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Un mural en una pared del hospital Okhmadyt de Kiev.
(EFE/Sergey Dolzhenko)
Las revisiones aplazadas y las dificultades para acceder a pruebas retrasan la detección. Cada vez llegan más pacientes con tumores avanzados al Instituto Nacional del Cáncer, mientras otros afrontan largas esperas para recibir atención oncológica
"A veces sonaba la sirena de ataque aéreo mientras me estaban administrando la quimioterapia. Si ya me costaba salir al pasillo, no digamos llegar hasta el refugio", cuenta Olena Chumliar, paciente de cáncer de mama desde hace dos años. El tratamiento de su enfermedad ya es duro de por sí, por las pruebas, tratamientos, efectos secundarios y el impacto del diagnóstico. A todo ello, en la Ucrania en guerra, se le suman otros peligros a los que se exponen los pacientes: alertas de ataques aéreos, bombardeos y cortes de electricidad que pueden interrumpir el tratamiento en cualquier momento.
Cada año se diagnostica cáncer a más de 100.000 personas en Ucrania. Sin embargo, las cifras pueden dar la impresión de que los casos están disminuyendo. Según los datos del Registro Nacional del Cáncer, se registraron 138.509 en 2019, frente a 122.842 en 2023 y 124.801 en 2024, mientras que las cifras de 2025 aún se están verificando. Entre los cánceres más frecuentes se encuentran el de mama (22,2%) y el de útero (10,1%) en las mujeres, y el cáncer de próstata (14,9%) y los cánceres de tráquea, bronquios y pulmones (13,3%) en los hombres.
"Son cifras difíciles de interpretar. La guerra impide que dispongamos de datos fiables de las tasas de cáncer", afirma Arman Kacharian, director médico del Instituto Nacional del Cáncer. "Hay que tener en cuenta que las personas de los territorios ocupados temporalmente y de las regiones cercanas al frente tienen un acceso limitado al diagnóstico. Además, no olvidar al gran número de desplazados dentro de Ucrania y a los millones que han abandonado el país, han recibido protección temporal en el extranjero y, en muchos casos, tratamiento oncológico gratuito. Por lo tanto, en este momento no se puede confirmar que las tasas de cáncer en Ucrania estén disminuyendo o aumentando".
Kacharian añade que la guerra también afecta a la detección precoz del cáncer. Cada vez llegan más pacientes al instituto con la enfermedad en fase avanzada. Existen varias razones, como que la guerra dificulta el acceso a los centros médicos, incluidos los centros oncológicos y los hospitales regionales de referencia.
Las fuerzas rusas atacan cada vez con más frecuencia los trenes de pasajeros, y las ofensivas siguen causando daños en la infraestructura médica. Como reflejan los del Ministerio de Sanidad, a 1 de septiembre de 2026, había 2687 instalaciones de 854 centros sanitarios dañadas o destruidas, siendo las regiones de Járkov, Donetsk, Dnipropetrovsk, Jersón, Mykolaiv y Kiev las más afectadas.
Los ataques también causan perjuicios en los almacenes de suministros médicos. El 3 de septiembre, un ataque ruso dañó el complejo logístico Biocon, situado en el distrito de Boryspil de la región de Kiev, uno de los almacenes farmacéuticos más grandes del país. Los distribuidores de medicamentos, como Optima-Pharm, Universal Logistic y BaDM, también han sido objeto de ataques.
"Si los almacenes de los proveedores sufren daños, los hospitales pueden quedarse sin artículos que parecen básicos, pero que son esenciales, como guantes o jeringuillas. Por eso, deben contar con varias vías de suministro, existencias de reserva y planes de contingencia para hacer frente a posibles interrupciones", comenta Kacharian.
La guerra cambia la forma de sentir
Cuando las personas se centran en la supervivencia y se encuentran bajo un estrés constante, es fácil que las revisiones médicas pasen a un segundo plano, señala Kacharian. La gente pospone las citas con el médico, con lo que aumentan las posibilidades de que el cáncer se diagnostique en una fase avanzada.
Rina Zaichenko se enteró de que tenía cáncer en verano de 2023, a los pocos días de casarse. Todo comenzó con un dolor renal. Durante un mes, los médicos no supieron determinar qué le pasaba. Tenía los niveles de creatinina, que sirven para evaluar la función renal, demasiado altos, por lo que no se le podía realizar de inmediato un TAC con contraste.
Cuando finalmente los médicos le hallaron una masa en el riñón, uno de ellos pensó que se trataba de un quiste y le indicó a Zaichenko que volviera a los dos meses para realizarle una ecografía de seguimiento. Entonces, por casualidad, le atendió otro médico que también estaba siguiendo su caso. Este temió que la masa pudiera ser cancerosa y la derivó al oncólogo, quien confirmó el diagnóstico e indicó que había que extirpar la lesión. Finalmente, derivaron a Zaichenko al Instituto Nacional del Cáncer para intentar salvarle el riñón.
"En aquel momento, sabía muy poco sobre la patología. Me daba miedo ir a un centro oncológico. Al principio, el médico me tranquilizó, diciéndome que solo era un estadio II. Era un tumor pequeño y me lo podían extirpar. Pero al hacerme un TAC de los pulmones antes de la cirugía, vieron que ya había metástasis. Mi cáncer de estadio II había pasado a ser un estadio IV", recuerda la mujer.
Se sometió a varias intervenciones quirúrgicas. Primero le extirparon el tumor renal, aunque conservando el riñón. Seis meses después, le extirparon las metástasis de ambos pulmones en dos operaciones distintas. Casi todo el tratamiento fue gratuito; solo tuvo que pagar algunos medicamentos. Pero el proceso en Kiev planteaba una dificultad añadida: las alertas de ataques aéreos y los bombardeos podían interrumpirlo en cualquier momento.
"En ese momento los ataques no eran tan intensos como ahora, pero a mí me producían mucho estrés. Tras las operaciones, me costaba mucho caminar; llevaba una sonda y un drenaje. Así que, cuando sonaba la sirena, me resultaba físicamente imposible levantarme e ir al refugio", explica Zaichenko. Además, su marido es militar, por lo que no siempre podía estar a su lado cuando lo necesitaba durante el tratamiento.
"Cuando tienes cáncer, hace falta más que atención médica. A veces necesitas que alguien te ayude a llegar a la consulta, te apoye durante un procedimiento o se siente a tu lado cuando tienes miedo", cuenta Zaichenko. "Por suerte, mi madre siempre estuvo a mi lado. Pero muchas veces los pacientes con cáncer no cuentan con ese apoyo. Sobre todo después de una operación, cuando tienes que ir de un lado a otro, firmar documentos o encontrar al médico correspondiente. Es posible que te encuentres agotada y sin fuerzas para saber adónde tienes que ir o qué tienes que hacer".
El cáncer no consiste solo en el tratamiento. El paciente tiene que tomar decenas de decisiones estando asustado, agotado y sin saber qué le deparará el futuro. Por eso, Zaichenko sostiene que los centros oncológicos deberían contar con especialistas o voluntarios que ayuden a los pacientes a desenvolverse durante todo el proceso, para que sepan qué pruebas tienen que hacerse, qué documentos deben reunir y adónde han de acudir, además de proporcionarles apoyo emocional.
Esta mujer lleva ya dos años en remisión, aunque al principio tenía que someterse a pruebas de seguimiento cada seis meses. Ahora, acude una vez al año, aunque esto también plantea sus dificultades. Los médicos recomiendan realizar un PET-TAC, ya que puede revelar más información que un TAC convencional con contraste. El problema es conseguir una cita. En Ucrania, solo hay tres hospitales donde se realizan PET-TAC —dos para adultos y uno para niños— y se encuentran en Kiev. Eso se traduce en largas listas de espera. Si hay derivación médica, el PET-TAC debería ser gratuito, ya que está incluido en la lista de pruebas diagnósticas que cubre el sistema público.
Sin embargo, hay tanta lista de espera que mucha gente acaba pagando la prueba de su propio bolsillo. Esta puede costar entre 25.000 y 30.000 hryvnias (unos 500 o 600 euros). Pero incluso pagando, es posible que haya que esperar.
"Este verano, empecé a llamar con antelación para reservar la próxima prueba. En junio, me dijeron que volviera a llamar en julio, cuando se abrieran las citas. En julio, me enteré de que la máquina estaba en reparación o mantenimiento. Me explicaron que las citas se abrirían a mediados de septiembre, y que las primeras pruebas ya estaban programadas para noviembre. Por suerte, yo puedo esperar porque estoy en remisión, pero hay personas que no pueden", relata Zaichenko.
La escasez de equipos de PET-TAC se debe a su alto coste, al mantenimiento y a la falta de radiofármacos especializados. Estas sustancias, además, caducan en cuestión de horas, por lo que no pueden transportarse a largas distancias, por ejemplo, desde Kiev a otras regiones.
En 2025, el Ministerio de Sanidad anunció planes para construir otros dos centros de medicina nuclear. Uno estará en Lviv, en la Universidad Nacional de Medicina de Lviv Danylo Halytskyi, en colaboración con el Centro Oncológico de Lviv; el otro, en Kiev, en el Instituto Nacional del Cáncer. Ya se han adquirido dos equipos por un importe de 445,05 millones de hryvnias (unos 8,7 millones de euros). El ciclotrón, el componente principal, tarda mucho tiempo en fabricarse, por lo que no se espera que se pueda entregar hasta julio de 2027.
"Había cola para quimioterapia desde las seis de la mañana": la historia de Olena Chumliar, de Odesa
En junio de 2024, Olena Chumiliar, natural de Odesa, se vio por casualidad un pequeño bulto cerca de la clavícula. Era tan discreto que, al principio, apenas le dio importancia. Al cabo de un mes, empezó a tener dolor y acudió al médico. El especialista en mama que lo atendió sospechaba que se tratase de un fibroadenoma, un tumor mamario benigno, pero le recomendó hacerse una biopsia en un centro oncológico. "Cuando me dieron los resultados, resultó ser una de las formas más agresivas de cáncer de mama. Como puede progresar rápidamente, el tratamiento comenzó de inmediato", recuerda.
Comenzó con quimioterapia para detener la progresión del tumor y, a continuación, se sometió a una intervención quirúrgica. El centro oncológico disponía de todos los medicamentos que necesitaba, por lo que su tratamiento fue gratuito. A veces oía que ciertos fármacos no estaban disponibles y, cuando escaseaban, los pacientes tenían que buscarlos en otras ciudades o regiones. "Yo tuve suerte: pude recibir las seis sesiones de quimioterapia sin ninguna interrupción. Lo único que podía obligar a suspender una sesión era una alerta antiaérea", asegura.
Según cuenta, el gran número de pacientes dificultaba mucho conseguir consulta con un médico especialista en quimioterapia sin cita previa. Llegaba al centro oncológico a las seis de la mañana, con la esperanza de que la atendieran a tiempo para recibir la sesión. Pero, si sonaba una alerta antiaérea, todo se detenía. Se dejaba de atender a los pacientes y el tratamiento podía retrasarse aún más. "Una vez, la alerta antiaérea comenzó mientras me estaban administrando la quimioterapia. A los pacientes nos trasladaron al pasillo, donde esperé, conectada al gotero, hasta que cesó la alerta. Físicamente me resultaba demasiado difícil bajar al refugio", cuenta Chumliar.
"Logré superar el tratamiento sin que faltaran los medicamentos, aún recuerdo las colas interminables"
La zona donde se encuentra el centro oncológico solía ser blanco de misiles y drones Shahed, por lo que Chumliar temía aún más por su vida. Aun así, completó el tratamiento y recibió la última infusión de terapia dirigida en enero de 2026. Ahora sigue un tratamiento hormonal y se somete a revisiones periódicas.
"Aunque logré superar el tratamiento sin que faltaran los medicamentos, aún recuerdo aquellas colas interminables y los estrechos pasillos abarrotados de gente", explica. "Necesitamos un sistema más claro. Los pacientes no deberían tener que hacer cola desde las seis de la mañana para recibir quimioterapia. Además, se debería mejorar la comunicación en el hospital. Es evidente que todo el mundo está sometido a mucha presión, pero al personal sanitario no se le puede olvidar a lo que se enfrentan los pacientes con cáncer. Luchan contra una enfermedad grave al tiempo que se enfrentan a lo que les impone la guerra".
Los centros oncológicos durante la guerra
Las dificultades a las que se enfrentan los centros sanitarios han ido variando a lo largo de la invasión a gran escala, reconoce Kacharian. En 2022, uno de los mayores problemas era conseguir medicamentos y material sanitario. Con el espacio aéreo de Ucrania cerrado, el transporte se volvió mucho más difícil.
Al mismo tiempo, millones de personas se desplazaron. Los residentes de las regiones del norte, este y sur afectadas por la guerra se trasladaron a ciudades más seguras del centro y el oeste. El personal sanitario también se desplazó, con lo cual, algunos hospitales quedaron prácticamente vacíos y sin pacientes, mientras que otros se vieron desbordados.
"Al principio, la gente ni siquiera sabía si podría continuar con el tratamiento, dónde podría conseguir los medicamentos o qué pasaría", narra Viktoriia Romaniuk, presidenta de Athena. Women Against Cancer, una organización sin ánimo de lucro que representa a más de 50.000 pacientes con cáncer. "Recuerdo un centro oncológico de Kiev en el que se dio de alta a los pacientes que podían desplazarse por sí mismos, mientras que a los que estaban en cuidados intensivos o se recuperaban de una intervención quirúrgica se los trasladó a un refugio, donde los médicos continuaron tratándolos. Fue increíblemente estresante tanto para los pacientes como para el personal sanitario".
La situación mejoró gradualmente, pero la guerra trajo consigo otros retos: cortes de electricidad y ataques contra infraestructuras críticas. Para que los hospitales fueran más autosuficientes, el Gobierno y los donantes internacionales financiaron generadores, pozos y bombas y, cuando fue posible, sistemas de calefacción independientes.
"Las alertas de ataques aéreos siguen siendo un problema complejo para los hospitales. Cuando se está realizando una intervención quirúrgica, no se puede parar. El personal conoce los riesgos, existen planes de evacuación y los refugios están equipados. Pero es difícil establecer un único procedimiento de respuesta claro para todas las alertas de ataque aéreo. Cada situación es diferente, por lo que los hospitales deben evaluarla caso por caso y tomar decisiones flexibles", sostiene Kacharian.
La experta sostiene que muchos de los problemas en los centros sanitarios se deben a la mala comunicación. El estrés constante pone a todo el mundo al límite, por lo que es especialmente importante preservar el respeto mutuo entre administradores, personal sanitario y pacientes.
"Los administradores deben seguir comunicándose y estar dispuestos a escuchar las quejas tanto del personal como de los pacientes. El personal sanitario debe comprender que la gente no acude al hospital porque le apetezca. Tienen una necesidad, a menudo grave. Además del estrés de la guerra, se enfrentan a una enfermedad grave. Los pacientes, por su parte, deben recordar que los médicos trabajan bajo una presión enorme", afirma el director del instituto oncológico.
"El Instituto Nacional del Cáncer no sufre en estos momentos gran escasez de personal", añade Kacharian. Algunos empleados que se habían marchado han regresado, y los empleados varones han quedado exentos de la movilización. El agotamiento sigue siendo un problema grave. Los equipos médicos llevan años trabajando bajo alertas de ataques aéreos y bombardeos. Incluso llegar al trabajo resulta más difícil ahora, ya que los atascos y los retrasos en el transporte público se suman a la tensión.
"La guerra y todo el estrés acumulado afectan a la forma en que interactúan los pacientes y los profesionales sanitarios y pueden alimentar los conflictos. Pero es importante no culpar a ninguna de las partes. En estos momentos, tanto los pacientes como los médicos necesitan respeto mutuo, comprensión y apoyo", concluye Romaniuk.