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domingo, 1 de abril de 2018

Jerusalén, la eterna encrucijada



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Visitantes junto al Muro de las Lamentaciones, uno de los grandes lugares sagrados del judaísmo. 

Judía laica, ultraortodoxa, árabe y cristiana, Jerusalén no es una sino sucesivas ciudades y, lo que es peor, enfrentadas. El fascinante curso de su historia y su cultura contrasta con su cruel devenir en manos de la política, la violencia y la desesperanza. La decisión de Donald Trump de reconocerla como capital de Israel no ha ayudado a apaciguar la vida en “la ciudad imposible”.



NO CREO QUE mi generación vaya a ver el fin del conflicto en Jerusalén, y menos aún tras la decisión de Donald Trump de reconocerla como capital de Israel”, asegura el historiador Meir Margalit mientras menea la cabeza en el Instituto Van Leer, un remanso de sosiego en el tráfago de la Ciudad Santa. “En Jerusalén existen tres narrativas superpuestas, pero hostiles, en un mismo espacio. Tres sistemas culturales que luchan por imponer su propia versión: el judío laico, el judío religioso y el árabe [palestino]”. Cada uno representa aproximadamente un tercio de sus cerca de 900.000 habitantes. La urbe se extiende hoy sobre 124 kilómetros cuadrados a ambos lados de la Línea Verde, una zona de separación sembrada de alambradas y barricadas que la dividió hace 70 años, cuando el recién fundado Estado de Israel se apoderó de la parte occidental, hasta 1967, en el vuelco histórico que supuso la guerra de los Seis Días. El Gobierno israelí sostiene que ha encarnado la capitalidad del pueblo judío durante 3.000 años y la del Estado hebreo desde 1948. Pero los palestinos reclaman la parte oriental de la urbe como capital de su futuro Estado.


Margalit (Buenos Aires, 1952) emigró a tiempo para combatir con 21 años en la guerra de Yom Kipur en el Sinaí antes de caerse del caballo de la derecha sionista que cabalgaba en Argentina y abrazar la fe de la izquierda pacifista israelí. Concejal durante 10 años en el Ayuntamiento de Jerusalén por el partido Meretz, es autor de Jerusalén, la ciudad imposible, una obra por la que acaba de recibir el premio de ensayo que concede la editorial española Catarata. “No es una, son varias ciudades. El término hebreo ‘Yerushalaim’ y el árabe ‘Urshalim’ son formaciones lingüísticas plurales, que deberían traducirse como los Jerusalenes”, explica, y pone como ejemplo los tres departamentos en que se divide el sistema escolar que pervive en la ciudad: el de educación normalizada (laica), el ultraortodoxo y el árabe. Cada uno tiene sus propios programas.



Judíos ortodoxos pasean por la Ciudad Vieja de Jerusalén. La urbe suma en torno a 900.000 habitantes.PAOLO PELLEGRIN


Entre las callejuelas del barrio cristiano de la Ciudad Vieja, un portal que parece extraído de la era de los cruzados da paso al colegio del Pilar. En la azotea de la que hasta 1923 fue sede consular ondea la única bandera española izada dentro del recinto amurallado. Lo dirige la madre Marta Gallo (Burgos, 1944). “Jerusalén es un lugar agresivo”, avisa esta misionera de las Hijas del Calvario curtida en Zimbabue. “Durante los acuchillamientos de los últimos años he tenido que acompañar más de una vez a alguna niña pequeña hasta la puerta de Damasco; sus padres no podían franquear los retenes policiales”, relata casi como si se tratara de una anécdota.

La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en 1947 un plan de partición de la Palestina bajo mandato británico, recogido después en la resolución 181 del Consejo de Seguridad, que declaró Jerusalén corpus separatum bajo control internacional. Marta Gallo acude cada madrugada desde hace 16 años al rezo del cercano Santo Sepulcro. Luego abre las puertas del centro, en el que estudian dos centenares de alumnas cristianas y musulmanas de entre 4 y 18 años, casi todas con escasos recursos. “Aquí seguimos el programa oficial de la Autoridad Palestina, que nos facilita los libros de texto, pero también dependemos del Ministerio de Educación israelí, que nos ha obligado a instalar wifi en cada clase”, detalla.

Dos sistemas de transporte público discurren separados por las calles de cada sector urbano. A un tiro de piedra de la Ciudad Vieja y frente a la estación de autobuses del Este, la palestina cristiana Dolin Qaquish, de 22 años, llega jadeando a la cafetería del hotel Jerusalén. Viene desde una cárcel de la región del Negev, en el sur de Israel, donde ha visitado a su hermano mayor, que cumple 12 años de condena por herir a cuchilladas a dos israelíes ante la puerta de Damasco, el principal acceso al barrio histórico musulmán.


Desde que estalló la intifada de los cuchillos en 2015 han muerto unos 300 palestinos, 50 israelíes y 7 extranjeros.

Una lágrima discurre en paralelo al piercing que le perfora la aleta izquierda de la nariz mientras narra su visita a la prisión del Negev. “La Ciudad Vieja se ha convertido en una zona militar”, censura, aludiendo a la reciente construcción de puestos permanentes para la policía de fronteras (cuerpo militarizado) en Bab al Amud, como los palestinos denominan a la puerta de Damasco. “Me he criado en la Ciudad Vieja y seguiré viviendo aquí, pero no hay razones para el optimismo. Puede que haya que esperar 100 años a que cambien las cosas”. Antes de graduarse en Periodismo en Ramala, sede administrativa de la Autoridad Palestina situada 20 kilómetros al norte de Jerusalén, Dolin Qaqish estudió desde los 6 hasta los 12 años en el colegio del Pilar de Jerusalén.

Tras el estallido en octubre de 2015 de la llamada Intifada de los cuchillos, una ola de violencia se ha cobrado la vida de medio centenar de israelíes, siete extranjeros y más de 300 palestinos, dos tercios de los cuales fueron abatidos por las fuerzas de seguridad al ser considerados atacantes. En la Ciudad Vieja, el “choque religioso y de civilizaciones se escenifica aún con más virulencia”, subraya Margalit. Después de más de dos décadas de trabajo social en la ciudad y de un decenio de actividad en la gestión municipal, contempla Jerusalén como una metrópoli “fragmentada por barreras étnicas, religiosas, identitarias, psicológicas…”. En definitiva, una “no ciudad” que se dirige hacia una “reacción explosiva”. Los 300.000 palestinos que la habitan carecen de ciudadanía en su ciudad natal. Desde 1967, 14.000 de ellos han sido privados del permiso de residencia por las autoridades israelíes.

La guerra de los Seis Días que libró el Ejército hebreo hace 50 años contra una coalición de Estados árabes se saldó con la ocupación de Jerusalén Este, incluidos los santos lugares de la Ciudad Vieja. En 1980, la Kneset (Parlamento) aprobó la anexión del sector oriental y de poblaciones anejas de Cisjordania a la “capital eterna, unida y permanente de Israel”. La comunidad internacional ha venido condenando desde entonces la medida unilateral como contraria a la ley internacional.
Entrada a la Ciudad Vieja por la puerta de Damasco (Bab al Amud para los palestinos). Situada en el noroeste de la población, es el principal acceso al barrio musulmán. PAOLO PELLEGRIN


La barrera construida por Israel en Cisjordania a partir de 2002, después del estallido de la Segunda Intifada, se plasma en el término municipal de Jerusalén en altos muros de hormigón que han excluido de hecho de la ciudad algunos de los núcleos palestinos que fueron anexionados. Miembros del actual Gobierno de Benjamín Netanyahu, considerado por muchos de sus detractores como el más derechista en la historia de Israel, plantean ahora la segregación de esos distritos por razones de seguridad. “Quieren sacárselos de encima”, traduce Margalit, para postergar un sorpasso demográfico palestino en la Ciudad Santa. Entre la incuria patente del Este y el aparente orden del Oeste median “dos mundos”, destaca el antiguo edil. “No hay sociedad multicultural posible ante la asimetría entre la comunidad israelí, hegemónica, y la palestina, subordinada”. En Abu Dis, Shuafat, o Kfar Aqab —en la tierra de nadie situada al otro lado del muro de separación—, viven más de 100.000 palestinos. Al atravesar el paredón de hormigón se penetra en una dimensión de abandono de toda noción de ciudad. No es ni judía ni árabe.

Extramuros, Enash Jubran, tendera de 33 años, vive con su marido y sus cuatro hijos en Kfar Aqab, en un piso con vistas al muro gris donde alguien ha pintado una puerta con la inscripción en inglés “Exit” (salida). No está lejos del paso de Qalandia, frontera en la principal vía que lleva desde Jerusalén a Ramala. Las lluvias de invierno han generado un mar de barro en torno a los bloques de 12 alturas construidos sin licencia. La basura flota en el fango.

Hace un año que se mudó con su familia desde el campo de refugiados de Shuafat, donde se crio en el seno de un clan palestino desplazado por el nacimiento del Estado hebreo en 1948. Posee la tarjeta de la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, un carné de identidad israelí y paga las tasas locales del Ayuntamiento de Jerusalén aunque muchos creen que reside en Cisjordania. También le debe a un banco 250.000 sequels (unos 58.000 euros), algo más de la mitad de lo que cuesta su vivienda.


El conflicto se da entre proyectos antagónicos que niegan legitimidad al vecino por razones étnicas o religiosas

“El Ejército nos ha notificado la próxima demolición del edificio después de meses de pleitos. Volveremos a ser refugiados otra vez”, explica con más tristeza que rabia. “Aunque llevamos toda la vida de mudanza, ya estamos hartos de sentirnos exiliados en nuestra propia ciudad. Yo soy de Jerusalén…”. Frente a su balcón, los obreros siguen construyendo nuevos bloques sin permiso para familias con vidas divididas por el muro. “Por el paso de Qalandia, son 40 minutos en coche hasta el centro, pero siempre hay problemas: a menudo tenemos que cerrar las ventanillas por los gases lacrimógenos. Es como vivir en otro país”, describe Enash Jubran a propósito de su trayecto cotidiano.

En Jerusalén, la ciudad imposible, Margalit intenta sintetizar el drama de esta urbe, el conflicto entre “proyectos antagónicos que en nombre de la pureza étnica, nacional o religiosa niegan la legitimidad del vecino”. Los palestinos se suelen dejar ver —en especial mujeres y jóvenes— por la zona occidental de Jerusalén cuando desciende el nivel de violencia, pero como observa el exconcejal, “solo circulan puntualmente por centros de trabajo, oficinas públicas o centros médicos y comerciales, en una suerte de ‘movilidad restringida”. Puede haber roce, pero apenas hay contacto, solo desconfianza.

Nacido en Lisboa hace 75 años en una familia judía melillense, José Benarroch abandonó la Universidad Complutense en 1969 para concluir los estudios de Derecho en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Revela que se lo recomendó el propio David Ben Gurión, fundador del Estado de Israel, cuando le invitó a la aliyá (inmigración). La Ley del Retorno israelí permite a un judío de cualquier parte del mundo establecerse en Israel y obtener automáticamente la ciudadanía. Lo recuerda en un concurrido restaurante del distrito de Baqa, cuyas elegantes casas, habitadas mayoritariamente por árabes hasta 1948, conforman ahora un vecindario de clase media judía.

“No cambio Jerusalén por ninguna otra ciudad del mundo”, asevera Benarroch, que pasó por el servicio diplomático israelí antes de dedicarse a la gestión universitaria. “Su espiritualidad única, su rico entorno intelectual… Aunque, desde luego, no viviría en Meah Shearim [el principal barrio ultraortodoxo], prefiero espacios más abiertos como este”, confiesa. “¿Para cuándo un Estado palestino?”, repite la pregunta que se le formula para poder meditar mejor una respuesta. “Existe un gran recelo entre la población israelí”, argumenta. “Tardará en llegar un futuro de armonía”.

Por lo general, resulta raro que un ciudadano judío atraviese la simbólica separación de la Línea Verde hacia los barrios palestinos, si bien más de 200.000 israelíes se han instalado en asentamientos en Jerusalén Este a partir de 1967. Colonos nacionalistas radicales viven ahora también en el barrio musulmán, e incluso en el cristiano, de la Ciudad Vieja, protegidos por guardaespaldas privados y por las fuerzas de seguridad, y en distritos históricos cercanos, como Silwán, una barriada al sur del recinto amurallado con aire de favela donde 450 colonos se han asentado entre 20.000 palestinos.
Panorámica de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén: una imagen emblemática para una urbe tan llena de historia y cultura como de problemas políticos. PAOLO PELLEGRIN


Otro veterano conocedor de Jerusalén, el periodista y escritor barcelonés Eugenio García Gascón, afincado en la Ciudad Santa desde hace 27 años, coincide con el diagnóstico pesimista de Margalit. “Un espacio que se sustenta sobre las etnias, es decir, sobre la división de las comunidades, está condenado a no vivir en paz”, previene. Entre otras obras, es autor de dos dietarios sobre Jerusalén, el último publicado en 2017 bajo el título La derrota de Oriente (Libros del K.O.). “La existencia de cada grupo gira alrededor de sus creencias, sin mirar al bien común. Al contrario, miran más a lo que les separa como comunidades que a lo que les une”. Su respuesta llega tras un encuentro en la terraza del Café de París, situado frente a la sede de la residencia del primer ministro de Israel, en el distrito acomodado y mayoritariamente judío laico de Rehavia. En un gesto de reconciliación con la personalidad múltiple de una urbe en la que lleva media vida, García Gascón confiesa en su segundo dietario que ha regresado “sin resentimientos” al café del que desertó años atrás cuando se transformó en un local kosher, conforme al ritual judío.

Donald Trump ha anunciado el traslado de la Embajada de EE UU a Jerusalén coincidiendo con el 70º aniversario de la fundación del Estado de Israel, el próximo 14 de mayo. Hasta 13 países latinoamericanos llegaron a contar con representación diplomática en la parte occidental de la Ciudad Santa, pero todos acabaron trasladando sus legaciones a Tel Aviv después de la anexión de la zona oriental en 1980. Guatemala y otros Estados parecen dispuestos a seguir los pasos de Washington, en un cambio de paradigma que ha sido mayoritariamente condenado de nuevo en la ONU.

“La ciudad precisa una separación funcional, necesita ser dividida para poder estar unida algún día”, concluye Margalit mientras recoge sus papeles en una mesa de la biblioteca del Instituto Van Leer, por donde se asoma la línea vanguardista del edificio hacia un jardín próximo a la residencia del presidente del Estado. Cree que no vivirá para contarlo, pero el historiador predice que “la ocupación se acabará colapsando en una crisis política por la limitación que supone para la democracia de Israel y por la discriminación que impone a otro pueblo”.

Juan Carlos Sanz

31/03/2018

Corresponsal en Oriente Próximohttps://elpais.com/elpais/2018/03/23/eps/1521804664_359676.html

domingo, 4 de diciembre de 2011

"¡Señor Sinatra, no puede tratarme así!"



Foto from elpais.com


Los hijos de Frank Sinatra la desprecian, pero los dos tópicos -trepa y rubia tonta- adheridos a su viuda, Barbara, son difícilmente compatibles. Una autobiografía relata los modos despóticos y delirios de grandeza del mítico 'crooner', convencido incluso de ser capaz de mediar en la Guerra del Golfo.
Esta es una historia de superación: la chica de un pueblo perdido de Misuri que asciende a esos enrarecidos círculos donde los entretenedores se codean con monarcas y políticos dispuestos a relajarse. Como resulta obligado, la protagonista debe superar dolorosas pruebas: un matrimonio juvenil fallido, una etapa turbulenta en Las Vegas como chica de revista, un hijo rebelde, otra boda infeliz con un millonario que además fue brevemente uno de los Hermanos Marx. Cuando irrumpe Frank Sinatra, la existencia de Barbara Blakeley (1926) se hace vertiginosa.
Dos tópicos se han adherido a la figura de Barbara: la trepa y la rubia tonta. Esos estereotipos son incompatibles. Y desde luego, no se manifiestan en Lady Blue Eyes: my life with Frank Sinatra, el libro que ella ha publicado este año. Buena parte del texto está consagrado a la convivencia con Zeppo Marx, el hermano más joven que se alejó de los escenarios y se hizo rico con inventos mecánicos.
Cuando se casaron (1959), ella tenía 32 años; Zeppo, 58... y muchas manías. Medio sordo, toleraba mal la presencia de niños. Se reconocía viciado con el juego: alardeaba de haber perdido seis millones de dólares en una noche desafortunada. Sin embargo, era tacaño y enormemente celoso, aunque él sí se permitía juergas: Barbara cuenta una visita por sorpresa a su yate, donde se encuentra una fiesta a todo tren y una señorita en biquini que se presenta como la anfitriona.
AMAR EN EL MEDITERRÁNEO
Barbara no se plantea problemas morales cuando llega la tentación. Frank es vecino en Palm Springs, la corteja con insistencia y, demonios, ¡es Sinatra! Sabe hacer las cosas: están de vacaciones en Montecarlo y suben a su suite. Grandes vistas, decoración rococó, música clásica de fondo: "Frank sirvió champán y brindamos por nosotros. Dejamos las copas, nos acercamos y él me envolvió en el abrazo más tierno. Unas horas más tarde, mirábamos cómo el amanecer se colaba a través de las ventanas y nos apretamos aún más...".
Aunque técnicamente es un adulterio, toda la high society acepta la relación. Solo Groucho Marx se atreve a encararse con Sinatra: "¡No necesitas a Barbara, deja que vuelva con Zeppo!". Frank se calla, algo inhabitual. Barbara ha visto en directo su ira. Estrella los platos de los restaurantes si la comida no está a su gusto, abronca a los colaboradores por cualquier despiste. No tolera a las mujeres que aguantan mal la bebida, pero él mismo es un peligro cuando se emborracha, "un caso de Dr. Jekill y Mr. Hyde". Arremete contra todos, y la propia Barbara aprende a refugiarse en casas ajenas cuando se pone amenazador.
Frank regala espléndidas joyas ("tenía buen ojo para las piedras"), pero el romanticismo no basta a según qué edad. En 1976, Barbara tiene que romper con él para lograr que dé el gran paso: "O nos casamos, o me pierdes". Él acepta con modales de buey testarudo: se niega a verbalizar una propuesta de matrimonio y su oferta final consiste en dejar caer un anillo de compromiso en una copa de champán.
Para entonces, Barbara ya conoce la trastienda. Ha estado a su lado durante los dos años de su retiro y entiende que quiera volver a los escenarios. Aunque en gira, Frank puede ser una pesadilla. De visita a Australia, logra poner al país entero en su contra: le montan una huelga y consigue escapar a las bravas; su piloto despega ignorando las ordenes de la torre de control de Sidney.
'JET-SET' DE DICTADORES
A su debido tiempo, Barbara averigua una posible razón de sus arrebatos: Sinatra se marea en los coches y le atormenta cualquier desplazamiento que dure más de 15 minutos. Uno sufre cuando Barbara tiene que pastorearle hasta una recepción en la Costa Azul, con invitados como Juan Carlos I. Frank llega hasta la finca... y se vuelve sin bajarse. Barbara debe explicar que Frank, uh, tiene una migraña. Por cierto, Barbara relata otro encuentro en Mónaco: la madre del Rey de España, que solo habla de su hijo.
Frank tiene fantasías de grandeza. Cuando se pasa a los republicanos, espera conseguir el puesto de embajador estadounidense en Roma. Pero Richard Nixon está herido en el ala por el caso Watergate y ni soñar con sacar adelante ese disparate. Así que Frank se convierte en una especie de diplomático volante. Se entiende bien con los tiranos: actúa en Irán y el sah corresponde enviando regularmente kilos de caviar gris. En Egipto le contrata el presidente Anuar el Sadat: quiere que cante para su esposa. Allí ocurre un incidente que les debería haber prevenido contra los espejismos al estilo del mariscal Potemkin: Barbara sube sobre un camello que se desboca por el desierto hasta que el bicho decide parar. Frank le suelta todo tipo de inconveniencias al camellero. Este se indigna. Se quita los ropajes. Es un estadounidense con la cara pintada, disfrazado para protegerlos, y ha entendido el chorreo: "¡Señor Sinatra, no puede tratarme así!".
Lo hemos visto con demasiadas estrellas del rock como para que ahora nos sorprenda: Sinatra llega a creerse que puede arreglar el mundo con su toque mágico. En 1990 intenta parar la primera guerra del Golfo con sendas cartas a Sadam Husein y George Bush. Se queda muy asombrado de que solo Bush le conteste, con un mensaje protocolario. Sinatra está acostumbrado a tener el Gobierno federal a su entera disposición durante la era Reagan. Por cierto, Barbara se malicia de tantas atenciones: decide que, seguramente, Nancy Reagan anda colgada de Frank. A ver cómo se explican tantas invitaciones a reuniones en la Casa Blanca y tanta llamada de medianoche: "Creo que Frank prefirió ser su psicólogo en vez de su amigo íntimo".
SEXO, MAFIA Y ¿DROGAS?
Para las infidelidades, Barbara asume el consejo de una sabia vecina: "Sé agradable, sé dulce, sé adorable, pero mira hacia otro lado". No hay detalles, pero la viuda divide a las competidoras en tres categorías: las seductoras, las acosadoras y las simplemente locas. Estas últimas contribuyen a la paranoia de los Sinatra: ambos salen armados de casa.
Respecto a las acusaciones de relaciones impropias con la mafia, Barbara recuerda una evidencia: para alguien que comenzó en el negocio musical en los años treinta -y que luego frecuentaría Las Vegas- era inevitable al menos rozarse con los "chicos listos". Según Barbara, ella se esfuerza en mantenerlos alejados. Sin embargo, evoca una noche en Nueva York cuando entiende algo de la cambiante dinámica entre Frank y los mafiosos: son ellos los que desean rendir pleitesía al cantante emblemático, y eso incluye saludar respetuosamente a su última esposa.
Repudiando esa leyenda urbana que retrata a Sinatra como un oso hormiguero para la cocaína, Barbara asegura que se mantuvo distante de las drogas duras tras ver cómo destrozaron a su cantante favorita, Billie Holiday. Su principal adicción es el tabaco: fuma Camel sin filtro hasta el último día. De hecho, es enterrado con una cajetilla y un encendedor Zippo, como si no se fiara de los estancos del Más Allá.
EL CLUB DE BEBEDORES
Lady Blue Eyes: my life with Frank Sinatra no ganará ningún premio a la mejor biografía: básicamente, Barbara va enhebrando anécdotas. La redactora, Wendy Holden, tampoco se ha deslomado organizando la historia o chequeando los datos.
Lo que sí tenemos es, por ejemplo, una visión desoladora del estilo de vida de los millonarios en Palm Springs. Un carrusel de golf, tenis, caballos, partidas de cartas y, cómo no, alcohol. Frank establece categorías entre sus amigos. Están los que pueden beber cuando cae la noche pero se retiran pronto: Bing Crosby, Tony Bennett, Fred Astaire, Henry Ford. Y quedan los campeones del levantamiento de vidrios: Orson Welles, Robert Mitchum, John Wayne. Esos son los buenos, los que pueden aguantar hasta que amanece.
No debe extrañarnos que estos lagartos del desierto -Palm Springs puede ser un infierno- intenten hacerse perdonar mediante un calendario de cenas benéficas y competiciones caritativas. La idea de esforzarse en crear buen cine o grandes discos termina resultando una broma para un Frank Sinatra blindado por un séquito de sicofantes, correveidiles y siervos.
LA PACIENCIA ES RECOMPENSADA
Así se desemboca en su famosa exigencia de "una toma": lo máximo que concede a un director para cada escena en la que intervenga, lo que efectivamente le expulsa del mundo del cine. Así se van espaciando los discos, hasta terminar en el horror de los duets. A la vez, es capaz de sacrificarse en grandes palizas: contratado para cantar en Japón, viaja con su avión y vuelve la misma noche. Sin dejar de beber "lo correcto", que es Jack Daniel's, nos informa Barbara; los problemas comienzan cuando pasa a la ginebra.
El secreto del aguante de Barbara reside en su habilidad para leer sus estados mentales. Sabe desaparecer y manifestarse de nuevo para ejercer de consejera, psiquiatra, amante. Intuye su inseguridad esencial, esa aspiración a "tener clase". Antigua modelo, ella es experta en esos asuntos: está atendida por un ejército de peluqueros, manicuras, maquilladoras, entrenadores personales. La apoyan las esposas de sus amigos, contentas de que alguien sea capaz de domar al gran calavera.
Sencillamente, Barbara sobrevive a casi todo el Rat Pack. Según fallecen los fiesteros, ella impone sus reglas. Vuelven a Los Ángeles, se encastillan y ella decide quién puede o no ver a Frank... y hasta sus hijos pasan por ese filtro. Es su pequeña venganza. No está mal para una chica nacida en Bosworth (Misuri), 400 habitantes.
REBELIÓN CONTRA LA MADRASTRA
Para los hijos de Frank Sinatra -Tina, Frank Jr. y Nancy, en la imagen-, Barbara era una 'gold-digger', una buscadora de fortunas. Opinión compartida por parte del clan de Frank. La mañana del 11 de julio de 1976, unas horas antes de la boda, Mickey Rudin, el brazo legal de Sinatra, presentó por sorpresa un acuerdo prematrimonial. Nada sabemos de los detalles, pero ella firmó con los dientes apretados. Con todo, el matrimonio se sostuvo hasta el final; el testamento revela que, aunque Barbara no se llevó la parte del león, sus necesidades quedaron cubiertas. Su revancha consiste en ignorar a sus principales rivales: en 'Lady Blue Eyes' no hay una sola mención de Tina o Nancy Sinatra. Como si no hubieran existido. Pero ellas ganaron esa guerra: controlan los negocios del difunto, que 13 años después de su muerte generan millones de dólares al año.
CUESTIÓN DE PELUQUINES
Con pocas excepciones, Frank despreciaba a los periodistas. Cuando ya no procedían palizas e insultos, recurría a los tribunales: al saber que Kitty Kelley planeaba su biografía no autorizada, la demandó. No era sutil: enterado de que Barbara Walters acudiría a una fiesta de Kissinger en su honor, obligó al "querido Henry" a retirar la invitación a la entrevistadora de TV. Barbara Sinatra mantiene esa antipatía. En 'The New York Times' ha acusado a Gay Talese de inventarse detalles en su famoso 'Frank Sinatra está resfriado': Gay mentía al afirmar que una mujer cuidaba los tupés de Frank; siempre contrataba hombres para tan delicada labor. Talese tronó airado: cuando él escribió su reportaje (1966), Barbara no estaba allí; recuerda nítidamente a la dama que presumía de mimar los 60 peluquines de Sinatra.

Por DIEGO A. MANRIQUE   from elpais.com   03/12/2011

domingo, 20 de noviembre de 2011

La fórmula de los más ricos para seguir ganando dinero

Foto from hacer-dinero-online.net

 

Las grandes fortunas huyen de los riesgos de la crisis soberana y aunque aprovechan la rentabilidad de las letras españolas, buscan refugio para su dinero en depósitos, divisas alternativas al euro, inmuebles y oro.

Cuando mi limpiabotas invierte en Bolsa, yo lo vendo todo". La frase se le atribuye al mismísimo John D. Rockefeller, o al también multimillonario Joe Kennedy, padre del célebre presidente de EE UU, en los meses previos al crac de 1929. Sea cual sea su autor, en un momento en que en las tertulias de bar se cita la clasificación de las primas de riesgo europeas como si se tratara de los resultados de la liga de fútbol, las grandes fortunas parecen haber recuperado la moraleja de la cita. Si el estallido de la crisis financiera en 2008 llevó a los ricos a redirigir su dinero hacia activos más seguros, la tormenta soberana ha puesto en duda la fortaleza de uno de sus grandes refugios: la deuda pública. Ahora llama la atención el renovado interés por los depósitos, todo un indicio de la desconfianza reinante, si bien se buscan también otras soluciones con algo más de atractivo. Mientras Europa se asoma al abismo, los más ricos entre los inversores han optado por diversificar sus carteras hacia otras inversiones y divisas que les permitan dormir más tranquilos la larga noche en la que permanece la eurozona.
1 - Salirse del euro. La moneda comunitaria ha encajado con envidiable fortaleza los tremendos vaivenes políticos y financieros a los que ha sido sometida en los últimos meses. Aunque algunos analistas apuntan a que se debe a las estrategias de devaluación de sus divisas impulsadas por EE UU o China -para beneficiar sus exportaciones- el caso es que el euro aguantaba el viernes en los 1,355 dólares. El descalabro soberano, sin embargo, la amenaza de nuevos rescates o la posibilidad misma de que algún Estado quede fuera de la eurozona y ponga en jaque el conjunto del proyecto comunitario, han puesto en alerta a las grandes fortunas, que están sacando sus inversiones de la moneda europea. "Aunque la mayor parte de las inversiones continúa estando en euros, últimamente ha aumentado mucho la diversificación a otras divisas", advierte Ana Figaredo, consejera delegada en España del grupo Lombard Odier, los banqueros privados más antiguos de Ginebra, cuya especialidad es la gestión de las finanzas de grandes patrimonios. "Dólares, francos suizos, coronas noruegas y suecas más recientemente, y cada vez más las de países emergentes", detalla Figaredo, se han convertido en la nuevas monedas de peso en las carteras de los más ricos. "Y no solo a la hora de comprar divisas, sino también en el caso de inversiones que se realizan en otras monedas", apuntan desde la entidad suiza.
El director de estrategias de mercado de Banca March, Miguel Ángel García, apuesta decididamente por el dólar: "Es muy importante para nosotros. Consideramos que el tipo de cambio del dólar y el euro no tiene sentido. El dólar está demasiado débil. A corto plazo, tendría que tender a un cambio más próximo a 1,3 dólares por euro y, a medio plazo, hacia una paridad en el entorno de 1,15-1,20 euros".
2 - Selectivos en bonos públicos. La aversión que empieza a generar el euro nace de la crisis de deuda pública de sus países, que han pasado de ser uno de los activos más seguros a un valor estigmatizado. "En bonos europeos, los clientes están optando por limitarse a los de países refugio, pero cada vez son menos", avanzan desde Lombard Odier. "Hoy se limitan prácticamente a Alemania y Holanda", continúan. Sin embargo, el hecho de que los bonos alemanes hayan llegado a cotizar en negativo, lo que equivale a que el inversor pague al país por endeudarse, hace pensar a Figaredo que "se está creando una burbuja entorno a los activos más defensivos, que no se compran en función de criterios racionales de rentabilidad, sino solo como refugio".
Por eso, expone, algunas fortunas están conformando "una cartera fija en deuda pública de países sólidos en balance y situados en mercados emergentes, como los asiáticos". Para José Pons, director de Productos de Citibank España, la clave está en la comercialización de productos que distribuyen cupones. "Los clientes buscan ahora rentas periódicas, sin importar que les penalice fiscalmente más que otras opciones", asevera. Abriendo el campo a la renta fija en general, expone Pons, los títulos de grandes empresas de países emergentes están teniendo muy buenos resultados.
3 - La oportunidad de las letras. No obstante, la huida en masa hacia los bonos públicos considerados más seguros, Alemania y EE UU, ha generado distorsiones que parte del sector considera una gran oportunidad. "Está muy claro que a corto plazo merece mucho la pena invertir en letras españolas al 5%. Pagan por encima de un depósito y el cliente está mucho más seguro", asegura Ignacio Dolz, de N+1. Para los escépticos, el experto aporta una explicación: "Santander y BBVA tienen cada uno 45.000 millones de euros en deuda pública española. Solo con que hubiera un default del 10% en la deuda española, estos bancos se verían obligados a provisionar unos 5.000 millones cada uno.
Está claro que compensa mucho más una letra que un depósito. Eso sí, el cliente debe entender que la letra cotiza y que puede perder dinero si la vende antes de vencimiento. Pero, en realidad, en un depósito ocurre algo parecido si se cancela antes de tiempo", concluye Dolz.
N+1 apuesta por deuda pública española con una duración entre tres y cuatro años y también por renta fija francesa. "Es un absurdo que Italia pague más que países como Lituania, Marruecos o Egipto", advierte Dolz. El riesgo que acarrea esta inversión depende ya de la confianza que se tenga en el futuro de la eurozona. March Gestión, la gestora de fondos de inversión de Banca March, por ejemplo, concede una nota negativa a toda la renta fija que mantendrá mientras no se tranquilicen los mercados, pero matiza que el papel del Tesoro español sigue siendo atractivo. "El extremo pesimismo derivado de las enormes dificultades para encontrar una solución definitiva a la crisis griega genera extraordinarias oportunidades, lo que hace especialmente recomendable la inversión en deuda pública española y en emisiones de deuda bancaria", coinciden desde Banca Privada de La Caixa.
Los analistas de Bankinter, por su parte, sobreponderan EE UU y Alemania como zonas geográficas, pero invitan a buscar el high yield en renta fija. "Pese a la fuerte inestabilidad de los mercados financieros, nosotros tenemos una recomendación positiva para la deuda pública española", señala Miguel Ángel Luna, director general de Banca Privada de Banco Popular. "Vemos valor en emisor español de alta calidad crediticia y con una duración a tres años. Así, Tesoro español, agencias estatales (FROB, FADE, ICO...), deuda bancaria avalada y cédulas hipotecarias en plazos 2014 y 2015, ofrecen rentabilidades muy atractivas", expone Luna, enumerando algunos de los valores que incluye PBP Cartera Premium, un producto que comercializan a 36 meses y que se prevé que arroje una rentabilidad de entre el 4,5% y el 5%.
4 - Oro. El cambio de tendencia experimentado por las grandes rentas, que antes de la crisis se prestaban con facilidad a inversiones de riesgo con altas rentabilidades, reluce especialmente en el interés despertado por los metales preciosos. La estrella en este campo es el oro, tradicional refugio en tiempos de turbulencias, que alcanzó su máximo histórico a comienzos de septiembre en los 1.900,23 dólares la onza. Desde ETF Securities exponen que a partir de ahí se impusieron las ventas, hasta los 1.600 dólares, para "cubrir las pérdidas de otro tipo de activos". La nueva oleada de preocupación que ha recorrido el Viejo Continente ha vuelto a atraer la atención de los inversores sobre el metal dorado, en el que la inversión mayoritaria está llegando por la vía de los ETP (Exchange-Traded Products) con respaldo físico de la inversión, que es una de las opciones más seguras.
5 - Hay vida en la Bolsa. Los números rojos de la Bolsa no dejan de copar titulares constantemente. Pero no se puede olvidar que no hay activos más líquidos que los valores bursátiles. Los grandes valores bursátiles tienen siempre comprador y ese es un elemento que debe considerar todo inversor. En cualquier caso, la situación actual está generando oportunidades que no pasan desapercibidas para los especialistas. "Hoy creemos que la renta variable está ciertamente barata. Todo depende del riesgo que quiera asumir el inversor, pero consideramos interesante estar en renta variable con baja volatilidad", explica Luis Sánchez de Lamadrid, director general de Pictet Wealth Management. "Se trata de apostar por sectores defensivos y con poco riesgo", añade Lamadrid. Desde N+1 se recomienda buscar valores que estén en sectores de consumo estable, como las empresas de alimentación, empresas cíclicas y de telecomunicaciones. Otro consejo es entrar en empresas tecnológicas americanas sin complicarse demasiado la vida, basta con pensar en empresas de renombre mundial como Microsoft, Apple, Intel o Cisco. Empresas fuertes en crecimiento y que no están de moda.
6 - Inmuebles. España sufre un fuerte castigo en el sector inmobiliario, pero en otros países hay oportunidades relevantes de inversión en ladrillo. Eso es lo que busca la división de N+1 Real Estate Asset Management, que a través de los fondos Alpina I y II ha canalizado la inversión de sus clientes hacia el mercado alemán de oficinas. En tres años y medio, N+1 ha invertido 500 millones en inmuebles para oficinas en las ciudades más importantes de Alemania, como Berlín, Fráncfort o Múnich. Eso sí, la clave de toda inversión es entender el riesgo que conlleva y ser capaz de asumirlo.
Por Juande Portillo / Fernando Martínez - from cincodias.com 19/11/2011

domingo, 13 de noviembre de 2011

General Motors obra el milagro: de la quiebra al número uno en apenas dos años


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General Motors está a punto de recuperar el liderazgo mundial de fabricantes de automóviles que le arrebató Toyota en 2008, cuando el gigante de Detroit estaba condenado a la quiebra. La firma japonesa, de hecho, ha visto perder su trono en 2011 hasta caer a la tercera posición de ventas mundiales, por detrás de GM y Grupo VW.
6, 79 millones de vehículos vendidos en 2011 avalan al fabricante estadounidense en su objetivo por recuperar el cetro. Esta cifra supone más de medio millón más que el Grupo Volkswagen y un millón más que Toyota, evidentemente afectada por los problemas de suministro tras los efectos del terremoto y tsunami del 11 de marzo.
El resurgir de GM corta de raíz las aspiraciones de Toyota de consolidarse como el número uno en el mundo. "Es una recuperación bastante notable dada la forma en que cayó hace dos años", destaca Willy Shih, profesor en la Escuela de Negocios de Harvard.
Sus ventas globales han aumentado un 9,2% este año, obteniendo unos beneficios de 8.470 millones de dólares. La Administración Obama, que inyectó 50.000 millones de dólares para rescatar a una de las mayores empresas de EEUU (actualmente el Gobierno posee una tercera parte del grupo), no pudo nunca imaginar que GM podría llegar a obtener tal volumen de beneficios en tan poco tiempo.
"No es algo con lo que contáramos, ser más grande no era una meta para nosotros", afirma Harry Wilson, un ex directivo de la compañía que ahora trabaja como jefe en una consultoría en Nueva York. Wilson sostiene que el principal objetivo de GM se 'conformaba' con empezar a ser rentable para poder sobrevivir y crecer poco a poco.
La baza de China... Y la 'suerte' de Japón
Buena parte de este vertiginoso crecimiento se debe a la renuncia de márgenes de beneficio más amplios en sus entregas en China. Con los recortes de precios en varios de sus modelos en el gigante asiático, GM ha visto aumentar un 10% sus ventas en aquel país en sólo un año. Los expertos coinciden en que, para mantener el liderazgo, debe mantener su nivel de ventas al mismo nivel de Volkswagen en Europa y EEUU, pero lograr superarle en China.
También debe tenerse en cuenta que este relevo en el número uno de fabricantes ha sido impulsado por la debacle en la que ha entrado Toyota desde el terremoto sufrido por Japón en marzo. El temblor y su posterior tsunami interrumpió la producción en el país nipón, lo cual permitió que GM y Volkswagen, especialmente, 'robaran' una buena porción de clientes a las marcas japonesas.
La crisis de Toyota
No obstante, aunque ha contribuido a ello, no se considera que los efectos del terremoto hayan sido decisivos. El ascenso de GM se debe más bien a una tendencia por la que Toyota está perdiendo calidad y reputación entre los consumidores, con grandes partidas de coches llamadas a revisar por varios defectos en los últimos años; el año pasado retiró millones de coches por defectos en sus alfombras y en el pedal del acelerador.
Recuperar cuota de mercado no va a ser tan fácil para Toyota, según vaticinan los expertos. "No va a ganar de repente todo lo que perdió este año", anticipa Maryann Keller, directora de una Consultora que lleva su nombre en Stamford (Connecticut). Además, aparte de a GM, Toyota tendrá que enfrentarse también al grupo Volkswagen, que no esconde su ambición de llegar a ser el mayor fabricante del mundo.
Pero, en cualquier caso, actualmente hay demasiadas marcas que fabrican vehículos de suficiente calidad como para que ningún fabricante acabe por dominar con claridad el mercado. Además de los tres grandes, Hyundai, Ford o Renault están vendiendo coches con un estándar de calidad alto a precios muy competitivos; además, todos ellos disponen del músculo financiero necesario para invertir en tecnología, innovación y marketing y poder así seguir creciendo.

Por Ecomotor.es / Bloomberg  from eleconomista.es   11/11/2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

ESPAÑA: ¿ADÓNDE FUERON LOS AMOS DEL LADRILLO? Se los tragó la tierra


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Fueron los grandes promotores del 'boom' del ladrillo. Otrora admirados y opulentos, cubrieron España de cemento y deudas. Ahora, con el país hundido por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, han desaparecido del mapa. Este es el relato de sus vidas.
Algunos miembros del selecto club que formaban los nuevos príncipes de las finanzas, hombres sin pedigrí en el parqué que se habían vuelto muy avariciosos gracias a las enormes plusvalías obtenidas con el boom inmobiliario, pensaron aquel martes negro que solo se trataba de un susto, que el intrépido Enrique Bañuelos había llegado demasiado lejos y el mercado le estaba dando un toque de atención. Aquel 24 de abril de 2007, Astroc, la compañía de Bañuelos, se desploma en bolsa y ejerce un efecto contagio sobre las cotizaciones de las principales inmobiliarias. Pero el suceso no parecía ir más allá. Aquel día nadie hablaba todavía de crisis inmobiliaria, sino de ralentización. Es decir, seguía siendo un buen momento para seguir de compras. Para seguir gastando miles de millones de euros. "Había que bailar mientras sonara la música", explica un testigo de aquellos días.
Cuatro años y 200 días después de aquel martes negro, a los protagonistas de los años dorados del mercado inmobiliario se los ha tragado la tierra. No hay música sino silencio a su alrededor. Se esconden detrás de abogados o agencias de comunicación, expertas en el arte de no decir la verdad con buenas palabras, sin que se note demasiado. No aceptan entrevistas. No acuden a ningún acto social. No aparecen en reuniones sectoriales, ni están en condiciones de dar conferencias en escuelas de negocio. Algunos se debaten en la dura lucha por salvar su patrimonio personal y han vendido sus yates o sus jets, los dos signos externos que caracterizaron una forma de hacer negocio en España a base de suelo, cemento y unas grandes dosis de ambición. "¿Cómo le digo ahora a mi mujer que ya no podrá usar el avión para ir de compras a Milán?", le confesó uno de ellos a su abogado antes de tomar tan fatal decisión.
Aquel martes negro de abril de 2007, la cotización de Astroc cayó un 37,23% y provocó una reacción en cadena que no tardaría mucho en dejar secuelas. En diez días, el valor estrella de la bolsa española, cuya cotización había llegado a multiplicarse por 1.000, se desplomó un 63%. Así que fue algo más que un susto. Algunos bautizaron ese hecho como castatroc haciendo un juego de palabras: las acciones de Astroc habían pasado de valer 6 a valer 70, para luego hundirse a precios inferiores a los dos euros. La ruina. Ante las primeras señales de alarma que cundieron aquella jornada, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, se limitó a explicar que se trataba de simples correcciones del mercado y que la desaceleración del sector inmobiliario sería "suave y gradual". La calidad de los pronósticos de Ordóñez no ha cambiado en todo este tiempo. Lo que hubo no fue una desaceleración. Fue un derrumbe.
Astroc no era la mayor empresa inmobiliaria, pero se había convertido en un símbolo. Nació y creció en los años de expansión. Era hija de la pujanza del sector. Era una empresa de aspecto moderno en manos de un empresario joven y dinámico, desconocido por las grandes familias, capaz de llevar la palabra del sector a la quinta avenida. Bañuelos tenía algo que a sus competidores les faltaba, un aire nuevo, un don de gentes inigualable y un buen dominio de la imagen: organizó una paella para 25.000 comensales en Central Park para darse a conocer en Nueva York. Sabía comportarse en cualquier ambiente, podía hablar durante horas (aunque fuera de sí mismo), mostraba un espíritu arrollador para los negocios y una confianza ciega en sus posibilidades: "A mí me dejan desnudo en Central Park y en 24 horas estoy paseándome por la Quinta Avenida en una limusina", llegó a decir. Esa frase todavía la recuerdan hoy los ejecutivos que la escucharon hace cinco años. Bañuelos llegó a captar para sus inversiones a algunos de los grandes empresarios españoles, como fue el caso de Amancio Ortega, el dueño de Inditex. Tres meses después de aquel susto, Enrique Bañuelos dimitió como presidente de Astroc. Fue el primero en caer.
Alguien le traicionó. Alguien vendió dos millones de acciones en un momento muy delicado y contribuyó al hundimiento de Astroc. ¿Quién? Sobre la identidad de ese traidor se han divulgado muchas teorías y ninguna prueba, pero lo cierto es que los grandes del sector no se extrañaron con lo sucedido: para llegar hasta donde habían llegado conocieron muchas traiciones y muchos engaños. Llegar a lo más alto del sector inmobiliario no ha sido un camino limpio para nadie. De hecho, todas las compras y ventas realizadas en los años de la fiebre del oro (del 2003 al 2006) han dejado secuelas en los tribunales, algunas de ellas todavía sin resolver. La traición y el engaño forman parte del negocio, como ha quedado en evidencia en el último episodio conocido.
Hace unas semanas, Luis del Rivero llegó a su despacho pensando que lo tenía todo cerrado para hacerse fuerte en la presidencia de la constructora Sacyr Vallehermoso y, a partir de su acuerdo con la petrolera mexicana Pemex, ejecutar el asalto final a Repsol. Sus socios, incluido quien había sido su mano derecha y fundador de la compañía, Manuel Manrique, estaban con él. Eso pensaba. Pero Manrique cambió de opinión en el último momento y ahora ocupa su cargo. ¿Traición? La versión real de lo sucedido está aun por conocer porque había asuntos pendientes entre los principales accionistas de Sacyr-Vallehermoso a cuenta del pasado.
El mérito de Luis del Rivero había sido diversificar su empresa antes de que llegara el cambio de ciclo: primero intentó un asalto al BBVA y, cuando fracasó, puso el punto de mira en Repsol. Entre medias, Luis del Rivero fue protagonista de muchas conspiraciones en una época donde todo era susceptible de comprarse o venderse. Repsol terminó siendo su salvavidas.
A diferencia de Enrique Bañuelos, Luis del Rivero no parecía tener una doble cara. Se le ha considerado siempre como un personaje poco comunicativo y autoritario. Nadie le recuerda como un ejecutivo amable. Pero fue el único de aquella generación que parecía capaz de sobrevivir a la crisis. El único que ha permanecido al mando de una empresa y podía mirarle a la cara a los bancos.
Entre la traición a Bañuelos y la sufrida por Luis del Rivero han pasado cuatro años y 200 días de pesadilla. Entre Bañuelos (que ha iniciado una nueva vida en Brasil en el sector agroindustrial) y Luis del Rivero, solo han sobrevivido aquellos que supieron vender y retirarse antes de tiempo; es decir, los que ya no están en el negocio, como Manuel Jové, expropietario de Fadesa y ahora accionista del BBVA. O Mario Losantos, expropietario de Riofisa. La mayoría de los que se quedaron vive en libertad condicional: son los bancos quienes dictan sus movimientos.
Luis Portillo es uno de ellos. Un año después de la caída de Bañuelos, hubo de presentar su dimisión como presidente de Colonial, justo cuando se había convertido en uno de los grandes a fuerza de adquisiciones que parecían contradecir la lógica. El pez chico se come al grande endeudándose hasta las cejas. Ese era el estilo de Portillo, quien pareció cambiar de modales desde que dejó su hábitat natural, los alrededores de Sevilla. Si Bañuelos fue el exponente de la escuela valenciana (donde se creó la figura del agente urbanizador que podía poner en marcha complejos residenciales sin ser propietario del suelo), Portillo era de la andaluza, donde las recalificaciones se gestionaban en estrecha colaboración con los poderes municipales. Portillo es un personaje clásico: empezó desde abajo, hijo de albañil, para dedicarse a las reformas de inmuebles. Un hombre muy apegado al terreno, sin cultura pero con un olfato natural para el negocio del suelo. Esa era su virtud y eso le permitió grandes ganancias con un estilo de especulación ortodoxo.
Portillo cambió cuando salió de su territorio. Comenzó a visitar Madrid. Se hizo asiduo cliente del AVE. Tenía excedente de recursos y quería comprar. Adquirió participaciones en bancos como el Santander y el BBVA e hizo un primer asalto a la inmobiliaria Metrovacesa. Terminó comprando Inmocaral, lo que le permitió compartir accionariado con figuras relevantes del establishment empresarial, caso de Amancio Ortega, Alicia Koplowitz o Joaquín Rivero. Después de Inmocaral intentó una opa a Colonial, una empresa tres veces más grande, de la que pudo obtener su control. Junto a su asalto a Colonial, logró comprar un paquete del 15% de FCC y la adquisición de Riofisa. En apenas un año, entre 2006 y el susto del 24 de abril de 2007, Luis Portillo había gastado en compras 4.000 millones de euros. Para entonces, algunos de los hábitos de Luis Portillo habían cambiado.
Ya no era un personaje tan natural. Tan rústico, como le veían en Madrid. Le había echado el ojo a un avión. Había adquirido un colegio privado como consecuencia de unas discrepancias entre su esposa y el director del centro, por un asunto relacionado con los estudios de una de sus hijas: nada más comprarlo, despidió al director. En presencia de unos ejecutivos amenazó al gerente de un hotel con comprar el inmueble y despedir a los trabajadores simplemente porque el personal del establecimiento no le atendió su petición de bebidas a altas horas de la noche, según un testigo del incidente. Ese era el nuevo Portillo.
En diciembre de 2007, Luis Portillo dimitía como presidente de Colonial. Había pasado menos de un año desde que se mostraba capaz de comprar cualquier cosa. Colonial debía 10.000 millones de euros. La acción se había desplomado y pasaba a valer menos de un euro, señal de un final próximo.
Juan José Brugera pasaba a ocupar la presidencia de Colonial, un cargo que ya desempeñó antes de que llegara Portillo. Ese viaje de ida y vuelta tiene su explicación: Colonial era propiedad de La Caixa antes de que los inversores privados entraran en su capital. Tras el paréntesis de Portillo, vuelven a ser los bancos los propietarios de Colonial, principalmente el Popular (9,15%) y La Caixa (5,40%). Y ellos han decidido devolver a su puesto al antiguo gestor.
Desde entonces, Luis Portillo ha desaparecido. No viaja a Madrid. Se ha recluido en Sevilla, donde trata de salvar su patrimonio personal y gestiona algunas propiedades en su antigua zona de influencia. Su antigua empresa, Colonial, le ha puesto una demanda según la cual le pide una indemnización de 669 millones de euros bajo la acusación de que infló el precio de las compras de FCC y Riofisa. Portillo a su vez reclama más de 40 millones de euros al BBVA. En una de sus escasas declaraciones tras su dimisión, Portillo llegó a decir: "Los mismos que ahora me denuncian pusieron el dinero a mi puerta para comprar FCC o Riofisa". Portillo se refiere a los bancos y sus analistas, a los que considera traidores. Los bancos que ahora son dueños de lo que fue su empresa.
Pero este hecho no es exclusivo de Colonial. También sucedió con Metrovacesa, que llegó a ser la primera empresa inmobiliaria del país. En su origen, Metrovacesa perteneció al BBVA, antes de que hombres como Joaquín Rivero y la familia Sanahuja se disputaran su propiedad. Después de todo aquello, más del 80% del capital es ahora propiedad de los bancos.
Durante cuatro años, de 2003 a 2007, Metrovacesa fue objeto de una intensa lucha por el poder entre Joaquín Rivero y los Sanahuja, una familia de empresarios que habían hecho mucho dinero sin salir de Cataluña. Tanto Rivero como los Sanahuja poseían empresas que tenían un tamaño muy inferior al de Metrovacesa. Y curiosamente, los Sanahuja acudieron a comprar acciones (un 4%) en ayuda de Rivero ante una opa lanzada por empresarios italianos. Esa colaboración se transformó en lucha sin cuartel por el dominio de Metrovacesa. Nueva traición: los Sanahuja pasaron de tener un 4% a más de un 20% sin el conocimiento de Rivero. Esa guerra terminó en un pacto: Rivero se quedó con una empresa francesa, Gecina, y los Sanahuja pasaban a desempeñar el control de Metrovacesa.
De haber sido unos gestores prudentes y poco dados a exponerse en público, los Sanahuja también cambiaron de comportamiento. Alquilaron (o compraron) aviones para vivir entre Madrid y Barcelona. Bajo su mando, Metrovacesa emprendió una alocada carrera de compras, sobre todo en el exterior. Adquirieron la sede del HSBC en Londres por 1.600 millones de euros (que luego vendieron por 1.000), activos en Alemania por valor de 280 millones, un complejo inmobiliario en Londres junto a compromisos para levantar un complejo de oficinas diseñado por grandes arquitectos, entre ellos Norman Foster. A finales de 2007, la deuda financiera de Metrovacesa alcanzaba los 7.000 millones de euros, 14 veces su beneficio bruto de explotación.
El 26 de octubre de 2010, Román Sanahuja dejaba la presidencia de Metrovacesa. Sacresa, la empresa familiar, presentaba concurso de acreedores con una deuda de 1.800 millones. La participación de los Sanahuja en Metrovacesa no alcanza ya el 2% cuando llegó a superar el 80%. Los bancos se hicieron propietarios de la compañía.
"El problema es que la suma del crecimiento del crédito junto al incremento del precio de la vivienda hizo solvente a mucha gente", explica el experto José Luis Suárez, profesor del IESE y autor de la página profsuarez.com. "Se cometieron dos errores. Uno, crecer demasiado. En 2006, el crédito de la banca al sector de la construcción e inmobiliario creció más del 40%. Otro error fue que no se tuvo en cuenta la vulnerabilidad de muchas empresas por el excesivo endeudamiento. Y finalmente se gestionó mal la crisis. El crédito concedido al sector sumaba cerca de 430.000 millones de euros y después de cuatro años esa exposición sigue estando en 415.000. A nivel macroeconómico no se ha hecho nada. Hay que tener en cuenta que la deuda soberana en los bancos españoles está en unos 220.000 millones de euros. El problema es que el sector no puede pagar porque solo los intereses anuales deben ser algo más de 20.000 millones y no se genera cash flow para pagarlos".
Algunos analistas culpan a los bancos de lo sucedido. Y a las compañías tasadoras, algunas de ellas propiedad de esos mismos bancos. Nadie quiso ver que los activos se sobrevaloraban, que los créditos eran cada vez más arriesgados, que el mercado se había vuelto tan loco que los peces chicos se estaban comiendo a los grandes.
La actitud de los bancos tiene alguna explicación: sacaban sus beneficios de estas compras. Así sucedió con Banesto, propietaria de la inmobiliaria Urbis, cuando Rafael Santamaría llamó a su puerta. Santamaría era propietario de Reyal, una empresa que tenía la mitad de tamaño que Urbis. Pero no importaba: había crédito para todo. Y Banesto cobraba 1.600 millones por la venta del 50,27% de Reyal. Urbis había firmado un crédito sindicado de 4.000 millones con entidades como SCH, Cajamadrid y Banco de Sabadell. Rafael Santamaría declaraba por entonces que haría más compras, seguramente para el año 2007. Salir a bolsa era una forma de poner en valor la fortuna adquirida por algunos de estos personajes a lo largo de los últimos años. Adquirir tamaño para luego diversificar. Pero nada de esto ha sucedido. Reyal Urbis va por su tercera refinanciación de una deuda que asciende a 3.654 millones de euros y se ha salvado, por un cambio legislativo, de tener que entrar en disolución. Los bancos siguen determinando la actividad de la compañía, que reconoce, a través de un comunicado, que ha facturado un 46% menos por venta de pisos que hace un año. Y que esa venta ha constituido la primera fuente de ingresos del grupo.
Rafael Santamaría fue durante esos años de oro un hombre accesible a la prensa. Jugaba a los pronósticos con el sector inmobiliario (llamó normalización al principio del desplome) y era conocido en ciertos foros como el constructor amigo de José Bono, presidente del Congreso en la última legislatura. A Santamaría le gustaba filtrar noticias a los periodistas, sobre todo las relacionadas con sus competidores, y alardeó durante un tiempo de que a él no le pasaría como a Fernando Martín o a Luis Nozaleda, que se vieron obligados a presentar concurso de acreedores. Él iba a optar por refinanciar. Lleva tres refinanciaciones y no puede dar un paso sin el permiso de los bancos.
Santamaría compartió con Francisco Hernando, conocido como El Pocero, relaciones con José Bono y actividad en Castilla-La Mancha. Pero El Pocero nunca aspiró a ser un grande aun cuando se convirtiera en uno de los constructores más conocidos gracias a su megaproyecto de Seseña (Toledo), a sus cuitas con el alcalde y a ciertos aspectos de su conducta que le convertían en el hombre que mejor cuadraba con los peores aspectos del estereotipo del constructor: un hombre sin cultura, de gustos horteras. El Pocero quiso edificar algo parecido a una ciudad porque, según comentó en su autobiografía, tuvo una revelación una tarde que observaba los parajes desolados de Seseña y escuchó una voz que le dijo: "Aquí construirás una ciudad a la que le pondrás tu nombre". Así nació la ciudad residencial Francisco Hernando. La crisis dejó su proyecto a medias: vendió su yate, dejó a los bancos las viviendas vacías y se refugió bajo el manto de un jefe de prensa, el conocido periodista Alfredo Urdaci, cuya primera gestión fue la de anunciar un megaproyecto en Guinea Ecuatorial, de común acuerdo con el dictador Obiang, para construir 20.000 viviendas. Aquella promesa fue puro humo.
Pero quien le terminó poniendo rostro al hundimiento del sector fue el empresario Fernando Martín. Por varios motivos. Uno, porque adquirió una breve notoriedad cuando sustituyó en la presidencia del Real Madrid a Florentino Pérez. Sin pretenderlo, se convirtió en un personaje para los imitadores y una víctima propiciatoria de las tensiones del fútbol. Hubo de convocar elecciones y desapareció del escenario sin pena ni gloria. Como movido por el destino, a partir de entonces todos sus actos adquirieron notoriedad. Tal fue así cuando adquirió Fadesa en 2006 por 4.000 millones de euros para convertir a la nueva Martinsa-Fadesa en una de las grandes del sector. Dos años después de la compra, Martín anunciaba el mayor concurso de acreedores de España: su empresa tenía una deuda de 5.200 millones de euros.
Fernando Martín dejó las entrevistas hace tiempo. Responde por él una agencia de comunicación que señala que Martín "se ha volcado en la gestión del mayor proceso concursal de España hasta culminar su salida en marzo de 2011". La agencia califica de "relevante" que Martinsa-Fadesa "sea la única gran inmobiliaria en la que el presidente y el Consejo de Administración de hace cuatro años siguen gestionando la compañía, frente a los cambios habidos en otras grandes compañías como Metrovacesa, Reyal (de facto), Vallehermoso, Colonial o Hábitat". La alusión a Reyal tiene doble intención, porque Santamaría sigue siendo su presidente, al menos en teoría. La nota también precisa que Martinsa reclama 1.576 millones a los anteriores dueños de Fadesa por haber ejecutado "un plan conscientemente dirigido a obtener una muy notable sobrevaloración de la compañía mediante la aportación de información falsa a la empresa responsable de la tasación de los activos". Teniendo en cuenta que aquella opa de Martinsa a Fadesa fue declarada como amistosa, puede ser que se produjera un nuevo caso de traición o engaño.
Sin embargo, algunas cifras de Martinsa no dejan de ser reveladoras de cómo está el sector: en 2010 vendió 1.170 viviendas sobre plano, de las cuales sólo 48 fueron en España. En 2011, llevan 717 ventas sobre plano. ¿Cuántas en España? Ninguna.
Pedro Pérez, presidente del denominado G-14, donde se concentran las grandes empresas del sector, reconoce que muchas de estas empresas en apuros están en la tercera renegociación de sus deudas ("están trihipotecados", dice el abogado de una de estas empresas). "Estamos en el quinto año y no se ve luz en el horizonte. Las licitaciones de obra nueva se están hundiendo. No hay nada igual desde que existen estadísticas. El sector ha expulsado ya un millón de empleos directos y se ve más de lo mismo. Estamos vendiendo la quinta parte de lo que se vendía en 2006. Qué sector aguanta esto". Hace cuatro años y 200 días que la música no suena para nadie en el sector inmobiliario.
Luis Portillo. Ambición sin límites
Empresario de Dos Hermanas (Sevilla), Luis Portillo ganó fortuna en los alrededores de la capital andaluza.
Hombre sin estudios, conoció en 2004 a Joaquín Rivero y decidió dar el salto a los negocios en Madrid entrando en el capital de Metrovacesa. Fue el inicio de la vorágine bursátil: se hizo con Inmocaral (antigua Fosforera), cuyas acciones se dispararon de precio. Después adquirió Colonial, luego entró en el accionariado de FCC y se hizo con el 100% de Riofisa, que compró por 2.000 millones de euros, aunque algunos expertos valoraban esta compañía en 400 millones. La bolsa hundió sus proyectos. Regresó a Sevilla para tratar de salvar su patrimonio personal. Los accionistas de Colonial ahora le reclaman 696 millones. -
Fernando Martín. Del Real Madrid a la ruina
El dueño de Martinsa nació en Trigueros del Valle, Valladolid, en 1947. Tiene 64 años. Es licenciado en Químicas. Hasta 2006 llevó una trayectoria muy discreta. Se sabía que era uno de los grandes propietarios de suelo de España, pero ese dato no era de dominio público. Fue en 2006 cuando saltó a la fama: siendo directivo del Real Madrid, asumió la presidencia tras la marcha de Florentino Pérez. Su mandato duró dos meses. Consejero y accionista de grandes empresas, dio el gran golpe con la compra de Fadesa. Fue una ruina. En 2008, Martinsa-Fadesa declaraba la mayor suspensión de pagos de España con una deuda superior a 5.000 millones de euros. Reclama a los dueños de Fadesa casi 2.000 millones por sobrevalorar sus activos.
ROMÁN SANAHUJA e hijos. Fuera de Cataluña esperaba la ruina
Los Sanahuja fueron empresarios muy conocidos en Cataluña, donde la empresa familiar cosechó sus primeros éxitos construyendo viviendas para los inmigrantes en los años 60. Se habían hecho con un prestigio y una sólida fortuna. Invitados por Joaquín Rivero a adquirir un pequeño paquete de acciones en Metrovacesa, terminaron convirtiendo esas acciones en la punta de lanza de una larga batalla por dominar esa empresa, la primera inmobiliaria de España. Su empeño por superar otras propuestas encareció la compra. Terminó cambiando acciones por deuda y no fue suficiente: el negocio familiar pagó la factura y entró en concurso de acreedores. Sus acciones en Metrovacesa se han reducido a poco menos de un 2% -
Enrique Bañuelos. Resurrección en Brasil
Astroc surgió como una pequeña inmobiliaria en el litoral levantino, presidida por un joven y desconocido empresario nacido en Sagunto (1966), Enrique Bañuelos.
Bañuelos tenía grandes planes para Astroc. Sacó a bolsa la compañía y la convirtió en la estrella del parqué con una revalorización que llegó a alcanzar el 1.000%. En 2006 Bañuelos entraba en la lista Forbes de los hombres más ricos. La buena racha se torció. Dejó España y se marchó a Brasil donde fundó la inmobiliaria Veremonte, con la que pretende levantar una ciudad sanitaria en Sao Paulo. Ahora ha diversificado y ha entrado en el sector agroindustrial. Domina la sociedad Vanguarda Agro, el mayor grupo industrial de Sudamérica. Pretende entrar también en el sector de la energía. -
Rafael Santamaría. Una mala apuesta de última hora
La sociedad inmobiliaria que Rafael Santamaría (padre) fundó en 1970, fue el germen de una pequeña constructora que se convertiría en promotora. Rafael Santamaría (hijo) transformó su herencia en el imperio Reyal Urbis.
Dueño de Rafael Hoteles, este aparejador, que fue presidente de la patronal de promotores de Madrid (Asprima), ha hecho el grueso de sus negocios en el sector inmobiliario. Su amistad con José Bono, el presidente del Congreso, ha terminado relacionándole con informaciones de supuestos tratos de favor. Su gran operación se produjo en 2007. Reyal engulló Urbis, la inmobiliaria de Banesto. La operación coincidió con el reventón de la burbuja inmobiliaria. Ha renegociado tres veces su deuda y acaba de salvarse de la disolución de la empresa. -
Francisco Hernando. El hombre que soñó una ciudad
Francisco Hernando, conocido como El Pocero, empezó desde abajo, limpiando fosas, cañerías, poniendo ladrillos y construyendo casas. Con los años fue extendiendo sus actividades en los alrededores de Madrid (Villaviciosa de Odón, Boadilla...) al tiempo que esa expansión iba relacionada con incidentes escandalosos y con denuncias de alcaldes que se sentían amenazados por él. Su gran obra iba a ser Seseña y fue otro escándalo: una ciudad con 13.500 viviendas. El proyecto quedó inacabado. Le dejó las viviendas vacías a los bancos y vendió sus dos yates, el Clarena I, adquirido por Villar Mir en 30 millones, y el Clarena II, con el doble de eslora del Fortuna de la Casa Real, comprado por un sudamericano por 58 millones.
Luis Nozaleda. Una mala pasada en la bolsa
Luis Nozaleda, presidente del grupo Nozar, un conglomerado de empresas propiedad de la familia Nozaleda, llegó a figurar en el puesto número 36 de los hombres más ricos de España según la revista Forbes. Había invertido en las compañías cotizadas que mejor marchaban en bolsa, entre ellas Colonial, Astroc y Aisa. El valor de sus acciones en el mercado llegó a alcanzar los 1.000 millones de euros, según algunas fuentes. Pero llegó el hundimiento de estas compañías y esa valoración se evaporó. Compró valores y compró suelo en el peor momento. Luego llegaron el concurso de acreedores y una dramática venta de los numerosos activos de la empresa. Pasa por ser el de comportamiento menos soberbio de aquellos magnates.

Por LUIS GÓMEZ   from elpais.com   06/11/2011

domingo, 30 de octubre de 2011

El armario de Benedicto XVI


Foto por AFP from elpais.com

Las decisiones del Papa en relación a su vestuario son todo menos casuales. Tras el desinterés de Juan Pablo II, sorprende la erudición estética de Ratzinger, dueño de un iPod personalizado y varios zapatos rojos (que no son de Prada).
Desde el momento en que fue proclamado papa, el 19 de abril de 2005, tres días después de cumplir los 78 años de edad, Joseph Ratzinger dejó claro que en el terreno estético el suyo no sería un papado continuista. Mientras su antecesor, el polaco Karol Wojtyla, había dado pruebas, a lo largo de sus casi 27 años de reinado, de un desinterés total por el corte de sus casullas, siempre vulgares, Ratzinger cuida hasta el último detalle de su indumentaria eclesiástica y litúrgica. Hasta el punto de que cada uno de sus atavíos es una declaración de intenciones, una manifestación de sus preferencias por los ritos preconciliares.
En sus primeras Navidades como sumo pontífice apareció en público con el camauro, un gorro de terciopelo escarlata forrado de armiño que no se había visto en el Vaticano en todo el siglo XX, con la única y breve excepción del uso esporádico que le dio Juan XXIII. El pintor Rafael inmortalizó al papa Julio II, que reinó al inicio del siglo XVI, luciendo uno, aunque Benedicto usa una versión actualizada. Los que pensaron que era un golpe aislado de osadía papal quedaron decepcionados al verle poco después, impecable, con otra pieza de museo: una muceta de terciopelo rojo, forrada también de armiño, sobre un roquete (especie de camisola corta) rematado en encaje antiguo. En septiembre de 2006 se protegió del sol con el saturno, sombrero rojo de fieltro, bordado con motivos vegetales en hilo dorado, que Wojtyla usó rara vez.
Ratzinger está convencido de que la magnificencia sirve para comunicarse con el misterio, con la divinidad. Si para su antecesor lo importante era la cantidad: congregar a millones de fieles en cada viaje apostólico, para Benedicto XVI, como ha dicho Guido Marini, responsable de las ceremonias papales, "lo importante es la belleza y la dignidad, componentes esenciales de toda celebración litúrgica".
Ratzinger, que antes de ser papa fue durante 25 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), en Roma, se ha dejado contagiar quizá por la cultura de un pueblo que adora la belleza, y donde el gusto por la ropa alcanza también a las filas del clero. Para atender las enormes necesidades indumentarias del cuartel general de la Iglesia hay multitud de negocios de moda religiosa en torno al Vaticano y al Panteón, cada uno con sus páginas web, donde se ofrecen catálogos de temporada con casullas sencillas, o de estilo antiguo, en brocados de oro.
Una de las primeras decisiones de Ratzinger fue cambiar de sastre. O, mejor dicho, mantener al que le había confeccionado sus ropas de cardenal, Michele Ombroso, de la firma Euroclero, en lugar de seguir la tradición y confiar su fondo de armario a Annibale Gammarelli, la sastrería que cose la ropa de los papas desde 1793, con la única excepción de Pío XII, que se mantuvo fiel a su sastre. Otras fuentes aseguran que la firma elegida por Benedicto fue la de Raniero Mancinelli, en Borgo Pío, cerca de la plaza de San Pedro.
"Desde luego, nosotros hemos recibido encargos del Papa", confirma al teléfono Raniero, el dueño del negocio. "No creo que Euroclero sea el proveedor de Su Santidad, porque ya no está el viejo sastre, y tampoco Gammarelli". En Euroclero, nadie contesta, mientras Gammarelli lleva años afirmando que su condición de sastre papal no ha cambiado. El Vaticano no aclara estas cuestiones, aunque en 2008, ante los insistentes rumores de que los mocasines rojos que calzaba Benedicto eran de Prada, precisó que el zapatero papal era Adriano Stefanelli, de Novara. La firma milanesa guardó silencio.
Pero Ratzinger no siempre recurre a ropa nueva. Muchas veces echa mano del guardarropa pontificio, repleto de joyas de sus antecesores, aunque no se ha atrevido, hasta el momento, a lucir ninguna de las tiaras pontificias usadas en la coronación de los papas. Y es que la tiara, corona de tres franjas que representa los tres títulos del líder católico: padre de los reyes, rector del mundo y vicario de Cristo, impone. El último pontífice que se colocó tan aparatoso tocado fue Pablo VI, para su ceremonia de coronación, en 1963. Benedicto prefiere la mitra, pero, por si acaso, ha incorporado la tiara a su nuevo escudo papal.
Su intención, dicen sus colaboradores, es establecer un nexo claro entre la tradición y la Iglesia de hoy. Por eso, el Papa liberalizó la liturgia en 2007 con un motu proprio (documento que emana de la propia autoridad del Papa) que abría la puerta a la misa en latín y de espaldas a los fieles. En 2008 levantó además la excomunión a los obispos cismáticos lefebvristas, fieles al rito preconciliar.
Pero Ratzinger no vive de espaldas a la modernidad. Sigue utilizando un papamóvil blindado, regalo de la casa Mercedes, para envidia de BMW o Volkswagen, que le han ofrecido sus modelos. Y Apple le confeccionó un iPod especial en 2006, regalo de los trabajadores de Radio Vaticano, en el 75º aniversario de su creación. En él no se puede escuchar a Bob Dylan, que cantó para su antecesor; solo los programas de la emisora y, dados los gustos de Ratzinger, quiéen sabe si algo de gregoriano.

Por LOLA GALÁN    from elpais.com   29/10/2011