martes, 3 de noviembre de 2026

La pantalla es el nuevo logo

Durante décadas, exhibir tecnología fue una manera de anunciar que uno había subido de escalón. Hoy el privilegio se expresa al revés: en la capacidad de prescindir de ella. La misma lógica de clase que explicaba el bolso con monograma explica ahora quién puede permitirse apagar el móvil, y quién no.


 «Nunca consumas tu propia mercancía».

— Primera regla, no escrita, de cualquier narcotraficante

Hace unos años se hizo viral una constatación incómoda: muchos de los ingenieros y directivos que diseñan las aplicaciones más adictivas del planeta crían a sus hijos lejos de ellas. Colegios Waldorf en Silicon Valley, niñeras con cláusulas contractuales que prohíben sacar el teléfono delante de los niños, adolescencias sin redes sociales.

La anécdota se contó muchas veces como hipocresía. A mí siempre me ha parecido otra cosa, algo más interesante y más inquietante: una señal de clase.

Durante veinte años de trabajo en Naciones Unidas viví en países muy distintos, con estructuras sociales muy distintas. Y hubo un patrón que se repetía con una regularidad casi sociológica, que no dependía tanto de la riqueza de cada sociedad como de su forma.

Allí donde las distancias sociales eran grandes y la posición inestable, quien había salido de una familia con pocos recursos y alcanzaba cierta holgura tendía a hacerse notar, igual que quien venía de una familia acomodada y estaba perdiendo su lugar: el reloj que se ve desde lejos, el logo que ocupa media prenda, el coche que no cabe en la calle. En sociedades más igualitarias, la tendencia se invertía. Quien tenía dinero procuraba que no se notara, con ropa sin marca aparente, coches discretos y casas cuya riqueza solo percibe quien sabe mirar.

Conviene decir esto con cuidado, porque es fácil convertirlo en un cliché con aroma a desprecio. No lo es. Tampoco se trata de ensalzar la supuesta elegancia del dinero antiguo. El llamado nuevo rico no es un personaje ridículo, sino alguien que responde, con bastante racionalidad, a una estructura que le obliga a demostrar lo que otros dan por supuesto. Lo mismo vale para el venido a menos, ese hidalgo de nuestro tiempo que se gastó lo que heredó y sigue cambiando de coche, reservando mesa y pagando el club a crédito, porque dejar de aparentar sería admitir que su familia ya no es lo que fue. Y la discreción de quien siempre ha tenido tampoco es una virtud: es simplemente el lujo de no tener nada que probar.

Señalar hacia arriba, señalar hacia dentro

Con el tiempo entendí que aquello no hablaba del carácter de nadie, sino del lugar que cada cual ocupa y del miedo a perderlo. Quien ha tenido que ganarse cada escalón sabe que su posición está bajo sospecha permanente: en la tienda, en el banco, en la mirada del vecino. El logo funciona entonces como un documento de identidad. Los economistas Charles, Hurst y Roussanov lo mostraron con datos: el gasto visible aumenta en aquellos grupos a los que la sociedad presupone pobres. Cuando tu entorno te lee por defecto como alguien de menos, la ostentación deja de ser vanidad y se convierte en defensa.

Lo que más me hizo pensar es que la intensidad de esa necesidad no dependía de lo rico que fuera un país, sino de lo lejos que estaban unos de otros dentro de él. En los territorios más desiguales se buscan más joyas, relojes y marcas de lujo, sea cual sea su renta media. Enseñar es una respuesta lógica cuando la posición está en disputa. Deja de hacer falta cuando nadie la cuestiona. Por eso quienes ya no tienen nada que demostrar han aprendido a gastar, como describe la socióloga Elizabeth Currid-Halkett, en lo que no se ve pero se nota: educación, salud, alimentación, tiempo, silencio.

Del iPhone como trofeo al móvil como síntoma

La tecnología ha recorrido ese mismo camino en apenas dos décadas. Hubo un tiempo en que el primer smartphone, el portátil de aluminio o la tableta eran marcadores de ascenso, y enseñarlos era una forma legítima de decir que uno había llegado. La llamada brecha digital se definía entonces como la distancia entre quien tenía un dispositivo conectado y quien no. Las políticas públicas, con razón, se volcaron en cerrarla.

Pero cuando algo se vuelve universal, deja de distinguir. Y en el momento en que la pantalla está en todos los bolsillos, el signo de clase migra a su reverso: ya no importa quién tiene pantalla, sino quién puede permitirse no mirarla.

Todos hemos escuchado a alguien decir, con cierta satisfacción moral, que él no usa redes sociales, que apenas mira el móvil, que el WhatsApp se lo lleva otra persona. Se presenta como virtud personal y, muchas veces, es solo la descripción de un privilegio. Se parece mucho a quien presume de no necesitar conducir. Claro que no lo necesita: tiene chófer. Quien puede desconectarse suele tener a alguien que responde por él, una estructura que monetiza su presencia digital sin que tenga que estar en ella, o un trabajo en el que su ausencia se interpreta como importancia y no como negligencia. Para el repartidor, el autónomo o la administrativa que vive pendiente de un mensaje del jefe, la desconexión no es una elección ética. Es un riesgo.

El descanso de quien no tiene otro descanso

Hay además una razón más íntima por la que la pantalla se concentra en las clases con menos recursos. Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir mostraron que vivir con poco consume ancho de banda mental. Después de una jornada larga, precaria y agotadora, el scroll infinito no es un vicio: es el ocio más barato y menos exigente que existe, una desconexión de la propia realidad más que de la tecnología. Juzgarlo desde la atalaya de quien tiene un fin de semana en la sierra y una biblioteca en casa es, además de injusto, intelectualmente perezoso.

Los niños, donde la brecha se hereda

Donde este fenómeno se vuelve preocupante de verdad es en la infancia. Los datos de Common Sense Media en Estados Unidos han mostrado de forma reiterada que los adolescentes de hogares con menos ingresos pasan en torno a dos horas diarias más frente a pantallas de entretenimiento que los de hogares acomodados. No porque sus padres quieran menos a sus hijos, sino porque la pantalla es la canguro más asequible del mercado.

Quien le da el móvil a su hijo durante la tarde entera casi nunca es una madre o un padre indiferente. Suele ser alguien que trabaja a turnos, que no puede teletrabajar, que no tiene un parque cerca ni una extraescolar pagada, y que a veces no ha tenido a nadie que le explique lo que ese estímulo continuo hace a un cerebro en desarrollo. Frente a una tarde de Reels o de partidas en línea con amigos, la alternativa real no es un taller de cerámica: es un piso pequeño y un niño aburrido.

Conviene decirlo claro, porque este debate suele acabar convertido en un juicio contra las familias, y casi siempre contra las madres. Son ellas quienes, en la mayoría de los hogares, siguen cargando con el grueso de los cuidados. Y son ellas quienes reciben la mirada reprobatoria cuando el niño aparece con una tableta en el restaurante. Pero una madre que llega a casa después de una jornada interminable, con la cena por hacer y los deberes por revisar, no está fallando a su hijo cuando le deja el móvil media hora. Está sosteniendo lo que puede. El agotamiento no es un defecto de carácter. Es el resultado de horarios imposibles, de salarios que obligan a encadenar trabajos y de una conciliación que existe más en los discursos que en la vida real. Culparlas es la forma más cómoda de no mirar el problema: si la pantalla se ha convertido en la canguro de tantos hogares, no es porque falte cariño, sino porque falta tiempo. Y el tiempo, como todo lo demás, también se reparte según la clase.

Mientras tanto, las familias con más capital económico y cultural son las que más presionan para retirar dispositivos de las aulas: tienen más información, más tiempo y más capacidad de ser escuchadas. En los distritos con menos recursos, en cambio, se sigue vendiendo la tecnología educativa como herramienta para cerrar brechas y optimizar presupuestos. La paradoja es cruel: la política pública que durante años persiguió dar pantallas a los pobres puede estar consolidando la próxima desigualdad.

El último informe PISA, publicado este mes, ofrece una pista interesante. Los alumnos españoles han empeorado en lectura, matemáticas y ciencias, y la OCDE confirma lo que muchos docentes ya intuían: cuanto más tiempo pasan los adolescentes frente a pantallas por diversión, peor leen. Pero España sigue siendo uno de los países donde el origen socioeconómico pesa menos en los resultados. Y el 86% de sus alumnos estudia ya en centros que prohíben el móvil, frente a menos de la mitad en la media de la OCDE. La escuela, cuando decide, iguala. El problema es que la jornada escolar termina a media tarde, y a partir de ahí cada niño vuelve a la pantalla que su casa puede, o no puede, apagar.

Porque lo que más predice el rendimiento escolar no es el software, sino algo mucho más antiguo: la conversación. Los niños que hablan en casa sobre lo que han vivido en clase aprenden más y con mejor actitud. Y la conversación requiere lo único que la pantalla no ofrece y la precariedad raciona: tiempo compartido.

Y lo que viene será todavía más fino. La próxima brecha no separará a quien tiene pantalla de quien no la tiene, sino a quien recibe atención humana de quien recibe atención artificial. Lo advierte la cirujana pediátrica Dana Suskind, de la Universidad de Chicago, en su último libro, Human Raised: si no se exige lo mismo a todas las escuelas, la educación centrada en el ser humano acabará siendo un privilegio en lugar de un derecho. Los hijos de las familias acomodadas tendrán profesores con tiempo, tutores particulares y conversación en la mesa; a los demás se les ofrecerá un asistente de inteligencia artificial disponible las veinticuatro horas, presentado como la democratización del conocimiento. Puede ser una herramienta útil, pero no conviene confundir el acceso a una máquina que responde con el acceso a alguien que escucha. Cuando la atención humana se vuelve escasa, se vuelve cara, y lo caro acaba siendo, otra vez, cosa de pocos.

El nuevo lujo es invisible

Si Thorstein Veblen, que hace más de un siglo acuñó la idea de consumo ostentoso, escribiera hoy, probablemente no hablaría de joyas ni de carruajes, sino de atención. El recurso escaso de nuestra época no es el dispositivo, sino la capacidad de sustraerse a él. Y como todo recurso escaso, se distribuye de forma desigual y se transmite de padres a hijos.

El verdadero lujo ya no se lleva en la muñeca ni en la solapa. Consiste en poder decir no a la notificación, en tener a alguien, o algo, que la atienda por ti, y en poder regalarle a tu hijo una tarde sin algoritmos. Es un lujo silencioso, como el de quien no enseña su dinero: no necesita logo porque quien lo tiene no necesita demostrarlo.

El mercado, por supuesto, ya se ha dado cuenta. La desconexión se ha convertido en producto: retiros de digital detox a precio de hotel de cinco estrellas, teléfonos minimalistas de diseño que cuestan lo mismo que un smartphone, colegios privados que se anuncian con orgullo como libres de pantallas. Las mismas economías que fabrican la dependencia venden ahora el antídoto, y lo venden, cómo no, a quien puede pagarlo. A unos se les ofrece la cura con envoltorio de lujo; a otros, la enfermedad gratis, pagada con sus datos y su atención.

Por eso la respuesta no puede recaer sobre las familias. Si quienes diseñan estas tecnologías saben lo suficiente como para proteger a sus hijos de ellas, saben también lo suficiente como para hacerlas menos dañinas. El scroll infinito, la reproducción automática o las notificaciones pensadas para no soltar a nadie no son accidentes técnicos: son decisiones de diseño, y como tales pueden corregirse. Corresponde a las empresas asumir esa responsabilidad y a los poderes públicos exigírsela, igual que en su día se exigió a la industria del tabaco o del alcohol que dejara de dirigirse a los menores. Limitar no es demonizar la tecnología. Es impedir que el coste de su diseño lo paguen siempre los mismos: los hogares que no tienen a nadie que apague la pantalla por ellos.

La pregunta política no es si debemos usar menos pantallas. Es quién podrá permitírselo. Y si no queremos que la desconexión se convierta en el próximo marcador de clase, tendremos que entender que no se trata de una virtud individual, sino de un bien común que hay que proteger con tiempo, espacios públicos, escuelas y derechos laborales. De lo contrario, seguiremos aplicando la regla del narco a escala social: unos fabrican la mercancía y otros la consumen.


por RETINAMiguel Alexandre Barreiro-Laredohttps://retinatendencias.com/analisis/la-pantalla-es-el-nuevo-logo/

lunes, 2 de noviembre de 2026

Qué es la "depresión sonriente" y cómo puedes identificarla


La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

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Cuando piensas en alguien con depresión, probablemente te lo imagines luchando por levantarse de la cama.

Tal vez llora mucho, se aísla de sus amigos o apenas tiene energía para afrontar el día.

Probablemente no te imaginas a esa misma persona contando chistes en la cena, llevando una ajetreada vida social y destacando en el trabajo.

Pero para las personas que padecen la llamada "depresión sonriente", puede que sea exactamente así.

Y a veces la persona engañada no es un amigo, tu pareja o tu compañero de trabajo, sino tú mismo.

¿Qué es la "depresión sonriente"?

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Según la OMS, unos 322 millones de personas en todo el mundo padecen depresión.

La "depresión sonriente" no es un diagnóstico reconocido oficialmente, pero las búsquedas del término en internet han aumentado un 50% en los últimos cinco años.

"[Significa] aparentar felicidad por fuera, mientras que por dentro te sientes deprimido y desanimado", afirma la doctora Olivia Remes, investigadora en salud mental de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

Todos nos sentimos decaídos de vez en cuando. Pero para 322 millones de personas en todo el mundo, esos sentimientos se convierten en depresión, según la Organización Mundial de la Salud.

Esto ocurre cuando síntomas como la tristeza persistente o la pérdida de interés y disfrute duran semanas o meses, y afectan el trabajo, las relaciones, el sueño y la vida cotidiana.

Pero la depresión no siempre se manifiesta como cabría esperar. De hecho, algunos estudios sugieren que hasta el 40% de las personas con depresión experimentan una forma "atípica" en la que los síntomas se desvían de los estereotipos.

Por ejemplo, una persona podría dormir o comer más de lo habitual, en lugar de menos, y puede que su estado de ánimo mejore temporalmente cuando sucede algo bueno o emocionante.

También, hay evidencia de que las personas con depresión pueden tratar de ocultar camuflando o enmascarando ciertos rasgos o emociones para pasar desapercibidas.

¿Por qué la gente oculta su depresión?

Algunas personas con "depresión sonriente" ni siquiera se dan cuenta de que están deprimidas, así que tampoco saben que lo están ocultando.

"Podrían pensar que sus síntomas son simplemente un efecto secundario de llevar una vida ajetreada y estresante", dice Remes.

Es particularmente común en personas perfeccionistas y meticulosas querer evitar que los demás se den cuenta.

"Tienen altas expectativas de sí mismos y puede que no quieran admitir, ni a sí mismos ni a los demás, que están pasando por dificultades", afirma.

Algunas personas temen el estigma y ser una carga para los demás. Algunos estudios demuestran que otras pueden preocuparse por ser juzgadas o por tener consecuencias en el trabajo o en sus relaciones personales.

Las expectativas culturales o familiares también pueden hacer más difícil hablar abiertamente.

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Sentirse más sensible al rechazo o a las críticas de lo normal puede ser un signo de depresión.

¿Cuáles son los riesgos de ocultar la depresión?

Los expertos afirman que guardar las apariencias puede ser peligroso.

"La depresión nos aísla y nos hace sentir solos, y a menudo uno de los mejores antídotos contra el bajo estado de ánimo es conectar con los demás", afirma el profesor Barney Dunn, psicólogo clínico de la Universidad de Exeter.

Ocultar la depresión también puede implicar que las personas no reciban la ayuda que necesitan.

"Los primeros síntomas, si no se tratan, pueden convertirse en algo crónico y grave, y aumentar el riesgo de suicidio", afirma Remes.

Siete señales de depresión que pasan inadvertidas fácilmente

Algunos cambios pueden pasar inadvertidos fácilmente, pero ser señales de que las cosas no están bien.

1. Dejar de disfrutar de las cosas

Si las cosas que normalmente esperas con ilusión, como ver a tus amigos, ir al gimnasio o incluso tu programa de televisión favorito, empiezan a parecerte una obligación, quizás valga la pena indagar un poco más a fondo.

"Es fácil atribuir la falta de placer o interés en los pasatiempos habituales al ajetreo y al ritmo de vida acelerado", dice Remes.

2. Sentir los brazos o las piernas inusualmente pesados

Conocida como "parálisis plumbea", esta sensación de pesadez en las extremidades que hace que los movimientos cotidianos resulten más difíciles puede ser un signo de depresión atípica.

3. Cancelar planes una y otra vez

A veces puedes aparentar estar bien cuando estás con otras personas, pero cancelas tus planes cuando tu estado de ánimo decae y ya no puedes disimular cómo te sientes.

4. Dormir más, pero aún sentirse agotado

Es posible que sigas realizando todas tus actividades normales, pero te sientas cada vez más agotado.

"Las tardes pueden ser especialmente difíciles", dice Remes, "ya que las personas con esta afección pueden sentirse peor al final del día y necesitar dormir más de lo habitual".

5. Ser más sensible a las críticas o al rechazo

Un comentario casual de tu jefe o la cancelación de planes por parte de un amigo pueden dolerte mucho más de lo habitual.

Según Remes, una mayor sensibilidad a las críticas o al rechazo, que también es algo que pueden experimentar las personas con TDAH, es una característica de la depresión atípica.

6. Ser siempre el gracioso o el servicial

Una persona que lucha contra la depresión no siempre se aísla. A menudo, puede acabar haciendo lo contrario, como convertirse en el alma de la fiesta, volcarse en el trabajo o desvivirse por ayudar a los demás.

7. Tu monólogo interior es constantemente negativo

Puede que aparentes seguridad en ti mismo, aunque internamente seas mucho más crítico contigo mismo.

La inseguridad, los sentimientos de inutilidad y los pensamientos de vacío son posibles señales de alerta.

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Los expertos señalan que la depresión no siempre cumple con la imagen estereotípica de una persona que no se para de la cama.

¿Qué puede ayudar?

El término "depresión sonriente" no está exento de críticas.

Si bien puede ayudar a las personas a reconocer y nombrar lo que están experimentando, también puede "simplificar demasiado" una experiencia compleja, afirma Remes.

"La palabra 'sonreír' te hace pensar en alegría y felicidad", dice, "pero la característica principal de esta condición es en realidad la desesperanza, el vacío y la falta de valía".

El profesor Dunn sugiere empezar poco a poco, compartiendo brevemente cómo te sientes con alguien de confianza.

"A menudo, las personas se sorprenden de que esto pueda fortalecer sus relaciones con los demás, ayudarlas a sentirse conectadas y darse cuenta de que no están solas", afirma.

Y si estás sufriendo, recomienda que hables con tu médico.

"Existen pruebas sólidas de que hablar, los fármacos [antidepresivos] y las terapias sociales pueden ser eficaces", afirma.


Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.

    • Isabel Shaw
    • Título del autor,Equipo de salud global, Servicio Mundial de la BBC
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 6 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/cmwyvd29kgkyo

domingo, 1 de noviembre de 2026

Sobrevivir al cáncer entre bombardeos: la guerra también se libra en los hospitales de Ucrania


Un mural en una pared del hospital Okhmadyt de Kiev. 
(EFE/Sergey Dolzhenko)


Las revisiones aplazadas y las dificultades para acceder a pruebas retrasan la detección. Cada vez llegan más pacientes con tumores avanzados al Instituto Nacional del Cáncer, mientras otros afrontan largas esperas para recibir atención oncológica



"A veces sonaba la sirena de ataque aéreo mientras me estaban administrando la quimioterapia. Si ya me costaba salir al pasillo, no digamos llegar hasta el refugio", cuenta Olena Chumliar, paciente de cáncer de mama desde hace dos años. El tratamiento de su enfermedad ya es duro de por sí, por las pruebas, tratamientos, efectos secundarios y el impacto del diagnóstico. A todo ello, en la Ucrania en guerra, se le suman otros peligros a los que se exponen los pacientes: alertas de ataques aéreos, bombardeos y cortes de electricidad que pueden interrumpir el tratamiento en cualquier momento.

Cada año se diagnostica cáncer a más de 100.000 personas en Ucrania. Sin embargo, las cifras pueden dar la impresión de que los casos están disminuyendo. Según los datos del Registro Nacional del Cáncer, se registraron 138.509 en 2019, frente a 122.842 en 2023 y 124.801 en 2024, mientras que las cifras de 2025 aún se están verificando. Entre los cánceres más frecuentes se encuentran el de mama (22,2%) y el de útero (10,1%) en las mujeres, y el cáncer de próstata (14,9%) y los cánceres de tráquea, bronquios y pulmones (13,3%) en los hombres.

"Son cifras difíciles de interpretar. La guerra impide que dispongamos de datos fiables de las tasas de cáncer", afirma Arman Kacharian, director médico del Instituto Nacional del Cáncer. "Hay que tener en cuenta que las personas de los territorios ocupados temporalmente y de las regiones cercanas al frente tienen un acceso limitado al diagnóstico. Además, no olvidar al gran número de desplazados dentro de Ucrania y a los millones que han abandonado el país, han recibido protección temporal en el extranjero y, en muchos casos, tratamiento oncológico gratuito. Por lo tanto, en este momento no se puede confirmar que las tasas de cáncer en Ucrania estén disminuyendo o aumentando".

Kacharian añade que la guerra también afecta a la detección precoz del cáncer. Cada vez llegan más pacientes al instituto con la enfermedad en fase avanzada. Existen varias razones, como que la guerra dificulta el acceso a los centros médicos, incluidos los centros oncológicos y los hospitales regionales de referencia.

Las fuerzas rusas atacan cada vez con más frecuencia los trenes de pasajeros, y las ofensivas siguen causando daños en la infraestructura médica. Como reflejan los del Ministerio de Sanidad, a 1 de septiembre de 2026, había 2687 instalaciones de 854 centros sanitarios dañadas o destruidas, siendo las regiones de Járkov, Donetsk, Dnipropetrovsk, Jersón, Mykolaiv y Kiev las más afectadas.

Los ataques también causan perjuicios en los almacenes de suministros médicos. El 3 de septiembre, un ataque ruso dañó el complejo logístico Biocon, situado en el distrito de Boryspil de la región de Kiev, uno de los almacenes farmacéuticos más grandes del país. Los distribuidores de medicamentos, como Optima-Pharm, Universal Logistic y BaDM, también han sido objeto de ataques.

"Si los almacenes de los proveedores sufren daños, los hospitales pueden quedarse sin artículos que parecen básicos, pero que son esenciales, como guantes o jeringuillas. Por eso, deben contar con varias vías de suministro, existencias de reserva y planes de contingencia para hacer frente a posibles interrupciones", comenta Kacharian.
La guerra cambia la forma de sentir

Cuando las personas se centran en la supervivencia y se encuentran bajo un estrés constante, es fácil que las revisiones médicas pasen a un segundo plano, señala Kacharian. La gente pospone las citas con el médico, con lo que aumentan las posibilidades de que el cáncer se diagnostique en una fase avanzada.

Rina Zaichenko se enteró de que tenía cáncer en verano de 2023, a los pocos días de casarse. Todo comenzó con un dolor renal. Durante un mes, los médicos no supieron determinar qué le pasaba. Tenía los niveles de creatinina, que sirven para evaluar la función renal, demasiado altos, por lo que no se le podía realizar de inmediato un TAC con contraste.

Cuando finalmente los médicos le hallaron una masa en el riñón, uno de ellos pensó que se trataba de un quiste y le indicó a Zaichenko que volviera a los dos meses para realizarle una ecografía de seguimiento. Entonces, por casualidad, le atendió otro médico que también estaba siguiendo su caso. Este temió que la masa pudiera ser cancerosa y la derivó al oncólogo, quien confirmó el diagnóstico e indicó que había que extirpar la lesión. Finalmente, derivaron a Zaichenko al Instituto Nacional del Cáncer para intentar salvarle el riñón.

"En aquel momento, sabía muy poco sobre la patología. Me daba miedo ir a un centro oncológico. Al principio, el médico me tranquilizó, diciéndome que solo era un estadio II. Era un tumor pequeño y me lo podían extirpar. Pero al hacerme un TAC de los pulmones antes de la cirugía, vieron que ya había metástasis. Mi cáncer de estadio II había pasado a ser un estadio IV", recuerda la mujer.

Se sometió a varias intervenciones quirúrgicas. Primero le extirparon el tumor renal, aunque conservando el riñón. Seis meses después, le extirparon las metástasis de ambos pulmones en dos operaciones distintas. Casi todo el tratamiento fue gratuito; solo tuvo que pagar algunos medicamentos. Pero el proceso en Kiev planteaba una dificultad añadida: las alertas de ataques aéreos y los bombardeos podían interrumpirlo en cualquier momento.

"En ese momento los ataques no eran tan intensos como ahora, pero a mí me producían mucho estrés. Tras las operaciones, me costaba mucho caminar; llevaba una sonda y un drenaje. Así que, cuando sonaba la sirena, me resultaba físicamente imposible levantarme e ir al refugio", explica Zaichenko. Además, su marido es militar, por lo que no siempre podía estar a su lado cuando lo necesitaba durante el tratamiento.

"Cuando tienes cáncer, hace falta más que atención médica. A veces necesitas que alguien te ayude a llegar a la consulta, te apoye durante un procedimiento o se siente a tu lado cuando tienes miedo", cuenta Zaichenko. "Por suerte, mi madre siempre estuvo a mi lado. Pero muchas veces los pacientes con cáncer no cuentan con ese apoyo. Sobre todo después de una operación, cuando tienes que ir de un lado a otro, firmar documentos o encontrar al médico correspondiente. Es posible que te encuentres agotada y sin fuerzas para saber adónde tienes que ir o qué tienes que hacer".

El cáncer no consiste solo en el tratamiento. El paciente tiene que tomar decenas de decisiones estando asustado, agotado y sin saber qué le deparará el futuro. Por eso, Zaichenko sostiene que los centros oncológicos deberían contar con especialistas o voluntarios que ayuden a los pacientes a desenvolverse durante todo el proceso, para que sepan qué pruebas tienen que hacerse, qué documentos deben reunir y adónde han de acudir, además de proporcionarles apoyo emocional.

Esta mujer lleva ya dos años en remisión, aunque al principio tenía que someterse a pruebas de seguimiento cada seis meses. Ahora, acude una vez al año, aunque esto también plantea sus dificultades. Los médicos recomiendan realizar un PET-TAC, ya que puede revelar más información que un TAC convencional con contraste. El problema es conseguir una cita. En Ucrania, solo hay tres hospitales donde se realizan PET-TAC —dos para adultos y uno para niños— y se encuentran en Kiev. Eso se traduce en largas listas de espera. Si hay derivación médica, el PET-TAC debería ser gratuito, ya que está incluido en la lista de pruebas diagnósticas que cubre el sistema público.

Sin embargo, hay tanta lista de espera que mucha gente acaba pagando la prueba de su propio bolsillo. Esta puede costar entre 25.000 y 30.000 hryvnias (unos 500 o 600 euros). Pero incluso pagando, es posible que haya que esperar.

"Este verano, empecé a llamar con antelación para reservar la próxima prueba. En junio, me dijeron que volviera a llamar en julio, cuando se abrieran las citas. En julio, me enteré de que la máquina estaba en reparación o mantenimiento. Me explicaron que las citas se abrirían a mediados de septiembre, y que las primeras pruebas ya estaban programadas para noviembre. Por suerte, yo puedo esperar porque estoy en remisión, pero hay personas que no pueden", relata Zaichenko.

La escasez de equipos de PET-TAC se debe a su alto coste, al mantenimiento y a la falta de radiofármacos especializados. Estas sustancias, además, caducan en cuestión de horas, por lo que no pueden transportarse a largas distancias, por ejemplo, desde Kiev a otras regiones.

En 2025, el Ministerio de Sanidad anunció planes para construir otros dos centros de medicina nuclear. Uno estará en Lviv, en la Universidad Nacional de Medicina de Lviv Danylo Halytskyi, en colaboración con el Centro Oncológico de Lviv; el otro, en Kiev, en el Instituto Nacional del Cáncer. Ya se han adquirido dos equipos por un importe de 445,05 millones de hryvnias (unos 8,7 millones de euros). El ciclotrón, el componente principal, tarda mucho tiempo en fabricarse, por lo que no se espera que se pueda entregar hasta julio de 2027.

"Había cola para quimioterapia desde las seis de la mañana": la historia de Olena Chumliar, de Odesa

En junio de 2024, Olena Chumiliar, natural de Odesa, se vio por casualidad un pequeño bulto cerca de la clavícula. Era tan discreto que, al principio, apenas le dio importancia. Al cabo de un mes, empezó a tener dolor y acudió al médico. El especialista en mama que lo atendió sospechaba que se tratase de un fibroadenoma, un tumor mamario benigno, pero le recomendó hacerse una biopsia en un centro oncológico. "Cuando me dieron los resultados, resultó ser una de las formas más agresivas de cáncer de mama. Como puede progresar rápidamente, el tratamiento comenzó de inmediato", recuerda.

Comenzó con quimioterapia para detener la progresión del tumor y, a continuación, se sometió a una intervención quirúrgica. El centro oncológico disponía de todos los medicamentos que necesitaba, por lo que su tratamiento fue gratuito. A veces oía que ciertos fármacos no estaban disponibles y, cuando escaseaban, los pacientes tenían que buscarlos en otras ciudades o regiones. "Yo tuve suerte: pude recibir las seis sesiones de quimioterapia sin ninguna interrupción. Lo único que podía obligar a suspender una sesión era una alerta antiaérea", asegura.

Según cuenta, el gran número de pacientes dificultaba mucho conseguir consulta con un médico especialista en quimioterapia sin cita previa. Llegaba al centro oncológico a las seis de la mañana, con la esperanza de que la atendieran a tiempo para recibir la sesión. Pero, si sonaba una alerta antiaérea, todo se detenía. Se dejaba de atender a los pacientes y el tratamiento podía retrasarse aún más. "Una vez, la alerta antiaérea comenzó mientras me estaban administrando la quimioterapia. A los pacientes nos trasladaron al pasillo, donde esperé, conectada al gotero, hasta que cesó la alerta. Físicamente me resultaba demasiado difícil bajar al refugio", cuenta Chumliar.

"Logré superar el tratamiento sin que faltaran los medicamentos, aún recuerdo las colas interminables"

La zona donde se encuentra el centro oncológico solía ser blanco de misiles y drones Shahed, por lo que Chumliar temía aún más por su vida. Aun así, completó el tratamiento y recibió la última infusión de terapia dirigida en enero de 2026. Ahora sigue un tratamiento hormonal y se somete a revisiones periódicas.

"Aunque logré superar el tratamiento sin que faltaran los medicamentos, aún recuerdo aquellas colas interminables y los estrechos pasillos abarrotados de gente", explica. "Necesitamos un sistema más claro. Los pacientes no deberían tener que hacer cola desde las seis de la mañana para recibir quimioterapia. Además, se debería mejorar la comunicación en el hospital. Es evidente que todo el mundo está sometido a mucha presión, pero al personal sanitario no se le puede olvidar a lo que se enfrentan los pacientes con cáncer. Luchan contra una enfermedad grave al tiempo que se enfrentan a lo que les impone la guerra".


Los centros oncológicos durante la guerra

Las dificultades a las que se enfrentan los centros sanitarios han ido variando a lo largo de la invasión a gran escala, reconoce Kacharian. En 2022, uno de los mayores problemas era conseguir medicamentos y material sanitario. Con el espacio aéreo de Ucrania cerrado, el transporte se volvió mucho más difícil.

Al mismo tiempo, millones de personas se desplazaron. Los residentes de las regiones del norte, este y sur afectadas por la guerra se trasladaron a ciudades más seguras del centro y el oeste. El personal sanitario también se desplazó, con lo cual, algunos hospitales quedaron prácticamente vacíos y sin pacientes, mientras que otros se vieron desbordados.

"Al principio, la gente ni siquiera sabía si podría continuar con el tratamiento, dónde podría conseguir los medicamentos o qué pasaría", narra Viktoriia Romaniuk, presidenta de Athena. Women Against Cancer, una organización sin ánimo de lucro que representa a más de 50.000 pacientes con cáncer. "Recuerdo un centro oncológico de Kiev en el que se dio de alta a los pacientes que podían desplazarse por sí mismos, mientras que a los que estaban en cuidados intensivos o se recuperaban de una intervención quirúrgica se los trasladó a un refugio, donde los médicos continuaron tratándolos. Fue increíblemente estresante tanto para los pacientes como para el personal sanitario".

La situación mejoró gradualmente, pero la guerra trajo consigo otros retos: cortes de electricidad y ataques contra infraestructuras críticas. Para que los hospitales fueran más autosuficientes, el Gobierno y los donantes internacionales financiaron generadores, pozos y bombas y, cuando fue posible, sistemas de calefacción independientes.

"Las alertas de ataques aéreos siguen siendo un problema complejo para los hospitales. Cuando se está realizando una intervención quirúrgica, no se puede parar. El personal conoce los riesgos, existen planes de evacuación y los refugios están equipados. Pero es difícil establecer un único procedimiento de respuesta claro para todas las alertas de ataque aéreo. Cada situación es diferente, por lo que los hospitales deben evaluarla caso por caso y tomar decisiones flexibles", sostiene Kacharian.

La experta sostiene que muchos de los problemas en los centros sanitarios se deben a la mala comunicación. El estrés constante pone a todo el mundo al límite, por lo que es especialmente importante preservar el respeto mutuo entre administradores, personal sanitario y pacientes.

"Los administradores deben seguir comunicándose y estar dispuestos a escuchar las quejas tanto del personal como de los pacientes. El personal sanitario debe comprender que la gente no acude al hospital porque le apetezca. Tienen una necesidad, a menudo grave. Además del estrés de la guerra, se enfrentan a una enfermedad grave. Los pacientes, por su parte, deben recordar que los médicos trabajan bajo una presión enorme", afirma el director del instituto oncológico.

"El Instituto Nacional del Cáncer no sufre en estos momentos gran escasez de personal", añade Kacharian. Algunos empleados que se habían marchado han regresado, y los empleados varones han quedado exentos de la movilización. El agotamiento sigue siendo un problema grave. Los equipos médicos llevan años trabajando bajo alertas de ataques aéreos y bombardeos. Incluso llegar al trabajo resulta más difícil ahora, ya que los atascos y los retrasos en el transporte público se suman a la tensión.

"La guerra y todo el estrés acumulado afectan a la forma en que interactúan los pacientes y los profesionales sanitarios y pueden alimentar los conflictos. Pero es importante no culpar a ninguna de las partes. En estos momentos, tanto los pacientes como los médicos necesitan respeto mutuo, comprensión y apoyo", concluye Romaniuk.