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miércoles, 5 de agosto de 2026

Hallan un ‘interruptor genético’ que puede revertir el envejecimiento cerebral



MRI head scan


Científicos han identificado el mecanismo biológico que controla el envejecimiento neuronal y que es capaz de regular el Tau, una proteína implicada en muchas enfermedades neurodegenerativas



Un equipo de la Universidad de Nuevo México (UNM) ha descubierto que una proteína llamada OTULIN funciona como regulador biológico del envejecimiento cerebral. Al manipular esta molécula en neuronas humanas, los investigadores han logrado alterar drásticamente los niveles de tau, la proteína responsable de los ovillos neurofibrilares característicos del Alzheimer y más de 20 enfermedades neurodegenerativas conocidas como tauopatías.

OTULIN (acrónimo de "OTU deubiquitinase with linear linkage specificity") es una enzima que elimina una clase específica de etiquetas moleculares llamadas cadenas de ubiquitina lineal o M1. El hallazgo, publicado en la revista Genomic Psychiatry, sugiere que atacar este regulador podría ayudar cambiar parte de la programación molecular que impulsa el envejecimiento cerebral, en lugar de simplemente tratar sus consecuencias.​ El descubrimiento abre la puerta a tratamientos potenciales para el Alzheimer y otras demencias relacionadas con la edad.

"El tau patológico es el principal protagonista tanto del envejecimiento cerebral como de la enfermedad neurodegenerativa", asegura Karthikeyan Tangavelou, científico en el Departamento de Genética Molecular y Microbiología de la Escuela de Medicina de la UNM y autor principal del estudio. "Si detienes la síntesis de tau atacando OTULIN en las neuronas, puedes restaurar el cerebro y prevenir el envejecimiento cerebral".​


Un interruptor molecular

Los investigadores realizaron el estudio en dos tipos diferentes de células: unas derivadas de un paciente que había fallecido por Alzheimer esporádico de aparición tardía y otras de una línea de células de neuroblastoma humano frecuentemente utilizada en investigación neurocientífica. Luego desactivaron OTULIN de estas células usando técnicas como la administración de una molécula pequeña diseñada a medida o la eliminación del gen que lo codifica.

El tratamiento logró detener la producción de tau y eliminarlo de las neuronas. Pero los resultados fueron más allá de lo que esperaban. "Las neuronas pueden sobrevivir sin tau", afirma Tangavelou, "se ven sanas, incluso con el tau eliminado".​

Los experimentos de edición genética con tecnología CRISPR-Cas9 revelaron otro mecanismo sorprendente. Cuando eliminaron el gen de OTULIN, los niveles de tau disminuyeron rápidamente, y en algunos modelos neuronales, tanto el tau total como el tau patológico prácticamente desaparecieron. Pero esto no ocurrió porque la proteína se degradara más eficientemente, sino porque las instrucciones genéticas para la producción de tau —el ARN mensajero codificado por el gen MAPT— fueron efectivamente borradas.​

Bloquear OTULIN provocó mucho más que la simple eliminación de tau. El análisis del ARN —las instrucciones que las células usan para fabricar proteínas— reveló que eliminar esta proteína desencadenó un efecto dominó masivo en toda la neurona, alterando la expresión de decenas de miles de mensajes genéticos distintos.

"Creemos que OTULIN es el regulador maestro del envejecimiento cerebral, porque esta proteína regula el metabolismo del ARN", explica Tangavelou. "Eliminar el gen OTULIN altera muchas docenas de genes, principalmente en la vía inflamatoria".


Un camino prometedor

El investigador señala que cuando el cerebro envejece, las células pierden el equilibrio entre fabricar proteínas nuevas y deshacerse de las viejas o dañadas. OTULIN podría ser un regulador clave en la creación de un desequilibrio entre la síntesis y degradación de proteínas y puede causar el envejecimiento cerebral, asegura.​

OTULIN no solo manda sobre el tau: también controla la inflamación cerebral, el sistema de limpieza celular y otros mecanismos fundamentales para mantener las neuronas sanas. Esto complica las cosas, porque no se puede simplemente apagar OTULIN y ya. Los experimentos mostraron que reducirlo parcialmente ayudó a bajar el tau tóxico, pero eliminarlo del todo provocó cambios tan grandes que podrían resultar peligrosos en un cerebro humano real. Cualquier tratamiento futuro tendría que ajustar con precisión la actividad de OTULIN, no anularla por completo.​

Tangavelou también advierte que el cerebro tiene muchos tipos de células además de neuronas, como astrocitos, microglía, oligodendrocitos y células endoteliales. "Descubrimos la función de OTULIN en las neuronas, pero no sabemos cómo funciona OTULIN en otros tipos de células en el cerebro", reconoce el investigador. "Estamos desarrollando un proyecto para estudiar el papel de OTULIN en el envejecimiento cerebral. Esta es una gran oportunidad para desarrollar muchos proyectos para futuras investigaciones para revertir el envejecimiento cerebral y tener un cerebro sano".


sábado, 25 de julio de 2026

El cuerpo humano no es una obra maestra del diseño, sino un mosaico de compromisos evolutivos


Nuestros cuerpos son un archivo viviente de la evolución.

Getty Images


El cuerpo humano suele describirse como una maravilla de "diseño perfecto": elegante, eficiente y finamente ajustado a su propósito.

Sin embargo, al observarlo con más detenimiento, emerge una imagen muy diferente.

Lejos de ser una máquina impecable, el cuerpo se asemeja más a un mosaico de compromisos moldeados por millones de años de experimentación evolutiva.

La evolución no diseña estructuras desde cero, sino que modifica lo que ya existe.

En consecuencia, muchos aspectos de la anatomía humana son soluciones simplemente "suficientemente buenas": funcionales, pero lejos de ser perfectas.

Algunos de los problemas y dolencias médicas más comunes surgen directamente de estas limitaciones heredadas.

La columna vertebral

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La columna vertebral humana es el mejor ejemplo de ello.

Nuestra columna vertebral ha evolucionado poco con respecto a nuestros ancestros cuadrúpedos que habitaban en los árboles, donde funcionaba principalmente como una viga flexible para un movimiento suave de rama en rama, a la vez que protegía la médula espinal.

Cuando los humanos adoptaron la marcha bípeda, la columna vertebral conservó estas funciones.

Pero también se adaptó para la necesidad adicional de soportar nuestro peso corporal verticalmente y mantener nuestro centro de gravedad, al tiempo que nos permite la flexibilidad necesaria para movernos.

Estas demandas opuestas generan tensión.

Las curvas características de la columna vertebral humana ayudan a distribuir el peso, pero también nos predisponen al dolor lumbar, las hernias discales y los cambios degenerativos que afectan su función más importante: la protección de la médula espinal y los nervios circundantes.

Estas afecciones son extraordinariamente comunes , no porque la columna vertebral sea intrínsecamente defectuosa, sino porque realiza una función para la que no fue diseñada originalmente.

El cuello

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Otro claro argumento en contra del diseño divino es el nervio laríngeo recurrente, que sigue un recorrido que sencillamente no tiene sentido inventar.

Este nervio, que es una rama del nervio vago, controla principalmente las funciones de descanso y digestión de nuestros órganos (como la disminución de la frecuencia cardíaca y respiratoria).

El nervio laríngeo también conecta el cerebro con la laringe, ayudando a controlar el habla y la deglución.

Lógicamente, cabría esperar que utilizara la ruta más directa para conectar el cerebro con la laringe. En cambio, desciende desde el cerebro hasta el tórax, rodea una arteria principal y luego regresa a la laringe.

Este desvío no es un diseño ingenioso, sino un vestigio histórico de nuestros ancestros parecidos a los peces, cuando el nervio seguía un camino directo alrededor de los arcos branquiales.

A medida que los cuellos se alargaron con el tiempo evolutivo, el nervio se estiró en lugar de redirigirse.

Esta ineficiencia puede aumentar nuestra vulnerabilidad a las lesiones durante una cirugía.

Los ojos

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Incluso los ojos reflejan un compromiso evolutivo .

En los seres humanos y otros vertebrados, la retina (la capa sensible a la luz en la parte posterior del globo ocular) está conectada "al revés".

Esto significa que la luz debe pasar a través de capas de fibras nerviosas antes de llegar a los fotorreceptores, células especializadas responsables de detectar la luz y convertirla en un impulso nervioso que se envía al cerebro.

El nervio óptico sale por la parte posterior de la retina, creando un punto ciego justo debajo del nivel horizontal del ojo, donde no es posible la visión.

El cerebro compensa esta deficiencia sin problemas, por lo que rara vez la notamos.

Así pues, si bien hemos desarrollado una visión increíble y células fotorreceptoras, esto ha ocurrido a costa de tener una laguna en nuestro campo visual.

Los dientes

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Nuestros dientes nos recuerdan una vez más que la evolución prioriza la adecuación sobre la durabilidad.

Los humanos desarrollamos dos conjuntos de dientes: dientes de leche y dientes permanentes, y eso es todo. Una vez que se pierden los dientes permanentes, no se reemplazan, a diferencia de los tiburones, que regeneran sus dientes continuamente a lo largo de su vida.

En los mamíferos, el desarrollo dental está estrictamente regulado y vinculado al crecimiento complejo de la mandíbula y a las estrategias de alimentación. Este sistema funcionó bien para nuestros antepasados, pero a los humanos modernos nos deja vulnerables a la caries y a la pérdida de dientes.

Las muelas del juicio son otro ejemplo de retraso evolutivo. Nuestros antepasados ​​tenían mandíbulas más grandes, adaptadas a dietas más duras que requerían masticar con intensidad.

Con el tiempo , la dieta humana se suavizó y el tamaño de la mandíbula disminuyó. Sin embargo, el número de dientes no cambió con la misma rapidez.

Muchas personas ya no tienen espacio para sus terceros molares, lo que provoca impactación, apiñamiento y, a menudo, la necesidad de extracción quirúrgica.

Las muelas del juicio no son inútiles en principio, pero ya no caben cómodamente en los cráneos modernos.

La pelvis

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El parto representa uno de los compromisos evolutivos más profundos.

Al igual que la columna vertebral, la pelvis humana debe equilibrar dos exigencias contrapuestas: una marcha bípeda eficiente y el nacimiento de bebés con cerebros grandes.

Una pelvis estrecha facilita la locomoción, pero limita el tamaño del canal del parto.

Por otro lado, los bebés humanos tienen cabezas inusualmente grandes en relación con el tamaño de su cuerpo, lo que resulta en un parto difícil y, a veces, peligroso, que a menudo requiere asistencia externa.

Esta tensión entre la movilidad y el tamaño del cerebro ha moldeado no solo la anatomía, sino también el comportamiento social, fomentando la cooperación en la atención y las adaptaciones culturales en torno al parto.

Persistencia evolutiva

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La evolución no necesariamente elimina las estructuras a menos que impongan una gran desventaja. Por lo tanto, algunas características anatómicas persisten a pesar de ofrecer un beneficio limitado.

El apéndice, que antes se consideraba un vestigio evolutivo completamente inútil, ahora se cree que tiene funciones inmunitarias menores. Sin embargo, puede inflamarse y causar apendicitis, una afección potencialmente mortal.

De igual modo, los senos paranasales tienen funciones aún no del todo claras. Podrían aligerar el cráneo o influir en la resonancia de la voz, e incluso podemos utilizar su tamaño y variabilidad para la identificación forense.

Sin embargo, las vías de drenaje de los senos paranasales desembocan directamente en la nariz, lo que los hace propensos a obstrucciones e infecciones frecuentes, un efecto secundario del desarrollo más que una adaptación deliberada.

Incluso los diminutos músculos que rodean las orejas dan pistas sobre nuestro pasado evolutivo.

En muchos mamíferos, estos pequeños músculos permiten que el pabellón auricular gire, mejorando la audición direccional. Los humanos también tenemos estos músculos, pero la mayoría no podemos utilizarlos eficazmente.

Nuestros cuerpos no están diseñados a la perfección, sino que son un archivo viviente de la evolución.

La anatomía revela un registro histórico de adaptación, compromiso y contingencia. La evolución no busca la perfección; trabaja con lo que tiene a su alcance, modificando las estructuras paso a paso.

Comprender la anatomía desde esta perspectiva evolutiva también puede ayudarnos a replantear nuestra visión de los problemas médicos comunes.

El dolor de espalda, los partos difíciles, el apiñamiento dental y las infecciones sinusales no son desgracias fortuitas. Son, en parte, consecuencias de nuestra historia evolutiva.


  • Lucy E. Hyde
  • Título del autor,The Conversation*
    18/04/2026
    https://www.bbc.com/mundo/articles/cy4118my143o

lunes, 9 de marzo de 2026

La carrera de estos científicos por demostrar que el tiempo es una ilusión



(Inteligencia artificial - Nano Banana - Novaceno)



Aunque todos creemos saber lo que es el tiempo, la física aún no ha sido capaz de explicarlo. Algunos científicos creen que lo que percibimos como tiempo es una ilusión y ya saben cómo demostrarlo



El tiempo es lo más básico del mundo hasta que intentas definirlo según las reglas de la física. La relatividad lo deforma, la mecánica cuántica lo ignora y ninguna teoría fundamental puede explicar por qué fluye en una sola dirección o por qué avanza. En 1983, dos científicos sugirieron que la respuesta era simple: el tiempo no fluye porque no existe, solo lo parece gracias a un truco cuántico. Ahora, cuatro décadas después, nuevos experimentos con relojes microscópicos están poniendo a prueba esta idea y los agujeros negros pueden darnos la solución.

La teoría de la relatividad de Einstein fusionó tiempo y espacio en un tejido flexible que se deforma con la masa y el movimiento. Estas propiedades hacen que se creen efectos tan desconcertantes como que el tiempo transcurre más rápido en lo alto de una montaña que al nivel del mar debido a la diferencia de intensidad de la gravedad. Pero para las cosas más pequeñas que los átomos, la mecánica cuántica explica el tiempo como un añadido externo que no puede medirse directamente.

Esta desconexión entre lo grande y lo pequeño llevó a los físicos Don Page y William Wootters a proponer en 1983 lo que llamaron el mecanismo Page-Wootters. Inspirados en el entrelazamiento cuántico —una especie de vínculo que hace que dos partículas se comporten como si fueran una sola— y las funciones de onda de cada partícula—una herramienta matemática con la que se obtiene toda la información sobre ella—, imaginaron el universo entero como una función de onda cuántica gigante y congelada. En lugar de tener funciones de onda individuales para cada partícula, el cosmos sería una única y enorme función de onda que contiene todas las partículas, todos los campos y todas las configuraciones posibles del universo en un solo paquete matemático.

Por sí solo, este objeto gigante no se mueve ni funciona, aseguran. Simplemente, permanece allí como un catálogo atemporal de todas las posibilidades, y lo que llamamos tiempo surgiría de las interacciones dentro de esa estructura fija entre un sistema que actúa como un reloj y el resto del universo.


Demostrar que el tiempo no existe

El mecanismo Page-Wootters es tan enrevesado como la propia mecánica cuántica, pero el divulgador Zack Savitsky ha encontrado una analogía que aclara bastante el panorama. Según Savitsky, funciona como un manuscrito cuyas páginas ya están escritas, pero necesita números de página para crear una secuencia coherente que podamos seguir para comprender la historia. La parte de la función de onda que codifica la realidad son las palabras; el reloj son los números de página.

En 2024, Paola Verrucchi, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones (CNR) de Italia, construyó un modelo matemático simple basado en el mecanismo Page-Wootters, entrelazando un reloj hecho de diminutos imanes con un sistema cuántico similar a un muelle. Desde fuera, el sistema permanecía estático. Sin embargo, para el reloj, el resorte parecía estirarse y contraerse en una secuencia temporal que podía medir. "Puedes derivar todas las ecuaciones de movimiento que sabemos que funcionan [del modelo]", asegura Verrucchi.


Unos años antes, en 2017, se encontró una manera de detectar esos relojes. Marcus Huber y su equipo de la Universidad Técnica de Viena demostraron con modelos teóricos que mantener el tiempo requiere trabajo y produce calor, incluso a escalas cuánticas. Sus experimentos con relojes hechos de unos pocos átomos han mostrado que existe un intercambio directo entre la precisión de que tiene un reloj y la entropía (una medida del desorden) que produce. Este descubrimiento permitirá finalmente someter el mecanismo Page-Wootters a pruebas experimentales.


Los agujeros negros como relojes del universo

Verrucchi cree haber encontrado uno de estos relojes en la naturaleza: los agujeros negros. Examinando las características de un reloj Page-Wootters ideal, identificó tres características necesarias: suficiente energía para rastrear la dinámica del sistema, aislamiento del ruido externo y capacidad de entrelazarse con lo que mide. Los agujeros negros cumplen los tres criterios.

Sus intensos campos gravitacionales los aíslan casi completamente, pero como demostró Stephen Hawking en la década de 1970, pueden entrelazarse con el exterior a través de pares de partículas cuánticas que se forman en su horizonte de sucesos. "Es un reloj perfecto", dice Verrucchi en una entrevista con Savitsky. "No puedes interactuar con él, pero al mismo tiempo, puedes estar entrelazado con él".

El grupo de Huber ahora diseña experimentos con sistemas cuánticos entrelazados, como nubes de átomos, que podrían imitar el mecanismo Page-Wootters en el laboratorio. Midiendo la entropía emitida por estos relojes, esperan responder preguntas fundamentales sobre si el tiempo fluye de manera continua o avanza a pequeños saltos, como la sucesión de fotogramas de una película.


viernes, 6 de marzo de 2026

La genética pesa más de lo que creíamos en cuántos años vamos a vivir (pero no decide todo nuestro destino)



(istock)


Explica aproximadamente el 55% de la variación en la duración de la vida humana, lo que significa más del doble de lo que apuntaban estimaciones anteriores



Durante décadas, la idea dominante en la investigación sobre el envejecimiento era que la genética explicaba solo una pequeña parte de cuánto vivimos. El entorno, el azar, las enfermedades o el nivel socioeconómico parecían imponer su ley. Un nuevo estudio publicado este jueves en Science obliga ahora a revisar esa convicción: una vez descontadas las muertes por causas externas, la herencia genética podría explicar hasta el 55% de la variación en la duración de la vida humana, más del doble de lo estimado hasta ahora.

El trabajo, liderado por Ben Shenhar y su equipo, se apoya en modelos matemáticos y en grandes bases de datos de gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos. La clave está en una distinción que, según los autores, había sido sistemáticamente pasada por alto: no toda la mortalidad mide lo mismo. Las muertes “extrínsecas” —accidentes, infecciones, violencia o riesgos ambientales— actúan como ruido estadístico y diluyen el peso real de la genética, que influye sobre todo en la llamada mortalidad “intrínseca”, asociada al envejecimiento biológico.

Cuando ese ruido se corrige, la señal genética se vuelve mucho más fuerte. Según los autores, la heredabilidad de la esperanza de vida humana pasa así a situarse en niveles similares a los de la mayoría de los rasgos fisiológicos complejos y a los observados en otras especies, como los ratones de laboratorio.

En un artículo de Perspective que acompaña al estudio, Daniela Bakula, investigadora en envejecimiento, subraya que estos resultados “tienen consecuencias importantes para la investigación sobre el envejecimiento”, al reforzar la idea de que existe una base genética sustancial detrás de la longevidad humana. A su juicio, este mayor peso de la herencia justifica esfuerzos a gran escala para identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga, mejorar las puntuaciones de riesgo poligénico y conectar diferencias genéticas con vías biológicas concretas que regulan el envejecimiento.


Un llamativo 55% con advertencias serias

“¿Cuánto de nuestra esperanza de vida está escrito en nuestros genes? Probablemente más de lo que pensábamos, aunque con importantes matices”, explica Jesús Adrián Álvarez, actuario y doctor en Salud Pública, en declaraciones a la agencia SMC. Álvarez subraya que la heredabilidad es una estadística poblacional, no una predicción individual. “No implica que la duración de la vida esté fijada para una persona concreta. La vida es inherentemente estocástica”.

Además, recuerda que ni la mortalidad intrínseca ni la heredabilidad se observan directamente: se infieren a partir de modelos basados en supuestos sobre cómo evoluciona la mortalidad en distintas cohortes. El estudio no identifica genes concretos ni incorpora datos genómicos detallados; se centra en modelizar correlaciones matemáticas de longevidad entre gemelos. “Eso no invalida el resultado, pero obliga a interpretarlo con cautela”, señala.

Una cautela que comparte Tim Riffe, demógrafo e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, también en declaraciones a SMC. Riffe advierte de que el porcentaje depende de decisiones metodológicas clave, como condicionar el análisis a que ambos gemelos sobrevivan hasta edades avanzadas, algo que puede afectar de forma no trivial a las correlaciones. “Conviene entender ese 55% como una estimación basada en un modelo y en una definición concreta de ‘longevidad intrínseca’, no como un hecho definitivo”, apunta.

Riffe también llama la atención sobre cómo se define en el estudio la mortalidad extrínseca: no como muertes por causas externas en el sentido habitual de la demografía, sino como un riesgo de fondo independiente de la edad. “Es un concepto distinto y fundamental para interpretar correctamente los resultados”, explica.

Más allá del debate técnico, el trabajo reabre una pregunta incómoda: si parte de la longevidad es heredable, ¿qué ocurrirá a medida que las sociedades sigan reduciendo la mortalidad externa gracias a los avances médicos y sociales? ¿Aumentará aún más el peso de la genética? ¿Y quién se beneficiará de posibles intervenciones futuras?

Aquí, Riffe introduce un ángulo social y político. Incluso si se identifican predictores genéticos de la longevidad, advierte, es probable que las intervenciones personalizadas lleguen de forma desigual y refuercen las desigualdades socioeconómicas. “Los mayores y más duraderos avances en esperanza de vida han provenido históricamente de mejoras a nivel poblacional: educación, salud pública, condiciones de vida y protección social”, recuerda. Intervenciones menos llamativas que la genética, pero más eficaces y equitativas.

El estudio no responde, en última instancia, a la gran pregunta —cuánto pueden vivir los seres humanos—, pero sí desplaza el marco del debate. La genética importa más de lo que creíamos. No manda sola. Y, por ahora, sigue sin ofrecer atajos individuales hacia una vida más larga.


jueves, 5 de marzo de 2026

Tu cerebro siente el dolor que ves: así funciona la empatía sensorial




Lo sientes y te lo imaginas 
(Pexels).



Una reciente investigación expone que nuestro cerebro simula el dolor ajeno como si lo sintiéramos en carne propia



¿Alguna vez has visto una película donde alguien se clava un clavo en el pie o se golpea la mano al cerrar la puerta del coche y tú también hiciste una mueca? ¿Sientes un escalofrío cuando ves a alguien recibir un golpe en la cara o algo más fuerte? Tranquilo, no es que seas una persona hipersensible ni que estés exagerando, sino que tu cerebro haciendo exactamente lo que fue diseñado para hacer.

Gracias a un innovador estudio liderado por el Dr. Nicholas Hedger y su equipo en la Universidad de Reading (Inglaterra), en colaboración con investigadores de la Free University de Ámsterdam y la Universidad de Minnesota (EEUU), ahora sabemos que nuestro cerebro literalmente 'simula' el dolor ajeno. La investigación ha demostrado que ciertas zonas del cerebro encargadas de procesar el tacto se activan incluso cuando únicamente vemos cómo otra persona está sufriendo dolor. En otras palabras: lo que ves, tu cerebro lo siente.

“Cuando ves a alguien siendo lastimado, las áreas del cerebro que normalmente se activan cuando eres tú quien recibe ese estímulo también se encienden. Tu cerebro mapea lo que ves sobre tu propio cuerpo, simulando una sensación táctil aunque no haya ocurrido nada físico en ti”, aclara Hedger en su estudio publicado en la revista Nature.

Este fenómeno no es exclusivo del dolor. También ocurre con otras sensaciones físicas, como el cosquilleo, el frío o incluso las caricias a otra persona. El cerebro humano está diseñado para empatizar de forma sensorial, construyendo lo que los expertos llaman un 'mapa corporal visual-táctil'.


El experimento: películas y resonancia cerebral

Para llegar a esta conclusión, el equipo de expertos escaneó la actividad cerebral de 174 personas mientras veían pequeños fragmentos de películas como La Red Social, Origen, Solo en Casa, Erin Brockovich, Oceans 11 y Star Wars: El Imperio contraataca. Las escenas incluían situaciones de contacto físico, tanto agradables como dolorosas. Las películas fueron precisamente escogidas por la variedad de situaciones que podían darse.

Y lo que observaron fue sorprendente: las regiones visuales del cerebro no solo procesaban las imágenes, sino que también se solapaban con regiones típicamente asociadas al sentido del tacto. Algunas zonas, como la corteza somatosensorial, se activaban en patrones similares a los que se verían si la persona estuviera siendo tocada en ese momento. Lo que veían, también lo sentían.


Un mapa corporal dentro de la visión

Lo más fascinante del hallazgo es que estas 'zonas táctiles' están organizadas en la corteza visual de forma sistemática. En las regiones dorsales (superiores), el cerebro activa áreas según la ubicación en el campo visual: si ves algo en la parte inferior de la pantalla, se activan áreas relacionadas con los pies; si lo ves en la parte superior, se activan áreas relacionadas con la cara.

En cambio, en las regiones ventrales (inferiores), la activación no depende de dónde esté la imagen, sino de qué parte del cuerpo se está viendo, como un brazo, una pierna o una mano. En resumen: tu cerebro no solo ve lo que ocurre, sino que lo traduce en coordenadas corporales propias. Es como sentir pero sin ser tocado.

Y parece que esta conexión también funciona en sentido inverso. Por ejemplo, cuando caminas por tu casa en completa oscuridad, tu sentido del tacto (como el roce de una pared o el suelo bajo tus pies) ayuda a tu cerebro a 'reconstruir' visualmente el espacio. No lo ves, pero lo sientes y lo imaginas, y es una de las razones por las que el cerebro humano es tan eficiente al interpretar el mundo.


¿Y si tu cerebro procesa el mundo de forma distinta?

Las implicaciones clínicas de este descubrimiento son enormes. Según los expertos, esta investigación podría transformar nuestra comprensión de condiciones como el autismo. Muchas teorías sugieren que las personas autistas procesan de forma diferente las emociones ajenas porque no simulan internamente lo que ven en la misma manera que el resto. Gracias a este descubrimiento, ahora podríamos evaluar esas diferencias simplemente observando la actividad cerebral, algo que puede ser especialmente útil en niños o personas con hipersensibilidad sensorial.


viernes, 13 de febrero de 2026

Ni cinco ni seis: los humanos tenemos hasta 33 sentidos, según la neurociencia



Piel de gallina. Foto: Pixabay


Aristóteles nos enseñó que teníamos cinco sentidos, pero estaba equivocado. Nuestro cuerpo experimenta el mundo de formas mucho más complejas e interconectadas de lo que imaginamos



Atrapados frente a nuestras pantallas todo el día, a menudo ignoramos nuestros sentidos más allá del sonido y la visión. Y, sin embargo, siempre están funcionando. Cuando estamos más alerta sentimos las superficies rugosas y lisas de los objetos, la rigidez en nuestros hombros, la suavidad del pan.

Por la mañana, podemos sentir el cosquilleo de la pasta de dientes, oír y sentir el agua corriendo en la ducha, oler el champú y, más tarde, el aroma del café recién hecho.

Aristóteles nos dijo que había cinco sentidos. Pero también nos dijo que el mundo estaba compuesto de cinco elementos y ya no lo creemos. Y la investigación moderna está demostrando que podríamos tener en realidad docenas de sentidos.

Casi toda nuestra experiencia es multisensorial. No vemos, y oímos, olemos y tocamos en paquetes separados. Ocurren simultáneamente en una experiencia unificada del mundo que nos rodea y de nosotros mismos.

Lo que sentimos afecta lo que vemos y lo que vemos afecta lo que oímos. Diferentes olores en el champú pueden afectar cómo percibimos la textura del cabello. La fragancia de rosa hace que el cabello parezca más sedoso, por ejemplo.

Los olores en yogures bajos en grasa pueden hacer que parezcan más ricos y espesos en el paladar sin añadir más emulsionantes. La percepción de olores en la boca, que ascienden al conducto nasal, se ve modificada por la viscosidad de los líquidos que consumimos.

Mi antiguo colaborador, el profesor Charles Spence del Laboratorio Crossmodal de Oxford, me dijo que sus colegas neurocientíficos creen que hay entre 22 y 33 sentidos. Entre ellos se encuentra la propiocepción, que nos permite saber dónde están nuestras extremidades sin mirarlas. Nuestro sentido del equilibrio se basa en el sistema vestibular de los conductos auditivos, así como en la vista y la propiocepción.

Otro ejemplo es la interocepción, mediante la cual percibimos cambios en nuestro propio cuerpo como un ligero aumento de nuestra frecuencia cardíaca y el hambre. También tenemos un sentido de la agencia al mover nuestras extremidades: un sentimiento que puede desaparecer en pacientes con ictus que a veces incluso creen que otra persona está moviendo su brazo.

Está el sentido de pertenencia. Los pacientes con ictus a veces sienten que su brazo, por ejemplo, no es suyo aunque todavía puedan sentir sensaciones en él.

Algunos de los sentidos tradicionales son combinaciones de varios sentidos. El tacto, por ejemplo, implica dolor, temperatura, picor y sensaciones táctiles. Cuando degustamos algo estamos experimentando en realidad una combinación de tres sentidos: tacto, olfato y gusto —o gustación— que se combinan para producir los sabores que percibimos en alimentos y bebidas.

La gustación abarca las sensaciones producidas por los receptores en la lengua que nos permiten detectar lo salado, dulce, ácido, amargo y umami (sabroso). ¿Qué pasa con la menta, el mango, el melón, la fresa, la frambuesa? No tenemos receptores de frambuesa en la lengua, ni el sabor de frambuesa es alguna combinación de dulce, ácido y amargo. No existe una aritmética del gusto para los sabores de frutas.

Los percibimos a través del funcionamiento combinado de la lengua y la nariz. Es el olfato el que contribuye en mayor medida a lo que llamamos degustar. Sin embargo, esto no es inhalar olores del entorno. Los compuestos aromáticos se liberan mientras masticamos o bebemos, viajando desde la boca hasta la nariz a través de la faringe nasal en la parte posterior de la garganta.

El tacto también juega su papel, uniendo gustos y olores y fijando nuestras preferencias por huevos líquidos o firmes, y la aterciopelada y lujosa cremosidad del chocolate. La vista está influenciada por nuestro sistema vestibular. Cuando estáis en un avión en tierra, mirad hacia el fondo de la cabina. Mirad de nuevo cuando estéis ascendiendo. Os parecerá que la parte delantera de la cabina está más alta que vosotros, aunque ópticamente todo está en la misma relación con vosotros que en tierra. Lo que «veis» es el efecto combinado de la vista y vuestros conductos auditivos diciéndoos que estáis inclinándoos hacia atrás.

Los sentidos ofrecen una veta rica de investigación y filósofos, neurocientíficos y psicólogos trabajan juntos en el Centro para el Estudio de los Sentidos de la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres. En 2013, el centro lanzó su proyecto Repensando los Sentidos, dirigido por mi colega, el fallecido profesor sir Colin Blakemore. Descubrimos cómo modificar el sonido de vuestros propios pasos puede hacer que vuestro cuerpo se sienta más ligero o más pesado.

Aprendimos cómo las audioguías en el museo de arte Tate Britain que se dirigen al oyente como si el modelo en un retrato estuviera hablando permiten a los visitantes recordar más detalles visuales del cuadro. Descubrimos cómo el ruido de los aviones interfiere con nuestra percepción del gusto y por qué siempre deberíais beber zumo de tomate en un avión.

Mientras que nuestra percepción de lo salado, dulce y ácido se reduce en presencia de ruido blanco, el umami no lo hace, y los tomates y el zumo de tomate son ricos en umami. Esto significa que el ruido del avión potenciará el sabor sabroso.

En nuestra última exposición interactiva, Senses Unwrapped (sentidos al descubierto) en Coal Drops Yard en King's Cross de Londres, la gente puede descubrir por sí misma cómo funcionan sus sentidos y por qué no funcionan como creemos que lo hacen.

Por ejemplo, la ilusión tamaño-peso se ilustra con un conjunto de piedras de curling pequeñas, medianas y grandes. La gente puede levantar cada una y decidir cuál es la más pesada. La más pequeña se siente más pesada, pero luego pueden colocarlas en balanzas y descubrir que todas pesan lo mismo.

Pero siempre hay muchas cosas a vuestro alrededor para mostrar lo intrincados que son vuestros sentidos, si tan solo os detenéis un momento para captarlo todo. Así que la próxima vez que salgáis a caminar o saboréis una comida, tomaos un momento para apreciar cómo vuestros sentidos están trabajando juntos para ayudaros a sentir todas las sensaciones que están sucediendo.