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viernes, 17 de julio de 2026
Ni Sevilla ni Bilbao: la única ciudad española que se ha 'colado' entre las mejores del mundo para viajar solo (y supera a Berlín y Estambul)
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domingo, 14 de junio de 2026
Noruega tiene el único tren que persigue auroras boreales en la noche ártica

Noruega ha convertido la histórica línea férrea de Ofoten en una experiencia nocturna para cazar luces del norte. Se llama Northern Lights Train y la experiencia, Midnight Aurora Route. Sin pantallas, sin prisas, sin carreteras. Solo el cielo, la aurora boreal y una fogata en medio de la nada.
Las auroras boreales son física cósmica convertida en espectáculo: partículas solares que chocan contra el campo magnético terrestre e iluminan la atmósfera con cortinas de verde, violeta y rojo que parecen tener vida propia. La ciencia lo explica perfectamente, pero no explica del todo lo que sientes al verlas. Los psicólogos lo llaman "asombro": esa mezcla de admiración y pequeñez que experimentamos ante algo que nos supera, amplificada aquí por el silencio, la oscuridad y el frío del Ártico. Los vikingos veían en ellas el Bifröst, el puente de los dioses. Los sami creían que eran las almas de los muertos danzando en el cielo. Los inuit, espíritus jugando sobre sus cabezas. Cada cultura ha proyectado en las auroras sus miedos y sus esperanzas, y eso, en sí mismo, ya dice mucho de su poder.

Ahora hay un tren en Noruega que te lleva a buscarlas. No es una ruta cualquiera: es una experiencia diseñada para perseguir auroras en la oscuridad total del Ártico, lejos de cualquier farola y de cualquier rastro de civilización. Sale de Narvik, por encima del Círculo Polar Ártico, y recorre la línea de Ofoten hasta una estación remota a la que solo se puede llegar sobre raíles.
De raíles de hierro a cazadores de auroras

La línea de Ofoten no se construyó para turistas. Se inauguró el 14 de julio de 1903 para transportar mineral de hierro desde las minas suecas de Kiruna hasta el puerto de Narvik, y durante más de un siglo sus raíles han atravesado uno de los paisajes más dramáticos de Escandinavia: fiordos, montañas nevadas, cascadas congeladas y túneles excavados en la roca viva. Hace unos meses, la empresa Arctic Train tuvo la idea de aprovechar esta infraestructura centenaria para algo muy distinto: una experiencia nocturna dedicada a cazar auroras boreales. Un tren sale de Narvik al anochecer y se adentra en la oscuridad de las montañas hasta Katterat, una estación a 374 metros de altitud a la que no llega ninguna carretera. Ese aislamiento es exactamente lo que la hace mágica.

Tres horas para mirar el cielo de otra manera

La Ruta de la Aurora de Medianoche opera de septiembre a marzo, los meses en que la oscuridad ártica y la actividad solar se alían para ofrecer las mejores auroras. Dado su éxito, las plazas vuelan y conviene reservar con tiempo en norwegian.travel o visitnarvik.com Las salidas son a las 19:00 hasta mediados de diciembre y a las 19:45 a partir del 17, ajustándose siempre a la máxima oscuridad. El viaje dura poco más de tres horas: tras una primera parada en Bjørnfjell, junto a la frontera sueca, el tren continúa hasta Katterat con la iluminación al mínimo para que tus ojos se adapten a la noche.

130 euros bien invertidos
El billete cuesta unos 130 euros e incluye el trayecto completo, bebidas, snacks y guías especializados. Para llegar a Narvik, la opción más práctica es volar al aeropuerto de Evenes, a 80 kilómetros; la más bonita, el tren nocturno desde Estocolmo. Y en la maleta: capas térmicas serias, guantes gruesos y calzado impermeable. En Katterat, a cielo abierto y en pleno invierno ártico, el frío va en serio.
A finales de 2025 circularon por internet imágenes espectaculares de un supuesto tren noruego con techos de cristal. Eran generadas con inteligencia artificial. El Northern Lights Train real no tiene vagones panorámicos, y no los necesita: su gracia está en sacarte del vagón y ponerte bajo el cielo de verdad, junto a una fogata de verdad. No es un parque temático. Es naturaleza en estado puro.
El cielo como destino
En un momento en que el turismo de naturaleza se enfrenta a la paradoja de su propio impacto ambiental, este tren tiene un argumento poderoso: funciona con energía hidroeléctrica renovable y utiliza una infraestructura ferroviaria que lleva más de un siglo en pie, sin necesidad de construir nuevas vías ni alterar el paisaje. Turismo ártico con huella de carbono mínima. Algo que debería ser la norma y no la excepción.

El momento cumbre llega cuando bajas del tren en Katterat. Allí, en medio de la nada, los guías han preparado una fogata. Hay bebidas calientes, un lavvu (la tienda tradicional sami) y un cielo sin una sola farola en kilómetros. Te explican qué estás viendo, te cuentan las historias que el Ártico guarda sobre esas luces y te enseñan a configurar la cámara para que puedas llevarte algo más que el recuerdo. No hay garantía de que la aurora aparezca esa noche porque nadie puede prometer eso, pero la ubicación está elegida para maximizar las probabilidades. Y si las luces no se dejan ver, el silencio ártico y el cielo estrellado ya justifican el viaje.
- CRISTINA ACEBAL
martes, 28 de abril de 2026
Ruta 66, la gran aventura americana que convirtió el 'road trip' en símbolo de libertad

Intersección ente Jackson Boulevard y Michigan Avenue de Chicago. Un letrero a pie de calle reza: Illionois, inicio de la histórica Ruta 66. A ojos de cualquier peatón -o automovilista que circule por el distrito financiero- el cartel, sin grandes pretensiones, podría pasar desapercibido e incluso generar cierta confusión, ya que dicha carretera fue oficialmente clausurada por el gobierno federal en 1985.
Metáfora de la historia de los Estados Unidos durante buena parte del siglo XX, la Ruta 66 ha permanecido en el imaginario colectivo como un símbolo de libertad y de prosperidad. La Calle Principal de América -The Main Street of América- como fue conocida en sus inicios- no tardó en popularizarse y durante décadas ejerció como la gran vía de conexión de la región de los Grandes Lagos y la costa del Pacífico transitable en cualquier época del año. En total sumaba 2.448 millas (3.940 kilómetros) que enlazaban Chicago y Santa Mónica atravesando ocho estados: Illinois, Misuri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California.

La iniciativa, que nació del empeño de Cyrus Stevens Avery, un audaz hombre de negocios de Tulsa (Oklahoma), superó con el tiempo las expectativas más optimistas. Eran momentos de efervescencia del sector automovilístico -en la década de 1920, el número de coches que circulaban en EE.UU. pasó de ocho millones a 23 millones- y su convicción de que la construcción de una vía que atravesara el país impulsaría a su paso el comercio, el turismo y el desarrollo de las pequeñas comunidades del interior acabó seduciendo a las autoridades.
Avery se salió con la suya y el 11 de noviembre de 1926 se inauguraba la Ruta 66 como carretera federal oficial. Sin embargo, la vía estaba lejos de terminarse; únicamente una tercera parte de sus casi cuatro mil kilómetros estaban asfaltados, mientras que el resto combinaba tramos de tierra, ladrillo, grava e incluso tablones de madera. Finalmente, en 1938, la totalidad del tramo quedó pavimentado.
La ruta sumaba 3.940 km que atravesaban Illinois, Misuri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California
Para entonces, la Gran Depresión derivada del crac del 29 y los estragos provocados por la sequía y la Dust Bowl -el episodio de grandes tormentas de polvo que arrasaron campos de cultivo y soterraron poblaciones enteras en el centro del país, y muy especialmente en Oklahoma y Texas- habían impulsado a centenares de miles de refugiados hacia el oeste en busca de oportunidades. Huían de los campos desiertos del Medio Oeste tras la promesa dorada del trabajo agrícola en California.
El éxodo fue retratado magistralmente por John Steinbeck en The grapes of wrat (Las uvas de la ira), una novela que narra la dureza de la emigración de la familia Joad desde Oklahoma hacia California. La obra, premiada con el Pulitzer, posteriormente fue llevada a la gran pantalla por John Ford. Steinbeck bautizó la Ruta 66 como la Carretera Madre (Mother Road), evocando el refugio que buscaban los okies, los migrantes no solo de Oklahoma, sino también de las grandes llanuras como Texas o Kansas, y el papel que desempeñó la ruta en el nacimiento de las ciudades de la Costa Oeste.

La entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial puso de nuevo el foco en la vía, convertida en una arteria fundamental para el traslado de material bélico desde hasta los puertos. Finalizado el conflicto, la carrera experimentó su gran época dorada, con las familias con dinero en los bolsillos deseaban gastarlo conociendo una nueva parte del país en un road trip.
A su paso florecieron miles de negocios y los locales prosperaban acordes a la popularidad y al dinero que generaba un flujo aparentemente interminable de automovilistas. Gasolineras, moteles, pequeñas cafeterías familiares, restaurantes con servicio para vehículos, talleres, cines y un sinfín de propuestas variopintas emergieron como setas a pie de carretera anunciados con miles de gigantescos letreros de neón parpadeantes y vallas publicitarias -¡en 1963 se llegaron a contar a lo largo de todo el trayecto una veintena de ellas por milla!-.

Y, es que, además de una inagotable fuente de negocio, la Mother Road se había convertido en una atracción con derecho propio que había inspirado canciones como Route 66, popularizada por Nat King Cole en los años cuarenta, en la que invitaba a viajar al oeste, y series de televisión en los sesenta con idéntico nombre. Los viajeros se maravillaban de la asombrosa amalgama de contrastes.
El camino era un mundo de rascacielos, granjas solitarias, vastas y fértiles plantaciones, desiertos abrasadores, de polvo y de playas. Descubrían las ciudades industriales del este, en Illinois; las llanuras agrícolas y los campos interminables de trigo y maíz de Misuri y Kansas; la aridez de Oklahoma y Texas; los anaranjados y ocres de Nuevo México y Arizona salpicados de cactus y formaciones rocosas, acantilados y profundos cañones, hasta alcanzar California y el Pacífico atravesando tierras fecundas. ¡Estados Unidos era hermoso!
La afluencia de viajeros llegó a ser tal que a medidos de los años cincuenta, la Ruta 66 era incapaz de absorber todo el tráfico. La construcción de la Interestatal, una autopista más rápida, aunque menos pintoresca, marcó el principio de su fin, y los pequeños negocios familiares comenzaron a desaparecer a medida que el progreso avanzaba por las nuevas autopistas.
En 1985, tras casi seis décadas de servicio, la Calle Principal de América perdía su estatus oficial y con él decenas de comunidades en otros tiempos prósperas en el norte de Nuevo México y Arizona quedaban fuera de servicio en favor del largo y recto trazado de la I-40 a través del desierto. A medida que las ciudades iban creciendo, muchos tramos quedaron sepultados por la arena o por las nuevas construcciones.

Pero la ruta no murió, y hoy pueden transitarse partes de la rebautizada Ruta Histórica 66, en las que la cultura y la historia permanecen vivas, con viejos moteles de carretera, restaurantes con sus fachadas descoloridas por la acción del sol y gasolineras abandonadas transformadas en iconos. Un decorado kitsch con más de 250 edificios, puentes y sitios incluidos en el registro nacional de lugares históricos.
Sea en coche o en moto, puede completarse el recorrido en un sentido u otro en unas dos semanas, si se está dispuesto a conducir diariamente entre 200 y 500 kilómetros en un trayecto en el que la nostalgia permanece a flor de piel. Se impone pernoctar en estos viejos moteles, comer en las tradicionales cafeterías de carretera o desviarse de la ruta para conocer parajes naturales.

La celebración de su centenario es un buen momento para rendir homenaje a estos negocios que permanecen en pie desafiando el paso del tiempo y tras los cuales se esconden miles de historias. Como la de la familia Threatt, cuya tercera generación trabaja en Luther (Oklahoma) con el objetivo de preservar la gasolinera Threatt, un área de servicio que abrió al público en 1915 para atender y refugiar a automovilistas negros durante los años de práctica de la segregación racial.
O la familia Okura de California, que desde hace más de veinte años impulsa la restauración del pueblo ferroviario de Amboy, en el desierto de Mojave, hoy abandonado, recuperando antiguas bombas de gasolina y su motel de mediados de siglo XX. Y es que, la Ruta 66 no es una mera diagonal que cruza el país de Chicago a Santa Mónica, la Carretera Madre es historia viva.
Celebración del centenario
Magda Bigas Serra
26/04/2026 07:00
https://www.lavanguardia.com/magazine/viajes/20260426/11520814/centenario-ruta-66-road-trip-america-simbolo-libertad.html
viernes, 23 de enero de 2026
La experiencia de pasar una noche en el faro de una isla desierta en la Bretaña

El marino que conduce su pequeña lancha hacia el faro tiene el rostro afilado por el salitre. Habla poco; el mar y el viento ya se encargan de las conversaciones. No escatima en bonjours pero no sonríe: no quedaría entonado con el agua color Bretaña ni con el dramatismo bergmaniano del paisaje que se abre al acercarse a la Île Vierge, donde un faro de piedra oscura emerge como un coloso, guardián del fin del mundo. El barquero apaga el motor, deja a los visitantes sobre la losa de granito y se aleja sin ceremonia, con un preciso à bientôt.
La isla —seis hectáreas de roca, hierba baja y compacta como moqueta, frente al pequeño pueblo de Plouguerneau, en la costa norte de Bretaña— es propiedad del Conservatoire du littoral. Aquí se levantan dos faros: el pequeño y más antiguo, y el grande, el más alto de Europa y el mayor del mundo construido en piedra tallada, 82,5 metros exactos. Su interior se enrosca alrededor de una escalera de caracol de 365 peldaños con paredes revestidas de 12.500 placas de opalina celeste —mezcla de vidrio y huesos de oveja— que hacen respirar la piedra. Tecnología poética del siglo XIX.

El faro pequeño se encendió por primera vez el 15 de agosto de 1845, día de la Asunción, origen del nombre de la isla. Su luz fija alcanzaba catorce millas, pero medio siglo después quedó relegado a hermano menor cuando el aumento del tráfico y los escollos del litoral exigieron levantar una nueva torre: un gigante de granito autóctono que, desde 1902, barre el norte del Finisterre bretón, con un destello blanco cada cinco segundos y un alcance de unos 42 kilómetros en noches claras. Un código morse que la costa sigue enviando al mar.
La arquitectura del gigante de Bretaña guarda también un secreto de relojería: gira la plataforma entera de lentes de Fresnel —cuatro, en este caso— alrededor de una bombilla modesta de 250 vatios, prueba de que no hacen falta potencias desmesuradas para gobernar la noche si el óptico hizo bien su trabajo. La intermitencia cada cinco segundos tampoco es capricho, sino una firma necesaria en un litoral sembrado de luces, cada una distinguida por su ritmo.
Durante décadas, el pequeño faro fue también hogar de los fareros, donde se vivía y trabajaba en perfecta soledad. Una labor hecha de guardias, rotaciones y viento. En Bretaña el cursus honorum era conocido: faro en tierra, paraíso; faro en isla, purgatorio; faro en pleno mar, infierno. Esta progresión de carrera farera fue interrumpida por la automatización que en 2010 selló definitivamente una era. Desde entonces, la luz se activa a la caída del día y el mecanismo gira sin manos.
Hoy, en la Île Vierge se puede alojar en esa antigua morada, un edificio blanco de piedra encalada, suelos de losas de granito y bóvedas austeras, transformado en un ecogîte de 150 m² para nueve personas y un bebé, completamente alimentado por energía eólica y fotovoltaica y con reciclaje de agua. La residencia mantiene el encanto de museo habitable. Es sobria y es deliberado: antes que boutique hotel, esto es patrimonio vivo que un equipo de canteros, carpinteros y herreros locales ha devuelto a circulación para durar.

El lujo aquí no está tanto en las elegantes camas con dosel de madera del siglo XIX, ni en las cálidas chimeneas, sino, sobre todo, en la posibilidad de vivir la experiencia del aislamiento: la privacidad, la desconexión y el horizonte infinito. Una puerta en la segunda planta abre a la escalera que sube al antiguo faro, hasta alcanzar una cúpula acristalada: una atalaya privada para amaneceres y puestas sobre la Costa de las Leyendas, el mar de Iroise, la Mancha y la propia torre grande. Esas vistas no tienen precio. O bien, entre 640 y 740 euros la noche, por un máximo de dos, es lo que hay que pagar para reservar todo el conjunto.
Las mareas mandan en Bretaña y tanto las visitas al faro mayor como los embarques para quienes se alojen en la casa se programan en función de su humor; unas tres veces al año la bajamar concede incluso un pasillo efímero y se puede llegar a pie, rito que los lugareños celebran con prudencia y botas. Así, si el tiempo acompaña, la isla Virgen recibe visitas guiadas una vez al día: la barca atraca en el pequeño embarcadero, despidiéndose para volver solo a la hora acordada. Los que se quedan a dormir, en cambio, son unos pocos afortunados, que al atardecer se quedan completamente solos.

Otra versión del origen del nombre de la isla habla de un antiguo convento de franciscanos que intentaron, en vano, cultivar un suelo, precisamente, virgen. Y así se quedó. Aquí reinan gaviotas reales, ostreros y otras especies protegidas que colonizan la roca para su nidificación con la misma determinación con la que el viento ocupa y sopla en cada grieta, produciendo un silbido constante al que te acostumbras. Alojarse en un faro se ha vuelto una experiencia posible en distintos rincones del mundo, pero aquí adquiere otro sentido: la soledad es real y el horizonte, absoluto.
Al anochecer, la casa se encoge de sonidos suaves: puertas que respiran, madera que asienta. Difícil dormir y renunciar a ser custodios atentos de un pedacito de mundo: de alguna manera, el espíritu farero se insinúa. Entre las olas del Atlántico y el ojo luminoso de la isla: una torre un tanto inquietante, como la de Mordor, y al mismo tiempo un tótem que tranquiliza. Su destello no alumbra la cama, pero vela; los faros siempre han hecho eso, vigilar sin molestar.

Puesto que todo tiene que venir de fuera, los huéspedes llevan consigo sus abastecimientos. No obstante, en la mesa suele esperarles una caja de bienvenida que condensa Bretaña: ostras frescas, pan, mantequilla salada, patés y confituras de algas, vino blanco y sidra. Se come mirando al horizonte y, si llueve —no exactamente una excepción por estos lados—, los grandes salones de la casa son un marco perfecto para disfrutar la experiencia. Eso sí, las conchas vacías se devuelven al mar: procesión laica, gesto simple, circuito breve, manual de buenas maneras del litoral ostrero.
Con las primeras luces de la madrugada, el faro mayor se apaga y el día entra, puntual, regulando sus deberes al compás de las mareas. Los pájaros patrullan sus rutas; lo que anoche parecían estrellas bajas en el horizonte se revela, con la claridad del alba, como las casas blancas de la bahía de Plouguerneau. Llega el barquero para otro relevo: la isla se abre de nuevo a los pocos visitantes que su discreción admite; la casa vuelve a ser museo, a la espera de nuevos fareros por una noche; el viento, como siempre, sigue haciendo su guardia. À bientôt.
Barcelona
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