
Científicos alemanes revelan los productos químicos, los países y los cultivos que generan los mayores impactos ambientales, con un consumo que se aleja del compromiso global de reducirlo a la mitad en 2030
A pesar de los compromisos internacionales para poner freno a los plaguicidas, la toxicidad global por estas sustancias químicas usadas en la agricultura no deja de aumentar, poniendo en riesgo la biodiversidad global. Lejos de caminar hacia su reducción a la mitad para 2030, como se acordó en 2022 en una cumbre mundial, estos productos generan cada vez más problemas a numerosas especies. Así lo concluye una exhaustiva investigación de científicos de la Universidad de Kaiserslautern-Landau (Alemania), que ha analizado los riesgos de 625 de estas sustancias para ocho grupos diferentes de seres vivos.
Las investigaciones sobre los impactos de productos usados para aumentar el rendimiento de las cosechas vienen de lejos, pero hasta ahora se habían centrado en especies o compuestos concretos. Ahora, los autores buscaban una forma de poder evaluar su toxicidad a nivel general, dado que la expansión de las tierras de cultivo, la intensificación de la producción y la resistencia a las plagas están incrementando su uso. Los últimos datos de la FAO de 2023 señalan que los agricultores del mundo utilizan al año más de 3,73 millones de toneladas de estos productos sintéticos, un 14% más que la década anterior y, aunque ese año se frenó el aumento -especialmente por las medidas tomadas en China y la UE-, cada vez son más las que se acumulan en el medio ambiente. Según este trabajo, publicado en la revista Science, serían necesarias “medidas más drásticas” de las que se toman, sobre todo en relación a unas pocas sustancias que causan un gran daño cuando se analizan juntas.
Jakob Wolfram y sus colegas destacan el desarrollo de una metodología que permitirá saber, a nivel general, qué está pasando: “Utilizamos datos sobre el uso de cada plaguicida por cantidad, país y año, así como su toxicidad para ocho grupos de organismos; es algo que con pocos datos proporciona una indicación sencilla del posible impacto de esos plaguicidas en la biodiversidad, y eso permite ver las tendencias y evaluar si se cumplen los objetivos de la ONU. Además, por primera vez se evalúa un conjunto global de plaguicidas en relación con los riegos que suponen para las especies”, explica a La Vanguardia Wolfram, el primer firmante del artículo.
En concreto, recogieron datos de entre 2013 y 2019, aunque se explica que no hay grandes cambios hasta hoy. Partieron de los umbrales máximos de toxicidad autorizados en seis países (Australia, Canadá, China, Nueva Zelanda, EE.UU. y Japón) y en la Unión Europea para ocho grupos de especies (plantas acuáticas, invertebrados acuáticos, peces, artrópodos terrestres, polinizadores, organismos del suelo, vertebrados terrestres y plantas terrestres). En total, abarcan el 80% de los cultivos de la Tierra. Querían establecer cómo la toxicidad por estos compuestos químicos aumenta en los países y en cultivos y cómo afecta a gran parte de la vida que hay alrededor.
Encontraron que unos pocos productos (entre 20 y 34 de los 625, según el país) son los que causan un gran daño ecológico porque no sólo impactan en las plagas que son su ‘diana’, sino en otras especies. Solo los utilizados en frutas y verduras, maíz, soja, cereales y arroz suponen entre el 76% y el 83% de la toxicidad global por plaguicidas. También son las mayores producciones. Por países, China, Brasil, Estados Unidos e India juntos contribuyen entre el 53% y el 68% de esa tasa global de toxicidad. De ellos, solo China ha logrado frenar el aumento de su uso y está en fase descendente. También en la UE ha disminuido, aunque los plaguicidas químicos siguen siendo más del 75% del total.
“Esto demuestra que se requieren acciones sustanciales a nivel mundial”, señala los científicos. En el caso europeo, podría haber un parón: tras años de avances, en 2024 la Comisión se desmarcó del objetivo de la ONU del 50% menos a final de esta década, una decisión tomada tras numerosas protestas de los agricultores, que consideran que sin estos productos son menos competitivos.
Hay que recordar que en la mencionada Cumbre de la Biodiversidad Kunming-Montreal no se fijó el nivel base de pesticidas sobre el que habría que reducir a la mitad. Es por ello que los investigadores alemanes han desarrollado este índice de medición llamado “toxicidad total aplicada agregada (TAT)”, que mide el riesgo ambiental de todos los plaguicidas usados a lo largo del tiempo y con toda su gama de toxicidades.
Según sus resultados, en seis de los ocho grupos de especies analizados causan graves impactos. Eso incluye todos los invertebrados y plantas terrestres. Entre los más afectados, los artrópodos de tierra, los organismos del suelo y los peces, dado que acaban en los ríos. Tampoco tienen buenas noticias para los polinizadores. Y lo peor lo encuentran en los territorios con más agricultura intensiva. El continente americano, norte y sur, Europa Occidental y Asia Meridional y Oriental se sitúan los primeros del ranking.
El trabajo destaca el alto nivel de toxicidad de insecticidas como piretroides (muy usados contra plagas de orugas o escarabajos) y de organofosforados (que afectan al sistema nervioso central) en todos los invertebrados acuáticos, los peces y los artrópodos terrestres. También los neonicotinoides, que matan a los polinizadores. Respecto a los herbicidas, mencionan la acetamida (se usa contra las malas hierbas en cereales) y los bipiridilos (para limpiar campos desecando lo verde); combinados con el glifosato (que en la UE se ha autorizado hasta 2033), son un cóctel que, aseguran, impiden tener suelos sanos.
Por países, mencionan la gran intensidad de uso de plaguicidas por hectárea en Brasil, Argentina, EEUU, China y Ucrania. Los tres primeros, como recuerdan, cultivan un alto porcentaje de semillas transgénicas, así que esto indicaría que no son una opción para rebajar el nivel de toxicidad. Precisamente, los principales proveedores de la UE para el maíz son, por este orden, EEUU, Brasil y Ucrania. Como ejemplo positivo ponen a Chile, el único que, de seguir así, podría alcanzar la meta de la ONU para 2030. “Lo crucial es entender los patrones para cada cultivo, dado que su distribución futura dependerá del mercado y del cambio climático. Los cultivos que cubren grandes áreas y los muy especializados, que requieren pesticidas muy tóxicos, son claves en las estrategias futuras para salvaguardar la biodiversidad”, argumentan.
Wolfram y su equipo defienden que habría que volver a los niveles de plaguicidas químicos que había hace más de 15 años, lo que implica un cambio en la agricultura global. Aunque observan que en algunos países se avanza y se prohiben productos, no lo suficiente para considerar lo tóxicas que pueden ser las mezclas de varios. Tampoco les vale que se sustituyan unas sutancias por otras que solo trasladan el riesgo de unas especies a otras. Apuetan mejor por aumentar el uso de biopesticidas y reducir las cantidades utilizadas, aunque ello implique producir menos piensos y más alimentos directos; es decir, un cambio de una dieta con mucha carne a una más vegetariana, además de reducir el desperdicio alimentario. El beneficio: “Que la biodiversidad mejora la calidad del suelo”.
En la investigación echan en cara a las naciones la falta de datos. Consideran que deben recopilar y compartir mejor información sobre los ingredientes químicos activos que se usan en sus territorios, lo que servirá para la toma de decisiones eficaces para frenar esta pérdida de biovidersidad, que consideran muy grave. En eso su trabajo quiere ser un apoyo: “Este indicador que desarrollamos es una forma bastante fácil de calcular los valores de toxicidad y observar su evolución. Cada país puede ver su situación y decidir qué tóxicos debe sustituir o en qué cultivos es más urgente apostar por la agricultura orgánica. Esto es positivo, aunque las tendencias actuales apuntan a un aumento de tasa de toxicidad. Lo negativo es que, si no se toman medidas, la degradación de los ecosistemas seguirá avanzando”, concluye Wolfram.
En España, ya se han documentado daños en especies muy concretas por uso de estos productos. En 2023, un trabajo del CSIC, coordinado por la química Ethel Eljarrat, detectó que el aumento de su uso en el entorno de Doñana estaba afectando a la capacidad reproductiva de aves como el águila calzada. Incluso detectaron en algunos huevos restos de DDT, prohibido desde 1977. También observaron un aumento de la presencias de los piretroides que menciona este trabajo. Al año siguiente, con el mismo proyecto hallaron pesticidas prohibidos en la UE desde 2009, tanto en los sedimentos como en el agua del parque nacional andaluz como en el de las Tablas de Daimiel.
“Es muy preocupante que el control, incluso en la UE, que estos investigadores sitúan como la región mejor posicionada del mundo, se apueste por relajar los controles, pese a lo que señalan los estudios científicos. Esta investigación hace un mapa claro de la situación global, pero a medida que la ciencia avanza desespera ver cómo se eliminan controles a plaguicidas que años después de ser autorizados se demuestra que son dañinos”, concluye.