martes, 28 de febrero de 2023

Roubini desvela la gran debilidad de la India y advierte de la peligrosa deriva de su política comercial

 


"India se acerca hacia una política proteccionista y de subsidios peligrosa"

  • "Buscan fomentar la producción interna con ciertos matices nacionalistas"
  • "Esas políticas pueden terminar acabando con la destrucción creativa"



La economía de la India se ha convertido en la gran promesa a nivel global. Su fuerte crecimiento económico y demográfico ha colocado a este país como el futuro predecesor de China como motor del crecimiento global, además de aspirante a ocupar algún día el puesto número uno en el ranking de PIB mundial (aunque para esto queden décadas). Sin embargo, la India se enfrenta a múltiples obstáculos y una gran debilidad que pueden hacer descarrilar a esta economía en su camino hacia el trono mundial.

Nouriel Roubini, célebre economista y profesor de Finanzas en la Universidad de Nueva York, ha escrito un artículo en Project Syndicate destacando las fortalezas y debilidades de la economía de la India. "La India podría convertirse en el país más importante del mundo a medio plazo. Tiene la población más grande (que sigue creciendo), y con un PIB per cápita que es solo una cuarta parte del de China, su economía tiene un enorme margen para aumentar la productividad. Además, la importancia militar y geopolítica de la India no hará más que crecer", destaca el economista norteamericano.

La India ha logrado un crecimiento espectacular durante años apostando por grandes grupos empresariales. La economía de la India ha superado incluso a la de Reino Unido en 2022. Su modelo de 'éxito' es el que también llevó a Corea del Sur al éxito y, en parte, a China.

La apuesta por un modelo de pocas empresas, pero robustas y con una gran cuota de mercado interno, permite que estas empresas sean 'ganadoras' también a nivel global, puesto que tienen el suficiente músculo financiero y de tesorería para invertir y competir con las grandes empresas del resto del mundo, sobre todo en una economía globalizada. Sin embargo, esta misma política que ha llevado a la India a crecer con fuerza durante décadas puede ser su perdición.

"El lado oscuro de este sistema es que estos conglomerados han podido acercarse a los tentáculos de la política para beneficiarse a sí mismos. Esto ha tenido dos amplios efectos dañinos: está reprimiendo la innovación y matando efectivamente a las nuevas empresas en etapa inicial y a los participantes nacionales en industrias clave; y está transformando el programa del gobierno 'Fabricar en India' (make in India) en un esquema proteccionista y contraproducente", advierte Roubini. Esta es la gran debilidad de la India. 

"Es posible que ahora estemos viendo estos efectos reflejados en el crecimiento potencial de la India, que parece haber disminuido en lugar de acelerarse recientemente", destaca Roubini. Otro obstáculo es la gran importancia de las castas, el riesgo de conflictos con Pakistán o con China y la propia corrupción. 

Make in India tenía la intención de fortalecer el lado de los servicios y bienes transables de la economía, fomentando así la producción productos para la exportación, no solo para el mercado indio. Este programa/política ha funcionado durante años. Es más, muchas empresas globales que invertían en China se marcharon a la India para aprovechar las ventajas ofrecía y, todavía en parte, ofrece este país. Una fuerza laboral muy gran y joven es sinónimo de bajos costes laborales. Sin embargo, el make in India está mutando en un proteccionismo peligroso.

"En cambio, India se está moviendo hacia una sustitución de importaciones más proteccionista y subsidios a la producción nacional (con matices nacionalistas), los cuales aíslan a las industrias y conglomerados nacionales de la competencia global. Sus políticas arancelarias le impiden ser más competitivo en la exportación de bienes, y su resistencia a adherirse a acuerdos comerciales regionales impide su plena integración en las cadenas de suministro y valor mundiales", asegura Roubini.

Otro problema es que Make in India ha evolucionado para respaldar la producción en industrias intensivas en mano de obra, como automóviles, tractores, locomotoras, trenes, etc. Aunque es cierto que los sectores intensivos en mano de obra (que requieren muchos trabajadores para funcionar) es un factor importante en cualquier país con abundancia de mano de obra, "India debería centrarse en industrias en las que tiene una ventaja comparativa, como tecnología y TI, inteligencia artificial, servicios comerciales y fintech. Necesita menos scooters y más empresas emergentes de Internet de las cosas", explica Roubini.

El caso Adani

Aunque es cierto que el escándalo que rodea al imperio Adani no tiene visos de convertirse en un riesgo sistémico para el conjunto de la economía, "el caso tiene implicaciones macro para la solidez institucional de la India y las percepciones de los inversores globales sobre el país".

Lo ocurrido con este gran conglomerado puede demostrar la existencia de ciertas relaciones entre el gobierno y las grandes empresas que a largo plazo lastran la competitividad y desincentivan la inversión. El capitalismo de amiguetes solo funciona para unos pocos.

Roubini explica que "la crisis financiera asiática de la década de 1990 demostró que, con el tiempo, la 'captura' parcial de la política económica por parte de los conglomerados capitalistas compinches dañará el crecimiento de la productividad al obstaculizar la competencia, acabar la 'destrucción creativa' de Schumpeter y aumentar la desigualdad".

"El éxito a largo plazo de la India depende en última instancia de si puede fomentar y sostener un modelo de crecimiento que sea competitivo, dinámico, sostenible, inclusivo y justo", sentencia Roubini.


La desigualdad también está en el agua

 

Una mujer etíope lleva un bidón de agua mientras camina en el campamento de Umrakoba, en la frontera entre Sudán y Etiopía.
MOHAMED NURELDIN ABDALLAH (REUTERS)


Una investigación del Instituto de Salud Global de Barcelona revela una “enorme brecha” entre países en cuanto a la regulación y el control de los niveles de químicos en el agua de consumo



El acto de abrir un grifo en Botsuana y beber el agua tratada para su consumo no es garantía de salubridad. Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) revela que en este país su regulación permite concentraciones de trihalometanos —un subproducto químico resultante de la interacción del cloro desinfectante con materia orgánica— 10 veces por encima de lo que permite la Unión Europea (100 microgramos por litro), en línea con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud.


La investigación publicada en la revista Water Research muestra una “enorme brecha” entre países de ingresos altos y bajos respecto de la manera en que regulan y controlan la presencia de contaminantes químicos en el agua de consumo, en palabras de sus autores. Y advierten que la exposición prolongada a trihalometanos “está asociada consistentemente al cáncer de vejiga”.


“Encontramos que muchos países carecen de regulación; y los hay que sí tienen, pero no hacen controles”, desgrana Cristina Villanueva, investigadora de ISGlobal participante en el estudio. Según los datos analizados de 116 países, en 27 no existen normas relativas a la presencia de trihalometanos en el agua de consumo. Y entre los 89 países que disponen de una reglamentación al respecto, los niveles máximos permitidos oscilan entre los 25 microgramos por litro de Dinamarca y los 1.000 de Botsuana. Entre estos rangos, los países más restrictivos son Austria, Zambia e Italia —cuyas guías establecen un máximo de 30 microgramos por litro— frente a los más laxos, que son Ecuador (500), Australia (250), México y Colombia (200).


Tampoco disponer de una norma, sea cual sea la concentración permitida, asegura que las autoridades vigilen que se cumpla. Únicamente 47 países realizan controles rutinarios, según los hallazgos del equipo investigador, y no siempre sobre el agua que consume la mayoría de su población. En 14, incluidos China, India, Rusia y Nigeria, —que aglutinan al 40% de la población mundial—, registran datos sobre los niveles de trihalometanos en determinadas ciudades o territorios delimitados, por lo que sus resultados son parciales. En cinco —Albania, Nigeria, Uganda, Vietnam y Zambia— ni siquiera eso. De otros 33 no se puede saber si hacen algún tipo de control o no porque no hay datos al respecto.

Es preferible clorar el agua y prevenir diarreas que evitar el riesgo químico
Cristina Villanueva, investigadora de ISGlobal

La presencia de trihalometanos es signo de que esta ha sido clorada, lo que es indispensable para eliminar patógenos causantes de enfermedades como la diarrea, la primera causa de mortalidad infantil de menores de cinco años en el mundo, según la OMS. Cada año, fallece más de medio millón por esta dolencia prevenible y tratable.


“Es preferible clorar el agua y prevenir diarreas que evitar el riesgo químico”. Villanueva aclara que su estudio no pone en cuestión el uso del cloro como desinfectante, sino la falta de regulación y controles respecto a los efectos adversos que su utilización provoca: la generación de contaminantes como los trihalometanos en cantidades elevadas.

Para mejorar la calidad del agua no hay una única solución, pero las que hay son complejas y fuera del alcance en economías desfavorecidas. “Añadir etapas de tratamiento y otros procesos complejos se los pueden permitir los países de renta alta. Para los menos desarrollados, las opciones son limitadas”, explica Villanueva. “Algunos optan por usar otros desinfectantes distintos del cloro, como Italia, o reducir la materia orgánica en el agua antes de tratarla”, expone la experta. También reduce el riesgo de que se generen trihalometanos extraer agua subterránea que está suficientemente limpia, con menor cantidad de materia orgánica que interaccione con el cloro. “Pero no siempre está disponible”.


En los países en desarrollo, Villanueva sugiere “buscar otras soluciones a su medida” como el tratamiento en el punto de consumo, el uso de filtros cerámicos o sistemas solares. “La falta de datos en estos países se debe, en buena medida, a que no hay un suministro centralizado de agua y el consumo está demasiado atomizado, lo que dificulta las labores de control”, detalla.


El sexto de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible urge a garantizar el acceso universal a agua segura, libre de contaminación, para 2030. Lo que justifica, en opinión de los investigadores, la necesidad de profundizar en el estudio sobre qué legislación existe al respecto y cómo se aplica. Pero todavía hay una “falta de conocimiento sobre la presencia de químicos en el agua de consumo, especialmente en los países de ingresos bajos y medios”, lamentan. El problema, rematan, es creciente; sin embargo, la atención que se le presta es “limitada” en comparación con la que recibe la extensión del suministro.


Reconocen los autores que la escasez del agua es una crisis que va a ir a peor. Más de 2.000 millones viven en países con estrés hídrico, una situación agravada en algunas regiones como consecuencia del cambio climático y el crecimiento demográfico, anota la OMS. Esa misma cantidad de personas utilizan una fuente de agua potable contaminada con heces, lo que representa “el mayor riesgo para la seguridad del agua de consumo”, según este organismo. En 2020, de acuerdo con sus datos, el 74% de la población mundial (5.800 millones de personas) utilizaba un servicio de agua potable gestionado de forma segura, disponible cuando se necesita y libre de contaminación. Los hallazgos de ISGlobal constatan que la presencia de químicos, desconocida y descontrolada, impiden corroborar tajantemente tal afirmación.




https://elpais.com/planeta-futuro/2023-02-27/la-desigualdad-tambien-esta-en-el-agua.html

lunes, 27 de febrero de 2023

¿Y si el efecto placebo no funciona? Un estudio pone en duda lo que se cree sobre la curación del cuerpo por la mente

 


Se ha asumido durante muchos años que el color de una pastilla de placebo influye en su efectividad, pero puede no ser cierto.ION-BOGDAN DUMITRESCU (GETTY)


El efecto placebo, empleado con frecuencia en atención primaria, basa su prestigio en muchos estudios que no tenían la calidad suficiente o no se han podido repetir



Hay un capítulo de la historia de la medicina, contado con variaciones, que sitúa al estadounidense Henry Beecher en un hospital militar durante la Segunda Guerra Mundial. En ese lugar, que con frecuencia es Anzio, en Italia, pero alguna vez se encuentra en el Norte de África, el médico de Harvard se queda sin morfina para calmar a los soldados heridos. Ante esta situación crítica, él, o quizá una enfermera, decide inyectar a uno de ellos una solución salina diciéndole que es un potente analgésico. Para su sorpresa, este pinchazo con un líquido inocuo relaja al soldado y Beecher puede operarle sin anestesia.


Este momento de iluminación, se supone, llevó al médico a tratar de entender el efecto placebo y a publicar, en 1955, un influyente artículo sobre la materia: The Powerful PlaceboEn él, Beecher, después de revisar 15 estudios sobre ese tema, escribe que “el 35% del éxito de un fármaco o del médico se debe a las expectativas del paciente de un resultado” o, lo que para él era lo mismo, al efecto placebo.


La historia de Beecher es una metáfora sobre la propia historia del efecto placebo. Según cuenta Jonathan Jarry, de la Universidad McGill, en Montreal (Canadá) pese a la relevancia de la experiencia de Anzio, su protagonista no la relata en The Powerful Placebo. Una experiencia parecida, sin embargo, aparece en otro artículo publicado al acabar la guerra. En él, Beecher, que firma como teniente coronel, cuenta un caso en el que un barbitúrico en lugar de morfina le sirvió para aplacar a un soldado enajenado por el dolor. Esta anécdota, similar, pero diferente, reescrita por algún científico creativo y recibido con la credulidad que alimentan los buenos relatos, parece ser la base de la historia con la que muchos explican el descubrimiento del efecto placebo.


Ganas de creer en algo tan fascinante como que el cuerpo sana la mente, referencia repetida a artículos antiguos sin comprobar su validez y reinterpretación de datos reales para que cuadren con la tesis que se desea cierta. Son algunas de las críticas que vuelven a aparecer en un artículo que ha publicado recientemente la revista Journal of Medical Ethics. Cuentan las autoras, lideradas por Charlotte Blease, del Beth Israel Deaconess Medical Center, un hospital universitario de la Universidad de Harvard, en Boston, que en una encuesta realizada entre médicos de primaria de 12 países, entre el 53% y el 89% habían utilizado placebos en con sus pacientes durante el último mes.


Este tipo de tratamientos se basan en el principio de que, hasta cierto punto, el entorno en el que se atiende a un paciente, con el médico y su bata, un fonendo como si fuese un talismán y los rituales de la consulta, tienen efecto terapéutico. En ese contexto, si el médico nos da una pastilla, es posible que mejoren nuestros síntomas. “Los placebos te pueden hacer sentir mejor, pero no te curarán”, apunta Ted Kaptchuk, especialista en el estudio del placebo en Harvard. Por eso, su mayor efectividad se ha visto en el tratamiento del dolor, el insomnio o los efectos secundarios del cáncer como el cansancio o las náuseas.


Pero incluso en esos casos, cuentan Blease y sus colegas, la validez de los resultados que han hecho crecer el interés por esta medicina de la mente está en cuestión. Muchas creencias en torno al placebo se basan en estudios únicos citados muchas veces. “Basado en un solo estudio sobre úlceras duodenales, está ampliamente aceptado que cuantas más pastillas de placebo se administran mayor es el efecto placebo. De forma similar, se suele decir que el color de las pastillas influye en su efecto, y que las pastillas rojas tienen más efecto que las de otros colores. Esto parece basarse en un solo estudio publicado en 1974 con una muestra de 22 participantes, de los que 5 recibieron pastillas rojas”, ejemplifican.


En el pasado, el engaño se consideraba una condición necesaria para que el placebo funcionase, algo que atenta contra la autonomía del paciente. Sin embargo, algunos estudios sugieren que es posible que tengan efecto incluso desvelando que las píldoras no tienen un principio activo. En un ensayo liderado por Kaptchuk, se dio a un grupo de 80 personas con colon irritable pastillas de placebo o nada. A quienes recibieron la pastilla se les explicó que era una sustancia inerte, pero que en otros ensayos había demostrado efecto terapéutico. Esa forma más o menos honesta de sugestión sirvió para que este grupo sintiese más alivio que los que no tomaron nada.


Pese a resultados como este, Blease cree que toda el área de los estudios del placebo se debe replantear y que, al menos por el momento, “los médicos no deberían prescribir placebos en ningún caso”. Por un lado, explica la investigadora, “los placebos que requieren el engaño del paciente vulneran los códigos éticos que dicen que los médicos deben ser honestos con sus pacientes para que ellos decidan si quieren recibir un tratamiento y cuál”. Pero incluso los que se ofrecen con la información adecuada implican cierto engaño. “Esto es así porque aún no tenemos suficiente evidencia de alta calidad y convincente sobre los efectos placebo que producen [estos tratamientos]”, señala Blease. “No decimos que lo que se afirma [sobre el placebo] sea falso, solo que se ha dado por bueno sin un número suficiente de publicaciones”.


En su análisis, las investigadoras señalan los problemas metodológicos de un área de interés creciente, como que gran parte de los estudios incluyan a pocos participantes o muchos de ellos se seleccionen entre personas fascinadas por las interacciones entre la mente y el cuerpo. Y enfatizan que en muchos casos no se diferencia el efecto del placebo del contexto en el que se aplica o de otros efectos del proceso curativo. En las últimas dos décadas, las publicaciones sobre placebo se han multiplicado por diez y “un hallazgo paradójico es que cuanto más atractivo es un campo científico, menos probabilidades hay de que los hallazgos publicados sean ciertos”, escriben.


Blease destaca también los aspectos éticos del uso del placebo. “En atención primaria, cuando no hay un tratamiento eficaz, se puede ofrecer a los pacientes un tratamiento y decirles que funcionará por el efecto placebo, pero no lo sabemos. Y tampoco sabemos si los pacientes se sentirán estigmatizados si se les ofrece una pastilla de azúcar para su dolor. Muchos de estos pacientes con síntomas inexplicados se podrían sentir insultados, no tomados en serio, y dar la espalda a la medicina convencional porque no toma en serio sus síntomas”, explica la investigadora, que cree que aún hay muchos retos que afrontar antes de llevar a la práctica clínica los resultados de los estudios sobre placebo.


Antonio Morral, profesor en la Facultad de Ciencias de la Salud Blanquerna, en Barcelona, cree que son necesarios más estudios para comprender el efecto placebo, como “probar el placebo como si fuese un fármaco y diferenciar su efecto de no dar nada”. Pero, pese a las deficiencias de algunos estudios, cree que los resultados en este campo también muestran algunas carencias de la formación de los médicos y del sistema sanitario. “Hay poco tiempo para dedicarles a los pacientes. Se escucha poco, se toca poco, se mira poco, y la universidad forma poco en las habilidades comunicativas, en el lenguaje no verbal”, opina. A veces, plantea, “se dan placebos porque la presión asistencial es tan grande que es una forma de darle la sensación al paciente de que has hecho algo”, aunque no se haya entendido bien el problema y no se haya encontrado una solución mejor que no hacer nada. Este sería el objetivo, en algunos casos, de recetar un antibiótico para una infección viral, lo que Morral llama un placebo impuro.


En opinión de este investigador, que ha publicado trabajos sobre el efecto placebo, “la medicina basada en la evidencia no es solo lo que dicen los artículos científicos”. “Son las publicaciones, más mi experiencia clínica, más las necesidades del paciente”, afirma. “Un ejemplo son las supersticiones en el deporte. Poner una banda de kinesiotaping, por ejemplo, que para algunas patologías la evidencia es cero, pero que implica un riesgo muy bajo. Si el deportista cree en ello y te lo pide, ofreciéndole la información, se lo puedes poner de forma circunstancial, porque responden a las necesidades de un paciente en un momento vital”, cuenta Morral, que incide en la necesidad de “cuidar el contexto para potenciar los efectos de cualquier terapia”.

El artículo de Blease pone el foco en el placebo, pero recuerda que la medicina en general está expuesta a los mismos errores si olvida el escrutinio continuo. Un estudio de 2004 observó que el atenolol, uno de los primeros fármacos prescritos contra la hipertensión, no era mejor que el placebo, y varias revisiones han visto que los stents, unos tubos metálicos implantados en las arterias con cirugía en pacientes con angina o que han sufrido un ataque al corazón, no reducen las probabilidades de ataques posteriores ni reducen el dolor de pecho. “Estos reveses médicos podrían considerarse una faceta clave de la medicina basada en la evidencia, pero esto requiere que se examinen los hallazgos previos, incluso aquellos que parecen indiscutibles”, afirman Blease y sus colegas.


Gerard Urrutia, director del Centro Cochrane Iberoamericano, en Barcelona, destaca del trabajo de Blease la importancia de plantear el uso del placebo, no solo como uso de control frente a un medicamento, sino como alternativa terapéutica, que se debería probar en ensayos frente a no hacer nada. Urrutia advierte también que, aunque existe el problema de sobreestimar el efecto del placebo, con frecuencia “se sobreestiman también los efectos de los tratamientos activos”. El investigador explica que muchos estudios de eficacia de fármacos, liderados por la industria, “hacen una selección de pacientes y un seguimiento que favorecen la observación de efectos muy optimistas que después no se ven de la misma manera en la práctica médica real, porque las condiciones son muy distintas”. Una revisión de los ensayos dirigidos a la aprobación de inhaladores para EPOC (Enfermedad Polmunar Obstructiva Crónica) observó que los pacientes seleccionados eran muy distintos de los que suelen necesitar ese producto en el mundo real, que en un 90% no habrían sido seleccionados para el ensayo que hizo posible la aprobación.


“Estamos tratando demasiado a los pacientes, es un problema bien documentado. Eso ha generado que los pacientes tengan esa expectativa de tratamiento, incluso en casos donde no es necesario”, asevera Urrutia. La necesidad de los médicos de tener la sensación de que han ayudado a los enfermos, de la industria farmacéutica por rentabilizar esa inclinación y de los pacientes por creer que les han dado una solución seguirá favoreciendo la sobremedicación sin evidencia o la observación de efectos de la sugestión que no son reales. El análisis crítico de los ensayos en los que se basan los tratamientos más aceptados y la aceptación de que a veces lo mejor para los pacientes es no hacer nada, son dos vías para mejorar esos problemas.





DANIEL MEDIAVILLA
25 FEB 2023 - 05:20 CET
https://elpais.com/salud-y-bienestar/2023-02-25/y-si-el-efecto-placebo-no-funciona-un-estudio-pone-en-duda-lo-que-se-cree-sobre-la-curacion-del-cuerpo-por-la-mente.html

La carne falsa se desinfla. ¿Burbuja? No tan rápido, las proteínas vegetales son la antesala de la mayor revolución alimentaria

 


Hamburguesas vegetales.JUAN BARBOSA

A pesar de que el furor que despertaron las hamburguesas veganas hace unos años se desinfla, el sector atrae cada vez más inversión porque hay en marcha varios desarrollos tecnológicos y científicos que zarandearán el billonario negocio de la comida



La jefa de sala zigzaguea entre las mesas redondas con manteles de hilo blanco como si la persiguiese una torrentera de lava naranja. Tiene el pelo negro, recogido, viste traje de chaqueta azul y una sonrisa ensayada, decenas de veces, aunque sincera.

—¿Les comento lo que tenemos fuera de carta? —pregunta a dos matrimonios amigos que comparten la comida.

—Sí —responde la mujer de mayor edad.

—Les puedo ofrecer taco frito de rabirrubia cultivada con células de BlueNalu; nigiris de salmón Wildtype cubiertos con lima; hamburguesa gourmet, frita en harina de gusano Ÿnsect de Borgoña; filete vegetal Redefine Meat generado en una impresora 3-D; cecina de proteínas de soja texturizada, y hoy nos quedan, solo, dos raciones de costillas de cordero a base de plantas Black Sheep Foods.


El relato es una puesta en escena. Un artificio. Pero los platos existen en los laboratorios de varias empresas emergentes. Durante un fulgor dorado, la carne creada a través de plantas —sobre todo guisantes, soja o judías diseñadas para tener la misma textura, sabor e incluso el sangrado de la carne real— pareció imparable. En 2020, con el confinamiento, las ventas de las firmas californianas Impossible Foods o Beyond Meat, que comercializan estos productos, aumentaron el 45%. La mayor disrupción, aventuraron los profetas de Silicon Valley, de la historia de la industria alimentaria. Bill Gates respaldó, en su momento, a ambas compañías (sus inversiones sumaron 183 millones de dólares, unos 173 millones de euros al cambio actual) aunque no hubieran lanzado ninguna hamburguesa al mercado. La ambición se servía fría. Iban a poner patas arriba el sector mundial de la carne. Pat Brown, un bioquímico de la Universidad de Stanford, fundador (2011) de Impossible, comentó en 2015 en una charla TED: “Sé que parece una locura sustituir una industria mundial como la ganadera, muy arraigada y que mueve un billón de dólares al año, pero hay que hacerlo”. Cuatro años después, amenazaba en The New Yorker al sector porcino y del pollo. “¡Sois los siguientes! Quebraréis aún más rápido”.







En Norteamérica y Europa. En %

Por tipo de alimento.

Gramos de COpor kilocaloría

Carne vegetal

Leche vegetal

Ternera / cordero

40

22

36

Aves de corral

3,7

30

Cerdo

3,5

Huevos

2,1

20

19

Lácteos

1,8

17

13

Productos frescos

0.81

12

10

10

9

9

8

Arroz

0,45

6

Trigo

0,22

0

Maiz

0,11

2017

2018

2019

2020

2021

Fuente: PitchBook, Crunchbase, Citi Global Insights, Mosa Meats, Upside, Future Meats, McKinsey,

Euromonitor y Nielsen

EL PAÍS

La intentona golpista fue un fracaso. Las acciones de Beyond cayeron un 78% el año pasado, su capitalización bursátil pasó de un máximo de 14.000 millones de dólares a cerca de 1.000 millones, e Impossible, una firma privada, despidió en octubre al 6% de la plantilla. El objetivo ahora, sostienen, es centrarse en “el canal de I+D”. ¿Otro nuevo fiasco de los profetas tecnológicos de la bahía de San Francisco?



Números en danza


En contra de los números y las preferencias actuales del consumidor, grandes consultoras como BCG, McKinsey o AT Kearney aún creen en el negocio. Aunque jamás un sector había dependido tanto de lo imprevisible. Si la textura, el sabor, la apariencia y el precio son iguales a la carne clásica y, además, la tecnología es la acertada, entonces los números volarán. Ahora las ventas anuales (en Estados Unidos y Europa, según Citi) rozan los 5.000 millones de dólares. Los trampantojos cárnicos controlan solo el 1% del mercado estadounidense y bastante menos del europeo. Aunque, en el supuesto de que la gramática y lo tecnológico los acompañe, la demanda de carne no animal crecerá en una década hasta el 25% y la facturación al por menor oscilaría entre 20.000 millones y 40.000 millones. De 18.500 millones de euros a 37.100 millones. Álgebra. Números que danzan. McKinsey calcula que en 2030 la carne cultivada puede vender 25.000 millones de dólares, y BCG prevé que, en caso de que la cuota del mercado mundial de estas proteínas alternativas fuera del 11%, la facturación durante 2035 viajaría a 290.000 millones de dólares (unos 268.000 millones de euros) de altura. Falta, todavía, otro deseo más. Si los consumidores interiorizan que estos productos frenan la emergencia climática, y el mercado de la carne convencional fuese sustituido por el de las proteínas, entonces —acorde con BCG— se podrían ahorrar emisiones de CO₂ a la atmósfera valoradas en 484.000 millones de dólares.


Descanso entre platos. Hace falta entender las tecnologías y un sector cerrado, muy competitivo, que, al estar formado sobre todo por compañías que no cotizan en Bolsa, jamás publica sus cifras económicas. Aunque casi todas las empresas pierden todavía dinero. En 2021 (el último gran año), los fondos de capital riesgo destinaron 5.000 millones de dólares (4.650 millones de euros) a proteínas no animales. En comparación, el peso de la paja. Solo los proyectos de software absorbieron 251.000 millones del private equity. La paciencia se acabó. “Vivimos una situación que si en 18 meses no tienes ebitda [beneficios antes de impuestos, intereses y amortizaciones], los fondos no ponen dinero”, admite Santiago Aliaga, consejero delegado de la firma barcelonesa Zyrcular Foods, que fabrica y distribuye proteínas alternativas.


Este universo viaja más allá de las finanzas y la tecnología. Se adentra en la complejidad psicológica del ser humano. Muchos consumidores, al leer las etiquetas, han situado estos alimentos (algunos contienen, por ejemplo, sodio y grasas saturadas) en la categoría mental de ultraprocesados. Una palabra que enlaza con problemas de salud y obesidad. Falta de clientes, carencia de inversores, técnicas incipientes y una imagen de comida “artificial”. ¿Los planos de la demolición? “Nada de fracaso. La gente sigue comprando estos productos en Estados Unidos, aunque a un ritmo distinto al que esperaba la industria”, reflexiona Marion Nestle, profesora emérita de Nutrición y Salud Pública de la Universidad de Nueva York. “Los problemas son el repelús que causan los ingredientes ultraprocesados y unos precios altos que el consumidor no está dispuesto a pagar. Es una industria nueva y hay que ver cómo evoluciona antes de sacar conclusiones precipitadas”.


Pero las ventas se han estancado. McDonald’s ya no comercializa (desde el verano en Estados Unidos) su hamburguesa McPlant, el gigante Tyson Foods retiró su réplica vegetal y JBS, el mayor productor de carne del mundo, ha parado la elaboración en el país, aunque sigue fabricando en Brasil y Europa. Además, poca gente (el 38% de los americanos, estima Citi) piensa que la carne de proteínas vegetales resulta saludable. Sin embargo, las consultoras y bancos como Citi alientan que el crecimiento regresará gracias a tres tecnologías. Las puertas abiertas de Ishtar a esta nueva Babilonia gastronómica.


Bajo el primer dintel atravesamos la fermentación de precisión. Recurre a microbios para crear moléculas específicas; por ejemplo, proteínas o enzimas. Es capaz de replicar con productos vegetales, por ejemplo, la clara del huevo, donde el alimento acumula más proteínas. O sea, ovoalbúminas. En caso de tener éxito, supone irrumpir en un mercado, el de los huevos, de 180.000 millones de dólares (167.000 millones de euros) en 2020 y que consume 1,2 billones de unidades al año. Conseguirlo es el Santo Grial de la industria. Para un científico de alimentación es el equivalente molecular a escalar el Everest. Just Egg, Zero Egg, AcreMade, MyEy o WunderEggs, entre otras, persiguen este cáliz. Otros buscan esa redención en una carne falsa sin sabor. El mundo está trufado de esperanza. “De acuerdo con nuestros cálculos, el cambio en 2035 a la carne y los huevos de origen vegetal ahorrarían la emisión de una gigatonelada de dióxido de carbono”, estiman desde Blue Horizon, un inversor en proteínas. Impossible Foods utiliza esta técnica para añadir lo que llaman moléculas del grupo hemo —imita el sabor de la hemoglobina, que se encuentra en la sangre de los mamíferos—, algo esencial para recrear su gusto y el “sangrado”.


Traspasamos otra puerta; al fondo, Babilonia. El cultivo de micelios. Son esa especie de filamentos que alimentan a los hongos. Cadenas de proteínas que se pueden compactar en una instalación, resultan insípidas (una ventaja, porque es posible añadir cualquier sabor, micronutrientes, vitamina B-12, zinc) y tienen una textura similar a la carne. Una de las principales empresas emergentes de este microterreno, Nature’s Fynd, confirma que acaban de recibir una subvención de la Fundación Bill y Melinda Gates para crear soluciones destinadas a países de rentas bajas o medias. En julio de 2021 se benefició de una ronda de financiación valorada en 350 millones de dólares. “Nuestra proteína a base de hongos puede cultivarse en cualquier lugar, desde una ciudad muy poblada, como Chicago, hasta zonas remotas, lo que nos permite producir alimentos donde la gente vive en vez de tener que transportarlos por todo el país o el planeta”, apunta Karuna Rawal, jefa de marketing de la compañía. En Sacramento, California, The Better Meat también se basa en la fermentación de hongos. “Esta tecnología logra que los precios sean igual o más bajos que la carne”, confirma Doni Curkendall, vicepresidenta ejecutiva de operaciones.


Pero el entorno empieza a ser yermo. No solo porque Bloomberg Businessweek escriba en un reportaje reciente que la “carne de origen vegetal está resultando un fracaso”, sino porque el año pasado los inversores solo destinaron 3.600 millones de dólares a la industria. Un retrato de las dudas. A los pocos meses —­cuenta la revista— de la salida a Bolsa de Beyond Meat (2019), el cocinero Mark Bittman, quien apoyó en su momento a la compañía y es experto en alimentos integrales, criticó los productos cárnicos falsos por su hiperprocesamiento. El consejero delegado de Chipotle Mexican ­Grill aseguró que no encajaban con su lema de “comida con integridad”. E incluso John Mackey, el fundador de Whole Foods Market —­el supermercado que fue decisivo en la introducción en la categoría—, avisó de que la carne de origen vegetal era un “alimento superprocesado”.


¿El desmoronamiento? La respuesta está en el evangelista Mateo. “Sois la sal de la tierra. Pero si la sal ha perdido su sabor, ¿con qué se salará?”. La consultora BCG responde a esas antiguas palabras con nuevas: las transformaciones en las cadenas de valor complejas, como la alimentación, nunca son lineales. Las ventas, por ejemplo, de coches eléctricos se dispararon de 792.000 unidades en 2016 a 6,75 millones durante 2021. La fe y la esperanza se refugian donde siempre. “La tecnología está evolucionando para que la calidad de la carne a base de vegetales (y hongos) sea cada vez mejor”, reflexiona sir Charles Godfray, director de la Oxford Martin School de la Universidad de Oxford y su programa El futuro de la comida. También confían en que los consumidores asuman que estos productos frenan el cambio climático. Cada ración de espaguetis a la boloñesa elaborada con carne de origen vegetal —sostiene Blue Horizon— evita las emisiones de tantos gases de efecto invernadero como un coche nuevo al recorrer 10 kilómetros. Y, a la vez, desearían, claro, despejar el camino: el sueño de cualquier sector. “La eliminación de los subsidios destinados a la producción de carne y la imposición de un gravamen al carbono favorecerían esta clase de alimentos”, defiende el docente. ¿Un mundo inalcanzable?



Ensayos de laboratorio

Quizá la verdadera opción tecnológica sea la carne cultivada. El sistema es sencillo en la teoría y complejo en la práctica. Tomar muestras celulares (vacuno, pollo, pescado) y cultivarlas en grandes tanques (biorreactores) llenos de nutrientes. Es más respetuosa con el medio ambiente y debería tener el mismo sabor. El problema es que producirla a gran escala aún resulta caro. Pero es donde concurren los mayores esfuerzos. Existen unas 150 empresas emergentes en todo el mundo en este campo, que en 2021 atrajo una inversión de 250 millones de dólares. Hasta Leonardo DiCaprio y Robert Downey Jr. han apostado por esta técnica. Mosa Meat, compañía con sede en Países Bajos, cree en estas hamburguesas. “La carne cultivada puede ayudar a abordar la soberanía alimentaria nacional, crear cadenas de suministro más resistentes y combatir el cambio climático”, indica un portavoz de la firma. El Eclesiastés enseña que todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el sol. “Nos encontramos en una época clave en la transformación de la industria agroalimentaria, que afronta el reto de una mayor resiliencia y claridad frente a la situación geopolítica o los eventos climáticos”, resume Santiago Fernández, socio de McKinsey. De hecho, Citi cree que en unas décadas la carne cultivada podría dominar el sector y con ello sus ventas actuales: 1,2 billones de dólares.


En Singapur, uno de los pocos países junto con Israel que permiten la carne cultivada, la firma Good Meat —perteneciente a la food-tech estadounidense Eat Just— lleva vendiendo sus nug­gets de pollo desde diciembre de 2020. Y está diseñando en Estados Unidos 10 nuevos biorreactores, cada uno de los cuales tendrá una capacidad de 250.000 litros y una altura de cuatro pisos. El mayor tamaño jamás construido. A finales de 2024 entrarán en funcionamiento. Antes, en noviembre pasado, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas inglesas) autorizó a la firma californiana Upside Foods a extraer células vivas de pollos y cultivarlas en un laboratorio. Detrás hay decenas de empresas esperando una aprobación similar. “Veremos esto como el día que el sistema alimentario empezó a cambiar de verdad”, afirma en The Washing­ton Post Costa Yiannoulis, socio director de Synthesis Capital, un fondo de capital riesgo especializado en tecnología alimentaria. Y remata: “Estados Unidos es el primer gran mercado que lo aprueba, es sísmico y pionero”. Aunque esta carne de laboratorio está básicamente en fase experimental y cuesta más que un filete del cocinero estelar Salt Bae bañado en oro.

Y esta técnica no es solo para la carne. En pleno centro de San Francisco, en el barrio de Dogpatch, aparece una de las pocas plantas piloto que producen en Estados Unidos pescado sin pescado. Wildtype cultiva desde 2017 salmón plateado para sushi en tanques parecidos a los de una fábrica de cerveza. Todo a partir de una muestra del pez vivo. Saben que el precio es alto, pero también las esperanzas. “Están libres de contaminantes como el mercurio, el arsénico o los parásitos, que son muy comunes en estado salvaje”, desgrana Justin Kolbeck, consejero delegado de la start-up. Por ahora, el mercado es pequeño y solo supone el 0,1% de las ventas en el país. En otra ciudad, San Diego, también californiana, BlueNalu prueba con el atún rojo. Ya ha levantado financiación por valor de 84,6 millones de dólares. Y con apellidos famosos. Porque DiCaprio, Bezos Expeditions o Robert Downey Jr.’s FootPrint Coalition han apoyado varias rondas de financiación.


En esta geografía de la nueva alimentación, el centro de proteínas alternativas del mundo es un país con un régimen autocrático. Singapur es el primer territorio que aprueba la venta comercial de carne cultivada. En muchos restaurantes de alta cocina de la ciudad-Estado ya ocupa un puesto en las cartas. En Singapur arraigan más de 36 empresas emergentes dedicadas a las proteínas vegetales, que han conseguido unos 213 millones de dólares de financiación. Es una pequeña nación insular, con escasa tierra de labor, que importa alimentos de 170 países. El Gobierno quiere producir de forma sostenible un 30% de sus necesidades nutricionales antes de 2030. “Una manera es diversificando las fuentes de proteínas a través de métodos basados en plantas, cultivos celulares o fermentación de precisión”, avanza Klara Kalocsay, responsable de investigación de Food Frontier, un centro de estudios australiano.


Si se abre la legislación a esta industria, ese movimiento sísmico retumbará bajo los pies. Asia resulta esencial. La gran geografía de un fracaso o de un acierto. “Los consumidores asiáticos están dispuestos a consumir proteínas alternativas, pero solo si los productos igualan o superan el sabor, la nutrición y la asequibilidad de los convencionales”, resume Mirte Gosker, directora general de la consultora Good Food Institute APAC, experta en nuevas proteínas. Asia es China. Y también la travesía lenta de un transbordador por el río Mekong. Es la imagen en la que se reconocen muchos de sus habitantes; en la que se reflejan. “Los consumidores chinos están entre los más exigentes del mundo respecto al sabor y textura de los productos cárnicos, por lo que cualquier variación vegetal que salga al mercado tendrá que estar a la altura de estos clientes si quiere conquistar, a largo plazo, su mente y su bolsillo”, advierte Tao Zhang, cofundador de Dao Foods International, una firma que invierte en este sector en China. Los alimentos a base de soja —se les conoce en el país como “la carne sin hueso” — tienen una larga tradición histórica y quizá estos innovadores facsímiles podrían ser aceptados con facilidad. O no. “La oposición a las nuevas tecnologías que pueden derrocar a la agricultura tradicional es extrema”, se queja Jan Pacas, consejero delegado de All G Foods, una organización australiana de proteínas vegetales. “He visto negocios disruptivos en bastantes sectores, pero el nivel de hostilidad aquí es mucho mayor. Existe algo emocional en la agricultura que no hallas en otras partes”, añade.



Impresoras 3D


Sin embargo, en otras naciones, y en uno de los países donde los emprendedores han encontrado su tierra prometida, Israel, la empresa emergente Redefine Meat usa impresoras 3D para recrear el tejido muscular de un animal. En dos décadas, creen que quedará solo una gran firma que venderá más de 20.000 millones de dólares. “Aunque algunos están intrigados por la tecnología, a casi nadie le interesa el cómo. Quieren saber si la carne nueva que les servimos es tan deliciosa y nutritiva comparada con la original. Vendemos comida, no tecnología”, sintetiza Edwin Baker, director general para Europa y Oriente Próximo de la compañía israelí. Antes deben superar los retos de la escala, las diferencias culturales, el precio, el sabor, la textura, la regulación. Pero si David consiguió vencer a Goliat en el valle de Ela, todo es posible allí.

Volvemos a nuestro restaurante ficticio. La jefa de sala lleva en la mano la tableta digital para tomar el pedido.

—Resulta difícil escoger —­asume la comensal de mayor edad—. Creo que empezaremos por el taco frito de rabirrubia cultivada con células de BlueNalu —decide tras buscar la aprobación de sus compañeros de mesa.

— Excelente elección —subraya la jefa de sala.



Una carrera para abaratar los precios


¿Quién comerá carne cuando hayamos muerto? La industria de las nuevas proteínas busca un relato favorable en los números. Un trabajo publicado en la Biblioteca Nacional de Medicina —US and UK Consumer Adoption of Cultivated Meat (Adopción de carne cultivada por los consumidores de Estados Unidos y Reino Unido), 2021— sostiene que las generaciones actuales están dispuestas a probar la carne cultivada. Generación Z (88%), mileniales (85%), generación X (77%) y boomers (72%). Pero Silicon Valley y sus empresarios olvidan con frecuencia las papilas gustativas del resto del mundo. ¿Alguien imagina a un argentino o un brasileño prefiriendo un filete vegetal que uno de carne y hueso? Semeja aquella conversación en la película El secreto de sus ojos (2009) entre Guillermo Francella y Ricardo Darín (Benjamín): “El tipo puede haber cambiado de todo, Benjamín: de casa, de cara, de novia, de religión, de Dios; pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar su pasión: el fútbol”. En este caso, el bife argentino.


El sector ha respondido con tecnología híbrida. Igual que con los coches. Combinar fermentación y cultivo celular con productos basados en plantas para abaratar los costes. Los expertos de Citi creen que el precio (ahora más alto que las carnes convencionales) vivirá el mismo descenso que han experimentado los paneles solares. En 2013, la primera hamburguesa falsa, creada por Mark Post, costó más de 300.000 dólares. Pero, durante 2021, Future Meat (Israel) aseguraba que su pechuga de pollo cultivada salía por 7,70 dólares por libra. Al cambio actual, 7,1 euros cada 0,453 gramos. Aunque el producto incluye componentes vegetales. Mientras el atún rojo de la californiana BlueNalu cuesta por debajo de los 80 dólares (74 euros) la libra.







Debate nutricional


Pero todo esto colisiona con el sentido de la existencia. Y no solo porque la cocina es la actividad creativa más antigua del ser humano. “Nutricionalmente, el Homo sapiens es una especie omnívora que requiere un amplio espectro de fuentes dietéticas para una correcta nutrición”, describe Juan Prieto, representante permanente adjunto de España ante la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). “Por otro lado, el reino vegetal solo produce la mitad de los aminoácidos —los componentes estructurales de las proteínas— que necesita el hombre, por lo que las dietas basadas únicamente en proteínas vegetales, sin incluir las de origen animal, son por definición carenciales”.


Es una industria con demasiados puntos ciegos. “Los análogos deben consumirse con moderación porque no sustituyen a los micronutrientes que solemos obtener de la carne y están tan ultraprocesados como los equivalentes cárnicos”, advierte Maria Shahid, investigadora en The George Institute for Global ­Health. Por ahora, el potencial mercado en España —­acorde con el sector— de estos sustitutos de carne y pescado es bastante pequeño. Entre 150 millones y 200 millones de euros. Las materias primas, pensemos en los aromas y las proteínas, son caras. “La fotografía es complicada, pero el travelling tiene buena pinta”, asegura Santiago Aliaga, consejero delegado de la firma barcelonesa Zyrcular Foods. De momento, se encuentra lejos de ser la solución a la inseguridad alimentaria, por ejemplo, en el África subsahariana. “Si acaso, es una herramienta más para la lucha contra este drama”, precisa Ainhoa Marín, experta en agroalimentación en el Real Instituto Elcano. Otra vez, las esperanzas. Si el deseo de luz produce luz, la necesidad de comida produce, hoy, tecnología.





MIGUEL ÁNGEL GARCÍA VEGA
Madrid - 25 FEB 2023 - 17:45 CET
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