Laboratorio de Referencia de la UE para la Salud de las Abejas (EURL, en sus siglas inglesas), con sede en Anses, Francia, publicó en abril los resultados del primer programa de vigilancia sobre el despoblamiento de las colmenas en 17 países europeos. Los datos, que se tomaron en más de 30.000 colmenas durante 2012 y 2013 y examinaron las prácticas agrícolas y los agentes patógenos más dañinos, muestran unos índices de mortalidad invernal muy variables entre países (la horquilla cubre del 3,5% al 33,6%). En general, la situación es más leve en España y otros países mediterráneos (por debajo del 10%) que en el norte del continente (por encima del 20%). Las cifras contradicen a las del sector apícola español, que denuncia mortandades entre el 20% y el 40%, en un ejemplo más de lo dificultoso que resulta acordar los criterios y las metodologías en este campo.
La contribución de los posibles factores de riesgo, como el manejo de las colonias, el uso de pesticidas y los agentes patógenos, es variable y compleja. Tanto este informe europeo como las demás fuentes coinciden en que las causas de la mortalidad de las abejas son múltiples. También señalan, sin embargo, que ciertos factores pueden ser más fáciles de abordar que otros. Los pesticidas más dañinos, por ejemplo, pueden prohibirse o restringirse, como ya ha hecho Bruselas con cuatro de ellos. Por otro lado, y como es natural, los principales productores de plaguicidas —Bayer, Syngenta y Basf— no aceptan que haya evidencias sólidas de que sus productos sean la causa del problema. Y, de forma más significativa, algunas fuentes científicas coinciden con ellos.
“Los pesticidas neonicotinoides, como los prohibidos por la UE, no son los más prevalentes en las colmenas, al menos de forma crónica”, asegura Mariano Higes, del Centro Regional Apícola de Marchamalo, en Guadalajara. “Pueden ser un problema en amplísimos monocultivos, pero afectan sobre todo a los polinizadores silvestres, como los abejorros, no a las colmenas de abejas”. Higes acepta, sin embargo, que restringir estos productos puede ser útil para los ecosistemas, aunque no para la agricultura.
Para colmo, y según una investigación dirigida por Tom Breeze, del Centro de Investigación Agroambiental de la Universidad de Reading, y publicada este año en PLoS ONE, son las propias políticas agrícolas europeas las que están exacerbando el problema: al promover los grandes monocultivos se está produciendo un creciente desajuste entre las necesidades de polinización y la disponibilidad de colmenas en todas las regiones del continente. Todos esos cultivos necesitan abejas, pero los apicultores no logran reproducir tanto las colmenas, con lo que al final el cultivo rinde menos. El resultado de esta investigación es más llamativo si se tiene en cuenta que el trabajo ha sido financiado por la misma UE que es objeto de sus críticas.
“Las políticas agrícolas y sobre biocombustibles europeas han estimulado un gran crecimiento de las áreas cultivadas que precisan polinización por insectos”, explican Breeze y sus colegas, que han extendido su estudio a todo el continente. Entre 2005 y 2010, por ejemplo, el número requerido de abejas melíferas creció cinco veces más deprisa que las existencias de esos insectos y, en consecuencia, más del 90% de la demanda ha quedado insatisfecha en 22 países de la Unión. “Nuestros datos”, concluye Breeze, “alertan sobre la capacidad de muchos países para soportar pérdidas importantes de insectos polinizadores silvestres”.
Esos polinizadores silvestres —las 250 especies de abejorros existentes, principalmente— son la otra mitad de la historia. Podría pensarse que, en un mundo sin abejas, la tarea de polinizar los cultivos podría ser asumida por estos otros insectos, que, de hecho, son ya ahora quienes polinizan la mayor parte de los cultivos básicos para la alimentación mundial: la acción de los abejorros (del género Bombus) produce el doble de fruto que la debida a la apicultura convencional con abejas (del género Apis).
Sin embargo, una reciente investigación de Matthias Fürst y sus colegas de la Royal Holloway University de Londres, publicado en Nature, ha desinflado esa expectativa al mostrar que dos de los grandes patógenos de las colmenas, el virus de las alas deformes (deformed wing virus, DWV) y el hongo Nosema ceranae, se han extendido ya a los polinizadores naturales. Estos agentes infecciosos no solo se han mostrado capaces de transmitirse de Apis a Bombus en experimentos controlados de laboratorio, sino que ya han contagiado a los abejorros en la naturaleza, según los estudios de campo de estos científicos en Gran Bretaña y la Isla de Man. Cabe temer, por tanto, que los polinizadores silvestres estarán pronto tan amenazados como sus colegas domésticas.
La identificación del microsporidioNosema como una de las grandes causas del despoblamiento de las colmenas se debe a Higes, el principal investigador español en este campo, “El papel de los patógenos y, sobre todo, de Nosema ceranae, sigue sin comprenderse”, reconoce Higes, cuyo laboratorio lleva 10 años investigando en el microsporidio. “Muchos de mis colegas diseñan experimentos erróneos y extraen conclusiones que no son enteramente correctas; es una pena, pero 10 años después sigue existiendo una nebulosa en el conocimiento”. Como se ve, la investigación sobre la muerte de las abejas está trufada de conflictos.
Esta es una de las razones de que grupos ecologistas como Greenpeace no solo elogien las restricciones europeas a cuatro pesticidas neonicotinoides, sino que propongan extender la prohibición a otros 319 compuestos que consideran dañinos. “No cabe duda de que la mortalidad de las colmenas es un problema multifactorial”, dice Luis Ferreirim, de Greenpeace, “pero si hubiera que establecer una jerarquía, el primer factor serían los insecticidas, que están diseñados precisamente para matar insectos, como las abejas”. El ecologista recuerda asimismo que los herbicidas también resultan dañinos, pues acaban con las flores que aportan el principal alimento a las abejas. “Además, contra los pesticidas se puede actuar con más eficacia y rapidez”, prosigue Ferreirim, “mientras que atacar a virus, bacterias, hongos y otros parásitos resulta muy difícil; y no hay que olvidar que los parásitos están más restringidos a las abejas, mientras que los pesticidas dañan también a los abejorros y otros polinizadores naturales, a los que también hay que proteger”.
Un mundo sin abejas sería también un mundo sin abejorros, y tal vez sin flores, pues las abejas y las flores evolucionaron juntas, y son las dos caras de la misma moneda desde un punto de vista ecosistémico. Un mundo triste y monótono como una ciudad fantasma, una pesadilla estéril a solo un paso de la nada. La ciencia está movilizada. La inteligencia política debe seguir en su estela.

 29 JUN 2014 - 00:25 CEThttp://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/06/27/actualidad/1403882291_329326.html

La isla de la tecnología


Taiwán apostó su desarrollo a la producción de ordenadores. Hoy es la gran fábrica de electrónica, el Silicon Valley de Asia




A 390 metros de altura, Taipéi aparece sumergida por un calor tropical. Un manto de humedad y neblina le confieren un color cobrizo. Los edificios brillan débilmente al sol de la tarde, mostrando sus ángulos rectos, y se extienden hacia el horizonte hasta fundirse con la atmósfera. A vista de pájaro, el urbanismo muestra una sobriedad rectilínea y eficiente. Como si un planificador colosal hubiera trazado las avenidas con un programa informático. En otro tiempo, esta llanura se encontraba anegada por un lago. Hoy, recuerda a la geografía ordenada de los microchips. Circuitos, nodos, celdas interconectadas, y la vida en su interior moviéndose a impulsos eléctricos. Esta visión nos golpea en la azotea del rascacielos Taipéi 101. Como si hubiéramos aterrizado en una película futurista y no en la isla de Taiwán. Quizá el desequilibrio en la percepción provenga del verdadero viaje que acabamos de comenzar en el ascensor del edificio, desplazándose a 1.010 metros por minuto (37 segundos hasta el piso 91), mientras la luz se oscurece como si cruzáramos a otra dimensión y el ascensorista aconseja: “Traguen saliva para ajustar la presión”. En Taiwán, desde que se toca tierra, lo envuelve a uno la sensación de caminar por las entrañas de un artefacto electrónico.
La tecnología lo recubre todo. El Taipéi 101, sin ir más lejos, fue bautizado así como un guiño al sistema binario del lenguaje computacional. Durante cinco años (hasta 2010) fue la construcción más alta del planeta. Un bloque de vidrio azul con forma de bambú visible desde cualquier punto de la capital. Un tótem de la era digital. Levantado en el corazón de un vibrante distrito financiero, alimentado a base de exportaciones; el símbolo de una nación agrícola y pesquera que decidió jugarse su desarrollo a una carta: producir chips y ordenadores de forma masiva.
Si hacemos caso a las cifras deDigiTimes Research, web taiwanesa que estudia los vaivenes del mercado tecnológico, las compañías de esta nación fabrican en torno al 85% de portátiles del planeta (unos 440.000 al día). Acumulan cerca del 60% de la producción de tabletas (270.000 cada 24 horas). Funden también el 60% de los semiconductores –o chips– del globo. Manufacturan el 60% de las placas bases (la plancha donde se conectan los componentes de la computadora). Y se aproximan el 20% de la cuota mundial de teléfonos móviles (cerca de un millón de terminales al día). Normal que uno tenga la sensación de moverse entre circuitos. Forman parte de la vida cotidiana. Y uno cree percibirlos en los ornamentos de un edificio. En un cuadro en la pared de un hotel retroiluminado con leds (Taiwán es uno de sus mayores fabricantes). Y en la escultura de la entrada principal de la University Taipéi Tech, a medio camino entre el esqueleto de un robot y una enredadera.
La universidad conecta por una avenida con el centro comercial Gong Hua Digital Plaza: seis plantas donde se vende todo tipo de tecnología. Las callejuelas colindantes se dedican también al mundo digital. En un palmo se mezclan neones de Acer, Asus, LG, Samsung, Gigabyte y Toshiba. Los puestos venden ordenadores de segunda mano y tabletas recién salidas de la fábrica. En un corredor trasero, encontramos una ferretería de dos plantas dedicada a la manufactura casera de tecnología. Hay miles de cables y conectores. Chips a cuatro euros. Interruptores y planchas vírgenes en las que uno puede engranar las tripas de un ordenador. Una dependienta teclea en el traductor de su teléfono el contenido de la tienda y nos muestra la respuesta: “Capacitación electrónica”.
En Taipéi, todo el mundo parece tener el móvil a mano, como un revólver. Volvió a ocurrirnos algo similar en Treasure Hill, una colonia de viejas casitas, donde se asentaron en 1949 parte de los militares chinos que llegaron a Taiwán huyendo de Mao Zedong, y tras los pasos de Chiang Kai-shek. Hoy estos chinos lideran uno de los países que mejor representa la globalización, pero cuya legalidad internacional sigue en un limbo. Apenas una veintena de países reconoce Taiwán. Y son poco relevantes. Solo la Santa Sede en Europa. Ninguno de los asiáticos. Ni Estados Unidos ni Japón ni la República Popular China, principales clientes de sus mercaderías (mantiene relaciones con la comunidad internacional a través de oficinas comerciales). Pero el viejo barrio, mientras, se ha transformado en un cogollo de artistas donde un guarda al que le preguntamos dónde podemos encontrar una audioguía desenfunda el móvil, susurra al terminal unas palabras en mandarín, y muestra el resultado en la pantalla. Casi como si fuera una respuesta a nuestras preguntas sobre la capacidad productiva de la isla, se lee en inglés: “Seguid caminando. Encontraréis ayuda”.
Así que un día más tarde, en un despacho de la Universidad Nacional de Taiwán, comienzan a aparecer algunas claves que explican por qué el sector tecnológico suma más del 50% de las exportaciones y alcanza un tercio de la producción industrial, según la Cámara de Comercio española en la región. “En los setenta llegaron los americanos. Comenzaron a construir una industria tecnológica. Ése es el punto de partida”, narra Ko Hui Chang, profesor especializado en las relaciones entre sociedad y tecnología. “Buscaban mano de obra barata. Y una regulación medioambiental poco estricta. Construyeron grandes fábricas. Y comenzaron a producir radios y televisores. Luego ordenadores. En los ochenta, cuando los americanos se fueron en busca de una mano de obra aún más barata en Asia, dejaron las fábricas y quedaron los ingenieros taiwaneses ya formados. Comenzaron a comprar las factorías”.
El libro The east Asian High-Tech drive (2006) remonta a los sesenta el petardazo en alta tecnología, cuandolas firmas de Silicon Valley(California) mudaron sus líneas de producción a países en desarrollo. El valle de silicio dejó de producir chips de silicio. Y la oportunidad la aprovecharon algunos países donde desembarcaron. Corea, Singapur y Taiwán “lograron elevar la categoría de sus economías y diversificar a otras áreas high tech”. Así nacieron los tigres asiáticos, donde el Estado “fue el principal artífice de la industrialización”, según el ensayo. Taiwán contó entre 1950 y 1979 con uno de los mayores sectores públicos del mundo (fuera del bloque comunista). Los bancos fueron nacionalizados tras la llegada a la isla y el ascenso al poder del Kuomintang, que comenzó a manejar con puño de hierro el país tras medio siglo de colonialismo japonés. Estados Unidos, mientras tanto, salvaguardaba las aguas agitadas del estrecho de Formosa y abría un canal para sus factorías. Aún hoy, el protector sigue presente en Taipéi. Como una metáfora, dos puentes cruzan el río Keelung y unen el centro con un barrio al norte llamado Neihu, el Silicon Valley de Taiwán, donde se concentran 3.000 empresas de tecnología. Estas pasarelas hacia la era digital se llaman MacArthur 1 y MacArthur 2. Un tributo al general estadounidense que veía la isla como un escudo frente al comunismo.
El Kuomintang permitió muy pronto la entrada de multinacionales estadounidenses, como RCA, pero se aseguró la transferencia de conocimiento mediante joint ventures con casas locales (así se fundó en los setenta el mayor productor de pantallas de televisor del mundo) y fomentando las compras a subcontratistas taiwaneses. Se planificó al detalle. A largo plazo. Se enviaron delegaciones de mentes brillantes a aprender procesos en el extranjero. Convocaron a chinos expatriados en Estados Unidos para liderar el cambio. Y a finales de los setenta se puso en marcha la industria taiwanesa de semiconductores. La más potente del mundo. Poco a poco pasaron de ser mano de obra barata a contratar mano de obra barata en la china continental. En Taiwán quedan pocas fábricas. Producen el 80% fuera. Son los ciclos de la historia económica. Los avatares de la deslocalización.
Hace un par de años, en una cena de Barack Obama junto a las testas coronadas de Silicon Valley, el presidente de Estados Unidos preguntó a Steve Jobs si había alguna forma de fabricar iphones en casa; quería saber por qué ese trabajo no se podía realizar ya en Estados Unidos. “Estos empleos no volverán nunca”, respondió el fundador de Apple, según reconstruyó The New York Times. La cabecera abría con esta escena una serie de reportajes, premiada con un Pulitzer, sobre lapenosa situación en las fábricas usadas por el gigante tecnológico. La compañía Foxconn, uno de los principales socios manufactureros de Apple en Asia, perdió el anonimato ante el gran público. Era entonces y sigue siendo, con diferencia, la mayor empresa de Taiwán. Su facturación en 2013 superó el 10% del PIB del país. De sus fábricas, la mayoría en la China continental, han salido playstations, teléfonos Nokia, libros electrónicos de Kindle, y millones de iphones y ipads. Es, como se la conoce en la jerga, una ODM (fabricantes de diseño original). Producen por encargo. Una de las especialidades de Taiwán. Comenzó su vida en 1974 como una pequeña compañía de interruptores para televisores. Un caso de éxito. Pero también de un modelo productivo que comienza a dar muestras de agotamiento.
Foxconn representa las grandes contradicciones de la isla. En palabras del sociólogo tecnológico Ko Hui Chang: “Por un lado, los taiwaneses piensan que esta empresa ayuda a la economía, pero a su vez les genera ansiedad porque cuando los americanos vinieron apoyaron el trabajo aquí, el Gobierno taiwanés aprendió de ellos, copió su patrón y luego las empresas se mudaron a China para replicarlo”. El riesgo es que los chinos continentales hagan lo mismo. Y que acaben borrándolos del mapa adoptando su modelo. La deslocalización, añade el profesor, complica además la búsqueda de un empleo digno entre los jóvenes. “Muchos renuncian a trabajar en el sector tecnológico. Tengo amigos que trabajan en él, con horarios de ocho de la mañana hasta medianoche. Algunos de mis estudiantes prefieren abrir un pequeño negocio. Un café o una librería. Quieren disfrutar del tiempo”, asegura. Los sueldos de la industria tecnológica llevan una década estancados. El país crece, pero no los salarios reales. Incrementa la producción, pero no los beneficios. Es uno de los problemas de las manufacturas. Poco diseño implica márgenes escasos. Hoy se trabaja lo mismo. Pero los taiwaneses ganan menos. Hay un exceso de universitarios (el 84,4% alcanza la educación terciaria, según el Foro Económico Mundial, el séptimo país con mayor porcentaje del planeta); y a la vez sufren escasez de puestos técnicos. Y, lo más preocupante, según el Instituto Chung Hua para la Investigación Económica, uno de los think tank más poderosos del país, vinculado al Gobierno, ha descendido el número de alumnos en carreras científicas. Pero, como recuerda Tsung-Che Wei, subdirector en esta organización: “Para garantizar el futuro de las manufacturas necesitamos más gente dedicada a las ciencias; estamos recomendando al Gobierno que promocione una mayor implicación desde la infancia”.
Panificación. Transferencia de conocimiento. Tecnología desde niños. Ciencia en todas partes. Al abandonar la universidad, comenzamos a ver Taipéi con otros ojos. El profesor nos ha dado una última pista para interpretar el urbanismo tipo circuito integrado: quizá derive de los años como colonia japonesa, cuando se erigió la mitad de la ciudad. A algunos de sus ingenieros les gustaba más Taiwán que Japón. Una tierra prístina sobre la que explorar nuevas ideas. Como una placa base en la que ir engarzando chips y procesadores. Y engalanada estos días, precisamente, con anuncios de marcas que producen este tipo de artículos: son algunos de los patrocinadores de Computex, la feria más importante de tecnología de Asia, que se celebra estos días de principios de junio en Taipéi. Un punto de encuentro, sobre todo, entre negocios. Con cenas, reuniones y fiestas para satisfacer a clientes. Hay música en directo y barra libre en discotecas ubicadas en rascacielos para romper la barrera entre vendedores y compradores. Con más de tres décadas de historia, Computex se reparte en cuatro sedes en distintos puntos de la ciudad. Durante unos días se percibe una notable presencia de extranjeros moviéndose de un lado a otro. En estos momentos, por ejemplo, nos dirigimos a un hotel a los pies del Taipéi 101, donde Asus, la quinta compañía tecnológica del país, según Forbes (pero la única entre esas cinco que diseña sus productos y los comercializa con su marca), va a desvelar sus secretos de la temporada. La empresa ha invitado a un nutrido grupo de periódicos del mundo (El País Semanal entre ellos) para dar cuenta de sus novedades.
Para acceder a la presentación es necesario mostrar un código QR previamente descargado en el móvil. En una antesala, un enjambre de periodistas rodea los productos de la marca: portátiles ultrafinos, tabletas, sus transformer books… Al otro lado del tabique, hay un salón de eventos con un escenario y 200 sillas. La luz se apaga y aparece Jonney Shih, el presidente de la compañía, con el aire de un Steve Jobs asiático. Habla un inglés a ráfagas y se apoya en frases como: “Dejad que os presente lo… ¡increíble!”, para exhibir una batería de productos, desde “el router más rápido del mundo” al “dos en uno [tableta y portátil] más fino del mundo”, pasando por pantallas cuya resolución es “un sueño hecho realidad” [en este punto hay aplausos], teléfonos-tabletas (los “padfones”), y finalmente un “5 en 1”: un ordenador portátil, tableta y teléfono, todo a la vez, que se engancha el uno al otro como una matrioska. “No es… ¡increíble!”, concluye Shih como un relámpago.
Un par de días más tarde lo entrevistamos en una sala austera, en la sede de su compañía a las afueras de Taipéi, levantada sobre campos de arroz. Desde el último piso se ve un campo de béisbol, el deporte nacional, y se aprecia cómo el patio central, que desde abajo parece un jardín zen, es en realidad una enorme placa base. Cara a cara, Shih habla con un hilo de voz. Asegura que sus shows sobre el escenario pertenecen a la nueva filosofía que ha impregnado la compañía: “Las tomo como parte del pensamiento en diseño frente a nuestra antigua orientación ingeniera”. Más mercadotecnia y menos gigaherzios. La historia de Asus no es muy distinta de la de otras compañías de manufacturas. Fundada a finales de los ochenta por un grupo de ingenieros informáticos de Acer, hoy la principal competencia, su idea era fabricar placas base. Pura ingeniería. Circuitos para entendidos. Producidos de forma eficiente y a gran escala. Un trabajo gris y sin nombre. El sino taiwanés. Dominaron ese mercado (lo siguen dominando). Pero quisieron dar el salto. En eso están. Dejando a un lado el “cerebro izquierdo” de los ingenieros (como él) obsesionados con el rendimiento, para dar entrada a “lo irracional”, según Shih. “Cuando quieres algo fino y bello, y también una enorme batería, ¿cómo lo haces?”. Y entonces toma uno de sus últimos lanzamientos, el Zenfone, y pasa minuto y medio en silencio intentando abrir la carcasa para mostrar su interior.
La feria Computex conserva, en gran medida, esa vieja visión centrada en la ingeniería anónima. En un paseo aleatorio por la mayor de las sedes, uno encuentra pequeños expositores de compañías que fabrican ventiladores para PC, tarjetas gráficas, cables internos, puertos, baterías de litio y cosas por el estilo. Firmas de 10 o 15 trabajadores locales con fábrica en China. El gran tejido económico que da vida a la isla. Las pymes representan el 95% de las empresas. “Esto es un país de componentes”, había avisado Óscar García Maroto, un ingeniero curtido en la Cámara de Comercio española de Taipéi. La cuestión es si podrán subir de nivel. No todo es gris en la feria, y de pronto surge una enorme pantalla en la que desarrolla un tiroteo. Ametralladoras, granadas y vísceras en el videojuego. En cualquier caso, éste no es el lugar donde se lanza una videoconsola revolucionaria. Sino donde Intel explica la velocidad de sus procesadores. La compañía española Ozone, con sede en Torremolinos (Málaga), lleva seis años sin perderse la cita. Venden teclados, ratones y auriculares. Periféricos, en la jerga. “Es la feria más importante del mundo”, asegura Curro Herrera, su responsable de marketing. “Pero no va destinada al consumidor final”. Ozone tiene oficina en Taipéi, para controlar sus fábricas en la República Popular China. Y José R. Díaz, fundador de la empresa, da su explicación sobre por qué Taiwán es una plaza clave: “Está cerca de China, son medio chinos y son más listos que los chinos. Pero se les está acabando el chollo con el despertar de China: han empezado a vender sus propias marcas y controlan cada vez más partes del proceso”.
El futuro de Taiwán depende en gran medida de apuestas como la de Asus. Más diseño y menos componentes. Competir como marca y no como fábrica. “Contamos con buenos cimientos en la industria digital. Pero necesitamos más innovación”, dice al fin Jonney Shih cuando logra abrir el teléfono con sus dedos de ingeniero. Un par de horas después, volvemos a ver la cara del presidente de Asus en una foto junto a los 8 tycoons digitales del país. Cuelga en la sede del Instituto para la Investigación de la Industria Tecnológica (ITRI, en inglés). Ubicada en Hsinchu, a hora y media en coche de la capital, es una de las piezas centrales del puzle. Lo fundó el Gobierno en 1973 y logró arrancar el motor tecnológico. Hoy representa la esperanza para levantar unos exiguos beneficios, que rondan el 3% y el 5% en el sector. Cuenta con más de 20.000 patentes. Y sus investigadores han de tener siempre un ojo en el mercado. Cada hallazgo ha de ser susceptible de comercialización. Se incuban negocios. Y, si son viables, comienzan una nueva vida fuera: 244 empresas han nacido así; spin offs, las llaman. Varias de sus invenciones recientes se encuentran expuestas en un enorme hall. Llama la atención una ventana que es un panel solar, pero transparente (Taiwán es puntera en tecnología fotovoltaica); un sistema de purificación de CO2; un linimento ignífugo; un altavoz que es en realidad una onda de luz (el sonido rebota en las paredes). Hitos recientes. Pero en unas vitrinas guardan viejos recuerdos: el primer ordenador en chino mandarín; una bicicleta Giant, marca local, fabricada con una novedosa fibra de carbono en su momento (Taiwán es hoy uno de los mayores productores de bicicletas), y la mencionada foto de los tycoons, entre los que destaca un anciano llamado Morris Chang. Un ingeniero nacido en la China continental y criado en Estados Unidos que lideró en los ochenta el ITRI, tras estudiar en MIT y foguearse en Texas Instruments. Abandonó el instituto para fundar TSMC, una de las primeras spin offs. El Estado puso la mitad del capital. Hoy es la mayor fábrica de chips por encargo del planeta. Y la segunda mayor compañía del país.
Su cuartel general se encuentra muy cerca, en el parque tecnológico de Hsinchu, un polo industrial de 650 hectáreas, construido sobre una plantación de té, y puesto en marcha por el Gobierno en 1980. Otra de las apuestas planificadoras. Las 500 compañías instaladas suman el 10% de las manufacturas del país. Pero, sobre todo, el lugar es famoso por su interconexión entre empresas. Un cluster tecnológico que han intentado replicar delegaciones de medio mundo. A un paso del ITRI y de dos de las mejores universidades de ciencias del país. Michael Kramer, portavoz de TSMC, resume las virtudes de su ubicación mientras se oye de fondo el zumbido de una fábrica que no descansa: “Aquí tenemos clientes y proveedores. Y el que solía ser nuestro principal rival está cruzando la calle”. Luego escruta el móvil de su interlocutor, y dispara: “Siete dólares de ese teléfono son nuestros”. No se llevan el reconocimiento, pero sí el beneficio. Microingeniería digital. Anónima, pero innovadora. Acaban de comenzar a producir chips con circuitos de 20 nanómetros, “más pequeños que algunos virus”, dice Kramer. No se nos permite adentrarnos en la fábrica. Pero el tipo accede a mostrarnos lo que producen. Desaparece y vuelve con un disco dorado en la mano. Del tamaño de un vinilo. “Una oblea de silicio”, dice. El elemento químico que bautizó el valle californiano. La materia prima de la electrónica. El chispazo que dio vida a Taiwán. Bajo la luz de la oficina resplandecen sus tonos irisados. Un centenar de chips en estado puro, que luego serán cortados y comenzarán su vida en otra parte. Si uno acerca la vista, distingue surcos. Calles y manzanas y arterias. Como si admirara la geografía de una ciudad desde un rascacielos.

 29 JUN 2014 - 00:00 CEThttp://elpais.com/elpais/2014/06/27/eps/1403889107_186493.html