jueves, 25 de junio de 2026

Las razones por las que está cayendo más chatarra espacial a la Tierra que nunca



Un trozo del SpaceShipTwo de Virgin Galactic que cayó en California. 
(REUTERS/Lucy Nicholson)



El aumento exponencial de lanzamientos espaciales y el uso de fibra de carbono elevan el riesgo de que residuos orbitales sobrevivan la reentrada y caigan sobre zonas habitadas




Cuando se trata de basura espacial, lo que sube está bajando cada vez más a menudo, y no de forma segura.

Cuando se lanzan naves espaciales, algunos componentes, entre ellos los cohetes propulsores no reutilizables, se separan para reducir el peso y se dejan arder intencionadamente al reentrar en la atmósfera. Los satélites también entran en la atmósfera al final de su vida útil y, supuestamente, se incineran. Pero en muchos casos, no lo hacen como se preveía.

Los residuos procedentes de componentes de naves espaciales y satélites que se incineran parcialmente al reentrar en la atmósfera terrestre pueden suponer un riesgo para personas y estructuras en tierra. El aumento de lanzamientos, impulsado en gran medida por actores privados como SpaceX, está convirtiendo un riesgo antaño remoto en una amenaza creciente.

Nuestro grupo de investigación de materiales de la Universidad de Wisconsin-Stout estudia los materiales que permiten a los residuos de reentrada sobrevivir al proceso. Buscamos formas de modificar de manera segura sus extraordinarias cualidades resistentes al calor para hacer la reentrada atmosférica menos peligrosa.


Residuos que caen a la Tierra

Desde 2021, residuos de reentrada han caído sobre propiedades privadas y públicas de todo el mundo en numerosas ocasiones. Algunos de los casos más destacados implican fragmentos del maletero de fibra de carbono de la cápsula Dragon de SpaceX, que permanece unido a la cápsula tripulada hasta pocas horas antes de la reentrada. Estos maleteros son mayores que una furgoneta de quince plazas y se utilizan para almacenamiento.

Residuos del maletero de la misión Crew 7 a la Estación Espacial Internacional cayeron en Carolina del Norte, y fragmentos de la misión Crew 1 cayeron en Nueva Gales del Sur, Australia. Del mismo modo, restos de la misión Axiom 3 cayeron en Saskatchewan, Canadá.

Además de los maleteros, los componentes de fibra de carbono que contienen gases a presión para ajustar la orientación de la nave también constituyen una gran parte de los residuos de reentrada recuperados. Algunas de las recuperaciones más recientes han tenido lugar en Australia, Argentina y Polonia.

La mayoría de los residuos que reentran en la atmósfera se incineran. Entonces, ¿por qué estos fragmentos llegan a la superficie terrestre?


La reentrada atmosférica

Satélites como Starlink de SpaceX orbitan en órbita baja terrestre, normalmente entre 300 y 2.000 kilómetros sobre la superficie de la Tierra. Para mantenerse en órbita, deben moverse a gran velocidad, en torno a 27.000 km/h. Para alcanzar esta velocidad, un cohete con casi medio millón de litros de combustible tuvo que acelerarlos, y parte de esa energía sigue contenida en el impulso del satélite.


placeholderUn presunto satélite Starlink cayendo sobre Puerto Rico en febrero de 2022. (Sociedad astronómica del Caribe)
Un presunto satélite Starlink cayendo sobre Puerto Rico en febrero de 2022. (Sociedad astronómica del Caribe)

Cuando un objeto en órbita desciende y se acerca a la atmósfera superior de la Tierra, comienza a chocar con moléculas de aire, frenando el objeto. El calor generado por esta interacción consume rápidamente el satélite, fundiendo el metal a más de 1.600 grados Celsius.


Más lanzamientos

Los países del mundo llevan lanzando objetos al espacio desde los años cincuenta, ¿por qué la reentrada es ahora motivo de preocupación?

Desde los años sesenta, se lanzaban al espacio unos 100 objetos al año, al menos hasta 2016. Desde entonces, el número ha aumentado de forma exponencial. En 2016 se lanzaron 200 objetos, pero en 2025 esa cifra fue de 4.500, lo que significa que el 20 % de todos los objetos lanzados al espacio desde los años cincuenta se lanzaron el año pasado.

La mayoría de estos lanzamientos procedieron de empresas estadounidenses, como SpaceX y Rocket Lab. Estas compañías, junto con otras de fuera de EEUU, tienen planes para grandes constelaciones de satélites compuestas de cientos de miles o incluso un millón de satélites.

Cuantos más objetos y cargas útiles se lanzan, más eventos de reentrada se producen. Los operadores de satélites están obligados a retirar de la órbita sus satélites desactivados en un plazo de 25 años para cumplir con las normativas establecidas por organismos internacionales. Grupos de todo el mundo, incluida la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU, han impulsado la reducción del periodo de desórbita a cinco años. Debido a estas directrices, el impacto total de los eventos de reentrada de residuos procedentes de lanzamientos recientes no se sentirá hasta dentro de diez o más años.

Los objetos lanzados y las decisiones políticas tomadas hoy tendrán un efecto duradero sobre la seguridad futura.


La fibra de carbono

A medida que el mundo ha avanzado tecnológicamente, también lo ha hecho la eficiencia en los lanzamientos espaciales.

Los satélites y las naves espaciales son cada vez más ligeros, resistentes y capaces de soportar el calor, gracias a materiales como los plásticos reforzados con fibra de carbono y los nuevos metales. Estos materiales resistentes son muy valorados por su ligereza, pero también pueden hacer que los residuos de desórbita soporten las temperaturas de reentrada.

La fibra de carbono, que en su día era de uso exclusivo en tecnología espacial, se encuentra hoy en objetos cotidianos como cuadros de bicicleta y carrocerías de coches de carreras. Sigue siendo el material de referencia para fabricar componentes de alta resistencia y bajo peso para componentes de naves espaciales, como fuselajes de cohetes, estructuras de unión entre etapas y depósitos a presión que soportan temperaturas extremas y elevadas tensiones mecánicas.

Los metales simples como el aluminio y el acero se funden y se incineran, mientras que materiales complejos como la fibra de carbono, fabricada a temperaturas de hasta 3.000 °C, se queman de forma impredecible, alterando el modo en que los componentes separados se fragmentan durante la reentrada.

Desde principios de los años 2000, la mayor parte de los residuos espaciales recuperados contiene secciones de plástico reforzado con fibra de carbono o componentes metálicos revestidos de fibra de carbono. La fibra de carbono puede actuar como escudo térmico involuntario para residuos más pesados y potencialmente más peligrosos.


Diseñar para la desintegración

El diseño para la desintegración es un importante ámbito de investigación centrado en mitigar el riesgo de los residuos de reentrada. En lugar de depender de desórbitas controladas y minuciosamente programadas que conducen los componentes supervivientes al océano al final de su vida útil, los componentes de las naves espaciales se diseñan para garantizar que se desintegren por completo durante la reentrada atmosférica.

El diseño para la desintegración puede adoptar múltiples formas. Estas van desde el uso de materiales más susceptibles al calor hasta la reubicación de los componentes más difíciles de incinerar en zonas de la nave que alcanzan mayores temperaturas durante la reentrada, o el empleo de uniones que se rompen a altas temperaturas para separar las estructuras en componentes más pequeños y facilitar su incineración.

Dado que históricamente el objetivo ha sido siempre fabricar naves con los materiales más ligeros, resistentes y refractarios disponibles, puede parecer contraproducente debilitar intencionadamente algunos de ellos. La clave está en hacer los materiales más inteligentes, de modo que mantengan su resistencia durante la misión pero cedan ante el calor de la reentrada.


miércoles, 24 de junio de 2026

Qué nos puede enseñar el Crash de 1929 sobre los peligros que enfrenta la economía en la actualidad


Los mensajeros de las casas de bolsa se agolpan en torno a un periódico tras el primer desplome de la bolsa de Wall Street el 24 de octubre de 1929.

Getty Images


Para muchos economistas, los indicadores que la bolsa de Nueva York registra actualmente -y desde hace un tiempo- generan desconcierto.

A pesar de varios años de conflicto en Ucrania y Medio Oriente, con un repentino cierre en el estrecho de Ormuz que ha traído caos al mercado energético mundial, la bolsa sigue subiendo.

En febrero, el índice Dow Jones -que promedia el valor de las 30 compañías estadounidenses más grandes- superó su techo histórico de los 50.000 puntos y en junio ya había superado los 52.000.

Hacia finales de mayo, el índice S&P 500 logró mantener un incremento sostenido en el precio de sus acciones durante 9 días consecutivos -algo que rara vez se registra en Wall Street- y, gracias al boom de la inteligencia artificial, el Nasdaq continúa alcanzando máximos históricos.

Y aunque en teoría este aumento puede ser una buena señal sobre la economía de EE.UU., hay quienes empiezan a hacer paralelismos con los años previos a la mayor crisis financiera que se ha registrado en la historia: la caída de la bolsa en 1929.

El podcast de la BBC More or Less habló con Andrew Ross Sorkin, autor del libro "1929: desde adentro del crash" y Too Big to Fail (Demasiado grandes para caer), para analizar en qué se parece y en qué se diferencia la situación actual con la que se vivía antes de la crisis del 29.


Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Andrew Ross Sorkin.

Para los que conocemos la historia de las finanzas, no hay una fecha más importante que 1929. Pero para aquellos que, afortunadamente, ya no se acuerdan: ¿qué fue el gran desplome de Wall Street?

El gran desplome de Wall Street de 1929 se considera la primera y más grave caída del mercado de valores de EE.UU.

La década de 1920 fue una época de gran prosperidad y dinamismo.

Aparecieron los automóviles, la radio y todo ese entusiasmo por las nuevas tecnologías que iban a cambiar el mundo.

Además, fue la primera vez que la gente común pudo invertir en bolsa. Veían cómo el mercado estaba subiendo sin parar. Y, en octubre de 1929, se vino abajo; y lo hizo con una fuerza tremenda.

Quería hacerme una idea de la magnitud de este desplome. Se lo llama el "Gran Crash". ¿Es correcto afirmar que fue la mayor crisis financiera de la historia? ¿Existe alguna forma de cuantificarla?

Creo que si analizamos no solo 1929, sino el periodo entre 1929 y 1933, observamos una caída de aproximadamente el 90% en el valor total del mercado.

Ahora bien, cabe destacar que, curiosamente, en el propio 1929 —pese a que todos lo recordamos como un gran desplome—, el mercado de valores cerró el año con una caída de apenas un 17%.

Pero...

Entre octubre y noviembre de 1929, el mercado cayó cerca de un 50%.

Así que, si uno cerraba los ojos y simplemente comparaba el principio con el final del año, podría haber pensado que no había pasado nada; más allá de ese extraordinario desplome del 50% que tuvo lugar en un momento en el que la gente común estaba invirtiendo en bolsa por primera vez, a menudo asumiendo niveles de deuda considerables, en algunos casos, con una relación de 10 a 1.

Vale la pena profundizar en ese aspecto. Entonces, si tengo US$100, pido prestados US$1.000 para comprar acciones por ese valor y luego esas acciones caen a US$500, habré perdido cinco veces más dinero del que realmente poseía.

Y tienes un problema enorme. Eso explica realmente lo que considero la primera ficha de una serie de dominós que conduce —como acabamos de mencionar— a esa caída del 90% para cuando llegamos a 1932 o 1933.

Y, por cierto, en 1932 también se alcanzó una tasa de desempleo del 25%.


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Pie de foto,La caída de la bolsa de Nueva York en 1929 tuvo un impacto inmenso sobre la economía de EE.UU. y del mundo.

Una de tus funciones, Andrew, es aparecer en televisión hablando de finanzas. Y mientras hablas, van apareciendo cifras en la parte inferior de la pantalla: si la bolsa sube o baja, la cotización de acciones individuales, el dólar, el petróleo crudo... Existe una disponibilidad de datos absolutamente omnipresente.

Es cierto que en 1929 existía el teletipo que imprimía los precios de las acciones, pero la situación era muy distinta.

¿Qué era diferente y acaso la falta de datos de entonces hizo que la situación fuera mejor o peor?

Yo diría que la falta de datos —y, lo que es más importante, la falta de datos oportunos— no fue solo un problema.

De hecho, es lo que, en algunos casos, podría describirse como el factor que originó la crisis.

En algunos casos, íbamos literalmente cuatro, cinco o seis horas por detrás.

Cuando ves esas famosas fotos en blanco y negro de miles de personas durante el gran desplome, congregadas alrededor de la Bolsa de Nueva York —es posible que las hayas visto a lo largo de los años—, tal vez te hayas preguntado: "¿Qué están haciendo? ¿Por qué está toda esa gente en la calle?".

Toda esa gente había llegado a Wall Street para intentar averiguar físicamente qué había pasado con su dinero.

No sabían cuáles eran los precios de las acciones. Porque si estabas en una casa de bolsa —digamos, en la Quinta Avenida, a la altura de la calle 40—, podías tener tres horas de retraso; y ni hablemos de si estabas en Europa o en un barco en algún lugar.

Y, por cierto, la gente operaba desde los barcos. Podías tener hasta dos días de retraso.

Así que una de las cosas que sucedió fue que la gente se dio cuenta de lo desfasado que estaba el teletipo de cotizaciones y dijo: "Voy a venderlo todo; ni siquiera puedo participar en esto".


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Pie de foto,El terror se apoderó de los inversionistas en la bolsa de Nueva York en octubre de 1929.

¿Existe alguna forma de saber qué tan vulnerable eres ante un desplome? Es decir, desde el punto de vista de un historiador, puedes trazar índices y gráficos, pero ¿hay alguna manera de percibirlo en el momento mismo?

Mira, en lo que siempre me fijo es en la deuda.

Para mí, el apalancamiento del sistema es la cerilla que enciende el fuego. Por eso, lo que siempre observo —ya sea en el momento o a posteriori— es cuánta deuda hay en el sistema en un momento dado, porque eso es lo que a menudo desencadena el colapso y, con frecuencia, contribuye a inflar el múltiplo.

Así que eso es algo más que se puede analizar: cuál es el múltiplo en un momento determinado. Podrías usar la relación precio-beneficio (PER) o cualquier otra métrica para intentar comprender cómo se está valorando una acción en comparación con otras.

Y cuando hablamos de "múltiplo", un ejemplo clásico es simplemente preguntarse: ¿Cuán cara es esta acción en relación con los beneficios que genera la empresa? Si la empresa gana US$1 al año y la acción cotiza a US$10, el múltiplo es 10. Si la empresa gana US$1 al año por acción y la acción cuesta US$100, entonces el múltiplo es 100. Se han hecho esfuerzos para trazar estos múltiplos de precio-beneficio (o ratios PER) a muy largo plazo.

Si vemos los gráficos de la época, se ve como una montaña; se puede ver la cima. Si estás mirando en retrospectiva, se ve claramente. Aunque, es posible que si estabas en el momento, tal vez no te dieras cuenta de que era el punto culminante.

Bueno, sabes que ha subido. Lo que no sabes es si seguirá subiendo más.

Exacto. No sabes si estás en la cima de la montaña o si la montaña va a seguir creciendo... por encima de la línea de vegetación, por así decirlo. Por cierto, de igual manera se pueden observar "montañas" en los años 70 y también a finales de los 90.


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Pie de foto,"Toda esa gente había llegado a Wall Street para intentar averiguar físicamente qué había pasado con su dinero", explica Andrew Ross Sorkin.

De hecho, me gustaría abordar ese tema porque, por supuesto, una de las razones por las que 1929 resulta tan interesante —es una historia fascinante tal cual como la cuentas— es que también nos dice algo sobre la actualidad y sobre otras crisis. Si observamos esa 'montaña' —la relación precio-beneficio, que es una especie de indicador de qué tan costoso resulta comprar una parte de los beneficios en este momento—, ¿cómo se compara el pico alcanzado en 1929 con, digamos, la década de 1970, la burbuja de las "puntocom" o incluso la actualidad?

Bueno, parece alto, pero en comparación con esos otros máximos, es una cima más baja, por así decirlo.

Sin embargo, si analizamos la evolución en ese momento, se ve cómo sube y sube constantemente. Y luego se observa la caída, como en una auténtica montaña rusa... aunque ahora estoy mezclando metáforas.

En 1929, el gráfico alcanza un pico muy pronunciado, justo por encima de 30; es decir, el precio de la acción equivale a 30 veces el promedio de beneficios de los diez años anteriores. Luego desciende y no vuelve a acercarse a esa cifra. Más tarde, a finales de los años 90 y principios de los 2000 —durante la fiebre de las "puntocom"—, sube aún más, superando el nivel de 40. Después vuelve a caer. Ahora ha superado de nuevo la marca de 40. Es apenas la segunda vez en la historia que alcanza un nivel superior al del pico previo al desplome de 1929. ¿Podemos extraer alguna conclusión de esto?

Sin duda. Podemos concluir que es probable que, en algún momento —aunque no sabemos cuándo—, volvamos a desplomarnos.

Y esa es la gran cuestión existencial para todos nosotros.


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Pie de foto,Una fuerte reevaluación en los precios de las acciones durante los años 70 llevó a una temida "estanflación": inflación alta, bajo crecimiento y desempleo disparado.


Tim Harford
Título del autor,More or Less, BBC World Service* y
Autor,Nathan Gower
Título del autor,More or Less, BBC World Service*

20/06/2026
https://www.bbc.com/mundo/articles/cr5j2lpzd4yo

martes, 23 de junio de 2026

¿Por qué las colas se han convertido en una estrategia del lujo?

 

Turistas haciendo cola para entrar en la tienda de lujo de Hermès
Mané Espinosa / Propias



El prestigio de esperar: las marcas han transformado la frustración en deseo


El prestigio de hacer cola volvió en los años posteriores a la pandemia. Ante la crisis de demanda que siguió al parón global se volvieron a ver colas en muchos sitios, las más extrañas, las boutiques de lujo. La última vez que se había visto algo parecido fue al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados hacían cola en la tienda de Guerlain, de los Campos Elíseos de París, para regresar a casa con un labial de lujo para sus novias o para sus madres. Las marcas rápidamente recordaron la lección: una multitud esperando genera curiosidad, mimetismo y deseo. La gente pregunta: “¿para qué es la cola?” Hay quien ni siquiera pregunta y pide a la vez.

Las generaciones más jóvenes, nacidas con internet y criadas al calor del confinamiento y de las compras online, han encontrado un encanto especial a los inconvenientes de la vida analógica. “Las personas prefieren la profundidad a la amplitud, el contacto humano a la imitación algorítmica”, diagnostica la agencia Jack Morton, casi una biblia de las tendencias de mercado. 

“Las personas prefieren la profundidad a la amplitud, el contacto humano a la imitación algorítmica”

Las transacciones online, perfectas, convenientes y funcionales les aburren soberanamente. Quieren fricción, imprevistos, sorpresas y espera. Sin apenas tener experiencia ni recuerdos, añoran la dificultad y la frustración que acompaña al mundo físico, y también la satisfacción cuando se logra dominar. Lo analógico es caro y de difícil acceso, y te obliga a estar presente. Eso es justo lo que echamos de menos. Los expertos lo llaman fricción.

Así, marcas que fascinan a los jóvenes, como Nude Project, presumen de colas en la puerta de sus tiendas. La excusa es que quieren darle una atención personalizada a la clientela y, para conseguirlo, no pueden tener más de tres o cuatro personas dentro. Su ratio es de casi un empleado por comprador. El resto espera fuera. “Hay cierta belleza en desear algo con mucha fuerza y esperar para conseguirlo”, ha dicho en una entrevista Bruno Casanovas, uno de sus fundadores. 

Esperar es la nueva forma de acceder al lujo como algo inalcanzable 
Esperar es la nueva forma de acceder al lujo como algo inalcanzable Getty Images

La pasión ya superada primero por los Sonny Angels y luego por los Labubu acaba de afianzar la tendencia. No solo no se vendían (los auténticos) en Internet y había que comprarlos en tiendas físicas específicas, sino que había que esperar en largas colas y comprarlos a ciegas. Solo después de pagar y abrir el paquete se sabía qué Labubu se había conseguido.

Pero no solo lo hacen marcas emergentes, un clásico del lujo como Chanel también tuvo colas en las puertas de sus boutiques. Una conocida coleccionista de arte con residencia habitual en Madrid, se dedicaba a documentarlas cada semana.

Hacer cola es como un sacrificio necesario para conseguir lo que se desea
Hacer cola es como un sacrificio necesario para conseguir lo que se deseaMANE ESPINOSA

Teóricos y expertos en consumo explican la resignificación de la cola como experiencia de lujo uniendo varias hipótesis, una de ellas relaciona esperar turno con un ritual de sacrificio para conseguir lo que se desea. Esta idea del martirio podría explicar las horas de cola en Doña Manolita para adquirir unos billetes de lotería que, fácilmente,  pueden comprarse con toda comodidad  por Internet, pero una especie de pensamiento mágico hace imaginar que la fortuna premiará el esfuerzo de viajar desde lejos hasta la legendaria administración y hacer tres o cuatro horas de cola.

En la cultura de la gratificación inmediata y la conveniencia, esperar en una cola se ha convertido, irónicamente, en un símbolo de estatus. Dedicar tiempo para acceder a experiencias valiosas, como puede ser un restaurante de moda, un bolso o el drop deseado de un modelo de zapatillas, es una señal de que se posee algo que el dinero no puede comprar: tiempo libre e información. En otras palabras, que uno pertenece a la élite económica y cultural.

Colas ante la administración de lotería de Doña Manolita, en Madrid 
Colas ante la administración de lotería de Doña Manolita, en Madrid J.P.GANDUL / EFE

Un estudio de 2010 demostró que las personas tendían a dar más valor a un producto cuando había otros esperando para adquirirlo. Además, se mostraban dispuestos a desembolsar más dinero para conseguirlo. Mientras más escaso se percibía el objeto en cuestión, más valor se le atribuía porque, dicen los autores, “los humanos inconscientemente consideramos más valioso lo que no se puede obtener fácilmente”. Otro trabajo de 2014 afirma que cuando se insinúa que la cantidad de producto es limitada, los clientes se preparan para “competir” y “aumenta la intención de compra”.

Una de las dimensiones del lujo es la aspiracional: hacer soñar a la gente con un universo que quizás no esté siempre a su alcance. Otra es la exclusividad que se construye creando barreras, que pueden ser los altos precios, pero también la puesta en escena intimidante de las boutiques.La inaccesibilidad y la escasez son también formas de construir exclusividad y deseo. Una fila de gente esperando en la entrada de una boutique emite señales de poder y lealtad. La deseabilidad de la marca se puede medir en metros de cola, algo similar pasa cuando vemos un restaurante vacío, no apetece entrar.

En las colas de los productos de alta gama se cuida a la clientela, porque el equilibrio es delicado
En las colas de los productos de alta gama se cuida a la clientela, porque el equilibrio es delicadoXavier Cervera / Propias

Conseguir lo que está al alcance de todo el mundo, en un clic o de un golpe de scroll en Instagram, no tiene dramaturgia, ni encanto ni misterio. Y en las colas de los productos de alta gama se cuida a la clientela, porque el equilibrio es delicado. Hay que calibrar el tiempo de espera para no enfadar a unos clientes que tienen poca paciencia y muchos euros. Así, en invierno, se reparte chocolate caliente a los que esperan, y en verano, agua fría para humanos y mascotas. Se llama “elevar la experiencia de la cola”. En 2026 seguimos en la economía del evento, y una hilera de personas puede ser un suceso en toda regla, crea multitud y deseo en torno a una marca y a un objeto.

Pero la cola tiene que avanzar con velocidad moderada hacia el objeto de la espera, si se estanca, la frustración de la espera puede eclipsar la experiencia de escasez y exclusividad que se quiere construir. La aritmética de la cola es una disciplina que comienza a estudiarse en las escuelas de negocio. Queue Management (Administración de colas) se llama la asignatura que determina la tolerancia de los clientes a las colas según su origen demográfico y su cultura. Con estos datos se calcula dónde está el punto de retorno, el momento en que el cliente se harta de esperar y se larga. Es ahí donde la cola pierde su exotismo y todo su valor como estrategia de marketing. En cuanto empieza a haber cola para todo, o se nota demasiado que hay una intención de buscar viralidad y hype en las redes, el encanto se rompe y vuelve la sensatez.