- Sustitución de especies, falsos orígenes y aditivos no declarados son las prácticas más habituales del engaño
- El fraude no solo afecta al bolsillo: pone en riesgo la salud pública y la sostenibilidad de los océanos
- El 30% de los pescados servidos en restaurantes también podrían estar mal etiquetados
El pescado que llega al plato no siempre es lo que figura en su etiqueta o en el menú. Lo que parece merluza puede no serlo, y ese salmón salvaje quizá nunca llegó a ver el océano. En el vasto mercado mundial de la pesca, valorado en casi 200.000 millones de dólares, el engaño se ha convertido en una práctica habitual. Así lo señala la la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que estima que uno cada cinco productos pesqueros y de acuicultura que se comercializan es fraudulento. Una realidad que amenaza al consumidor, a la biodiversidad y a la credibilidad de toda la cadena alimentaria.
El informe de la FAO dibuja un panorama inquietante, que incluye desde adulteración con colorantes para simular frescura, sustituciones de especies de alto valor por otras más baratas, falsificación de productos o ocultación del origen geográfico real del pescado. Prácticas deliberadas con intención de engañar, cuyo perjuicio va más allá del bolsillo del consumidor. "El pescado o marisco que comemos, con demasiada frecuencia, no es lo que dice el menú", concluyen desde la Organización.
A diferencia de otros mercados alimentarios, el del pescado es especialmente vulnerable. Se debe a que es muy complejo, con más de 12.000 especies que se comercializan en todo el mundo, muchas con apariencias similares una vez fileteadas o procesadas. Esta diversidad, unida a cadenas de suministro largas y opacas, convierte el sector en un terreno fértil para el engaño.
Entre las prácticas más habituales, destaca la sustitución de especies, como por ejemplo, vender tilapia haciéndola pasar por pargo rojo, o salmón de piscifactoría como si fuera salvaje. En este último caso, el incentivo económico es claro, pues comercializar salmón del Atlántico, mayoritariamente de cría, como si fuera del Pacífico, puede generar un beneficio adicional de hasta 10 dólares por kilo.
Otro ejemplo citado por la FAO, y recogido por EFE, es el de la lubina de piscifactoría en Italia, que etiquetada como producto local puede venderse hasta tres veces más cara que la misma especie si procede de Grecia o Turquía.
Sostenibilidad y salud pública
Lo que advierte el informe es que estos fraudes no solo distorsionan el mercado, sino que también ponen en peligro la sostenibilidad de las poblaciones pesqueras, al ocultar desembarques que superan las cuotas legales o el verdadero origen de las capturas.
Y también hay que sumar los riesgos para la salud pública. Prácticas como la recongelación de productos para aumentar su peso, el uso de colorantes no declarados o el consumo de pescado crudo en establecimientos donde las especies no están correctamente identificadas son un verdadero peligro sanitario. En esta línea, también se documenta la falsificación directa de alimentos, como imitaciones de gambas elaboradas con almidón, o el envasado de surimi para simular carne de cangrejo.
Estos fraudes no se limitan solo a las tiendas o supermercados en los que el cliente compra directamente el pescado, sino que también se aprecia en los restaurantes. El informe señala que hasta el 30% de los productos de mar servidos en las cocinas profesionales podrían estar mal etiquetados. La FAO recoge casos de todo el mundo, desde puestos de ceviche en Latinoamérica, hasta restaurantes de marisco en China o productos de atún en conserva en la Unión Europea.
En América, la investigación pone cifras concretas. En Argentina, un estudio elaborado en Buenos Aires, el mayor mercado del país de productos de mar, detectó una tasa de sustitución de especies de más del 21%. En Brasil, el fraude se mueve en porcentajes similares. Mientras que en Estados Unidos y Canadá escala hasta el 25% de tasa de sustitución.
En el caso argentino, la FAO subraya además el uso de nombres vernáculos confusos para inducir a error al consumidor, como "pollo de mar" para ocultar al pez elefante o "perita" en lugar de burriqueta. También se detecta la venta de diversas especies de tiburón bajo denominaciones genéricas como "palo rosado".
Soluciones
Para frenar estas prácticas, la FAO propone una receta basada en tres pilares: armonizar los requisitos de etiquetado a nivel internacional, exigir el nombre científico de las especies y reforzar los sistemas de trazabilidad a lo largo de toda la cadena de suministro.
Entre las herramientas emergentes, el organismo destaca el uso de modelos de aprendizaje automático capaces de detectar anomalías en los flujos comerciales y señalar posibles casos de fraude antes de que el producto llegue al consumidor.
El mensaje es claro: en un mercado global donde el pescado viaja miles de kilómetros antes de llegar al plato, la transparencia ya no es solo una cuestión de confianza, sino una condición indispensable para proteger la biodiversidad, la salud y la economía mundial.
