martes, 4 de octubre de 2022

La historia de Porsche: de colaborar con los nazis a cotizar en bolsa

 



  • Ferdinand crea en 1931 la oficina de proyectos, germen de la marca
  • El primer coche que fabrican es el 356, presentado en 1948
  • La familia recupera el control de la compañía sin perder Volkswagen



Porsche ha protagonizado la mayor salida a bolsa en Europa de la última década, y la mayor en Alemania desde Deutsche Telekom en 1996. Un debut que permite calibrar el apetito de los inversores en un momento de grandes turbulencias macroeconómicas, con la inflación disparada, las tensiones geopolíticas globales, el miedo a una recesión... a lo que se suman los decepcionantes estrenos de nuevas cotizadas en los últimos tiempos, que han trastocado los planes de muchas empresas.

Las circunstancias no han frenado a la compañía alemana, que ha saltado al parquet con una valoración que ronda los 75.000 millones de euros. Un paso que supone el último capítulo de la convulsa relación entre Porsche y Volkswagen, grupos que comparten historia, familia fundadora y capital.

Hablamos de más que de una simple salida a bolsa. Es un movimiento que esconde una lucha por el poder entre los clanes de la familia Porsche para controlar el destino del mayor fabricante de coches de Europa y de la emblemática marca. Oficialmente, esos 9.400 millones recaudados son para invertir en la producción de coches eléctricos, pero la operación está diseñada de tal manera que permitirá a la familia Porsche tomar el control del fabricante de deportivos.

Ferdinand Porsche, un niño apasionado por la electricidad

Hay que viajar al pasado para entenderlo. No solo al nacimiento de la marca, sino incluso más atrás. A los orígenes de Ferdinand Porsche. Nació en 1875, en Bohemia, un territorio que por entonces pertenecía al imperio astro-húngaro, y que hoy es parte de Chequia. Su padre, Anton, era ingeniero y empresario. Estaba previsto que el negocio familiar lo heredase el hermano mayor, pero falleció en un accidente laboral en el taller, y Ferdinand se vio obligado a hacerse cargo de la empresa. En 1889 empezaba su formación como aprendiz.

Lo que pasa que a él lo que le gustaba era la electricidad. Cuentan que con 13 años fue capaz de instalar los timbres eléctricos en la casa familiar, y que con 16 añadió la iluminación. Quiso la fortuna que en 1893 se trasladase a Viena, donde se incorporó a Brown Boveri, una empresa dedicada a la electricidad que tanto le apasionaba.

Con su talento natural para resolver problemas técnicos, sus novedosas ideas y su esfuerzo, medró rápidamente en la compañía, hasta convertirse en una especie de jefe de innovación.

El salto a los coches

Ludwig Lohner, propietario de la fábrica Jacob Lohner, supo apreciar el talento del joven Porsche, y lo reclutó antes del final de siglo para desarrollar su próximo proyecto: un coche de propulsión eléctrica. En 1898 lo tenían en marcha, y fue uno de los grandes triunfadores de la Expo de París de 1900, donde se dio a conocer al público. Era un coche de madera, pero con líneas vanguardistas y, efectivamente, un motor eléctrico de 3 caballos, que superaba los 25 kilómetros por hora.

Lohner vendió las patentes del diseño a Austro Daimler, el mismo camino que seguiría Porsche, que se incorporó a la compañía como gerente, para seguir desarrollando nuevos vehículos. En aquella etapa diseñó de todo: motores de avión, camiones, un tren que podía ir tanto por carretera como por la vía... pero lo que le dio el éxito y la fama fueron los coches. Sobre todo, los de carreras. Estos vehículos, que empezó conduciendo él mismo, se cansaron de ganar competiciones. Durante dos décadas estuvo cosechando grandes resultados en todo tipo de carreras.

Mercedes SSK de 1930, diseñado por Ferdinand Porsche.

Con estos éxitos a cuestas, se traslada a Stuttgart, donde se convierte en el director técnico de Daimler. Allí sigue diseñando camiones, motores de avión... pero también se convierte en el responsable del desarrollo de los famosos modelos S, SS y SSK de Mercedes, los deportivos pioneros de la marca.

Todo se trunca en 1926, cuando Daimler decide fusionarse con Benz, un movimiento con el que Porsche no está de acuerdo, por lo que en 1929 acaba abandonando la compañía.

El germen de Porsche

Y en 1931 da el gran salto, creando en Stuttgart su propia compañía: La oficina de proyectos, dedicada a la ingeniería y el diseño. El embrión de lo que después sería Porsche. En aquel momento no le pone su nombre a los coches que desarrolla. De hecho, para que la gente no notase que era el primer diseño, le llama 'Número 7'.

Su primer encargo exitoso fue un coche de carreras para Auto Unión, una alianza de fabricantes que después se convertiría en Audi: el P-Wagen, un monoplaza que ganó una de cada dos carreras que disputó.

Y después llega el momento clave para la compañía, el lanzamiento de Volkswagen. Ferdinand Porsche llevaba años pensando en diseñar un coche popular, que pudiese comprar todo el mundo. Y en 1933 recibe el impulso que necesitaba. Cuando Adolf Hitler llega al poder tiene un plan similar, crear un automóvil accesible. El führer lanza un concurso para los principales empresarios del sector, para que el ganador desarrolle este automóvil del pueblo, el Volskwagen.

Efectivamente, el que acaba logrando el encargo es Porsche, que tiene una única misión, crear un coche sencillo y barato, que pudiese estar al alcance de la mayoría de alemanes. Con el respaldo y el apoyo del régimen nazi, empezó a diseñar los primeros prototipos, hasta que en 1938 encontró el definitivo, el VW 30, diseñado por Porsche, aunque los últimos retoques los dio el propio Hitler, o eso se vendió. Se comercializó como el Volskwagen Tipo 1, aunque popularmente todo el mundo lo conocería como el Beetle, el Escarabajo. Nacía una leyenda.

La II Guerra Mundial paralizó el proyecto del coche del pueblo

El problema es que con la II Guerra Mundial, y cuando todo estaba listo para comenzar la producción en serie, el proyecto quedó paralizado. Todas las industrias tenían que enfocarse en los esfuerzos de guerra, y para Porsche, y para Volkswagen, no hubo excepciones.

El estudio de Ferdinand Porsche también se volcó con el diseño de material bélico, alguno de gran reconocimiento, como carros de combate, torretas para Panzer, o la adaptación del Volkswagen a vehículo de guerra, con la versión anfibia o el todoterreno.

Con el final de la guerra, Ferdinand Porsche, junto con su hijo Ferry y su yerno Anton Pëich, fueron arrestados y encarcelados en Francia. Estaban acusados de utilizar mano de obra esclava en su fábrica. Estuvieron casi dos años retenidos, donde les ofrecieron colaborar en los diseños de Renault para reducir sus penas. Sus aportaciones fueron clave en el lanzamiento del 4CV de la marca francesa.

Ya en libertad, es Ferry Porsche, el hijo de Ferdinand, el que trata de recuperar la marca Porsche. Para lograrlo, aprovecha sus conocimientos para recuperar vehículos de guerra Volkswagen, que adapta al uso civil y luego vende. También ofrece sus servicios a terceros, como el diseño del Cisitalia 360, un vehículo de competición desarrollado para el italiano Piero Duiso, que contó que la supervisión de Ferdinand, orgulloso del buen hacer de su hijo.

El primer Porsche

En 1947, con su padre en libertad y en mejor situación económica, Ferry, un auténtico apasionado de los coches, empieza a buscar un coche que le seduzca al 100%. Con una Europa en crisis, más preocupada de producir vehículos baratos y accesibles, no encuentra nada que le enamore. Así que decide desarrollarlo él mismo.

En un antiguo aserradero en Austria, bajo su dirección, y con una producción totalmente artesanal, comienzan a desarrollar su propio deportivo. El primer coche que llevaba el nombre de Porsche. Se trataba de un deportivo que aprovechaba los componentes de Volkswagen, muy rápido, capaz de alcanzar los 135 kilómetros por hora, y maniobrable. Se presentó en junio de 1948 como el Porsche 356.

Porsche 365 del año 1949.

La aventura austriaca no fue fácil para Porsche. Había una gran carencia de componentes básicos, por lo que solo lograron fabricar 70 coches. Pero en 1949 la compañía regresa a la fábrica de Stuttgart, donde el ritmo de producción mejoró, a lo que se unieron algunas adaptaciones para facilitar el proceso, como el cambio del aluminio de la carrocería por acero, o el movimiento del motor a la parte trasera, una tradición que la compañía ha mantenido hasta nuestros días. Además, Porsche firma un acuerdo con Volkswagen para que esta les suministre componentes.

Por su parte, Ferdinand, el ya veterano Ferdinand, fue contratado como consultor de Volkswagen, y recibió comisiones por cada Tipo 1 vendido, lo que supuso una importante y constante fuente de ingresos para la familia, gracias al éxito de este vehículo. Por desgracia, falleció en 1951 tras un accidente cardiovascular.

En la década de los 50 la compañía empieza a pensar en un sustituto para el 356. Se convirtió en la prioridad para ingenieros y diseñadores de la compañía. El diseño definitivo fue obra de Ferdinand Porsche, hijo de Ferry y nieto del fundador. Las formas básicas se mantuvieron vigentes durante más de 40 años. En 1963 se presentaba el nuevo Porsche 901. Pero una disputa con Peugeot, que reclamaba su derecho a usar nombres de tres cifras con un cero en medio, obligó a cambiar la denominación: nacía así el Porsche 911, el que acabó convirtiéndose en el gran emblema de la marca. Se han desarrollado 8 generaciones de este vehículo, la última en 2018.

Porsche 911 del año 1969.

Durante toda su existencia, el 911 ha sido un símbolo de estatus y uno de los deportivos más reconocibles de la historia. Y un éxito de ventas constante.

Los métodos japoneses salvaron a Porsche de la crisis de los 80

La crisis para la compañía comienza a finales de los años 80. Fue una década complicada para los deportivos, tras la crisis energética de los 70, y más para Porsche, que contaba con un catálogo corto, y que año tras año veía cómo se reducían sus ventas. Sufría además por tener un sistema de producción y de organización empresarial completamente obsoletos. La crisis económica de principios de los 90 parecía la puntilla para la compañía. Las grandes empresas alemanas del sector, como BMW, Mercedes o Volkswagen, ya estaban peleándose por ver quién iba a quedarse con la compañía.

Por suerte, en 1991 llegó a la compañía Wendelin Wiedeking, un ingeniero que había comenzado trabajando en Porsche, pero que después se trasladó a Japón, donde conoció los métodos de fabricación nipones, mucho más eficientes. Organiza viajes para mostrar a los directivos cómo trabajan gigantes como Toyota o Nissan. Cuando hace el ejercicio inverso, y trae a los japoneses a las fábricas de Porsche... no se lo creen. No saben si están en una cadena de montaje o en un almacén. No entienden qué hacen los trabajadores.

Con gran esfuerzo, y superando las barreras propias de la cultura alemana y su tradición de décadas trabajando de la misma forma, Wiedeking, ya al frente de Porsche, logra modernizar la producción. Con el apoyo de los asesores japoneses, revoluciona toda la empresa, modificando la cadena de montaje, ajustando el organigrama directivo, despidiendo casi a un 20% de la plantilla... y los resultados fueron excelentes, con una producción más rápida y con menos errores.

No solo se quedaron ahí los cambios, también afectaron al catálogo de vehículos disponibles. De los coches que venían fabricando, centran todos sus esfuerzos en los modelos 911. Y lanza un nuevo modelo, el Boxster, descapotable y con motor central, dirigido a un público más juvenil. Aunque supusiese romper con la imagen de marca exclusiva e inaccesible.

Con estas modificaciones, la compañía resucitó: las ventas se dispararon y recuperó los beneficios olvidados durante tantos años.

El polémico Cayenne

La última gran revolución llegó en 2002, también de la mano, otra vez, de Volkswagen. Con mucha polémica, y entre críticas feroces de los defensores de la tradición de la marca, lanzan un SUV deportivo, el Cayenne. Las cifras fueron espectaculares, convirtiéndose en un superventas. Los resultados de la marca se disparan.

Pero el éxito no evitó el conflicto con Volkswagen, que parecía escrito desde su nacimiento. La historia moderna de Volkswagen, como un gigante del motor, comienza con Ferdinand Piëch, nieto de Ferdinand Porsche. Este ingeniero salió de Porsche para revolucionar la industria alemana con Audi. Y en 1993 se convirtió en consejero delegado y presidente de Volkswagen. Bajo su dirección, el fabricante de coches populares adquirió las firmas Lamborghini, Bentley y Audi, tras también absorber a Seat y Skoda.

El control de la compañía

El penúltimo capítulo de la saga Porsche terminó con la emblemática marca engullida por Volkswagen de forma humillante. Prácticamente terminó rescatada en 2012, tras varios intentos de hacerse con el control absoluto de Volkswagen. En 2009, Porsche comenzó a comprar acciones preferentes de Volkswagen con millonarios préstamos que casi le lleva a la ruina. Los distintos clanes de Piëch y Porsche firmaron la paz, para evitar la bancarrota del legendario fabricante.

La salida bolsa significa que los Porsche vuelven a recuperar el control de la joya de la corona, sin perder el control de Volkswagen. En clave familiar, los Piëch ceden el control de Porsche a cambio de inversiones y Wolfgang Porsche, patriarca de la dinastía, cierra heridas con los Piëch. La operación ha desencadenado preocupación entre los reguladores alemanes por la intrincada estructura de Volkswagen.

Actualmente, Volkswagen y Porsche comparten el mismo consejero delegado, Oliver Blume, quien reemplazó a Herbert Diess como consejero delegado de Volkswagen en julio de 2022. Para muchos fue la pieza que faltaba para lanzar a bolsa Porsche y cerrar el círculo de la familia, pese a que no pase ningún filtro de gobierno corporativo responsable.


Madrid
 

¿Será Credit Suisse el próximo Lehman Brothers? Más de 160 años de historia caen devorados por el pánico

iStock.


  • Parece justificado, pero es difícil pensar que caiga como el banco americano
  • Los CDS se disparan a niveles históricos pero no son todavía "críticos"



Credit Suisse se ha puesto en el disparadero de las redes sociales este fin de semana. Está golpeando donde más duele, a la confianza de los inversores. Las acciones han llegado a perder un 11%, profundizando los mínimos históricos. Los CDS de la entidad helvética se han disparado a máximos históricos por encima de los niveles de 2008. ¿Cómo ha llegado hasta aquí el banco suizo con más de 160 años de historia?

Caídas de dos dígitos, los CDS disparados y todo un fin de semana lleno de desconcierto, con tuits intentando desatar el pánico. Credit Suisse lleva varios años en el ojo del huracán de los mercados, con salidas de directivos, pufos mil millonarios y, lo que es peor, sin nadie capaz de enderezar el rumbo de la nave. Tras una semana, en la que se rozó la tragedia en Reino Unido, el fantasma de Lehman Brothers se apareció en la mente de muchos inversores. El disfraz de un banco a punto de quebrar le queda como un guante a Credit Suisse.

El precio de los swaps de incumplimiento crediticio, CDS por las siglas en inglés, a cinco años se ha situado alrededor de 293 puntos básicos, muy por encima de los 55 puntos básicos de principios de año y el nivel más alto de la historia. Y muy superior a los niveles que alcanzaron en 2008. Los CDS funcionan como seguros de impagos, que utilizan los inversores para cubrir el capital en bonos u otros tipos de deudas. En 2008 y en 2012, fueron el termómetro de bancarrotas para entidades financieras y Estados, y un valioso instrumento para la especulación salvaje, cuando deja al lado su utilidad como cobertura.



Hoy las acciones han llegado a caer hasta un 11,5% en la bolsa de Zúrich el lunes y han perdido alrededor de un 60% solo este año. En bolsa está siendo el peor año de la historia del banco. Tampoco han ayudado los mensajes internos dentro del banco. El consejero delegado de la empresa helvética, Ulrich Körner, intentó explicar a sus empleados que la entidad tiene un capital y una situación de liquidez sólidos, pero el mensaje se volvió en su contra, cuando admitió al mismo tiempo que la situación es "crítica".

Los altos ejecutivos se han pasado el fin de semana al teléfono para tranquilizar a grandes clientes e inversores, según avanza hoy Financial Times. El principal argumento utilizado es que la situación no es tan desesperada. En teoría los CDS otorgan un 23% de probabilidad de que haya impagos por parte de Credit Suisse. Los CDS de Lehman Brothers llegaron a dispararse por encima de 700 puntos básicos. Prácticamente, fue un muerto viviente hasta su caída.

Para muchos tuiteros, la comparación con los niveles de 2008 y la memoria de Lehman Brothers está siendo demasiado tentador para anunciar un nuevo capítulo de turbulencias financieras. Hay datos que no ayudan. El desplome de la acción lleva al banco a cotizar a niveles de 0,22 en valor en libros. La conclusión directa es que el mercado calcula que Credit Suisse tiene un valor por debajo de sus activos. Pero la dura realidad es que los bancos, tanto en EEUU como en Europa, cotizan por debajo en libros, alrededor del 0,4 veces.

Hay pánico justificado, pero también soluciones

El rey de los CDS y Saba Capital Management, Boaz Weinstein, ha intentado poner la situación en perspectiva. Dijo que había "alarmismo" injustificado y recordó que en 2011 y 2012, los CDS llegaron a 1.000 puntos. "Respiren hondo". Lehman Brothers era el banco de inversión en EEUU más pequeño de Wall Street y más expuesto a la caída del mercado inmobiliario. El Tesoro y la Fed lo dejaron caer el primero, para que sirviera de ejemplo, antes de movilizar miles de millones de dólares, para rescatar al sistema financiero. Credit Suisse se ha convertido en el banco maldito de Europa, pero está bajo continúo escrutinio de los reguladores suizos, y desde hace años se valora una salida para entidad, incluido una fusión con UBS.

Lehman Brothers era un agujero tóxico de cédulas hipotecarias. Era casi imposible saber el deterioro del balance. Los analistas estiman que Credit Suisse puede necesitar levantar 4.000 millones de francos suizos, para terminar de sanear balance. Desde KBW apuntan que también es posible vender activos para afrontar una reestructuración.

Körner recordó que el 27 de octubre, la entidad presentará un plan de salvación. Las últimas propuestas bajo consideración verían al banco de inversión dividido en tres partes: el negocio de asesoría del grupo, que podría escindirse en algún momento posterior; un 'banco malo' para mantener activos de alto riesgo; y el resto del negocio. La banca comercial de Credit Suisse es de las más rentables de Europa y, pese a los problemas, la entidad sigue siendo muy reputada entre la gran banca internacional.

El problema está en la desconfianza que ha generado de estar metido hasta el cuello en las quiebras más polémicas de los últimos años. El banco cerró la retirada de patrimonio de varios fondos tras la caída de la firma británica Greensill Capital. En la práctica, supuso congelar 10.000 millones de dólares entre sus clientes. El banco suizo había vendido miles de millones de dólares de la deuda de Greensill, bajo el paraguas de garantizada a través de sus fondos de inversión. Varios inversores han demandado a Credit Suisse. El banco dijo en septiembre que había recuperado y devuelto alrededor de 6.300 millones de dólares, pero advirtió que podría tener dificultades para recuperar 2.300 millones de dólares.

El año pasado le explotó la caída del hedge fund Archegos, que provocó un quebranto de 5.500 millones de dólares. Credit Suisse se saltó cualquier análisis de riesgos para apoyar a la firma, que cayó por su agresiva operativa en compañías tecnológicas y terminó arrastrando a la entidad suiza. Además, la entidad acumula raras salidas de ejecutivos. Antonio Horta-Osório, el banquero luso, salió por la puerta de atrás, cuando intentó levantar alfombras. Ahora es el turno de Körner para devolver la confianza al mercado. Quién sabe si falla, si el traje Lehman Brothers de Europa tiene dueño.


Los paraísos ocultos que serán revelados cuando el mundo esté en tiempos de calamidad


STUART BUTLER



 Mirando desde la puerta del monasterio las columnas de roca y las torres de hielo que se elevaban 7.000 metros hacia el cielo, el monje budista sonrió y dijo: "Estoy en casa. En mi paraíso".

Luego volvió su atención al salón de clases donde estaba instruyendo a jóvenes monjes novicios.

Le di las gracias, cerré la puerta detrás de mí y me alejé del monasterio. Lejos del pequeño pueblo de Thame con sus sólidas casas de piedra y campos de cebada y papas. Lejos de los enormes picos del Himalaya. Y lejos del beyul.

Según una creencia integral en la escuela Nyingma del budismo tibetano -establecida en el siglo VIII y la más antigua de las cuatro escuelas diferentes-, un beyul es un lugar donde los mundos físico y espiritual se superponen.

Son valles paradisíacos ocultos cuya ubicación solo se revelará en momentos muy específicos, cuando el mundo esté bajo una enorme tensión y en peligro de destrucción por guerra, hambruna o plaga.

En esos momentos, se cree, un beyul se convierte en un refugio armonioso en un mundo inestable.

"Un beyul es un lugar sagrado y un santuario al que los lamas (maestros del budismo tibetano) pueden llevar a la gente en tiempos difíciles", explicó Frances Klatzel, autora de varios libros sobre la cultura budista y del Himalaya, incluido Gaiety of Spirit - the Sherpas of Everest.

Pero no cualquiera puede ingresar a un beyul, agregó. Solo puede hacerlo un verdadero budista con un corazón puro que haya superado enormes pruebas y dificultades.

Según los budistas nyingma, tratar de ingresar a un beyul cuando no se cumplen todas las condiciones puede llevar a la muerte.

Su creador

Como autor de una serie de guías de la región y visitante habitual de las regiones del Himalaya y el Tíbet, me pareció fascinante que en algún lugar entre los pliegues del Himalaya pudiera haber tierras ocultas reveladas a unos pocos dignos paramomentos calamitosos.

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Klatzel explicó que los beyuls fueron creados por Padmasambhava (nacido del loto) -conocido también como Gurú Rinpoche (maestro preciado)-, quien fue fundamental en la difusión del budismo en el Tíbet y el Himalaya alrededor de los siglos VIII o IX.

"Durante sus viajes por el Himalaya, Padmasambhava se dio cuenta de que vendrían tiempos de conflicto, por lo que usó sus poderes espirituales para purificar y 'ocultar' ciertos valles y escribió textos que describían sus ubicaciones y las condiciones para ingresar a ellos", señaló.

Esos textos quedaron escondidos en cuevas, dentro de monasterios y detrás de cascadas en todo el Himalaya y solo podían ser descubiertos por lamas en momentos predeterminados por Padmasambhava.

Nadie sabe exactamente cuántos beyuls hay, pero 108 es la cifra más aceptada, aunque la mayoría aún no se ha revelado.

Los que sí se han revelado suelen estar en el lado sur del Himalaya, que es más verde, más húmedo y más fértil, más "paradisíaco", que la meseta tibetana.

Los practicantes budistas han sabido de algunos durante siglos, como en Sikkim en el noreste de India y los valles de Helambu, Rolwaling y Tsum en Nepal, que están salpicados de pueblos y ciudades.

Hay otros cuya ubicación es conocida, pero son inaccesibles para la mayoría de la gente, pues un beyul puede ser tanto un lugar físico como un lugar espiritual.

Se dice que una persona podría estar parada en un beyul sin estar dentro de él.

Fortunios e infortunios

La idea de una tierra oculta suena a cuento de hadas, pero hay antiguos pergaminos que dan los detalles de beyuls.

Un ejemplo es Beyul Pemako.

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Yarlung Tsangpo, el cañon más profundo de la Tierra.

Ubicado en lo que hoy es el estado de Arunachal Pradesh, en el noreste de India, las antiguas instrucciones decían que la entrada al venerado beyul estaba escondida en los acantilados detrás de una cascada en la parte más inaccesible del cañón Yarlung Tsangpo, el cañón más profundo del planeta que permaneció como un espacio en blanco en los mapas hasta hace muy poco.

Nadie sabía siquiera que existiera una cascada allí.

Pero a principios de la década de 1990, un equipo de practicantes budistas, dirigido por el erudito budista Ian Baker -quien más tarde escribió sobre la experiencia en su libro "El corazón del mundo"-, finalmente penetró en el área y efectivamente descubrió una gran cascada escondida dentro del cañón.

No todas las historias tienen un final tan feliz.

En 1962, un respetado lama tibetano llamado Tulshuk Lingpa afirmó haber encontrado un mapa que conduciría al Beyul Demoshong, cuya puerta de entrada se rumoreaba que estaba en algún lugar de las laderas del monte Kanchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo.

Viajó con alrededor de 300 seguidores. Como se relata en el libro A Step Away from Paradise de Thomas K Shor, los sobrevivientes del evento contaron que Lingpa y algunos otros que se habían adelantado para hacer un reconocimiento de la ruta vieron una serie de luces brillantes que los llamaba hacia una puerta de entrada.

Pero en lugar de cruzar un umbral mágico hacia un valle paradisíaco en ese momento, Lingpa regresó para reunir a todos sus seguidores, y la mayoría del grupo, incluido el lama, murió a causa de una avalancha.

Otros han sido más afortunados, entre ellos el pueblo sherpa.

El de los sherpa

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Hoy en día, estos renombrados escaladores, porteadores y guías de trekking están íntimamente asociados con el Himalaya nepalí y el monte Everest en particular.

Pero no siempre estuvieron a la sombra del sur del Everest.

Durante la mayor parte de su historia, vivían en la región de Kham, en el este del Tíbet (hoy parte de la provincia china de Sichuan), pero el conflicto generalizado del siglo XV revolcó su mundo.

Fue entonces cuando Lama Sangya Dorje, un maestro budista tibetano, decidió que era el momento adecuado para "desbloquear" el BeyulKhumbu.

Condujo a los sherpas por el sobrecogedor paso de Nangpa La (a 5.716 metros de altura) hacia una tierra donde podían cultivar y pastar sus yaks en paz: Khumbu (el área que rodea el lado nepalí del monte Everest) que, comparado con el lugar que acababan de dejar, era un paraíso a gran altura.

Hoy en día, pocos de los miles de turistas que visitan el campamento base del Everest de los sherpas saben que están en un beyul.

Sin embargo, hay algunos rincones de la región de Khumbu donde el aspecto espiritual del beyul es pronunciado.

Dos valles al oeste

Encaramado en una empinada ladera boscosa, Lawudo Gompa se considera uno de los lugares más sagrados del valle Bhote Koshi Nadi de Nepal, ubicado dos valles al oeste del campamento base del Everest.

"La mayoría de la gente piensa que solo hay cuatro valles en la región de Khumbu, pero no es cierto", dijo Dawa Sangye Sherpa, una monja de 82 años que vive en la gompa (un pequeño monasterio tibetano) desde hace más de 50 años.

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Pie de foto,

Monasterio Thame en Nepal.

Me trajo té y galletas apenas llegué y accedió de buena gana a contarme más sobre la conexión de Lawudo con el Beyul Khumbu.

"Detrás de la gompa hay un gran acantilado llamado Dragkarma y en el acantilado hay una puerta que conduce a un quinto valle secreto", me dijo.

Cuando le pregunté si podía ver el acantilado, Dawa Sangye sonrió y sacudió la cabeza. "Pero déjame mostrarte algo más", dijo.

Llevándome detrás de la sala de oración principal, la monja abrió una pequeña puerta para revelar una habitación construida dentro y debajo de un saliente de roca.

En el interior, el techo de roca había sido pintado del azul de un cielo de verano y en el otro extremo de la habitación había un pequeño santuario con una estatua de Padmasambhava. A sus pies, había ofrendas dejadas por los visitantes: una pequeña caja de galletas digestivas Royal Britannia, un paquete de fideos y algunas flores secas.

"Aquí es donde meditó Padmasambhava y donde bendijo al Khumbu y lo convirtió en un beyul", dijo Dawa Sangye. Aunque no soy budista, al pasar la mano por las paredes de la cueva me invadió una sensación de asombro.

Tal vez al ver mi sonrisa, la monja me sugirió que fuera al pueblo de Thame, más arriba en el valle.

Situado justo en el punto donde las tierras de cultivo se convierten en pastos de yak de las tierras altas, el monasterio de Thame, me dijo, es considerado uno de los monasterios más antiguos del Khumbu y un lugar de gran importancia espiritual.

Algunos hasta dicen que es el corazón espiritual del Beyul Khumbu.

Un beyul interno

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STUART BUTLER

Pie de foto,

Novicios en el monasterio de Thame.

El sendero para caminar de Lawudo a Thame descendía en espiral por las paredes de los acantilados y se arrastraba a lo largo de un cañón formado por imponentes picos montañosos.

De repente, la tierra se separó para revelar un amplio valle abierto con el pueblo de Thame en el otro extremo.

Al abrir las puertas de la sala de oración principal del monasterio de Thame, encontré a tres monjes ancianos cantando palabras escritas en pergaminos teñidos de amarillo.

Interrumpiendo sus recitales, uno de ellos me indicó con la mano que me sentara en el banco a su lado.

"A veces, cuando estamos recitando nuestras oraciones aquí, Padmasambhava se nos aparece", me dijo en voz baja, y agregó que el espíritu les decía que su labor y sus oraciones estaban trayendo bien al mundo.

Poco después, pasé por la puerta del aula donde el monje budista había dicho: "Estoy en casa. En mi paraíso". Existan o no valles ocultos en el Himalaya, parecía claro que estos monjes habían encontrado su lugar de paz.

Recordé algo que Klatzel me había dicho antes de partir: "Un beyul es más que un lugar, es un estado mental".

"Los beyuls son recordatorios para prepararnos para los desafíos futuros mediante el desarrollo de un estado mental tranquilo y estable que se convierte en nuestro beyul interior, nuestro santuario interior".


* Si quieres leer el artículo original en BBC Travel, haz clic aquí.

  • Stuart Butler
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