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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Cómo la crisis del Canal de Suez marcó el fin del Imperio Británico y por qué la guerra de Irán recuerda a aquel momento

 

Cartilla de racionamiento de gasolina en Reino Unido tras la crisis de Suez. Foto: Alamy


  • La crisis de Suez confirmó el relevo de poder de Reino Unido a EEUU. El conflicto de Irán muestra un mundo sin líder
  • En 1956, EEUU amenazó con hundir la libra para frenar la guerra. Hoy, los mercados presionan la deuda de EEUU
  • La guerra de 1956 causó escasez de petróleo en Europa; la de Irán dispara los precios de diésel y gasolina



En el alma de la política británica hay un trauma que persiste desde 1956: la Crisis del Canal de Suez, en la que lo que parecía que iba a ser una rápida victoria militar contra Egipto acabó convertida en una catástrofe geopolítica que marcó el fin del Imperio Británico. El intento de tomar Suez acabó con el abandono de sus grandes aliados, el cierre de un paso marítimo clave, una escasez de petróleo, un ataque a la moneda y la estabilidad financiera del país, y el reforzamiento del Gobierno al que pretendían derrocar. Hoy, 70 años después, a 2.384 kilómetros de distancia, el estrecho de Ormuz demuestra que, como escribió Mark Twain, "la historia no se repite, pero el presente parece estar construido a base de fragmentos de leyendas antiguas".

Para entender el presente, primero hay que mirar al pasado. En 1954, Abdul Gamal Nasser, el nuevo presidente de un Egipto independiente, negoció con Winston Churchill la salida de las tropas británicas de la que había sido su colonia. Los últimos militares británicos estaban en el Canal de Suez, un paso clave por el que cruzaba el 67% del petróleo que se consumía en Europa, proveniente de los países del Golfo Pérsico. Y tras la marcha de esos militares, ocurrieron dos cosas casi a la vez que cambiaron todo el escenario. Primero, Nasser aprovechó que ya no había presencia armada británica para ordenar la nacionalización de la empresa que gestionaba Suez. Y, segundo, un envejecido Churchill dimitió y dio paso a Anthony Eden, que había sido su ministro de Exteriores durante años y, como miembro de la vieja guardia imperial, se negaba a aceptar que la II Guerra Mundial había cambiado el orden mundial.

Eden se tomó el movimiento de Nasser como una traición: había esperado a que se fueran sus soldados para 'robar' un punto estratégico clave. Los egipcios, por su parte, consideraban que habían sido los británicos los que les habían robado a ellos ese paso un siglo antes, comprando a precio de saldo sus acciones en la empresa gestora aprovechando su debilidad militar y económica. Pero en 1875, Reino Unido era entonces el mayor imperio mundial y no tuvieron más remedio que aceptarlo. En 1956, sin embargo, las cosas habían cambiado mucho, aunque Eden no se hubiera dado cuenta.

Un plan perfecto, pero sin el permiso clave

La respuesta del nuevo 'premier' fue negociar con Francia, otro imperio menguante que controlaba -antes de la nacionalización- la otra mitad del Canal, e Israel, que sufría desde su fundación un bloqueo marítimo por parte de Egipto. El plan era simple: atacar el país conjuntamente y recuperar Suez. Israel, que era la única que sí tenía un 'casus belli' sostenible a primera vista, invadió la Península del Sinaí y alcanzó Suez en cuestión de días. En ese momento, Francia y Reino Unido anunciaron que, para evitar que la escalada entre Israel y Egipto afectara a todo el comercio mundial, no tenían más remedio que invadir y recuperar el control del Canal. Por el bien del planeta, se entiende.

Y Egipto no se quedó de brazos cruzados. Aunque su ejército no podía resistir una invasión de tres potencias militares coordinadas, sí podían hacer mucho daño. Primero, hundieron varios barcos en la entrada del Canal, bloqueándolo durante meses. Y segundo, Nasser ordenó a sus militares quitarse las insignias y luchar como civiles, para crear una amenaza 'invisible' para los invasores.

Soldados británicos ocupando Port Said, en Egipto. Foto: Alamy

Pese a todo ello, Reino Unido y Francia avanzaron rápidamente: en pocos días habían capturado un tercio de la vía y estaban a punto de lograr una victoria en apenas una semana. Pero entonces se encontraron con algo que no esperaban: los teléfonos de las embajadas empezaron a arder. La noticia había sentado como una bomba en Washington, ya que EEUU temía que los países árabes vieran esta invasión como un ataque de todo Occidente contra ellos y que se acabaran lanzando en brazos de la Unión Soviética, con lo que ello supondría para el equilibrio económico mundial en plena Guerra Fría. La ONU se reunió de emergencia para condenar la invasión y, por si Eden no había captado el mensaje, el presidente Dwight Eisenhower amenazó con tumbar la libra si no ponían fin inmediato al ataque. A Londres no le quedó más remedio que capitular y salir por donde habían llegado, junto con unos franceses que nunca perdonarían del todo la 'traición' estadounidense.

La humillación dejó a Reino Unido en 'shock'. El propio Eden sufrió un enorme desgaste físico y mental y tuvo que irse de vacaciones durante dos meses. Su mujer, Clarissa Eden, llegó a decir que "sentía que el Canal de Suez discurría por nuestro salón". Para cuando regresó de Jamaica, en enero de 1957, el Partido Conservador ya había dictado sentencia: Eden dimitió y le dio las riendas a Harold Macmillan.

Aquella derrota política confirmó el cambio de guardia en el orden mundial. Europa, con Reino Unido a la cabeza, sufrió meses de escasez de petróleo, precios disparados y restricciones, por el corte de Suez que ellos mismos habían provocado con su guerra. Egipto se hizo con la soberanía de todo el canal, sin que nadie ya pudiera discutirla, con las comisiones por paso que conllevaba. Londres se vio obligado a reconocer que ya no eran el imperio invencible de antaño, y que el viejo orden mundial en el que Reino Unido intervenía donde quisiera cuando quisiera había terminado. A lo más que podía aspirar era a ser la mano derecha de EEUU, que había tomado definitivamente las riendas imperiales. Los británicos aceleraron su retirada de todas sus posiciones militares y territoriales al 'este de Suez', y se vieron obligados a digerir su nuevo futuro como un país más entre iguales en Europa, posición con la que aún no han llegado a reconciliarse.

Trump y el 'cambio de guardia'

No hace falta ser muy imaginativo para ver las similitudes entre aquella guerra fallida y el conflicto de Irán. Donald Trump se lanzó de cabeza asumiendo que Irán era muy inferior militarmente y que EEUU podía imponer su voluntad por la fuerza allá donde quisiera, especialmente ante el éxito de su operación para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela. Como hizo entonces Egipto, la respuesta de Teherán fue bloquear el suministro mundial de petróleo y usar tácticas militares muy difíciles de controlar -el uso de drones, minas y pequeñas lanchas- para confundir y evadir a un ejército mucho más poderoso.

La primera consecuencia es la que sufrió Europa con la crisis de Suez: escasez de combustible y precios disparados. Aún no se ha llegado a una situación de racionamiento, pero con la gasolina y el diésel rondando máximos históricos de precio, el efecto en la práctica es muy similar.

La gran diferencia es que, al contrario que entonces, EEUU ni ha logrado ninguno de sus objetivos, ni está cerca de hacerlo. Si está atascado no es porque su 'hermano mayor' le ordenara parar, sino simplemente porque la estrategia de 'atacar sin invadir' ha fracasado y, tras haber malgastado cantidades enormes de municiones, la única forma de presión que le queda es un lento e incierto bloqueo marítimo. Quizá la falta de un 'hermano mayor' que le fuerce a aceptar la realidad sea hasta un problema: cuando Irán le presentó un acuerdo lleno de concesiones humillantes al país persa, Trump lo firmó en un primer momento para evitar una crisis mayor, pero en poco tiempo decidió romperlo y dejar la situación enquistada, incapaz de conseguir nada que se parezca a una victoria y decidido a no reconocer una derrota.

Port Said, tras el ataque franco-británico. Foto: Alamy

Ante la falta de un gigante que amenace con tumbar el dólar, la presión actual la están haciendo los mercados de deuda, disparando la rentabilidad de la deuda americana y mostrando cada vez más dudas sobre la credibilidad de la Fed y de las instituciones del país. El problema para el resto del mundo es que, cuando la libra dejó de ser el activo refugio, estaba el dólar para ocupar su sitio. Esta vez, ni hay un reemplazo del dólar ni se le espera a medio plazo: todas las grandes monedas del mundo tienen debilidades y limitaciones que les impiden convertirse en el nuevo activo líder del mundo.

Y esa idea, la del troceamiento del poder mundial, es muy visible. En 1956, la crisis de Suez supuso el fin del Imperio Británico y dejó claro que ni Reino Unido ni Francia podían ya actuar de forma individual, sin el respaldo de EEUU. Aquel evento supuso la confirmación de un mundo bipolar: estaban EEUU y la URSS, y todos los demás países relevantes orbitaban, más cerca o más lejos, en torno a alguno de ellos. El fracaso militar de EEUU en Irán no implica la aparición de una nueva potencia líder, sino la confirmación de que el mundo está en una era multipolar en la que ningún país puede imponer su voluntad donde quiera. De hecho, como se ve en los casos de Ucrania o Canadá, ni siquiera pueden imponerla con facilidad en sus 'patios traseros' contra países mucho más débiles sobre el papel.

Aún queda por conocer el final de la historia: si Irán logrará imponer un peaje en el estrecho de Ormuz, si el bloqueo naval de EEUU le obligará a aceptar algún acuerdo intermedio en el que ambos renuncien a sus objetivos de máximos a cambio de evitar daños mayores, o si habrá alguna tercera opción que aún no se vislumbra. Quizá la crisis petrolera acabe con un impulso histórico a las energías renovables y los coches eléctricos que acabe hundiendo la demanda de crudo y solventando el problema de Ormuz. Lo que está claro es que el huevo del poder estadounidense, una vez roto, ya no se puede arreglar. Los británicos llevan 70 años digiriendo aquel trauma nacional. Las consecuencias para EEUU de este fracaso aún son impredecibles. La pregunta es si Melania Trump acabará lamentándose de que el estrecho de Ormuz se ha metido por medio de Mar-A-Lago.


19:17 - 18/09/2026
https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14015082/09/26/como-la-crisis-del-canal-de-suez-marco-el-fin-del-imperio-britanico-y-por-que-la-guerra-de-iran-recuerda-a-aquel-momento.html

domingo, 19 de julio de 2026

La inusual estructura de Rolex: la empresa de lujo que no pertenece a ningún multimillonario


Una palabra que no significaba nada se convirtió en una cuyo significado no requería explicación.

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Cuando Shakira quiso expresar en una canción su dolor por una traición amorosa, se valió de una comparación que no necesitaba explicación: "Cambiaste un Rolex por un Casio".

La segunda marca quizás podría haber sido otra, pero la primera sólo podía ser esa: bastaba invocarla para que su audiencia global la entendiera de inmediato como sinónimo de lo más valioso que alguien puede poseer... y perder.

Pocas marcas en la historia han logrado ese nivel de penetración cultural.

Ya sea un reloj de pulsera Rolex, grande, robusto, de oro pulido e incrustado de diamantes -que declara éxito a los cuatro vientos-, o un modelo más discreto, que susurra refinación, todos hablan el mismo idioma.

Y aunque hay otras piezas de relojería en el mercado de lujo que marcan el tiempo con una precisión respaldada por una ingeniería muy sofisticada, Rolex ha sido el líder indisputable desde hace más de medio siglo.

El más reciente informe Swiss Watcher 2025 de Morgan Stanley y LuxeConsult, que examinó las 50 principales marcas, lo confirma.

Rolex aparece a la cabeza con una cuota de mercado minorista implícita de 33%; el segundo en la lista -Richemont, con sus relojes Cartier- tiene el 9%.

El informe estima que se vendieron 1.150.000 relojes Rolex el año pasado, lo que se traduce en ingresos estimados de unos US$14.800 millones, una cantidad difícil de imaginar y, en este caso, difícil de confirmar pues la centenaria relojería es singular.

Rolex no pertenece a ningún multimillonario, ni cotiza en bolsa, ni responde a accionistas.

Es propiedad de una fundación.

Esa estructura inusual, que sus admiradores -desde entusiastas y coleccionistas hasta vendedores especializados- presentan como un modelo casi virtuoso de capitalismo con conciencia, es compleja e intrigante.

Detrás de ella hay un hombre llamado Hans Wilsdorf.

¿Cómo encaminó el éxito de la marca y se aseguró de que perdurara?

Un huérfano bávaro con una visión

Wilsdorf nació en 1881 en Baviera, Alemania y, tras perder a su madre siendo niño, y a su padre cuando tenía 12 años, sus tíos vendieron el negocio familiar y lo enviaron a un internado.

Con una educación sólida y la capacidad de hablar tres idiomas - alemán, francés e inglés- Wilsdorf llegó a Suiza a los 19 años a trabajar para una empresa exportadora de relojes de bolsillo.

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Dominio Público

Pie de foto,
Wilsdorf no sólo creó la relojería y su imagen, sino que se aseguró de que su visión continuara intacta cuando él ya no estuviera.

En 1905, con 24 años, fundó junto a su cuñado Alfred Davis la empresa Wilsdorf & Davis en Londres, importando mecanismos suizos y tres años más tarde registró la marca Rolex, una palabra inventada, fácil de pronunciar en cualquier idioma y lo suficientemente corta para caber en una esfera.

Había llegado en el momento en que la industria apostaba por el reloj de pulsera, y se unió a esa tendencia con una obsesión particular: demostrar que esos pequeños mecanismos amarrados a la muñeca podían alcanzar la precisión de los grandes cronómetros marinos, el máximo estándar de exactitud de la época.

Así como Omega, Longines y Zenith, Rolex participó en competencias de cronometría, pues la precisión no era solo un atributo técnico: era el argumento de venta.

Pero se necesitaba más para sobresalir.

En la sucesión de innovaciones que transformaron la relojería, Rolex no siempre fue el primero en concebir una idea, pero sí a menudo en llevarla a su forma definitiva y grabarlo en la memoria colectiva.

En 1926, lanzó el Oyster, el primer reloj de pulsera herméticamente sellado y resistente al agua.

Para demostrarlo, Wilsdorf no se limitó a afirmarlo: convenció a la nadadora Mercedes Gleitze para que llevara un Oyster atado al cuello durante su "nado de vindicación" del Canal de la Mancha.

Gleitze había sido la primera persona en cruzar el Canal, pero otra mujer reclamó haberlo hecho en menos tiempo, una afirmación que resultó ser una farsa, pero que obligó a Gleitze a repetir la travesía para reivindicar su hazaña.

La controversia garantizaba cobertura mediática gratis.

Aunque Gleitze tuvo que abandonar el nado por el frío extremo, el reloj funcionaba perfectamente, como reportó el diario británico Times.

Un mes después, Rolex compraría la portada completa del diario Daily Mail con el titular: "El reloj que desafió el Canal".

La legendaria casa de subastas Sotheby's describiría esa colaboración, casi un siglo después, como "el nacimiento del patrocinio deportivo moderno": la primera vez que la resistencia física de un atleta fue usada para validar la ingeniería de un producto.

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La travesía de Gleitze demostró que Rolex había inventado el primer reloj de pulsera práctico, impermeable y a prueba de polvo del mundo. En noviembre de 2025, se vendió en subasta de Sotheby's por US$1.730.000.

En los años 50, Rolex y su agencia de publicidad J. Walter Thompson protagonizaron un audaz golpe de marketing en un evento que tenía al mundo en vilo: la conquista del Everest.

La relojería británica Smiths, proveedora histórica de la Armada Real y la Casa Real, era la patrocinadora oficial de la expedición que lo logró en 1953, y cuando Edmund Hillary llegó a la cumbre, llevaba un Smiths De Luxe en la muñeca.

Pero eso no impidió que Rolex se adueñara de la historia: le había dado relojes a los miembros de la expedición y al regreso, en Calcuta, el distribuidor local le regaló a Edmund Hillary un Explorer prototipo grabado, y repartió relojes al equipo.

Para cuando llegaron a Londres los escaladores eran embajadores oficiales de Rolex, y poco se habló de los relojes Smiths.

En 1960, en vez de disputar las alturas, se probó en las profundidades: un reloj experimental Rolex fue fijado al exterior del batiscafo Trieste durante su descenso al fondo de la fosa de las Marianas.

Jacques Piccard, el oceanógrafo que comandó el descenso, envió un telegrama a Ginebra: "Feliz de anunciarles que su reloj funciona igual de bien a 11.000 metros que en la superficie".

Cada hazaña terminaba en un anuncio, reforzando el eslogan asociado con la marca: "una corona para cada éxito".

La línea entre la publicidad y las demostraciones reales de rendimiento era difusa, y la estrategia rindió fruto: desde 1953, Rolex creció a un ritmo promedio del 8% anual durante casi cuatro décadas.

El mercadeo era solo la mitad de la ecuación. La otra, la resumió Wilsdorf en una carta de sus primeros años: "No es con precios bajos sino, al contrario, con mayor calidad que no solo podemos sostener el mercado, sino ampliarlo".

Un símbolo a prueba del tiempo

Wilsdorf murió en 1960, pero estaba por venir la transformación más radical de Rolex: de reloj de precisión a símbolo global de estatus.

De la mano de aquella agencia de publicidad que había ayudado a cimentar el vínculo entre Rolex y la conquista humana de lo imposible en el Everest, J. Walter Thompson, la estrategia evolucionó con precisión quirúrgica a lo largo de las décadas.

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Le pusieron la corona en 1931.

Los anuncios ya venían centrándose no en los relojes en sí, sino en los hombres poderosos que los lucían: Rolex era símbolo de éxito personal.

"Los hombres que guían el destino del mundo usan relojes Rolex", rezaba un anuncio de 1959.

Cuando la sociedad pasó de admirar a líderes mundiales o a los militares, y los deportistas, aventureros y emprendedores se convirtieron en los nuevos héroes, Rolex se asoció a profesionales de élite.

La crisis del cuarzo en los años 70 -cuando los relojes japoneses de batería amenazaron con hacer obsoletos los mecanismos mecánicos suizos-, que para muchas marcas un golpe letal, para Rolex fue una oportunidad.

Mientras competidores como Omega fabricaban relojes de cuarzo baratos, Rolex reencuadró su mecanismo mecánico como virtud: no era tecnología antigua, sino artesanía atemporal.

La decisión consolidó su posición como el reloj de lujo por excelencia, que ha mantenido por más de medio siglo.

En los 80, cuando los símbolos de estatus se volvieron culturalmente dominantes, Rolex giró hacia la opulencia: el modelo Day-Date se convirtió en "el reloj presidencial", usado por líderes mundiales.

El resultado fue lo que los expertos en marcas llaman una trampa aspiracional perfecta: un objeto que quienes no pueden permitírselo desean, y quienes pueden permitírselo necesitan para señalar que lo han logrado.

El mensaje constante, como señala en el libro La fabrique de l'excellence: histoire de Rolex el historiador Pierre-Yves Donzé, era destilado, sencillo y poderoso: Rolex es un producto excepcional, desarrollado por un empresario excepcional (Hans Wilsdorf) para personas excepcionales.

Ese temple y claridad de visión se debe en gran medida a la Fundación Hans Wilsdorf, lo que nos lleva de vuelta a su creador.

La corona y sus sombras

Tras la muerte de su esposa en 1945, Wilsdorf creó la fundación que lleva su nombre, y a su muerte, le legó todas sus acciones.

Su objetivo primario -según sus estatutos- es "garantizar la salvaguarda, el mantenimiento y la rentabilidad de los bienes que se le confían".

"De ser posible", añaden, apoyar iniciativas sociales, educativas, culturales y humanitarias principalmente en Ginebra, así como contribuir a la protección de los animales y el medio ambiente a nivel global.

Todo se ha cumplido, sin duda, aunque de nada hay registro exacto.

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El puente Hans Wilsdorf, galardonado con varios premios de arquitectura, es la obra más evidente de la fundación en Ginebra.

Si bien sus fines filantrópicos están subordinados a la disponibilidad de recursos que sobren, estos han permitido beneficiar a tantos personas y proyectos que es imposible enumerarlos.

En la ciudad, la huella de la fundación es omnipresente: desde la preservación y reinvención del histórico cine Le Plaza, hasta el apoyo a la modernización de la Escuela Profesional de Ginebra, la renovación del Asilo de Ancianos de Champel, la restauración de la Biblioteca de la Ciudad y la conservación del Jardín Botánico de Ginebra, son muchos los proyectos que quizás no habrían visto la luz sin el respaldo de Rolex.

Además de lo que se ve, la fundación se centra en apoyar a individuos, condonando deudas, ayudando a pagar alquileres u otorgando becas.

Y se reporta que las miles de solicitudes que reciben se revisan con rapidez y sin trámites burocráticos excesivos.

Todo esto le confiere un poder tan vasto que en Ginebra algunos lo describen como un "Estado dentro de un Estado", como señala Dan Crivello en el blog especializado Coronet.

El modelo que lo hace posible, sin embargo, no es exclusivo de Rolex.

Rolex no es la única empresa con esta estructura. Carlsberg, Robert Bosch, Bertelsmann, Novo Nordisk e IKEA, entre otras, son también propiedad de fundaciones.

Pero Rolex tiene dos particularidades: su fundación posee el 100% de las acciones, en una estructura que la ley suiza hace permanente, es decir que nadie puede venderla, sacarla a bolsa ni transferirla a manos privadas.

Y opera en la industria del lujo, donde donde la mayoría de sus competidores pertenecen a conglomerados bursátiles o a familias accionistas. En ese mundo, Rolex es una anomalía.

Eso hace que Rolex no sólo sea inusual, sino el ejemplo más visible y rentable de este modelo, y el más debatido.

Sus ventajas son reales: sin presión de accionistas, las decisiones son más largoplacistas; sin cotización en bolsa, la empresa es inmune a los vaivenes especulativos; con una fundación como propietaria, parte de las ganancias va a causas sociales.

El historiador Donzé argumenta que esta estructura ha sido clave para que Rolex mantenga su independencia y coherencia de marca durante más de un siglo.

Pero las sombras también son reales.

Rolex no publica resultados detallados, no rinde cuentas a accionistas y apenas ofrece visibilidad sobre el alcance real de su actividad filantrópica.

Analistas e historiadores del sector han señalado que esa opacidad no es un rasgo accesorio, sino estructural: le permite acumular capital, tomar decisiones a muy largo plazo y ejercer una influencia significativa sin los mecanismos habituales de supervisión.

El resultado no es tanto una anomalía ética como institucional: una organización que, sin infringir las reglas, opera en gran medida al margen de ellas.

Sin embargo, nada de eso ha empañado lo que Rolex representa para el mundo: esas sombras rara vez llegan al mostrador.

Shakira no cantó sobre una fundación. Cantó sobre un reloj. Pero ese reloj lleva décadas siendo mucho más que un objeto: es el resultado de una construcción deliberada, inteligente, a veces opaca, de lo que significa el éxito.

Y la empresa que lo fabrica ha logrado algo que muy pocas logran: que nadie necesite explicar qué significa cuando pronuncias su nombre.


  • Título del autor,BBC News Mundo
    11/04/2026
    https://www.bbc.com/mundo/articles/c1d9pedp9yyo

lunes, 13 de octubre de 2025

La tormenta perfecta que aniquiló civilizaciones: cómo las enfermedades derrotaron al Nuevo Mundo mucho antes que las armas



Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América 
(Dióscoro Puebla, 1862)



La llegada de los conquistadores a América desató un choque biológico y cultural que transformó para siempre el destino de pueblos enteros, marcando uno de los mayores colapsos de la historia



El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo

Winston Churchill.



Cuando la monarquía española comenzó a adueñarse de una buena parte del mundo a partir de las postrimerías del siglo XV, fue incapaz de prever que, más allá de universidades, hospitales y una cultura complementaria a la par que avanzada, en aquellas tierras ignotas y divididas por guerras civiles intestinas, enfermedades e infecciones demoledoras resultarían fatales para los nativos. Con independencia de que los españoles de antaño tenían una superioridad militar incontestable y un armamento nunca visto por aquellas latitudes, la falta de inmunidad de los locales ante los patógenos exportados desde Europa haría una criba monumental. Ya no eran solo las armas del momento, sino, además, un mundo microscópico de maleantes con una pegada descomunal.

Su medio ambiente —el de los nativos— sería alterado rotundamente por aquellos soldados exploradores que, a partir del año 1492, portadores inconscientes de la letalidad que llevaban en sus organismos, generarían enfermedades sin cuento entre los aborígenes. La viruela y el sarampión fueron especialmente crueles con la población autóctona. Asimismo, hay que recordar que el final de la Peste Negra en Europa, según estimaciones —pues los cálculos se hacían imposibles—, causó una mortandad enorme durante el tiempo del Renacimiento, que se cree se llevó rumbo a la eternidad a más de la tercera parte de los europeos de aquel entonces, si no más.

En lo relativo a la fiebre amarilla y, en menor medida, a la malaria, los estudios posteriores indican que generaron gran mortandad tras el estudio de los huesos de las momias, al dejar estas partes del tejido accesibles para los expertos. Ya fuera por contacto directo, a través de las vías respiratorias, por la carencia de una higiene digna de tal nombre y, por supuesto, por la ausencia de la clase médica, la propagación se hizo imparable.


Aquellas enfermedades favorecieron la penetración de las tropas hispanas en sendos territorios: Centroamérica y el oeste de la actual Norteamérica

No tanto por el ejercicio de las armas, sino más bien por la enorme desgracia que acarrearon los soldados exploradores con patógenos dominados en Europa, pero letales ante una población indefensa contra ellos, aquello se convirtió en un Armagedón. Las investigaciones más recientes de los paleoantropólogos y la medicina de laboratorio nos señalan de manera rotunda que, por encima de la intencionalidad, los contagios no fueron actos conscientes, sino involuntarios. Como consecuencia de este destrozo causado por los ávidos patógenos, una terrible hambruna acabó de rematar la desesperación de aquellas pobres gentes. Sus dioses y el nuestro no eran muy garantistas con los habitantes de este orfanato ambulante y su penosa existencia en medio del abrumador silencio sideral.


Un cambio de guardia en la historia

Cabe señalar que aquellas desgraciadas enfermedades favorecieron la profunda penetración de las tropas hispanas en sendos territorios: Centroamérica y el oeste de la actual Norteamérica. En el sur, se llegó hasta la Patagonia. Eso, y las dos guerras civiles que tuvieron que enfrentar tanto Cortés como Pizarro en sus respectivas operaciones, dieron cancha a un rápido colapso de aquellas civilizaciones. La accidentalidad caprichosa de la historia y sus azares, y la letalidad de los patógenos importados, determinaron un cambio de guardia en la historia de la humanidad.

La tremenda hecatombe sanitaria resultante de la debilidad de aquellos sistemas inmunológicos deteriorados por las solapadas enfermedades de comorbilidad y la lejanía de tratamientos adecuados fueron una sentencia de muerte para millones de desgraciados. Todavía tenemos que aguantar que lo que hicimos en América fue un genocidio, según algunos historiadores de salón. A veces los bulos se convierten en dogmas.

Según qué fuentes, el sumatorio de víctimas, en porcentajes, se podría situar en el 60 % en un rango de 25 años, hasta que remitió el punto álgido de letalidad. Si hacemos una contabilidad rigurosa en millones de fenecidos, es mejor no calcularlo. Una tragedia colosal, sin duda. Pero que quede claro que el azar es accidentalidad, y la intención está asociada a la voluntad. Aquellos bichitos cabrones no entraban dentro del plan ni de la acción militar por parte de la Monarquía española.


Por 
https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2025-10-11/nuevo-mundo-historia-espana-america-enfermedades_4225870/