lunes, 12 de enero de 2026

La gran 'fábrica china' logra un giro histórico: ahora es Occidente quien le copia para producir coches a toda velocidad

 

Proceso de control de calidad en la factoría de Volkswagen en Shanghái. Foto: iStock
  • La 'factoría china' ha copiado tecnología occidental durante décadas
  • Ahora son las automovilísticas tradicionales quienes copian su modelo
  • Estas marcas desarrollan un coche en cuatro años y China baja de dos


No se descubre nada nuevo en materia económica si se señala que, durante décadas, un catalizador clave del crecimiento asiático ha sido la copia o imitación de la tecnología occidental. Los ejemplos abundan y van desde el próspero Japón de la segunda mitad del siglo XX hasta unos tigres del sudeste asiático que cogieron un músculo formidable en pocos años. Sin embargo, es imposible no incidir en China. En su salto de ser un emporio rural a convertirse en la fábrica del mundo, el gigante asiático aprovechó sus menores costes laborales y de producción. Pasado el tiempo, y ya con el aval concedido por EEUU en el siglo XXI de participar en el comercio mundial activamente, Pekín intensificó su modelo de 'copia y pega' hasta alcanzar a bienes de mayor valor añadido. Dicho de manera quizá muy reduccionista pero entendible: se ha pasado de construir sencillos juguetes a automóviles y maquinaria de última generación. Poniendo en foco en el tan mediático y trascendental sector automotriz, especialmente en lo que atañe al vehículo eléctrico, esta dinámica ha provocado no solo que Pekín haya pasado de fiel cliente a feroz rival (ahí está Alemania y sus sufrientes automovilísticas), sino que ahora sean las firmas occidentales (especialmente las europeas) las que 'copien' el modelo chino de producción para poder competir en el mercado global.

La pugna entre los grandes fabricantes de automóviles occidentales y sus rivales chinos ha activado una carrera frenética en toda la industria por acortar los plazos de desarrollo sin poner en riesgo la seguridad. Lo que durante años fue un relato de copia en una sola dirección se invierte ahora: son las marcas europeas y estadounidenses las que miran a China para aprender a fabricar más rápido, con menos costes y mayor agilidad.

Con ese objetivo de igualar la velocidad y la estructura de costes del gigante asiático, la estadounidense Ford ha optado por asociarse con Renault para producir de forma conjunta pequeños vehículos eléctricos en Europa, después de que el grupo francés haya logrado reducir a la mitad el tiempo de desarrollo de sus nuevos modelos, situándolo por debajo de los dos años. El movimiento refleja hasta qué punto la rapidez se ha convertido en una ventaja competitiva clave.

Volkswagen también pisa el acelerador. La compañía alemana ha logrado recortar en un 30% el ciclo de desarrollo de sus nuevos eléctricos fabricados en China frente al proceso tradicional, que supera ligeramente los cuatro años. En paralelo, Nissan ha lanzado este año en el mercado chino el nuevo sedán eléctrico N7, con un precio inferior a los 20.000 dólares, tras desarrollarlo junto a su socio local Dongfeng en alrededor de dos años. La marca prevé exportar el modelo a otros mercados a partir del próximo ejercicio.

En este contexto, los máximos responsables del sector coinciden en que la velocidad es ya una cuestión de supervivencia, imprescindible para seguir el ritmo de los avances tecnológicos, los cambios en las preferencias de los consumidores y las disrupciones de la cadena de suministro derivadas de las tensiones geopolíticas. Al mismo tiempo, surgen advertencias sobre la dificultad de conciliar procesos más rápidos con los estándares históricos de seguridad.

En un completo reportaje del Financial Times sobre cómo las históricas grandes marcas se están asomando al modelo de producción chino lápiz en mano, Jérémie Papin, director financiero de Nissan, subraya que acelerar el desarrollo es "absolutamente crítico", sobre todo para las compañías que no cuentan con una gran escala. Según explica, este enfoque también permite fabricar coches mucho más competitivos en costes, porque se dedica menos tiempo a la ingeniería y eso se traduce en un ahorro directo.

Papin matiza, no obstante, que existe un tiempo 'irreducible' de alrededor de 12 meses en el que los ingenieros deben pasar del diseño digital a la fase física de preparación del vehículo. El problema es que hay que afinar demasiado esos tiempos. Laurence Noël, directora global de automoción de la consultora Capgemini, explica a las claras por qué: si una empresa tarda cinco años en desarrollar un coche, cuando llega al mercado ya está fuera de juego.

Hay que tardar menos de dos años

Para acercarse al ciclo medio de desarrollo en China, situado entre 18 y 20 meses, los fabricantes tradicionales intensifican el uso de herramientas digitales para el diseño y las pruebas virtuales. Sin embargo, según coinciden varios directivos, el cambio más profundo no es tecnológico sino cultural: aprender de los fabricantes chinos a trabajar de forma más ágil y flexible.

Jim Baumbick, máximo responsable de Ford en Europa, señala al FT queBYD y otros grupos chinos ganan velocidad apostando por un mayor uso de componentes comunes. Aunque los nuevos modelos no siempre parecen radicalmente distintos de los anteriores, las transformaciones clave se concentran en el software y en otras tecnologías digitales. Para Baumbick, el verdadero salto de velocidad surge de combinar una reutilización inteligente y una mayor uniformidad con la capacidad de amplificar los cambios a través del software, teniendo claro desde el inicio cuál debe ser el resultado final del producto.

En el caso de Renault, el futuro Twingo 100% eléctrico, cuyo lanzamiento está previsto para 2026, se convierte en el primer modelo surgido de un nuevo proceso de diseño impulsado desde una unidad en Shanghái. El Centro Avanzado de Desarrollo de China cuenta con unos 150 ingenieros locales y especialistas que trabajan para acelerar cada fase del proyecto.

Vittorio d'Arienzo, directivo de la división de eléctricos Ampere de Renault, describe las diferencias de enfoque con claridad. Explica que en Europa, desde que se diseña una pieza hasta que se tiene en la mano, es necesario seguir un proceso reglado que implica contactar con el proveedor, presentar propuestas y superar varias fases, lo que puede alargarse entre uno y tres meses. En China, en cambio, los proveedores están habituados a fabricar piezas casi de inmediato, reduciendo los plazos a la mitad.

Aproximadamente el 45% de los componentes del nuevo Twingo se adquieren en China. Los equipos de ingeniería y diseño trabajan en distintas partes del vehículo de manera simultánea, mientras Renault prepara al mismo tiempo la línea de montaje en Eslovenia. En una fase del proyecto, el equipo decide que el diseño de una manilla interior no es satisfactorio. D'Arienzo explica en el reportaje del diario financiero británico que sabe que el proveedor puede empezar a fabricarla en apenas tres días, lo que deja margen cero para reabrir largas discusiones jerárquicas. La solución pasa por coordinar los cambios mediante mensajes de WhatsApp entre distintos países. Ese nivel de rapidez y coordinación, añade, permite corregir y mejorar los detalles casi en tiempo real.

El resultado es que el Twingo se desarrolla en 21 meses, y el próximo minicoche Dacia Hipster, basado en la misma plataforma, avanza todavía más rápido, con un plazo de apenas 16 meses. El consejero delegado de Renault, François Provost, reconoce que la compañía necesita un impulso fuerte para ser tan competitiva en Europa como sus rivales chinos.

Choque con la 'cultura de la seguridad'

Más allá de los aspectos puramente técnicos, como el diseño digital, los referidos cambios culturales son profundos y pueden generar cierto efecto barrera. Para ganar velocidad, los fabricantes recurren cada vez más a piezas y tecnologías ya existentes de sus proveedores, como se ha relatado, evitando así tener que validarlas desde cero. El creciente peso de proveedores chinos genera controversia en grupos que tradicionalmente se apoyan en amplias redes locales y relaciones de largo plazo. "Lo que intentamos hacer a escala global está ahora claramente inspirado en lo que vivimos en China", afirma Papin al FT. A su juicio, es necesario romper con las formas de trabajo tradicionales y aceptar que hay que asumir más riesgos si se quiere reducir de verdad el tiempo de desarrollo de un vehículo.

No todas las compañías, sin embargo, avanzan al mismo ritmo. Un asesor veterano de un fabricante japonés advierte de que, a medida que el software gana peso en el coche, algunos grupos corren el riesgo de negarse a aceptar la necesidad de acelerar por su dificultad para transformar sus métodos de producción. La cultura de la seguridad ante todo, señala, es positiva hasta cierto punto, pero choca con la exigencia de avanzar rápido y romper esquemas que impone el desarrollo basado en software.

Stephen Dyer, socio de la consultora AlixPartners en Shanghái, apunta que los fabricantes chinos de automóviles, al ser recién llegados, muestran mayor disposición a innovar en sus flujos de trabajo y a asumir riesgos. A ello se suma una jerarquía corporativa más planaarquitecturas de vehículo más simples y una menor importancia relativa de las pruebas de durabilidad.

Según un estudio de AlixPartners, los fabricantes chinos de vehículos eléctricos realizan pruebas de durabilidad de una media de 600.000 kilómetros por coche, muy por debajo de los tres millones de kilómetros que suelen exigir los fabricantes extranjeros. Además, estos grupos no dudan en lanzar modelos con cuestiones de software pendientes y resolverlas después mediante actualizaciones inalámbricas, mientras que los fabricantes tradicionales prefieren esperar a que todo esté completamente validado para no poner en riesgo su reputación.

Para Dyer, los grupos chinos pueden avanzar y cumplir los plazos de lanzamiento incluso sin haber completado todas las validaciones. En una industria cada vez más centrada en el software y en la agilidad, concluye, llegar tarde al mercado implica el riesgo de que la tecnología ya haya quedado obsoleta.


https://www.eleconomista.es/motor/noticias/13705835/12/25/la-gran-venganza-de-la-imparable-fabrica-china-ya-esta-aqui-ahora-es-occidente-quien-le-copia-para-producir-coches-a-toda-velocidad.html

domingo, 11 de enero de 2026

El salario mínimo en Venezuela no llega ni para una barra de pan y ha perdido en cuatro años el 98% de su poder adquisitivo

 

Imagen de varias personas en las calles de Caracas. Foto: EFE.


  • El Gobierno aprobó el pago de dos bonificaciones por valor de 160 dólares para paliarlo
  • Venezuela lo atribuye al efecto de las sanciones impuestas por EEUU



El salario mínimo en Venezuela es de 130 bolívares al mes, unos 0,35 euros de acuerdo con la tasa de cambio oficial vigente este jueves), una cantidad que no permite a los ciudadanos venezolanos comprar una barra de pan, que en las panaderías de Caracas, capital del país, se vende en torno a los 200 bolívares (unos 0,54 euros).

Tal y como explica EFE, este salario mínimo ha perdido la inmensa mayoría de su poder de compra por la constante devaluación del bolívar frente al dólar. La divisa estadounidense es la principal referencia en el país para fijar precios.

Este salario mínimo lleva casi cuatro años sin cambios: se mantiene en 130 bolívares desde marzo de 2022, cuando la divisa norteamericana se cambiaba por 4,24 bolívares y el salario equivalía a unos 30 dólares, por lo que desde entonces se ha reducido un 98% hasta hoy, mientras los precios de bienes y servicios aumentan.

La agencia de noticias recuerda que la Constitución venezolana establece en su artículo 91 que todo trabajador "tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales".

Para tratar de paliar la caída de poder adquisitivo del salario mínimo, el Gobierno venezolano ha aprobado el pago de dos bonificaciones sin incidencia en beneficios laborales y que suman 160 dólares: uno de alimentación, de 40 dólares, y otro llamado "ingreso de guerra económica", de unos 120 dólares que se depositan en bolívares a la tasa oficial del día.

Venezuela acusa a EEUU

El Gobierno achaca la caída de la capacidad de compra a las sanciones de EEUU, principalmente las impuestas contra la industria petrolera venezolana, el principal motor económico del país suramericano. Estas sanciones fueron aliviadas por el expresidente estadounidense Joe Biden y radicalizadas por su sucesor, el actual mandatario Donald Trump, el artífice de esas medidas contra el petróleo y otras.

Sindicalistas y trabajadores, así como activistas de oposición, critican que las autoridades mantengan congelado el salario mínimo aun cuando, según el Banco Central de Venezuela (BCV), la economía local mantiene un crecimiento desde el segundo trimestre de 2021, a pesar de lo que el emisor ha descrito como "las adversidades derivadas de la inestabilidad económica internacional y el esquema de agresiones unilaterales".


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/13719113/01/26/el-salario-minimo-en-venezuela-no-llega-ni-para-una-barra-de-pan-y-ha-perdido-en-cuatro-anos-el-98-de-su-poder-adquisitivo.html

sábado, 10 de enero de 2026

El ocaso de la industria europea seguirá vivo en 2026: sus dos grandes motores seguirán gripados

 


  • China y EEUU representan casi el 30% de todas las ventas al exterior
  • El sector anticipa el golpe arancelario de EEUU 
  • También los problemas de demanda y la nueva estrategia de Pekín



Que la industria europea está gripada no es ya una sorpresa. Cada año el sector secundario, que ha sido el corazón del crecimiento de muchos de sus países, ha encontrado un obstáculo cada vez más complicado. Primero fueron los tipos de interés y la inflación, destrozando la demanda e incendiando los costes. Posteriormente, los precios de la electricidad y la energía se dispararon por la guerra de Ucrania sumado a otros insumos encarecidos. Todo esto sacudió el continente y, particularmente, destrozó el modelo alemán. Sin embargo, en 2025 llegó un nuevo problema, los aranceles y un gran reequilibrio global hundieron la demanda de dos mercados claves, EEUU y China. Ahora el sector da por hecho que esta última crisis se extenderá, impidiendo el repunte tras una larga travesía por el desierto.

Empezando por EEUU, los aranceles de EEUU, aunque ya muy matizados por un acuerdo comercial, han causado estragos en las ventas a este mercado. Los últimos datos publicados por Eurostat no dejan lugar a duda, pues el tercer trimestre el superávit comercial cayó a 40.800 millones de euros. Es decir, se trata de una disminución del 13,3% respecto al año anterior, ya con el acuerdo comercial cerrado.

En verano la UE cerró un acuerdo con EEUU a través del cual se comprometía a comprar una enorme cantidad de gas a cambio de un arancel general plano del 15%. Cabe destacar que esta es una reducción significativa respecto a, por ejemplo, los aranceles a sectores como el automóvil. Antes de la rúbrica del acuerdo este era superior al 27,5%. Además, algunos productos han quedado fuera sin ninguna imposición (naves, semiconductores y algunos fármacos)… aunque otros se han mantenido elevados, como el del acero y el aluminio. A cambio de estas medidas la UE se comprometía a eliminar sus aranceles y comprar energía por valor de 750.000 millones para 2028. También se comprometía a facilitar inversiones de 600.000 millones en ese mismo periodo.

Este nuevo equilibrio no ha sido suficiente para evitar un cambio. De hecho, la asociación comercial Europa, BGA, ha dicho que no espera ni que en el último trimestre ni en 2026 esta situación cambie, sino que pase a ser la nueva realidad del sector. "No vemos un cambio, sino en el mejor de los casos un breve respiro", dijo la asociación. Sus proyecciones apuntan a que en el caso de Alemania, el mayor exportador de Europa, las ventas caigan a menos 150.000 millones de euros en todo 2025, es decir, un 7%. Todo esto pese a un primer trimestre de compras frenéticas donde los clientes en EEUU buscaban anticiparse a los gravámenes de Trump.

China se apaga

Sin embargo, mientras ese mercado clave se mantendrá debilitado otra de las grandes contrapartes se apaga. Las ventas a China han caído el último trimestre un 12,2%, según los últimos datos de Eurostat. En Alemania dicen que las ventas a Pekín han bajado más este 2025 (10%) de lo que lo han hecho a EEUU y se sitúan ya en los 81.000 millones de euros.

En este caso no todo son aranceles, ha habido tres principales golpes que han marcado el paso a este dato. La moneda del Viejo Continente se ha revalorizado un 9,4% frente a su contraparte asiática. De este modo es menos barato para los consumidores chinos comprar productos europeos. Por un lado, está la desaceleración de la demanda interna, que solo ha crecido un 4,5% frente a las tasas previas que superan rápidamente el 6%. A esto hay que sumarle la revalorización del euro que ha generado un importante impacto negativo para los exportadores.

A esto hay que sumarle los aranceles de EEUU. Pero, ¿por qué los gravámenes de Trump hacen que China compre menos productos españoles, alemanes y franceses? El motivo es que el país asiático ante la reconfiguración del comercio mundial está optando por proteger su industria y revisando todo tipo de medidas de protección, con sus propios aranceles e investigaciones. También han provocado que altere las cadenas de suministro globales ante la reconfiguración y que, por lo tanto, renuncie a muchas compras en Europa.

Desde el BCE dicen que la guerra comercial ha generado un "Made in China 2025", lo que definen como una estrategia que ha generado "una desaceleración en las importaciones (europeas) particularmente en bienes de consumo e intermedios". Aunque también recuerdan que desde 2021 sigue vigente en la nación asiática una crisis del ladrillo que "ha afectado la inversión inmobiliaria, un sector con gran intensidad de importaciones, y ha erosionado los balances de los hogares, afectando a la demanda de los consumidores".

Desde la institución monetaria sentencian en un reciente informe que esta dinámica también se mantendrá. "Todas estas fuerzas apuntan a un cambio duradero en el comportamiento importador de China".

Estos dos motivos son los que han llevado a la Comisión Europea a reducir sus previsiones para 2026, pues desde la institución comparten la visión de que esta será la nueva realidad que atraviesa al continente. La CE explicó en su último informe que solo se crecerá un 1,2% frente al 1,4% que esperaban para 2026. Ante este cambio, Valdis Dombrovskis dejó claro el motivo: "Las medidas de política comercial de EEUU y las respuestas de actores clave como China debilitarán el comercio global".

Según el último informe de ING el lastre se notará a través de un comercio mucho más lento y dañado en 2026: "Si bien el gobierno estadounidense redujo recientemente algunos aranceles a las importaciones de alimentos, prevemos una desaceleración significativa del comercio mundial, de aproximadamente el 2,5% en 2025 a aproximadamente el 0,5% en 2026". Además, el banco neerlandés explica que el principal motivo para temer en 2026 no son los aranceles mismos, sino que el acuerdo EEUU-China expira el segundo semestre de este año y que con él puede trastocarse todos los vínculos globales.

La debilidad de China y las menores ventas a EEUU son un lastre capital. EEUU representa una quinta parte de todas las exportaciones de la UE. Según datos del Parlamento Europeo solo entre EEUU y China rozan el 30% de todo el comercio, siendo prácticamente los dos mercados clave para toda la infraestructura comercial de la región. Por lo tanto, la crisis de la industria europea seguirá vigenteLos últimos PMI muestran que sigue en contracción y, de hecho, empeora su situación en diciembre. Solo el paso de los meses podrá revelar si surgen soluciones para que esta ya perenne crisis mejore… o si 2026 traerá un nuevo golpe que siga complicando el camino del Viejo Continente.


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/13712154/01/26/el-ocaso-de-la-industria-europea-seguira-vivo-en-2026-sus-dos-grandes-motores-seguiran-gripados.html

viernes, 9 de enero de 2026

Año 1 tras el 'día de los aranceles' en EEUU: más inflación, empleo estancado y una industria que no despega

Donald Trump, en el anuncio de los aranceles a todo el mundo en abril. Foto: Reuters



  • El 'queso gruyere' de exenciones y rebajas ha reducido las tasas reales que pagan los importadores
  • El plan para reindustrializar el país choca con la automatización 
  • El PIB crece un 4,3%, pero la confianza del consumidor se hunde a mínimos históricos por los precios


Podía haber sido peor. Esa es la conclusión de expertos y economistas sobre una de las decisiones clave que ha definido el primer año del segundo mandato de Donald Trump. El pasado 2 de abril, el presidente de EEUU desencadenó una histórica guerra comercial contra el planeta Tierra entero. Una lluvia de aranceles masivos contra prácticamente todos los países del mundo que no se había visto desde hace décadas y que supone un giro de 180 grados a 75 años de creciente apertura comercial e interconexión entre todos los países. Mientras el presidente pronosticaba una segunda "era dorada" de la economía de EEUU gracias a la reindustrialización de la economía, los economistas preveían un hundimiento económico y una grave crisis inflacionaria. La realidad, sin embargo, se ha quedado a medio camino: EEUU ha esquivado las predicciones más catastróficas, pero hay pocos datos que celebrar.

El anuncio fue tan brusco como sorprendente. De la noche a la mañana, EEUU pasó de tener algunos de los aranceles más bajos del mundo a tener los niveles más altos, con una tasa mínima del 15% para todo el mundo y tasas extraordinarias para los países con los que el país norteamericano tiene mayores déficits comerciales, especialmente los asiáticos. Lo peor se lo llevó China, que se enzarzó en una guerra se subidas recíprocas con Washington que acabó por llevar sus aranceles al 145%, antes de llegar a un acuerdo para rebajarlos.

Y luego hubo un segundo golpe en agosto, cuando aprobó una segunda remesa de aranceles para muchos otros países, aunque rebajó los niveles iniciales a Europa, Japón o Corea del Sur con acuerdos puntuales. Además, a todo eso hay que añadir las tasas adicionales a productos como coches, acero, aluminio o madera, entre otros.


Del 2% a más del 10%, en pocos meses.

Sin embargo, lo más destacable es que la subida no ha sido tan brusca como se esperaba. Pese a haber aprobado un arancel base del 10% para todo el mundo y niveles mucho mayores para sus grandes socios comerciales, la tasa real apenas ha superado ese 10%. ¿Por qué? La respuesta está en las numerosas exenciones que ha aprobado por el camino. México y Canadá, pese a sus múltiples amenazas, pueden seguir exportando bienes a EEUU sin aranceles gracias a su acuerdo comercial, el USMCA, que Trump no se ha atrevido a derogar. Además, los smartphones, los ordenadores, gran parte de productos farmacéuticos y la energía están libres de impuestos. En la práctica, la red arancelaria tiene agujeros tan amplios que una gran parte de las importaciones se 'cuelan' sin pagar.

A eso se suman las múltiples marchas atrás y rebajas ordenadas por Trump en los últimos meses, en los sectores en los que los aranceles estaban haciendo más daño. El último ejemplo ha sido la rebaja al café, una materia prima que ha subido un 25% este año por culpa de las tasas del presidente, y otros alimentos básicos. El 'Efecto TACO' (Trump siempre se acobarda, en inglés) no ha evitado unos niveles arancelarios enormes en comparación con los que había antes, pero sí ha detenido las cifras más estratosféricas con las que había amenazado.

Esos agujeros son uno de los motivos que han permitido que la inflación no se dispare. Las predicciones de los analistas apuntaban a grandes subidas permanentes, y la Reserva Federal temía que los efectos de estos impuestos provocaran una segunda ola inflacionaria que se estancara en la economía. Pero sus efectos han sido limitados, y aún están procesándose. Según explicó Jerome Powell, presidente de la Fed, en su última comparecencia, las subidas de precios terminarán de digerirse en 9 meses. Para entonces, si Trump no vuelve a subirlos, los precios volverán a estabilizarse.

Sin embargo, los consumidores han salido perjudicados por esta decisión. Los bienes que más han notado los aranceles en sus precios son, precisamente, los bienes de consumo finales, los que compran las familias. La inflación está estancada en torno al 3%, y el coste para una familia media será de 1.700 dólares más cada año, según el Peterson Institute. No solo eso, sino que estos son los impuestos que más notan las familias: los que se suman directamente al precio de venta de la comida, la ropa y los coches.

La manufactura crece en empleos... para robots

El gran objetivo de Trump era cerrar las fronteras a las importaciones para incentivar a las empresas de EEUU a resucitar el sector industrial manufacturero. Una forma de volver a los grandes años de después de la II Guerra Mundial, en la que prácticamente ese país era el único del mundo que tenía una industria establecida y que no había sido bombardeada en pedacitos. El secretario de Comercio, Howard Lutnick, describía así su sueño: "Todos esos millones y millones de personas que se dedican a atornillar iPhones... Traeremos todos esos trabajos de vuelta a EEUU".

Sin embargo, la realidad es tozuda: todas esas firmas han invertido miles de millones en desarrollar plantas altamente especializadas. Traerlas de vuelta a EEUU no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana. Además, ese tipo de trabajo manufacturero está muy mal pagado, es muy cansado y a la mayoría de estadounidenses no les hace ninguna ilusión. Y, por si fuera poco, la revolución de la IA está creando cada vez más fábricas en las que no hacen falta seres humanos: los robots lo hacen todo.


El resultado es que el sector por el que tanto se ha desvivido Trump lleva en contracción desde el mismo día de su anuncio arancelario. Los informes del Institute for Supply Management cuentan que numerosas empresas del sector se están viendo obligadas a cerrar o subir precios ante el fuerte aumento de sus costes de suministro y la enorme volatilidad de la política del presidente.

El PIB resiste, el empleo se estanca

Y eso se nota en la desconexión entre dos de los grandes indicadores de toda economía. El empleo ha perdido fuelle de forma clara, hasta registrar caídas en octubre. Los dos últimos datos están algo distorsionados por el efecto del cierre del Gobierno que hubo en aquel mes, pero la conclusión es clara: aunque los aranceles no hayan hundido el empleo en EEUU, desde luego que no lo han impulsado.


Precisamente, ese parón contrasta con el crecimiento del PIB, que se ha disparado un 4,3% anualizado en el tercer trimestre, según los datos publicados hoy. Es probable que el efecto de la IA, tanto su aplicación como las inversiones en el sector, estén impulsando la economía más allá del empleo. Pero el sueño de traer la industria de vuelta de China a EEUU parece mucho más lejano que antes.

Al final, los aranceles han sido algo más pequeños de lo temido, lo que ha permitido amortiguar su impacto. Los ciudadanos lo están pagando, pero no tanto como se temía. La inflación sigue por encima del objetivo del 2%, el empleo se ha estancado y la sensación general de los consumidores es pésima: las encuestas de la Universidad de Michigan y de The Conference Board apuntan al mayor descontento de los consumidores de la historia de ambos sondeos. Pero quizá el mayor impacto ha sido sobre el concepto de la apertura comercial y la globalización como un destino inevitable para el planeta. El bloqueo autoimpuesto de EEUU a sí mismo es un mensaje mucho más alto y claro que los números económicos que haya producido.



18:44 - 23/12/2025 

https://www.eleconomista.es/economia/noticias/13704532/12/25/ano-1-tras-el-dia-de-los-aranceles-en-eeuu-mas-inflacion-empleo-estancado-y-una-industria-que-no-despega.html