El BCE está preocupado por el impacto en Europa de las emisiones por la IA
Amazon y Alphabet acaparan ya casi el 10% de la nueva deuda corporativa emitida en euros este año
La deuda de las tecnológicas compite con los bonos soberanos y puede forzar a los gobiernos a pagar más
Fondos de pensiones y aseguradoras ya ven en la deuda de las big tech una alternativa a los bonos soberanos
La avalancha de emisiones para financiar el despliegue de la IA ha llegado también a Europa. Amazon y Alphabet son ya los dos mayores emisores corporativos no financieros de la zona euro en lo que va de año al emitir en euros. Las dos compañías acumulan ya cerca de 40.000 millones de euros en bonos dentro de los índices de crédito europeos y concentran casi el 10% de toda la nueva deuda en euros emitida por empresas no financieras. El BCE, a través de su blog, ha lanzado una seria advertencia de las implicaciones para el resto de emisores europeos, tanto empresas como países.
Pese a que por ahora el mercado europeo ha absorbido sin demasiadas dificultades la llegada masiva de deuda de las grandes tecnológicas estadounidenses, los autores del blog del BCE advierten de que el escenario puede cambiar a medida que los hiperescaladores acumulen deuda y ganen peso en el mercado de bonos. Su creciente necesidad de financiación podría terminar elevando el coste de endeudamiento del conjunto de la economía e incluso provocar un contagio hacia la deuda soberana y supranacional europea. Todo dependerá, explican, de si la "tarta" disponible para los inversores permanece fija —obligando a las tecnológicas a quedarse con una porción cada vez mayor— o si el mercado es capaz de crecer para absorber toda la nueva oferta.
Si Alphabet, Amazon, Microsoft y el resto de hiperescaladores incrementan sustancialmente sus emisiones, podrían poner a prueba el apetito de los inversores y verse obligados a colocar sus bonos a precios más bajos y con diferenciales de rentabilidad más amplios, explican. Además, la expectativa de que en el futuro llegue todavía más deuda puede agravar el fenómeno: los inversores pueden negarse a comprar hoy a determinados diferenciales si creen que dentro de unos meses podrán obtener una prima mayor, comentan con preocupación.
Las investigadores del BCE advierten de que los balances y las carteras de los inversores no son ilimitados. Para hacer hueco a grandes colocaciones de deuda tecnológica, los gestores pueden verse obligados a reducir sus posiciones en bonos de otras compañías. Esto podría generar un efecto de crowding out o desplazamiento que "eleve los costes incluso para emisores de industrias no relacionadas" con la inteligencia artificial.
Por ahora, la exposición de los inversores de la zona euro a esta deuda sigue siendo relativamente reducida, aunque está aumentando con rapidez. Los hiperescaladores concentraron el 15% del incremento de las tenencias domésticas de bonos corporativos denominados en euros durante los doce meses terminados en marzo de 2026, con una demanda especialmente fuerte procedente de fondos de pensiones y aseguradoras. Para este tipo de inversores, que buscan activos de elevada calidad crediticia y vencimientos largos, la deuda de las grandes tecnológicas puede convertirse incluso en "una posible alternativa" a determinados activos tradicionalmente considerados refugio y apuntan directamente a los bonos soberanos.
Existe además un tercer mecanismo, más técnico pero potencialmente importante: el funcionamiento de los índices de renta fija. A medida que los hiperescaladores aumenten su peso en estos índices, los fondos pasivos y los gestores que replican índices de referencia tendrán que incrementar mecánicamente sus compras de deuda tecnológica. El blog del BCE advierte de que este reajuste puede "intensificar la presión sobre otros bonos" y terminar influyendo también en sus diferenciales de crédito
EEUU es un ejemplo del riesgo para Europa
La preocupación del BCE tiene fundamento. En agosto, el mercado de deuda estadounidense se ha tensionado rápidamente, y uno de los principales motivos que han defendido los analistas para explicar el aumento de las rentabilidades a vencimiento de la deuda soberana de Estados Unidos ha sido el incremento de las emisiones de deuda corporativa, impulsado, principalmente, por las empresas que están llevando a cabo fuertes inversiones para desarrollar la IA.
El mismo aumento de las rentabilidades a vencimiento de la deuda americana se ha contagiado a la deuda europea, pero la amenaza que presenta el BCE va más allá: que el motivo de la tensión en la deuda de Estados Unidos ahora se exporte directamente a Europa, y no sólo como un contagio por lo que está ocurriendo en el otro lado del Atlántico.
El aumento de las rentabilidades de la deuda por la ola de emisiones corporativas se explica por la vieja teoría conocida como "efecto expulsión", que plantea que, ante una demanda limitada, si el estado emite mucha deuda, esta fuerza compradora se puede secar para los bonos de empresas privadas. Este "efecto expulsión", sin embargo, ahora parece que se puede producir a la inversa, desde el sector privado hacia el público, y forzar a los gobiernos a competir con la deuda corporativa, ofreciendo rentabilidades más altas.
Si países con una situación fiscal complicada, como es el caso de Francia, han sufrido en agosto la presión que llegaba por el contagio estadounidense, el problema ahora es que pueda sumarse la propia emisión de las empresas americanas en euros, en los mercados europeos.
El temor al aumento de las emisiones corporativas está justificado: sólo las empresas con grado de inversión en su calificación han lanzado más de 1,5 billones de dólares en deuda en lo que va de 2026, por encima de los niveles del año pasado, en este mismo punto, en un 36%.
Desde una guillotina en Oregón hasta una campaña de un zoo en Nashville, la oposición vecinal se recrudece contra los centros de datos / elEconomista
La oposición vecinal ya ha logrado paralizar proyectos con moratorias e incluso prohibiciones en varias ciudades
El enorme consumo de electricidad y agua de estos complejos y su impacto ambiental alimentan el rechazo vecinal
"No me siento seguro". Con esas palabras, un portavoz de Verrus abandonó una reunión de vecinos para debatir la construcción de un centro de datos de inteligencia artificial en Salem, Oregón, después de que una guillotina apareciera entre los manifestantes. La réplica del instrumento fue arrastrada en bicicleta hasta las inmediaciones del Ayuntamiento durante la reunión convocada para discutir el proyecto Oakline at Mill Creek, valorado en 5.100 millones de dólares y con una superficie prevista de unas 75 acres, alrededor de 30 hectáreas.
La imagen resumió de forma gráfica el creciente rechazo que despierta una infraestructura imprescindible para la carrera por la inteligencia artificial. La reunión se prolongó durante más de seis horas y la tensión llegó a tal punto que los representantes de Verrus tuvieron que irse del lugar escoltados por la policía. Poco después, Salem aprobó una moratoria de un año para estudiar nuevas reglas sobre centros de datos.
Goldman Sachs calcula que la demanda eléctrica de los centros de datos estadounidenses pasará de 31 gigavatios en 2025 a 66 gigavatios en 2027, impulsada principalmente por la expansión de la inteligencia artificial. Si esa demanda media se mantuviera durante todo el año, equivaldría a unos 578 teravatios-hora de electricidad, lo que representa 2,3 veces los aproximadamente 256 TWh que consume España en un año.
La principal protesta es el impacto ambiental. Por ejemplo, se encuentra el nuevo centro de datos que Amazon proyecta en Pecos County, Texas, cuya electricidad procederá de una planta propia de gas natural con 35 turbinas y hasta 7,65 GW de capacidad. La instalación tiene autorización para emitir hasta 33 millones de toneladas de CO? al año, un volumen comparable a las emisiones anuales de países como Suiza, Irlanda o Bulgaria. De alcanzar ese máximo, la planta se convertiría en la mayor fuente individual de gases de efecto invernadero de Estados Unidos.
El impacto ambiental de estos complejos, sin embargo, no se limita a las emisiones de dióxido de carbono. El primer problema es la electricidad: miles de servidores y, especialmente, los procesadores utilizados para entrenar y ejecutar modelos de IA requieren enormes cantidades de energía. La Agencia Internacional de la Energía calcula que los centros de datos consumieron unos 415 TWh en todo el mundo en 2024 y prevé que esa cifra se duplique hasta 2030.
El segundo problema es el calor. La electricidad utilizada por los procesadores acaba transformándose en energía térmica, por lo que las instalaciones necesitan sistemas de refrigeración permanentes. Estos consumen a su vez electricidad y, dependiendo de la tecnología empleada y de las condiciones locales, pueden requerir grandes cantidades de agua. A ello se suma la construcción de edificios, subestaciones, líneas eléctricas y carreteras, así como la fabricación de servidores, chips y baterías.
Existe otro problema: cómo se genera esa electricidad. La expansión de la IA está obligando a buscar nuevas fuentes de energía y, en algunos lugares, a construir centrales de gas junto a los centros de datos. Esto puede convertir una demanda informática en una nueva fuente de emisiones contaminantes. La propia AIE advierte de que el crecimiento de los centros de datos está empezando a encontrarse con cuellos de botella físicos, desde transformadores y turbinas de gas, hasta conexiones a la red eléctrica.
Oposición estadounidense
Salem no es una excepción. En Nashville, Tennessee, una campaña del zoo contra un centro de datos situado junto a sus instalaciones reunió más de 563.000 firmas y terminó contribuyendo a la aprobación de una moratoria municipal. El desarrollador, DC Blox, ha demandado posteriormente a la ciudad.
En Utah, la oposición vecinal consiguió que el inversor Kevin O'Leary aceptara reducir a la mitad el tamaño previsto de su proyecto Stratos, que inicialmente contemplaba 40.000 acres, una superficie equivalente aproximadamente a la mitad de Salt Lake City.
Y en California, Monterey Park ha ido todavía más lejos: la ciudad aprobó una prohibición de nuevos centros de datos después de una campaña vecinal que llevó el asunto a las urnas.
La guillotina de Salem es más que una imagen llamativa. Es el símbolo de un conflicto que empieza a extenderse por Estados Unidos: la carrera por construir la infraestructura de la IA está chocando con los límites de la electricidad, el agua, el territorio y la paciencia de las comunidades que deben alojarla.
Un grupo de GoogleDeep creó un formulario para que los candidatos hicieran llegar directamente a personas sus currículums ante el riesgo de que la IA cometiera errores en la selección
El crecimiento de la inteligencia artificial (IA) ha llegado a los equipos de contratación. En el caso de Google, promocionan sus propias herramientas de IA como una forma de examinar más rápidamente a los posibles candidatos a entrar a la compañía de Silicon Valley. Pese a todo esto, ya son varios los trabajadores que no quieren depender del uso de la tecnología para contratar a personal.
Según Bloomberg, han tenido acceso a documentos que los equipos de Seguridad y de IA de Google, cuyos objetivos son los de mitigar los riesgos de la IA, están divulgando a candidatos a los que aplican a vacantes de la compañía norteamericana. Se trata de varios formularios especiales, que instan a rellenar a los candidatos a un puesto ante el riesgo de que puedan ser eliminados por los sistemas de IA de la propia compañía.
El documento contenía la siguiente advertencia: "Por favor, no difundáis este documento". "Contamos con un sistema de solicitudes en el que existe una probabilidad de que tu currículum sea descartado por error o sea demasiado tarde para que llegue a nosotros", también añaden que "rellenar este formulario garantiza que una persona real del equipo pueda ver tu solicitud". Desde Google han confirmado que el objetivo de la empresa al contar con estas herramientas es contratar al personal más cualificado, no el de descartar a candidatos de forma errónea.
Para el personal de recursos humanos se abre una paradoja nueva con la IA. La veloz adaptación de estos programas ha provocado que algunos equipos puedan temer por sus puestos de trabajo. Sin embargo, el uso de la IA ante estos procesos puede ser confuso dependiendo de cómo se clasifique a los potenciales candidatos. Google ha comenzado a promocionar sus herramientas como "una forma de ahorrar tiempo al departamento de Recursos Humanos".
Pese a esto, los sistemas de elección de IA han sido objeto de críticas por su potencial discriminatorio hacia los posibles candidatos. Y es que estas tecnologías pueden hacer un sesgo basado en el nombre de los potenciales trabajadores para la compañía. De hecho, la empresa Workday ya se enfrenta a demandas en las que sus sistemas de contratación seleccionaban a sus aspirantes en función de su raza o edad. La compañía ha rechazado estas alegaciones y se ampara en que humanos realizan esas decisiones.
Desde el equipo de Google DeepMind son cautelosos con esta posibilidad y advierten a la compañía y solicitantes que, sin el uso de la IA, podrían tener más oportunidades. El formulario en contra de la inteligencia artificial contenía el siguiente mensaje: "Un ser humano de verdad leerá este mensaje, a estas personas les cansa mucho leer respuestas generadas por modelos de lenguaje, ya que suenan muy parecidas".
Rallo: "No logran abaratar la deuda, pero sí han afectado al dólar"
La capacidad del Tesoro es limitada, pero las intenciones son claras
La japonización implica una depreciación del dólar y pocos recortes
Cuando hace unos años se hablaba de 'japonización' de las economías avanzadas, siempre aparecía en una posición destacada la zona euro o Europa en su conjunto. El elevado nivel de deuda pública del Viejo Continente, el invierno demográfico y el bajo crecimiento de la economía hacían de Europa un candidato como ningún otro para convertirse en el nuevo Japón en términos económicos. Sin embargo, en los últimos años ha irrumpido con mucha fuerza en la lista de candidatos a la 'japonización' nada más y nada menos que EEUU. El enorme desequilibrio fiscal de los últimos años (la semana pasada se llegó al hito histórico de los 40 billones de deuda pública) junto a la creciente intervención del mercado de deuda y de las instituciones, están conduciendo a la mayor economía del mundo hacia el camino que ya ha recorrido la economía nipona.
Cada vez son más los expertos y economistas que creen que EEUU ha empezado a adentrarse en un terreno que Japón conoce demasiado bien: una elevada deuda pública que convierte el coste de financiación del Estado en una variable tan importante que amenaza con condicionar la propia política monetaria, erosionando el tipo de cambio de la divisa e incluso dejando en un segundo plano el control de la inflación. El dólar podría ser el gran damnificado de todos estos movimientos que pretenden crear una suerte de ilusión monetaria en la que la deuda se vuelve sostenible a base de erosionar el billete verde, reducir el poder adquisitivo de los consumidores a base de represión financiera e inflación y evitar afrontar con recortes un gasto público que supera con creces los ingresos fiscales de EEUU.
La intervención para 'rescatar' al yen y la operación del Tesoro de EEUU para intentar poner coto a los rendimientos a largo plazo de la deuda parecen la prueba que demuestra que EEUU habría comenzado una 'japonización' sin retorno. Algunas voces muy tenidas en cuenta en el mercado, como la del gurú Ray Dalio, han redoblado sus habituales alertas. Por ahora, el dólar retrocede casi un 1% en la última semana y algo más del 2,5% en el último mes frente al euro. No obstante, cuando se analiza el rendimiento del 'billete verde' frente a otros activos como el oro, el bitcoin o la plata se puede ver una 'caída' superior. Cuando hay miedo a la dilución de la moneda, el resto de activos tiende a subir.
Juan Ramón Rallo, Doctor en Economía, advierte de que Washington está comenzando a coquetear con la denominada dominancia fiscal, una situación en la que las necesidades del Tesoro terminan subordinando las decisiones del banco central. El problema no es únicamente cuánto debe EEUU, sino qué ocurre si el mercado exige cada vez más rentabilidad para seguir financiándolo. Ante semejante escenario, la tentación política consiste en intentar contener artificialmente esos tipos antes que afrontar la alternativa mucho más dolorosa de recortar el déficit. Para Rallo, las últimas actuaciones de Washington transmiten el mensaje de que EEUU parece dispuesto a "diluir el valor del dólar antes que a recortar el gasto público".
El Tesoro contra el mercado
No solo Rallo. El sentimiento del mercado es claro y la fuerte apreciación del oro, la plata o el bitcoin (los activos predilectos por los inversores para protegerse del 'debasement trade') parece la gran prueba. Desde BCA Research, su estratega jefe, Ryan Swift constata que inclinar la oferta hacia los bonos del Tesoro a corto plazo y alejarla de los bonos con cupón ejerce una presión a la baja sobre los rendimientos a largo plazo. Sin embargo, advierte, hay un límite a hasta dónde puede impulsar el Tesoro esta tendencia. Ese límite lo determinará el mercado, resuelve. Concretamente, el diferencial entre los tipos de los bonos del Tesoro a corto plazo y los tipos de los swaps de vencimiento equivalente en el extremo inicial de la curva.
"En definitiva, la capacidad del Departamento del Tesoro para reducir los rendimientos a largo plazo es muy limitada. La única palanca de la que dispone es modificar la composición por vencimientos de la deuda en circulación, y el mercado se opondrá si se excede al accionar esa palanca. Si los responsables políticos se toman en serio la adopción de medidas para contener los rendimientos a largo plazo, la Reserva Federal tendrá que recurrir a su balance", desarrolla Swift, recordando que esto chocaría con las repetidas declaraciones del nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, expresando su deseo de reducir el balance. Las contradicciones y los actos de las grandes instituciones económicas de EEUU están generando una creciente desconfianza en la economía americana y el 'todopoderoso' dólar.
El sistema financiero construido alrededor del dólar empieza a mostrar grietas y la mejor prueba, según el analista Ben Norton, es la insólita intervención del Tesoro de EEUU para sostener al yen, la primera operación de este tipo desde 1998. Su tesis es que Washington no actuó únicamente para ayudar a Japón, sino para impedir que Tokio tuviera que vender masivamente bonos estadounidenses para defender su moneda. Japón es el mayor acreedor extranjero de EEUU, con 1,24 billones de dólares en Treasuries en febrero de 2026. Sin embargo, sus tenencias ya han caído por debajo de 1,12 billones en julio, un descenso superior a 100.000 millones en apenas cuatro meses. El problema es que estas ventas llegan cuando el Tesoro necesita colocar cantidades enormes de deuda y las rentabilidades permanecen elevadas, por lo que cualquier liquidación adicional de bonos presionaría todavía más al alza los tipos a largo plazo. De ahí que Norton interprete la ayuda al yen como un intento de proteger, en última instancia, el mercado de deuda estadounidense y el propio sistema del dólar.
Esta tensión está condicionando incluso la forma en la que EEUU gestiona su gigantesca necesidad de financiación. Norton destaca que el Tesoro está aumentando las recompras de bonos de vencimientos largos mientras emite fundamentalmente deuda a corto plazo (solo en julio colocó 2,57 billones de dólares en letras frente a 310.300 millones en notes y apenas 37.300 millones en bonos de largo plazo; es decir, el 86,4% de toda la emisión se concentró en letras). El trasfondo es una combinación compleja de déficits federales cercanos al 6% del PIB que obligan a emitir cada vez más deuda, mientras los inversores extranjeros muestran una menor disposición a absorberla (más oferta de bonos y menos apetito del mercado).
La proporción de Treasuriesen manos extranjeras ha bajado desde más del 45% a comienzos de la década de 2010 hasta alrededor del 32% o 33%, mientras China ha reducido sus tenencias desde más de 1,3 billones de dólares en 2014 hasta menos de 700.000 millones. Ese hueco está siendo cubierto en mayor medida por inversores privados, fondos de cobertura e incluso emisores de stablecoins, pero Norton subraya que ni siquiera esta demanda ha conseguido impedir que las rentabilidades de la deuda sigan su tendencia al alza.
El dólar mira al precipicio
La consecuencia más profunda afecta al propio dólar y a la libertad de actuación de la política económica estadounidense. Norton se apoya en el economista Barry Eichengreen, profesor de Economía y Finanzas Berkeley, para sostener que resulta revelador que Washington tema que otros bancos centrales utilicen libremente sus reservas en dólares si hacerlo implica vender Treasuries y elevar sus rentabilidades. De hecho, EEUU habría utilizado euros, y no bonos del Tesoro, para financiar su intervención en favor del yen precisamente para evitar añadir presión sobre el mercado de deuda.
Para Eichengreen, estos movimientos indican que "el estatus del dólar como moneda de reserva ya no es lo que era". Si mantener la estabilidad del mercado de deuda estadounidense exige desalentar que los bancos centrales conviertan sus reservas en dólares cuando las necesitan, disminuye uno de los principales atractivos de esas reservas, su liquidez. De este modo, cuanto mayor sea la deuda estadounidense y más necesario resulte mantener bajos sus costes de financiación, mayor puede ser la presión para orientar la política monetaria y financiera hacia la protección del mercado de Treasuries, pero esa misma intervención puede alimentar la diversificación de reservas y la desdolarización que Washington pretende evitar.
Un intento por contener la deuda
El último intento del secretario del Tesoro, Scott Bessent, sirve para entender el problema. Su estrategia pasa por recomprar deuda pública a largo plazo financiando la operación mediante nuevas emisiones a corto plazo, donde los tipos son inferiores, con la esperanza de aliviar el coste de financiación en los vencimientos largos. Pero, según Rallo, el resultado evidencia el fracaso, puesto que los tipos a largo plazo han regresado aproximadamente a los niveles anteriores a la intervención, mientras el dólar sí ha sufrido y los activos utilizados como refugio frente a su depreciación han subido con fuerza. "No han abaratado el coste de financiación de la deuda pública y sí han afectado negativamente al dólar", asegura Juan Ramón Rallo. Su interpretación es que el mercado no percibe que estas operaciones hayan mejorado la solvencia del Tesoro, pero sí empieza a exigir un descuento ante una moneda potencialmente menos fiable.
Es precisamente aquí donde aparece el inquietante paralelismo con Japón. Ante una montaña de deuda pública, Tokio convirtió durante años al Banco de Japón en el gran dique encargado de impedir que aumentase su coste de financiación. El banco central compró enormes cantidades de bonos y, desde 2016, llevó esa estrategia hasta el denominado control de la curva de rendimientos, en la que el BoJ se comprometió a realizar las compras necesarias para mantener el bono japonés a diez años alrededor del 0%. Durante años funcionó (Japón era el país que todo el mundo ponía de ejemplo para afirmar que el endeudamiento no era malo, no generaba inflación ni inestabilidad). Pero la realidad era bien distinta.
El 'truco' de Japón también falló
El Banco de Japón no descubrió ninguna fórmula para endeudarse gratuitamente, sostiene Rallo, sino porque coincidió con unas circunstancias extraordinariamente favorables, en la que las familias y empresas japonesas estaban desapalancándose, mientras que escaseaban las oportunidades privadas de inversión y existía una demanda gigantesca de activos líquidos y deuda pública en yenes. Esa demanda absorbía los yenes creados por el banco central sin generar grandes presiones inflacionistas ni hundir inmediatamente la moneda. Sin embargo, el espejismo terminó cuando esa demanda dejó de ser suficiente. Los yenes creados comenzaron a exceder lo que familias, empresas e inversores querían mantener y el resultado fue depreciación de la moneda, inflación y, finalmente, la necesidad de abandonar progresivamente el férreo control de los tipos.
"El Banco Central de Japón no hacía magia", sentencia Rallo. Sin una demanda suficientemente fuerte de yenes, "el Banco Central no puede estabilizar los tipos de interés sin inflación". Y esa es la razón centra de la posible japonización estadounidense. Washington puede tratar de modificar la estructura de su deuda o la Reserva Federal podría terminar facilitando su financiación, pero ninguno de esos mecanismos elimina el coste económico de una deuda creciente. Simplemente puede trasladarlo desde el presupuesto hacia otro lugar: la inflación y el valor de la moneda.
También atisba ecos japoneses en la 'jugada maestra' de Bessent un veterano e ilustre estratega, Robin Brooks. "He escrito una serie de artículos sobre cómo los límites artificiales a la rentabilidad en Japón son la causa de que el yen lleve más de cinco años en una espiral de depreciación. Al fin y al cabo, si a los inversores no se les pagan primas de riesgo adecuadas, ¿por qué iban a mantener tus bonos del Estado? En lugar de eso, se lanzarán a la salida, ejerciendo presión a la baja sobre la moneda. Los mercados han observado de cerca y han aprendido de Japón. Están atentos a cualquier indicio de que algo similar pueda estar ocurriendo en otros lugares. Por lo tanto, es comprensible que el anuncio de recompra (de Bessent) -mientras los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo alcanzaban máximos de varias décadas- haya suscitado una gran reacción", señala en uno de sus últimos análisis.
Para Brooks, Bessent, al que muchos han tildado de audaz en los últimos días (otros tantos se le han echado encima al ver que los rendimientos volvían a la casilla de salida), se encuentra ahora ante un problema. "Si le das a los mercados un objetivo, empezarán a disparar hacia él", advierte, recordando que las repetidas intervenciones para reforzar el yen resultaron contraproducentes, ya que animaron a los mercados a "poner a prueba" -una y otra vez- si las autoridades mantendrían su compromiso de defender el yen. El resultado final ha sido que las intervenciones se producen con cada vez mayor frecuencia, su eficacia va disminuyendo con el tiempo y el yen ha continuado su tendencia a la baja.
"Lo mismo ocurrirá ahora con los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo. Los mercados 'pondrán a prueba' a Bessent una y otra vez. El Tesoro tendrá que tomar medidas para limitar los rendimientos con cada vez mayor frecuencia y, cada vez que lo haga, el oro se disparará y el dólar se desplomará. EEUU se está acorralando a sí mismo en una situación sin salida, de la que la única salida es un auténtico ajuste fiscal", sentencia el investigador principal de Brookings Institution y execonomista jefe del Instituto Internacional de Finanzas (IIF).
Subiendo el tono de su crítica, Brooks denuncia que, "cuando los países se quedan sin margen fiscal, empiezan a recurrir a tácticas para confundir y distraer". Esto implica acortar el vencimiento de sus emisiones de deuda, presionar a sus bancos centrales para que limiten los rendimientos y hablar con desdén sobre mercados "irracionales". "Nada de esto se debe a una administración o gobierno en particular. Es un problema mucho más sistémico y, básicamente, se trata de poderosos intereses creados que luchan por mantenerse en el poder", ahonda en la herida el estratega, señalando con el dedo índice a uno de sus objetivos habituales como el Banco Central Europeo, al que acusa invariablemente de "sujetar artificialmente" los rendimientos comprando deuda de país fiscalmente irresponsables. "Bessent es un simple seguidor del BCE en este sentido, dado que el BCE califica el aumento de los rendimientos de los países con alta deuda como "fragmentación", lo que no es más que una forma elegante de decir que los mercados son irracionales y que el BCE sabe que no es así", zanja.
Diluir el dólar para pagar la deuda
Al mismo tiempo, Rallo explica que si los inversores empiezan a creer que Washington antepondrá abaratar su deuda a preservar el poder adquisitivo del dólar, exigirán una compensación mayor para mantener activos denominados en esa moneda. "Si los inversores están viendo que tú priorizas un objetivo, que te financies barato, a otro objetivo, que no haya inflación", explica Rallo, empezarán a descontar la posibilidad de que EEUU "va a diluir el valor de la moneda" para reducir su factura financiera. El resultado paradójico es que intentar abaratar la deuda mediante la depreciación puede terminar encareciéndola, puesto que una menor demanda marginal de bonos del Tesoro obliga a ofrecer mayores rentabilidades para atraer compradores. "La pérdida de confianza en una moneda no solo no contribuye a abaratar tu coste de financiación, sino que puede encarecerlo", advierte.
Ahí aparece lo que Rallo denomina una peligrosa "zona de no retorno". Cuanto mayor es la deuda, más daño provoca cada punto adicional de tipos de interés sobre las cuentas públicas. Si los intereses aumentan, el déficit se agranda, el Tesoro necesita emitir todavía más deuda, los inversores pueden exigir una prima superior y la factura financiera vuelve a crecer (un bucle infinito que resulta muy complicado romper). En el extremo, explica Rallo, un Estado podría encontrarse en la situación de no poder estabilizar su deuda mediante ajustes convencionales y verse empujado a reducir su valor real mediante inflación: "No puedes pagar la deuda pública sin inflación porque eso supone tipos de interés mucho más altos de los que puedes digerir".
Todos expertos creen que EEUU ha iniciado el camino, pero aún le queda mucho para llegar a ese punto de no retorno o lo que podríamos denominar como 'cruzar el Rubicón'. Sin embargo, la experiencia de otros países y la teoría están ahí. Si EEUU terminara intentando resolver un problema fiscal mediante la moneda podría terminar cayendo en la misma trampa que la economía nipona.
Japónpudo sostener durante mucho tiempo ese equilibrio gracias a una extraordinaria demanda doméstica de yenes y deuda soberana, pero acabó pagando parte de la factura mediante una fuerte depreciación de su divisa cuando las circunstancias cambiaron. EEUU cuenta con una ventaja todavía mayor gracias al papel internacional del dólar, pero precisamente por eso tiene también mucho más que perder, puesto que su capacidad para financiarse en condiciones privilegiadas depende de la confianza mundial en su moneda y en sus activos. Si Washington transmite que preservar esa confianza es secundario frente a mantener barato el coste de una deuda cada vez mayor, puede deteriorar justamente el privilegio que le permite soportarla. Rallo termina con una advertencia que va incluso más allá de la comparación japonesa: si la "alquimia financiera" sustituye al ajuste presupuestario, "Estados Unidos terminará japonizándose o, más bien, argentinizándose".
Prendas de la marca de moda rápida Shein colgadas en sus oficinas de São Paulo, Brasil.
(Reuters/Jorge Silva)
Las tendencias en redes en torno a la cultura china pueden ser un arma de doble filo, tanto para Occidente como para Pekín
Ahora que termina la ola de calor, pero continúa la canícula, un paseo bajo el aire acondicionado del centro comercial —el único refugio climático que parecen conocer muchas ciudades españolas— basta para percibir a pie de calle lo que lleva un tiempo cociéndose en redes. Cuellos, puños, mangas y botonaduras traen esta temporada, tanto en ropa formal como deportiva, un evidente aire asiático.
Una vez más, el fast fashion se ha puesto manos a la obra y, en pocas semanas, las perchas de las rebajas de verano se han llenado de prendas de inspiración china, imitando la famosa chaqueta unisex Tang que Adidas lanzó este año —siguiendo con la colección del Año Nuevo Chino que realiza desde 2018—. Lo que parecía un guiño comercial al enorme mercado chino, nacional e internacional, es en realidad un termómetro que mide una fiebre occidental: el chinamaxxing.
Chinamaxxing es una tendencia en redes que pretende, en población occidental, "maximizar" los aspectos más "chinos" de su vida cotidiana, a través de rutinas, alimentación, medicina alternativa, prácticas deportivas y espirituales, así como, por supuesto, asimilación estética. En esta línea, las redes se han llenado de jóvenes que, parafraseando la famosa cita de El club de la lucha, están "en un momento muy chino de su vida". Es precisamente la asimilación estética la vertiente más explícita por sí misma de esta tendencia, pero también está implícita en el resto, por el carácter escénico que imprimen las redes.
Paradójicamente, este aspecto cosmético tiene más enjundia que cualquier otro. De un significativo tiempo a esta parte, China está demostrando un inmenso interés —y una aún mayor capacidad— en ejercer el soft power más allá de las lindes de Asia. El soft power es un método de influencia internacional mediante la atracción y no la represión, en contraposición al hard power, militarista y económicamente violento. La hegemonía se alcanza a través de una combinación variable de ambos métodos. Este sistema de relaciones internacionales, que con tanta eficiencia aplicó Estados Unidos durante el siglo XX, fue puesto en marcha por China en Asia y África primero y ahora se extiende por el resto del mundo, especialmente en el corazón de la juventud del país con el que compite.
Esta deriva confirma la estrategia que, bajo el amparo (por llamarlo de alguna forma) de Estados Unidos, originalmente siguieron Corea del Sur y Japón, cuya popularidad en Occidente no era la mejor tras la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, ambos países comenzaron su viaje hacia la exportación cultural desde puntos de partida opuestos: Japón como método de continuidad imperialista en Asia tras el proceso de desarme y Corea del Sur como defensa cultural ante el colonialismo japonés. En ambos casos, tanto el Cool Japan como la Korean Wave (nombres oficiales de estas campañas) son resultado de la planificación estatal y han reportado industria, turismo e influencia internacional a ambos países.
China no podía, como lo ha hecho en otros ámbitos, quedarse atrás ni dejar de tomar los elementos más exitosos de otras experiencias para adaptarlos a su realidad económica y cultural. Lo que Reino Unido hizo con el pop, Estados Unidos con Hollywood, Japón con el manga y el anime y Corea del Sur con el K-pop y el K-drama, China lo está llevando a cabo por otras vías, en concreto mediante la tecnología —desde dispositivos hasta plataformas— y el comercio.
En este último terreno, China ha realizado exitosas campañas de blanqueamiento del fast fashion de Shein a través de colaboraciones con influencers occidentales y ampliando su oferta de tallas. Pero también a través de la cosmética, como ya hizo antes Japón y Corea del Sur, que ya consigue vender incluso en mercados cruelty-free a través de varias triquiñuelas comerciales, aunque toda la cosmética que se vende en China debe ser testada en animales por regulación estatal. Siguiendo el liderazgo de la cosmética coreana y japonesa, Sheglam, la empresa de maquillaje más importante de China, tiene ya presencia física en tiendas españolas, una pica en Flandes que aporta tanto credibilidad respecto a los estándares de calidad —algo que no estaba tan claro para los consumidores hasta hace unos pocos años— y permite también iniciar tendencias estéticas en redes, muy en consonancia con el chinamaxxing.
Como en el resto de ejemplos expuestos, China está sacando un rédito palpable de estos movimientos internacionales de poder. Desde el comienzo del segundo mandato de Donald Trump, los datos de la popularidad de Estados Unidos frente a China en la población mundial han caído en picado. Según datos de Nira Data, el año pasado la población del 79 % de los países sentía una preferencia personal y política por las posturas de Pekín frente a las de Washington. Y esto no se consigue solo con una actitud pasiva de oposición a Trump. Curiosamente, o no, buena parte de los apoyos preferentes hacia Estados Unidos provenían de países vecinos de China.
Al mismo tiempo, el carácter performático (para Occidente) de estas tendencias es un síndrome de desafección política y vacuidad cultural. Tomar elementos culturales aleatorios de oposición hegemónica —y usarlos para el rédito social en redes— no solo coquetea con el racismo y cae en apropiación cultural —a la que es especialmente vulnerable la población migrante china—, sino que se puede convertir en arma de doble filo para el aparataje del soft power asiático. La cultura, la existencia misma de una parte del mundo, no puede consumirse, no puede hacerse y deshacerse, usarse y desecharse con la misma ligereza con la que adquirimos paquetitos plasticosos que arrastran su huella de carbono desde el otro lado del mundo. Aunque quizá sí.