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lunes, 28 de septiembre de 2026

La inflación irrumpe con violencia desde dos escondrijos de la economía que nadie vio venir: por qué los precios de la tecnología y de China resurgen justo ahora

 

Semiconductores. Foto de iStock.


  • Tras años como fuerza deflacionista, el precio de la tecnología empieza subir
  • Desde JP Morgan aseguran que el contagio en la tecnología es ya total
  • Por si fuera poco, los precios de exportación también suman a la inflación global


Cuando la inflación sube (como lo hace en estos momentos), se tiende a pensar, lógicamente, en el petróleo, los combustibles, otras materias primas, los alimentos, bienes como los coches... De hecho, en los últimos años las subidas de precios han estado lideradas y protagonizadas de forma directa o indirecta por estos productos. En el lado opuesto, tradicionalmente había algunos rincones de la economía global que ayudaban a amortiguar esa subida de precios. Los dos primeros que se vienen a la cabeza casi de forma automática son la tecnología (lleva años siendo una fuerza desinflacionaria) y China (donde sus fábricas han mantenido a raya los precios de forma tan férrea que han estado a punto de meter a la economía en una espiral deflacionista). Hoy, la situación parece algo más grave. Los factores que suelen impulsar la inflación lo están haciendo (petróleo, alimentos...) y con cierta intensidad. Lo peor (lo más preocupante) es que esos dos rincones de la economía donde los precios no subían están dando un giro rápido y potente que amenaza con desatar una oleada de inflación global peor que la que ya se está experimentando. Los bancos centrales deberían empezar a tomar nota.

La tecnología, que durante décadas había funcionado como una formidable máquina de abaratar productos, y China, convertida en los últimos años en exportadora de deflación al resto del planeta, están empezando a empujar los precios en la dirección contraria, hacia arriba, lo que podría agravar el ciclo alcista de inflación que sufre en la actualidad Europa y EEUU. Los economistas de JP Morgan detectan ya este cambio de régimen y advierten de que el boom inversor asociado a la inteligencia artificial está trasladándose desde los chips y los centros de datos hasta los precios que pagan empresas y consumidores. "El aumento de los precios tecnológicos ya es muy real e inmediato", sentencian los analistas del banco. Los primeros números ya respaldan la advertencia.

¿Qué pasa en la tecnología?

La tecnología llevaba prácticamente dos décadas ejerciendo una presión estructural a la baja sobre la inflación. Ordenadores, memoria, almacenamiento y buena parte de la electrónica ofrecían cada vez más prestaciones por un precio igual o inferior. De hecho, muchos expertos atribuían el descenso de la productividad en las estadísticas a ese fenómeno. Se producían cada vez mejores bienes tecnológicos a un precio menor. Como el PIB es un indicador monetario, la tecnología podía estar rebajando de forma artificial la productividad. Ahora que la productividad empieza a resurgir justo coincide con que la tecnología sube de precio, ¿casualidad? Dejaremos que los economistas resuelvan el enigma dentro de unos años.

El índice de precios tecnológicos elaborado por JP Morgan ha pasado de caer a un ritmo medio del 2,5% anual durante 2024 y 2025 a subir un 2,5% interanual en julio, mientras que la velocidad de crucero de los últimos tres meses se ha acelerado hasta el 7% anualizado. El banco espera que la inflación tecnológica continúe escalando hasta alcanzar aproximadamente el 5% interanual en el primer trimestre de 2027. El fenómeno, además, no está localizado. El ritmo trimestral anualizado ha alcanzado el 13% en Corea del Sur y el 18% en Indonesia, mientras que se mueve entre el 5% y el 6% en Japón y la zona euro y ronda el 10% en Reino Unido y Canadá.

La cuestión es que detrás de esta inflación está precisamente una tecnología de la que se espera todo lo contrario a largo plazo. La inteligencia artificial debería elevar la productividad, permitir producir más con los mismos recursos y terminar reduciendo los costes laborales unitarios. JP Morgan no niega esa posibilidad, pero avisa de que ese futuro desinflacionista todavía tiene que llegar mientras que la factura del gigantesco despliegue de la IA ya está aquí (hay que jugar con las cartas que se tienen hoy en la mesa no con las que esperas que te toquen después). Los hiperescaladores están gastando cientos de miles de millones de dólares en centros de datos y capacidad de computación, disparando simultáneamente la demanda de semiconductores, servidores, equipos eléctricos y trabajadores especializados. "La oferta no ha seguido el ritmo, empujando al alza los costes tecnológicos", explican los analistas. Y una parte creciente de esa factura está comenzando a pasar de las empresas al consumidor.

El epicentro del problema está en la memoria. La construcción de centros de datos requiere enormes cantidades de procesadores avanzados y memoria DRAM de alto ancho de banda, mientras que la expansión de la infraestructura digital también está absorbiendo almacenamiento NAND (un nuevo tipo de almacenamiento). La industria se encuentra así compitiendo por unos componentes cuya capacidad productiva no puede ampliarse a la misma velocidad.

Chips, memoria, teléfonos

Según recoge JP Morgan, los principales fabricantes de memoria estarían ya completamente vendidos hasta 2027. Los precios de la DRAM han aumentado un espectacular 280% durante el último año y los analistas de renta variable del banco esperan otro incremento del 33% entre mediados de 2026 y mediados de 2027. Si sus previsiones se cumplen, a finales de este año la DRAM costará más de un 400% más que en 2024, "revirtiendo una tendencia de décadas de caída de los costes de los componentes tecnológicos". La memoria NAND tampoco escapa al fenómeno y JP Morgan espera otro encarecimiento del 21%.

La inflación está recorriendo además la cadena de suministro exactamente en el orden que cabría esperar. Primero suben los semiconductores producidos en las grandes economías tecnológicas asiáticas, después esos costes aparecen en los precios de importación y producción y finalmente llegan a las tiendas en los dispositivos electrónicos y todo tipo de tecnología.

Los precios estadounidenses de importación de ordenadores, periféricos y semiconductores aumentaron en julio un 31% trimestral anualizado y un 17% interanual, llevando la inflación de los bienes de capital importados hasta el 6,5%, su mayor ritmo desde finales de los años ochenta. Los ordenadores personales y periféricos que compra el consumidor estadounidense registran ya su mayor incremento de precios fuera del extraordinario episodio inflacionista de 2021 y 2022. "El aumento de los costes de los semiconductores impulsado por la IA se está trasladando cada vez más a los precios finales al consumidor", constatan los expertos de JP Morgan.

Para colmo, no solo la tecnología. Durante mucho tiempo China ha sido esa gran fábrica con una mano de obra infinita y unos costes laborales que parecían que nunca iban a subir. China producía en cantidades industriales y exportaba a precios de derribo al mundo. Ahora, China también empieza a dejar de ser esa gigantesca fábrica de deflación. La debilidad de su demanda interna, el exceso de capacidad industrial y la feroz competencia entre fabricantes habían provocado una caída generalizada de los precios de exportación chinos incluso mientras aumentaban las tensiones arancelarias con EEUU. Pero los analistas de JP Morgan advierten de que "ahora están actuando fuerzas diferentes". Los precios de exportación de los semiconductores chinos se han disparado al mismo tiempo que los del resto de Asia y el encarecimiento se extiende a algunos de los sectores que China domina industrialmente, como los vehículos eléctricos, las baterías y las células solares. La consecuencia resulta especialmente llamativa. La inflación agregada de los precios de exportación chinos ha superado ya los máximos registrados durante la pandemia.

Esto no significa que toda la maquinaria exportadora china se haya vuelto inflacionista. Fuera de la tecnología, los vehículos eléctricos, las baterías y otros sectores relacionados, JP Morgan reconoce que las presiones sobre los precios continúan siendo débiles. Pero basta con que esos gigantescos sectores compensen una parte de la deflación del resto para cambiar el papel que China desempeña en la economía mundial. Los precios de importación de productos chinos que registran sus socios comerciales ya muestran esa transformación. "China está ejerciendo un menor lastre sobre la inflación mundial de bienes que en los últimos años", señalan los economistas del banco. La tecnología está compensando cada vez más la debilidad del resto de la cesta exportadora y supone "un cambio notable respecto a la deflación generalizada de los precios de exportación que caracterizó buena parte de los últimos tres años".

Por ahora, el peso directo de este fenómeno sobre los índices generales continúa siendo relativamente reducido, pero empieza a dejar de ser irrelevante. La cesta tecnológica que utiliza JP Morgan representa aproximadamente el 2,8% del IPC general y el 3,7% de la inflación subyacente mundial. El giro desde la deflación hacia las subidas de precios ha hecho que la tecnología pase de restar alrededor de una décima a la inflación subyacente interanual durante 2024 y 2025 a añadir aproximadamente una décima actualmente.

En las economías desarrolladas, donde la inflación tecnológica avanzaba en julio a un ritmo trimestral anualizado del 7,3%, ya aporta aproximadamente tres décimas a la inflación subyacente. JP Morgan calcula que el impacto acumulado sobre la inflación subyacente interanual mundial podría alcanzar unas tres décimas en la primera mitad de 2027. Todo ello con el petróleo al alza, el diésel escaseando y cada vez más caro, mientras que el precio de los alimentos también parece animarse.

El peligro es que el fenómeno no termine en los aparatos electrónicos. Hasta ahora la historia de la inflación de la IA es fundamentalmente una historia de hardware, pero los primeros síntomas comienzan a extenderse hacia los servicios de telefonía e internet y, con el tiempo, podrían alcanzar al software y las suscripciones digitales. Las empresas están incorporando cada vez más funciones de inteligencia artificial que necesitan una capacidad de computación extraordinariamente cara y alguien terminará pagando esa factura.

A todo ello, aunque queda fuera de lo que pretendía este artículo, cada vez hay más expertos que ven en los alimentos otra nueva oleada de inflación. Esta quizá era más esperada, pero por esperada no deja de ser preocupante. "Creo que el próximo choque de oferta afectará a los alimentos", afirmba Marie-Anne Allier, cogestora de activos en Carmignac a la agencia Bloomberg hace unos días. "No creo que el mercado lo esté descontando actualmente, sobre todo porque prevemos que será un proceso lento pero persistente".

El mundo se encuentra así ante un cambio tan pequeño en apariencia como trascendental en sus implicaciones. Dos de los grandes motores desinflacionistas de las últimas décadas están perdiendo fuerza simultáneamente. China ya exporta menos deflación y la tecnología empieza directamente a exportar inflación. JP Morgan espera que esta presión continúe aumentando hasta mediados de 2027 antes de moderarse gradualmente. La IA quizá termine siendo una revolución desinflacionista gracias a la productividad, pero antes de llegar a ese prometido futuro está provocando algo mucho más prosaico. Construirla se está volviendo extraordinariamente caro.


10:49 - 25/09/2026
https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14016518/09/26/la-inflacion-irrumpe-con-violencia-desde-dos-escondrijos-de-la-economia-que-nadie-vio-venir-por-que-los-precios-de-la-tecnologia-y-de-china-resurgen-justo-ahora.html

domingo, 27 de septiembre de 2026

El sueño americano se hipoteca: las doce gráficas que arrojan la vivienda de EEUU a un callejón sin salida

 

Cartel de "Se vende" de una propiedad en Estados Unidos / iStock.


  • Con hipotecas al 7% y precios de 400.000 dólares, la morosidad se intensifica
  • La inversión residencial está en mínimos históricos sin mano de obra suficiente
  • El encarecimiento de la vivienda expulsa a jóvenes e inmigrantes del mercado


Existe un nexo económico que aúna a las familias europeas, estadounidenses y chinas en torno a un mismo problema: la grave crisis de vivienda. En cada coordenada, las causas y las posibles soluciones son diferentes. No obstante, en Estados Unidos hace años que el desequilibrio está afectando a otros resortes del país, como la movilidad laboral o el consumo de los hogares. El encarecimiento paulatino de la vivienda no ha generado un colapso hasta el momento, pero es una de las mayores amenazas internas de la primera potencia económica del planeta.

La economía estadounidense ha servido, históricamente, como una avanzadilla para Europa de las tendencias más relevantes del mercado. El sector inmobiliario no es ajeno a esta premisa y ya sufrió en sus carnes el impacto de la crisis financiera, cuyo epicentro tuvo al mercado hipotecario norteamericano. Dos décadas después, al igual que Estados Unidos, Europa sufre una escasez de vivienda disponible, sobre todo, en las grandes ciudades del continente.

Las subidas de precios de la vivienda, el desequilibrio de la oferta y la demanda, y las alzas de tipos de interés de los bancos centrales de ambas costas del Atlántico representan un muro para quienes quieren acceder a una vivienda. Tanto las familias estadounidenses como las europeas que quieren construir su propio hogar se encuentran en un callejón sin salida ante una crisis de vivienda sin solución a la vista. El sueño de una casa en propiedad se ha convertido en la peor pesadilla para millones de ciudadanos en Occidente.

El principal problema en Estados Unidos reside en el elevado precio de las viviendas. Las casas se han disparado desde la pandemia y ahora superan los 400.000 dólares en el mercado inmobiliario, según Apollo. Es un nivel inasumible para la mayor parte de las familias estadounidenses, que se están viendo progresivamente fuera.

El alto coste de las viviendas ha encarecido, a su vez, los préstamos. La hipoteca promedio de Estados Unidos, con un plazo de 30 años, arroja una letra mensual que roza los 3.000 dólares (el salario promedio es de 5.600 dólares al mes), según datos de Bloomberg y Apollo. Al igual que el precio de la vivienda, la financiación se ha disparado desde las subidas de tipos de la Reserva Federal de hace tres años, que ahora amenazan con incrementarse.

Este escenario de tasas altas amenaza la presión crediticia a largo plazo de la economía. Los tipos de interés de las nuevas hipotecas a 30 años se encuentran en niveles similares a los momentos previos a la crisis financiera, con unas tasas de alrededor del 7%. El aumento de las nuevas financiaciones está arrastrando al alza el catálogo conjunto de los préstamos hipotecarios vivos. La tasa efectiva vuelve ahora a superar el 4%.

El aumento de los precios de la vivienda y de las hipotecas está expulsando a las familias. Apollo estima que el 56% de los hogares no pueden permitirse una vivienda. Mientras que el precio promedio ronda los 400.000 dólares por casa, la capacidad económica de 74 millones de estadounidenses sencillamente se encuentra por debajo de ese nivel.

Este encarecimiento está afectando, especialmente, a los segmentos más jóvenes y a la población inmigrante. Ambos grupos constituyen el grueso de los compradores primerizos de vivienda. La campaña de expulsiones de la actual Administración Trump ha desplomado el peso del segundo grupo, pero las familias nuevas no pueden igualmente entrar en el mercado. Mientras que antes de la crisis financiera, alrededor del 40% de los compradores de vivienda eran quienes buscaban su primera residencia, esa cifra se ha desplomado a la mitad en las dos décadas siguientes.

El problema no solo afecta a quienes quieren entrar en el mercado residencial, sino también a quienes ya se encuentran pagando una hipoteca. El aumento desorbitado de los créditos en Estados Unidos en los últimos años, con tarjetas por encima del 20% de interés e impagos a diestro y siniestro, había evitado afectar a las hipotecas. Hasta ahora.

La tasa de impagos de las hipotecas están subiendo y hay un grupo que preocupa especialmente: las viviendas multifamiliares. Este tipo de residencias, como las de los bloques de apartamentos, se concentran en las grandes ciudades, donde son más caras. Las dos empresas federales encargadas de recomprar las hipotecas, Freddie Mac y Fannie Mae, registran tasas de morosidad similares a la crisis financiera, aunque todavía no ha saltado al amplio parque de vivienda unifamiliar de EEUU.

Parte de que el impago hipotecario no se haya desbocado se debe a que cada vez hay menos hogares endeudados. Actualmente, el 40% de las viviendas de Estados Unidos están libres de cargas hipotecarias, sin embargo, esto tiene una consecuencia sobre el dinamismo económico.

Los problemas del mercado de vivienda obedecen tanto a la demanda como a la oferta. La causa principal de que los precios de la vivienda no dejen de escalar es que se construye menos que nunca con una demanda en aumento. La inversión residencial de Estados Unidos se encuentra en mínimos históricos. Este no es un problema único en la primera potencia del mundo. Por ejemplo, España también sufre la misma caída, siendo la clave de bóveda de sus crisis inmobiliaria.

La falta de inversión inmobiliaria conduce a un sector paralizado y en declive. Aunque el crecimiento del empleo en Estados Unidos permanece sólido (incluso teniendo en cuenta los vaivenes internacionales de la Casa Blanca), la fuerza laboral de la construcción está en contracción. En gran medida, por las políticas restrictivas contra la inmigración, principal fuente de mano de obra del sector.

Las consecuencias laborales no acaban en contar con menos obreros. La falta de un mercado inmobiliario robusto está afectando a uno de los pilares más relevantes de la fuerza de trabajo norteamericana: su movilidad. Las tasas de mudanzas de los estadounidenses llevan décadas en un descenso progresivo. Esto afecta, a su vez, a la producción de vivienda en un efecto de retroalimentación del que es difícil salir.

La consecuencia directa de una menor movilidad, un aumento de la demanda y un estancamiento en la producción de viviendas tiene como consecuencia que cada vez hay menos viviendas por habitante en Estados Unidos. La ratio se acerca progresivamente a 1,1 viviendas por persona, prácticamente una situación que impide la movilidad o un mercado flexible que fomente el reemplazo (lo cual incentiva a su vez la movilidad descendente).

Esto choca con una población creciente y que valora el individualismo por encima de todo. Los hogares de Estados Unidos, al igual que en el resto del planeta, son cada vez más pequeños. Conforme los nacimientos descienden y las esperanzas de vida se alargan, muchas personas viven solas o en pareja en sus residencias.

Las consecuencias a largo plazo de este contexto residencial son todavía un misterio. Sin embargo, los datos radiografían un país estancado en el campo inmobiliario. Aunque no se prevé una crisis financiera similar al estallido de las hipotecas subprime de 2007, los efectos económicos pueden traducirse en menor crecimiento y un retroceso de las condiciones de vida de los ciudadanos.


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14013350/09/26/el-sueno-americano-se-hipoteca-las-doce-graficas-que-ilustran-el-callejon-sin-salida-que-afronta-estados-unidos.html

martes, 22 de septiembre de 2026

¿Es el fin del mundo? O el temor a que se derrumbe el esquema Ponzi de la IA

 



Qué pasaría si una mañana nos levantamos con servicios críticos como el suministro eléctrico interrumpidos o con atacantes (agentes de IA como los que asaltaron Hugging Face) que piratean los coches autónomos para provocar un caos circulatorio. O si una red de bots se apodera de internet. Son tres escenarios posibles, que hasta hace poco nos parecían ciencia ficción.

Los ciberataques perpetrados por la IA afectarán en el futuro a amplias capas de la población y no sólo a clientes de determinadas empresas, como hasta ahora. Esa es, al menos, la advertencia lanzada por los principales directores ejecutivos de las grandes corporaciones americanas de IA, Sam Altman (Open AI), Dario Amodei (Anthropic) y Elon Musk (SpaceX).

Las advertencias alimentan un debate mundial sobre la necesidad de actuar urgentemente, ante una población aterrorizada por los escenarios catastrofistas y cada día más contraria al despliegue de los centros de datos, a los que culpan en parte del encarecimiento de la energía que sufren.

En el mundo de los negocios, las coincidencias no existen. Qué ha pasado para que las grandes empresas de IA, que raramente se ponen de acuerdo, aparcaran por unas horas sus diferencias para levantar la voz a favor de poner freno a la carrera de la IA, y advirtieran sobre el potencial riesgo de desaparición de la humanidad, antes de que los nuevos modelos se escapen a su control.

Los tres primeros espadas no sólo se movían en sus manifestaciones por su preocupación por el futuro de la humanidad (y el de ellos mismo), detrás está la dificultad creciente de sus empresas para seguir captando miles de millones de inversión, en un mundo convulso por las guerras energéticas y una inflación y unos tipos de interés rampantes, que encarecerán la financiación.

Según los cálculos de Schroders, el desarrollo de la infraestructura de la IA (centros de datos, chips e investigación para nuevos semiconductores) requerirá un billón de dólares en 2026. Sólo los hiperescaladores (las empresas encargadas de vender servicios de computación y almacenamiento en la nube) anunciaron inversiones por 650.000 millones de dólares en este año. Así Nvidia, el principal proveedor de chips, destinará entre 3 y 4 billones de dólares hasta 2030.

La inversión pasará de 1 a 5,4 billones a final de la década sin rentabilidad y a costes prohibitivos

El consenso de mercado elaborado por Facset cifra en unos 3,3 billones de dólares el gasto en capital (capex) de la IA en 2030. Pero si se suman las necesidades de capital en los cuatro ejercicios hasta finales de la década, se alcanzarían los 5,4 billones de dólares.

La subida de los combustibles y el gasto público para financiar la maquinaria bélica de las naciones está añadiendo presión sobre el precio del dinero. La Reserva Federal subió el miércoles un cuarto de punto en los tipos de interés.

La tendencia ascendente de la deuda estadounidense se extiende a otros mercados como Europa o Asia, principalmente Japón, donde los bonos alcanzaron el 3%. Ello está provocando ventas tanto de la deuda americana, con el bono del Tesoro por encima del 5%, como de los activos denominados en dólares, que han perdido parte de su atractivo.

En términos generales, la renta fija corporativa en dólares con grado de inversión ofrece un 5,77%, frente al 4,82% de principios de año. Entretanto, el rendimiento de los bonos soberanos estadounidenses ha escalado del 3,9% al 4,9% de media

En este contexto, las creciente emisiones de deuda de las tecnológicas tienen que competir tanto con los estados soberanos como con otras empresas privadas para captar el interés de los inversores. Compañías como Microsoft o Alphabet han sacado bonos con duraciones de hasta 100 años y en diferentes divisas para lograr cubrirlas. Amazon, otro de los grandes hiperescaladores, lanzó en marzo la mayor emisión corporativa de su historia en euros, por 14.500 millones. Incluso se comprometen a inversiones circulares en las que los fabricantes de chips apoyan a empresas como OpenAI.

La primera consecuencia es que todo esto está transformando compañías que generaban un flujo de caja permanente como Microsoft, Alphabet, Meta o Amazon en empresas hiperapalancadas con costes de capital elevadísimo, que ensombrecen sus perspectivas de beneficio a futuro y ponen en duda sus exigentes ratios de cotización en bolsa.

Las gigantescas corporaciones de IA han emprendido un viaje para rentabilizar estas inversiones milmillonarias, de final incierto, que genera mucha incertidumbre. Open AI, propietaria de ChatGPT, experimentó un fuerte crecimiento en sus ventas en 2025, que alcanzaron 13.000 millones de dólares. Pero las pérdidas totales ascendieron a 39.000 millones, tres veces los ingresos.

La compañía enfrenta costes fijos que se disparan debido a la necesidad de contratar talento y ampliar masivamente su capacidad de computación, lo que eleva año tras año sus pérdidas operativas, a pesar de un margen bruto saludable del 42,6%.

La división de inteligencia artificial de SpaceX (que consolida en sus cuentas los resultados de xAI) registró pérdidas operativas de 3.730 millones en el primer trimestre, que arrastraron al grupo aeroespacial a números negativos, pese a los sólidos beneficios obtenidos en el negocio del espacio.

En cuanto a Anthropic, obtuvo ingresos superiores a 65.000 millones hasta julio, gracias al uso masivo de su modelo Claude, pero las pérdidas estimadas para el ejercicio por los costes de entrenamiento alcanzan los 42.000 millones, debido a las inversiones en modelos avanzados. Justo las que ahora su primer ejecutivo quiere frenar.

La incertidumbre está afectando a las cotizaciones de los superescaladores y de los productores de chips, que sufren batacazos ante cualquier evento extraordinario. Así ocurrió el pasado lunes, tras las manifestaciones de los tres primeros espadas de la IA.

Los inversores temen que estemos acercándonos al pico de una burbuja bursátil, similar a la de las puntocom, que estalló hace más de 25 años. En aquel momento, el PER (veces que la capitalización replica el beneficio) se situó en 50, mientras que ahora el Nasdaq 100, con gran ponderación de valores como Nvidia, Alphabet o Microsoft, cotiza con un PER de 25 veces los beneficios previstos en 2026, lo que supone una prima de un 7,3% frente a la media de las dos últimas décadas.

Pero más allá de la discusión sobre si hay burbuja o no, cualquier incidente con la IA, que afecte a la integridad física de los humanos, dejaría desiertas las rondas de capital, daría al traste con los planes para sacar a bolsa las compañías y hundiría sus valoraciones.

Eso explica porqué el director ejecutivo de Open AI, Sam Altman, descartó salir a bolsa este año después de las declaraciones de Amodei de ralentizar la investigación. Con una valoración superior al billón, su objetivo era debutar en el parqué en otoño, pero ya ni siquiera confirmó que vaya a hacerlo en 2027.

Anthropic también presentó la documentación para cotizar en el Nasdaq. Su valoración se duplicó en los últimos doce meses hasta casi dos billones, tras culminar una exitosa ronda de capital en marzo por unos 120.000 millones. Las palabras de su primer ejecutivo ponen ahora en duda este estreno.

El director general del Banco Internacional de Pagos (BIS), el español Pablo Hernández de Cos, advierte que la magnitud de las inversiones en IA puede desestabilizar el sistema financiero y generar una crisis global, en caso de pinchazo. De Cos critica la "financiación singular y poco transparente entre los fabricantes de chips y las tecnológicas" y da la señal de alarma porque el sector se sufraga con "crédito privado y un endeudamiento agresivo," que no se basa en beneficios reales. Una especie de esquema Ponzi que se alimenta de las aportaciones de capital, que cada vez van a ser más caras y más difíciles de captar.

Cualquier accidente que elimine vidas humanas hundiría el ecosistema de la IA para financiarse

Puede ser que estemos ante el fin del mundo y eso es lo que preocupa a los tres ejecutivos, pero también es evidente que sus cuentas no salen. Si, además, tienen que invertir en ciberseguridad para prevenir ataques de sus bots fuera del entorno autorizado, los costes se encarecerán extraordinariamente.

En estas circunstancias, es urgente una regulación que priorice la seguridad sobre el crecimiento de la inversiones. La amenaza es real. Cualquier accidente se llevaría por delante el ecosistema de la IA y, además, amenaza con provocar un efecto dominó como en 2008, que arrastre a la economía global.


Madrid 6:15 - 19/09/2026
https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/14015132/09/26/es-el-fin-del-mundo-o-el-temor-a-que-se-derrumbe-el-esquema-ponzi-de-la-ia.html