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Christina Koch y Jeremy Hansen en el interior de la nave espacial Orion durante el tercer día de la misión Artemis II. (NASA)
Los astronautas viajan con gemelos digitales de su médula ósea y otros experimentos clave para la investigación espacial. Mientras, en la Tierra, el Gobierno de EEUU quiere cargarse la mitad del presupuesto científico de la NASA
Artemis II está en su recta final antes de que Orion americe pasado mañana en el Pacífico. Ocurrirá en nuestra madrugada del sábado 11 de abril, si todo va según lo previsto. Dentro de la nave, los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen hacen las últimas pruebas en los sistemas y mantienen un ojo puesto en que la trayectoria no se desvíe ni un ápice para que nada falle en el tramo final. También en estos días, pasados los momentos más críticos, tienen tiempo para centrarse en otro de los objetivos de la misión: hacer ciencia. Aunque seguramente lo harían con una ceja arqueada si hubieran leído las últimas noticias de la Casa Blanca (tienen móviles a bordo, pero no acceso a internet).
El pasado viernes, mientras ellos ponían rumbo a la Luna, la administración Trump publicó una propuesta de presupuesto para 2027 que incluye un recorte del 23% de la financiación total de la NASA. También prevé una reducción de sus programas científicos a casi la mitad (cerca del 47%). 3,4 mil millones de dólares menos para ciencia y 297 millones de dólares restados a la investigación tecnológica espacial para “proyectos tecnológicos frívolos” como los destinados a “sostenibilidad espacial”.
Días después, durante su conversación con los astronautas a bordo de Orion tras su sobrevuelo lunar, Trump se jactó de su papel decisivo en salvar la agencia espacial estadounidense; hubo silencios y expresiones incómodas. Aunque la partida presupuestaria sí mantiene el apoyo a los vuelos espaciales tripulados (se menciona directamente el programa Artemis y la base lunar permanente), la investigación científica es indesligable de la exploración espacial. Una no puede avanzar sin la otra. Desde la organización sin ánimo de lucro The Planetary Society han recordado que estos recortes pueden debilitar la base científica que impulsa las misiones con humanos. Ajenos a esto, en el espacio, los astronautas de Artemis II trabajan estos días en avances científicos pioneros. Uno de ellos, viajar con recreaciones de su médula ósea en chips. Otro ya ha quedado grabado en nuestra retina para siempre: las imágenes de la cara oculta de la Luna.
Geología y ciencia lunar con lupa
Las fotografías que nos han maravillado de la cara oculta de la Luna son mucho más que eso. Aunque ya se hubieran captado por satélite, el ojo humano aprecia detalles que la tecnología no. Algo aún más relevante teniendo en cuenta que la tripulación ha batido el récord de distancia más lejana a la Tierra alcanzada por un ser humano. “Si bien se aprecian pequeñas manchas de mares y cráteres profundos, están prácticamente ausentes en la cara oculta. Es muy diferente”, explicó Hansen, el astronauta de la Agencia Espacial Canadiense.
“Las observaciones que realice la tripulación de Artemis II nos ayudarán sin duda a preparar y entrenar a los futuros astronautas para sus misiones”, valora Gordon 'Oz' Osinski, profesor del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Western University (Canadá) y miembro del equipo científico de Artemis III, siguiente fase del programa Artemis. El experto explica a El Confidencial que los astronautas han utilizado sus cámaras para tomar fotografías y anotar los cambios en las características de la superficie a medida que cambiaba la iluminación. “Quizás vean algo como un nuevo cráter de impacto de meteorito que no es evidente en las imágenes de satélite”, ejemplifica.
Estas observaciones científicas pueden revelar la historia geológica del satélite y son fundamentales para los astronautas de futuras misiones que alunicen y exploren la superficie lunar, la antesala a la colonia lunar y a viajar a Marte. Toda esta información es la que los astronautas pudieron compartir ayer con los científicos en tierra. Integrar las operaciones científicas en vuelos tripulados no es nuevo pero, en comparación con el programa Apolo, Artemis sí ha introducido un cargo específico en el Control de Misión de la NASA: los oficiales científicos de Artemis II. Una figura que puede que también estén temblando con los anuncios de Trump.
“Los oficiales científicos son los controladores de vuelo sénior responsables de los objetivos de ciencia y geología lunar durante las misiones Artemis”, indica Kelsey Young, líder de ciencia lunar de la NASA para Artemis II y una de las primeras oficiales científicas de la misión. Junto a ella, Trevor Graff y Angela García son los ojos de los científicos lunares.
Su rol no es lo único novedoso que se ha introducido en esta misión en lo que se refiere a hacer ciencia. “Hemos estado utilizando la nueva Sala de Evaluación Científica (SER) del Centro Espacial Johnson de la NASA en los ejercicios de entrenamiento para la primera misión de alunizaje. Artemis II ha sido la primera misión real en utilizar esta sala, fundamental para garantizar que todo funcione y que los procesos sean lo más eficientes posible”, detalla Osinski. Desde ella y desde la Sala de Operaciones de Misiones Científicas se brinda apoyo científico a los astronautas. “Llevar a cabo la investigación científica es muy importante”, zanja Osinski. Y eso que, de momento, solo nos hemos quedado en la superficie lunar. ¿Qué hay de nuestra salud en el espacio profundo?
Conejillos de indias de la radiación espacial
Uno de los interrogantes que la ciencia aún no ha resuelto es cómo impacta la radiación espacial en la salud humana. La evidencia sobre sus efectos es escasa y lejana. Se sabe que estas partículas cósmicas cargadas de energía pueden atravesar tejidos, alterar funciones celulares y hasta romper y dañar el ADN. “A corto plazo, el daño puede provocar enfermedad o la muerte del individuo. A más largo plazo, puede suponer la pérdida crónica de distintas funciones o el desarrollo de cáncer”, escribe en SINC Alfonso Blázquez Castro, profesor del Departamento de Biología de la Universidad Autónoma de Madrid.
Hoy, en el día 8 de misión, la tripulación simulará la construcción de un refugio con los suministros y equipamientos de Orion por si sucediera un evento de gran radiación, como una erupción solar. Suceda algo así o no, saber más de ello es imperativo si se quiere soñar de verdad con Marte. Científicos y a la vez sujetos de estudio, los tripulantes de Artemis se han prestado a la causa y, antes de abandonar la Tierra, se utilizó su sangre para crear modelos de médula ósea idénticos con sus células madre.
Estos se almacenaron en chips de órganos, también conocidos como chips de tejidos o sistemas microfisiológicos. Unos se quedaron en la NASA, otros viajan a bordo de Orion junto a sus donantes. Una vez de vuelta, el proyecto, llamado AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response), permitirá comparar ambos chips para entender el efecto de la radiación en el desarrollo de los glóbulos sanguíneos. Como sucede con la investigación espacial, este tipo de hallazgos puede también recalar en un uso en la Tierra; en este caso, puede impulsar la medicina personalizada.
Los astronautas no solo dejaron sus células madre en la Tierra, también muestras de saliva. Estas, junto a las tomadas durante y después de la misión, actuarán como biomarcadores inmunitarios que permitirán evaluar cómo cambia su sistema inmune, que debe protegerles en un entorno tan hostil como el espacio profundo. También analizarán si los virus inactivos se reactivan allí.
Hay más pruebas en marcha relacionadas con la salud. Ayer mismo, los astronautas probaron una prenda para la intolerancia ortostática. Esta puede acarrear síntomas como mareos y taquicardia si se altera el sistema nervioso. Los trajes están diseñados para ayudar a los astronautas a mantener la presión arterial y la circulación durante la transición de regreso a la gravedad terrestre. Durante los 10 días de la misión también están usando dispositivos para monitorizar sus patrones de sueño y sus movimientos, datos con los que se estudiará cómo los viajes espaciales afectan el sueño, el estrés y la cognición.
El campo de pruebas antes del gran salto
La Luna es, a la postre, el campo de pruebas científico y tecnológico, y también la gasolinera espacial, que permitirá aprender y extraer recursos para una futura misión con humanos al planeta rojo. Como reza la propia web de la agencia espacial estadounidense, “el vuelo de prueba tripulado Artemis II de la NASA está haciendo posible una gran labor científica que allanará el camino para futuras exploraciones con seres humanos en la Luna y, más adelante, Marte”.
Pero estos días no solo se cuestiona la importancia de la ciencia desde la Administración Trump. También se encuentran hordas de conspiranoicos que vuelven a poner en duda que el ser humano de verdad pisara la Luna en 1969 y que ahora la haya orbitado. ¿Por qué tantos problemas, si “supuestamente” ya hemos ido? No solo hay un objetivo más ambicioso (llegar y quedarse), también herramientas modernas que hay que adaptar. “Si la humanidad quiere seguir explorando y llegar a Marte, hay que aprender de nuevo a ir a la Luna y desarrollar tecnología y ciencia para hacer un viaje mucho más largo. Rehacer lo que se hizo hace 50 años, pero con la ingeniería y los ordenadores de ahora, y llevar a humanos de forma segura, requiere un trabajo ingente”, indicó a El Confidencial Ignasi Ribas Canudas, investigador en el Instituto de Ciencias del Espacio del CSIC y director del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC).
Una de las mejoras en las que se ha trabajado ha sido en el escudo térmico, que durante Artemis I no se comportó como estaba previsto, y es vital para garantizar la supervivencia de Wiseman, Glover, Koch y Hansen en su reingreso a la atmósfera terrestre. Mientras llega ese último momento de infarto, en estos días más “monótonos”, como los bautizó en este diario Guillermo González, jefe de Producción de los Módulos de Servicio Europeos de Orion de la Agencia Espacial Europea (ESA), puede que la misión no viva grandes hitos. Pero sí momentos para que los más ‘frikis’ soñemos, mientras Trump, sus recortes y sus delirios bélicos nos dejen, con la ciencia.
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