Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de julio de 2026

Hemofilia, escándalos sexuales y bulos: Rasputín y la maldición de los zares Nicolás y Alejandra



Grigori Rasputín en torno a 1910. 
(Getty/Topical Press Agency)



El historiador británico Antony Beevor publica 'Rasputín y la caída de los Romanov' (Crítica) y explica en una entrevista a El Confidencial algunas de las tesis nuevas sobre los zares y su final



Durante una de las cacerías que el zar Nicolás II adoraba compartir con su séquito en los bosques de Spala junto al río Pilica, en los antiguos dominios del imperio ruso en Polonia, el zarevich Alekséi que contaba apenas con ocho años sufrió una hemorragia incontrolable entre la ingle y el muslo. La hemofilia del ansiado heredero de los zares, que había nacido por fin en 1904 después de las cuatro hijas que había tenido la emperatriz Alejandra, era un secreto que apenas nadie conocía y su salud, la mayor obsesión de la pareja. Alekséi había tenido ya varias crisis pero aquella parecía que le acarrearía definitivamente la muerte. Durante varios días estuvo agonizando y perdiendo la consciencia entre gritos de dolor y exclamando a ratos: "¡Señor, ten piedad!" a pesar de su corta edad. Nicolás no aguantaba en la habitación y corría llorando a menudo a su despacho en el sombrío y húmedo pabellón de Spala.

En medio de la agonía y la también desesperación de la emperatriz Alejandra, llegó el telegrama que ella misma le había rogado a Rasputin que le enviara ya que se encontraba en Siberia. El mensaje tranquilizador del santón y lujurioso gurú que ya escandalizaba a una parte de la corte expresaba confianza en la recuperación de Alekséi y pedía que se apartara a los médicos. El zarevích milagrosamente mejoró justo después del mensaje de Rasputín, y nada le importaba más a la emperatriz Alejandra que la salud de su hijo. Sin ni siquiera estar presente, el influjo del gurú espiritual convenció a la zarina aún más de su santidad, por lo que Rasputín resultaría intocable a partir de entonces.

¿Cómo había sido la ascensión de esa especie de peregrino místico casi analfabeto, salido del campo profundo de la Rusia casi feudal –en pleno siglo XX– hasta el punto de convertirse en la mayor influencia de los zares? Casi diez años antes, hacia 1903, Rusia seguía prácticamente anclada en ese absolutismo de la Europa del XIX cuando apareció por San Petersburgo el mujik –campesino– Grigori Rasputín, que acabaría por poner la puntilla a la inmadura y demencial corte zarista y a los gobiernos representativos de Rusia surgidos de la Duma de 1905, el primer parlamento. El país era ya un polvorín por la brutalidad de una sociedad totalmente rota. Mientras en los suburbios de San Petersburgo "la única libertad de la que podía gozar la clase popular era la del círculo más bajo del infierno, habitado por el lumpen de los desempleados, un mundo subterráneo de prostitución infantil, robos y peleas de borrachos, donde la existencia era peor que en cualquier página de Dickens, Hugo o Zola". Mientras tanto, las noches de los sábados la nobleza y la alta burguesía cortesana, "acudían en tropel al Théâtre Français, donde los escotes descarados de los atuendos quedaban compensados por la abundancia de joyas. Luego, una parte del público se reencontraba en el restaurante Cuba o en El Oso, con su famosa orquesta rumana, y bailaba hasta las tres de la madrugada. Algunos oficiales del Cuerpo de Guardias Imperiales aguantaban hasta el amanecer en compañía de cortesanas, esas ‘mariposas humanas cuyas alas se chamuscan en las llamas del placer’".

Así lo describe el historiador británico Antony Beevor, especialista de la Segunda Guerra Mundial y quien en su nueva obra, Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica), ha querido resolver la gran pregunta sobre el gurú de la corte y desvelar la historia de la siempre desconcertante y apasionante última corte zarista, continuando así su estudio de Rusia iniciado en 2022 con Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921 (Crítica).


placeholderCubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.
Cubierta de 'Rasputín y la caída de los Romanov', de Antony Beevor.

¿Había algo nuevo que contar sobre la caída de los zares y el influjo de Rasputin después de las múltiples biografías de los últimos años y del reciente éxito de Los Romanov (Crítica) del también historiador británico Simon Sebag Montefiore? Hay, desde luego, diferencias. Para empezar, una apreciación interesante que apuntala una de las tesis del libro de Beevor: si en España, por ejemplo, el trío Godoy-María Luisa de Parma-Carlos IV que resultó fatal un siglo antes era real a pesar de las exageraciones de los fernandinos sobre los amantes y el apetito sexual de María Luisa de Parma, en el caso de Rasputín y Alexandra el supuesto escándalo de sus relaciones sexuales era claramente un invento. Una serie de fake news según Beevor en torno a la zarina y al mujik que, sin embargo, tuvieron el mismo efecto: la simple idea de la influencia y el acceso íntimo de Rasputín a la familia real, unido a su merecida fama de libertino y mujeriego –que él mismo desató, aunque fuera de la corte– asentaron la creencia popular sobre los cuernos del zar Nicolás II, que serían una losa: "el zar de todas las Rusias apareció ante su pueblo como un cornudo débil y complaciente. En una sociedad profundamente patriarcal, esas impresiones, por falsas que fueran, destrozaron el mito del poder de los Romanov", tal y como explica en Madrid a El Confidencial Antony Beevo. La imagen de los Romanov era tan terrible que " cuando estalló la Revolución de Febrero en 1917, apenas se alzó ni una sola espada en defensa del zar", destaca el historiador.

Hay bastantes cuestiones más, como por ejemplo en torno al asesinato de Rasputín el 17 de diciembre de 1916 y la conspiración de un parte de la nobleza rusa, liderada por el príncipe Félix Yusupov, sobre la que Beevor descarta la participación británica del MI6 que habían asegurado antes el historiador Andrew Cook y que recogió también Simon Sebag Montefiore. Está además el retrato de la contradicción de un Rasputin dominado por su deseo sexual irrefrenable y la capacidad de seducción y sugestión que logró entre las mujeres de la alta sociedad rusa, las rasputiniéres, debido a lo que Beevor define como un "escaso afecto dentro de la mayoría de los matrimonios aristocráticos". Una condición que le otorgaría una ventaja y un poder de influencia notable "al ser el único hombre que realmente las entendía en aquella sociedad espantosamente patriarcal", que convirtieron al santón en un personaje incómodo en gran medida en San Petersburgo, al mismo tiempo que ganaba cada vez más poder de la mano de una cegada zarina Alejandra, tomando decisiones en el gobierno que tendrían su efecto en la Revolución de Febrero: "sin Rasputin no habría habido un Lenin", tal y como expresó Kerensky y como asume el historiador británico.


placeholderLa emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)
La emperatriz consorte Alejandra, fotografiada por Boasson y Eggler en 1908. (Librería del Congreso de EEUU)

Si algo queda claro en la obra de Beevor es que cuando Rasputín llegó a San Petersburgo, la corte era un campo abonado para los gurús desde hacía años, que es lo que llevaría a la verdadera tragedia de los Romanov. La "inmadura pareja imperial", como la describe el británico llevaba de hecho tiempo buscando exactamente la clase de influencia que Rasputín ofrecería después. El precedente fue ‘Monsieur Philippe’, un supuesto médico de Lyon sin titulación oficial que llegó a Rusia en 1901 presentado por las hermanas de la nobleza montenegrina Militsa y Stana, aficionadas al espiritismo y apodadas en la corte "los Cuervos", y que serían las mismas que años después introducirían a Rasputín a los zares. Philippe fascinó de inmediato a Nicolás y Alejandra hasta el punto de que el gran duque Serguéi anotó en su diario que la pareja imperial regresaba de sus sesiones "en estado de exaltación, casi de éxtasis, con el rostro radiante y brillo en los ojos", tal y como describe Beevor. Entre sus promesas estaba por ejemplo la de ayudar a la zarina a concebir el tan ansiado heredero varón que se le resistía después de haber parido a cuatro niñas. Philippe le indujo de hecho lo que resultó ser un embarazo psicosomático, un engaño que terminó en escándalo. La cuestión del heredero, que sería crucial, "la verdadera fuente de la influencia de Rasputín sobre los zares" según Beevor y que alcanzaría su punto álgido años después en Spala cuando se convertiría en intocable para la emperatriz para disgusto de una parte de la corte.

El contexto para la aparición de Rasputín, lo resumió a la perfección el general Pável Kurlov, viceministro del Interior, tal y como recoge el historiador: "San Petersburgo estaba repleta de personajes de ese estilo. De hecho, no había muchas casas aristocráticas que no poseyeran su propio Rasputín o su Mitia u otra figura similar. La Matriona ‘la descalza’, el ‘loco bendito’ Mitia Kozelski –recibido en la corte descalzo y harapiento, emitiendo sonidos incomprensibles que un intérprete "traducía": No eran más que predecesores de Rasputín durante la moda de la mística que comenzaba a arrasar en la alta sociedad de San Petersburgo.


placeholderEl historiador Antony Beevor. (Cedida)
El historiador Antony Beevor. (Cedida)

¿Por qué necesitaba la más poderosa familia del mundo a un campesino siberiano para gobernar? La cuestión del zarevich fue crucial y cualesquiera de los escandalosos rumores que se le achacaron a Rasputín –muchos de ellos exagerados o directamente inventados según Beevor– caerían en saco roto ante una emperatriz que había establecido esa conexión por su fanatismo espiritual y la protección que parecía brindar el santón a la familia. A partir del milagro de Spala en 1912, Rasputín asentó su poder e influencia en la corte al tiempo que se derramaba por la ciudad su incontrolable pasión por las juergas y el sexo. "Lo triste era que su inteligente mujer sentía que era víctima de su propia lujuria. Existía siempre esa noción [de los Khlysty] de que el cuerpo debe pecar para que el alma se salve", comenta Beevor. Lo cierto es que existía una doble vara de medir para ese erotomaníaco que era Rasputín: con las mujeres de la alta sociedad, ese juego de seducción; y con las de clase baja abusos y agresiones también en muchos casos tal y como recoge Beevor en su obra. Sin embargo, el historiador matiza a El Confidencial que lo fascinante era esa contradicción es que era real: "era un charlatán manipulador pero su espiritualidad era bastante genuina".

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la decisión del zar Nicolás II de después de trasladarse al frente en parte aconsejado por la zarina y Rasputín que desconfiaban del gran duque Nikolai y los nobles más ultraderechistas que ya recelaban abiertamente de Rasputín supuso el cénit del poder del gurú que se cobraba además los servicios de su influencia para nombramientos, favores y demás apelando a la zarina. Es también el momento álgido de la propia Alejandra y su ambición en el gobierno aprovechando la ausencia del zar ¿Era un poder compartido? "Es muy difícil, porque no es que uno dominara al otro" explica Beevor, "él era el que sugería a menudo, y eso es lo más importante cuando se trata del nombramiento de ministros". La cuestión fue crucial porque tal y como explica el historiador británico "lo que llevó a la revolución de febrero de 1917 fue el nombramiento de Protopópov en septiembre de 1916, tres meses antes de que estallara. El caos en los ferrocarriles que causó el ministro es lo que detonó directamente a la revolución al desabastecer a la población de pan, que sería el último motivo para los motines. Y fueron tanto Rasputín como la zarina quienes acordaron que se permitiera a Protopópov controlar los ferrocarriles".

La trampa para asesinar a Rasputín acabó siendo, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto"

Rasputín no llegaría a ver el desastre causado porque en la noche del 16 al 17 de diciembre de 1916 el príncipe Félix Yusúpov, el gran duque Demetrio Pávlovich y el diputado ultraderechista Purishkévich atrajeron a Rasputín al sótano del palacio Yusúpov a orillas del canal Moika con la promesa de presentarle a la bella esposa del príncipe. Una trampa para asesinarle convencidos de que así salvaban a la monarquía, eliminando lo que consideraban el perverso influjo del santón y lujurioso Rasputín y no tanto por el caos de gobierno. Lo que siguió fue, en palabras de Trotski, "un escenario de película diseñado para gente de mal gusto". Se escogió el envenenamiento por medio del cianuro en los pasteles, que no hizo efecto, por lo que hubo que recurrir a los disparos. El primero en el sótano no lo mató de hecho y Rasputín subió las escaleras "resucitado".Una escena increíble antes de que pudieran abatirlo con tres disparos más. Posteriormente, se arrojó el cadáver al Nevá sin los pesos que debían hundirlo. Fue una chapuza y un final estrambótico digno del personaje.


placeholderEl cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)
El cadáver congelado de Rasputín tras ser recuperado del río Nevá en 1916. (Wikipedia)

La novedad es que Beevor descarta en su libro explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia, hipótesis popularizada en 2004 por Andrew Cook y que Sebag Montefiore recogió como verosímil en Los Romanov. Beevor la considera directamente "teoría conspiranoica" sin respaldo documental en el libro. La explicación que nos da al respecto durante nuestro encuentro con él en Madrid va aún más lejos: el propio jefe del servicio secreto británico en Petrogrado, el teniente coronel Samuel Hoare –que sería posteriormente embajador en España durante la Segunda Guerra Mundial– consideró el plan "demasiado amateur, ridículo y caótico" para implicarse, y se ocupó de que Rayner no estuviera en la ciudad aquella noche. Los británicos dejaron hacer, convencidos de que saldría bien, pero el tiro de gracia lo disparó Purishkévich.

Beevor descarta explícitamente la hipótesis de que el agente británico del MI6 Oswald Rayner disparara el tiro de gracia contra Rasputín

El final de Rasputín no evitó, por supuesto, la caída de la monarquía. Tal y como explica Beevor este destino se había labrado mucho antes con las decisiones de Nicolás y Alejandra y el propio gurú. Al final, el sueño premonitorio de la emperatriz viuda del zar Alejandro III, María Fiódorovna, que aseguraba que un mujik asesinaría a su hijo fue solo en parte cierta: serían varios mujiks con la Revolución de Febrero y en última instancia, en Ekaterimburgo cuando la familia fue fusilada al completo en 1918.


domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Fue puro azar? El increíble misterio de cómo surgió por primera vez la vida en la Tierra



Una vista de la Tierra aparece sobre el horizonte lunar 
((Foto de NASA/Newsmakers)



¿Por qué estamos aquí? ¿Hay vida en los miles de exoplanetas que ya se han descubierto? A esta y otras preguntas responden los científicos Mario Livio y Jack Szostak en 'Vida y cosmos'. Este es un extracto



En lo que se refiere a la hipotética pluralidad de mundos habitados, podría decirse que ahora estamos mucho más cerca de obtener una respuesta que hace treinta años, pero que la cuestión sigue sin poder darse por cerrada.

En otoño de 2023, los astrónomos habían descubierto al menos 5.500 planetas extrasolares (exoplanetas) en más de 4.100 sistemas estelares, de los cuales 930 tenían más de un integrante. Además, había otros 7.400 candidatos, identificados sobre todo por el telescopio espacial Kepler y por la misión TESS (acrónimo en inglés de Satélite de Catalogación de Exoplanetas en Tránsito), a la espera de una confirmación definitiva. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? En apenas tres décadas la astronomía ha pasado de no tener constancia de ningún cuerpo en órbita en torno a otras estrellas aparte del Sol a ¡contar con un catálogo de varios miles de ellos! La implicación estadística obvia es que nuestra galaxia debe de estar repleta de objetos de este tipo.

Aún más apasionante es el hecho de que los astrofísicos estiman en la actualidad que al menos una de cada cinco estrellas de la Vía Láctea de diámetro similar al solar o menor tiene un planeta de un tamaño aproximado al de la Tierra en su denominada zona habitable (aunque dicha proporción podría llegar a ser incluso de una de cada tres o superior). Esta última región es el intervalo de distancias al astro central del sistema en el que la temperatura superficial de un objeto de dimensiones parecidas a las terrestres no sería ni demasiado caliente ni demasiado fría, sino adecuada, para la existencia estable de agua líquida (y potencialmente de seres vivos). Tiene forma de anillo y sus límites suelen poder calcularse de manera aproximada una vez que se conoce la órbita del exoplaneta, se asume la composición de su atmósfera y se especifican las características del cuerpo estelar en torno al cual gira (tales como la temperatura en su superficie, su luminosidad y su masa). 

Lo habitual es considerar que la envoltura gaseosa planetaria contiene sobre todo una combinación de nitrógeno, dióxido de carbono y vapor de agua. Asimismo, se supone que estos dos últimos ingredientes actúan como gases de efecto invernadero. Otros factores son importantes también a la hora de determinar si un mundo es realmente "habitable", tales como la densidad y la proporción de la mezcla atmosférica, las variables geológicas y geoquímicas, la velocidad de rotación, la disponibilidad de nutrientes y de fuentes de energía, la protección frente a radiaciones nocivas y, por supuesto, el tipo y la estabilidad de la propia estrella central. No obstante, los estudios sugieren que, al menos en teoría, podría haber cientos, o incluso unos pocos miles, de millones de objetos con estas propiedades en la Vía Láctea.


En otoño de 2023, los astrónomos habían descubierto al menos 5.500 planetas extrasolares (exoplanetas) en más de 4.100 sistemas estelares


Estos asombrosos descubrimientos astronómicos, unidos a los nuevos y prometedores hallazgos en los terrenos de la química y la biología, han dado un enorme impulso tanto a la búsqueda de formas de vida más allá de la Tierra como a los intentos de crearlas en el laboratorio a partir de productos inanimados. Cuando estos logros científicos se combinan con los recientes avances geológicos, es posible sentirse tentado de concluir que los seres vivos (de algún tipo) podrían ser ubicuos. En este sentido, es significativo que el estudio de las rocas en nuestro planeta haya demostrado que las criaturas vivas ya eran bastante abundantes aquí hace entre tres mil quinientos y tres mil setecientos millones de años, "apenas" unos cientos de millones de años después de que la superficie terrestre se enfriara lo suficiente como para permitir la presencia de agua líquida. Por lo tanto, no es sorprendente que muchos investigadores en este campo se hayan visto infectados por el contagioso optimismo del difunto astrónomo Carl Sagan, quien bien podría ser, desde un punto de vista histórico, el adalid más ferviente y eficaz de la búsqueda de organismos extraterrestres.


placeholderVida y cosmos. ¿Es la Tierra una excepción?, de Mario Livio y Jack Szostak. (Ariel)
Vida y cosmos. ¿Es la Tierra una excepción?, de Mario Livio y Jack Szostak. (Ariel)

En una ocasión, declaró con entusiasmo: "El surgimiento de la vida debe de ser algo muy probable: en cuanto lo permiten las condiciones reinantes, ¡aparece!". En su momento, le dieron la razón unos cuantos biólogos. El premio Nobel de Fisiología o Medicina Christian de Duve fue aún más lejos y afirmó que la aparición de formas de vida en el universo era "un imperativo cósmico".

Christian de Duve fue aún más lejos y afirmó que la aparición de formas de vida en el universo era "un imperativo cósmico"

A decir verdad, es algo de lo que no podemos estar seguros. Todavía hay muchas preguntas sin respuesta y serias dudas a todos los niveles. Por ejemplo, a lo largo de las últimas décadas, los biólogos no se han puesto de acuerdo sobre la característica fundamental de los seres vivos (estar compuestos de células, disponer de un metabolismo, catalizar reacciones o contar con un material genético) que surgió primero.

Como tal vez fuera de esperar, tendieron a formarse cuatro grandes bandos en este asunto. Por un lado, estaban quienes privilegiaban el metabolismo, que afirmaban que la capacidad de aprovechar los recursos del entorno para mantener vivo al organismo tuvo que ser el primer y más importante rasgo en desarrollarse. Una segunda facción defendía la genética, "la replicación antes que nada" (la capacidad de producir descendencia), sin duda una piedra angular de la evolución por medio de la selección natural. Otros sostenían que era difícil concebir estos factores sin agentes que pudiesen facilitar y acelerar las reacciones implicadas en ellos y por tanto aducían que "lo primero había sido la catálisis", con lo que querían decir que las enzimas proteicas debían ser un requisito previo para que pudieran realizarse los otros procesos vitales. 

Por último, estaba el campo de los que daban prioridad a la "compartimentación" e insistían en que nada de todo lo anterior habría sido posible sin contar antes con algún tipo de contenedor diminuto, una célula primigenia, una protocélula, que mantuviera unidos todos los agentes moleculares y separados del medio circundante. Con el paso de los años, los miembros de cada una de estas camarillas se atrincheraron en sus posiciones y las defendieron con gran fanatismo. Tanto es así que no era raro que los periodistas que cubrían los congresos científicos sobre estos temas se hicieran eco de las declaraciones de alguien sin pelos en la lengua a la hora de hablar mal de las ideas de todos los bandos que no eran el suyo. En este sentido, la ciencia llegó casi a emular a la política.

Sea como fuere, es posible que esta cuestión en concreto se haya resuelto. De forma inesperada, los hallazgos más recientes sobre el origen de la vida parecen indicar que la manera de abordar el rompecabezas durante las últimas cuatro décadas podría ser errónea. En efecto, el debate sobre la primacía de alguna de las características anteriores se debe a que la hipótesis dominante daba por sentado que se debe hallar la manera de construir las primeras células una pieza tras otra. De este modo, cada componente allanaba el camino para el siguiente.


placeholderLa Vía Láctea vista desde el Bosque Internacional de Autos de la Última Iglesia el 19 de julio de 2020 en Goldfield, Nevada (Getty Images)
La Vía Láctea vista desde el Bosque Internacional de Autos de la Última Iglesia el 19 de julio de 2020 en Goldfield, Nevada (Getty Images)

Sin embargo, esto ha cambiado de forma drástica en los últimos años. El enfoque actual sugiere que los componentes básicos de los subsistemas podrían construirse todos a la vez. Los investigadores han logrado demostrar que unos pocos compuestos sencillos, accesibles con facilidad en la Tierra primigenia, tienen la capacidad de desencadenar una cascada de reacciones (descritas en detalle en los próximos cinco capítulos) que podrían haber dado lugar (de manera esencialmente simultánea) a los ácidos nucleicos (la espina dorsal del material genético), a los aminoácidos (a partir de los cuales se fabrican las proteínas) y a los lípidos (las moléculas que componen las membranas celulares). En otras palabras, los experimentos del equipo de Jack Szostak, los pioneros estudios en el laboratorio del químico John Sutherland y las investigaciones de muchos de sus colegas apuntan a que las primeras células, a pesar de su complejidad y su minuciosa precisión, podrían haber surgido a partir de un conjunto relativamente pequeño de componentes básicos. 

En consecuencia, lo que intentan lograr ahora los científicos es más ambicioso. En lugar de examinar por separado cada una de las partes, se han propuesto realizar un croquis unificado y global, es decir, reunir con éxito en una misma representación la totalidad de los datos resultantes de los ensayos empíricos en el campo de la química prebiótica (que es la que precede a la aparición de los seres vivos y mediante la cual se podrían sintetizar los ingredientes fundamentales de estos últimos), junto con las observaciones astrofísicas, geológicas y atmosféricas. El objetivo final es trazar una ruta consistente hacia las formas de vida. En este sentido, las futuras exploraciones geoquímicas de materiales procedentes directamente de Marte (que serán posibles gracias al envío de muestras a la Tierra) tienen el potencial de abrir nuevas y apasionantes posibilidades. Los hallazgos así logrados podrían suponer un salto adelante en la comprensión de los orígenes de la vida, al permitir el acceso a un medio primigenio de un tipo que ha desaparecido del registro geológico debido al efecto de reciclaje causado por las dinámicas de la corteza terrestre.

Por supuesto, ni los espectaculares descubrimientos astronómicos ni los prometedores resultados obtenidos hasta el momento en el laboratorio permiten dar una respuesta concluyente a nuestra pregunta inicial: ¿es la vida un singular accidente químico o un imperativo cósmico? Se podría decir con razón que, a falta de pruebas irrefutables de una ruta ininterrumpida entre la química y la biología, no es posible tener la certeza de que este salto sea inevitable, ni siquiera en presencia de las condiciones adecuadas. Del mismo modo, el hecho de que los astrónomos no hayan encontrado (de nuevo, hasta el momento) indicios convincentes de la existencia de organismos extraterrestres nos deja sin saber a qué atenernos en lo que se refiere a evaluar esta probabilidad, porque es imposible calcularla de modo fiable en el caso de un proceso desconocido o de un fenómeno ignoto. El físico británico Paul Davies se cuenta entre quienes han señalado, con razón, que el hecho de que haya muchos planetas "habitables" en la Vía Láctea no significa que haya alguno (aparte de la Tierra) realmente habitado. Lo cierto es que aún no se conoce la probabilidad de la aparición de seres vivos, ni siquiera cuando la temperatura y la composición química de un exoplaneta son las adecuadas.

El hecho de que haya muchos planetas "habitables" en la Vía Láctea no significa que haya alguno (aparte de la Tierra) realmente habitado

Las condiciones favorables a la vida del entorno terrestre podrían haber surgido contra todo pronóstico, del mismo modo que el desarrollo de una especie inteligente podría deberse a una suerte aún más insólita, en vez de suponer un resultado inevitable de la evolución. De este modo, una serie de contingencias cósmicas fortuitas habrían hecho posible la existencia de los seres humanos, en particular. Por ejemplo, tal vez estos no hubiesen aparecido en escena en absoluto de no haber sido por el inopinado impacto de un asteroide, hace unos sesenta y seis millones de años, que provocó la extinción de los dinosaurios.

Estas últimas consideraciones plantean una cuestión que es sin duda tan interesante como la probabilidad de que existan seres vivos extraterrestres en general. ¿Hay formas de vida compleja o "inteligente2 en la Vía Láctea? La aparente contradicción entre la ausencia hasta ahora de pruebas en este sentido y la intuición de que ya deberíamos haber detectado señales de una civilización avanzada (tecnomarcadores) ha sido bautizada como la "paradoja de Fermi". Esta denominación se basa en una famosa anécdota según la cual el célebre físico Enrico Fermi preguntó a unos cuantos colegas suyos: "¿Dónde está todo el mundo?". De este modo, expresaba su asombro ante el hecho de que no se hubieran detectado indicios de la presencia de criaturas inteligentes en la galaxia. 

Fermi estimó que, de acuerdo con un conjunto de suposiciones que consideraba razonables, una civilización tecnológicamente avanzada habría tenido tiempo de llegar a todos los rincones de la Vía Láctea en un plazo mucho menor que la edad del sistema solar. Por tanto, el hecho de que no se hubiera detectado nada en ese sentido era en extremo desconcertante. A lo largo de los años, se han propuesto numerosas soluciones a esta paradoja. No obstante, todavía no hay consenso sobre cuál de ellas es la correcta, si es que alguna lo es. Incluso se podría concluir de forma razonable que el mero hecho de que haya tantas explicaciones tentativas demuestra que ninguna es convincente del todo.


placeholderUna réplica de dinosaurio de tamaño natural colocada en un campo cerca del Museo de Dinosaurios de la Prefectura de Fukui el 26 de agosto de 2024 en Katsuyama, Japón (Buddhika Weerasinghe/Getty Images)
Una réplica de dinosaurio de tamaño natural colocada en un campo cerca del Museo de Dinosaurios de la Prefectura de Fukui el 26 de agosto de 2024 en Katsuyama, Japón (Buddhika Weerasinghe/Getty Images)
Sin embargo, lo más importante de la paradoja de Fermi es que plantea la inquietante posibilidad de que pueda existir algún tipo de "gran filtro", un cuello de botella que haga que la aparición de criaturas inteligentes y civilizaciones avanzadas o la superación de alguna etapa de su desarrollo o su supervivencia a largo plazo sean extremadamente improbables y difíciles de lograr. Esta idea fue propuesta en primer lugar por el economista Robin Hanson, de la Universidad George Mason, en 1996. De ser cierta, podría tener implicaciones muy serias incluso para los seres vivos de la Tierra. El filtro, o el umbral de probabilidad, podría localizarse en algún momento pasado de nuestra civilización. En ese caso, podríamos ser una de las pocas criaturas (¡quizá incluso la primera!) que hubiese conseguido superarlo, lo cual supondría una enorme responsabilidad sobre nuestras espaldas. Sin embargo, también es posible que este punto de inflexión decisivo se encuentre en nuestro futuro y que la pandemia de la COVID-19 o la actual emergencia climática sean solo ensayos pueriles de cara a la formidable tarea de sobrevivir a él.


lunes, 17 de noviembre de 2025

Un móvil prohibido, papeletas pegadas y no poder ir solos al baño: el cónclave de León XIV




Los cardenales en la capilla Sixtina tras elegir a León XIV el 8 de mayo de 2025 
(Vatican Media ­Francesco Sforza Handout via REUTERS)



Los periodistas Gerard O'Connell y Elisabetta Piqué cuentan en 'El último cónclave' cómo fue la elección del cardenal Robert Prevost como el Sumo Pontífice entre el 7 y 8 de mayo de 2025




La elección del papa es una de esas situaciones en las que se producen fuertes contradicciones espacio-temporales. Por un lado, es un ritual de carácter divino que apenas ha cambiado en siglos (incluso la idea de la fumata blanca es del XVIII); por otro, no dejan de aparecer gestos que nos acercan al siglo XXI y que nos recuerdan nuestras pobres miserias humanas. Es lo que ocurrió los pasados 7 y 8 de mayo cuando fue elegido León XIV como sucesor de Francisco.

Apareció un móvil en la Capilla Sixtina cuando están absolutamente prohibidos todo tipo de dispositivos. Además de no poder comunicar nada de lo que allí sucede, los cardenales no pueden grabar ni con vídeo ni sonido nada. Esta vez a uno de los más mayores se le olvidó que lo llevaba consigo… y la tarjeta SIM saltó entre los guardianes de la seguridad. Se confiscó y se siguió adelante. También jugaron malas pasadas las papeletas en las que tienen que escribir el nombre del cardenal por el que votan. Al español Carlos Osoro, de 80 años, se le quedaron dos pegadas y en el recuento final salieron 134 votos en vez de los 133 que tenían que haber sido según el número de cardenales. Osoro se disculpó y se repitió la votación (era la tercera). Y después estuvo la cuestión mingitoria. En la Sixtina no hay baños, por lo que los cardenales tenían que salir fuera y pedir que les acompañara el cardenal diácono menor, George J. Koovakad, a la puerta del servicio. Más de uno se quejó: aquello era como volver al jardín de infancia para señores de edad ciertamente ya provecta.


En la Sixtina no hay baños, por lo que los cardenales tenían que pedir que les acompañara el cardenal diácono menor a la puerta


Todo esto lo cuentan los periodistas Gerard O’Connell y Elisabetta Piqué, dos de los mayores expertos en información de asuntos religiosos y que, además, conocían perfectamente a Francisco, en El último cónclave (Arpa), un ensayo que se lee como un thriller apasionante y que cuenta los entresijos de la elección de León XIV. No solo estas anécdotas que, como confiesan a El Confidencial, “nos recuerdan que quienes ingresan al cónclave son justamente seres humanos, ayudados por el Espíritu Santo, es verdad, pero seres humanos al fin…”, sino los movimientos entre los distintos grupos de presión de los conservadores y los progresistas, además de la “manipulación” de la prensa italiana para colocar como Vicario de Cristo a su favorito… Es decir, una vez más, cuestiones fieramente humanas.


El tapado Prevost

Todo comenzó el 7 de mayo, cuando llegaron a Roma los 133 cardenales de 70 países distintos para participar en un cónclave que iba a ser el más diverso de la historia. O’Connell y Piqué acababan de despedir a Francisco, que había sido amigo desde que le conocieran como Jorge Bergoglio en 2001 y hasta había bautizado a sus hijos. “Todo eso hizo que viviéramos este último cónclave de una manera más que intensa, con el vértigo que suele tener cualquier cónclave a nivel mediático, pero con muchos sentimientos al rojo vivo, algo que también nos hizo sentir que teníamos que contarlo…”, señalan.


placeholder'El último cónclave', de Gerard O'Connell y Elisabetta Piqué (Arpa)
'El último cónclave', de Gerard O'Connell y Elisabetta Piqué (Arpa)

Y, precisamente, según cuentan, aunque el cardenal estadounidense Robert Prevost apenas aparecía en la prensa como uno de los papables —sí lo hacía Pietro Parolin, el gran favorito de la prensa italiana que quería que un italiano fuera papa cuatro décadas después—, ya en la primera votación se vio que el estadounidense tenía muchísimas posibilidades. Quedó segundo después del húngaro Péter Erdő, el preferido de los más ultraconservadores que también dieron su batalla. Prevost se revelaba como el gran tapado, muy parecido a lo que sucedió con Bergoglio en 2013.

“Sí, se repitió, en cierta forma, lo que ocurrió en 2013 durante el cónclave que eligió a Francisco: Bergoglio tampoco figuraba en las quinielas, se mantuvo, al igual que Prevost, debajo de los radares y, aunque no son los medios los que votan en la Capilla Sixtina, también finalmente pueden influenciar, sobre todo en un contexto como el del último cónclave, donde la gran mayoría de los 133 electores de 70 países no se conocía. Bergoglio en su momento quedó tapado por el hecho de que tenía 76 años, se estaba por jubilar y, según muchos, ya había tenido su oportunidad en el cónclave de 2005, cuando salió como el segundo más votado después de Ratzinger. En el caso de Prevost, lo ayudó su bajo perfil y el ser estadounidense, factor que para muchos lo excluía de la carrera…”, manifiestan los periodistas.


placeholderLa secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, Emilce Cuda, con el papa León XIV cuando todavía era el cardenal Prevost. (Cedida)
La secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, Emilce Cuda, con el papa León XIV cuando todavía era el cardenal Prevost. (Cedida)

Y sí, era de Chicago y un papa de EEUU se veía algo extraño, pero Prevost también tenía otra característica a su favor: la nacionalidad peruana y el hecho de haber trabajado en Perú durante gran parte de su magisterio. “Era visto como un misionero y como el menos americano de los americanos por haber vivido la mitad de su vida sacerdotal en Perú. Atrajo por eso, por ser también peruano, por su capacidad de gobierno al haber estado dos veces al frente de los agustinos, y muchos lo habían conocido como prefecto del Dicasterio para los Obispos y por haber participado junto a él en el sínodo. Lo conocían por esas cualidades y entonces hubo cardenales que lo vieron como un candidato mejor preparado que Parolin, un diplomático sin experiencia pastoral, que era el gran favorito y el más conocido al haber sido secretario de Estado”.

"Prevost era visto como un misionero y como el menos americano de los americanos por haber vivido la mitad de su vida sacerdotal en Perú"

Así fue como Prevost irrumpió en las votaciones y cómo el resto de cardenales comenzó a fijarse más en él en los almuerzos posteriores en Santa Marta (donde, por cierto, como relatan O’Connell y Piqué, no hay una sola monja, al contrario de lo que contó la película Cónclave). El estadounidense (al que le gusta la crema de cacahuetes, como no podía ser de otra manera) empezó a aglutinar el voto progresista (dentro de lo que representa la Iglesia)... la sorpresa final que se había reservado Francisco, como también apuntan los periodistas.

Pese a ello, Pietro Parolin y el ala conservadora no estaban dispuestos a tirar la toalla. Según revelan, el italiano nunca se retiró de la carrera y siguió moviendo los hilos para conseguir el papado. Pero le ocurrió lo que tantas veces se dice en estas elecciones… quien entra papa sale cardenal y toda la campaña se le volvió en contra. Se pasó de frenada.


placeholderEl cardenal Pietro Parolin, que había sido el cecretario de Estado con Francisco, fue el gran rival de Prevost. (Reuters/Susana Vera)
El cardenal Pietro Parolin, que había sido el cecretario de Estado con Francisco, fue el gran rival de Prevost. (Reuters/Susana Vera)

Le pasó lo mismo que en 2013 con otro italiano, el cardenal Angelo Scola, que también entró al cónclave papa y salió cardenal. La prensa italiana publicaba todos los días que Parolin ingresaba al cónclave con un gran paquete de votos que en verdad no tenía. Esa campaña en su favor resultó un bumerán y muchos cardenales descubrieron en el periodo precónclave que no era para nada el delfín de Francisco”, relatan los periodistas.

En la cuarta votación, celebrada en la tarde del 8 de mayo, Parolin descubrió que había perdido y además por bastante. Prevost recibió 108 votos (y solo se necesitaban 89 para la elección). Era todo muy evidente: los cardenales —una gran mayoría elegidos por Francisco— habían optado por el candidato progresista que no contaba con el fervor mediático ni estaba en las grandes apuestas. A veces pasa.

"La prensa italiana publicaba todos los días que Parolin ingresaba al cónclave con un gran paquete de votos que en verdad no tenía"

O’Connell y Piqué también creen que León XIV, el nombre que adquirió Prevost como papa y que recordó la famosa encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas) de León XIII, es un continuador de Francisco, aunque con formas más ortodoxas. “El estilo es seguramente distinto, aunque se trata de una persona muy humilde y espiritual como Francisco… Cada papa tiene su personalidad y carisma, pero, más allá de las formas y de que ha decidido ponerse la muceta roja —algo le encantó a los conservadores—, en la sustancia está totalmente en línea y en continuidad con el papa Francisco, en todo lo que tiene que ver con el clamor por la paz, por la justicia social, cambio climático y el proceso sinodal por él puesto en marcha. Es menos mediático, quiere calmar las aguas después de un papado disruptivo y profético, no quiere ser él el gran protagonista, sus objetivos son paz y unidad, es más cauto y prefiere tener menos visibilidad también a la hora de las definiciones políticas. Pero esto no quiere decir que no sea un hábil estratega que, lentamente, está haciendo su juego. León fue electo en medio del Jubileo de la Esperanza convocado por su predecesor, con muchísimas citas y eventos ya programados, de hecho, tiene una agenda imposible, y por eso creo que veremos mejor cómo se perfila su pontificado a partir del 6 de enero, cuando finaliza el Año Santo”, aseguran.

Estas son algunas de las historias que se cuentan en El último cónclave, una crónica compuesta a partir de las fuentes que mejor saben lo que ocurrió aquellos días. No tiene mucho que ver con la famosa película Cónclave, aunque a estos periodistas les gustó bastante. “Nos pareció muy divertida, bien hecha, aunque con algunas exageraciones… Aunque la realidad, como puede verse en el libro, muchas veces supera a lo grande la ficción”. Ahí está León XIV, el gran tapado y finalmente elegido.



jueves, 13 de noviembre de 2025

El gran problema de las grandes empresas tecnológicas no son buenas noticias para nadie



El nuevo robot humanoide Iron NexGen, de la compañía china Xpeng. 
(Xpeng)


El diseñador y futurista Nick Foster sostiene que nuestra imaginación ha sido secuestrada por fantasías de ciencia ficción y anhelos corporativos. Su nuevo libro ofrece un nuevo lenguaje para pensar con más rigor sobre lo que está por venir



ANick Foster no le entusiasma cómo Silicon Valley imagina el futuro. Como diseñador y escritor que ha desarrollado su carrera en empresas como Google, Nokia y Sony, ha sido testigo de primera fila de la obsesión incesante del mundo tecnológico por convertir la ciencia ficción en realidad. El problema, según él, es que el material original nunca pretendió ser un manual para la realidad.

"La función principal de la ciencia ficción es explorar ideas y entretener. No debería considerarse un pliego de condiciones", me dice Foster en una entrevista por vídeo. Se preocupa cuando oye a gente en reuniones decir: "deberíamos hacer lo de 'Minority Report'". Para él, es un atajo perezoso, una idea tomada de un universo cinematográfico construido para el drama, no para una utilidad pragmática y centrada en el ser humano. "Están malinterpretando la función de esa forma de arte y solo intentan que algo suceda porque les entusiasma, no necesariamente porque sea mejor, más pragmático o más útil".

Esta monocultura de la ciencia ficción, donde las salas de reuniones de las empresas llevan nombres de robots de ficción y las naves espaciales reciben su nombre de naves de películas, representa un "cierre del futuro", un término que toma prestado del futurista Tobias Revell. Nos quedamos atrapados en un bucle, persiguiendo visiones de coches voladores que nos han seducido durante 70 años sin llegar a materializarse nunca. Es este fracaso de la imaginación —esta incapacidad colectiva para pensar más allá de los sueños heredados de Hollywood y las presentaciones estratégicas de las empresas— lo que impulsó a Foster a escribir su nuevo libro, Could Should Might Don’t: How We Think About the Future (Podría, debería, quizá, no lo hagas: cómo pensamos sobre el futuro).

"Lo que intento hacer con este libro no es crear un método o un marco de trabajo. Ya tenemos suficientes de esos", explica Foster. En su lugar, ofrece un vocabulario sencillo pero potente para analizar las formas en que nos acercamos al futuro, argumentando que tendemos a caer en uno de los cuatro modos de pensamiento, a menudo sin darnos cuenta. Su objetivo es que los dominemos todos, lo que conduciría a una conversación más rigurosa, responsable y realista sobre hacia dónde nos dirigimos.


Cuatro modos de futurismo

El primer modo es el futurismo del Podría (Could). Este es el que mejor conocemos. Es el futurismo de la oportunidad, de los "aparatos asombrosos, los robots humanoides" y la arquitectura impresionante. Es el mundo de las exposiciones universales y las demostraciones tecnológicas llamativas, impulsado por una creencia modernista en el progreso infinito. Su debilidad, sin embargo, es que ha sido "absolutamente cooptado por la ciencia ficción", creando visiones deslumbrantes pero, en última instancia, alienantes, que se sienten desconectadas de nuestras vidas y del complicado camino para llegar a ellas.

Luego viene el futurismo del Debería (Should). Este es el futuro como un destino fijo. Es el mundo de los planes maestros, de las religiones y las leyes que nos señalan un estado deseado. Es también el mundo de los estrategas corporativos y sus proyecciones algorítmicas, las líneas de puntos seguras en los gráficos que declaran lo que está por venir. El defecto evidente, dice Foster, es su fragilidad. "El mundo es mucho más volátil de lo que creemos", advierte. "Todas nuestras proyecciones algorítmicas y nuestras líneas de puntos en los gráficos son solo historias. Y a menudo estamos muy equivocados".


placeholderPortada del libro 'Podría, debería, quizá, no lo hagas', de Nick Foster.
Portada del libro 'Podría, debería, quizá, no lo hagas', de Nick Foster.


Como reacción, el futurismo del Quizá (Might) ofrece lo contrario: un futuro de escenarios infinitos. Este es el dominio de los consultores de previsión estratégica, nacido de los juegos de guerra de la época de la Guerra Fría en la Corporación RAND. Es una visión pluralista que traza todas las posibilidades dentro de un "cono de futuros". Pero tiene un defecto fatal. "Nuestra imaginación sobre los escenarios futuros se basa en realidad en el pasado", señala Foster. Por eso, empresas como Blockbuster pudieron ejecutar innumerables escenarios y aun así nunca imaginar un futuro en el que no fueran dominantes, hasta que sucedió.

Finalmente, está el futurismo del No lo hagas (Don’t), un modo que está ganando impulso en nuestros tiempos de ansiedad. Este es el futuro como un lugar aterrador que debe evitarse, el foco de los movimientos de protesta que hacen campaña contra la catástrofe climática, el autoritarismo o la inteligencia artificial descontrolada. Es el futuro como una advertencia. Aunque es esencial, su desafío es que a menudo "protesta desde fuera" y tiene dificultades para ofrecer caminos a seguir integrados y factibles. "Es bastante difícil plantear un 'no' de una manera útil", dice Foster, señalando que puede volverse estridente y divisivo.


El contraste de China

Este pensamiento fragmentado y cortoplacista de Occidente contrasta marcadamente con el enfoque de China, un país que entiende la planificación del futuro de una manera que en Occidente no lo hacemos. Pekín acaba de concluir la cuarta sesión plenaria del Partido Comunista Chino la semana pasada, esbozando el plan quinquenal 2026-2030, el penúltimo capítulo de su plan general de décadas para convertirse en una superpotencia líder en 2035. Foster señala que mientras las democracias occidentales están atrapadas en ciclos cortos —"son las elecciones de mitad de mandato y luego los resultados trimestrales y luego las próximas elecciones"—, el sistema autocrático de China le permite planificar a escala generacional.

"En una especie de dictadura autocrática donde tienes un liderazgo dinástico, puedes empezar a pensar a escalas de 10, 15, 20, 30 generaciones", observa. Si bien reconoce el inmenso coste humano y social, Foster identifica la estrategia de China como un ejemplo poderoso y real del futurismo del Debería. El gobierno establece un destino claro para el país y luego compromete todos sus recursos para alcanzarlo. Esto les da una estabilidad de la que Occidente carece. Citando a William Gibson, Foster señala que se necesita un lugar sólido donde apoyarse para imaginar el futuro. "China no parece tener ese problema", me dice. "Están muy cómodos con dónde quieren estar. Y parecen estar trabajando muy duro para llegar allí".


placeholderChina vuelve a asombrar al mundo con un nuevo récord de tren de alta velocidad.
China vuelve a asombrar al mundo con un nuevo récord de tren de alta velocidad.


¿Podríamos tener un futuro honesto?

El poder del enfoque de Foster no reside en elegir uno de estos modos, sino en aprender a pensar con todos ellos simultáneamente. Necesitamos el optimismo del Podría, la dirección del Debería, la preparación del Quizá y la cautela del No lo hagas. Pide a los líderes y creadores que cuenten una "versión más completa del futuro", una que reconozca la oportunidad, admita la incertidumbre y aborde el miedo. "La empresa que ofrezca ese tipo de historia, creo que será la empresa que triunfe porque aborda todos los principales motivadores que tenemos sobre el futuro".

placeholderNick Foster.
Nick Foster.

En última instancia, Foster defiende un concepto que él llama "El Futuro Mundano". Es un antídoto contra las fantasías escapistas del futurismo del Podría, que yo (y otros, como demuestra el reciente manifiesto "no construyamos una superinteligencia artificial, aunque pudiéramos") considero un cáncer tanto para nuestro futuro como para nuestro presente. Él cree que deberíamos fundamentar nuestras visiones en la realidad desordenada, compleja y a menudo aburrida de la vida cotidiana. Las tecnologías más transformadoras, desde el GPS hasta la IA, acaban normalizándose. Se convierten en parte del tejido mundano de nuestras vidas. Está menos interesado en el momento inicial de "asombro" de una nueva tecnología y más en lo que sucede después.

"Quiero tratar de averiguar qué significa todo, a qué conduce realmente y cómo cambia la forma en que alguien podría pasear al perro o ir a comprar leche o irse de vacaciones", me dice. Este enfoque en lo ordinario, argumenta, fundamenta las conversaciones sobre el futuro de una manera que no solo es más honesta, sino, en última-instancia, más productiva. Pensar en el futuro no consiste en predecir lo que sucederá en 2030; es un acto de "pura responsabilidad humana hacia nuestra especie" el considerar los efectos a largo plazo de lo que estamos construyendo hoy.