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Un grupo de turistas saca fotos a 'La Giocanda' en el Museo Louvre de París.
EFE / Horacio Villalobos
Ana Trigo repasa en 'Ladrones de arte' (Ariel) cincuenta robos célebres de grandes obras de arte. Publicamos el capítulo dedicado a la famosa sustracción en 1911 de la 'Mona Lisa' en el Louvre
El 23 de agosto de 1911, los principales periódicos del mundo abrían con una impactante noticia: el robo de La Gioconda del Museo del Louvre. Inmediatamente, se abrió una investigación que no tardó en traspasar las fronteras de Francia. Durante las siguientes semanas y meses, el interés por el caso no hizo más que crecer. Surgieron decenas de teorías, se aseguró haber visto la obra en numerosos países, desde España hasta Japón, y se escribieron incontables artículos especulando sobre lo que podría haber ocurrido.
Como resultado, la pintura de Leonardo, que antes del robo no era ni mucho menos tan conocida como lo es hoy, se convirtió en la obra de arte más identificable del planeta. Como afirma R. A. Scotti en El robo de la sonrisa: ¿quién se llevó la Gioconda del Louvre?, "la Mona Lisa abandonó el Louvre siendo una obra de arte y volvió convertida en un icono".
Durante dos largos años, La Gioconda estuvo desaparecida y todos los esfuerzos por hallarla fueron en vano. En un momento dado, el Louvre llegó a darla por perdida e incluso la retiró del catálogo. Sin embargo, el caso acabaría dando un curioso giro que llevaría a que se resolviera de la forma más inesperada.
Poco después de que se descubriera el robo, la investigación llevada a cabo señaló a una pequeña banda de ladrones de arte de la que se decía que formaba parte un joven artista español en ese momento aún poco conocido: Pablo Picasso. Muchos años más tarde, siendo ya la figura icónica en la que este se había convertido, Picasso recordaría el asunto y reconocería que aún se avergonzaba por cómo había actuado. ¿A qué se refería?, ¿había estado involucrado en el robo? Y, sobre todo, ¿quedaban cabos sueltos del caso?
Analicemos lo ocurrido en uno de los robos de arte más audaces y famosos de la historia, el de La Gioconda del Museo del Louvre. Todo comenzó el 22 de agosto de 1911. El pintor Louis Béroud estaba trabajando en una copia de la pintura, así que llegó al museo a primera hora y se dirigió a la sala donde se exponía, pero solo encontró cuatro clavos. Cuando preguntó dónde se encontraba la tabla, en un principio nadie pareció alarmado. El día anterior, lunes, el museo había permanecido cerrado al público por labores de mantenimiento, así que los vigilantes pensaron que los técnicos se la habrían llevado para fotografiarla o examinarla.
Sin embargo, hacia el mediodía se constató la verdad: habían robado La Gioconda del Louvre. Cundió el pánico entre el personal y, de inmediato, se cerró la galería y se evacuó a los visitantes a la vez que comenzaba una búsqueda frenética por todos los rincones del museo. En pocas horas, la noticia saltaría a la prensa internacional: "Esta mañana se ha descubierto en el Museo del Louvre un robo sensacional —informaba el corresponsal del diario ABC—. Del salón ha desaparecido uno de los mejores cuadros de Leonardo da Vinci: La Gioconda". La tabla de madera de álamo de 77 × 53 centímetros parecía haberse esfumado, salvo por el marco, abandonado en una escalera. "No se explica que el ladrón haya podido salir con una obra así sin llamar la atención de los vigilantes", añadía el cronista.
"Por orden del prefecto de policía, Louis Lépine, se sellaron las fronteras de Francia para evitar que la pintura saliese del país"
"Uno de los tesoros más preciados del Louvre ha desaparecido", informaba la prensa inglesa, y pasaba a describir la enérgica búsqueda. En París, la sociedad quedó conmocionada por aquel atentado contra el patrimonio nacional. Las autoridades ordenaron el cierre inmediato del museo y, por orden del prefecto de policía, Louis Lépine, se sellaron las fronteras de Francia para evitar que la pintura saliese del país.
El Louvre permaneció cerrado durante una semana entera para facilitar la investigación policial. El martes 29 de agosto, reabrió sus puertas al público en medio de una enorme expectación. Aquella jornada fue histórica: el museo batió su récord de visitas, con multitudes haciendo cola solo para contemplar el espacio vacío en la pared donde antes colgaba La Gioconda. Muchos acudían con una mezcla de curiosidad y duelo; se informó de que incluso algunos depositaban flores ante el hueco en señal de ofrenda por la muerte del cuadro. Paradójicamente, la ausencia de la pintura se había convertido en una atracción en sí misma. La leyenda de La Gioconda había comenzado a forjarse.
La repercusión mediática fue enorme. Durante semanas, la prensa siguió cada detalle de la investigación y la imagen de la pintura se reprodujo por doquier: en diarios, revistas e incluso en anuncios publicitarios que aprovecharon el escándalo.
Cuando el Louvre reabrió sus puertas batió su récord de visitas, con multitudes haciendo cola para ver el hueco donde antes colgaba 'La Gioconda'
El robo puso en evidencia la escasa vigilancia del Louvre: apenas 150 guardias para custodiar las más de 250.000 piezas expuestas a lo largo de las infinitas galerías del edificio. De hecho, meses antes, un periodista había pasado una noche escondido en un sarcófago para denunciar la precaria situación en que se encontraban las obras del museo, aunque no se había tomado ninguna medida. Como consecuencia, en cuanto se supo de la desaparición, el director del Louvre, Théophile Homolle, se vio forzado a dimitir en medio de un gran escándalo.
El mismo día del robo, se abrió una investigación policial sin precedentes en el país galo. Lépine, el prefecto, y Henri Drioux, el juez de instrucción, encabezaron las pesquisas y movilizaron a decenas de detectives. Más de setenta inspectores peinaron el museo de arriba abajo en busca de pistas. Todo lo que hallaron fue el marco y el cristal protector abandonados en la escalera que daba al patio Visconti, pero de la tabla no había rastro. Entonces, se procedió a interrogar a empleados, vigilantes y obreros que trabajaban en el Louvre. Según sus testimonios, la mañana del lunes 21 de agosto La Gioconda aún estaba en su sitio hacia las 7:00, pero a las 8:30 ya había desaparecido. Esto llevó a pensar que el ladrón había actuado a primera hora, posiblemente escondido desde la noche anterior en el museo —se barajó que podría haberse ocultado en un armario o en un retrete el domingo—, y que había salido disfrazado de obrero el lunes con la pintura oculta.
Las primeras hipótesis apuntaron en varias direcciones. Inicialmente, se creyó que se trataba de un chantaje, que el ladrón contactaría pasados unos días para pedir un rescate por la obra. Otra teoría sugería un acto de protesta destinado a evidenciar las escasas medidas de seguridad del Louvre. Y también hubo quienes especularon con un móvil pasional, imaginando que quizá la hubiese robado algún fanático obsesionado con la misteriosa mujer del retrato. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas sin pistas ni demandas de rescate, estas teorías fueron perdiendo fuerza.
La búsqueda internacional continuó: se alertó a puertos, aduanas y coleccionistas de arte de todo el mundo sobre la pieza robada. El Ministerio de Bellas Artes francés ofreció una recompensa sustancial a cambio de información. Incluso intervino la incipiente policía científica —el famoso criminólogo Alphonse Bertillon examinó las huellas dactilares halladas en el marco—, aunque sin resultados concluyentes. Cada día sin noticias aumentaba la presión sobre la policía parisina, que temía por su prestigio ante el robo que ya se había bautizado como "el atraco artístico del siglo".
Hay que tener en cuenta que, cuatro años antes del robo de La Gioconda, en 1907, se había producido en el Louvre un hurto menor pero significativo. Un aventurero belga llamado Honoré-Joseph Géry Pieret, que por entonces era amigo cercano y antiguo secretario del poeta Guillaume Apollinaire, aprovechó la laxitud en la vigilancia del museo para sustraer dos pequeñas estatuillas íberas antiguas de la colección. Pieret ofreció aquellas esculturas de contrabando a Apollinaire por un precio irrisorio y el poeta se las revendió a su amigo Pablo Picasso, en aquel momento un joven pintor español que comenzaba a hacerse un nombre en el París vanguardista. Este tan solo pagó 50 francos por ambas piezas, plenamente consciente de su procedencia ilícita.
Las figurillas —caras masculinas talladas en piedra— fascinaron a Picasso hasta tal punto que cambió por completo el arte que estaba haciendo en ese momento. Se basó en ellas para crear su revolucionaria pintura Las señoritas de Aviñón (1907), obra fundacional del cubismo fuertemente influenciada por el arte ibérico y primitivo, así como una de las obras más importantes del siglo XX y de toda la historia del arte.
Este turbio episodio, conocido luego como el "asunto de las figuritas", no había trascendido antes de 1911, pero, tras el robo de La Gioconda, recobró importancia: la policía sospechó que se trataba de una banda internacional de ladrones de arte. En efecto, los protagonistas de aquel hurto menor encajaban en un cosmopolita trío: Pieret, el ladrón, era belga; Apollinaire, el intermediario, aunque nacido en Italia tenía nacionalidad rusa (y solo obtendría la francesa años después, al combatir en la Primera Guerra Mundial), y Picasso, el comprador final, era un español residente en París. Esta conexión, sumada al carácter rebelde y antiacadémico de Apollinaire y Picasso, encendió las alarmas.
Ambos artistas formaban parte de la banda de Picasso, el círculo bohemio apodado "los salvajes de París", famosos por sus posturas radicales en el arte. Simpatizaban con las ideas del manifiesto futurista de Marinetti, que proponía quemar los museos y romper con el pasado para liberar el arte de sus templos. Y lo más incriminatorio de todo: estaban vinculados a obras robadas del Louvre, lo que en ausencia de otras pistas los convirtió en sospechosos de haber robado La Gioconda.
Por si fuera poco, a finales de agosto de 1911, hubo otro giro sorprendente que pondría a estos artistas aún más en el punto de mira de la investigación criminal. El propio Géry Pieret, tras huir de París, decidió enviar una provocadora carta al periódico Paris-Journal. En ella, alardeaba de sus hazañas y afirmaba con jactancia que había tenido intención de robar La Gioconda él mismo, aunque se le habían adelantado. Como prueba, adjuntó una tercera estatuilla ibérica (robada del Louvre unos meses antes). Esta insólita confesión pública aparecida en prensa el 29 de agosto echó más leña al fuego.
Para Apollinaire y Picasso, la noticia fue aterradora: los relacionaba indirectamente con el robo de la pintura y dejaba al descubierto que poseían objetos robados. Según contó Fernande Olivier —modelo y pareja de Picasso por entonces—, ambos artistas entraron en pánico ante la posibilidad de que los detuvieran y deportasen, pues ninguno tenía nacionalidad francesa. Desesperados, consideraron deshacerse de las dos estatuillas restantes tirándolas al río Sena para eliminar evidencias. En la madrugada del 5 de septiembre de 1911, las metieron en una maleta y se dirigieron a la margen del río con intención de arrojarlas. Sin embargo, de pie frente a las turbias aguas, ninguno tuvo valor para hacerlo.
Al no lograr librarse de las estatuillas, Apollinaire tomó una decisión arriesgada: las entregó anónimamente a la redacción de Paris-Journal, el mismo diario que había publicado la carta de Pieret. Quizá esperase cerrar discretamente el asunto de 1907, pero logró todo lo contrario. Aquello proporcionó a la policía el hilo del que tirar: el 7 de septiembre de 1911, apenas dos semanas después del robo, los detectives detuvieron a Guillaume Apollinaire bajo sospecha de tenencia de obras robadas y complicidad en el atraco del Louvre. Al poeta lo sometieron a intensos interrogatorios y luego lo encarcelaron en la prisión de La Santé, donde pasó entre dos y cinco días. Presionado por las autoridades y temiendo por su destino, Apollinaire terminó delatando a sus cómplices: reveló que las estatuillas las había conseguido a través de Pieret y confesó que le había entregado una de ellas a Picasso años atrás.
A raíz de esta declaración, se emitió una orden para interrogar a Pablo Picasso. El joven artista, de veintinueve años, fue citado ante el juez instructor, Henri Drioux. Picasso acudió aterrado, consciente de la gravedad de verse involucrado en semejante caso. En una tensa confrontación con Apollinaire frente al magistrado, el miedo pudo más que la lealtad: negó conocer a Apollinaire, pese a que eran íntimos desde hacía años.
En una tensa confrontación ante el magistrado, Picasso negó conocer a Apollinaire, pese a que eran íntimos desde hacía años
Aquello sorprendió y lastimó profundamente al poeta, que exclamó indignado: "¡Pero si es Pablo Picasso, mi amigo!". Picasso temía que ese escándalo pusiera fin a su prometedora carrera artística, por lo que trató de distanciarse de Apollinaire para salvarse. Las autoridades, por su parte, consideraban ya la posibilidad de expulsar de Francia a Apollinaire (extranjero con antecedentes de indeseable) y quizá al propio Picasso si ambos resultaban implicados. Sin embargo, el caso contra ellos empezaba a desmoronarse por falta de pruebas. No existía ningún indicio que los relacionara con el robo de La Gioconda, más allá de las estatuillas y pruebas circunstanciales.
La policía registró el estudio de Picasso en busca del cuadro de Leonardo o de cualquier evidencia, sin éxito. Finalmente, los llevaron a ambos ante el tribunal correccional, pero tan solo acusados de encubrimiento del robo de las piezas ibéricas. La vista judicial, que tuvo lugar a finales de septiembre de 1911, resultó ser casi cómica. Apollinaire, angustiado, confesó todo ante el juez: reconoció haber albergado a Pieret, poseído arte robado y tratado de ocultar pruebas. Picasso, por su parte, se deshizo en lágrimas durante la audiencia, negando histéricamente, una vez más, que conociese a Apollinaire.
El cúmulo de testimonios contradictorios y disparatados hizo que el juez Henri Drioux perdiera la paciencia. Al ver que nada de aquello los acercaba a recuperar La Gioconda, el 12 de octubre de 1911, puso en libertad sin cargos a Apollinaire y Picasso, con poco más que una severa advertencia por sus imprudencias.
De la noche a la mañana, los dos principales sospechosos quedaron exonerados y la investigación oficial volvió al inicio de partida. Que los liberasen supuso un gran alivio para ambos artistas, pero su amistad jamás sería igual. Apollinaire salió de prisión dolido por la traición de Picasso durante el interrogatorio —el pintor ni siquiera acudió a visitarlo a la cárcel— y Picasso, avergonzado, se arrepintió profundamente de haber negado que él fuera su amigo ante el juez, según contaría años después.
En adelante, ambos evitarían hablar en público de aquel mal trago. Picasso continuó su meteórico ascenso en el mundo del arte sin que este episodio manchara su reputación a largo plazo (de hecho, pocos años después se convertiría en un artista consagrado). Por su parte, Apollinaire, cuyo sueño era que lo aceptasen en Francia, consiguió alistarse en el ejército en 1914 para demostrar su lealtad y obtener la ciudadanía. Irónicamente, fue durante la Gran Guerra cuando el poeta halló su trágico destino: falleció en 1918, víctima de la mal llamada "gripe española".
No sería hasta dos años después, en noviembre de 1913, cuando el caso daría por fin un giro vertiginoso que acabaría llevando a que se resolviera. Un anticuario florentino llamado Alfredo Geri comenzó a recibir unas inusuales cartas mientras organizaba una exposición de arte en Florencia. Una de ellas, firmada por alguien que se identificaba solo como Leonardo, le ofrecía la Mona Lisa. Geri, incrédulo pero intrigado, respondió con cautela, diciendo estar dispuesto a comprarla y sugiriendo al remitente que llevase la pintura a Florencia para verificarla. Al mismo tiempo, avisó al director de los museos de Florencia, Giovanni Poggi, y juntos contactaron con la policía y el director general de Bellas Artes de Italia, Corrado Ricci. La trampa estaba tendida.
El 10 de diciembre de 1913, el enigmático Leonardo citó a Geri en su hotel florentino Tripoli-Italia. Poggi y Geri acudieron al encuentro, fingiendo interés comercial. En la habitación del hotel, el hombre les mostró la obra oculta en el doble fondo de un baúl de madera. Al sacarla, les pareció que se trataba del retrato de Lisa Gherardini, aunque la luz del cuarto era escasa, por lo que convinieron trasladarla a la cercana Galería degli Uffizi para examinarla con mejor iluminación. Allí, bajo la atenta mirada de Poggi, compararon ciertos arañazos en la tabla con la descripción de los archivos del Louvre y la correspondencia fue perfecta: ¡era el retrato original!
Confirmada la autenticidad también por Corrado Ricci, dieron la señal acordada y, de inmediato, la policía detuvo al vendedor, que no opuso resistencia. En el interrogatorio, reveló su identidad: su nombre era Vincenzo Peruggia, un decorador y pintor de brocha gorda italiano, de treinta y dos años, que había trabajado brevemente en el Louvre. De hecho, había sido empleado de la empresa Gobier, encargada de fabricar vitrinas, y él mismo había instalado el cristal protector de La Gioconda tiempo atrás. Así, conocía al dedillo el laberinto que formaba el museo y sus puntos flacos de seguridad. Confesó con todo detalle cómo había perpetrado el robo: "El 21 de agosto, día en que el museo estaba cerrado al público, quité la obra de su marco aprovechando un momento de descuido, salí a la calle con ella escondiéndola bajo mi bata blanca y la llevé a mi casa, donde la he tenido estos dos años". Es decir, Peruggia había ocultado la pintura durante veintiocho meses bajo la cama de su modesto apartamento de París mientras el mundo entero la buscaba desesperadamente.
A mediados de 1913, decidió regresar a Italia con la obra para intentar venderla, probablemente creyendo que recibiría una recompensa por retornarla. Interrogado sobre sus motivos, Peruggia alegó un impulso patriótico: dijo estar convencido de que Napoleón Bonaparte había expoliado La Gioconda junto con otros tesoros y que él solo quería "devolver el cuadro a Italia, su verdadera patria".
Sin embargo, este ignoraba que, en realidad, Leonardo se había llevado consigo el retrato a Francia en 1516, donde lo había adquirido legítimamente el rey Francisco I, gran protector y mecenas del artista durante sus últimos años de vida. Y es que, aunque en el Museo del Louvre hay bastantes obras expoliadas por Napoleón, muchas españolas, La Gioconda no era una de ellas.
Sea como fuere, las explicaciones de Peruggia calaron en la opinión pública italiana y muchos lo vieron como un patriota en lugar de un delincuente. La recuperación del cuadro se celebró con euforia y, en Italia, las autoridades aprovecharon para exponerlo antes de devolverlo. Así, se organizó una breve gira triunfal de La Gioconda por su tierra natal: se exhibió cinco días en la Galería degli Uffizi de Florencia y miles de personas acudieron a verla; luego, viajó a Roma, donde la presentaron en la Galería Borghese, y después pasó por la Pinacoteca de Brera de Milán.
Finalmente, el 4 de enero de 1914, tras dos años y cuatro meses de ausencia, La Gioconda fue restituida al Museo del Louvre de París y colocada de nuevo en su lugar de honor con gran pompa y medidas de seguridad reforzadas. La capital francesa la recibió con alivio y, en cierto modo, la consideró una resucitada. ¿Y qué fue del ladrón? A Vincenzo Peruggia lo juzgaron en Italia en junio de 1914. Durante el juicio, reiteró que había actuado por patriotismo, y no por lucro. Su abogado explotó el fervor nacionalista del momento y la falta de antecedentes serios de su cliente. Al final, los jueces italianos mostraron clemencia: condenaron a Peruggia a apenas un año y quince días de prisión, sentencia que luego se redujo a siete meses y nueve días en apelación y, dado que ya había pasado casi el mismo tiempo en prisión preventiva, recuperó la libertad poco después de la sentencia. Así, el protagonista del mayor robo artístico de la era moderna volvió al anonimato, aunque moriría una década más tarde, en 1925, el mismo día en que cumplía cuarenta y cuatro años, sin mayor gloria que la de haber hecho famosa a la Mona Lisa en el mundo entero.
No obstante, si bien renunciaron a extraditar a Peruggia, las autoridades francesas nunca creyeron por completo su versión; estaban convencidas de que debía de haber alguien más involucrado en el robo y quizá un motivo ulterior. Lógicamente, la posible existencia de un compinche o algún otro ideólogo del delito ha alentado todo tipo de teorías. Por ejemplo, en 1932, el reportero norteamericano Karl Decker afirmó haber conocido en Casablanca en 1914 a un misterioso marqués llamado Eduardo de Valfierno, que le había contado el verdadero trasfondo del robo más famoso del siglo: el plan era realizar diversas copias para vender a coleccionistas incautos.
Luego ¿fue de verdad Peruggia el único culpable o existió una red de falsificaciones dedicada a vender copias de La Gioconda en el mercado negro? ¿Había algo más que un exacerbado patriotismo detrás del robo más famoso del mundo? Nunca lo sabremos. Apenas unos días después de que dictasen sentencia contra él, estalló la Primera Guerra Mundial y los periódicos perdieron el interés en el tema. El mundo tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
Por otro lado, el robo de La Gioconda dejó una profunda huella en la vida de Pablo Picasso, pues, si bien su inocencia quedó probada y las autoridades francesas no volvieron a molestarlo al respecto, el asunto de las figuritas siempre fue una sombra para él. Verse implicado en la investigación de un crimen tan sonado le resultó profundamente perturbador. Aunque a largo plazo su carrera no se vio afectada —continuó produciendo obras maestras y pronto eclipsó cualquier escándalo con su genio artístico—, durante un tiempo temió por su reputación y que durante el interrogatorio negara su amistad con Apollinaire por miedo lo atormentó.
Según algunos testimonios, Picasso se avergonzaba de su falta de valor en aquel trance, así que trató de reparar la relación con el poeta una vez pasado el peligro. Durante los años siguientes, evitó referirse en público al tema para no reavivar rumores. Por fortuna para él, el episodio quedó como una nota a pie de página en sus biografías. No muchos fuera del círculo artístico llegaron a enterarse en ese momento de su breve detención, pues la noticia quedó opacada por la captura de Peruggia en 1913.
Si hay algo que Picasso nunca pudo negar fue su implicación en la compra de las estatuillas de arte ibérico cuya procedencia ilícita bien conocía
Con el tiempo, la leyenda negra de Picasso como supuesto ladrón de La Gioconda resurgiría ocasionalmente en libros y artículos, pero siempre como una anécdota desmentida por los hechos. Casi medio siglo después, en una entrevista con el cineasta de arte Gilbert Prouteau, Picasso habló sobre los acontecimientos de 1911: "Al decir eso vi la expresión de Guillaume cambiar. La sangre bajó de su rostro. Todavía estoy avergonzado...". En 1970, tres años antes de su muerte, como si quisiera enmendar el error, dibujó a su viejo amigo de juventud con una corona de laurel en su obra Apollinaire y mujer desnuda.
No obstante, si hay algo que Picasso nunca pudo negar fue su implicación en la compra de las estatuillas de arte ibérico cuya procedencia ilícita bien conocía. Su obsesión con ellas fue tal que las reprodujo en decenas de bocetos antes de darles forma en los rostros de su obra maestra Las señoritas de Aviñón, la pintura que estaba llamada a cambiar para siempre el rumbo de la historia del arte.
Hoy, Pablo Picasso es el artista más cotizado de toda la historia. Después del Salvator mundi (precisamente de Leonardo da Vinci), sus obras siguen imbatibles en todos los récords de venta en subastas internacionales. Su pintura inspirada en aquellas estatuillas robadas fue el detonante de una carrera artística de un éxito sin precedentes. Y tal vez todo comenzara precisamente con aquel asunto de las figuritas del que él siempre se negaría a hablar. Quizá si no hubiera podido hacerse con aquellas pequeñas figuras del Louvre su creación artística habría evolucionado de una forma distinta y el arte contemporáneo sería hoy muy diferente. Así, tal vez el arte, tal y como lo entendemos hoy, se deba a aquel extraño y casi desconocido robo, a aquellas estatuillas sustraídas de una vitrina del Museo del Louvre.
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