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martes, 28 de julio de 2026

Hemofilia, escándalos sexuales y bulos: Rasputín y la maldición de los zares Nicolás y Alejandra



Grigori Rasputín en torno a 1910. 
(Getty/Topical Press Agency)



El historiador británico Antony Beevor publica 'Rasputín y la caída de los Romanov' (Crítica) y explica en una entrevista a El Confidencial algunas de las tesis nuevas sobre los zares y su final



Durante una de las cacerías que el zar Nicolás II adoraba compartir con su séquito en los bosques de Spala junto al río Pilica, en los antiguos dominios del imperio ruso en Polonia, el zarevich Alekséi que contaba apenas con ocho años sufrió una hemorragia incontrolable entre la ingle y el muslo. La hemofilia del ansiado heredero de los zares, que había nacido por fin en 1904 después de las cuatro hijas que había tenido la emperatriz Alejandra, era un secreto que apenas nadie conocía y su salud, la mayor obsesión de la pareja. Alekséi había tenido ya varias crisis pero aquella parecía que le acarrearía definitivamente la muerte. Durante varios días estuvo agonizando y perdiendo la consciencia entre gritos de dolor y exclamando a ratos: "¡Señor, ten piedad!" a pesar de su corta edad. Nicolás no aguantaba en la habitación y corría llorando a menudo a su despacho en el sombrío y húmedo pabellón de Spala.

En medio de la agonía y la también desesperación de la emperatriz Alejandra, llegó el telegrama que ella misma le había rogado a Rasputin que le enviara ya que se encontraba en Siberia. El mensaje tranquilizador del santón y lujurioso gurú que ya escandalizaba a una parte de la corte expresaba confianza en la recuperación de Alekséi y pedía que se apartara a los médicos. El zarevích milagrosamente mejoró justo después del mensaje de Rasputín, y nada le importaba más a la emperatriz Alejandra que la salud de su hijo. Sin ni siquiera estar presente, el influjo del gurú espiritual convenció a la zarina aún más de su santidad, por lo que Rasputín resultaría intocable a partir de entonces.

¿Cómo había sido la ascensión de esa especie de peregrino místico casi analfabeto, salido del campo profundo de la Rusia casi feudal –en pleno siglo XX– hasta el punto de convertirse en la mayor influencia de los zares? Casi diez años antes, hacia 1903, Rusia seguía prácticamente anclada en ese absolutismo de la Europa del XIX cuando apareció por San Petersburgo el mujik –campesino– Grigori Rasputín, que acabaría por poner la puntilla a la inmadura y demencial corte zarista y a los gobiernos representativos de Rusia surgidos de la Duma de 1905, el primer parlamento. El país era ya un polvorín por la brutalidad de una sociedad totalmente rota. Mientras en los suburbios de San Petersburgo "la única libertad de la que podía gozar la clase popular era la del círculo más bajo del infierno, habitado por el lumpen de los desempleados, un mundo subterráneo de prostitución infantil, robos y peleas de borrachos, donde la existencia era peor que en cualquier página de Dickens, Hugo o Zola". Mientras tanto, las noches de los sábados la nobleza y la alta burguesía cortesana, "acudían en tropel al Théâtre Français, donde los escotes descarados de los atuendos quedaban compensados por la abundancia de joyas. Luego, una parte del público se reencontraba en el restaurante Cuba o en El Oso, con su famosa orquesta rumana, y bailaba hasta las tres de la madrugada. Algunos oficiales del Cuerpo de Guardias Imperiales aguantaban hasta el amanecer en compañía de cortesanas, esas ‘mariposas humanas cuyas alas se chamuscan en las llamas del placer’".

Así lo describe el historiador británico Antony Beevor, especialista de la Segunda Guerra Mundial y quien en su nueva obra, Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica), ha querido resolver la gran pregunta sobre el gurú de la corte y desvelar la historia de la siempre desconcertante y apasionante última corte zarista, continuando así su estudio de Rusia iniciado en 2022 con Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921 (Crítica).


placeholderCubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.
Cubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.

¿Había algo nuevo que contar sobre la caída de los zares y el influjo de Rasputin después de las múltiples biografías de los últimos años y del reciente éxito de Los Romanov (Crítica) del también historiador británico Simon Sebag Montefiore? Hay, desde luego, diferencias. Para empezar, una apreciación interesante que apuntala una de las tesis del libro de Beevor: si en España, por ejemplo, el trío Godoy-María Luisa de Parma-Carlos IV que resultó fatal un siglo antes era real a pesar de las exageraciones de los fernandinos sobre los amantes y el apetito sexual de María Luisa de Parma, en el caso de Rasputín y Alexandra el supuesto escándalo de sus relaciones sexuales era claramente un invento. Una serie de fake news según Beevor en torno a la zarina y al mujik que, sin embargo, tuvieron el mismo efecto: la simple idea de la influencia y el acceso íntimo de Rasputín a la familia real, unido a su merecida fama de libertino y mujeriego –que él mismo desató, aunque fuera de la corte– asentaron la creencia popular sobre los cuernos del zar Nicolás II, que serían una losa: "el zar de todas las Rusias apareció ante su pueblo como un cornudo débil y complaciente. En una sociedad profundamente patriarcal, esas impresiones, por falsas que fueran, destrozaron el mito del poder de los Romanov", tal y como explica en Madrid a El Confidencial Antony Beevo. La imagen de los Romanov era tan terrible que " cuando estalló la Revolución de Febrero en 1917, apenas se alzó ni una sola espada en defensa del zar", destaca el historiador.

Hay bastantes cuestiones más, como por ejemplo en torno al asesinato de Rasputín el 17 de diciembre de 1916 y la conspiración de un parte de la nobleza rusa, liderada por el príncipe Félix Yusupov, sobre la que Beevor descarta la participación británica del MI6 que habían asegurado antes el historiador Andrew Cook y que recogió también Simon Sebag Montefiore. Está además el retrato de la contradicción de un Rasputin dominado por su deseo sexual irrefrenable y la capacidad de seducción y sugestión que logró entre las mujeres de la alta sociedad rusa, las rasputiniéres, debido a lo que Beevor define como un "escaso afecto dentro de la mayoría de los matrimonios aristocráticos". Una condición que le otorgaría una ventaja y un poder de influencia notable "al ser el único hombre que realmente las entendía en aquella sociedad espantosamente patriarcal", que convirtieron al santón en un personaje incómodo en gran medida en San Petersburgo, al mismo tiempo que ganaba cada vez más poder de la mano de una cegada zarina Alejandra, tomando decisiones en el gobierno que tendrían su efecto en la Revolución de Febrero: "sin Rasputin no habría habido un Lenin", tal y como expresó Kerensky y como asume el historiador británico.


placeholderLa emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)
La emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)

Si algo queda claro en la obra de Beevor es que cuando Rasputín llegó a San Petersburgo, la corte era un campo abonado para los gurús desde hacía años, que es lo que llevaría a la verdadera tragedia de los Romanov. La "inmadura pareja imperial", como la describe el británico llevaba de hecho tiempo buscando exactamente la clase de influencia que Rasputín ofrecería después. El precedente fue ‘Monsieur Philippe’, un supuesto médico de Lyon sin titulación oficial que llegó a Rusia en 1901 presentado por las hermanas de la nobleza montenegrina Militsa y Stana, aficionadas al espiritismo y apodadas en la corte "los Cuervos", y que serían las mismas que años después introducirían a Rasputín a los zares. Philippe fascinó de inmediato a Nicolás y Alejandra hasta el punto de que el gran duque Serguéi anotó en su diario que la pareja imperial regresaba de sus sesiones "en estado de exaltación, casi de éxtasis, con el rostro radiante y brillo en los ojos", tal y como describe Beevor. Entre sus promesas estaba por ejemplo la de ayudar a la zarina a concebir el tan ansiado heredero varón que se le resistía después de haber parido a cuatro niñas. Philippe le indujo de hecho lo que resultó ser un embarazo psicosomático, un engaño que terminó en escándalo. La cuestión del heredero, que sería crucial, "la verdadera fuente de la influencia de Rasputín sobre los zares" según Beevor y que alcanzaría su punto álgido años después en Spala cuando se convertiría en intocable para la emperatriz para disgusto de una parte de la corte.

El contexto para la aparición de Rasputín, lo resumió a la perfección el general Pável Kurlov, viceministro del Interior, tal y como recoge el historiador: "San Petersburgo estaba repleta de personajes de ese estilo. De hecho, no había muchas casas aristocráticas que no poseyeran su propio Rasputín o su Mitia u otra figura similar. La Matriona ‘la descalza’, el ‘loco bendito’ Mitia Kozelski –recibido en la corte descalzo y harapiento, emitiendo sonidos incomprensibles que un intérprete "traducía": No eran más que predecesores de Rasputín durante la moda de la mística que comenzaba a arrasar en la alta sociedad de San Petersburgo.


placeholderEl historiador Antony Beevor. (Cedida)
El historiador Antony Beevor. (Cedida)

¿Por qué necesitaba la más poderosa familia del mundo a un campesino siberiano para gobernar? La cuestión del zarevich fue crucial y cualesquiera de los escandalosos rumores que se le achacaron a Rasputín –muchos de ellos exagerados o directamente inventados según Beevor– caerían en saco roto ante una emperatriz que había establecido esa conexión por su fanatismo espiritual y la protección que parecía brindar el santón a la familia. A partir del milagro de Spala en 1912, Rasputín asentó su poder e influencia en la corte al tiempo que se derramaba por la ciudad su incontrolable pasión por las juergas y el sexo. "Lo triste era que su inteligente mujer sentía que era víctima de su propia lujuria. Existía siempre esa noción [de los Khlysty] de que el cuerpo debe pecar para que el alma se salve", comenta Beevor. Lo cierto es que existía una doble vara de medir para ese erotomaníaco que era Rasputín: con las mujeres de la alta sociedad, ese juego de seducción; y con las de clase baja abusos y agresiones también en muchos casos tal y como recoge Beevor en su obra. Sin embargo, el historiador matiza a El Confidencial que lo fascinante era esa contradicción es que era real: "era un charlatán manipulador pero su espiritualidad era bastante genuina".

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la decisión del zar Nicolás II de después de trasladarse al frente en parte aconsejado por la zarina y Rasputín que desconfiaban del gran duque Nikolai y los nobles más ultraderechistas que ya recelaban abiertamente de Rasputín supuso el cénit del poder del gurú que se cobraba además los servicios de su influencia para nombramientos, favores y demás apelando a la zarina. Es también el momento álgido de la propia Alejandra y su ambición en el gobierno aprovechando la ausencia del zar ¿Era un poder compartido? "Es muy difícil, porque no es que uno dominara al otro" explica Beevor, "él era el que sugería a menudo, y eso es lo más importante cuando se trata del nombramiento de ministros". La cuestión fue crucial porque tal y como explica el historiador británico "lo que llevó a la revolución de febrero de 1917 fue el nombramiento de Protopópov en septiembre de 1916, tres meses antes de que estallara. El caos en los ferrocarriles que causó el ministro es lo que detonó directamente a la revolución al desabastecer a la población de pan, que sería el último motivo para los motines. Y fueron tanto Rasputín como la zarina quienes acordaron que se permitiera a Protopópov controlar los ferrocarriles".

La trampa para asesinar a Rasputín acabó siendo, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto"

Rasputín no llegaría a ver el desastre causado porque en la noche del 16 al 17 de diciembre de 1916 el príncipe Félix Yusúpov, el gran duque Demetrio Pávlovich y el diputado ultraderechista Purishkévich atrajeron a Rasputín al sótano del palacio Yusúpov a orillas del canal Moika con la promesa de presentarle a la bella esposa del príncipe. Una trampa para asesinarle convencidos de que así salvaban a la monarquía, eliminando lo que consideraban el perverso influjo del santón y lujurioso Rasputín y no tanto por el caos de gobierno. Lo que siguió fue, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto". Se escogió el envenenamiento por medio del cianuro en los pasteles, que no hizo efecto, por lo que hubo que recurrir a los disparos. El primero en el sótano no lo mató de hecho y Rasputín subió las escaleras "resucitado".Una escena increíble antes de que pudieran abatirlo con tres disparos más. Posteriormente, se arrojó el cadáver al Nevá sin los pesos que debían hundirlo. Fue una chapuza y un final estrambótico digno del personaje.


placeholderEl cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)
El cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)

La novedad es que Beevor descarta en su libro explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia, hipótesis popularizada en 2004 por Andrew Cook y que Sebag Montefiore recogió como verosímil en Los Romanov. Beevor la considera directamente "teoría conspiranoica" sin respaldo documental en el libro. La explicación que nos da al respecto durante nuestro encuentro con él en Madrid va aún más lejos: el propio jefe del servicio secreto británico en Petrogrado, el teniente coronel Samuel Hoare –que sería posteriormente embajador en España durante la Segunda Guerra Mundial– consideró el plan "demasiado amateur, ridículo y caótico" para implicarse, y se ocupó de que Rayner no estuviera en la ciudad aquella noche. Los británicos dejaron hacer, convencidos de que saldría bien, pero el tiro de gracia lo disparó Purishkévich.

Beevor descarta explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia contra Rasputín

El final de Rasputín no evitó, por supuesto, la caída de la monarquía. Tal y como explica Beevor este destino se había labrado mucho antes con las decisiones de Nicolás y Alejandra y el propio gurú. Al final, el sueño premonitorio de la emperatriz viuda del zar Alejandro III, María Fiódorovna, que aseguraba que un mujik asesinaría a su hijo fue solo en parte cierta: serían varios mujiks con la Revolución de Febrero y en última instancia, en Ekaterimburgo cuando la familia fue fusilada al completo en 1918.


miércoles, 22 de julio de 2026

Anna Jarvis, la mujer que inventó el Día de la Madre y se arrepintió


Anna Jarvis realizó una campaña incesante para lograr oficializar la fecha del Día de la Madre.

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La celebración del Día de la Madre puede variar de fecha según el país, pero son escasos los lugares del mundo que no lo conmemoran.

En el continente americano se suele celebrar mayormente en mayo -el segundo domingo de ese mes- aunque otros países como México, Guatemala y El Salvador lo hacen días antes.

Sea cuando sea, esa tradicional fecha se ha convertido en una de las ocasiones del año más importantes para el comercio, particularmente el de tarjetas, flores, chocolates, restaurantes y ventas de otros artículos para mamá.

Muchos son los hijos, nietos, hermanos y parejas que tienen muy presente el día, pero pocos conocen la historia de cómo se originó la costumbre de conmemorar el amor materno en una fecha específica.

Campaña en honor a una madre

La tradición viene de los griegos, que al inicio de la primavera homenajeaban a la madre de todos los dioses, Rea, con rituales y regalos.

Pero la oficialización de esa costumbre se inició en el siglo XX, en Estados Unidos, por insistencia de una mujer que nunca fue madre, pero decidió homenajear a la suya.

En 1905 Anna Jarvis empezó una campaña a favor de lo que llamó "Día de las Madres", cuando su propia progenitora, Ann Reeves Jarvis, murió.

Tres años después organizó un homenaje para ella aunque la fecha no fuera un festivo oficial y se convirtió en una activista por la causa.

Su lucha para lograr que se adoptara el día duró años. La motivación de Jarvis provino de una oración que un día su madre le mostró.

"Espero y rezo para que alguien, un día, reconozca un día en memoria de las madres, para celebrar el servicio incomparable que prestan a la humanidad en todas las áreas de la vida", decía.

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Jarvis impulsó una campaña tras la muerte de su madre.

La inspiración también llegó del trabajo que la propia Ann Reeves realizó durante la Guerra Civil de EE.UU.

En 1850, en el estado de West Virginia, creó una especie de grupos de trabajo con mujeres para cuidar de soldados y trabajar por mejoras en la salud pública. Ella denominaba esos días de trabajo como "Día de las Madres".

Anna Jarvis empezó su campaña para reservar un día especial para las madres enviando cartas todos los años a congresistas, gobernadores, celebridades y personas importantes.

Algunos políticos se burlaban de sus esfuerzos diciendo que, si se oficializaba el Día de la Madre, tendrían que instituir también el "Día de la Suegra".

Para 1911, sin embargo, todos los estados de la Unión reconocieron el festivo y, tres años después, se adoptó oficialmente que el segundo domingo de mayo se conmemoraría con un día feriado un homenaje a las madres.

El deseo de Jarvis se había cumplido y ella finalmente se podía enorgullecer de haber sido la "madre" del Día de la Madre.

Sin embargo, poco tiempo después, se dio cuenta de que había "creado un monstruo".

La fecha conmemorativa se convirtió en un excelente pretexto para los comerciantes, que aprovecharon la oportunidad para estimular la compra de regalos.

Giro comercial

La fecha se volvió en el tema principal de las campañas publicitarias al inicio de cada mayo y ganó mucho apoyo dentro de la industria de las flores y las tarjetas.

La historia que había dado origen al Día de la Madres -la lucha que Jarvis por homenajear la labor de su propia madre y de otras mujeres- era el guion perfecto para impulsar aún más las ventas.

Solo que a la gran responsable de la fecha conmemorativa no le gustó el rumbo comercial que se adoptó, por lo decidió boicotear la fecha.

La activista que una vez hizo campaña para la creación de la fecha ahora se movilizaba para eliminarla.

"Jarvis consideraba que el Día de la Madre era su 'propiedad intelectual y legal', y no parte del dominio público", escribió Katharine Lane Antolini, autora de "La conmemoración de la maternidad: Anna Jarvis y la lucha por el control del Día de la Madre".

"Ella aspiraba que ese día fuera un 'día sagrado' que conmemorara a la madre que colocó las necesidades de sus hijos antes que la propia", agregó Antolini.

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La fecha fue adoptada tras la insistencia de Anna Jarvis que, años más tarde, decidió boicotearla.

"Nunca quiso que se convirtiera en un día para dar regalos costosos, como en lo que se volvieron otros festivos al inicio del siglo XX".

Antolini, quien es profesora de estudios de género de una universidad en West Virginia, vive a unos 45 minutos de Grafton, donde está la iglesia que frecuentaban Jarvis y su madre, y que actualmente es el Santuario Internacional del Día de la Madre.

Según las investigaciones de Antolini, Anna Jarvis criticaba a los comerciantes que se "aprovechaban" del evento y los tildaba de "violadores de los derechos de autor, vándalos comerciales y especuladores declarados".

Hasta llegó a realizar protestas contra las florerías, que aumentaban sus precios en el mes de mayo y amenazó con demandar a muchas empresas que lucraban con la celebración.

También criticó la enorme industria de tarjetas con textos impresos que se generó en torno al día, alegando que la manera de demostrar el aprecio y honrar a las madres debería ser a través de cartas personales escritas a mano.

Antolini escribe que hubo organizaciones que intentaron alinear el significado del día festivo con la cambiante percepción de la maternidad en el siglo XX, combinando el aspecto hogareño con el impacto de las madres en la comunidad.

Pero Jarvis también rechazó aceptar esa interpretación.

Antes de morir, en 1948, embargada por las deudas y la depresión, Jarvis le confesó a una periodista: "Me arrepiento mucho de haber creado el Día de la Madre".

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El Día de la Madre es una oportunidad excelente para los comerciantes de tarjetas, flores y otros regalos.

¿Cuánto dinero genera el Día de la Madre?

Como en muchos aspectos comerciales, Estados Unidos lidera las cifras en el consumo de bienes y servicios realizados en torno al Día de la Madre.

Los otros países del mundo no solo han seguido la pauta de celebrar ese festivo sino de incorporar fuertemente la característica económica.

En EE.UU. solamente el comercio del Día de la Madre representa más de US$23.000 millones.

Según sitios especializados, los artículos y servicios no solo van dirigidos de los hijos hacia las madres es esta fecha. Los consumidores están comprándole a todas las mujeres en sus vidas; hijas, hermanas, abuelas, madrinas y otras familiares y amigas.

El negocio de las tarjetas es donde más movimiento hay, seguido del de las flores que tiene en esa fecha sus ventas más espectaculares de todo año (inclusive más que en el Día de San Valentín).

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La portada del libro de Katharine Antolini sobre la historia del Día de la Madre y la lucha de su creadora por eliminar la fecha.

Después le siguen los servicios de salidas especiales, como a restaurantes, y luego vienen las industrias de la ropa y joyería.

Tanto la publicidad como las ventas se inician en las últimas dos semanas de abril y se intensifican la semana anterior al domingo en cuestión, hasta 48 horas antes de día.

Es entonces cuando 18% de los consumidores se deciden a hacer sus compras a precios mucho más elevados.

Pues, como dicen las campañas, el amor de una madre no tiene precio.


    • Redacción
    • Título del autor,BBC News Mundo

martes, 26 de mayo de 2026

¿El 'triunfal' regreso de Merkel? Tras su candidatura para ser la "susurradora" europea de Putin



Angela Merkel, tras recibir la Orden al Mérito Europeo en una ceremonia en Estrasburgo.
 (Europa Press/Sebastien Bozon)



El debate en la Unión Europea sobre unas posibles negociaciones con Rusia ha reabierto la discusión sobre el legado geopolítico de la excanciller alemana


Tras meses valorando la posibilidad de iniciar negociaciones con Rusia para intentar conseguir algún tipo de paz en Ucrania, parece que, finalmente, los ministros de Exteriores de la Unión Europea van a sentarse a discutir la cuestión. Será durante el encuentro que mantendrán la semana que viene en Chipre. Aunque los expertos consideran poco probable que la reunión concluya con una decisión firme, prestarán atención a dos asuntos fundamentales. El primero es qué propuesta se podría plantear ante el Kremlin y el segundo, no menos importante, quién debería encargarse de hacerlo.

Ya se barajan varios nombres. Algunos, como el del antiguo canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, están prácticamente descartados. Más allá de la amistad que le une con Vladímir Putin (en 2014 asistió a su cumpleaños), muchos en Europa consideran sus lazos con empresas rusas una línea roja insalvable. Otros nombres, en cambio, podrían tener cierto recorrido. De ellos destacan ahora mismo tres.

El primero es Alexander Stubb, el presidente finlandés. A favor tiene la contrastada capacidad negociadora de Finlandia, demostrada no pocas veces a lo largo de las últimas décadas y representada por el expresidente Martti Ahtisaari (quien ganó el Nobel de la Paz en el año 2008). Lo que mengua las posibilidades de Stubb es que ahora es el líder de un país de la OTAN. La adhesión de Finlandia a la Alianza Atlántica, motivada por la invasión rusa de Ucrania y sellada en la primavera de 2023, sentó muy mal en Moscú.

El segundo nombre que suena con fuerza es el del italiano Mario Draghi. Tras presidir el Banco Central Europeo, un puesto al que llegó gracias a su experiencia como gobernador del Banco de Italia, y ejercer como primer ministro de su país, Draghi cuenta con el respeto de buena parte de los líderes europeos. Además, se considera un perfil moderado en lo que se refiere a Rusia. No simpatiza con Putin ni con su deriva exterior, pero su perfil tecnócrata le convierte en alguien con cintura negociadora. El problema es que no ha mostrado interés alguno en querer asumir el rol.

Finalmente, se encuentra Angela Merkel. Quien fuera canciller de Alemania bajo la bandera de la democracia cristiana entre los años 2005 y 2021 ha tratado con Putin en innumerables ocasiones. También con Volodímir Zelenski, con quien coincidió durante los últimos dos años de su mandato. Además, lleva una vida relativamente tranquila y parece estar disponible. El principal problema, en su caso, es la controversia que hay en torno a su legado político. Sobre todo, en asuntos como las relaciones con Rusia.

Bajo su liderazgo, por ejemplo, Alemania apostó por el hoy famoso gasoducto Nord Stream 2 y por terminar de abrazar, así, una política energética basada en la dependencia del gas natural ruso. Algo que hoy, a la vista de los acontecimientos, muchos expertos consideran un error estratégico importante. Además, Merkel también se opuso a iniciar el proceso para que tanto Ucrania como Georgia pudiesen ingresar en la OTAN.

“No me parece el perfil idóneo porque ha contribuido decisivamente a la situación en la que estamos”, explica Nicolás de Pedro, analista senior del Institute for Statecraft, durante una conversación con El Confidencial. “Ella no lo admite, pero su apuesta apaciguadora, ese decirle constantemente que sí a Putin, ayudó a que los rusos pensaran que atacar Ucrania era una buena idea”.

Ante esta acusación, bastante extendida a ambos lados del Atlántico, Merkel suele argumentar lo contrario: que faltó diálogo para evitar la guerra en Ucrania. De hecho, hace unos días acusó a la Unión Europea de “no estar utilizando todo su potencial diplomático” a la hora de lidiar con el Kremlin. “Poner a Merkel sería apostar otra vez por todo lo que lleva fallando en los últimos cincuenta años”, sentencia Nicolás de Pedro. “Y los rusos, que por cierto no se han movido un milímetro en sus exigencias, encantados”, agrega.

De todas formas, el analista del Institute for Statecraft ve su elección como mediadora improbable, ya que debido a su postura, Merkel no cuenta con la confianza de países clave como Polonia, las repúblicas bálticas o el Reino Unido. Tampoco, por cierto, con la de los ucranianos. Esto último ha sido corroborado por un alto funcionario del país, quien al ser preguntado por el Financial Times declaró que Zelenski desearía contar “con alguien como Draghi” o, en su defecto, con “un líder actual, en activo, fuerte”. A ojos de Kiev, por tanto, Merkel queda doblemente descartada.

“Me sorprendería su elección, pero quién sabe”, coincide Miriam Kosmehl, experta principal en Europa del Este de la Fundación Bertelsmann –una institución radicada en Berlín– al ser consultada por este periódico. No obstante, sobre sus capacidades como mediadora, la analista considera que la excanciller germana no es un mal perfil. “Conoce a Putin, sabe de dónde viene, habla el idioma [Merkel domina el ruso] y es inteligente”, explica. Además, añade Kosmehl, “tiene algo que compensar: la confianza que tuvo en que una interdependencia conveniente serviría para contener a Putin”.


placeholderAngela Merkel y Vladimir Putin, durante una reunión en 2007 en Moscú. (Reuters)
Angela Merkel y Vladimir Putin, durante una reunión en 2007 en Moscú. (Reuters)

En términos más generales, Kosmehl señala la dificultad de dar con una figura solvente que sea aceptada no ya por el conjunto de los líderes europeos sino también, y sobre todo, por Kiev y por Moscú.

Es cierto que en ambos sitios se ha dado el visto bueno a un intermediario europeo. También lo ha dado Washington, donde la administración que lidera Donald Trump está demasiado ocupada lidiando con la guerra de Irán como para seguir pendiente de las negociaciones en torno a Ucrania. Pero si ya es complicado que alguien goce de consenso en Bruselas, que cuente además con el beneplácito de Moscú y de Kiev al mismo tiempo convierte la búsqueda en una tarea harto compleja.

Con todo, sigue habiendo expertos que no ven con buenos ojos iniciar conversaciones en este punto. El propio Nicolás de Pedro, por ejemplo. “No va a haber ningún acuerdo de paz”, espeta. “Los rusos siguen insistiendo en sus objetivos de máximos y mientras no quieran bajarse de esa burra no veo que haya nada que negociar”, añade. En su opinión, lo que debe hacer Europa es “probar lo que nunca ha probado: la posición de la firmeza y de reforzar la disuasión hacia Rusia”.

“Lo que ocurre es que a muchos líderes europeos, algunos de los cuales tienen un ego bastante grande, les molesta que exista una mesa de negociación a la que no han sido invitados”, cuenta. “Por eso ponen tanto el foco en el flash, en lo accesorio, en lugar de ponerlo en lo sustancial”. Su reflexión casa con lo que lamentaba, durante una conversación reciente con este periódico, un diplomático europeo: la creciente importancia de la estética no solo en la política nacional de los distintos países sino, de un tiempo a esta parte, también en la política internacional.

Curiosamente, el nombre de Merkel como posible mediadora ha empezado a sonar justo cuando el Parlamento Europeo le ha hecho entrega –junto al exlíder sindical y expresidente polaco Lech Wałęsa y el propio Zelenski– de la Orden Europea al Mérito. Aprovechando el acto, la excanciller alemana hizo un llamamiento a comprometerse con la “paz, la prosperidad y la democracia” en Europa e instó a Bruselas a cumplir sus “promesas a los ciudadanos de nuestros Estados miembros”.

“Es una de las grandes figuras políticas europeas de nuestro tiempo”, afirmó poco después de su discurso –en unas declaraciones recogidas por la revista Der Spiegel– el líder del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, que es de su mismo partido. “Tuvo que gestionar crisis difíciles”, añadió en referencia a la crisis del euro.

Pero una vez hecho el reconocimiento, Weber se permitió deslizar un reproche bastante extendido tanto en Alemania como en otras partes del continente. A saber: que tanto Merkel como su entorno político decidieron posponer durante demasiado tiempo una serie de reformas muy necesarias en materia de política exterior y de seguridad. “Esperábamos más liderazgo y más visión histórica”, concluyó el jefe de los conservadores europeos.