Hay que aprender a gestionarlas, pero sin ellas no habríamos sobrevivido ni podríamos organizar nuestra mente
Por más que nos la sirvan como uno de los siete pecados capitales, la ira es disidencia, una queja necesaria, una emoción tan útil como la tristeza, que alimenta una conducta ventajosa en situaciones traumáticas, ayuda a reflexionar y puede conducir a la felicidad. Si no fuese por el asco que nos provoca el olor a putrefacción, nos ahogaríamos en toneladas de desechos, y gracias al miedo huimos del peligro. Es momento de borrarle el apellido a las emociones negativas y ser más tolerantes con ellas.
Actores de primera que no aparecen en los créditos
Para comprender que todas las emociones básicas tienen un papel importante, basta recordar la película de Pixar Del revés(Inside Out), en la que las protagonistas son la ira, la tristeza, el asco, el miedo y la alegría. La mente de Riley, una niña de 11 años, simboliza el complejo universo emocional de cualquier persona ante una situación vital difícil. La gran revelación de esta película es el papel de la tristeza: se presenta como desaliñada y desagradable, la pareja de baile que nunca es la primera opción, pero al final la tristeza es sorprendentemente útil, muy buena en aportar sensatez y organizar los pensamientos de Riley. Es la salvadora y, según Esther Blanco, codirectora de la clínica de psicoterapia y personalidad Persum, la historia de la tristeza no es una excepción.
"Emociones como la tristeza, la ira, el asco, la envidia, el miedo o el enfado en un grado óptimo nos han ayudado a sobrevivir. No hubiésemos llegado a este momento evolutivo sin una ira o enfado protectores, sin un sentimiento de asco que nos apartase de la podredumbre, una tristeza que nos vincule a los nuestros y a su marcha o daño, una envidia como motor de superación frente al otro", dice la psicóloga. El problema es que permanecen ocultas desde el punto de vista cognitivo.
"Podemos considerarnos personas flexibles, que entendemos perfectamente y compartimos la virtud de la paciencia. Hacemos gala de ella, pero en un momento determinado y sin saber muy bien por qué, aparece una ira inapropiada, impulsiva y descontextualizada. Perdemos la paciencia y nos desagradamos terriblemente por ello. Del mismo modo, nos creemos personas no rencorosas, capaces de perdonar con facilidad y nos definimos por ello, sin embargo una pequeña ofensa o una ausencia de reconocimiento por parte del otro nos llena de rencor", explica.
El motivo por el que hay estas lagunas en nuestro mapa emocional está en nuestra infancia, cuando "la construcción de nuestra personalidad e identidad descansan sobre la narrativa de nuestros padres. Nos recuerdan lo que está bien y lo que no, qué emociones hemos de sentir y cuáles no. La ira, la rabia, la pereza, la desilusión o la tristeza son desterradas, como de segunda clase. No son bien vistas por nuestros progenitores y por ello se castigan o reprimen de alguna forma", explica Blanco. Con el tiempo, perdemos el contacto con ellas, aparcándolas como algo indeseable y molesto en la persecución de nuestro yo ideal. Lo que nos perdemos...
Demonios convertidos en ángeles
La importancia evolutiva de este tipo de emociones parece innegable, pero hay que admitir que son desagradables, que no es de extrañar que uno no desee mostrarlas alegremente. Y es ahí, en la forma de manisfestarlas, donde deberíamos actuar, lo que implica desterrar la idea de que la felicidad es algo perfecto y no dual. "Tenemos que reconocer que las mal llamadas emociones negativas nos pertenecen, son nuestras, las sentimos dentro de nosotros cada día y constituyen nuestra personalidad", dice Blanco. Aceptarlas es lo que nos permitiría conocer a fondo nuestra mente y posibilitaría gestionarlas del mejor modo posible. Por el contrario, querer desligarse de ellas nos convierte en víctimas porque nos veremos obligados, a que la realidad encaje como un guante en lo positivo, según Blanco.
"Integrar, reconocer, sentir con plenitud todas las emociones negativas nos acerca a una personalidad madura, ecuánime, flexible y compasiva, que no necesita escindir el mundo entre buenos y malos, puesto que todas las emociones tienen cabida dentro de uno", concluye la psicóloga. Por si fuera poco, cada vez se proponen más funciones para estos cisnes negros del zoológico emocional.
"Son más comunes y duraderas y producen consecuencias más uniformes", dice el psicólogo social Joseph P. Forgas, quien insiste en ello en un artículo que muestra que este tipo de estados reclutan un estilo de pensamiento más atento, desafiante y con mejores resultados para la memoria. "Descubrimos, por ejemplo, que los clientes de una pequeña tienda recordaban más información sobre el interior cuando experimentaban un estado de ánimo negativo (en días lluviosos y fríos)". En sus investigaciones, Forgas también ha comprobado que llevan a los jueces a dictar sentencias con menos sesgos y mejoran la capacidad de una persona para detectar el engaño.
Forgas reconoce que la época actual se empeña en un énfasis unilateral en los beneficios de la felicidad, a pesar de que las emociones menos gratas son un componente esencial de nuestro repertorio afectivo. "Desde las tragedias griegas clásicas, evocar y explorar el paisaje de la tristeza ha sido reconocido por mucho tiempo como instructivo y valioso", añade. Siempre es buen momento de recordar a los clásicos.
El High Line de Nueva York, con el edificio IAC, proyectado por Frank Gehry, a la izquierda. ALAN COPSONAWL
El High Line de Nueva York ha cumplido su primera década y lo celebramos recorriendo el parque elevado de principio a fin. Un paseo entre obras de arte, edificios firmados por arquitectos estrella y fotogénicas vistas
Vivimos en una época en la que el turismo masivo hace que algunos de los lugares más extraordinarios del planeta, como Venecia, agonicen de éxito. Según el momento del año, visitar el Museo del Louvre en París o la Capilla Sixtina del Vaticano puede ser una tortura o un placer. Antes de viajar en julio a Nueva York había leído en algún lugar que el gentío había empezado a quitar al High Line su encanto. Pero el temor era infundado. Nueva York es tan grande y tiene tantos atractivos que, salvo en Times Square, uno no siente el agobio de las aglomeraciones.
Para hacer este paseo hay que escoger una hora, eso sí, en la que no apriete el sol. Lo más recomendable es el principio de la mañana o el atardecer (en verano cierra a las 23.00). Y si no, agua, gorra y crema solar.
El High Line es un parque estrecho y elevado de 2,3 kilómetros de longitud que aprovecha una antigua vía de tren utilizada entre 1934 y 1980 para el transporte de mercancías. Tras quedarse sin uso, iba a demolerse. Unos vecinos formaron Friends of the High Line y lo impidieron. Inaugurado en 2009 (la tercera fase se abrió en 2014, y la última incorporación, The Spur, en junio de 2019), salpicado de obras de arte y poblado por arbustos, flores, pequeños árboles y algunos puestos de comida y refrescos, se ha convertido en una tranquila oportunidad para caminar viendo desde nueve metros de altura parte del West Side de Manhattan. A esa tranquilidad para el paseante contribuye la prohibición de patinetes, perros y bicis. Tampoco se puede fumar.
Al norte, comienza cerca de Hudson Yards, una zona con nuevos rascacielos que se ha puesto de moda, junto al río (no deja de asombrarme la cantidad de edificios que se siguen construyendo en Nueva York). Recorre Chelsea y, ya en el Meatpacking District, más al sur, termina junto al Museo Whitney, proyectado por el arquitecto Renzo Piano en 2015. Hay accesos intermedios para volver al paseo mediante escaleras y ascensores.
En Hudson Yards, antes de ir al extremo del High Line, subí a The Vessel, de Thomas Heatherwick, una escultura —o una estructura— revestida de acero cobrizo de corte futurista formada por 154 escaleras interconectadas, con plataformas intermedias, que recuerda a una composición de Escher, con sus trayectos a ninguna parte llenos de figuritas humanas. Un nuevo icono neoyorquino desde su apertura el pasado mes de marzo. Desde la plataforma más alta observo los rascacielos que la rodean, el Hudson y una serpiente verde, el High Line.
Tras esa subida, camino por una pasarela que conecta con el inicio del parque. Empiezo el paseo, flanqueado de vegetación y con bancos de vez en cuando. El primer tramo está animado por música clásica que pelea con el ruido del tráfico, algo así como la lucha entre un cisne y un tritón. Muy pronto está The Spur, donde se expone una escultura de la artista Simone Leigh, un enorme busto de bronce de una mujer negra. Abajo se sitúa Little Spain, la pica en la ciudad estadounidense del chef José Andrés y los hermanos Adrià, un coqueto mercado donde se encuentran platos, tapas y productos españoles.
Aquí y allá me irán saliendo al paso pinturas y esculturas: letras formando las palabras “LOVE” y “AMOR”, puertas pintadas con figuras femeninas, estatuas de la Libertad con trajes de colores… Y a la altura de la calle 28th surge el llamativo edificio de Zaha Hadid, moderno, envolvente y deseable…, aunque sus apartamentos están quedándose sin vender, pues Hudson Yards es lo que ahora demandan los ricos. Sigo caminando. Con el Empire State al fondo, me fijo en un edificio en cuya fachada han pintado un Gandhi y una Santa Teresa de vivos colores. Más adelante se ve un grafiti con los rostros de Warhol y Frida Kahlo, también abigarrados. Tanto colorín en figuras de tanto calado puede interpretarse como una banalización, pero admito que me gusta.
A la altura de la 18th está el edificio IAG de Frank Gehry, característico por sus fachadas curvas, con el bloque de apartamentos de Jean Nouvel —seguimos con la colección de arquitectos estrella— detrás, un poco a lo Mondrian. En la 15th se puede bajar al Chelsea Market, con tiendas de ropa, librerías y otros comercios dispuestos en dos niveles. En uno de sus restaurantes, el Lobster Place, la langosta cocida se come de pie, en mesas de chapa alargadas
Termino el recorrido y entro en el Museo Whitney. Tras ver algunos cuadros de Morris Louis, Hopper, Wesselmann y Jasper Johns, tomo un café en su terraza, para asimilar lo visto. Aunque en Nueva York siempre hay que asimilar algo: ahora me invaden las vistas de casi 360 grados, el Empire, el World Trade Center, la estatua de la Libertad —diminuta allá lejos—, el perfil de Nueva Jersey…
El High Line ha hecho que toda la zona se revalorice, subiendo precios y alquileres. Muchos de los vecinos que lucharon por su conservación no podrán afrontar esa subida, con lo que volveríamos al éxito y al fracaso, esos dos extremos que a menudo están mucho más cerca de lo que pensamos. Y entramos en un debate urbanístico muy actual: cómo mejorar barrios sin expulsar de ellos a sus habitantes más humildes.
Presentación del patrocinador de la celebración de año nuevo en el Times Square de Nueva York (Ben Hider / AP)
El cálculo actual de decenios, siglos
y milenios se basa en un error que arrastramos desde hace 1.500 años
Y cada diez años volvemos a lo mismo. Para algunos esta medianoche empieza la tercera década del tercer milenio, para otros esto no sucederá hasta dentro de un año, el 1 de enero de 2021. Pero, ¿quién tiene razón? Pues como tantas otras cosas en este vida, depende.
En primer lugar hay que tener en cuenta que cuando contamos un conjunto –da igual de lo que sea–, nunca empezamos por el cero y lo hacemos siempre por el uno. Este simple pero poderoso argumento parece que da la razón, por sí sólo, a aquellos que esgrimen que las décadas empiezan con los años que acaban en 1 y terminan con aquellos en los que el cero es su último dígito. Es la forma natural que tenemos todos de contar del uno al diez.
En el caso de los años, además, no existió nunca un año cero, entre otras cosas porque, cuando a mediados del siglo VI el monje escita Dionisio el Exiguo recibió el encargo del papa Juan I de elaborar un calendario que partiese del nacimiento de Cristo, este número, literalmente no existía como tal, puesto que los eruditos de esa época usaban la numeración romana, en la que no existía el número cero. Así que el primer año después del nacimiento de Jesús fue el 1 después de Cristo, cuando debería –dicen algunos– haber sido el 0–, y de este modo, la primera década fue la que transcurrió entre el año 1 d.C. hasta finales del año 10 d.C.
No contamos nada empezando por el cero, excepto la edad; no tenemos un año hasta 12 meses después de nacer
Un error que hemos arrastrado durante 1.500 años y al que se agarran los que defienden que las décadas empiezan los años terminados en cero y acaban los terminados en 9. De hecho, cuando contamos la edad de las personas no empezamos con el 1, y hasta que no han transcurrido doce meses desde el nacimiento no decimos que ese bebé tiene un año, y parece que esta práctica sociocultural se habría trasladado al hecho de contar décadas, siglos y milenios.
Pero es que además, nos gustan los números redondos y la cosas regulares y por eso preferimos entender que una década es aquella que comprende todos los años que mantienen en común todos los dígitos excepto el de las unidades. De este modo, la década del 2010 empezaría ese año y terminaría en el 2019.
Claro que para salir de dudas, otra de las cosas que podemos hacer es acudir al diccionario y ver qué definición da para década. Estos días, desde la Fundéu se han añadido al debate –por no llamarlo polémica estéril– y Javier Lascuráin –su coordinador general– ha escrito un artículo al respecto.
Década tiene dos acepciones. La primera es “periodo de diez años referido a las decenas del siglo”. Esta definición daría la razón a los que defienden que para el comienzo de la próxima década aún falta un año. Aún queda más claro si además acudimos al Diccionario panhispánico de dudas , que dice que la palabra década se refiere “a las diez décadas de cada siglo, cada una de ellas comienza en un año acabado en 1 y termina en un año acabado en 0”.
Pero como añade Lascuráin el mismo diccionario dice “que década puede emplearse también con el significado más general de decenio, es decir, ‘periodo de diez años consecutivos comprendidos entre dos años cualesquiera’”. De este modo, cada año empieza una década o decenio, a gusto del consumidor.
Eso sí, conviene hacerlo con tino y mesura y no cometer errores de cálculo, como hablar –por ejemplo– de la década del 2005 al 2015, pues lo seguro que no existen son las décadas ni los decenios de 11 años. Cuenten con los dedos, si es necesario, y comprobarán que entre esas dos fechas no transcurrieron diez años, sino once.
Hoy, Rosalía es la comidilla de enteradillos de la música, de observadores de la moda, de quienes están en contra de la apropiación cultural, de quienes la absuelven de dicha apropiación... Sin embargo, en 2009, la catalana aún no había llegado a nuestras vidas. En la imagen, la cantante junto a J Balvin en la pasada edición de Coachella (California).Foto: Getty
Los avances tecnológicos y la evolución de la sociedad han cambiado hábitos, hasta el punto de que determinados comportamientos de hace diez años ahora resultan inimaginables
Parece que 2009 fue anteayer, pero la sociedad evoluciona últimamente a un ritmo tan vertiginoso que en el transcurso de esta década agonizante muchas cosas han cambiado. Los frenéticos avances de la tecnología, la radical transformación del paisaje político, la creciente preocupación por el medio ambiente o, simplemente, el voluble dictado de las modas han facilitado que incluso nuestra manera de conducirnos por el mundo este 2019 haya sido diferente de como lo era diez años atrás. ¿Son cambios para bien o para mal? Ahí ya no entramos, pero algo está claro: ya no hace falta ser un abuelo para soltar en las cenas familiares aquello de “recuerdo que cuando yo era joven…”
Recopilamos 15 cosas cotidianas que hacíamos en España hace diez años y que hoy, sin embargo, serían inimaginables.
En 2009... salíamos a la calle a ligar
“Entrar” —¡ajada expresión!— a un/a desconocido/a en un bar, en el metro, en una exposición o en la sección de tornillos de Leroy Merlín ha quedado solo para algunos nostálgicos del ligoteo. Ahora, el auge de las apps de citas permite elegir por catálogo, deslizando fotos a izquierda y derecha, y sin salir de casa. Un estudio publicado en verano de 2019 asegura que el medio online es ya el más común para encontrar novio/a: el 39% de las parejas heterosexuales de Estados Unidos empezaron así (en 2009 eran solo el 22%). Expertos afirman que esos datos son perfectamente extrapolables a la sociedad española. La búsqueda solitaria y la idea de estas plataformas como supermercados de citas, donde ligar es casi un juego, están detrás de este furor. “Vamos a unas sociedades más individualistas y hedonistas, y eso nos lleva a jugar en cuestiones de tipo sexual”, señala Luis Ayuso, profesor de Sociología de la Universidad de Málaga.
En 2009... veíamos series en la TV
Parece increíble, pero hubo un tiempo —no muy lejano— en que las series que más vivamente atraían nuestra atención y generaban debate en casa y en la oficina eran Los Serrano,Aída, Física y Química… Todas ellas emitidas por cadenas generalistas. Simultáneamente, productos brillantes como Lost, The wire, Prison break o Los Soprano anticipaban la realidad actual: estamos mayoritariamente enganchados a un nuevo tipo de serie, más audaz y que podemos ver cuando queramos —libres de la tradicional tiranía de horarios— gracias a plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime Video. Aunque reacias a aportar datos, se sabe que su consumo ha pasado del 60,4% de penetración en 2012 al 80,3% en 2017, casi igualando las cifras de la televisión (según un estudio de la Universidad de Sevilla); y que el 86% de la población pagó en 2018 por algún tipo de suscripción. O lo que es lo mismo: si no has seguido Juego de tronos (que en EE.UU. ha alcanzado audiencias de 17 millones de espectadores), no estás en la onda.
No hace tanto veíamos series emitidas por cadenas generalistas en un horario determinado. 'Los Serrano' era una de las que se coló durante varias temporadas en gran parte de los hogares españoles.
En 2009... había bipartidismo
Cronología de los hechos: crisis económica en 2008, movimiento 15M en 2011 (con aquella jerga fugaz: los indignados, la casta…) y elecciones generales en 2015 en las que por primera vez dos nuevos partidos (Podemos y Ciudadanos) plantan cara seriamente a los otros dos históricamente hegemónicos (PSOE y PP). La formación de Pablo Iglesias obtuvo en aquellos comicios 42 diputados y la de Albert Rivera, 40. Más tarde irrumpiría Vox (52 diputados en noviembre de 2019). Quién sabe si será así para siempre, pero desde luego la variedad con la que hoy nos manifestamos en la urnas nada tiene que ver con los hábitos de la década anterior.
En 2009... salíamos a comprar la cena
Allá por 2009, la única comida que pedíamos a domicilio eran la china y las pizzas. En los últimos años, gracias a servicios como Just Eat, Delivery Hero, GrubHub y Takeaway y aplicaciones como Glovo y Deliveroo, la costumbre de pedir que nos traigan desayuno, comida o cena de cualquier establecimiento se ha arraigado. El 36% de los españoles utiliza apps de comida a domicilio, según datos de la OCU de 2019. Nielsen (compañía de medición y análisis de datos que proporciona una radiografía precisa de los consumidores y los mercados en todo el mundo) ha contabilizado hasta 73 millones de entregas de paquetes de comida (solicitadas a través del móvil o por otros canales) por valor de 1.137 millones de euros en 2017. Junto con ligar y ver cine, otra cosa más que antes hacíamos de puertas afuera y ahora practicamos como ermitaños.
En 2009... íbamos a un concierto de Michael Jackson
Donde pone Michael Jackson (fallecido el 25 de junio de 2009), inserte usted cualquiera de estos otros nombres: Prince, David Bowie, Charles Aznavour, Aretha Franklin, Lou Reed, Joe Cocker, Lemmy, George Michael, Tom Petty, Avicii, Scott Walker, Ronnie James Dio, Amy Winehouse, Whitney Houston, JJ Cale, Fats Domino…, o cualquiera de los grandes nombres de la música popular que nos han dejado esta década y a los cuales ya solo es posible ver en directo, en todo caso, como hologramas.
Michael Jackson falleció el 25 de junio de 2009 y desde entonces, lógicamente, la única manera de verle en directo es en forma de holograma.Foto: Getty
En 2009... enviábamos SMS
¿Recuerdas aquel célebre “pásalo”, fundamental en el vuelco electoral de marzo de 2004? Era un SMS, un formato de mensajería instantánea que tuvo también sus días de gloria con aquellos concursos televisivos en los que podías ganar premios a cambio de enviar una palabra clave. Lanzada en febrero de 2009, la aplicación WhatsApp, que además de mensajes escritos permite el envío de audios, fotos y vídeos, entre otras funcionalidades, tiene más de 1.500 millones de usuarios en todo el mundo (Telegram causa estragos en Irán, Rusia y Podemos, y cuenta con el 13% de los usuarios digitales en España). Para ejemplificar cómo este sistema ha cambiado nuestras vidas baste citar los ya obligados grupos de WhatsApp del cole, los múltiples grupos familiares y de amigos que contribuyen a la difusión de memes de todo tipo y el cuño de clásicos del género como el negro de WhatsApp.
En 2009... esperábamos ansiosos las rebajas
No es que ya no esperemos la época de saldos, pero la implantación del Black Friday ha alterado sustancialmente el modo en que distribuimos nuestras compras de productos rebajados. Adoptamos el Viernes Negro con la efusión con que asumimos Halloween y otras modas foráneas: esta jornada (que se extiende un fin de semana) de descuentos que se celebra el día siguiente de Acción de Gracias se estrenó en España en noviembre de 2012 por iniciativa de la cadena alemana MediaMarkt. Un estudio de Worten realizado por la consultora GFK sostiene que el 83% de la población española sabe qué es el Black Friday y el 54% compra en él. “Desde que se liberó el periodo de rebajas en 2012, el concepto ha cambiado totalmente. Se busca que el consumidor tenga un gasto continuo durante todo el año”, dice la socióloga Myriam Fernández Nevado.
Julia Roberts se lanzaba a la calle para hacer compras en 'Pretty Woman' (1990). Hoy gran parte de nuestras adquisiciones las hacemos a través de Internet en fechas como el Black Friday.
En 2009... descargábamos música
El dilema de la década anterior (¿por qué pagar por música cuando existe Napster?) mutó en esta que ahora termina (¿por qué poseer música cuando está toda en una nube y puedo escucharla cuando quiera?). Fue allá por 2008 cuando la empresa sueca Spotify introdujo el sistema de escucha bajo demanda de forma gratuita y legal —al principio solo podías acceder por invitación—, y ahora cuenta con más de 232 millones de usuarios activos en todo el mundo (la plataforma no facilita datos a nivel local). Casi la mitad son usuarios de pago, opción que erradica la molesta publicidad. Si pensamos que Spotify (no confundir con el famoso succionador de clítoris: Satisfyer) es tan solo uno de los proveedores de este servicio (Apple Music o Tidal, con menos tirón en España, comparten el sector), no es difícil pensar que nos encaminamos a un mundo sin estanterías.
En 2009... muchos aún mezclábamos plástico y orgánico en la basura
Sí, en 2019 Madrid ha acogido la Cumbre del Clima, con la presencia de la mismísima Greta Thunberg, pero para llegar a este punto mucho ha cambiado el panorama en el último decenio en lo tocante al respeto por el medio ambiente. Según Ecoembes, en España se recicla actualmente el 78,8% de los envases de plástico, latas y bricks así como los envases de papel y cartón (un 12,4% más que en 2017). La tasa de reciclaje de vidrio ha pasado del 31,3% en 2000 al 71,8% en 2016, según Eurostat y el MAPAMA. El 73% de los españoles toma sus decisiones de consumo en 2019 por motivos éticos y de sostenibilidad, afirman desde OCU. Sin embargo, aunque es un avance, sigue sin ser suficiente. “La conciencia ambiental es un progreso —opina Luis Rico, de Ecologistas en Acción—, pero, en parte, llega tarde y, en parte, el modelo de producción y consumo vigente aún lo contrarresta”.
En 2009... teníamos álbumes de fotos
Nuestras vacaciones en la playa o aquel viaje a la India antes eran procelosamente documentados en un álbum con las mejores instantáneas. Pero, claro, quién necesita un álbum, con fotos que hay que imprimir, cuando puedes dejar epatados al instante a familia y amigos subiéndolas a Internet en tiempo real. Instagram, que nació en 2010, parecía en un principio una red destinada a amantes de la fotografía, pero con el tiempo se ha revelado (nunca mejor dicho) que todo el mundo lleva dentro un amante de la fotografía: un estudio de 2018 cifró en 15 millones el número de usuarios de esta aplicación en España, un 13,3% más que el año anterior, lo que la convierte en la red social que más crece en nuestro país.
En 2009... se valoraba poco el fútbol femenino
En honor a la verdad, el fútbol de mujeres sigue a años luz (en visibilidad, en sueldos…) del masculino, ¡pero es que hace diez años muchos ni siquiera sabían que existía! Quién sabe si como consecuencia del imperante empoderamiento femenino, del subcampeonato de Europa logrado por la selección sub-20 en 2018 o a raíz de la remodelación que sufrió la competición en la temporada 2009-2010, las futbolistas han ganado en popularidad. En 2019, Telecinco emitió por primera vez un partido en abierto (la final de la Copa de la Reina, entre la Real Sociedad, que la ganó, y el Atlético de Madrid), y el Wanda Metropolitano registró un lleno en un Atleti-FC Barcelona (los más de 60.000 espectadores establecieron un récord mundial).
Keira Knightley (a la derecha del trofeo) interpretaba a una futbolista en la película 'Quiero ser como Beckham' (2002).
En 2009... comíamos carne sin pensar en las consecuencias
Tras probar potingues de todo tipo, y en vista de que la única solución eran carísimos injertos capilares, hasta fechas recientes muchos asumimos con pesar nuestra alopecia, camuflándola, en la mayoría de los casos, con un estratégico rapado. Pero de un tiempo a esta parte parece que si uno es calvo, es porque quiere. Los paquetes quirúrgico-turísticos a Estambul, donde te plantan pelo en la cabeza a un precio asequible, han supuesto en los últimos cinco años una solución para acomplejados o aquellos que simplemente desean verse mejor. En el fondo, y aunque llegamos a defender la tesis, siempre supimos que lo de que los calvos somos más sexies era un bulo estratosférico.
En 2009... pedir una cerveza «sin» no era tan común
La fiebre por la alimentación saludable y el culto al cuerpo han aumentado a lo largo de la década, lo que se ha reflejado también en los hábitos etílicos. Antaño, las cervezas sin alcohol se pedían por lo bajini, como Woody Allen comprando revistas porno en Bananas (1971). Ahora, su consumo se ha generalizado, y quienes quieren mantenerse en su peso ideal o van a coger después el coche disponen de una amplia variedad de lúpulos (tostadas, con limón…) para entregarse al placer cervecero sin ese extra de calorías y sin que se les suba a la cabeza. Un 14% de las cervezas consumidas en España (unos 48 litros por persona al año) son sin alcohol o 0,0, según datos de OCU de 2019.
En 2009... Rosalía no estaba en nuestras vidas
Habida cuenta del impetuoso vendaval que representó la publicación en 2018 de El mal querer, su segundo disco, cabe preguntarse cómo es posible que hace diez años tirásemos para delante sin Rosalía. La catalana ha sido la comidilla de enteradillos de la música, de quienes no tienen ni idea pero se las dan de enteradillos, de amantes del cine, de observadores de la moda, de quienes están en contra de la apropiación cultural, de quienes la absuelven de dicha apropiación… Todos hemos opinado alguna vez de Rosalía. Quién iba a decirnos en 2009 que el personaje que más daría de qué hablar al término de la década sería… una cantante.