martes, 4 de agosto de 2026

ChatGPT nos ha hecho adictos al refuerzo positivo


Un hombre usa ChatGPT en su móvil. (Pexels)



Un análisis alerta del riesgo de delegar decisiones cotidianas en chatbots, que fomentan dependencia, erosionan el criterio propio y amplían la brecha entre quienes pueden desconectarse y quienes no


Los padres sobreprotectores crean hijos dependientes. Es la imagen del niño que, cuando anda en bici por primera vez sin ruedines, gira la cabeza hacia atrás buscando la aprobación paterna. Precisamente por descuidar lo que viene de frente, dudando de su criterio, se pega el golpetazo.

Los estudios que alertan de los peligros de la IA en los menores suelen enfocarse en aquellos que se suicidan o desarrollan vinculaciones maníacas con la máquina. Son estadísticamente muy jugosos: fáciles de cuantificar y morbosos, lo que garantiza el interés periodístico. También son muchos los que dan fe del evidente descenso de habilidades consideradas críticas para la vida adulta. No en vano, estamos ante la primera generación que ha externalizado su formación intelectual, especialmente en lo relativo al lenguaje y el pensamiento.

De la conversación continua con la máquina entre adultos funcionales como el que firma este artículo se habla menos, o se habla en términos astrológicos, casi divertidos, como sustituto de la vieja figura del televidente o la bruja. Tener una respuesta siempre para todo es un alivio; tomar decisiones es uno de los grandes dolores del ser humano, porque conlleva la aceptación de que la vida es finita. Aquí de lo que se habla es de la renuncia al criterio propio, a la opinión. A las decenas de veces al día que, enfrentados a una disyuntiva estúpida (qué desayuno si me duele la tripa, cuánta ropa debería meter en la maleta), delegamos en ChatGPT el ejercicio de nuestras facultades intelectuales, de escoger una cosa y no la otra y sufrir las consecuencias de esa misma elección. Y así, por ese camino, acabar preguntando si romper con una pareja, si cambiar de trabajo, si tiene sentido vivir.

Las IAs basadas en modelos de lenguaje como ChatGPT están diseñadas para adularnos y hacernos sentir mejor. Por eso queremos hablar todo el rato con ellas. Por eso, cada vez que les hacemos un poco de caso, nos lo celebran tan efusivamente y, si insistimos en lo contrario, se doblan en nuestra dirección como una caña de bambú. De lo contrario, serían un pésimo producto. También están pensadas para generar adicción. Las compañías de Silicon Valley siguen la lógica de crear adictos o dependientes en vez de clientes, porque los terceros son mucho más volubles, porque se pueden escapar. El tabaco y el alcohol parecen dos inocentadas del siglo XX comparados con la sofisticación de algunos productos tecnológicos. Los padres jóvenes de hoy, los más concienciados, algunas de cuyas madres fumaron durante su embarazo, hablan de prohibirles las pantallas a sus hijos con la voluntad férrea del que está salvando vidas. Del que está acotando, por lo menos al principio, la inocencia de la experiencia humana.

Poder tener el móvil apagado, poder pensar: ese va a ser el máximo símbolo de status de las próximas décadas

Por supuesto, como en todo, los más expuestos a la dilución absoluta de su capacidad de emitir juicios y conducir su vida con plenitud serán los que tengan menos recursos. Los que no dispongan de tiempo material para pensar. La ironía de este sistema es la misma que la del camello que no consume su droga: del mismo modo que Dabiz Muñoz no le da de comer a su hija las hamburguesas que anuncia en Burger King, en Silicon Valley todos querrán preservar el lujo analógico para sus hijos. Recuerden hace apenas una década, cuando se quiso convencer al mundo de que meter tablets en las aulas iba a convertir a los chavales en superhombres. Poder tener el móvil apagado, poder pensar: ese va a ser el máximo símbolo de status de las próximas décadas.

Por la historia sabemos que los avances tecnológicos consisten básicamente en acortar la distancia entre dos puntos. A costa de hacer más sencillo el camino, renunciamos a ciertas habilidades a cambio del gran beneficio de la comodidad. Ya nadie sabe cazar, ni encender una hoguera; tampoco tiene las plantas del pie endurecidas ni un estómago que tolere hasta los alimentos más corruptos. Este progresivo ablandamiento, además de brindarnos una vida más fácil, nos ha permitido ensanchar nuestra dimensión humana. La filosofía surge en la Antigua Grecia, entre otras cosas, porque se da la suficiente riqueza material como para que algunos ciudadanos puedan dedicarse a mirar las nubes: aparece el ocio, el aburrirse, el pensar.

Quizás la historia esté cruzando ciertas líneas inéditas. En esa inocente conversación que mantenemos tantos con los modelos de lenguaje está por responder una cuestión un poco más profunda: qué partes de nuestra naturaleza humana estamos apagando para siempre, y sobre todo, qué estamos recibiendo a cambio. Yo me siento, a ratos, como en un fumadero de opio.



Por
09/07/2026 - 05:00
https://www.elconfidencial.com/cultura/cierto-desconcierto/2026-07-09/dependencia-ia-habilidades-humanas-1hms_4386038/

lunes, 3 de agosto de 2026

Cómo es vivir en las 5 ciudades con mayor calidad de vida en 2026


Copenhague encabeza e listado por segundo año consecutivo.

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El último Índice Global de Habitabilidad de la Unidad de Investigación y Análisis de The Economist nombró a las mejores ciudades del mundo.

La BBC les pidió a residentes de esas ciudades que compartieran las experiencias cotidianas que hacen que esos lugares sean tan excepcionales para vivir.

La capital de Dinamarca, Copenhague, conserva su título como la ciudad con mejor calidad de vida del mundo por segundo año consecutivo en el Índice Global de Habitabilidad 2026.

La clasificación anual evalúa 173 ciudades de todo el mundo en función de la estabilidad, la sanidad, la cultura, el medio ambiente, la educación y la infraestructura para identificar aquellas que ofrecen la mayor calidad de vida.

Viena, Melbourne, Sídney y Zúrich completan los cinco primeros puestos de este año, lo que refleja tanto el dominio de Europa como el sólido desempeño de Australia.

Para descubrir cómo es realmente la vida en las ciudades mejor clasificadas, los residentes nos cuentan por qué les encanta vivir allí y a dónde llevan a los visitantes para que experimenten la ciudad como los lugareños.

1. Copenhague

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En Copenhague los visitantes pueden alquilar bicicletas a bajo costo para moverse por toda la ciudad.

Por segundo año consecutivo, la capital danesa se alzó con el primer puesto.

Obtuvo puntuaciones perfectas en estabilidad, educación e infraestructura, y una de las mejores calificaciones en cultura y medio ambiente de todas las ciudades

Para sus residentes, esto se traduce en un estilo de vida en el que los pequeños placeres se integran en la vida cotidiana.

"Puedes ir en bici al trabajo, darte un chapuzón en el puerto después y estar de vuelta para cenar. No es un día especial, es simplemente un martes", comenta Laura Amira Kassem, estudiante de medicina y doctorado que lleva ocho años viviendo en la ciudad.

"Esa combinación de infraestructura para bicicletas, aguas urbanas aptas para el baño y que la ciudad sea genuinamente caminable y ciclable es algo que no he encontrado en ningún otro lugar".

Kassem empieza sus días corriendo temprano por algún sitio tranquilo, como Utterslev Mose o a lo largo de los lagos, seguido de desayuno, café y, en verano, un baño.

En cuanto a lo que muestra a los visitantes, empieza cualquier visita guiada en el barrio multicultural Nørrebro.

"Mercados de frutas y verduras frescas, puestos de kebab y joyerías se encuentran junto a panaderías de masa madre, bares de vinos naturales y pequeños restaurantes", explica.

Desde allí, recomienda alquilar bicicletas para ir a nadar y tomar un café junto al agua en Nordhavn, seguido de un almuerzo con smørrebrød, el tradicional sándwich danés de pan de centeno abierto, en Det Gamle Apotek.

Por la tarde, los corredores pueden unirse a Loopet, un circuito de 3 kilómetros alrededor de Fælledparken, donde se reúne la comunidad de corredores de la ciudad.

"Todos son bienvenidos", dice Kassem. "Corran, reúnanse con amigos y terminen con una cena al aire libre".

2. Viena

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El centro de Viena se puede explorar fácilmente a pie, una de las cualidades que, según los residentes, contribuye a la alta habitabilidad de la ciudad.

Puede que la capital de Austria haya cedido el primer puesto a Copenhague el año pasado, pero sus excelentes resultados en sanidad y educación la mantienen en el segundo lugar.

Para sus habitantes, la calidad de vida en Viena reside en la facilidad para desplazarse, ya sea en transporte público o a pie, y en apreciar los detalles del camino.

"Mi ritual diario es ir al trabajo por la Ringstraße, en uno de los emblemáticos tranvías", cuenta Franziska Hochmüller, empleada de la Oficina de Turismo de Viena.

"En lugar de mirar el celular, me encanta leer un libro o simplemente contemplar los preciosos edificios por los que paso. Es un pequeño detalle que me recuerda cada día lo extraordinario que es lo 'ordinario' en Viena".

"En los distritos del 1 al 9 apenas se necesita transporte público", añade Roland Eggenhofer, del departamento de ventas y marketing del Hotel MOTTO.

Le gusta llevar a los visitantes a los distritos 6 y 7, especialmente a los alrededores de Neubaugasse y Spittelberg, por sus cafés, boutiques y ambiente relajado, así como al Naschmarkt por su oferta gastronómica internacional.

En otoño, recomienda un Heuriger tradicional, una taberna de vinos en los viñedos de las afueras de la ciudad, para degustar una copa de vino vienés local.

Para conocer mejor la vida de los vieneses, Hochmüller dirige a los visitantes al Kutschkermarkt, en el distrito 18, con su mercado de agricultores los sábados, restaurantes y cafés.

"Ver familias, parejas y ancianos haciendo la compra semanal o simplemente disfrutando de un café es muy típico de Viena", comenta.

Tras varios años en la ciudad, el ritmo sigue cautivando a Hochmüller.

"Aunque sea una metrópolis, siempre existe la posibilidad de bajar el ritmo", afirma.

"Ya sea en una cafetería, en un parque o a orillas del Danubio, en Viena el tiempo transcurre de forma diferente".

3. Melbourne

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Los callejones de Melbourne son fundamentales para la cultura cafetera y el carácter de barrio de la ciudad.

En tercer lugar, Melbourne superó a su rival costera, Sídney, gracias a su puntuación combinada de cultura y medio ambiente de 96 puntos, una de las más altas del índice.

Para sus residentes, esa riqueza cultural se manifiesta en sus barrios, donde cada suburbio tiene su propio carácter distintivo.

"Melbourne es una gran ciudad que, de alguna manera, se comporta como un pueblo", comenta Anne Marie Lennon, gerente general del Crowne Plaza Carlton, quien ha trabajado en Reino Unido, Irlanda y Australia.

"Aquí la gente siente una genuina curiosidad por conocerte. Y luego están la cultura, la gastronomía, la música, la moda, el arte. Cada suburbio tiene su propio ambiente e identidad".

Lou McGregor, un escocés que lleva 20 años viviendo en Melbourne, coincide.

"Footscray es mi barrio y uno de los mejores lugares para comer y beber en la ciudad: una mezcla de culturas, gastronomía y un ambiente siempre vibrante" dice.

"Fitzroy tiene bares pequeños y con encanto, y tiendas vintage; St Kilda es perfecto para pasear por la playa, y Carlton es insuperable para disfrutar de la comida italiana y pasear por sus preciosas calles antiguas".

Cuando McGregor recibe visitas, las lleva al domo que funciona como sala de lectura de la Biblioteca Estatal, al arte callejero siempre cambiante de Hosier Lane, a la Galería Nacional de Victoria y a sus emblemáticos callejones y galerías comerciales.

"Eso es Melbourne para mí: una ciudad curiosa, creativa y llena de pequeños momentos inesperados en cada esquina", afirma.

Para vislumbrar el Melbourne cotidiano, Lennon recomienda a los visitantes el Princes Park, de 39 hectáreas.

"Paseadores de perros, corredores, familias, gente simplemente sentada y respirando. Es un lugar tranquilo y auténtico. Ese es el Melbourne en el que vivo a diario, y nunca me canso de él", concluye.

"Puedes recorrer 2 kilómetros y sentir que has entrado en un mundo completamente diferente".

4. Sídney

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Para muchos habitantes de Sídney, nadar en el océano o visitar la playa forma parte de la vida cotidiana.

Igualando la puntuación general de Melbourne (97), Sídney ocupa el cuarto lugar con puntuaciones perfectas en salud y educación.

Pero los residentes afirman que es el fácil acceso a la naturaleza, los barrios multiculturales y el estilo de vida al aire libre lo que hace que la ciudad sea tan agradable para vivir.

"Sídney lo hace fácil porque, estés donde estés, nunca estás lejos de una vista espectacular, ya sea el puerto, las Montañas Azules o las playas", dice Steve Kamper, ministro de Empleo y Turismo de Nueva Gales del Sur.

"La mezcla de culturas, los barrios, la increíble gastronomía y el estilo de vida hacen de Sídney algo especial. Es una ciudad global, pero aún se siente como un conjunto de comunidades locales".

Para descubrir esto, Kamper sugiere ir más allá de los lugares turísticos habituales como el Puente del Puerto o Bondi, a un suburbio del oeste de la ciudad.

"Burwood es el Sídney que los lugareños conocen y aman", señala.

"Está lleno de vida, repleto de comida increíble y es uno de los mejores lugares para experimentar el carácter multicultural de Sídney".

También recomendaría llevar a los visitantes a un partido de fútbol australiano, "muy pocos lugares en el mundo ofrecen deportes como Sídney", comenta.

Tras vivir en cuatro continentes, la diseñadora de joyas francesa Julie Livni aún se sorprende con Sídney.

"La gente no espera al fin de semana para ir a la playa o nadar; lo integran en su rutina diaria", explica.

Para ella, la calidad de vida comienza con paseos diarios al amanecer desde Bondi hasta Bronte con sus amigas.

"Como empresaria y madre de dos hijos, la vida va muy rápido, así que esa hora junto al mar es mi forma de desconectar", apunta. "Es la mejor manera de empezar el día".

Suele llevar a sus visitantes a la playa de Tamarama para ver el amanecer, luego a tomar un café en Bondi y después al ferry desde Rose Bay.

"No necesariamente para llegar a ningún sitio, sino simplemente para disfrutar viendo la Ópera y el puerto desde el agua", dice, mientras para a almorzar en Uncut Seafood.

"Sídney es además increíblemente multicultural, con una gastronomía exquisita y gente de todo el mundo, y aun así conserva un ambiente relajado y tranquilo", añade.

"Es una combinación poco común para una gran ciudad."

5. Zúrich

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El agua está intrínsecamente ligada a la identidad de Zúrich, desde el río Limmat hasta las orillas del lago Zúrich.

A pesar de haber descendido del segundo puesto compartido en 2025 al quinto este año, los residentes afirman que la combinación de eficiencia y fácil acceso a la naturaleza de Zúrich son la base de su excepcional calidad de vida.

"Zúrich no sería la misma sin el lago y los ríos. Todos los días paso junto al lago Zúrich, el río Limmat o el río Sihl y me tomo un momento para mí", dice Manuela Leonhard, nativa de Zúrich y creadora de contenido.

"El agua es fresca y cristalina, y tenemos más de 1.200 fuentes por toda la ciudad donde se puede beber agua".

Para mostrar a los visitantes por qué le encanta tanto Zúrich, los lleva a Lindenhof, una antigua fortaleza romana convertida ahora en una plaza en la cima de una colina con vistas al Limmat y al casco antiguo en ambas orillas del río.

También recomienda las terrazas de la ETH Zúrich y la Universidad de Zúrich para disfrutar de vistas panorámicas de la ciudad.

"Y siempre paseo con ellos por el casco antiguo, el corazón de Zúrich, con sus calles estrechas y sus pequeñas tiendas", añade.

Incluso después de toda una vida en Zúrich, Leonhard sigue sorprendiéndose de lo impecablemente mantenida que está la ciudad.

"No importa qué gran evento tenga lugar en Zúrich, a la mañana siguiente es imposible distinguir lo que ocurrió la noche anterior", expone.

"Eso me asombra cada vez".


    • Lindsey Galloway
    • Título del autor,BBC News
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 9 min
  • https://www.bbc.com/mundo/articles/c9v24gxl3nyo

domingo, 2 de agosto de 2026

Historia oculta y pictórica del amanecer: así aprendimos a admirarlo


Visitantes observando 'El último viaje del "Temerario"', de J. M. W. Turner (1839), en la National Gallery de Londres. (Pedro Pascual)



Lo que muchos consideran una experiencia íntima y casi espiritual es, en realidad, el resultado de siglos de cambios culturales, artísticos y sociales que transformaron nuestra manera de contemplar el horizonte



Un grupo de desconocidos permanece en silencio frente al horizonte. Han recorrido kilómetros y han madrugado para presenciar un acontecimiento cuyo resultado conocen de antemano. Dentro de unos minutos ocurrirá exactamente lo mismo que ayer, que anteayer y que hace diez mil años. Saldrá el sol. Nadie espera una sorpresa. Sin embargo, todos esperan algo.

Hay algo extraño en esa escena. Casi nadie madrugaría para ver ponerse el sol detrás de una nave industrial, ni caminaría una hora para contemplar las tres de la tarde. Sin embargo, el amanecer posee hoy una autoridad emocional casi indiscutible. Consideramos este esfuerzo un impulso natural, un tributo espontáneo ante el espectáculo del mundo. Olvidamos que el alba es, en términos físicos, un automatismo astronómico rutinario. Que hayamos decidido convertirlo en una experiencia mística, un objeto de consumo turístico y un fetiche estético es un giro cultural reciente. La emoción que sentimos hoy ante el primer destello del día tiene una fecha de nacimiento y una historia de aprendizaje detrás.


La hora del trabajo

Para la inmensa mayoría de los europeos, el amanecer era sobre todo una hora de trabajo, frío y desplazamientos. Difícilmente un espectáculo digno de contemplación. Era la hora del relevo de las guardias, del comienzo de las faenas agrícolas, del momento en que los caminos volvían a llenarse de viajeros y, en ocasiones, también de las ejecuciones públicas. El hombre preindustrial madrugaba porque el ciclo biológico de la supervivencia se lo imponía, no por el placer de la observación.

Esta falta de interés se reflejó fielmente en los talleres de pintura. Más allá de algunas excepciones en la pintura flamenca, el paisaje careció de autonomía artística durante generaciones; las colinas y los cielos funcionaban como un fondo plano, un decorado secundario para enmarcar un martirio, una coronación real o un pasaje bíblico. Si el pintor iluminaba el lienzo con tonos matutinos, lo hacía como una mera indicación cronológica. La luz era un instrumento utilitario para ver los objetos, nunca el sujeto de la obra.
placeholder'Puerto con el embarque de la Reina de Saba', de Claude Lorrain. (1648)
'Puerto con el embarque de la Reina de Saba', de Claude Lorrain. (1648)


El primer indicio de cambio surgió en el siglo XVII en los muelles de Roma. Claude Lorrain, un pintor de origen lorenés afincado en Italia, comenzó a recibir encargos de cardenales y monarcas que buscaban algo diferente. Basta mirar su Puerto con el embarque de la Reina de Saba, pintado en 1648. La reina de Saba apenas ocupa una pequeña zona lateral del lienzo, convertida en una anécdota. Todo lo demás pertenece al amanecer. El verdadero acontecimiento ya no es la historia bíblica, sino la manera en que la luz invade el puerto y corta horizontalmente el agua. Lorrain descubrió que la luz matutina poseía una cualidad gélida y limpia, una bruma plateada que transformaba las formas. Oficialmente, sus clientes compraban escenas bíblicas. Lo que de verdad se llevaban a casa era la luz. Sin saberlo, estaba ayudando a construir una forma de mirar el amanecer que acabaría extendiéndose mucho más allá de la pintura.


El reloj de vapor y la nostalgia del sol

Lorrain abrió una puerta y el Romanticismo decidió atravesarla a comienzos del siglo XIX. Aquel cambio de sensibilidad no fue una casualidad estética, sino una reacción psicológica colectiva. La pintura romántica coincidió con la expansión de la Revolución Industrial, el crecimiento de las ciudades insalubres y la generalización del trabajo bajo techo en las fábricas. El reloj de carbón y vapor pasó a dictar el tiempo humano, sometiendo los horarios de millones de trabajadores a un ritmo ajeno al sol.

El amanecer nunca necesitó ser inventado, lo que sí cambió fue el significado que aprendimos a darle

Poco a poco, una nueva sensibilidad urbana comenzó a encontrar en el horizonte un refugio simbólico frente a un mundo cada vez más industrial. El amanecer dejó de ser una rutina para convertirse en un espacio de resistencia íntima. El horizonte empezó a adquirir un significado nuevo para quienes apenas podían verlo entre fábricas y chimeneas.

Constable y Turner parecían perseguir cosas distintas en ese empeño. El primero abordó el problema desde una perspectiva casi científica. Entre 1800 y 1816, se dedicó a catalogar el cielo en los prados de Suffolk. Sus célebres estudios de nubes, donde anotaba escrupulosamente en el reverso la hora exacta, la dirección del viento y la humedad ambiental, parecen hoy páginas de un cuaderno meteorológico más que bocetos para una galería. Constable perseguía la verdad física de la atmósfera, convencido de que la luz del alba merecía ser registrada con precisión taxonómica.
placeholder'Estudio del cielo', de Lionel Constable (1850). Yale Center for British Art
'Estudio del cielo', de Lionel Constable (1850). Yale Center for British Art


Turner, en cambio, llevó el mismo impulso hacia la disolución absoluta de la forma. En sus versiones tardías de Norham Castle, amanecer, la arquitectura apenas se sostiene. La piedra del torreón se adivina como un fantasma azulado, devorado por un incendio de amarillos y naranjas. Para Turner, la luz ya no era el medio para iluminar un relieve, sino la materia misma de la pintura.

No fue casualidad que el crítico John Ruskin dedicara cientos de páginas en su monumental obra Pintores modernos a explicar por qué Turner veía mejor que el resto de los mortales. En cierto sentido, Ruskin estaba enseñando a sus lectores a mirar otra vez. Ambos pintores coincidían en una intuición decisiva: la luz dejaba de servir para que viéramos las cosas; empezaba a ser, ella misma, lo que había que ver. Uno la medía y el otro se rendía a ella, pero los dos ofrecieron a la nueva burguesía urbana una nueva forma de reconciliarse con la naturaleza.


El paisaje como pedagogía

Aquel desplazamiento ético y estético tardó unas décadas en cruzar los Pirineos, pero cuando lo hizo, adoptó una forma imprevista que desbordó los museos. En la España del último tercio del siglo XIX, la necesidad de aprender a mirar la naturaleza se convirtió en un proyecto educativo de primer orden a través de la Institución Libre de Enseñanza. Francisco Giner de los Ríos y sus colaboradores entendieron que la renovación moral e intelectual del país no pasaba únicamente por las aulas de ladrillo, sino por sacar a los alumnos al campo.

Al enseñar a los jóvenes a observar el alba recortada sobre las cumbres graníticas de Guadarrama, la Institución estaba importando, con un sentido profundamente cívico, la capacidad de contemplar el paisaje como una forma de educación estética y moral. En cierto modo, si Lorrain convirtió el amanecer en un protagonista de la pintura, Ruskin enseñó a interpretarlo y la Institución Libre de Enseñanza lo convirtió en un ejercicio pedagógico.


La mirada heredada

El amanecer nunca necesitó ser inventado, lo que sí cambió fue el significado que aprendimos a darle. En algún momento dejó de ser simplemente el comienzo de la jornada laboral para convertirse en el símbolo de un comienzo personal. Pintores, escritores y críticos fueron fijando un código cultural que asociaba la primera luz con la pureza original, la esperanza de regeneración y la pequeñez del ser humano ante lo sublime. Aquella nueva sensibilidad terminó por fijarse en el imaginario colectivo como una verdad universal.
placeholderLluvia, vapor y velocidad (1844), de J. M. W. Turner.
Lluvia, vapor y velocidad (1844), de J. M. W. Turner.


La tecnología posterior no tuvo que idear ninguna sensibilidad nueva; se limitó a masificar la que ya existía. La fotografía de paisaje de los pioneros victorianos heredó muchos de los encuadres y sensibilidades desarrollados por los paisajistas del siglo XIX, y las agencias de viajes del siglo XX transformaron los escenarios románticos en destinos turísticos con horarios programados. Los miradores señalizados en los mapas actuales son los equivalentes contemporáneos a las estancias de los pintores en los acantilados de la Europa decimonónica o a las rutas serranas de los institucionistas.

Mañana, antes de que salga el sol, un nuevo grupo de desconocidos volverá a reunirse en silencio frente al horizonte. Creerán que han ido hasta allí por iniciativa propia, movidos por una emoción completamente espontánea. Pero esa emoción también tiene una historia. El amanecer nunca cambió; cambiamos nosotros. Y desde entonces seguimos mirando el comienzo del día con una mirada que, en parte, heredamos de Lorrain, Turner y Giner de los Ríos.


Por
Jorge Herrero
07/07/2026 - 05:00
https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-07-07/amanecer-luz-pintura-paisaje-horizonte-1hms_4382258/