- Su creador se inspiró en el código morse que dibujó en la arena de la playa para crear las primeras líneas
- Antes que en los supermercados, un sistema similar se usó en los 60 para identificar los vagones de tren
- En España, la primera en instalar escáneres en sus cajas fue una por entonces pequeña empresa llamada Mercadona
En el verano de 1974, en una anodina caja de supermercado de Ohio, un paquete de chicles de Wrigley pasó por un lector óptico y marcó el inicio de una revolución silenciosa. Aquellas líneas negras sobre fondo blanco no solo transformaron la forma de cobrar productos: redefinieron la logística global, la gestión de inventarios y la propia arquitectura del comercio moderno. Nacía el código de barras, uno de los pilares invisibles de la economía contemporánea.
Las primeras investigaciones empezaron a realizarse a finales de los años 40. Las tiendas de comestibles eran cada vez más grandes, vendían más productos y tenían más problemas para controlar el inventario y para evitar los problemas con los cobros, pues por entonces pasaban a mano cada producto. Y con esos retos en mente, el propietario de la cadena de supermercados Food Fair acudió a la Universidad de Drexel, a ver si podían ayudarle desarrollando alguna tecnología que permitiese capturar automáticamente la información de los productos al pasar por la caja. Dos estudiantes, Norman Joseph Woodland y Bernard Silver, se pusieron a trabajar en esa idea.
El primer sistema que se les ocurre es una tinta ultravioleta, con la que se marcarían los productos, que serían identificados con una luz. Aunque la idea no era mala, presentaba muchas complicaciones, siendo la principal que la tinta se borraba con facilidad y hacía el sistema inservible.
Una idea adelantada a su tiempo
Pero Woodland se obsesiona con la tarea. Acaba dejando la universidad, y se va a Florida, a casa de su padre, para seguir desarrollando la idea. Cuenta la leyenda que le llegó la inspiración durante un paseo por la playa, mientras recordaba el código morse que había aprendido durante su etapa de boy scout, que permitía enviar información electrónicamente. Así, pinta en la arena puntos y rayas, como en el código morse, y se le ocurre alargarlos con los dedos, produciendo líneas finas a partir de los puntos, y líneas gruesas a partir de las rayas. Era la base visual de código de barras moderno. Tras compartirlo con su colega Silver, deciden patentarlo en 1949. Poco después patentan un método similar, pero con impresiones circulares, más fáciles de leer.
Este diseño codificaba la información del producto en un símbolo impreso, que después era leído por una fuente de luz de alta intensidad e interpretado con un osciloscopio. El problema es que el prototipo requería una bombilla de 500 vatios y componentes electrónicos sensibles, lo que invalidaba su uso en las tiendas de la época. Fue un concepto innovador, adelantado a su tiempo, pero inaplicable.
Los que finalmente acaban logrando aplicar con éxito un sistema de código de barras, o al menos algo parecido, no son los supermercados, sino el sector del transporte. En concreto, los trenes, una industria que llevaba tiempo buscando un método para identificar los cientos de miles de vagones de carga, cada vez más, que recorrían las kilométricas vías que cruzaban el país. Un antiguo estudiante del MIT desarrolló KarTrak, un sistema automático de identificación de vagones. Utilizaba placas metálicas resistentes, pintadas con una secuencia de franjas verticales, azules o naranjas, y que codificaban la propiedad y otros datos de identificación. Cuando los trenes pasaban por unos escáneres que se colocaban al lado de las vías, una lámpara de 500 vatios iluminaba la placa, mientras sensores ópticos leían los patrones de luz reflejados. Los datos obtenidos se decodificaban y se imprimían o se almacenaban en una cinta magnética, lo que permitía rastrear las mercancías.
Lanzado a finales de la década de los 60, alcanzó su auge en 1975, cuando el 90% de los vagones de mercancías que cruzaban Estados Unidos contaban con este sistema. Pero su éxito fue efímero. La falta de mantenimiento, junto con los altos costes operativos, en un momento económico complicado, provocó que los códigos se desgastasen o se manchasen, lo que hacía que las lecturas fueran erróneas, haciendo que ya no tuviera sentido. KarTrak dejó de utilizarse definitivamente en 1978.
El mismo formato más de 50 años después
Paralelamente, un ingeniero de IBM, George Laurer, tomando como referencia el trabajo de Woodland, creó un código de barras rectangular con 12 dígitos numéricos. Este sistema contaba con numerosas ventajas, pero, sobre todo era compatible con la tecnología emergente de escaneo láser. Además se podía imprimir sobre muchas superficies y materiales, y enfocarse desde diversos ángulos, pero la clave es que ya se contaba con la tecnología necesaria para poder aplicarlo con éxito.
Así, el 26 de junio de 1974, en un Supermercado Marsh en Troy, Ohio, a las 8.01 de la mañana, la cajera Sharon Buchanan escaneaba un paquete de 10 chicles de Wrigley's, de sabor a frutas. Era la primera vez que en la historia que se leía un código de barras. Era el inicio de una revolución en el comercio minorista. Aquel código de barras era, básicamente, idéntico a los millones de códigos de barras que se siguen escaneando hoy en día en las tiendas y supermercados de todo el mundo.
Aquel movimiento no tuvo ninguna repercusión. Los más optimistas contaban con que el código de barras llegarían a usarlo unas 10.000 empresas. En prensa la cobertura fue mínima. Serían conscientes de su importancia años después, cuando se consolidaron como una pieza clave para los negocios de todo el mundo.
En España, la primera empresa en empaquetar sus productos con código de barras fue 3M, en 1981. Mientras que, unos meses después, la primera en instalar escáneres en sus puntos de venta fue una pequeña cadena de supermercados que por entonces contaba con 8 tiendas en Valencia. Se llamaba Mercadona. Este paso permitió agilizar el paso por caja y mejorar la gestión del inventario, consolidando el modelo de éxito de la compañía, que Juan Roig y sus hermanos acaban de comprarle a su padre.
Experiencia de compra y gestión de inventario
Los códigos de barras no solo cambiaron la experiencia de compra en caja. También permitieron mejorar el seguimiento y la gestión del inventario, optimizando el espacio en las estanterías y los almacenes de cualquier producto. Al contar con mayor espacio en las estanterías se abrió la puerta a la proliferación de nuevos productos. Igual que las grandes tiendas actuales serían inimaginables sin la gestión de datos que permite el código de barras.
El éxito de este sistema, junto con la llegada de nuevo y moderno software de gestión de inventarios, hizo que no se quedase solo en los supermercados, sino que se expandió rápidamente a otros negocios. Algunos tan impredecibles en un primer momento como las industrias automovilísticas o de defensa, que los utilizaban para rastrear objetos en las cadenas de suministro. También las empresas de mensajería adoptaron este sistema, con sus propias adaptaciones, para gestionar los envíos.
El código de barras se convirtió en un estándar global, implementado en todos los sectores. Lo que comenzó como un simple gesto en una pequeña tienda de Ohio hace más de 50 años acabó transformando el comercio mundial para siempre.