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Noruega ha convertido la histórica línea férrea de Ofoten en una experiencia nocturna para cazar luces del norte. Se llama Northern Lights Train y la experiencia, Midnight Aurora Route. Sin pantallas, sin prisas, sin carreteras. Solo el cielo, la aurora boreal y una fogata en medio de la nada.
Las auroras boreales son física cósmica convertida en espectáculo: partículas solares que chocan contra el campo magnético terrestre e iluminan la atmósfera con cortinas de verde, violeta y rojo que parecen tener vida propia. La ciencia lo explica perfectamente, pero no explica del todo lo que sientes al verlas. Los psicólogos lo llaman "asombro": esa mezcla de admiración y pequeñez que experimentamos ante algo que nos supera, amplificada aquí por el silencio, la oscuridad y el frío del Ártico. Los vikingos veían en ellas el Bifröst, el puente de los dioses. Los sami creían que eran las almas de los muertos danzando en el cielo. Los inuit, espíritus jugando sobre sus cabezas. Cada cultura ha proyectado en las auroras sus miedos y sus esperanzas, y eso, en sí mismo, ya dice mucho de su poder.

Ahora hay un tren en Noruega que te lleva a buscarlas. No es una ruta cualquiera: es una experiencia diseñada para perseguir auroras en la oscuridad total del Ártico, lejos de cualquier farola y de cualquier rastro de civilización. Sale de Narvik, por encima del Círculo Polar Ártico, y recorre la línea de Ofoten hasta una estación remota a la que solo se puede llegar sobre raíles.

La línea de Ofoten no se construyó para turistas. Se inauguró el 14 de julio de 1903 para transportar mineral de hierro desde las minas suecas de Kiruna hasta el puerto de Narvik, y durante más de un siglo sus raíles han atravesado uno de los paisajes más dramáticos de Escandinavia: fiordos, montañas nevadas, cascadas congeladas y túneles excavados en la roca viva. Hace unos meses, la empresa Arctic Train tuvo la idea de aprovechar esta infraestructura centenaria para algo muy distinto: una experiencia nocturna dedicada a cazar auroras boreales. Un tren sale de Narvik al anochecer y se adentra en la oscuridad de las montañas hasta Katterat, una estación a 374 metros de altitud a la que no llega ninguna carretera. Ese aislamiento es exactamente lo que la hace mágica.


La Ruta de la Aurora de Medianoche opera de septiembre a marzo, los meses en que la oscuridad ártica y la actividad solar se alían para ofrecer las mejores auroras. Dado su éxito, las plazas vuelan y conviene reservar con tiempo en norwegian.travel o visitnarvik.com Las salidas son a las 19:00 hasta mediados de diciembre y a las 19:45 a partir del 17, ajustándose siempre a la máxima oscuridad. El viaje dura poco más de tres horas: tras una primera parada en Bjørnfjell, junto a la frontera sueca, el tren continúa hasta Katterat con la iluminación al mínimo para que tus ojos se adapten a la noche.

El billete cuesta unos 130 euros e incluye el trayecto completo, bebidas, snacks y guías especializados. Para llegar a Narvik, la opción más práctica es volar al aeropuerto de Evenes, a 80 kilómetros; la más bonita, el tren nocturno desde Estocolmo. Y en la maleta: capas térmicas serias, guantes gruesos y calzado impermeable. En Katterat, a cielo abierto y en pleno invierno ártico, el frío va en serio.
A finales de 2025 circularon por internet imágenes espectaculares de un supuesto tren noruego con techos de cristal. Eran generadas con inteligencia artificial. El Northern Lights Train real no tiene vagones panorámicos, y no los necesita: su gracia está en sacarte del vagón y ponerte bajo el cielo de verdad, junto a una fogata de verdad. No es un parque temático. Es naturaleza en estado puro.
En un momento en que el turismo de naturaleza se enfrenta a la paradoja de su propio impacto ambiental, este tren tiene un argumento poderoso: funciona con energía hidroeléctrica renovable y utiliza una infraestructura ferroviaria que lleva más de un siglo en pie, sin necesidad de construir nuevas vías ni alterar el paisaje. Turismo ártico con huella de carbono mínima. Algo que debería ser la norma y no la excepción.

El momento cumbre llega cuando bajas del tren en Katterat. Allí, en medio de la nada, los guías han preparado una fogata. Hay bebidas calientes, un lavvu (la tienda tradicional sami) y un cielo sin una sola farola en kilómetros. Te explican qué estás viendo, te cuentan las historias que el Ártico guarda sobre esas luces y te enseñan a configurar la cámara para que puedas llevarte algo más que el recuerdo. No hay garantía de que la aurora aparezca esa noche porque nadie puede prometer eso, pero la ubicación está elegida para maximizar las probabilidades. Y si las luces no se dejan ver, el silencio ártico y el cielo estrellado ya justifican el viaje.

Intersección ente Jackson Boulevard y Michigan Avenue de Chicago. Un letrero a pie de calle reza: Illionois, inicio de la histórica Ruta 66. A ojos de cualquier peatón -o automovilista que circule por el distrito financiero- el cartel, sin grandes pretensiones, podría pasar desapercibido e incluso generar cierta confusión, ya que dicha carretera fue oficialmente clausurada por el gobierno federal en 1985.
Metáfora de la historia de los Estados Unidos durante buena parte del siglo XX, la Ruta 66 ha permanecido en el imaginario colectivo como un símbolo de libertad y de prosperidad. La Calle Principal de América -The Main Street of América- como fue conocida en sus inicios- no tardó en popularizarse y durante décadas ejerció como la gran vía de conexión de la región de los Grandes Lagos y la costa del Pacífico transitable en cualquier época del año. En total sumaba 2.448 millas (3.940 kilómetros) que enlazaban Chicago y Santa Mónica atravesando ocho estados: Illinois, Misuri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California.

La iniciativa, que nació del empeño de Cyrus Stevens Avery, un audaz hombre de negocios de Tulsa (Oklahoma), superó con el tiempo las expectativas más optimistas. Eran momentos de efervescencia del sector automovilístico -en la década de 1920, el número de coches que circulaban en EE.UU. pasó de ocho millones a 23 millones- y su convicción de que la construcción de una vía que atravesara el país impulsaría a su paso el comercio, el turismo y el desarrollo de las pequeñas comunidades del interior acabó seduciendo a las autoridades.
Avery se salió con la suya y el 11 de noviembre de 1926 se inauguraba la Ruta 66 como carretera federal oficial. Sin embargo, la vía estaba lejos de terminarse; únicamente una tercera parte de sus casi cuatro mil kilómetros estaban asfaltados, mientras que el resto combinaba tramos de tierra, ladrillo, grava e incluso tablones de madera. Finalmente, en 1938, la totalidad del tramo quedó pavimentado.
Para entonces, la Gran Depresión derivada del crac del 29 y los estragos provocados por la sequía y la Dust Bowl -el episodio de grandes tormentas de polvo que arrasaron campos de cultivo y soterraron poblaciones enteras en el centro del país, y muy especialmente en Oklahoma y Texas- habían impulsado a centenares de miles de refugiados hacia el oeste en busca de oportunidades. Huían de los campos desiertos del Medio Oeste tras la promesa dorada del trabajo agrícola en California.
El éxodo fue retratado magistralmente por John Steinbeck en The grapes of wrat (Las uvas de la ira), una novela que narra la dureza de la emigración de la familia Joad desde Oklahoma hacia California. La obra, premiada con el Pulitzer, posteriormente fue llevada a la gran pantalla por John Ford. Steinbeck bautizó la Ruta 66 como la Carretera Madre (Mother Road), evocando el refugio que buscaban los okies, los migrantes no solo de Oklahoma, sino también de las grandes llanuras como Texas o Kansas, y el papel que desempeñó la ruta en el nacimiento de las ciudades de la Costa Oeste.

La entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial puso de nuevo el foco en la vía, convertida en una arteria fundamental para el traslado de material bélico desde hasta los puertos. Finalizado el conflicto, la carrera experimentó su gran época dorada, con las familias con dinero en los bolsillos deseaban gastarlo conociendo una nueva parte del país en un road trip.
A su paso florecieron miles de negocios y los locales prosperaban acordes a la popularidad y al dinero que generaba un flujo aparentemente interminable de automovilistas. Gasolineras, moteles, pequeñas cafeterías familiares, restaurantes con servicio para vehículos, talleres, cines y un sinfín de propuestas variopintas emergieron como setas a pie de carretera anunciados con miles de gigantescos letreros de neón parpadeantes y vallas publicitarias -¡en 1963 se llegaron a contar a lo largo de todo el trayecto una veintena de ellas por milla!-.

Y, es que, además de una inagotable fuente de negocio, la Mother Road se había convertido en una atracción con derecho propio que había inspirado canciones como Route 66, popularizada por Nat King Cole en los años cuarenta, en la que invitaba a viajar al oeste, y series de televisión en los sesenta con idéntico nombre. Los viajeros se maravillaban de la asombrosa amalgama de contrastes.
El camino era un mundo de rascacielos, granjas solitarias, vastas y fértiles plantaciones, desiertos abrasadores, de polvo y de playas. Descubrían las ciudades industriales del este, en Illinois; las llanuras agrícolas y los campos interminables de trigo y maíz de Misuri y Kansas; la aridez de Oklahoma y Texas; los anaranjados y ocres de Nuevo México y Arizona salpicados de cactus y formaciones rocosas, acantilados y profundos cañones, hasta alcanzar California y el Pacífico atravesando tierras fecundas. ¡Estados Unidos era hermoso!
La afluencia de viajeros llegó a ser tal que a medidos de los años cincuenta, la Ruta 66 era incapaz de absorber todo el tráfico. La construcción de la Interestatal, una autopista más rápida, aunque menos pintoresca, marcó el principio de su fin, y los pequeños negocios familiares comenzaron a desaparecer a medida que el progreso avanzaba por las nuevas autopistas.
En 1985, tras casi seis décadas de servicio, la Calle Principal de América perdía su estatus oficial y con él decenas de comunidades en otros tiempos prósperas en el norte de Nuevo México y Arizona quedaban fuera de servicio en favor del largo y recto trazado de la I-40 a través del desierto. A medida que las ciudades iban creciendo, muchos tramos quedaron sepultados por la arena o por las nuevas construcciones.

Pero la ruta no murió, y hoy pueden transitarse partes de la rebautizada Ruta Histórica 66, en las que la cultura y la historia permanecen vivas, con viejos moteles de carretera, restaurantes con sus fachadas descoloridas por la acción del sol y gasolineras abandonadas transformadas en iconos. Un decorado kitsch con más de 250 edificios, puentes y sitios incluidos en el registro nacional de lugares históricos.
Sea en coche o en moto, puede completarse el recorrido en un sentido u otro en unas dos semanas, si se está dispuesto a conducir diariamente entre 200 y 500 kilómetros en un trayecto en el que la nostalgia permanece a flor de piel. Se impone pernoctar en estos viejos moteles, comer en las tradicionales cafeterías de carretera o desviarse de la ruta para conocer parajes naturales.

La celebración de su centenario es un buen momento para rendir homenaje a estos negocios que permanecen en pie desafiando el paso del tiempo y tras los cuales se esconden miles de historias. Como la de la familia Threatt, cuya tercera generación trabaja en Luther (Oklahoma) con el objetivo de preservar la gasolinera Threatt, un área de servicio que abrió al público en 1915 para atender y refugiar a automovilistas negros durante los años de práctica de la segregación racial.
O la familia Okura de California, que desde hace más de veinte años impulsa la restauración del pueblo ferroviario de Amboy, en el desierto de Mojave, hoy abandonado, recuperando antiguas bombas de gasolina y su motel de mediados de siglo XX. Y es que, la Ruta 66 no es una mera diagonal que cruza el país de Chicago a Santa Mónica, la Carretera Madre es historia viva.