lunes, 28 de mayo de 2018

Venecia deja de ser ciudad para convertirse en parque temático


Venecia deja de ser ciudad para convertirse en parque temático

El Ayuntamiento estrenó con polémica tornos para controlar el flujo de acceso de los turistas



Entre semana, el vaporetto también está a rebosar. Para los foráneos, subir en el autobús acuático de Venecia cuesta 7,5 euros, 1,5 para los locales. La diferencia ya avisa que aquí el turismo no es un asunto cualquiera. A la altura del puente de Rialto, un visitante asiático que ha estado grabando todo el viaje con un Iphone 8 decide darse un descanso. En lugar de guardar el teléfono y disfrutar de las vistas, agacha la cabeza y se sienta en el bordillo de la cabina del capitán. Vuelve a asomarse a la pantalla para activar el Candy Crush.
“Los jóvenes como mi hija se van porque no pueden pagar estos precios, ni aguantan la presión turística. Nos vamos quedando los viejos...”, suspira Gianna, de 64 años, que ha cogido el vaporetto para ir a hacer la compra en una de las pocas carnicerías antiguas que quedan en Venecia. La mayoría van cerrando. En su lugar abren tiendas de souvenirs que se ganan la vida vendiendo falso cristal de murano.
La ciudad de los canales volvió a salir en los telediarios de medio mundo hace unas semanas, cuando su Ayuntamiento, guiado por el alcalde Luigi Brugnaro, de una lista cívica de centroderecha, decidió llevar a cabo la primera prueba de fuego de unos tornos para regular los flujos de acceso. El experimento fue un desastre. Se instalaron dos delante del puente de Calatrava, y otros dos en el puente de los Descalzos. “Aquí no duraron ni media hora”, recuerda Marco, el camarero de un bar delante de la estación de Calatrava. Un grupo de ciudadanos y una treintena de manifestantes de extrema izquierda arrancaron uno de los controles de acceso, ante el estupor de los medios. “Fue una protesta muy mediatizada que no representa el sentir de la ciudad”, explica la Asesora para el Turismo de la ciudad, Paola Mar, que asegura que los manifestantes llamaron expresamente a los medios.

El contador de la farmacia Morelli avisa que hoy apenas quedan 53.000 habitantes


Lo cierto es que Venecia, la que fuera el mayor enclave comercial de la península, está perdiendo a los venecianos. Una farmacia en el centro histórico, propiedad de la familia Morelli desde hace cuatro generaciones, desde el 2008 tiene un contador en su escaparate que muestra la actual población de la ciudad. La semana pasada, los números decían que quedan poco más de 53.000 personas. En 1951 habían 175.000. Ahora los hoteles han reemplazado a las casas. El doctor Andrea Morelli, propietario de la centenaria farmacia, cuenta que pierden un ritmo de 700 habitantes al año. La mayoría se van a Mestre, a tierra firme, donde los precios de la vivienda son menos abusivos y se puede vivir con más tranquilidad.
“Los tornos no son la solución, pero son la demostración de que parte del Gobierno podría haberse dado cuenta de que hay un problema después de 30 años sin hacer nada”, critica el presidente de la Asociación de Hoteleros, Vittorio Bonacini. Él mismo ha dejado su piso, por el que pagaba casi 2.000 euros, para alquilar una casa grande en tierra firme, por sólo 900.
Las cifras dicen que más de 30 millones de turistas visitan Venecia cada año, pero sólo el 35% de los turistas dejan el 70% de la riqueza del total. Es decir, los que pernoctan. La llegada de los Airbnb y el resto de alojamientos caseros ha acabado de sentenciar la ciudad. Para muchos venecianos es mucho más cómodo hacerse con una renta y disfrutar de la tranquilidad de Mestre.

La Unesco avisa que si esto sigue así, dejará de ser patrimonio de la humanidad


Aquí los residentes rugen especialmente contra los viajes organizados, la mayoría de los cuales optan por pasar un par de días en uno de los grandes hoteles en las afueras, siguiendo a un guía con un paraguas que no les ha contado el abrumador turismo. “Yo creo que deberían limitarlo”, cuenta Bettina, una alemana que viaja con otras treinta personas de su misma nacionalidad. “Casi no podemos pasear de la gente que hay”, protesta. Sandra y Peter, de Carolina del Norte (EE.UU.), vinieron a Venecia hace 17 años y vaya si
ha cambiado. “Esto parece un parque temático”, se quejan. “No se lo recomendaremos a nuestros amigos”. Los cruceros que atracan en el canal de Giudecca, que el Ayuntamiento ahora quiere empezar a regular, sólo acrecientan el problema. Cada crucero lleva unos 5.000 turistas que llegan, comen y se van.

Al salir de la estación de Santa Lucía, pueden pasar nueve minutos hasta que se oye hablar italiano en este personalísimo acento. Entre la mezcla de chino, inglés y español, sólo se consigue entreoír el traqueteo de las maletas y los anuncios de unos hombres que se ofrecen a llevarlas a los hoteles por cinco euros. Federico y su socio, que trabajan porteando paquetes de provisiones, botellas de plástico, toallas y demás necesidades de los hoteles desde el Tronchetto, la isla-almacén del canal, hoy ya han llevado 300 paquetes. En Venecia no hay suficiente espacio para lavar la cantidad de toallas que gastan los hoteles al día, así que las lavanderías deben estar fuera y el intercambio se hace en Tronchetto.
La emergencia de la ciudad ha hecho que una parte de los venecianos se hayan organizado en asociaciones para defenderla con protestas dignas de películas de Hollywood. En el 2009, organizaron el llamado funeral de Venecia, portando ataúdes en góndolas. Luego, un año más tarde, daban la bienvenida a los turistas con mapas de Veniceland, como si se tratara de un parque de atracciones. En el 2016 simularon una mudanza colectiva con maletas. Detrás de todo esto se encuentra Matteo Secchi, fundador de Venessia.com, que hace de embajador a los periodistas que se acercan por aquí.
El histórico edificio de los mercaderes alemanes del siglo XVI parece un ‘duty free’

“Hace años que estamos fuera del límite –dice muy a su pesar– y ahora puede ser que sea demasiado tarde”. Asegura que el turismo ya consume un 95% de los empleos, por lo que la vuelta atrás ya es más difícil. Él propone iniciativas para diversificar la economía veneciana, haciéndola un polo del mercado del arte, la cinematografía o la biotecnología. Una buena receta sería que los astilleros de los barcos volviesen a Venecia. “Ahora estamos obligados a comprar los vaporettos en Ancona, ¿te lo puedes creer?”, pregunta Secchi. “Hemos de salir ya de la monocultura del turismo”, avisa.
La Unesco ya ha dado su ultimátum: si Venecia sigue así, le retirará la categoría de patrimonio de la humanidad.
Cuando vayan a Venecia, no dejen de visitar el histórico edificio del Fondaco dei Tedeschi, en el Rialto. Es una construcción monumental, del siglo XVI. Primero fue un almacén para los mercaderes alemanes, luego, la sede de aduanas, y hasta acogió el servicio de correos durante la época de Benito Mussolini. Hoy parece un duty free de cualquier aeropuerto. Para poder llegar a su cuidado patio interior el visitante debe pasar obligatoriamente por tiendas de lujo y de recuerdos y abonar 10 euros por dos cafés expreso. Venecia ya ha avisado.

Las acciones del gobierno local


El Ayuntamiento se defiende ante las críticas. En primer lugar, ha llevado a cabo una campaña de comunicación para “orientar a los turistas sobre la adopción de comportamientos para reducir el impacto sobre la ciudad”. Está formulada en once lenguas y, entre otras cosas, recuerda a los visitantes que no se puede nadar en los canales, consumir comida o alimentos en los monumentos, lanzar objetos al suelo, pasear en ropa de baño, dar de comer a las palomas o ir en bicicleta. Otra de las propuestas es mucho más ambiciosa: arreglar una gran cantidad de pisos de aquí al 2020 para que los disfruten parejas jóvenes venecianas de menos de 35 años. En total, el Ayuntamiento destinará 7 millones y 250.000 euros. El alcalde Brugnaro se ha propuesto cerrar su mandato con 357 apartamentos reformados para uso de los residentes.

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