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miércoles, 6 de abril de 2011

Un icono del diseño que nunca cuajó en Madrid

Foto from elpais.com

Cierra, 14 años después, la sede en la capital de la tienda barcelonesa Vinçon.
La pregunta que se hicieron con esa osadía propia de los comerciantes con olfato fue: "¿Qué pasaría si apostáramos por presentar una oferta alternativa a la que el público demanda?". A partir de ahí, la familia Amat, de Barcelona, curtida en los negocios desde alguna generación anterior, se embarcó en la aventura de ofrecer objetos de diseño para la casa en plena década de los sesenta. En Barcelona, claro. La fórmula -algo así, como una tienda de culto- acabó siendo un éxito.
Siguiendo esa estela aterrizaron en Madrid hace 14 años. Pusieron los ojos en un magnífico edificio protegido en el barrio de Salamanca: la sede desde 1920 de una platería con mucha tradición, Fábrica Espuñes, donde a su vez se fabricaba electricidad para el barrio en unas de sus naves. Su estado era ruinoso. Pero era lo que buscaban Fernando Amat (uno de los padres del invento) y su sobrino Sergio, hasta ahora encargado de la tienda de Madrid. Ese lugar en el interior de una manzana en la calle de Castelló les hizo "subir la adrenalina hasta las cejas", diría Amat.
Sin embargo, algo falló. El intento no cuajó en Madrid y con más pena que gloria bajó la persiana definitivamente la pasada semana. "Estamos tristes, pero no ha podido ser, lo hemos intentado durante 14 años y si no arranca, no arranca y no sé muy bien por qué; quizás la gente no entendía lo que ofrecíamos. El caso es que en algo no hemos acertado", explicaba ayer Fernando Amat.
En realidad, según cuenta, esa filosofía de comercio por la que ha recibido varios premios (el Nacional de Diseño, el Frankfurter Zwilling a la mejor distribución o el Laus por la buena labor gráfica continuada) nunca acabó de despegar. Al contrario que la tienda madre de Barcelona, cuya magnífica sede en los bajos de La Pedrera es un continuo ir y venir de compradores o gente que se acercan por el simple placer de contemplar algo diferente.

Foto from decoestilo.com

La tienda Vinçon, en la calle Paseo de Gracia de Barcelona

¿Falló el lugar, algo escondido? "Que fuera algo oculto nos gustaba, y teníamos unos clientes muy fieles, pero no eran suficientes. Estábamos convencidos de que debía estar donde estaba. Nos ofrecieron estar en algunos centros comerciales y no quisimos, tiene que ser un sitio que nos lo creamos", responde Amat, que se declara auténtico fan de Ikea: "Es la mejor competencia, los admiro, son respetuosos, no imitan productos que ya existen, sino que crean los suyos a bajo precio sin hacer daño a nadie".
Uno de los secretos de Vinçon está en la elección de los objetos. Que más allá de sus precios (los hay de todo tipo), tuvieran "emoción", apunta Amat. Desde las lámparas Coderch, la TMM de Milá o la Tolomeo hasta populares jarras de agua con un punto de diseño, por 15 euros; alfombras, sillas, accesorios para baño, cocina y todo tipo de gadgets. "Compramos de una forma muy personal, siempre pensamos que si nos gustaba para nuestra casa había que comprarlo. Son objetos de culturas diferentes, de diseño muy actual y de precios también distintos. Hay veces que el precio es muy alto y solo vendemos una pieza, pero aun así estamos encantados de tenerla", cuenta el responsable (uno de ellos) de esta empresa estrictamente familiar. No solo los escaparates están muy cuidados; para diseñar las bolsas han acudido a los mejores, desde Mariscal hasta Pati Núñez.
¿Habrá segundas partes? El local lo han vendido y atienden en la web (www.vincon.com). No descartan la vuelta, "aunque por ahora no", precisa Amat, que no duda de que "aparecerá de nuevo una carpeta encima de la mesa con un proyecto para Madrid". De momento, pues, hasta luego.
Por M. JOSÉ DÍAZ DE TUESTA - Madrid – from elpais.com 05/04/2011

La tienda Vinçon, en la calle de Castelló de Madrid, cerró la semana pasada tras 14 años

sábado, 4 de diciembre de 2010

La magia del sombrero vuelve a la calle

Foto from elvestidordelelis.blogspot.com
Foto from nusita.com 

Foto from andorraning.com

....... y como podría faltar Ella !!!!
Foto from vanitatis.com

Si un incondicional de la belleza se hubiese colado a finales de los años 50 en el estudio de Cecil Beaton, autor de aquel delicioso libro titulado El espejo de la moda, habría quedado fascinado por la cantidad de sombreros que el fotógrafo coleccionaba. Huella indeleble de los rígidos principios estéticos que palpitaban en el corazón de uno de los grandes artistas del siglo XX.
Por eso, no resulta extraño que en 1964, cuando George Cukor escenificó la transformación moral, y emocional, de la pequeña Eliza Doolitle, Beaton decidiera adornarla con un maravilloso sombrero. Quizá el sombrero más famoso de la historia. Al menos de la historia cinematográfica.
Icono de la elegancia suprema, protagonista indiscutible de cualquier acto social, en los últimos tiempos el sombrero parece haber encontrado, al fin, su lugar en los salones más elegantes del Viejo Continente. Después de medio siglo, casi olvidado, ha vuelto para quedarse. Y lo hace sin complejos. Sofisticado, artificioso, provocativo. Con un punto de attrezzo que tal vez no hubiese gustado a la exigente Coco, tan moderna ella y amante de los canotier.
Hoy, las damas de la elegancia, los compran en Belgravia, en el corazón de Inglaterra. Allí, en el número 69 de Elizabeth Street, rodeado de las hermosas terraces de Jonh Nash, hay un distinguido y recoleto local donde los devotos acuden a rendir pleitesía a uno de los grandes diseñadores ingleses: Philips Treacy.
Treacy, irlandés de nacimiento, hace sombreros desde que era un adolescente. O hacía. Porque sus piezas, pensadas para iluminar las mejores creaciones de Chanel, Givenchy o Alexander McQueen, son consideradas hoy auténticas obras de arte. Museos como el Victoria and Albert en Londres, el Metropolitano de Nueva York o la Bienal de Florencia dan testimonio de ello.
Para Reyes Hellín, diseñadores como Treacy o Stephen Jones, otro habitual de los templos de la moda, son responsables del renacimiento del arte de la sombrerería. “Philips Treacy es un virtuoso. Sus piezas son verdaderas esculturas. Espectaculares, sí, pero absolutamente ponibles. Jones es tan genial como Treacy, pero más loco. Sus sombreros son más trasgresores y a veces no tan ponibles”.
La pasión de Hellín no termina aquí. En su tienda de Sevilla cuelgan tocados de Karen Henricsen y Helen Kaminski, y la obra numerada de Eric Javits, Rachel Trevor, Borsalino y Philips Somerville, entre otros. Todos ellos marcan el camino, que el próximo verano se llenará de colores empolvados, ligeros y clarísimos.
Aunque, en realidad, la norma hoy es la ausencia de normas. Románticos, minimalistas o con un toque retro. Cada sombrerero hace lo que le place. Los hay muy teatrales, como los que diseña el estilista francés, Michel Meyer, que se decanta por los amarillos y naranjas para la primavera que viene, y las flores, sobre todo, las flores antiguas. También los hay evanescentes, como los que imagina la madrileña Candela Cort. Preciosos tocados que se posan sobre las cabezas como esculturas móviles y que parecen pensados para los espíritus más lúdicos. Pura abstracción. O con guiños vintages, como los que cuelgan en el Hutmacherin de Mabel Sanz, en el corazón del madrileño barrio de Chueca.
Secretos de tocador
La línea entre la elegancia y la vulgaridad es finísima. Y a veces el sombrero puede hacer que nos deslicemos por la pendiente de la ordinariez sin darnos cuenta. Hay que saber llevarlo.
El sombrero es un complemento definitivo. Puede salvar un vestido. O matarlo.
Fuera los coordinados. El conjunto zapatos, sombrero, bolso está absolutamente pasado de moda. Los estilistas apuestan por los contrastes.
Las alas anchas son un privilegio de las mujeres estilizadas. Para las demás, copas altas que hacen parecer más esbeltas.
Cuidado con las joyas. Con sombrero, siempre discretas. Mejor clásicas. Las imprescindibles.
Y por último, la regla de oro del savoir faire: con sombrero, nunca vestir un traje largo.
Por Marta Matute from vanitatis.com 04/12/2010