jueves, 15 de octubre de 2026

El 'mal holandés' llega a la economía de EEUU: una nueva industria empieza a acaparar el capital, la energía y la mano de obra

 

Dos trabajadores en un centro de datos. Foto: iStock


  • El auge de la IA está provocando esta 'enfermedad' económica, según Apollo
  • Se da cuando el repentino 'boom' en un actividad es un problema para otras ramas
  • La frenética inversión en centros de datos contrasta con la debilidad en la vivienda


Cuando se enuncia la teoría del 'mal holandés' o la 'enfermedad holandesa' no se habla de otra cosa que de una economía que ha alcanzado tal y repentino éxito en una actividad concreta que, por decirlo suavemente, ha descuidado todas las demás, haciéndose en extremo dependiente de la misma. Un caso reciente muy comentado es el de Taiwán con los chips. Esta descripción, que sobre el papel no le pega a una economía como la de EEUU, se está empezando a emplear con la primera potencia del planeta debido al frenesí que está alcanzando la inversión en Inteligencia Artificial (IA), materializada especialmente en la construcción de los tan deseados como denostados centros de datos.

Por debajo de las omnipresentes noticias sobre la inversión y endeudamiento masivos de los conocidos como hiperescaladores (grandes proveedores de servicios en la nube), cualquiera que se haya asomado brevemente por los titulares económicos de EEUU habrá visto una idea bastante repetida: el capex (la inversión en capital) en todo lo aledaño a la IA ha sido el mayor impulsor del crecimiento del producto interior bruto (PIB) en los últimos tiempos. Jason Furman, prestigioso economista de la Universidad de Harvard, ha sugerido que la inversión en tecnología y software representó el 92% del crecimiento del PIB estadounidense en el primer semestre de 2025, en un momento en que el sector no tecnológico atravesaba dificultades.

La idea de fondo es la misma: pese a los elevados tipos de interés, la incertidumbre global, las dudas con la demanda futura, las todavía frágiles perspectivas de beneficios y la problemática oferta de energía, la IA es un 'toro' furibundo en el ruedo de la economía estadounidense. "El auge de la IA, insensible a los tipos de interés, está provocando el 'mal holandés' en la economía estadounidense al desviar capital, energía y mano de obra de sectores vulnerables como la vivienda y la automoción", da la primera pincelada Torsten Slok, economista jefe de Apollo.

El término 'enfermedad holandesa' nació a raíz del descubrimiento de importantes yacimientos de gas natural en los Países Bajos durante la década de 1950 y del posterior auge de sus exportaciones. Lo que parecía una bendición económica terminó convirtiéndose en un problema para otras ramas de actividad. La entrada masiva de divisas contribuyó a apreciar la moneda, encareciendo los productos nacionales frente a los extranjeros y restando competitividad a las industrias exportadoras. Pero el fenómeno tenía una segunda dimensión, igualmente importante: el sector que estaba experimentando el auge atraía capital y trabajadores desde otras actividades, elevaba los costes de producción y dificultaba la supervivencia de empresas que no podían competir por esos recursos.

La teoría económica distingue, por tanto, entre el efecto gasto, asociado a la apreciación del tipo de cambio real y al aumento de la demanda interna, y el efecto desplazamiento de recursos, por el que una actividad extraordinariamente rentable termina absorbiendo factores productivos que antes se destinaban a otros sectores. La paradoja es que un país puede enriquecerse gracias a un negocio concreto y, al mismo tiempo, debilitar parte de su tejido productivo.

EEUU parecía relativamente inmune a una enfermedad de estas características. Su economía no depende de una única materia prima ni de un reducido grupo de exportaciones, sino que cuenta con uno de los aparatos productivos más diversificados del planeta, un gigantesco mercado interior, una industria tecnológica de vanguardia y unos mercados financieros capaces de canalizar el ahorro hacia multitud de actividades.

Además, la condición del dólar como principal moneda de reserva internacional y la extraordinaria profundidad de sus mercados de capitales hacían difícil que el éxito de un sector provocase los desequilibrios propios de una pequeña economía exportadora de recursos naturales. Sin embargo, la IA ha introducido una variante peculiar de este fenómeno: no se trata tanto de una apreciación cambiaria provocada por las exportaciones como de una competencia cada vez más desigual por recursos escasos. Los gigantes tecnológicos pueden financiar inversiones multimillonarias gracias a sus enormes flujos de caja, su acceso privilegiado al crédito y las expectativas de beneficios futuros, mientras que las empresas de sectores tradicionales siguen sometidas a unos tipos de interés elevados y a unas condiciones financieras mucho más exigentes.

Con todo, el dinero, la electricidad, los equipos y determinados perfiles laborales se concentran en torno a la IA, incluso cuando el resto de la economía encuentra crecientes dificultades para invertir. Es una 'enfermedad holandesa' sin necesidad de descubrir petróleo ni gas: el recurso extraordinariamente rentable es ahora la capacidad de computación.

El contexto más cercano en el tiempo en el caso de EEUU es claro. La llegada de ChatGPT a finales de 2022 y el posterior lanzamiento de otras herramientas de IA generativa han impulsado este auge en la inversión tecnológica en el país. Las empresas tecnológicas estadounidenses compiten por el liderazgo, enfrentándose a competidores extranjeros, principalmente chinos. Mientras tanto, el gobierno de EEUU considera esto un asunto crucial para la seguridad nacional y económica de las próximas décadas, y está dispuesto a incentivar y apoyar iniciativas en este campo. Sin ir más lejos, noticias en su momento como los avances de la china DeepSeek supusieron todo un terremoto en EEUU.

El resultado ha sido un aumento sustancial del gasto en la construcción de centros de datos y la generación de energía eléctrica. De hecho, estos son los únicos sectores donde actualmente se observa un crecimiento del gasto en construcción. La construcción residencial se ve obstaculizada por los elevados tipos hipotecarios y la falta general de asequibilidad tras el auge de los precios de la vivienda después de la pandemia. De forma más sorprendente, llaman la atención los analistas de ING, el sector tecnológico, excluyendo los centros de datos, ha experimentado un retroceso tras la aprobación de la Ley de Chips y Ciencia de 2022 del presidente Biden, que destinó 52.700 millones de dólares para impulsar la fabricación e investigación de semiconductores a nivel nacional. Mientras tanto, el resto de la construcción no residencial se encuentra estancada.

"El repunte de la actividad resulta aún más evidente si analizamos el indicador del PIB correspondiente al gasto de capital empresarial no residencial. Si agrupamos la inversión en informática y periféricos junto con la inversión en software, observamos un aumento acumulado del 62% en el gasto real desde el primer trimestre de 2022. El frenético gasto en tecnología parece haber canibalizado efectivamente otras inversiones empresariales no residenciales, que descendieron en términos interanuales durante seis trimestres consecutivos, entre el cuarto trimestre de 2024 y el primer trimestre de 2026", escribe el economista James Knightley en un informe reciente de ING.

Un reciente gráfico del mencionado Furman ofrece bastante clarividencia al respecto, al mostrar cómo ha evolucionado el gasto en construcción en EEUU, ajustado por inflación, en distintos sectores. En efecto, el gasto real en construcción de centros de datos creció entre enero y agosto un 64,5% con respecto al mismo periodo del año anterior. En el mismo lapso, solo el gasto de otro subsector creció, el de la infraestructura energética con un mucho más modesto porcentaje del 4,1%. En el resto de subsectores, el gasto retrocedió, tanto en construcción residencial (un -9,6%) como no residencial (un -5,9% con caídas de dos dígitos en sanidad, retail, educación, oficinas no relacionadas con centros de datos y manufactura con un considerable -23,9%).

El problema es que la economía estadounidense está empezando a funcionar a dos velocidades, con un sector tecnológico que parece operar al margen de las restricciones financieras que atenazan al resto. Para entender esta divergencia hay que fijarse en el coste del capital. En condiciones normales, unos tipos de interés elevados encarecen la financiación, reducen el valor actual de los beneficios futuros y desincentivan los proyectos de inversión, especialmente aquellos que necesitan endeudarse para generar ingresos a largo plazo. Pero las grandes tecnológicas cuentan con balances extraordinariamente sólidos, abundante liquidez y unas expectativas de rentabilidad que les permiten seguir invirtiendo incluso cuando el precio del dinero permanece alto.

En cambio, una promotora inmobiliaria, un fabricante de automóviles o una empresa industrial con márgenes más estrechos no puede ignorar el aumento de los costes financieros. La consecuencia es una asimetría en la transmisión de la política monetaria. Es decir, mientras que la Reserva Federal intenta enfriar la demanda y contener la inflación mediante unos tipos de interés restrictivos, una parte cada vez más relevante de la inversión empresarial sigue acelerando con independencia de ellos.

Esta situación puede provocar un efecto de desplazamiento de la inversión privada, aunque no necesariamente a través del mecanismo tradicional por el que el endeudamiento público eleva los tipos de interés y expulsa a las empresas del mercado de crédito. En este caso, el desplazamiento es fundamentalmente sectorial y se produce a través de los precios relativos y de las limitaciones de oferta. Los centros de datos compiten por terrenos, conexiones a la red eléctrica, transformadores, turbinas, materiales de construcción, ingenieros y trabajadores especializados. Cuando la oferta de estos factores no puede aumentar con rapidez, una demanda extraordinaria eleva sus precios y encarece los proyectos de otros sectores.

El ejemplo más evidente es la electricidad. Aunque construir capacidad de generación adicional puede terminar ampliando la oferta energética, la demanda inmediata de los centros de datos puede saturar redes de transporte y distribución que requieren años de inversión y autorizaciones para expandirse. Una fábrica que necesite conectarse a la red o una industria intensiva en electricidad puede encontrarse así con costes superiores, retrasos o una menor disponibilidad de capacidad, no porque su actividad haya dejado de ser rentable, sino porque compite por los mismos recursos con empresas dispuestas a pagar mucho más.

Desde el punto de vista macroeconómico, esta concentración de la inversión plantea una cuestión todavía más delicada: la diferencia entre crecimiento del PIB y crecimiento equilibrado de la capacidad productiva. La contabilidad nacional registra como formación bruta de capital fijo la adquisición de equipos, instalaciones y software, de modo que el desembolso asociado a la IA impulsa la demanda agregada y puede contribuir directamente al crecimiento económico. Sin embargo, que una inversión aumente el PIB hoy no garantiza que genere mañana una rentabilidad suficiente ni un incremento equivalente de la productividad del conjunto de la economía. Esto puede generar presiones inflacionistas en determinados mercados mucho antes de que aparezcan las fuerzas desinflacionistas asociadas a una mayor productividad. El riesgo no es únicamente que la IA absorba una parte creciente de la inversión estadounidense, sino que los cuellos de botella que genera dificulten la expansión de otras actividades mientras las prometidas ganancias de eficiencia tardan años en hacerse visibles.


https://www.eleconomista.es/economia/noticias/14020540/10/26/el-mal-holandes-llega-a-la-economia-de-eeuu-una-nueva-industria-empieza-a-acaparar-el-capital-la-energia-y-la-mano-de-obra.html