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martes, 4 de junio de 2013

Cómo actuar si te quedas en blanco durante un examen

 
 
Los conocimientos siguen estando en la mente, pero hay que relajarse para que salgan a la luz.
 
 
El estrés provocado por los intensos días de estudio, los nervios, las ganas de acabar los exámenes, el cansancio… Son muchos los factores que se pueden dar a la hora de ponerse delante de esa aterradora hoja que contiene las preguntas que deberemos responder correctamente si queremos aprobar y que, muchas veces, nos pueden jugar malas pasadas.


1.  Antes del examen.
 
Cuando te dispongas a estudiar para los exámenes, es muy importante que entiendas el temario a la perfección, ya que estudiar las cosas de memoria sin entender nada hará que sea más probable que te olvides de todo y, además, no te aportará nada. Por otra parte, también puedes utilizar diversas técnicas para aprenderte los temas, como hacer resúmenes o esquemas. Estas fórmulas te ayudarán a tenerlo todo más claro y a estructurarlo en tu mente, de tal forma que, a la hora de ponerte delante del examen, tendrás las ideas más ordenadas y será menos probable que te quedes en blanco.
 
2.  Lee todas las preguntas.
 
Antes de empezar a contestar o a ponerte nervioso porque no recuerdas la respuesta de la primera pregunta, lee todo el examen al completo detenidamente. Después, vuelve a leer las preguntas una por una e intenta ordenar las respuestas en tu mente. Esto te puede ayudar a recordar y a hacer las cosas de una forma más tranquila y sin nervios.
 
3.  Escribe.
 
Ya ha llegado el momento de contestar el examen. Tienes la hoja delante con todas las preguntas, pero, de repente, sientes que no te acuerdas de nada, tu mente se ha quedado en blanco. Ante todo, no pierdas la calma y ten en cuenta algo muy importante: lo que has estudiado está en tu mente, por lo que todo es cuestión de que te relajes, porque los conocimientos los tienes, aunque tus nervios los hayan bloqueado. Ante esta situación, puedes coger una hoja en blanco y escribir. Empieza a escribir algo que te suene en relación al temario. Muchas veces empleando esta técnica se empieza a recordar todo y al final podrás estructurar todas las cuestiones adecuadamente e ir contestando todas las preguntas.
 
4.  Pasa a la siguiente.
 
Si te quedas atascado en una pregunta no inviertas mucho tiempo en ella. Pasa a la siguiente y ya volverás con la otra más tarde. Ten en cuenta que en un examen el tiempo es oro y que es mejor asegurar otras preguntas cuya respuesta sepas desarrollar que perder varios minutos intentando recordar una en concreto. Además, en muchas ocasiones la respuesta a esa pregunta que se te resiste aparece mientras estás contestando otras.
 
5.  Relájate.
 
Si después de probar con estas técnicas sigues en blanco, intenta relajarte, ya que el principal problema de este fenómeno son los nervios. Deja el bolígrafo sobre la mesa, cierra los ojos y respira profundamente durante un par de minutos para dejar a un lado los nervios y poder concentrarte en las preguntas y en sus respuestas.
 
6.  El ambiente.
 
Aunque no lo parezca, estar cómodo a la hora de realizar un examen es fundamental para tu concentración. Si te has sentado al lado de la ventana y tienes calor o frío o el aparato del aire acondicionado te pega directamente y te molesta, pídele al profesor si puedes cambiarte de sitio. Así estarás más cómodo y podrás concentrarte mucho mejor.
 
 
 

viernes, 31 de mayo de 2013

Una urgencia médica cada 604 vuelos

 
 
Presentado el estudio epidemiológico más amplio que ha analizado los problemas médicos en aviones comerciales.

"Les habla el comandante, tenemos una emergencia médica; si hay un médico a bordo, le rogamos que se identifique ante el personal de cabina”.

Un mensaje como este se repite una media de 120 veces al día en algún lugar del mundo, según el más amplio estudio epidemiológico que ha analizado las urgencias médicas a bordo de aviones comerciales. Las urgencias, concluye el estudio, afectan a uno de cada 604 vuelos y obligan a realizar un aterrizaje de emergencia en uno de cada 8.274 trayectos.

Pero el interés de los autores del estudio, especialistas en urgencias de la Universidad de Pittsburgh (EE.UU.) que asisten desde tierra a tripulaciones que deben gestionar emergencias médicas, no es sólo estadístico. “Los médicos u otros profesionales de la salud son requeridos a menudo para prestar asistencia, a pesar de que tienen una preparación o una experiencia limitada en estas situaciones”, escriben en la revista The New England Journal of Medicine, donde presentan sus resultados.

El estudio pretende concienciar a los profesionales de la salud sobre la posibilidad de tener que intervenir algún día en una urgencia durante un vuelo; explicarles cuáles son las emergencias más comunes y más graves con las que se pueden encontrar; y ofrecerles unas pautas de actuación para prestar una buena asistencia.

Las más comunes son los síncopes –o desmayos- o presíncopes, que representan más de un tercio de las emergencias médicas en aviones y que en la mayoría de casos se resuelven espontáneamente en cuestión de minutos. La baja presión en cabina, en comparación con la presión atmosférica en el aeropuerto de origen del vuelo, explica que algunas personas experimenten una sensación de vahído al reducirse la cantidad de oxígeno que llega al cerebro.

En estas situaciones, los especialistas de Pittsburgh recomiendan verificar que la persona afectada tiene pulso y que respira; llevarla a un pasillo del avión o a algún lugar donde pueda estar estirada boca arriba; levantarle las piernas para favorecer que la sangre circule hacia el cerebro; y administrarle oxígeno.

Si el pasajero es diabético, además se aconseja medir el nivel de glucosa en sangre con un glucómetro.

Más graves suelen ser las urgencias cardiacas, que ocurren en uno de cada 7.600 vuelos aproximadamente. La mayoría de estas urgencias pueden gestionarse con fármacos que suelen encontrarse en el botiquín de los aviones, como aspirina o nitroglicerina. En una minoría de casos, puede llegar a requerirse un desfibrilador.

Sólo en uno de cada 200.000 vuelos llega a producirse un paro cardiaco, según los resultados de la investigación. Pero, cuando esto ocurre, es la urgencia médica más crítica que puede ocurrir en un avión. De las 38 personas que sufrieron paros cardiacos analizadas en el estudio, 31 murieron.

Los especialistas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh defienden que está justificado un aterrizaje de emergencia en aquellos casos en que la vida del paciente o el riesgo de secuelas graves dependan de un traslado rápido a un hospital, como un infarto de miocardio o un ictus. Pero no la defienden en casos en que el problema pueda gestionarse a bordo sin riesgo de secuelas como la gran mayoría de síncopes, las crisis epilépticas o los cuadros de náuseas y vómitos.

Aun así, los síncopes causan un 25% de los aterrizajes de emergencia por causa médica; las crisis epilépticas, un 9,5%; y las náuseas y vómitos, un 6,4%.

Las urgencias ginecológicas u obstétricas, muy aparatosas, sólo afectan a uno de cada 120.000 vuelos, un dato que “refuerza las recomendaciones actuales de que los viajes aéreos son seguros hasta la semana 36 de gestación”, destacan los investigadores.

El estudio se ha basado en revisar datos de todos los vuelos de cinco grandes compañías aéreas a lo largo de dos años y diez meses. Estas cinco compañías representan el 10% del tráfico mundial de pasajeros.

En casi la mitad de los vuelos afectados (un 48,1%), se presentaron médicos voluntarios para prestar asistencia a los pasajeros enfermos. En otro 20,1% fueron enfermeras quienes ayudaron. En un 4,4% fueron otros trabajadores de servicios de urgencias, como conductores de ambulancias. Y en el 27,4% restante fue el propio personal de cabina quien se responabilizaron de la asistencia, asesorados por especialistas en urgencias desde tierra.

Según los autores de la investigación, “los pasajeros aéreos que son profesionales de la salud deberían ser conscientes de su rol potencial como colaboradores voluntarios ante emergencias médicas durante un vuelo. (…) Aunque no hay una obligación legal de intervenir, creemos que tienen la obligación moral y profesional de actuar como buenos samaritanos”.

 
Josep Corbella Barcelona  30/05/2013 - 19:00h | Última actualización: 30/05/2013 - 19:51h
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http://www.lavanguardia.com/vida/20130530/54374510742/urgencia-medica-cada-604-vuelos.html#ixzz2Uoigr8bw

jueves, 30 de mayo de 2013

Las 7 claves de la sabiduría que todas las religiones de la historia han compartido

 
 
FRÉDÉRIC LENOIR Y EL ALMA DEL MUNDO
 
 
El ser humano ha obtenido sus derechos, pero ahora tiene que descubrir sus deberes.

El último fenómeno literario francés no tiene como protagonista ningún código secreto de la época renacentista o las correrías sexuales de ninguna mujer de mediana edad, sino la crisis de valores de la sociedad actual y de la búsqueda que debe emprender el hombre para salvarse. El alma del mundo (Ariel) de Frédéric Lenoir se ha alzado al número uno de la lista de ventas francesas después de despachar más de 200.000 ejemplares, y ahora desembarca en España, cual Siddharta (Herman Hesse) del siglo XXI. El autor ha atendido a El Confidencial para presentar este libro que, en sus propias palabras, es la historia de su vida. “Descubrí la filosofía cuando era adolescente, y más tarde viajé a la India. Leí a los grandes místicos cristianos, indios y musulmanes, y todo esto formó una especie de síntesis de las claves de la sabiduría”, y es precisamente esa síntesis la que conforma el eje central de su novela.
 
Estamos viviendo el final de un mundo que se fundó hace 2.000 años y que se había basado en grandes ideologías, primero religiosas y luego, políticas y científicas”, explica Lenoir. “Asistimos al final de las certidumbres y por ello la gente se está haciendo preguntas, ya que sabe que no hay verdades absolutas sobre la tierra”. En este estado de las cosas, las consecuencias pueden ser devastadoras. Por un lado, “porque hay gente que tiene miedo y vuelve a las certidumbres, como los fundamentalistas”.
 
Lenoir cree que esta encrucijada puede dar lugar tanto a lo mejor como lo peor. El peor de los escenarios posibles sería aquel en el que triunfase “el consumismo, en que el dinero fuese el rey, lo que daría lugar a un mundo individualista, egoísta, narcisista, donde no podríamos vivir juntos”. ¿Y el mejor? Aquel que presenta como posible en El alma del mundo: “un mundo en el que iríamos más allá del consumismo para adentrarnos en una búsqueda de la vida interior en la que la persona pueda desarrollar sus capacidades. Es la época de la responsabilidad. El individuo se ha emancipado de las tradiciones y los grupos y ha conseguido sus derechos, pero ahora tiene que descubrir sus deberes hacia los demás, hacia la sociedad, hacia el planeta…”
 
Se trata de una situación semejante a aquella que tuvo lugar durante el Renacimiento italiano, y que “se vivirá con dolor”. “Cuando hablamos del siglo XV, hablamos de los avances del Renacimiento, pero entonces la gente tenía la sensación de estar viviendo el final del mundo”, al igual que ocurre en este momento. “Todas las creencias habían caído y había guerras de religión. Pero, al mismo tiempo, nació un nuevo mundo con nuevas preguntas, con la ciencia y la emergencia de nuevos órdenes políticos. Creo que actualmente estamos viviendo una época similar de desmoronamiento de referencias y aparición de otras nuevas, con todos los riesgos y oportunidades que esto comporta”.
 
Lo que importa, indica Lenoir, no es tanto la práctica de la religión o la creencia en un Dios como buscar “en su patrimonio espiritual” y la acumulación de experiencias y testimonios que las grandes ramas de la sabiduría tienen en común, y que se reflejan en El alma del mundo. “Nuestro mundo es materialista y lo que hacen falta no es más religión, sino más espiritualidad. Al individuo le hace falta más vida interior”. Lenoir agrupa en siete puntos esas claves que proporcionan los sabios a los protagonistas del libro.
 
Las siete claves de la sabiduría
 
 
Del sentido de la vida

Llama la atención en la obra de Lenoir la gran importancia que concede a la espiritualidad oriental. En su opinión, “Occidente ha desarrollado durante siglos un domino del mundo exterior a través de la ciencia y la técnica. Todos estamos condicionados por la revolución tecnológica”. Sin embargo, esta evolución ha producido un déficit de espiritualidad en el que Oriente nos aventaja con mucho. “Por el contrario, Oriente, que no ha desarrollado ese dominio de igual manera, ha conseguido ayudarnos a comprender nuestro mundo interior”.
       
La idea preconcebida que comparte la mayor parte de la gente es que “el ser humano será feliz si consume más objetos”, indica Lenoir. Lo que es una “mentira”, ya que “debido a la lógica del consumo vamos a querer cada vez más. Para escapar hay que pasar del “tener” al “ser”, y del “siempre más” al “siempre mejor”. “Todos conocemos mucha gente que tiene un montón de objetos que sigue siendo infeliz, agresiva y que no ha resuelto sus problemas personales”, explica el director de la revista Le monde des religions.
 
Ello hace que Lenoir se preocupe especialmente por los jóvenes, como son los protagonistas de su novela, Tanzin y Netina, los auténticos receptores de todo ese acervo de sabiduría. “Son los que están más sometidos a la publicidad. Los grandes sacerdotes ya no están en las iglesias, son los publicistas. Un publicista francés, Jacques Ségéla, dijo que si no tenías un Rolex a los 50 años es porque habías desperdiciado tu vida. Eso es falso, pero los jóvenes piensan que si no tienen determinada marca de zapatillas, el último modelo de teléfono, ordenador, etc., están descalificados socialmente”.
 
Del cuerpo y del alma

Lenoir señala, haciendo buena la fórmula mens sana in corpore sano, que no hay que despreciar ni la parte física ni la psíquica de nuestra naturaleza. El autor cita las célebres frases de François Rabelais (“ciencia sin conciencia es la ruina del alma”) o de André Malraux (“la revolución será espiritual o no será”) para poner de manifiesto esa importancia de lo interior, también herencia de las enseñanzas orientales. “Nos ayuda a buscar la felicidad no sólo en las cosas materiales sino dentro de nosotros mismos. Oriente nos lleva hacia esa profundidad espiritual que solía tener el cristianismo, pero la religión cristiana se ha concentrado demasiado durante los últimos siglos en la exterioridad del dogma y no en la experiencia interior”.
      
Lenoir considera que “en el mundo en el que vivimos el valor supremo es el dinero”, y que por esa razón la crisis nos ha pillado desprevenidos. “Desde el final de la Segunda Guerra Mundial no habíamos vivido un período de decrecimiento como este en el que nuestra propia situación es muy precaria y nuestros hijos seguramente ganarán menos dinero que nosotros”. Por eso, indica el autor de La promesa del ángel, “si nuestro único valor es el dinero, viviremos en el drama”.
 
 
Abre tu corazón

En esa sociedad consumista, hemos trasladado los mismos criterios de coste y beneficio a las relaciones personales que mantenemos con los demás. “El consumismo es la idea de que las personas son como objetos intercambiables, que cuando ya no aportan el placer del que habíamos tenido durante un tiempo, y cambiamos, los tiramos”.
       
Aun así, Lenoir reconoce que en toda relación amorosa “hay una parte de egoísmo y una de altruismo”, puesto que es la lucha constante en toda pareja. “Hay cosas que necesitamos y que vamos a buscar en la otra persona, que nos proporciona placer, seguridad y nos hace crecer, lo que sería una forma de egoísmo, pero al mismo tiempo le damos algo, le queremos por lo que es, tenemos ganas de que le vaya lo mejor posible”. Sin embargo, dependiendo de a qué lado se incline la balanza, así marchará la relación. “Las relaciones evolucionan en este equilibrio frágil de egoísmo y altruismo. Cuando el altruismo es más fuerte, la pareja es cada vez más profunda y sólida. Cuando el egoísmo es más fuerte, la relación es más frágil, porque esperaremos que nuestra pareja siempre nos vaya a dar lo máximo”.
 
 
Las cualidades que debemos cultivar y los venenos que debemos desechar

En ocasiones, nos dejamos llevar por los impulsos negativos, como pueden ser la envidia, el odio, la injusticia o la corrupción, cuando realmente deberíamos impulsar “lo bueno, justo y luminoso”, es decir, el asombro, el esfuerzo, la dulzura, el buen humor, la alegría, la jovialidad, la generosidad, el coraje… ¿Pero no vivimos en una sociedad que premia a aquellos que peor se comportan? “Es excesivo afirmar eso”, indica Lenoir, que utiliza el ejemplo de Italia y Silvio Berlusconi para señalar que “es cierto para una parte de la población, creen que lo que cuentan son los fines, no los medios”. Pero al mismo tiempo, “hay otra mitad que defiende los valores exactamente opuestos”.
      
Siguiendo esa visión dualista del mundo, en la actualidad existen “dos sistemas de valores que se enfrentan. Uno, individualista, que está destruyendo las sociedades y que defiende utilizar métodos ilícitos, y otro que apuesta por la justicia y la verdad, que son valores eternos y que están presentes en todas las culturas”. Precisamente, Lenoir admite que la principal motivación para escribir este libro era mostrar que la bondad y el amor son universales, y que por ello, debemos rescatarlos en este preciso momento.
 
 
De la verdadera libertad

¿Es el hombre libre?, se preguntan los protagonistas del libro. Estamos condicionados por multitud de pulsiones, instintos, miedos, necesidades vanas y la mirada de los demás, elementos que nos limitan y nos ponen barreras. “Lo que necesitamos para ser libres, frente a las ideologías materialistas, consumistas, la presión de los modelos culturales es la razón y la filosofía, trabajar con uno mismo para conocerse mejor, dominar las propias pulsiones y pasiones y de esa manera ser libres”.



De la aceptación de lo que es

Una de las últimas enseñanzas que proporcionan los personajes de la novela es que la felicidad y la infelicidad se encuentran dentro de nosotros; una idea ampliamente difundida pero que no ha impedido que esta sea una de las sociedades más infelices de la historia del hombre. ¿Por qué? “En un mundo tradicional, la gente es mucho más feliz porque no se hacen muchas preguntas y hay redes de solidaridad y sentido que unen a los individuos. Cuando abandonamos este mundo por el moderno, el de la felicidad individual, descubrimos la euforia de la libertad política, la posibilidad de escoger un oficio, experimentar una sexualidad libre, pero se han perdido esos vínculos de solidaridad, comunión y sentido que daba la religión. El hombre moderno debe volver a encontrar esos vínculos”. Ello ha dado lugar a una paradoja, “porque hay mucha gente que a pesar de la libertad le faltan el amor y la fraternidad. Debemos intentar unir los dos”.
      
¿Hemos perdido más de lo que hemos ganado por el camino? Lenoir se lo piensa. “No quisiera vivir en un universo tradicional cerrado. Prefiero la libertad política, vivir en un país democrático donde pueda expresar mi singularidad sin que haya barreras políticas respecto a lo que puedo ser y pensar”, reconoce Lenoir. “Al mismo tiempo, tengo conciencia de que hay gente que no tiene esa libertad,  que vive en sociedades tradicionales y quizá sea más feliz que yo. No podemos renunciar a la libertad una vez que la hemos conocido”.
 
 
Del arte de vivir

En definitiva, lo que el filósofo defiende es una reivindicación de la “filosofía y la espiritualidad” más que de la religión, ya que “en ella hay una dimensión colectiva e identitaria que puede crear violencia”.
 
 
 29/05/2013   (06:00) from El Confidencial