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martes, 18 de agosto de 2026

El origen del imperio Lacoste: cómo el invento de un campeón de tenis revolucionó la forma de vestir

 


  • René Lacoste, destacado tenista, fue el primero que se atrevió a salir a jugar con manga corta
  • Apodado 'el cocodrilo', utilizó este animal como logo de la compañía textil que lanzó con su socio André Gillier
  • El polo se consolidó pronto como una prenda imprescindible en los armarios de los hombres de todo el mundo


Hay prendas que trascienden las tendencias para convertirse en auténticos símbolos. Y una de ellas es el polo. Presente en pistas de tenis, campos de golf, oficinas, pasarelas y fiestas, su sencillez esconde una historia de innovación estratégica y construcción de marca. Y todo partiendo de la mente de un genio, el campeón francés de tenis René Lacoste, que decidió desafiar los códigos de vestimenta de su deporte, con una prenda más cómoda y funcional. Una decisión que dio origen a la prestigiosa marca de ropa y que transformó la industria textil y el concepto del lujo.

En todo este proceso fue clave la figura de René Lacoste, un hombre que entendía la innovación como una extensión de la competición. Había nacido en París, en 1904, y pronto se convirtió en uno de los tenistas más importantes de su tiempo, y en una auténtica celebridad. Campeón de 7 títulos de Grand Slam, además formó parte de la generación de 'los Cuatro Mosqueteros', que dominó el tenis mundial en los años 20, ganando dos Copas Davis.

Meticuloso y disciplinado, perseguía perfeccionar cada detalle de su juego, estudiando sus rivales, pero también el material con el que competía. Y fue esa mentalidad, más cercana a la de un ingeniero que a la de un deportista, la que le llevó a cuestionar la indumentaria tradicional de las pistas. En aquella época, los tenistas competían con un look que hoy nos parecería muy incómodo, con camisas de algodón de manga larga, como las que podía llevar la gente por la calle, perfectamente abotonadas, con cuellos rígidos y almidonados, y en algunos torneos hasta con corbata. Y todo acompañado de unos pantalones largos de franela. No era la equipación más adecuada para hacer deporte.

Hasta que en 1928, Lacoste revolucionó el circuito. El tenista apareció en la final del campeonato francés con una camiseta no reglamentaria. ¡Le había cortado las mangas a la camisa! Además, estaba fabricada de algodón mercerizado, un material más ligero y transpirable, que era el mismo que utilizaban los oficiales británicos que habían aprendido a jugar a Polo en la India. Por metonimia, a esa nueva prenda se le acabó llamando polo. Ofrecía mayor libertad de movimiento, pero sin renunciar a la elegancia que exigía el deporte en aquella época.

Polos de Lacoste
Lacoste introdujo los colores en 1951. | Imagen: Dreamstime

Para enfrentarse al sofocante calor de los torneos en Estados Unidos de ese mismo año, encargó varias prendas similares, pero perfeccionadas. Era una camisa blanca de manga corta, tejido de punto piqué de algodón, que denominó jersey de algodón petit piqué, transpirable y más duradero; un cuello plano y sobresaliente sin almidonar, que se podía levantar para protegerse del sol; una tapeta abotonada hasta arriba; y una cola más larga por detrás que por delante, conocido desde entonces como 'cola de tenista', y que impedía que la camiseta se saliera de los pantalones. Inicialmente, los organizadores rechazaron el uso de estas camisas adaptadas, pero el resto de jugadores poco a poco fueron sumándose a la revolución.

Un año después, mientras Lacoste seguía ganando torneos, introdujo una nueva innovación, en este caso estética: fijó en el lado izquierdo de sus nuevas camisas un cocodrilo, que era el apodo con el que se conocía al tenista en las pistas. El origen de este sobrenombre no está claro. La versión más extendida es que se lo pusieron periodistas de Estados Unidos en 1923, tras una apuesta en Boston. Cuentan que René Lacoste estaba mirando una maleta de piel de cocodrilo en el escaparate de una tienda, y no está claro si el capitán del equipo de Copa Davis de Francia o de Estados Unidos le dijo que si ganaba el partido decisivo se la regalaba. Lacoste perdió, pero la imagen del cocodrilo perduró. Además, coincide que el temperamento del tenista era muy parecido al de un cocodrilo, ya que nunca soltaba su presa; y su rapidísimo golpe de derecha se comparaba con el movimiento de la cola del animal.

Se retiró del tenis en 1929, con tan solo 25, debido a problemas de salud recurrentes, especialmente una grave insuficiencia respiratoria, pero con un gran palmarés. Volvería a jugar puntualmente, pero nunca al mismo nivel.

Industria textil

Y poco después, André Gillier, el principal fabricante de prendas de punto de Francia, y amigo de René, se puso en contacto con él para proponerle asociarse y vender reproducciones de esta prenda revolucionaria. Finalmente, sería en 1933 cuando la unión se cerró y lanzaron su propia marca para la venta de esas nuevas prendas a gran escala. Se llamó Lacoste, y por primera vez, incluía su logo bordado en la ropa. Era, claro, un cocodrilo.

Su primer catálogo no solo incluía camisas para tenis, sino que también incluía prendas para golf y vela. Revolucionó de inmediato la ropa deportiva masculina, sustituyendo las camisas clásicas. Comienza la producción industrial de los polos Lacoste. El primero recibe el nombre L. 12. 12, en el que la L representa la marca, el 1 el tejido Petit Piqué seleccionado, el 2 las mangas cortas, y el 12 el número del prototipo final. Era un auténtico concentrado de innovaciones textiles, y revolucionó los códigos de elegancia franceses.

Severiano Ballesteros con un polo de Lacoste
El tenista español Severiano Ballesteros, con un polo de Lacoste. Fueron pioneros en el patrocinio deportivo. | Imagen: Alamy

René Lacoste hizo una gran presión entre sus amigos tenistas para que utilizasen su ropa durante las competiciones, siendo el jugador de la selección francesa André Merlin el primero que jugaría con un polo Lacoste. Esta audaz iniciativa se convirtió en el primer caso de patrocinio deportivo de la historia. Se convertiría en una estrategia habitual para la marca, que apoyó a numerosos tenistas, incluyendo leyendas como Novak Djokovic; a equipos franceses, tanto en la Copa Davis, como en la Copa Federación o en los Juegos Olímpicos; pero también a golfistas, como el español Seve Ballesteros.

En pleno crecimiento, la II Guerra Mundial les obligó a paralizar la producción, que no retomaron hasta 1946. Inicialmente continuaron enfocados en el mercado francés, pero ya en 1951 empezaron a exportar sus prendas a Italia, y un año después a Estados Unidos. Además, añadieron a su catálogo los colores: sus polos dejaron de ser solo blancos. Para 1961 llegaría el salto a España, donde no solo vendían, sino que también comenzaron a producir aquí. En pocas décadas, millones de personas en todo el mundo estaban vistiendo polos de Lacoste.

Líneas de negocio

Pero René Lacoste, que tenía alma de ingeniero, también se introdujo en otros campos, en concreto, en el de las raquetas que tan bien conocía. Primero, inventó la almohadilla antivibración para las cuerdas, que reducía las vibraciones de la pelota al impactar con la raqueta y evita que se transmitan al brazo. Y poco después desarrolló la primera raqueta de acero, una idea revolucionaria ante las omnipresentes raquetas de madera. Comercializada por la marca Wilson, contribuyó a la consecución de 46 títulos de Grand Slam entre 1966 y 1978, con Jimmy Connors y Billi Jean King como grandes embajadores. Su impacto fue tan grande que las raquetas de madera desaparecieron completamente del circuito en 1984.

Lacoste siguió expandiendo sus líneas de negocio, con el lanzamiento primero de su propia colonia, en colaboración con Jean Patou, y después gafas de sol. Incluso llegarían a colaborar con Peugeot, para lanzar una serie limitada del modelo 205. Además, abrieron la París su primera tienda propia, en la prestigiosa Avenida Víctor Hugo. Después llegarían el resto de tiendas en las calles más relevantes del mundo.

Raqueta de Lacoste
Raqueta de acero creada por Lacoste. | Imagen: Dreamstime

René Lacoste falleció en 1996, a los 92 años de edad, un mes antes de la victoria francesa en la Copa Davis, con todos los honores posibles.

El polo, por su parte, siguió su propio camino. Uno de los que abrazó con más fuerza esta prenda fue el diseñador Ralph Lauren, que en 1972 hasta decidió lanzar su propia línea Polo, dedicada en exclusiva a esta prenda. Su apoyo fue el empuje definitivo para que se convirtiera en un imprescindible entre los armarios de los hombres. Da igual cuánto haya evolucionado la forma de vestir, que sigue siendo un clásico que nunca pasa de moda.

Pocas veces una innovación tan sencilla ha tenido un impacto tan duradero. Lo que comenzó como la respuesta de un tenista a las limitaciones de la ropa con la que competía acabó transformando la forma de vestir dentro y fuera del deporte. Casi un siglo después, el polo sigue siendo una de las prendas más reconocibles del armario contemporáneo, mientras el cocodrilo de Lacoste permanece como un símbolo de calidad, elegancia e innovación. La historia de la marca demuestra que las grandes revoluciones no siempre nacen de un laboratorio o de un consejo de administración: a veces empiezan en una pista de tenis, cuando alguien se atreve a desafiar las normas para encontrar una manera mejor de hacer las cosas.


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sábado, 27 de junio de 2026

Cómo Tiffany pasó de ser una pequeña papelería a crear un imperio del lujo

 



  • Nació en Brooklyn en 1837 como una pequeña tienda de artículos de regalo y papelería
  • El 'Diamante Tiffany', aún hoy uno de los más grandes y de mayor calidad, disparó el prestigio de la empresa
  • Tras una caótica operación, el gigante del lujo LVMH se hizo con la icónica firma de joyería en 2020


La ciudad de Nueva York, en la década de 1830, era un hervidero de ideas y oportunidades. Cualquiera con imaginación y fondos podía alcanzar el éxito. Pero ni en sus sueños más optimistas Charles Lewis Tiffany podía imaginar que la papelería que había abierto en 1837 se fuese a convertir en una de las empresas de lujo más importantes del mundo. Su evolución, desde una pequeña tienda de artículos de papelería y regalo hasta convertirse en un referente internacional de la alta joyería refleja cambios clave en la economía, el consumo y la globalización.

Charles Tiffany, con tan solo 25 años, y su socio John B. Young inauguraron en Brooklyn una pequeña tienda de papelería y artículos de regalo. muchos de los cuales eran de lujo. El negocio estaba financiado por el padre de Tiffany, que aportó 1.000 dólares, tras haber hecho fortuna con el algodón, en el que sería, a posteriori, el primer escándalo de la compañía con la esclavitud.

El primer día lograron ventas por valor de 4,98 dólares. La tienda fue todo un fenómeno en la ciudad, sobre todo entre las damas más elegantes de la ciudad, que encontraron allí joyas y relojes con un estilo americano, más sobrio, que rompía con la opulencia procedente históricamente de Europa. La empresa pronto se consolidó como un referente en los campos de la cristalería, la porcelana, la cubertería, los relojes o las joyas. Además, contaba con algunas características que por entonces eran poco habituales, ya que fue de las primeras en tener sus precios marcados, y que se respetaban estrictamente, sin permitir a los clientes regatear, y también obligaba a pagar en efectivo, no permitiendo ni pagar a crédito ni mediante trueques.

Dibujo de la tienda original de Tiffany & Young

Tienda original de Tiffany and Young.

Tan pronto como en 1841, la compañía dio entrada a un nuevo socio, J. L. Ellis, un especialista que les ayudó a fabricar sus propias joyas. La decisión fue todo un éxito, que permitió a Tiffany, Young & Ellis, como se habían renombrado, a seguir creciendo. Casi al mismo tiempo, otra decisión acertada fue el lanzamiento del libro azul', un catálogo que se vendía por correo y que permitía a clientes de todo Estados Unidos encargar los artículos de lujo de la marca.

Se convirtió en el primer catálogo de venta por correo directo en el país, y ofrecía una amplia variedad de productos, desde joyas y accesorios, hasta artículos para el hogar. El 'libro azul' se convirtió en un catálogo anual, muy apreciado por los clientes, que evolucionó hasta convertirse en una muestra de alta joyería de Tiffany, y que sigue siendo muy preciado hoy en día.

La compañía también supo aprovechar las oportunidades. En esa década de los 40, la inestabilidad política que vivía Europa devaluó el mercado de joyas y piedras preciosas. Y Tiffany se lanzó a comprar diamantes europeos, que luego revendía en Estados Unidos con grandes beneficios. Ese movimiento permitió a la élite del país adquirir joyas en su propio territorio por primera vez, y consolidó a la compañía.

Enfocado en las joyas y el lujo

Observando las tendencias, Charles Tiffany decidió hacerse con el control de la compañía, haciéndose con las partes de sus socios, y renombrándola, simplemente, como Tiffany's. Y decidió enfocar el negocio solo en las joyas y el lujo. Además, comienza su expansión, con la apertura de nuevos establecimientos, incluyendo las principales capitales de Europa.

En los años 60 del siglo XIX la empresa estaba más que consolidada, y empezaba a alcanzar grandes hitos. Por ejemplo, el presidente Abraham Lincoln compró un collar y unos pendientes de perlas de Tiffany para su mujer, que se los puso en el baile inaugural de la presidencia. Al mismo tiempo, la compañía se implicó en la Guerra Civil, suministrando al Ejército de la Unión sables fabricados por ellos mismos, banderas e instrumental quirúrgico.

Tiffany había sido la primera empresa de Estados Unidos en instaurar un estándar de pureza del 92% para la plata de ley, copiando los patrones británicos. Esta norma acabaría adoptándose en todo el país. Esta apuesta por la plata obtuvo su reconocimiento internacional en 1867, cuando se convirtió en la primera empresa de EEUU en ganar un precio a la excelencia en platería en la Exposición Universal de París. Se convirtió en una fuente de ingresos, prestigio y reconocimiento.

Diamante amarillo de Tiffany
El Diamante Tiffany, que sigue siendo uno de los de mayor tamaño y calidad del mundo.

Con ese respaldo, dio el salto a nuevos materiales, como el oro, que empezó a utilizar en la fabricación de joyas, disponibles para todos los norteamericanos; pero sobre todo los diamantes. En 1877, Tiffany adquirió un diamante amarillo fancy en bruto de 287,42 quilates, procedente de las minas Kimberley, en Sudáfrica. Una vez tallado, un año después, se convirtió en una gema pulida de 128,53 quilates, con 82 facetas para maximizar su brillo y resplandor. Lo bautizaron como el Diamante Tiffany, y hoy en día se mantiene como uno de los diamantes de mayor tamaño y calidad del mundo. Esa gema contribuyó a consolidar la reputación de la marca, convertida ya en el máximo referente del lujo a nivel mundial, y conocida por su prestigio y su reputación.

Poco después, Charles Tiffany sorprendería al mundo adquiriendo en una subasta de la corona francesa un tercio de sus joyas. Fue una gran campaña publicitaria para la compañía, y le valió el apodo a Charles de 'El rey de los diamantes'. Por desgracia, el cofundador de la compañía falleció en 1902, y su hijo Louis Comfort se convirtió primer director de diseño oficial. Era un visionario, con una capacidad innata para trabajar con nuevos materiales, como el vidrio, los esmaltes o las piedras preciosas, y con unos diseños basados en la naturaleza que se convirtieron en vanguardia del movimiento Art Nouvea, que estaba en pleno auge. Hoy, más de un siglo después, sigue siendo inspiración para los diseñadores de Tiffany.

A medida que avanzaba el siglo XX, los diseños de la compañía fueron capaces de capturar el espíritu de cada época, desde la extravagancia de los 20, el modernismo de los 30 o la aerodinámica de los 40 o 50. La porcelana de Tiffany decoraba las cenas de la casa Blanca, y sus joyas las llevaban las mujeres más glamourosas del mundo, como Jackie Kennedy, Elizabeth Taylor o Diane Vreeland. Las imágenes de Audrey Hepburn en 'Desayuno con diamantes', una película icónica, se vieron en todo el mundo y pasaron a la posteridad.

En 1947 se trasladaron al edificio de la Calle 57 con la Quinta Avenida, convertido en la tienda insignia de la compañía desde entonces, y que transformó esa zona en el principal destino de compras de la ciudad de Nueva York. La distintiva caja azul, con su cinta de satén blanca, en la que Tiffany vende sus joyas, se convirtió en uno de los objetos más codiciados del mundo.

Adquisición fallida

En 1978, la compañía fue adquirida por el gigante Avon, que pagó unos 104 millones de dólares en acciones. Pero no fue una etapa muy productiva. Tan solo 5 años después, comparaban la tienda de Tiffany en la Quinta Avenida, su buque insignia, con los grandes almacenes Macy's, por la cantidad de ofertas y artículos a bajo precio que tenía a la venta. También criticaban la pérdida de calidad de las joyas y del mal servicio que ofrecía. Había perdido la sensación de lujo y prestigio que le había acompañado Entre quejas, Avon decidió vender la compañía en 1984, a un grupo de inversores liderado por William Chaney, que pagaron 135 millones de dólares.

Los 90, que comenzaron con una recesión, obligó a Tiffany a hacer hincapié en las ventas masivas, proyectándose como una marca accesible para todos, pero sin dar sensación de vulgaridad y cuidando mucho la imagen de la tienda. Por la misma época sufrió el robo más grave de su historia, cuando 6 encapuchados atracaron una joyería llevándose un tesoro por valor de casi 2 millones de dólares. Sin disparos ni vandalismo, un acto casi de película. Dos semanas después, los seis ladrones fueron arrestados y las joyas recuperadas.

La imagen de Audry Hrpburn en Desayuno con diamantes
Captura de la película 'Desaytuno con diamantes', con la icónica Audrey Hepburn llevando joyas de Tiffany.

El siglo XXI confirmó a Tiffany como una de las empresas más importantes y reconocidas del mundo del lujo. Compite cara a cara con cualquier otra compañía del sector. Tanto que en 2020, fue adquirida por el gigante LVMH, tras una operación caótica y complicada. Anunciaron la adquisición un año antes, por 16.500 millones, pero después se echaron para atrás, por los malos resultados provocados por el Covid, de los que culpaban a la gerencia anterior. Tras varias demandas cruzadas entre las dos compañías, acabaron cerrando un acuerdo por valor de 15.800 millones.

Integrarse en el gran gigante del lujo permitió a Tiffany acelerar su expansión global, sobre todo en Europa y China. Hoy cuentan con más de 300 tiendas por todo el mundo, y emplean a más de 12.000 personas, mientras extienden su filosofía de lujo cotidiano, accesible para todos, presente en películas y otros eventos culturales, vinculándose con las personas más famosas, pero sin perder su esencia.


Madridicon-related 
https://www.eleconomista.es/podcasts/noticias/13919118/05/26/como-tiffany-paso-de-ser-una-pequena-papeleria-a-crear-un-imperio-del-lujo.html

martes, 11 de noviembre de 2025

Tendencias en la era del malestar: antes duraban cuatro años, ahora apenas unas semanas


Las cuatro tendencias que dominaran la temporada otoño/invierno 2025 
Getty Images


Más que predecir modas, el 'coolhunter' escucha y traduce los cambios sociales, culturales y estéticos en percepciones útiles que definirán los próximos años


Nada ocurre por casualidad. Todo pasa por algo. Cuando hablas de coolhunting, no se trata simplemente de seguir las modas o identificar lo que será popular mañana. Es, ante todo, entender el presente, descifrar el contexto y reconocer los patrones (semi)invisibles que anticipan hacia dónde vamos como sociedad. Porque cuanto más comprendemos el ahora —la vida de los consumidores, el pulso de la calle, lo que emociona o irrita al mundo—, más capacidad tenemos de adaptar productos, mensajes y servicios a las verdaderas necesidades de las personas. Los coolhunters no predecimos el futuro, pero sí detectamos las primeras señales.

Pero, ¿qué es realmente el coolhunting? Es una especialidad interdisciplinar que combina observación de comportamiento, análisis cultural y creatividad aplicada. No se trata solo de captar estilos o colores que arrasarán, sino de entender cómo las personas viven, sienten y consumen. Desde el street style hasta las subculturas digitales, cada detalle aporta información que, bien interpretada, permite a las marcas conectar de forma auténtica con su público.

El análisis de tendencias es una herramienta poderosa

El análisis de tendencias es, en este sentido, una herramienta poderosa. Permite transformar observaciones en estrategias concretas: desde colecciones de moda hasta campañas de comunicación o experiencias de marca.

Como coolhunter, mi proceso combina investigación directa, observación de comportamientos, síntesis y recomendación, apoyándome siempre en referencias visuales que refuerzan la narrativa: un color que se repite, una conversación en un aeropuerto, una exposición en Berlín, una playlist de TikTok, un nuevo ritual urbano o gestos cotidianos que anticipan cambios de consumo.

Además, las tendencias no surgen en el vacío: son un reflejo de la cultura y de los cambios sociales. La sostenibilidad, por ejemplo, es mucho más que un tema de moda; surge de valores colectivos, hábitos de consumo y nuevas prioridades culturales. En este sentido, el coolhunting funciona como un puente entre cultura y comercio, ayudando a las marcas a tomar decisiones y a ser auténticas y relevantes.

Una presentación dedicada a la práctica que resalta la importancia de estar presente

Una presentación dedicada a la práctica que resalta la importancia de estar presente

 Sergi Sala

Ser coolhunter es, al final, entrenar la mirada, mirar diferente. Es aprender a ver más allá de lo evidente, a leer el presente con atención y a traducirlo en ideas que conecten con personas, emociones y contextos. Porque, en el fondo, anticipar el futuro no es más que entender profundamente lo que está pasando hoy.

Del 'cool' al contexto

La figura del cazador de tendencias nació el 17 de marzo de 1997, cuando el escritor y columnista Malcolm Gladwell publicó The Coolhunt en The New Yorker, describiendo a Dee Dee Gordon, una publicista que rastreaba las calles en busca de señales de cambio cultural. Aquello fue el germen de una profesión que, décadas después, se ha convertido en esencial para entender el consumo contemporáneo.

Hoy, marcas globales como Inditex, Roca o Seat integran equipos especializados en análisis de tendencias. Otros recurren a nosotros, coolhunters y consultores independientes, que elaboramos trend reports ad hoc o anualmente, según la empresa. En ambos casos, el objetivo es el mismo: anticipar el movimiento antes de que suceda.

El ciclo de vida de las tendencias, que antes se asumía que podía durar cuatro años, se ha comprimido hasta límites impensables

El ciclo de vida de las tendencias, que antes se asumía que podía durar cuatro años, se ha comprimido hasta límites impensables. En una era marcada por la hiperconexión y la inmediatez, la moda, el diseño y la cultura son espejos acelerados de la sociedad. Los coolhunters observamos esos reflejos para entender qué emociones, valores o ansiedades se esconden detrás.

Tendencias que nacen del malestar (y de la búsqueda de sentido)

Hoy asistimos a una transformación profunda. Ya no compramos por necesidad, sino por instinto y afinidad: elegimos aquello que nos representa, que se alinea con nuestros valores o que proyecta la identidad que deseamos tener.

De ahí surgen fenómenos que, si se magnifican, terminan siendo tendencia, como el Speak up —esa necesidad de alzar la voz ante lo que no nos gusta o importa— o el auge del movimiento Quiet: la búsqueda del silencio, la calma y la reconexión con lo físico en medio de tanto ruido digital.

Nomade Cafe

Nomade Cafe fomenta la desconexión digital 

 Clara de Nadal Trias

Barcelona, Madrid, Amsterdam, Viena, Londres, Tokio, Seúl… se han convertido en laboratorios vivos de estas nuevas formas de vivir. En la capital catalana —por ejemplo— proliferan los retiros urbanos donde se invita a meditar y aprender del silencio como Inspyria. Y cafés silenciosos en Madrid, como Nomade Café, un espacio acogedor que fomenta la desconexión digital y se promueve una zona sin portátiles.

En paralelo, el diseño en moda adapta poco a poco un lenguaje más sobrio: materiales naturales, líneas puras y ausencia de logotipos. Es el llamado quiet luxury, una estética minimalista que prioriza la calidad sobre la ostentación. No es para todos, claro, pero cada vez tiene más adeptos.

La era del menos pero mejor

Pero esta tendencia silenciosa trasciende la moda. Se manifiesta también en la arquitectura, como en el caso de EstudioQBarcelona, que apuesta por diseñar espacios que hagan sentir a las personas más cómodas tanto en su hogar como en el trabajo. Sus proyectos ofrecen dobles utilidades a los entornos para hacerlos más humanos y funcionales, además de incorporar elementos sensoriales y zonas de calma.

En la gastronomía, se refleja en el auge del slow food, los menús de kilómetro cero y propuestas de reaprovechamiento como la iniciativa Gastrorecup. Incluso en el ocio, cada vez más jóvenes optan por fiestas diurnas sin alcohol en cafeterías —como el Cafè de les Paraules, en Barcelona— y por espacios creativos donde la música convive con la conversación consciente.

A la vez, crece una fatiga tecnológica: muchos jóvenes han optado por publicar menos —ahora conocido como “publicar cero”— sobre su vida personal o hacerlo en grupos cerrados. Esta generación de digital detox busca más contacto real, relaciones tangibles y experiencias físicas que contrarresten el exceso de pantallas. Y eso es exactamente lo que ofrece la start-up Balance Phone, con el objetivo de prevenir adicciones y reducir el tiempo que se pasa delante de la pantalla.

En un contexto global de incertidumbre —guerras, crisis económica, climática y emocional— están resurgiendo también las creencias holísticas y espirituales: astrología, tarot (Horoscoffee en Barcelona, por ejemplo), rituales de autocuidado, técnicas para transitar las emociones a través del movimiento y prácticas ancestrales mezcladas con tecnología que aportan calma y sentido, como las que ya ofrece, desde hace unas semanas, Umbral, en Buenos Aires. Y es que, lejos de ser una moda pasajera, este retorno a lo simbólico es una forma de resistencia ante un mundo fragmentado.

Los nuevos arquetipos del consumo post-2025


Este año se habla de cuatro grandes perfiles de consumidor que comienzan a redefinir el mercado global. Estos arquetipos no son simples consumidores: son brújulas culturales que marcan hacia dónde se dirigen los valores del mañana.

El radical ético. Cada compra es un manifiesto. Exigen transparencia, sostenibilidad y compromiso social. La moda es una herramienta de cambio, no de adorno. Ejemplo: el auge de marcas como Patagonia o Ternua, que comunican su impacto ambiental con datos verificables.

El nómada digital. La libertad es el nuevo lujo. Prefiere movilidad, tecnología portátil y experiencias globales. En España, espacios como CoWorkStudio Las Palmas encarnan esta nueva forma de vivir.

El hedonista consciente. Busca placer con propósito: experiencias sensoriales, lujo ético y belleza sostenible. Casas como Aesop o el hotel boutique La Bionda en Begur traducen esta sensibilidad en diseño emocional y narrativa estética. También se refleja en accesorios de viaje, como las maletas de NORTVI, que combinan diseño sofisticado, lujo funcional y detalles pensados para una experiencia de uso refinada.

El minimalista sensorial. Menos es más. Prioriza calidad, textura y profundidad. En un mundo saturado, el lujo está en el silencio, en un tejido noble o en una casa donde entra la luz. Ejemplo: la firma de moda francesa Polène o el auge de la artesanía contemporánea española como los maestros tejedores Belategui Regueiro, recientemente galardonados con el Premio Academia de la Moda Española por sus tejidos exclusivos para Teresa Helbig que forman parte de la colección 1832 Sur Mer

Mirar diferente

Cinturon de Pierre Cardin

Un cinturón de Pierre Cardin puede ser una fuente de inspiración para un cazador de tendencias con ojo experto 

 Clara de Nadal Trias

En un mundo donde la velocidad y la saturación marcan el ritmo, los coolhunters nos detenemos a escuchar, observar y conectar. Porque el futuro no llega de golpe: se insinúa en los márgenes, en los gestos pequeños, en los detalles que la mayoría pasa por alto.

Y es ahí donde nace el verdadero valor del coolhunting y la pasión del coolhunter: en nuestra capacidad para traducir señales dispersas en significado y convertir la observación en estrategia para contribuir a crear un mundo más justo, cómodo y, ojalá, más accesible para todos. O, al menos, esa es la huella que me gustaría dejar. Porque, en la vida en general y en el coolhunting en particular, el secreto no es ver más, sino mirar diferente.

miércoles, 20 de agosto de 2025

‘The Big Bag Theory’ o por qué llevamos bolsos grandes cuando la economía es pequeña

 

El maxibolso Icare de Saint Laurent.
GETTY iMAGES



Existe una conexión entre el tamaño de los bolsos y el contexto socioeconómico en el que se lanzan. Así que no parece casualidad que, en los últimos años, modelos como el Birkin de Hermès, el Jodie de Bottega Veneta o el Icare de Saint Laurent sean los más deseados, vendidos y fotografiados


La etiqueta definitiva llegó a comienzos de año. La edición estadounidense de la revista Glamour colocaba como “el accesorio más deseado de las fiestas” a un bolso asequible, pero difícil de encontrar, con un nombre que fotografía a la perfección su naturaleza dicotómica: el bolso ‘Birkin’ de Walmart, que es algo así como si en Europa enloqueciéramos con una réplica de Hermès en Carrefour. Con un precio de 80 dólares y una estructura cómodamente situada en ese gris legal que separa un homenaje de una infracción ante los derechos de autor, el bautizado en TikTok como ‘Wirkin’ (por la mezcla del nombre del modelo, Birkin, con el término working, que alude a la clase trabajadora) cumple no solo con la dupe culture o cultura de los duplicados (que impulsada de nuevo por TikTok, ha borrado el estigma de las imitaciones) sino que además satisface el requisito más importante para que un bolso sea ahora una pieza deseable: un tamaño grande.

Estrenando el mes de febrero, Lou Doillon —hija de Jane Birkin y heredera de ese estilo desenfadado que lleva vendiéndose desde los setenta— protagoniza una sesión de fotos para Massimo Dutti, con un accesorio como el elemento principal, protagonista y destacado: el nuevo Rooted Heritage Bag, un bolso maxi tote en piel de herraje con unas medidas importantes: 39 cm de ancho, 30 cm de alto y 26 cm de profundidad, lo suficiente para llevar dentro un ordenador portátil, la agenda, las llaves, un neceser y, en definitiva, esas cosas que solemos llevar las mujeres encima. Las imágenes de Doillon llegan en un momento en el que, curiosamente, las redes sociales (más concretamente, Instagram) están circulando vídeos en los que Jane Birkin enseñaba el contenido del bolso de Hermès a quien dio su apellido, como en aquel documental de 1988 (Jane B. par Agnès V.) en el que Agnès Varda le preguntaba si podía vaciar aquel icónico saco ante su cámara. De allí salió de todo (papeles, recortes de periódico, rotuladores, monedas, una novela, una cinta de celo, una navaja, alguna crema, cerillas, pastillas…), incluida la nostalgia hecha bolso para una generación que no había nacido aún en aquella época.

Unos meses después fue el Birkin original, el primero que llevó Jane Birkin, el protagonista de la subasta del año: siete millones de euros pagó por él un coleccionista japonés, al teléfono de su agente en Sotheby’s, en el corazón de París.

Más allá del fenómeno Birkin, el tema de los bolsos grandes lleva unas temporadas firme en las tendencias. Después de un boom por aquellos bolsitos en los que solo cabían dos monedas —y hoy nadie lleva monedas—, como el viral Le Chiquito de la firma francesa Jacquemus, en los últimos tres años las grandes marcas de lujo han hecho de los bolsos grandes sus nuevos objetos del deseo: es el caso del modelo Y, lanzado por Saint Laurent en el otoño de 2024, del superventas Jodie (que debe su nombre a la actriz Jodie Foster, en un homenaje que mezcla moda y aversión a los paparazzi) de Bottega Veneta y que mide 42 de ancho, 65 de alto y 20 de profundidad, y unos cuantos diseños de Loewe, Coach, Proenza Schouler, Hermès, Marni o Nanushka. Todas estas marcas son las que inspiran después a grandes cadenas, como Zara, Mango o COS, pero también a las firmas que quedan a medio camino (Demellier, Polène), donde igualmente reinan los bolsos grandes.

En 2025, la tendencia sigue en ascenso, y la lista suma y sigue, según se pudo ver en los desfiles de las colecciones de primavera-verano: acabados en ante (Chloé, Victoria Beckham, Burberry, Ferragamo, JW Anderson), en el tono de verde más tendencia (Prada, Loewe), con detalles de flecos (Fendi, Ferragamo), o, en un tamaño ya superlativo (Balmain, Bottega Veneta). Y luego está el resurgir de modelos clásicos de buen tamaño, como el nuevo City de Balenciaga. En la semana de la moda masculina de París, los bolsos grandes han sido la constante entre los invitados fotografiados por su estilo.

En este momento, otra voz (de nuevo extendida en las redes sociales) se ha hecho la pregunta: ¿a qué viene tanto bolso grande, qué nos quiere decir esto sobre nuestro momento? Ben Gallagher es cofundador de Luxe Collective Fashion, una plataforma de reventa de bolsos de lujo con sede en Londres, y lleva siete años analizando los intereses, los gustos y las decisiones de compra en este mercado. “Hay una teoría de la que probablemente no hayas oído hablar nunca. La Big Bag Theory [teoría de los bolsos grandes, en castellano] sostiene que cuando la economía va mal, solemos comprar y llevar bolsos más grandes. Jacquemus es una marca que irrumpió en la escena en 2018 tras el éxito del lanzamiento de Le Chiquito, un minibolso que estuvo en manos de todo el mundo durante unos cuatro años. Curiosamente, ahora no se ve demasiado. Después de la covid en 2020 la economía mundial empezó a desplomarse y en 2021 hemos visto salir bolsos grandes como el YSL Icare o el Bottega Veneta Jodie Maxi, y esto sugiere que la teoría de querer bolsos más grandes cuando la economía va peor es cierta, porque la gente tiene menos dinero para gastar, así que busca más valor cuando lo gasta. Lo deprimente es que no estamos viendo que esta tendencia decaiga en un futuro próximo, así que ¿significa eso que la economía no va a mejorar en un futuro próximo?”

Lo que sí podemos afirmar es que los bolsos más fotografiados y más vendidos en los últimos años se lanzaron en momentos de cierta incertidumbre económica. El bolso Jodie Maxi, de Bottega Veneta, salió al mercado en la primavera de 2020, en el estallido de la pandemia de la covid, cuando la crisis económica global afectó al consumo. Diseñado por Daniel Lee, este modelo es una reinterpretación de un clásico bolso de hombro de la firma, caracterizado por su forma relajada (slouchy) y el emblemático intrecciato. Al poco tiempo, la marca lanzó el Jodie Maxi, una versión ampliada del bolso Jodie original, manteniendo su distintivo tejido y el característico nudo en el asa. Con dimensiones de aproximadamente 65 cm de ancho, 40 cm de alto y 22 cm de profundidad, se trataba de un bolsos grande y funcionale, diseñado para ser versátil y adecuado a un estilo de vida cambiante. El nombre “Jodie” se inspira en un momento en el que la actriz Jodie Foster fue fotografiada cubriéndose de los paparazzi que le perseguían por Nueva York con un bolso Bottega Veneta, convirtiéndolo en una especie de escudo protector: este detalle, el del bolso como cobijo, no es menor.

Por su parte, el bolso Icare de Saint Laurent es una pieza destacada en las colecciones de Saint Laurent en los últimos años: un tote de gran tamaño, reconocible por su diseño acolchado y por llevar la emblemática insignia Cassandre de la marca. Con unas dimensiones de aproximadamente 43 cm de altura, un ancho de entre 38 y 58 cm y una profundidad de alrededor de 8 cm, tiene también un tamaño considerable y también llegó al mercado en el mismo contexto de incertidumbre económica. Otras marcas han adaptado modelos anteriores a sus dimensiones más grandes: es el caso del modelo Chanel 22 (con forma de saco grande y asa de cadena, grande, cómodo y práctico, lanzado durante la recuperación pospandemia, en un contexto económico de inflación), el Keepall 50 (la versión más voluminosa del exitoso bolso de Louis Vuitton, grande y resistente, dos adjetivos importantes en su momento), el Prada Galleria Bag (en cinco tamaños que llegan hasta el grande, con medidas de 24cm de altura, 32 cm de largo y 13,5 cm de ancho), todos ellos lanzados en 2023. En 2024, Givenchy sacó la versión más amplia de su bolso Antigona Soft y Gucci amplió su línea de bolsos Jackie 1961, con nuevas versiones grandes. En este tiempo, el Large Leather Tote de The Row se ha convertido en la quintaesencia del lujo silencioso.

Todos esos lanzamientos coinciden con años de incertidumbre global y una inflación desatada a partir del año 2020, y se introdujeron en un momento en que la moda de lujo se aferraba a su capacidad para ser un símbolo de resistencia frente a la crisis económica. A pesar de la caída general en el consumo, los compradores de alta gama continuaron invirtiendo en productos que representaran estatus y que fueran a largo plazo, con el lujo como una opción sólida y los bolsos grandes como un producto no solo funcional, sino también emocionalmente reconfortante. Además, en tiempos difíciles, los consumidores a menudo ven los productos de lujo como una inversión: los bolsos de gran tamaño de marcas como Bottega Veneta, Chanel y The Row ofrecieron esa mezcla de atemporalidad y valor.

La Big Bag Theory se refiere precisamente a la tendencia de bolsos grandes lanzados en momentos de crisis económica, inflación o incertidumbre, donde los consumidores buscan productos funcionales, duraderos y con valor a largo plazo. El término se acuñó en el ámbito de la moda a partir de los años 2010, cuando las marcas de lujo empezaron a popularizar bolsos de gran tamaño como respuesta a la creciente demanda de piezas prácticas. Este año se cumplen cinco del la creación de The Big Bag Club, un perfil en la red social Instagram dedicado exclusivamente a mostrar la tendencia de los bolsos gigantescos en todo su esplendor. Su creadora, la diseñadora gráfica italiana Virginia Rolle, edita fotos de campañas de moda y del llamado street style y maximiza la talla de los bolsos hasta proporciones descomunales. Así, empezó a publicar fotos de prescriptoras de moda como Chloé Harrouche porteando un Bottega Veneta, Marianne Theodorsen parapetada tras un Chanel o Miranda Makarofff abrazada a un Loewe. “Creo que a la gente le gustan mis fotos porque es otra manera de mirar el mundo de la moda, más divertida y con un tono menos esnob”, contó en una entrevista concedida a S Moda.

A propósito de los bolsos grandes, esta revista contactó con una fisioterapeuta para conocer si llevarlos tiene consecuencias para la salud. Sandra Gómez, directora de la clínica Fisio-Especialistas en Madrid, explicó entonces que cargar peso en la espalda durante largos periodos de tiempo tiene consecuencias nocivas, más aún si encima no repartimos ese peso de manera homogénea. A corto plazo, aseguró, genera contracturas musculares y, a largo plazo, afectará a los discos intervertebrales y a las propias vértebras. Los primeros síntomas tras llevar bolsos excesivamente pesados se sienten en los trapecios, en la musculatura que transcurre del cuello a los hombros, lo que acaba provocando dolor de cabeza, de cuello y en la zona dorsal alta. “Si no se pone remedio ye este mal hábito se prolonga en el tiempo, acabará afectando también a la zona lumbar, que es la que realmente soporta las cargas”, afirmó esta fisioterapeuta. “Siempre les decimos a nuestros pacientes que intenten llevar el bolso a ambos lados”, contó, y añadió un truco sencillo para memorizar el gesto: “Siempre que salgas de casa coloca el bolso en el lado derecho, por ejemplo, y al regresar colócatelo siempre en el izquierdo”. Y añadió un dato: “El Colegio de Fisioterapeutas de Madrid recomienda que un bolso lleno pese como máximo un 5% del peso de la persona que lo lleva. Así, una persona de 60 kilos debería transportar un máximo de tres kilos en su bolso”.

Una lectura sociológica de los bolsos que llevamos refleja que un bolso, especialmente uno de diseño, es más que simplemente un objeto para llevar cosas, como apuntaba la BBC en un artículo este mismo mes de enero. También puede ser un símbolo de estatus, un elemento de autoexpresión e identidad personal, o un objeto de aspiración. Un importante punto de entrada al universo de una marca, porque permite a quien lo compra sentirse parte del ecosistema de la marca, de los valores, el estatus o la devoción que despierta, sin tener que comprar ropa de esa marca. Y lo que no es menor: como publica Vogue Business, el bolso tiene un dominio absoluto sobre la moda y puede impulsar ventas significativas para las marcas, al tiempo que actúa como un cartel publicitario personal.




Amaia Odriozola
19 AGO 2025 - 05:30 CEST
https://elpais.com/smoda/moda/2025-08-19/the-big-bag-theory-o-por-que-llevamos-bolsos-grandes-cuando-la-economia-es-pequena.html