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Un agricultor se seca el sudor en un trigal cordobés.
(EFE/Salas)
La FAO y la OMM emiten un comunicado conjunto alertando sobre la imposibilidad de atender la creciente demanda de alimentos en un escenario climático tan adverso como el actual
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) han lanzado un comunicado conjunto para alertar sobre el aumento de la frecuencia, la intensidad y la duración de los episodios de calor extremo en todo el planeta. Según los científicos, la productividad, la salud y la subsistencia de millones de personas están en juego.
En el informe se describen los principios físicos del calor extremo y sus impactos en la seguridad alimentaria, se ponen de relieve las vulnerabilidades y las consecuencias observadas y previstas en la agricultura, la ganadería y la pesca y se detallan los riesgos para la salud a los que se enfrentan los trabajadores.
Para el Dr. QU Dongyu, director general de la FAO y ex ministro de Agricultura y Asuntos Rurales de China, “el calor extremo amenaza la seguridad alimentaria y los medios de vida de más de mil doscientos millones de personas que dependen de la agricultura. En este trabajo destacamos su importante efecto multiplicador de riesgos sobre los cultivos, la ganadería, la pesca y los bosques, así como sobre las comunidades y las economías que dependen de estos recursos”.
El estudio revela que en la mayoría de los principales cultivos agrícolas, las pérdidas de rendimiento empiezan a producirse a partir de temperaturas superiores a los 30°C, si bien para algunos cultivos como la patata y la cebada ese umbral es inferior. En el caso de la ganadería, el estrés térmico de los animales empieza a manifestarse a partir de los 25°C, aunque ese umbral es un poco más bajo en el caso de pollos y conejos al carecer de menos mecanismos para regular la temperatura corporal. Durante los episodios de calor extremo, la temperatura en el interior de una granja puede superar los 40°C.
Respecto a la pesca, los peces pueden sufrir una frecuencia respiratoria elevada durante las olas de calor marinas, pues se reducen las concentraciones de oxígeno disuelto en el agua. Debido a ello algunas de las principales especies que nos sirven de alimento se desplazan a zonas más profundas o incluso a otras latitudes. La OMM recuerda que el pasado año más del 90% de la superficie oceánica del planeta experimentó al menos una ola de calor marina, lo que acabó modificando la distribución y el acceso a los recursos pesqueros.
Pero el calor extremo no solo afecta a la agricultura, la ganadería o la pesca, sino a los trabajadores. Según el informe los días al año en los que hará demasiado calor para trabajar en el mar o en el campo sin asumir un alto riesgo para la salud podrían aumentar hasta los 250 en gran parte de Asia meridional y África subsahariana y amplias regiones de América Central y del Sur. Algunos expertos incluyen en este escenario a los países del sur de Europa, cada vez más afectados por los temibles golpes de calor entre los trabajadores del campo.
Un callejón sin salida
Según los expertos, para alimentar a los 10.000 millones de personas que habitarán el mundo antes de final de siglo deberemos pasar de los 8.500 millones de toneladas de alimentos que producimos actualmente a más de 15.000. Para ello deberíamos multiplicar el rendimiento de los cultivos a casi el doble. Y lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario: en muchas regiones las cosechas se están reduciendo a la mitad.
Sin embargo, y según la propia FAO, un tercio de los campos de cultivo del planeta se encuentran actualmente en proceso de degradación debido a la intensificación de los cultivos, el agotamiento de los recursos naturales o el avance de la desertificación como consecuencia del calentamiento global. Un proceso que también está provocando la salinización de los acuíferos por el aumento del nivel del mar, la compactación de los terrenos ante la persistencia y recurrencia de las sequías, las grandes inundaciones de explotaciones agropecuarias o la contaminación de los suelos debido al abuso de agroquímicos, entre otros efectos negativos.
Además, sería necesario ampliar la superficie de los cultivos y los pastos para el ganado. Sin embargo el coste ecológico, social y económico de hacerlo sería demasiado alto. Más allá del aumento de la conciencia ambiental de la sociedad, y además de los altos servicios ecosistémicos que nos prestan para mitigar el cambio climático, sabemos que conservar los ecosistemas naturales y proteger la biodiversidad que acogen es la mejor estrategia para garantizarnos el acceso a los recursos naturales de los que depende la agricultura. Por todo ello muchos países, con la Unión Europea al frente, están desarrollando iniciativas para, no solo conservar la naturaleza, sino restaurarla.
Invertir en adaptación
En el caso de la agricultura, el informe manifiesta la necesidad de acelerar las medidas de adaptación, empezando por algo tan básico y elemental como adaptar los cultivos a la nueva realidad climática de cada región. Los costes de cultivar determinados alimentos en condiciones de calor extremo van a ser cada vez más elevados e insostenibles.
No solo estamos hablando de reajustar los períodos de siembra, cambiar la selección de variedades o instalar sistemas de riego mucho más eficientes, sino de hacer frente a los episodios meteorológicos extremos, cada vez más intensos y frecuentes. En ese sentido resalta la importancia de los sistemas de alerta temprana para ayudar a los agricultores y ganaderos, y al conjunto de la sociedad, a hacer frente a los episodios de calor extremo.
Un fenómeno que actúa como multiplicador de riesgos, en especial del estrés hídrico, las sequías repentinas y los incendios forestales, sin olvidar que además es un factor que favorece la propagación de plagas y enfermedades, tanto en los cultivos como entre el ganado. En el informe se brinda un análisis exhaustivo de las consecuencias de todos esos efectos combinados y se apela a reaccionar antes de que sea tarde.
Entre otras recomendaciones, la FAO y la OMM destacan la necesidad de avanzar hacia una agricultura más sostenible, mejor integrada en el entorno y en equilibrio con la biodiversidad que rodea los campos. Una agricultura más eficiente y mejor adaptada a una climatología cambiante. Y una agricultura que contribuya de manera real a preservar la salud y mejorar la economía de las comunidades locales. Un cambio de modelo que no va a ser fácil ni rápido.
Los efectos del calor extremo en la agricultura, la ganadería y la pesca ponen en juego la seguridad alimentaria de la población mundial
Por eso va a ser importante habilitar las reformas institucionales y políticas necesarias para ayudar al mundo rural a emprender esta transición, así como lograr la implicación de las grandes compañías agroalimentarias para impulsar este nuevo desarrollo agrícola. Una transformación que, como concluye el informe, va a requerir la participación de todos. "Para proteger el futuro de la agricultura y garantizar la seguridad alimentaria mundial no solo se tendrá que aumentar la resiliencia de las explotaciones agrícolas, también va a ser necesaria la solidaridad internacional y una voluntad política que nos aleje de un futuro con altas emisiones”.
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