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Río seco en Luliang, en la zona suroccidental china, que suele sufrir sequías.
(EFE/Chun Lei)
Vivimos por encima de nuestras posibilidades hídricas y muchas regiones han alcanzado el punto de no retorno. Un nuevo informe endurece el discurso sobre esta emergencia mundial y sus impactos económicos y sociales
El planeta ha llegado a su límite y, en muchos lugares, ya no hay vuelta atrás: un informe de la ONU ha marcado el comienzo de una era de bancarrota hídrica mundial. Hasta ahora se había alertado de zonas bajo estrés hídrico y se había puesto el foco en la crisis del agua. Pero los datos del estudio publicado hoy sostienen que esto es quedarse corto. La sobreexplotación sostenida del agua en la Tierra ha provocado que cada vez haya más ecosistemas marcados por pérdidas irreversibles, y que van a ser incapaces de recuperar sus niveles históricos.
Utilizar el término ‘bancarrota’ no es casualidad. El análisis juega con los términos financieros porque las reservas del planeta se están quedando sin saldo: muchas regiones no solo han gastado en exceso sus ‘ingresos’ anuales de agua renovable que proviene de ríos, suelos y capas de nieve; también han agotado los ‘ahorros’ a largo plazo en acuíferos, glaciares, humedales y otros reservorios naturales. Perder esto también cuesta dinero e impacta de lleno en la economía. 307.000 millones de dólares es el coste anual actual de la sequía a nivel mundial.
El impacto no es solo económico. Los sistemas hídricos están interconectados por el comercio, la migración y la geopolítica, y las consecuencias de su escasez o desaparición afectan a nuestra vida diaria y a los engranajes sociales. Hay que destacar que la gran mayoría de las condiciones actuales hídricas están causadas por los seres humanos, y nosotros también somos objeto directo de las consecuencias. En el mundo hay 4.000 millones de personas que enfrentan una grave escasez de agua al menos un mes al año. El Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH en sus siglas en inglés) llama ahora a restablecer de forma urgente "la agenda mundial del agua”.
Sin saldo de agua
Agotamiento crónico de las aguas subterráneas, sobreasignación de agua, degradación de la tierra y el suelo, deforestación y la contaminación, y el añadido del calentamiento global. La casuística alrededor no es nada que desconociéramos, pero el vaso ha rebasado. “La conclusión más devastadora es que estamos entrando en una era de bancarrota hídrica. Esto significa tanto insolvencia hídrica como irreversibilidad: en cada vez más cuencas y acuíferos, el sistema está perdiendo la capacidad de volver a su normalidad histórica”, explica a El Confidencial Kaveh Madani, director del UNU-INWEH y autor principal del informe Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era, que se basa en el artículo revisado por pares publicado en la revista Water Resources Management.
“El carácter global del término ‘bancarrota’ debe manejarse con cautela: no todos los sistemas están igualmente degradados”, matiza Leticia Baena, investigadora en el departamento de Aguas y Cambio Global del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), a Science Media Center (SMC). Según Ana Allende, profesora de investigación del CSIC experta en seguridad alimentaria y calidad de aguas, el paralelismo con una bancarrota ayuda a entender que “no es un problema coyuntural o reversible, sino [resultado] de haber vivido durante décadas por encima de los ‘ingresos hídricos’, consumiendo capital natural, como los ríos, humedales, acuíferos, suelos o glaciares, hasta niveles que ya no permiten recuperar las condiciones del pasado”.
En muchos de esos casos, se trata de áreas que directamente han llegado al punto de no retorno. Los acuíferos compactados no se recuperan, los deltas hundidos no se elevan y los humedales desaparecidos no resurgen, enumera Baena. No todos los lugares están en bancarrota hídrica, pero sí suficientes como para que el riesgo sea global.
Este punto de no retorno implica tener que cambiar también la manera en la que nos enfrentamos a esta situación, porque ya “no solo estamos gestionando ‘crisis’ temporales, sino una condición crónica posterior a la crisis”, indica Madani. Un cambio así no afecta ni mucho menos solo al medioambiente; “puede remodelar la seguridad alimentaria, la salud, la economía y la estabilidad”, subraya el director a El Confidencial.
Muchas regiones viven por encima de sus posibilidades hidrológicas y muchos sistemas hídricos están en quiebra
El organismo de la ONU destaca también algunas áreas ‘calientes’ que requieren una atención especial. Por ejemplo, la región del Medio Oriente y el Norte de África, donde la situación hídrica (vulnerabilidad climática, tormentas de arena y polvo, etc) se mezcla con economías políticas complejas. También partes del sur de Asia, donde la agricultura y la urbanización, dependientes de las aguas subterráneas, han provocado descensos crónicos de los niveles freáticos y hundimientos locales. El informe indica que 2.000 millones de personas viven en terreno hundido a nivel global.
España en el foco de la escasez hídrica
Tradicionalmente, Europa ha sido percibida como una región menos vulnerable, pero no está al margen. “No es un punto caliente clásico, pero sufre una bancarrota silenciosa: sobreexplotación crónica de acuíferos en el Mediterráneo, intrusión salina en costas, contaminación por nitratos, dependencia creciente del agua subterránea durante sequías y subsidencia en zonas urbanas y agrícolas”, desgrana Baena al SMC.
En el caso de España, especialmente zonas como la cuenca mediterránea y el sur del país hace años que se enfrentan a presupuestos hídricos más ajustados y sequías más frecuentes. Según el estudio Cambio Climático 2022: Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad, del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la región mediterránea es particularmente sensible a los impactos del cambio climático sobre el agua.
Pero no es la única. La península ibérica es una de las zonas de Europa más afectadas por la sequía, según datos del Observatorio Europeo de la Sequía del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea.
La sobreexplotación y agotamiento de los acuíferos es un problema especialmente grave en el sureste español, reconoce a SMC José Luis García, investigador científico en el departamento de Aguas y Cambio Global del IGME. “El informe pone especial foco en los aspectos cuantitativos pero la situación resulta más crítica si se incorpora el deterioro de la calidad de las aguas. El plazo [de la Directiva Marco del Agua] tras dos prórrogas finaliza en 2027, y la preocupación es máxima al no estar claro cómo enfrentar el problema”, revela. A nivel mundial, el 70% de los acuíferos muestran un declive a largo plazo.
La vida tal y como la conocemos
Si algunos sistemas han llegado a un punto sin retorno y otros están al borde del colapso si no actuamos, ¿podría esto cambiar la vida tal y como la conocemos? Ya está pasando, y la situación irá a peor. “Cuando se produce la quiebra hídrica, la vida pasa de restricciones ocasionales a limitaciones permanentes: costes más elevados, menor fiabilidad y compensaciones más difíciles cada año”, indica Madani a El Confidencial.
La agricultura es un ejemplo claro cuyo efecto directo en nuestro día a día podemos imaginar. Como explica el experto, si una cuenca depende en gran medida de las aguas subterráneas que se están agotando, la agricultura no puede seguir funcionando ‘como de costumbre’, y los efectos sociales y económicos se disparan. “La tierra puede dejar de producir, los puestos de trabajo cambian y los precios de los alimentos se vuelven más volátiles. En algunas partes del mundo, eso puede traducirse en hambre, migración forzosa, tensión e incluso conflictos”, subraya. En el mundo hay 100 millones de hectáreas de tierras de cultivo dañadas solo por la salinización.
De nuevo, nuestra forma de vida actual no es la única afectada. Volvemos al impacto medioambiental y al temido punto de no retorno: el hundimiento del terreno, los sumideros, el deshielo de los glaciares, la desecación de los lagos y la pérdida de especies no son recuperables a escala humana. Las futuras generaciones puede que conozcan un planeta muy distinto al que nosotros habitamos.
Adaptarse a la nueva realidad
La pregunta obligatoria que cabe hacerse después de tantas malas noticias y advertencias: ¿y ahora qué hacemos? Reconocer la situación crítica actual “no necesariamente implica resignación, sino que debería ser un acicate para una acción más determinante frente a la crisis climática y el desarrollismo incontrolado en el uso de recursos”, considera Jordi Catalán, profesor de investigación del CSIC en el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).
La ONU invita a los líderes mundiales a facilitar “una adaptación honesta y basada en la ciencia a una nueva realidad”. Preguntado por qué deben hacer las empresas y los responsables de la toma de decisiones, Madani sugiere: “Concéntrense en las grandes palancas: reducción de fugas, reutilización donde realmente sustituye a las extracciones de agua dulce, protección de las aguas subterráneas y los ecosistemas, y un plan creíble y orientado a la equidad para la agricultura, donde se producen la mayoría de las extracciones”.
Vivamos o no en una zona marcada por el estrés hídrico, sus consecuencias nos apelan y afectan, y nos pueden llegar a través de los precios de los alimentos, la electricidad o la estabilidad económica. Tener agua hoy tampoco implica que no podamos vivir en la 'quiebra' en el futuro.
Desde nuestro papel, también podemos aportar. “Apoyen las políticas que protegen el agua como un bien común: contabilidad transparente del agua, límites al uso excesivo, control de la contaminación y normas justas para las sequías; y reduzcan el desperdicio de agua y alimentos”, anima Madani. Porque como el investigador recuerda, el agua es un tema que trasciende fronteras políticas: "Pertenece al norte y al sur, a la izquierda y a la derecha".
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