lunes, 27 de noviembre de 2017

El motivo por el que no nos gustamos en las fotos

El motivo por el que no nos gustamos en las fotos

  • A pesar de los esfuerzos y de millones de ‘selfies’, en foto nos percibimos peor de cómo nos vemos en el espejo


La pasada primavera Justin Denison, de Samsung, al presentar el nuevo teléfono de la casa citó un estudio que cifraba en 25.700 el promedio de los autorretrato que las personas nacidas después de 1980 tomarán en el transcurso de sus vidas.
Al buscar en Instagram el hashtag #selfie aparecen 324.118.292 resultados. Si los 700 millones de usuarios que tiene la red social hubieran nacido después de 1980, a estas personas aún les quedarían 17.989.675.881.708 selfies por hacerse.

Dedicamos unas 54 horas al año a hacernos ‘selfies’”
Esta actividad frenética ocupa una parte importante de nuestro tiempo. Una encuesta, llevada a cabo por la web de belleza FeelUnique a 2.000 mujeres, ha revelado que sus usuarias sacan un promedio de nueve selfies a la semana y para preparar cada uno de ellos gastan unos siete minutos. Eso suma 54 horas al año. Los hombres tampoco se alejan mucho de estos números.
A pesar de todo este entrenamiento y gasto energético, el resultado a menudo es insatisfactorio. El caso es que, a diferencia de lo que le ocurre a Dorian Gray, en nuestras fotografías el cerebro nos ve en un modo al que no estamos acostumbrados y esto, casi siempre, nos decepciona.

Tenemos una idea de nosotros diferente de la realidad
Pómulos torcidos, barbillas arqueadas, sorprendentes entradas en le pelo, labios asimétricos, son algunos de los defectos más comunes que se ‘descubren’ delante de una fotografía. La causa de esta discordancia está en el llamado ‘mere-exposure effect’, la construcción de una imagen concreta de uno mismo basada en el hábito de mirarse en el espejo. Esta proyección, sin embargo, es exactamente lo contrario de lo que aparece en las fotografías, que es cómo nos ven los demás.
La exposición continua a nuestra imagen reflejada en el espejo hace que su recuerdo se vuelva agradable y que nos desagrade cada retrato que no lo refleja fielmente, hasta a negar la realidad: según una investigación de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), un extraño es capaz de reconocer mejor que nosotros las fotos que más se parecen a nuestra apariencia real.

Lo que provoca la sensación de extrañeza en las fotografías son los recuerdos que guardamos de nuestra cara, basados en la imagen ‘invertida’ de nosotros mismos”
Se trata de un fenómeno psicológico, investigado desde principios del siglo XIX y formalizado por el académico estadounidense Robert Zajonc en la década de los Sesenta. En sus experimentos, el psicólogo observó que recibimos mejor los estímulos familiares que los desconocidos. En esencia, cuanto más vemos algo, más nos acostumbramos a ello y acabamos apreciándolo o, dicho con el refrán: el roce hace el cariño.
Según Zajonc, la persona en su reflejo admira una versión ajena, y alienada, de sí misma. El espejo le ‘miente’ y el sujeto termina creyéndoselo, ya que, como saben bien los comunicadores políticos, cualquier mentira, si se repite con suficiente frecuencia, puede convertirse en una verdad. Lo que provoca la sensación de extrañeza en las fotografías son, por lo tanto, los recuerdos que guardamos de nuestra cara, basados en la imagen ‘invertida’ de nosotros mismos reflejados en el espejo. Tal vez de esto descienda el éxito del selfie en el espejo, cual intento de replicar para los demás la imagen de nosotros que mejor reconocemos.

¿Odias tu voz grabada?
Un mecanismo similar también entra en juego para la voz. Cuando hablamos, estamos acostumbrados a oír dos señales diferentes de la misma fuente de sonido: la primera es la que tradicionalmente pasa desde el oído externo al interno permitiendo al cerebro traducir las ondas sonoras en señales acústicas, la segunda procede tanto de las vibraciones de las cuerdas vocales, como del sonido transmitido desde el cráneo, directamente al oído.
Estas das señales sonoras sumadas hacen que la voz, internamente, nos parezca más profunda de lo que realmente es: estamos tan acostumbrados a escucharla retumbar dentro de nuestra cabeza, que cuando la oímos en una grabación, no la reconocemos y la rechazamos con desdén. Ya en los años Sesenta se demostró empíricamente que solo el 38% de las personas que escuchan una grabación de su propia voz es capaz de reconocerse de inmediato.

Nuestra voz nos parece más profunda de lo que realmente es”
¿El selfie es el nuevo espejo?
En esta especie de tendencia natural al autoengaño, la era de las redes sociales proporciona un caldo de cultivo potencialmente explosivo. Hoy en día, las imágenes ya no viven en papel, sino en píxeles infinitos y todo es digno de ser fotografiado, sin selección ni lógica. Especialmente nosotros mismos, que nos convertimos en el principal objeto de colección de un safari diario.
Tal vez la proliferación del autorretrato con el tiempo acabará diluyendo el efecto-espejo, acostumbrándonos a una imagen diferente de nosotros mismos, pero lo más probable es que acabemos absorbidos por otra, y más grotesca, mentira. Con la ilusión de mostrarnos cada vez más por como somos, en realidad nos escondemos y nos camuflamos, borramos los defectos y allanamos las personalidades en el universo plano y estandardizado de las redes sociales.

(g-)
Por desgracia, o por suerte, la realidad es obstinada e inevitablemente terminará explotando en un alarido de libertad en la primera cita de Tinder, cuando, ya con los labios paralizados en la postura del pez, nuestro pretendiente nos rechazará por tramposos y ni entenderemos el porque.

Con la ilusión de mostrarnos cada vez más por como somos, en realidad nos escondemos y nos camuflamos”

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