miércoles, 13 de mayo de 2026

La próxima batalla de OpenAI y Anthropic no es la IA. Y ambos dependen de Elon Musk



Elon Musk, en una imagen de archivo. 
(EFE/Gian Ehrenzeller)


Ambas empresas calientan motores para sus salidas a bolsa. Pero necesitan que SpaceX demuestre que Wall Street está dispuesto a pagar promesas de futuro. Las tres aspiran a movilizar un capital nunca visto en tan poco tiempo



La próxima gran prueba de fuego para Sam Altman no va a ser lograr un modelo tan potente y versátil que consiga echar a Gemini a un lado o que codifique mejor que lo que hace Anthropic. Tampoco es la de lograr hacer realidad ese iPhone de la IA, un teléfono hecho por y para la tecnología de moda, misión para la que se ha asociado con Jony Ive, el que fuera en su día pope de diseño de Apple.

La patata caliente está esperando en Wall Street. La esperada salida a bolsa de OpenAI es uno de los eventos más esperados en el gremio (y fuera de él) este año. Lo es porque después de unos años con perfil bajo, vuelven las grandes OPVs en esta industria.

Lo es porque será la piedra de toque para demostrar si las promesas de la empresa que puso de moda la inteligencia artificial se sostienen cuando entra en juego el dinero de los mercados públicos. Y lo es porque detrás de ella vendrán una cola de empresas poniendo el cazo para conseguir capital a una escala que hasta ahora solo habían podido proveer unos pocos gigantes tecnológicos y algunos de los fondos con el bolsillo más profundo.

Además de OpenAI, hay dos que están en la línea de salida. Anthropic, su gran rival, también parece estar preparándose para dar este paso. La empresa de los hermanos Amodei lo hace en un momento dulce en lo técnico, tras el hype y el miedo levantado por las capacidades Mythos, una IA tan potente que, por ahora, se ha puesto en contadas manos. Pero también lo hace en el centro de la polémica, tras el conflicto generado por negarse a dar barra libre al Pentágono para usar sus desarrollos en el conflicto con Irán.

En paralelo, el mercado privado ya empieza a comportarse como un simulador para estas compañías. En los últimos meses, algunos fondos y plataformas que permiten comprar participaciones privadas de Anthropic han llegado a inflar su valoración implícita hasta rozar el billón de dólares. No era una salida a bolsa ni una ronda de financiación al uso. Era, básicamente, inversores peleándose por conseguir un asiento en la fiebre de la IA antes de que se cerrara la puerta.

La dinámica dice mucho del momento que vive el sector. Las valoraciones empiezan a depender menos de los ingresos reales o de la solidez del negocio y más de una mezcla de escasez artificial, acceso limitado y miedo colectivo a quedarse fuera de la próxima gran plataforma tecnológica.




Pero mucho antes de que estas dos startups se sometan al juicio de los inversores y los mercados públicos, lo hará Elon Musk con SpaceX. Las especulaciones apuntan, incluso, a que podría pasar el primer semestre. Entre las tres compañías aspiran a captar más de 240.000 millones de dólares. Para hacerse una idea de la magnitud, esa cifra supera todo lo recaudado en salidas a bolsa en Estados Unidos durante 2024 y 2025.


SpaceX, la macedonia más valorada

El caso más singular y destacado es el de SpaceX. Primero porque es un lanzamiento bursátil que aspira a recaudar unos 75.000 millones de dólares. Eso colocaría su capitalización, según las estimaciones, en una horquilla de 1,75 a 2 billones de dólares. Segundo, porque puede condicionar lo que pase después con el resto.

No es solo una cuestión de tamaño. Es lo que hay dentro. SpaceX llega al mercado como una mezcla difícil de clasificar. Por un lado, está el negocio aeroespacial que la ha convertido en un actor clave en lanzamientos y contratos públicos. Por otro, Starlink, que se ha convertido en el verdadero motor financiero con ingresos recurrentes, márgenes elevados y una base de usuarios que ya se cuenta por millones. Y, sobre todo, está la capa de inteligencia artificial que introduce xAI, la última pieza del puzle de Elon Musk y la que permite reencuadrar la compañía como algo más que un operador espacial.

Esa combinación es lo que hace que la operación sea distinta. No hay muchas referencias para valorar algo así. No es una empresa de cohetes ni una teleco ni una compañía de IA en sentido estricto, pero bebe de todas ellas. El resultado es una historia lo suficientemente amplia como para justificar valoraciones muy elevadas, aunque las cifras actuales no encajen del todo con ese relato. En la práctica, el mercado tendrá que decidir cuánto vale cada pieza y, sobre todo, si tiene sentido analizarlas por separado o comprar el paquete completo.


placeholderLanzamiento de un cohete de SpaceX. (Reuters)
Lanzamiento de un cohete de SpaceX. (Reuters)

A eso se suma cómo está planteada la salida a bolsa. El porcentaje de acciones que se pondrá en circulación será limitado, lo que reduce el margen para que el mercado fije un precio de forma natural y suele empujar las cotizaciones al alza en los primeros compases. Al mismo tiempo, se ha reservado una parte relevante para inversores minoristas, una fórmula que ya utilizó Musk en el pasado y que introduce un componente más emocional en la demanda. Todo ello bajo una estructura que garantiza que el control seguirá en manos de los actuales accionistas, lo que limita la capacidad de influencia de los nuevos inversores.

El mensaje implícito es claro. Más que una operación basada en fundamentales clásicos, se trata de una apuesta por la ejecución futura. Esa ejecución tiene hitos muy concretos, desde el desarrollo de Starship hasta la capacidad de convertir Starlink en una infraestructura global todavía más rentable. Pero también tiene muchos otros retos por delante que pueden tardar décadas en empezar a tener una solución viable si sus ingenieros consiguen hacer múltiples milagros todavía inimaginables.

Por eso SpaceX funciona como termómetro. Si el mercado compra esa historia, el camino quedará despejado para el resto. Si no lo hace, el efecto se notará de inmediato.


OpenAI, entre las dudas y el hype

En este punto de la ecuación, entra OpenAI. Es la empresa más visible del sector y la que ha llevado la inteligencia artificial al gran público. Su nombre está asociado a la expansión de esta tecnología y su base de usuarios es, todavía, una de las más amplias. También es la que ha marcado el ritmo de la conversación en torno a lo que puede hacer la IA y hacia dónde se dirige. Y también es la que más ha azuzado el espíritu de una inteligencia artificial general que sea capaz de dejar obsoleta la mano de obra humana, tanto física como intelectualmente.

Su salida a bolsa aspira a captar en torno a 100.000 millones de dólares, una cifra que refleja tanto su ambición como sus necesidades de capital. Pero esa posición también juega en su contra cuando se acerca el momento de rendir cuentas. En los últimos meses han empezado a aparecer dudas que antes no estaban sobre la mesa. Algunas previsiones internas de usuarios e ingresos no se han cumplido y el ritmo de crecimiento, aunque sigue siendo elevado en términos absolutos, empieza a mostrar signos de desaceleración relativa frente a competidores más agresivos en el mercado empresarial. A eso se suma el coste de mantener y escalar sus modelos, que sigue creciendo a un ritmo difícil de sostener incluso con el respaldo de socios como Microsoft.

La estructura del negocio tampoco ayuda a disipar esas dudas. OpenAI mantiene una dependencia importante del consumo, con millones de usuarios que pagan suscripciones, pero con una monetización que no siempre escala al mismo ritmo que el uso. Al mismo tiempo, su posición en el segmento corporativo ha perdido algo de terreno frente a rivales que han apostado de forma más directa por ese mercado. Todo ello dibuja un escenario en el que la compañía sigue siendo líder en visibilidad, pero no necesariamente en ejecución.

Dentro de la propia empresa tampoco hay una única visión sobre el calendario. Mientras Sam Altman sigue empujando para aprovechar la ventana de mercado, algunas voces en la dirección consideran que la compañía no está preparada para someterse todavía al escrutinio de los mercados públicos y apuestan por retrasar la operación hasta 2027. La diferencia no es menor. Supone decidir si salir a bolsa para financiar el crecimiento o esperar a demostrar que ese crecimiento puede convertirse en un negocio más predecible y sostenible.


placeholderEl CEO de OpenAI, Sam Altman. (Reuters)
El CEO de OpenAI, Sam Altman. (Reuters)
Anthropic, un momento dulce

Entre ambos extremos se mueve Anthropic, que llegará más tarde pero con una narrativa distinta. La empresa de los hermanos Amodei apunta a una operación que podría superar los 60.000 millones de dólares. Ha crecido con menos ruido mediático, pero con una ejecución muy consistente en el segmento empresarial. Buena parte de sus ingresos provienen de contratos con grandes compañías, lo que le da una base más estable y menos expuesta a los vaivenes del consumo.

Ese posicionamiento se ha traducido en un crecimiento muy rápido en ingresos y en una presencia cada vez mayor en herramientas de desarrollo y entornos corporativos. Su modelo se apoya en acuerdos con grandes proveedores de nube, lo que le permite escalar sin depender de una única infraestructura y asegurar acceso a capacidad de cómputo en un momento en el que ese recurso es crítico. Además, ha conseguido posicionarse como una alternativa sólida en áreas como la programación, donde compite directamente con OpenAI.

Su salida a bolsa servirá como contraste. Mientras SpaceX pone a prueba la capacidad del mercado para absorber operaciones gigantes y OpenAI mide la resistencia de la narrativa más visible de la IA, Anthropic permitirá evaluar si los inversores están dispuestos a premiar modelos más centrados en ingresos y clientes. El orden no es casual. Primero se mide el apetito. Después la promesa. Y, por último, la ejecución.

Detrás de este trío no hay un vacío. Hay una cola bastante más larga de compañías esperando su turno. Y todas comparten el mismo problema de fondo. La inteligencia artificial no solo necesita talento y modelos. Necesita dinero. Mucho dinero.



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Dario Amodei, CEO de Anthropic. (Reuters)
Dario Amodei, CEO de Anthropic. (Reuters)

Empresas como Databricks o Cerebras Systems están en esa categoría menos vistosa pero igual de crítica para la tecnología de moda. No venden asistentes ni aplicaciones que se vuelvan virales. Venden la infraestructura que hace posible todo lo demás. Databricks se ha convertido en una de las grandes plataformas donde las empresas almacenan, procesan y preparan sus datos para entrenar modelos de IA. Es, en esencia, la cocina donde se prepara el combustible de estos sistemas. Cerebras juega en otro nivel. Diseña chips gigantes optimizados para entrenar modelos de inteligencia artificial mucho más rápido que las GPU tradicionales. Es hardware puro, pero adaptado a una carrera donde cada salto de rendimiento cuesta miles de millones.

Para ellas, salir a bolsa no es tanto una oportunidad como una necesidad. El capital riesgo ha financiado la primera fase, pero se queda corto cuando hay que escalar a nivel industrial. Construir centros de datos, desarrollar nuevos chips o mantener infraestructuras capaces de entrenar modelos cada vez más complejos exige una inversión continua que no encaja ya en rondas privadas. El mercado público se convierte en la siguiente fuente lógica de financiación.

El problema es que ese capital ya no llega tan fácil como antes. El mercado ha cambiado. Después de varios años de excesos, los inversores empiezan a pedir algo más que promesas. Quieren ingresos, márgenes y cierta visibilidad de negocio. Y ahí es donde muchas de estas compañías todavía tienen que demostrar que su crecimiento no depende solo del entusiasmo alrededor de la IA.

En paralelo, hay otro grupo que juega una partida distinta. Canva, Stripe o Klarna no están en el centro de la inteligencia artificial, pero han sabido utilizarla para alimentar el entusiasmo en torno a sus productos. Canva ha integrado herramientas generativas en su suite de diseño. Stripe utiliza IA para mejorar pagos, fraude y automatización. Klarna la ha incorporado en atención al cliente y recomendaciones. Ninguna depende de ella para existir, pero todas la han incorporado para no quedarse fuera de la narrativa dominante. Eso les da una posición más cómoda. Tienen negocios que ya funcionan, ingresos claros y modelos más fáciles de entender. La inteligencia artificial suma, pero no sostiene toda la historia.

La fotografía está clara. Compañías que necesitan miles de millones para construir una infraestructura que todavía se está desplegando. Por otro, negocios que ya generan caja y utilizan la IA como palanca adicional. Las dos van a coincidir en el mismo mercado y en la misma ventana de tiempo. Y ahí es donde se decidirá algo más que el éxito de unas cuantas salidas a bolsa. Se decidirá qué tipo de historia está dispuesto a comprar ahora el mercado. Si la de la promesa o la de la cuenta de resultados.

Porque durante años el capital privado ha permitido a muchas tecnológicas crecer protegidas de preguntas incómodas sobre márgenes, rentabilidad o sostenibilidad financiera. Wall Street funciona distinto. Obliga a responder cada trimestre. Y eso convierte esta nueva oleada de OPVs en algo más que una carrera por captar dinero. Es el momento en el que la industria de la inteligencia artificial tendrá que demostrar cuánto de su narrativa puede sobrevivir cuando se enfrenta a precios fijados cada día por el mercado.

La cuestión no es solo si SpaceX, OpenAI o Anthropic lograrán debutar con éxito. La cuestión es qué ocurrirá después. Si los inversores estarán dispuestos a seguir financiando compañías cuyo apetito de capital crece casi al mismo ritmo que sus ambiciones tecnológicas. Si el mercado puede absorber operaciones gigantescas de manera sostenida. Y, sobre todo, si la economía de la IA terminará pareciéndose más a la de un negocio de software tradicional o a la de una infraestructura global permanentemente hambrienta de energía, chips y centros de datos.

Hasta ahora, el dinero privado ha sostenido buena parte de esa expectativa. La salida a bolsa será la primera vez que el sector tenga que comprobar cuánto de esa euforia era real.