domingo, 6 de septiembre de 2026

Rusia se enfrenta a una crisis que tendrá consecuencias durante décadas: "Va a ser el fin de toda la economía rusa"

 

Policía frente a la Catedral de San Basilio en la Plaza Roja, Moscú, Rusia. Foto de Alamy.


  • La economía se enfrenta a una descapitalización sin precedentes
  • Las políticas de Moscú tapan agujeros a corto plazo y abren brechas a largo
  • El pesimismo de los rusos sobre la economía toca máximos históricos


La economía de Rusia parece haberse reactivado en el segundo trimestre de 2026 tras la contracción sufrida en los tres primeros meses del año. El dato, además, fue mejor de lo previsto. El PIB se expandió un 1,3% interanual entre abril y junio, en medio de los masivos ataques ucranianos contra refinerías de petróleo que han reducido los volúmenes de refino a su nivel más bajo en dos décadas, según la agencia estatal de estadísticas Rosstat. Con todo, el PIB entra en terreno positivo en lo que va de año y se expande un 0,6% en el primer semestre respecto al mismo periodo del año anterior. Pese a estos datos, la economía podría haber llegado a un punto de no retorno. El talento perdido desde que comenzó la guerra, la marcha de empresas internacionales, las controvertidas políticas que está implementando el Gobierno y la caída de la inversión en los sectores no relacionados con la guerra pueden haber firmado la 'sentencia de muerte' para la economía rusa.

El crecimiento del PIB ha sido una vez más un tanto artificial, una especie de espejismo. Los datos sugieren que el gasto público en defensa y un aumento temporal de los ingresos petroleros siguen sosteniendo la economía rusa en tiempos de guerra. Sin embargo, varios economistas aseguran que los altos tipos de interés, las interrupciones causadas por los ataques con drones ucranianos y la debilidad de las industrias civiles hacen improbable una recuperación sostenida. Alguno de estos expertos ha llegado a señalar que todos estos factores "van a ser el fin de toda la economía rusa".

Un fin a cámara lenta

La economía de Rusia está sufriendo una descapitalización que hoy apenas se percibe en las estadísticas de crecimiento, pero que puede haber llevado al país a un punto de no retorno, es decir, pase lo que pase podría condenar a la economía a la mediocridad durante décadas. Son pocos los medios que hacen énfasis en la gran pérdida de talento e inversión que está sufriendo Rusia en los últimos años. La inversión en defensa y todos los sectores que trabajan de forma indirecta para mantener viva la guerra han creado un cascarón enorme que parece mantener viva una economía que realmente está 'muriendo' por dentro.

Rusia está quedándose son capital humano ante la emigración del talento, la pérdida de vidas en el frente y la desactualización (a nivel formativo y de habilidades) de los cientos de miles de rusos que se encuentran luchando en el frente. Cuando termine la guerra, muchos de esos perfiles serán 'inservibles' para la economía durante mucho tiempo o quizá de por vida. Buena parte de la culpa de estos movimientos los tiene el Gobierno de Moscú.

El prestigioso académico y economista ruso Vladislav Inozemtsev hace la diferenciación clave en una reciente entrevista con el medio Republic. Abordando la recurrente pregunta de si los drones ucranianos podrán hundir la economía rusa, Inozemtsev explica que, más que los efectos directos de los ataques en sí, el gran y potencial daño reside en la propia respuesta de Moscú a esas agresiones.

Según establece el economista ruso, hay que distinguir entre los dos tipos de consecuencias de los ataques ucranianos. Por un lado, está lo que él denomina el efecto directo: "Cuánto ha subido el precio de la gasolina, en qué medida se han visto interrumpidas las labores de cosecha, hasta qué punto se han visto afectados los transportes, etcétera". Por el otro lado, diferencia, hay un efecto que quizá sea aún más importante: ¿cómo responderá el Gobierno a todo esto?

El 'problema' es el Kremlin

"En mi opinión, nada afecta tan negativamente a la economía rusa como las medidas del Kremlin. Esto se aplica tanto al aumento de los impuestos como a la expropiación de empresas y a la regulación desmesurada y, por supuesto, a las acciones militares, como, por ejemplo, una nueva movilización, que, en mi opinión, es poco probable, pero no se puede descartar. Si llegara a producirse, supondría el fin de toda la economía rusa", agrava su diagnóstico Inozemtsev. Todo ello está destruyendo la economía desde dentro y descapitalizándola poco a poco. Aunque un día vuelva la normalidad no será fácil recuperar el terreno pedido en una economía global cada vez más competitiva.

Es por ello que el teórico considera todos estos ataques de Ucrania como una "provocación" más que otra cosa. Se trata, expone Inozemtsev, de un provocación "en su sentido conceptual y clásico: una provocación dirigida contra las autoridades rusas, con el fin de que emprendan acciones aún más descabelladas de las que están llevando a cabo hoy en día". "Ya veremos hasta qué punto esto resulta eficaz para Ucrania. Por sí solos, los ataques con drones no acabarán con la economía rusa, ni reducirán de forma significativa su capacidad para librar la guerra. Pero la cuestión más importante es cómo reaccionará el Kremlin", redondea el economista, quien sentencia que "el cansancio económico debe convertirse en político", apuntando directamente a los ciudadanos.

Lo cierto es que el pesimismo se ha apoderado de la población con un récord del 60% de los rusos entrevistados en los últimos meses han afirmado que su situación económica local está empeorando. Menos de la mitad (27%) opinó que está mejorando. Esta es la primera vez desde 2006 que la mayoría de los adultos rusos declara que su economía está empeorando. Los máximos anteriores se registraron en 2020 (45%) y 2021 (50%) durante la pandemia del covid-19, según Gallup.

Entre 2010 y 2016, la mayoría de los rusos (aproximadamente el 40% cada año) se mostraba neutral respecto a la trayectoria de su economía local, afirmando que la situación no mejoraba ni empeoraba. Sin embargo, en los últimos años, solo alrededor de uno de cada diez rusos ha declarado que su economía local se mantiene igual, mientras que la mayoría opina que está mejorando o empeorando.

Los rusos también se muestran pesimistas sobre su nivel de vida. En la última encuesta, el 56% afirmó que su nivel de vida está empeorando. Este es el nivel de pesimismo más alto registrado hasta la fecha y la primera vez en dos décadas que la mayoría de los adultos rusos expresa esta opinión. La sociedad rusa parece que va a explotar, la cuestión es saber cómo y cuándo se producirá esa explosión.


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14008141/08/26/rusia-se-enfrenta-a-una-crisis-que-tendra-consecuencias-durante-decadas-va-a-ser-el-fin-de-toda-la-economia-rusa.html

sábado, 5 de septiembre de 2026

El invento que nos enseñó a fiarnos de los extraños





Entre las grandes innovaciones del siglo XIX hubo una que rara vez sale en los libros y que permitió que millones de personas aceptaran comer alimentos preparados por completos desconocidos




Hoy hacemos esto varias veces al día sin pensarlo. Un supermercado moderno habría parecido una escena imposible para alguien nacido dos siglos atrás: miles de alimentos llegados desde lugares que nunca visitará, fabricados por personas cuyos nombres jamás conocerá y protegidos por sistemas que no puede ver. Y, sin embargo, cada día millones de personas hacen exactamente eso; confían en una red invisible de personas, máquinas y normas que nunca verán.

Imaginemos por un momento que mañana desaparecen todas las etiquetas. Ninguna lata indica quién la produjo, ningún yogur lleva fecha de caducidad, ninguna botella informa de su origen. Volveríamos de golpe a una pregunta que llevaba dos siglos dormida, la misma que se hacía cualquier persona antes de que la alimentación industrial cambiara esa relación. ¿De quién me puedo fiar?

Hace dos siglos, esa pregunta tenía una respuesta sencilla porque conocíamos al panadero, al lechero, al labrador que había cultivado aquello que acababa en nuestra mesa. La confianza alimentaria era, literalmente, personal. En el siglo XIX esa relación empezó a romperse. La comida podía llegar más lejos que nunca y, con ella, tuvo que viajar también la confianza.
Un problema urbano antes que gastronómico

París, hacia 1855. Un hombre entra en una tienda de la avenida y compra una lata de guisantes. No conoce al agricultor que los sembró, ni ha visto el campo, ni la mano que llenó el envase. Sale convencido de que aquel alimento seguirá siendo comestible semanas, meses o incluso años después.

Unas décadas antes, en 1825, otro francés había publicado una frase que todavía repetimos sin pensar demasiado en ella. "Dime lo que comes y te diré quién eres", escribió Brillat-Savarin en su Fisiología del gusto. La frase suena a aforismo de sobremesa, pero llega en un momento curioso, justo cuando esa relación tan directa entre persona y alimento empezaba a romperse.

El verdadero problema de aquel comprador no estaba dentro de la lata. Estaba fuera, en una ciudad que había dejado atrás el ritmo de los campos que la habían alimentado durante siglos. París había crecido demasiado deprisa y ya no podía depender principalmente de los campos que la rodeaban, como había ocurrido durante generaciones. El historiador Massimo Montanari lleva años insistiendo en una idea central para entender todo lo que sigue, y es que la alimentación es antes que nada una construcción cultural, y solo después un hecho biológico. Lo que comemos y de quién aceptamos comerlo dice tanto de una sociedad como sus leyes o su lengua.


La revolución que no ocurrió en la cocina

Rachel Laudan lleva años defendiendo una idea incómoda para los románticos del fogón: la historia de la cocina no la escribieron únicamente los grandes chefs, sino también las tecnologías que hicieron posible producir, conservar y transportar alimentos. Sostiene que la evolución culinaria depende de la energía disponible, de los combustibles, de las técnicas de cocción y conservación, y de las infraestructuras que permiten llevar comida de un lugar a otro. La gran transformación llegó cuando las sociedades aprendieron a alimentar a poblaciones enteras que ya no vivían junto a aquello que comían.

Esa disponibilidad tecnológica cambió algo más que la forma de conservar y transportar alimentos; cambió la naturaleza de la confianza. Durante siglos, un alimento era seguro porque detrás había un rostro conocido, un agricultor, un vecino, alguien cuya reputación estaba a la vista. Desde el siglo XIX esa relación empezó a debilitarse. La seguridad pasó a depender de procesos que garantizaban lo que el consumidor ya no podía ver.

La lata, el laboratorio, el ferrocarril y la brigada de cocina forman parte de una misma transformación. La comida empezó a viajar más lejos y, con ella, tuvo que viajar también la confianza.

Ese cambio tiene un protagonista inesperado: un confitero. Nicolas Appert pasó años experimentando con frascos herméticos y calor hasta lograr que los alimentos se conservaran meses. Lo hizo por tanteo, sin una teoría científica que explicara por qué funcionaba, animado por un premio que había ofrecido el gobierno francés a quien resolviera el problema de alimentar a los ejércitos de Napoleón lejos de casa.

Y funcionó, ahí está la primera gran paradoja de esta historia. Appert consiguió un método que salvaba alimentos de la putrefacción sin que nadie, ni siquiera él, supiera explicar por qué. Durante décadas, Europa conservó alimentos confiando en un procedimiento eficaz cuyo mecanismo todavía no comprendía. La técnica llegó antes que la teoría; la confianza en el resultado precedió por completo a la comprensión del proceso. Esa misma prisa por confiar dejó un desajuste casi cómico, la lata se patentó en 1810 y el abrelatas no llegó hasta 1858. Las primeras latas militares británicas eran tan gruesas que los fabricantes grababan en la hojalata una instrucción casi medieval: "Ábrase alrededor con escoplo y martillo". En campaña, los soldados desesperados terminaban abriéndolas a bayonetazos o disparándoles con el fusil. Durante casi medio siglo, la gente aprendió a fiarse de un envase que solo sabía abrir a martillazos.

Aquel artefacto funcionaba, pero nadie sabía qué demonios ocurría dentro. Durante más de cuatro décadas, la industria conservera operó a ciegas, acumulando triunfos prácticos sobre un enigma biológico. La explicación llegó con Louis Pasteur, y su aportación suele simplificarse en exceso. Su importancia no estuvo solo en explicar la conservación, sino en cambiar la pregunta de fondo. Antes de Pasteur se sabía que ciertos procesos conservaban los alimentos; después de Pasteur empezó a comprenderse la causa de esos procesos. Descubrir los microbios permitió algo más decisivo: por primera vez, la confianza podía apoyarse en una explicación científica y no solo en la experiencia acumulada de generaciones de conserveros. Ese giro es lo que permitió que el método de Appert dejara de ser un secreto de oficio y se convirtiera en un procedimiento que se podía enseñar, regular y exigir por ley, es decir, en algo de lo que fiarse sin conocer a nadie que lo hubiera fabricado.

La química de Lavoisier ya había preparado el terreno para ese salto. Al estudiar el cuerpo como un sistema gobernado por leyes físicas y no por viejas teorías médicas, abrió la puerta a una nueva manera de entender la alimentación. Los alimentos podían empezar a analizarse por su composición y no solo por la experiencia acumulada de quienes los producían. Aquella mirada todavía pertenecía al laboratorio. El siglo XIX la sacaría de allí para aplicarla a la comida cotidiana.

Justus von Liebig quiso llevar esa lógica química hasta sus últimas consecuencias, aunque el resultado fue muy distinto al que había imaginado. Preocupado por la desnutrición de las clases trabajadoras europeas, se propuso crear un sustituto barato y concentrado de la carne, capaz de alimentar a quien no podía permitirse comprarla. Así nació su extracto de carne, vendido con la promesa de resolver un problema de salud pública.

Como remedio nutricional fue, en gran medida, un fracaso. El extracto aportaba sabor, no las proteínas que Liebig imaginaba. Aun así, como producto culinario fue un éxito descomunal y dejó algo más duradero que el sabor. Instaló la idea de que un alimento podía describirse y fabricarse a partir de sus componentes químicos, con herramientas parecidas a las utilizadas para analizar un mineral. También reforzó una nueva forma de confianza: aceptar un producto sin haber conocido nunca a quien lo había fabricado.


Lo que no cabía en un carro

Nada de esto habría alcanzado a las ciudades sin un actor que rara vez aparece en las historias de la gastronomía: el ferrocarril. Sin él resulta difícil imaginar el sistema alimentario moderno tal como lo conocemos. Ni la leche fresca llegando cada mañana desde granjas a cien kilómetros de distancia, ni el pescado alcanzando ciudades de interior antes de estropearse, ni la distribución nacional de las conservas que salían de las fábricas herederas de Appert.

El tren hizo algo más que acercar alimentos a las ciudades, también alejó a los consumidores de quienes los producían. Cada kilómetro de vía añadido debilitaba la confianza personal y hacía más necesaria una confianza basada en instituciones. El tren resolvió, en términos de velocidad y escala, lo que el bote hermético había resuelto en términos de tiempo. Entre los dos, convirtieron a París, Londres o Barcelona en ciudades que podían alimentarse de proveedores a los que jamás pondrían cara.

Esa escala nueva trajo también su reverso. Cuantos más desconocidos intervenían en la cadena, más fácil resultaba adulterar sin ser descubierto. El problema no era nuevo. Ya en 1820 el químico Friedrich Accum había publicado un tratado que escandalizó a Europa al mostrar hasta qué punto los alimentos urbanos podían estar adulterados, con harina blanqueada con alumbre, cerveza manipulada, té estirado con hojas ajenas y encurtidos teñidos de un verde vistoso con sulfato de cobre. 30 años más tarde, cuando Arthur Hill Hassall analizó para The Lancet miles de muestras vendidas en Londres, la sospecha de Accum se había convertido en estadística, un 96% del té verde y más de un tercio del negro seguían adulterados. No es casualidad que sea también el siglo en que Londres crea sus primeras inspecciones sanitarias y varios países europeos aprueban las primeras leyes contra la adulteración alimentaria. Aquellas normas respondían a un problema nuevo: ¿qué hace una sociedad cuando ya no puede fiarse de conocer personalmente a quien produce lo que come?

Auguste Escoffier forma parte de esa misma transformación, aunque suele contarse por separado. Perfeccionó la organización de la cocina en partidas, cada una responsable de una tarea concreta, y estandarizó recetas para que un mismo plato saliera idéntico independientemente de quién estuviera al frente. Esa organización seguía un principio que llevaba un siglo circulando por la economía política antes de llegar a la cocina: dividir el trabajo en tareas simples permitía multiplicar el resultado y reducir la dependencia de una sola persona. Esa misma lógica explica por qué el siglo XIX llenó de especialistas, inspectores, laboratorios, conserveras y ferrocarriles un mundo donde antes bastaban un productor y un comprador que se conocían.


El pacto que seguimos abriendo

Aquella lata de guisantes comprada por un desconocido en un comercio parisino no contenía únicamente verduras. Encerraba una idea nueva de sociedad, la posibilidad de confiar en personas a las que nunca conoceríamos porque, entre ellas y nosotros, aparecía una nueva red de procedimientos, normas, laboratorios, inspectores, ingenieros y fábricas.

Desde entonces hemos abierto millones de latas. En realidad, lo que seguimos abriendo cada día es aquel mismo pacto de confianza construido durante el siglo XIX.

Solemos pensar que vivimos una época de desconfianza hacia los alimentos. Quizá ocurra justo lo contrario, nunca hemos confiado tanto. Cada día desayunamos productos elaborados por decenas de personas a las que jamás veremos, siguiendo procesos que no comprendemos y bajo normas que damos por supuestas. Los grandes debates alimentarios de nuestro tiempo, los transgénicos, los ultraprocesados, la carne cultivada o la inteligencia artificial aplicada a la producción de alimentos, siguen girando alrededor de la misma cuestión que planteaba aquella vieja lata de conserva. La cuestión ya no es solo qué comemos, sino en quién decidimos confiar.

La conserva no cambió la comida, cambió la distancia máxima a la que podíamos confiar en otra persona. Y, en cierto modo, seguimos viviendo dentro de esa misma lata.


viernes, 4 de septiembre de 2026

5 formas en las que los insectos toman decisiones y resuelven problemas (y qué podemos aprender de ellos)


Los sistemas descentralizados pueden generar decisiones inteligentes a partir de información local.

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Los humanos solemos creer que estamos en la cima de la pirámide evolutiva por nuestra capacidad de pensar con profundidad.

Pero a veces, tanta reflexión no nos lleva muy lejos. No somos infalibles y, con frecuencia, tomamos decisiones equivocadas.

Por otro lado, los insectos, a pesar de sus diminutos cerebros del tamaño de una semilla de amapola, poseen una sabiduría sorprendente a la hora de tomar decisiones.

De hecho, muchas de sus habilidades para resolver problemas han inspirado algoritmos para la deliberación eficiente en industrias humanas.

Estas son las cinco cosas que podemos aprender de los insectos sobre cómo tomar decisiones acertadas.

1. La optimización de las hormigas

Decidir cuál es la mejor manera de hacer algo no es tarea fácil, especialmente en un mundo con tantos estímulos. Se llama sobrecarga de opciones.

Las hormigas también se enfrentan a este dilema cuando deben tomar una decisión grupal sobre su próximo lugar para buscar alimento. Pero han desarrollado un ingenioso truco, común en varias especies.

Al principio, varias hormigas abandonan la comodidad del nido en busca del mejor lugar y el más cercano para conseguir una buena comida.

Estas hormigas aventureras se adentran en la naturaleza al azar, manteniendo todas sus opciones abiertas y explorando diferentes vías.

En el camino de ida y vuelta, dejan un rastro tenue de feromonas en el suelo para que otras hormigas lo sigan más tarde. Estas feromonas se evaporan con el tiempo, y las hormigas tienden a seguir el rastro más fuerte.

Las hormigas que encuentran el lugar más eficiente para provisionarse regresan más rápido con la comida y dejan rastro de feromonas antes de que se evapore por completo.

Además, transmiten la señal con mayor rapidez a las hormigas que salen a buscar alimento. Esto significa que, con el tiempo, más hormigas tienden a recorrer ese camino repetidamente, dejando una mayor cantidad de feromonas acumuladas y, por lo tanto, un rastro con un olor más intenso.

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Con el tiempo, la colonia encuentra colectivamente el camino más corto sin que exista un líder central.

Por lo tanto, los caminos objetivamente más cortos se refuerzan con el tiempo, mientras que los demás desaparecen. Al final, la colonia encuentra colectivamente el camino más corto y eficiente sin que ninguna hormiga sepa específicamente que es suyo.

"La principal lección es que la toma de decisiones colectiva eficiente puede surgir sin un control centralizado", afirma Marco Dorigo, codirector del laboratorio de inteligencia artificial de la Universidad Libre de Bruselas, en Bélgica.

"[Las hormigas son] individuos simples con capacidades limitadas y solo información local, pero son capaces de resolver colectivamente problemas de coordinación complejos", añade.

Este sistema, denominado método de optimización de colonia de hormigas, se ha convertido en un algoritmo para mejorar la planificación humana, las telecomunicaciones, el transporte y la logística en todo el mundo.

Por ejemplo, los expertos han utilizado algoritmos de optimización por colonia de hormigas para la planificación ferroviaria, y Dorigo desarrolló AntNET , un sistema para transferir información de manera eficiente dentro de las redes de comunicación.

2. Abejas democráticas

Las abejas utilizan un método muy similar al de las hormigas para buscar alimento de forma optimizada a la hora de encontrar un nuevo lugar para anidar.

Varias abejas exploradoras salen volando y buscan opciones al azar, como las hormigas. Pero en lugar de dejar rastros de feromonas, regresan al nido y comunican directamente sus preferencias.

Realizan una danza de meneo para sus compañeras, agitando rítmicamente sus cuerpos para indicar si creen que el nuevo sitio reúne las características necesarias: seguridad, proximidad, tamaño e ubicación. Cuanto mejor sea el sitio para el nido, más larga y vigorosa será la danza.

La danza de la abeja también describe la ubicación exacta: la distancia a recorrer y la dirección en la que deben volar las demás abejas. A continuación, se envía otro grupo para corroborar estos hallazgos.

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Las abejas adoptan un enfoque democrático para tomar decisiones importantes.

Al regresar, también dan su veredicto mediante la danza, ya sea apoyando a sus predecesoras u ofreciendo nuevas opciones.

Con el tiempo, surge de forma natural un lugar preferido: una veintena de abejas regresan de su expedición con señales positivas que indican que se sienten atraídas por el mismo sitio. Alcanzan un quórum y, a partir de ahí, se mueven en consecuencia, como en una democracia humana.

3. Saltamontes neutrales

Convencer a la gente de que cambie de opinión es difícil, sobre todo cuando un grupo está dividido entre dos opciones. El debate puede convertirse rápidamente en una dicotomía simplista, dejando a todos aún más aferrados a sus ideas.

Afortunadamente, un estudio reciente sobre los saltamontes apunta a una solución para este problema común.

Los saltamontes jóvenes aún no saben volar, así que marchan. En un experimento, Christian Yates, profesor de biología matemática en la Universidad de Bath, Reino Unido, colocó grupos de ellos en una arena circular para observar cómo decidían colectivamente en qué dirección ir.

Se dio cuenta de que, tras un breve momento de indecisión, cambiaban de dirección con frecuencia.

Resulta que en ese fugaz momento de suspensión varios saltamontes dejan de marchar y se vuelven neutrales, lo que ayuda al enjambre a romper con un consenso y pasar al otro.

En el experimento, Yates también puso a prueba a 19 personas con una tarea similar: organizó un juego en el que los participantes podían elegir entre X e Y, o abstenerse.

Al igual que con los saltamontes, descubrió que cuando las personas tenían la opción de abstenerse, esto ayudaba al grupo a llegar a un consenso de forma más rápida y sencilla que cuando no la tenían, explica Yates.

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Permitir la abstención o la indecisión puede facilitar la reconsideración y romper el statu quo.

Esto se debe a que, como explica Yates, en un grupo grande y muy comprometido, muchas influencias pequeñas e independientes se compensan entre sí, por lo que resulta difícil modificar la dirección general.

Pero si muchos individuos se vuelven neutrales, aunque sea por un instante, el grupo de responsables de la toma de decisiones se reduce.

"Con menos votos activos en juego, el mismo pequeño empujón —un breve cambio de tendencia en un grupo local, una información que genera confusión, un par de personas que cambian de bando— produce un efecto proporcional mayor en la dirección del grupo", afirma Yates.

En definitiva, los saltamontes nos enseñan que la neutralidad puede generar la pausa necesaria para que todos reconsideren sus posturas y lleguen a un consenso, afirma Yates.

¿La conclusión? Si quieres cambiar el statu quo, no te preocupes por los indecisos; anima a más personas a serlo.

4. Cucarachas con personalidad

Resulta especialmente difícil llegar a conclusiones grupales cuando hay muchas personalidades fuertes en el debate.

Muchas personas con una presencia dominante pueden dirigir el debate a su favor, imponiéndose al consenso general.

Sin embargo, un estudio realizado con cucarachas sugiere que las personalidades individuales fuertes dentro de un grupo pueden, de hecho, acelerar la toma de decisiones.

Algunas cucarachas son audaces, mientras que otras son tímidas.

Por ello, Isaac Planas- Sitjà, profesor adjunto de la Universidad Metropolitana de Tokio en Japón, realizó simulaciones por ordenador sobre cómo se agrupan las cucarachas, una de las cuales imitaba, por ejemplo, cómo se esconden en un rincón oscuro específico detrás de un frigorífico.

Modificó el sistema para incluir la ausencia de diferencias de personalidad, algunas diferencias de personalidad y, finalmente, muchas diferencias de personalidad.

Resulta que los modelos en los que todas las cucarachas se comportaban exactamente igual no se acercaban ni remotamente a cómo toman decisiones las cucarachas en el mundo real.

Por otro lado, los grupos con mucha variación en la personalidad tomaban decisiones colectivas más rápido, porque tenían más interacciones sociales.

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La diversidad de comportamientos puede aumentar la inteligencia colectiva.

"Me sorprendió mucho. Esperaba ver alguna tendencia, pero no un patrón tan claro y repetible", dice Planas- Sitjà .

Esto significa que a los grupos de cucarachas con solo individuos audaces o exploradores les resultará más difícil agruparse y elegir un refugio adecuado porque se desplazan demasiado, explica.

Y aunque los grupos con demasiados individuos tímidos pueden asentarse rápidamente, corren el riesgo de elegir un refugio inadecuado.

"Es el ajuste preciso entre el grado de cooperación y la diversidad de comportamientos lo que, en última instancia, impulsa la inteligencia colectiva", afirma Planas- Sitjà .

"Si la personalidad importa en estos pequeños animales, podemos imaginar el impacto que puede tener en los animales que viven en sociedades con niveles adicionales de complejidad".

5. Moscas reflexivas

A veces, silenciamos nuestra intuición para tomar decisiones que creemos lógicas, aunque nos parezcan erróneas a nivel visceral. Otras veces, seguimos nuestras convicciones más profundas sin aprender de nuestros errores.

Resulta que las moscas de la fruta podrían enseñarnos mucho sobre cómo ser más conscientes de nosotros mismos en nuestras deliberaciones.

Las investigaciones demuestran que las moscas de la fruta son extremadamente perceptivas a la hora de integrar información externa e interna para guiar cada uno de sus movimientos.

Por ejemplo, al elegir entre dos olores, cuanto más similares sean, más dudan las moscas, como si estuvieran sopesando las ventajas y las desventajas.

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Las emociones y experiencias previas no siempre son enemigas de una buena decisión.

Cuando se enfrentan a una recompensa de buen sabor pero poco nutritiva , o a una sustancia azucarada de sabor amargo pero nutritiva, las moscas pueden calcular el valor neto de esa elección y, a duras penas, consumir el alimento de sabor desagradable a cambio de nutrientes.

También es más probable que opten por una pequeña recompensa segura, en lugar de una recompensa cuantiosa si conlleva una amenaza, a menos que tengan mucha hambre o estén estresadas.

Cuando se las entrena con olores y recompensas positivas o negativas, las moscas sanas suelen acercarse con gusto a un olor ambiguo para ver qué sucede, mientras que las moscas estresadas tienden a evitar el riesgo.

Como las moscas, a veces nuestros estados internos nublan nuestro juicio. Pero también nos recuerdan que estas intuiciones y experiencias aprendidas —compuestas por un caleidoscopio de pequeños fragmentos de percepciones que constantemente tenemos sobre nosotros mismos y los demás— a veces pueden ayudarnos a ejercer un buen juicio.


    • Sofia Quaglia
    • Título del autor,BBC Future
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 8 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/cwyl2n3w6wpo