viernes, 21 de marzo de 2025

Trump cree que la UE no tiene cartas para responder, pero estos son sus 4 ases en la manga



El presidente de EEUU, Donald Trump, en el Kennedy Center de Washington. 
(Reuters/Carlos Barria)



Europa cuenta con más cartas de las que Estados Unidos —o muchos líderes europeos— creen. Esa es la conclusión del último informe de ECFR que se publica este jueves y al que ha tenido acceso El Confidencial




Ados meses del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que la Unión Europea está en su punto de mira. “La UE es una de las autoridades más hostiles y abusivas en materia de impuestos y aranceles del mundo”, proclamó el presidente estadounidense en su cuenta de Truth Social el pasado 13 de marzo. Por si quedaban dudas, añadió que el bloque “fue creado con el único propósito de aprovecharse de Estados Unidos”. Pero, a diferencia de las bravuconadas de su primer mandato, que los líderes europeos podían permitirse ignorar, esta vez no es cosa de broma. El frenético arranque de su segundo gobierno y los casos de Canadá y México dejan claro que sus ataques no son simple retórica: Trump está decidido a llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias.

Con un arancel del 25 % sobre el acero y el aluminio europeos ya en vigor, la cuestión no es si Trump elevará la presión sobre Bruselas, sino cuándo y cuánto. Además, la ofensiva comercial es solo una de las amenazas. El presidente estadounidense ha puesto en cuestión la soberanía territorial europea (amenazando la anexión de Groenlandia), el modelo digital del continente (con ataques a sus regulaciones tecnológicas) y su sistema político (alentando a fuerzas radicales en varios países y deslegitimando a sus gobiernos). Todo ello, mientras adelanta una reducción drástica del compromiso militar de EE.UU. con Europa y presiona a Ucrania para aceptar un acuerdo de paz favorable a Rusia.

Trump claramente considera que puede jugar a placer con Europa, presionando con aranceles y explotando la dependencia del continente en sectores estratégicos. Sin embargo, Europa cuenta con más cartas de las que Estados Unidos —o muchos líderes europeos— creen. Esa es la conclusión del último informe del European Council on Foreign Relations (ECFR) que se publica este jueves y titulado Brussels hold’em: European cards against Trumpian coercion.

“Europa necesita aprender rápidamente a jugar las cartas. Debe evaluar sus propias estrategias —sus propias influencias sobre Trump y Estados Unidos— y cómo fortalecerlas. Debe desarrollar un plan claro y realista de lo que quiere lograr en la partida de póker transatlántica que, probablemente, apenas esté comenzando”, señala Tobias Gehrke, investigador de ECFR y autor del informe.

¿Cuáles son los ases en la manga de la UE frente a Trump? Empecemos por el que podría usar de forma más inmediata, dada la guerra comercial en el horizonte.


Las armas para una batalla inevitable

Nadie duda que el peor castigo económico de Trump a la Unión Europea todavía está por llegar, probablemente en forma de los llamados “aranceles recíprocos” que el presidente planea anunciar el próximo día 2 de abril contra los países que impongan cualquier gravamen a productos estadounidenses (incluso si es el IVA).

Pero la UE llega preparada a esta guerra. En diciembre de 2023, el bloque aprobó su Instrumento Anti-Coerción (ACI), una herramienta diseñada específicamente para disuadir y responder a presiones económicas de terceros países. Esta legislación, que fue ideada con China en mente, le permite imponer contramedidas rápidas y coordinadas contra cualquier actor que intente intimidar a un Estado miembro con barreras comerciales, restricciones de inversión o boicots. En la práctica, el ACI dota a la Comisión Europea de mecanismos para imponer aranceles, restringir inversiones o suspender acceso al mercado europeo, todo sin depender de largas disputas en la OMC, cuyo sistema de resolución de conflictos está bloqueado por EEUU.

En el ámbito arancelario, la UE podría imponer un gravamen del 20% a todas las importaciones estadounidenses e incluso aplicar tarifas selectivas de hasta el 100% a bienes agrícolas y de consumo procedentes de estados republicanos, como soja, carne, whisky, motocicletas y maquinaria industrial. Además, Bruselas podría seguir el ejemplo de Canadá e imponer tasas a la exportación de productos europeos estratégicos que Estados Unidos necesita, como medicamentos, maquinaria y componentes electrónicos, presionando sectores clave de la economía estadounidense.

Otra estrategia clave en este ámbito es la regulatoria, con el posible endurecimiento de estándares ambientales, sanitarios y tecnológicos para restringir el acceso de productos y servicios estadounidenses al mercado europeo. Esto incluiría la prohibición de más tipos de pesticidas en productos agrícolas importados, la exclusión de fabricantes de automóviles estadounidenses del mercado de créditos de emisiones y la introducción de nuevos requisitos técnicos para dispositivos electrónicos y software.

Finalmente, aunque más arriesgado, la UE también podría imponer tasas adicionales al transporte marítimo transatlántico, encareciendo la importación de productos estadounidenses y afectando su competitividad en el mercado europeo. Esto podría lograrse mediante la aplicación de un recargo a los contenedores de productos de EEUU en los principales puertos europeos o el aumento de primas de seguros para el transporte marítimo, dificultando sus exportaciones.


La fortaleza digital europea

La UE tiene claro que el frente tecnológico será clave en la contienda contra EEUU. Con gigantes estadounidenses como Google, Meta, Amazon y Microsoft generando miles de millones en ingresos en el continente, Bruselas tiene en su mano la herramienta que más odian las tecnológicas: la regulación.

Como recuerda el informe de ECFR, la UE ha reforzado su capacidad de respuesta con normativas como la Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA), que permiten imponer multas, restringir actividades y, en casos extremos, bloquear el acceso al mercado europeo a las grandes tecnológicas que no cumplan con las normativas locales. Además, el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) y la Directiva de Seguridad de Redes e Información (NIS2) ofrecen un marco legal para limitar el uso de datos personales y reforzar la ciberseguridad, dificultando la operativa de las compañías estadounidenses que dependen de la recopilación de datos de ciudadanos europeos.

El bloque podría imponer una tasa progresiva a los servicios digitales estadounidenses, afectando a sectores como la computación en la nube y la banca de inversión. Además, podría endurecer los criterios de equivalencia financiera para limitar la entrada de firmas estadounidenses en el sector bancario y asegurador europeo, forzando a las empresas a cumplir con estándares más estrictos si quieren operar en el continente. En paralelo, Bruselas tiene margen para imponer nuevas normativas sobre algoritmos y publicidad digital, restringiendo los ingresos de las plataformas tecnológicas y reduciendo su capacidad de influencia en Europa.

Por último, la UE podría desincentivar la dependencia tecnológica de Estados Unidos endureciendo las condiciones para fusiones y adquisiciones de empresas europeas por parte de corporaciones estadounidenses, promoviendo una mayor autonomía digital del continente.


Soberanía tecnológica y energética

El policy brief de ECFR señala que, en un escenario de confrontación económica con Estados Unidos, Europa no solo debe defender su comercio y su sector digital, sino también proteger sus infraestructuras estratégicas y su autonomía tecnológica.

Una de las primeras medidas que puede adoptar Bruselas es restringir la participación de empresas estadounidenses en la contratación pública europea, aplicando reglas similares a las del programa “Buy American” de Trump. Esto afectaría a sectores como la computación en la nube, la energía y la defensa, donde grandes compañías estadounidenses operan a través de filiales europeas. También podría endurecer los controles de inversión extranjera directa (FDI) para evitar adquisiciones de empresas estratégicas por parte de grupos estadounidenses y obligar a que ciertos sectores clave sean de propiedad mayoritaria europea. En la misma línea, se podría revocar o limitar la licencia de Starlink, la red satelital de SpaceX, para evitar que infraestructuras críticas europeas dependan de una empresa bajo el control de Elon Musk, el mayor aliado actual de Trump.

El sector energético es otro frente clave. La UE es el mayor comprador de GNL y crudo estadounidense, lo que da a EE.UU. una gran influencia sobre su seguridad energética. Para reducir esta dependencia, Bruselas podría imponer aranceles y restringir nuevos contratos a largo plazo con empresas energéticas de EE.UU. Aunque esto es inviable en el corto plazo debido a la crisis energética tras el corte del gas ruso, a partir de 2026, con la entrada en operación de nuevos proyectos en Catar y otros países, Europa tendrá mayor margen de maniobra.

Finalmente, la UE podría reforzar sus controles a la exportación de tecnología avanzada, bloqueando la venta a Estados Unidos de componentes clave en los que Europa es líder, como la litografía extrema ultravioleta (EUV) usada en la fabricación de microchips, materiales industriales de alta precisión, robótica avanzada y productos químicos especializados. También podría limitar la cooperación en inteligencia artificial y restringir la participación de empresas y centros de investigación estadounidenses en programas europeos.


El talón de Aquiles de EEUU: el dólar y las finanzas

La supremacía del dólar y el colosal sistema financiero estadounidense han sido dos de las mayores herramientas de presión de Washington a lo largo de la historia, pero la UE tiene margen para reducir su dependencia y debilitar la influencia de EEUU en el sector financiero global.

Una de las estrategias más directas sería limitar las tenencias europeas de deuda estadounidense. Actualmente, los Estados miembros poseen 1,55 billones de dólares en bonos del Tesoro de EEUU y una reducción progresiva de estas inversiones podría presionar los mercados financieros del país norteamericano y aumentar el costo de la deuda para Washington. En paralelo, Bruselas podría impulsar la emisión de Eurobonos y exigir que fondos de inversión y pensiones destinen un mayor porcentaje de sus activos a sectores estratégicos europeos, reduciendo la influencia estadounidense sobre la economía europea.

Otra medida clave es la desdolarización del comercio europeo. Actualmente, el 50% del comercio global se factura en dólares, lo que otorga a EEUU. un enorme poder de veto sobre transacciones internacionales. Para contrarrestarlo, el Banco Central Europeo (BCE) podría expandir sus líneas de swap en euros con bancos centrales de mercados emergentes, incentivando su uso como moneda de reserva alternativa. También se podrían promover incentivos fiscales para que sectores estratégicos—como el energético o el de defensa—facturen en euros en lugar de dólares. Paralelamente, la UE podría desarrollar un sistema alternativo de pagos y mensajería bancaria independiente de Estados Unidos, limitando el acceso estadounidense a infraestructuras críticas como SWIFT.

Finalmente, Bruselas puede recurrir a la fiscalidad para ejercer presión sobre las multinacionales estadounidenses. La UE podría imponer un impuesto común sobre royalties, dividendos e intereses, atacando la evasión fiscal de grandes corporaciones de Estados Unidos que operan en Europa. También podría clasificar los acuerdos fiscales favorables en Irlanda y los Países Bajos como ayudas de Estado ilegales, forzando a las empresas estadounidenses a tributar más en suelo europeo.


Europa tiene las cartas. ¿Y la voluntad?

En conjunto, estas medidas no solo supondrían un duro revés a la administración de Donald Trump, sino que también reforzarían la autonomía económica y estratégica de la UE en el largo plazo.

El principal desafío, no obstante, es político. Como señala el informe de ECFR, Europa debe mostrar unidad y decisión en su respuesta. Si logra hacerlo, podría cambiar la percepción en Washington de que la Unión Europea es un socio débil al que puede sacudir sin miedo a salir escaldado. En el mejor de los casos, una estrategia de disuasión efectiva podría evitar que Trump adopte medidas extremas y preservar la estabilidad de la relación transatlántica en los próximos años.

La pregunta es: ¿tendrá Europa el valor de jugar sus cartas?