lunes, 13 de octubre de 2014

Ensayo: El origen (informático) de la innovación


Vivimos en la era de las computadoras, pero muy pocos saben quién las inventó. La mayoría de los pioneros fueron parte de equipos que trabajaban bajo el sigilo de los tiempos de guerra y sus nombres no son tan famosos como los de Edison, Bell y Morse.
Sin embargo, uno de ellos, el matemático inglés Alan Turing, sobresale como una figura trágico-heroica quien ahora puede obtener el reconocimiento que merece gracias a la película El juego de la imitación, protagonizada por Benedict Cumberbatch, que obtuvo el máximo galardón en el Festival de Cine de Toronto.
El título del film alude a una prueba que, en opinión de Turing, podría algún día demostrar que las máquinas pueden pensar de manera indistinguible respecto de los seres humanos. Su fe en el potencial de la inteligencia artificial representa un marcado contraste con la creencia de que los talentos combinados de los humanos y las computadoras, en estrecha colaboración, siempre serán más creativos que lo que pueda producir una computadora por su cuenta.
A pesar de un titular de la prensa que nos deja atónitos de vez en cuando, la búsqueda de la inteligencia artificial pura ha sido una decepción, hasta el momento. No obstante, la estrategia alternativa de conectar a los humanos y las máquinas en forma más estrecha sigue produciendo innovaciones extraordinarias.
Como la película demuestra a las claras, la propia vida de Turing, profundamente humana, sirve como un poderoso contrapeso a la idea de que no existe una distinción fundamental entre la mente humana y la inteligencia artificial.
Turing, quien fue criado con la frialdad propia de un hijo nacido en los márgenes de la aristocracia británica, exhibió una característica común entre los innovadores. En las palabras de su biógrafo, Andrew Hodges, “se demoraba en conocer la línea borrosa que separa la iniciativa de la desobediencia”.
Aprendió de chico a guardar secretos. Cuando estaba en el internado descubrió su homosexualidad y se enamoró locamente de un compañero de clase que murió de tuberculosis antes de egresar del colegio. Durante la Segunda Guerra Mundial, lideró los equipos de Bletchley Park, en Inglaterra, que construían máquinas para descifrar los códigos militares de los alemanes.
Turing sentía la necesidad de ocultar su orientación sexual y sus actividades como descifrador de códigos de guerra y a menudo practicaba el juego de la imitación al pretender ser cosas que no era. También abordó el tema del libre albedrío. ¿Acaso nuestras preferencias e impulsos personales son predeterminados y programados, como los de una máquina?
Tales inquietudes formaron la base de un trabajo Máquinas de computación e inteligencia, que publicó en 1950. Con un sentido de la diversión propia de un escolar, inventó un juego, que se sigue jugando y debatiendo, para darle sentido a la pregunta ¿pueden pensar las máquinas? Propuso una definición estrictamente empírica de la inteligencia artificial: si el producto de una máquina es indistinguible al de un cerebro humano, entonces no existe ninguna razón importante para insistir que la máquina no está “pensando”.
Su prueba, que habitualmente se conoce como “la prueba de Turing”, era un simple juego de imitación. Un interrogador envía preguntas por escrito a un humano y a una máquina ubicada en otro lugar y trata de determinar cuál es cuál. Si el resultado de la máquina no se puede distinguir del generado por el cerebro humano, sostuvo, entonces no tiene sentido negar que la máquina “piensa”.
Turing predijo que dentro de 50 años habría máquinas que, durante cinco minutos, podrían engañar a un entrevistador humano 30% del tiempo. Pese a fijar una vara sumamente baja, más de 60 años después de su previsión las únicas máquinas que pueden al menos aspirar a superar la prueba de Turing, y ese sigue siendo un tema de debate, son las programadas para dar respuestas inteligentes a preguntas más propias de juegos de salón. A nadie se le ocurriría decir que están pensando. Un grupo de filósofos, encabezado por el profesor de la Universidad de California en Berkeley, John Searle, postula que sería un error atribuir intenciones, conciencia y “pensamiento” a una máquina, aunque pueda engañar a un 100% de los interrogadores en forma indefinida.
Las ideas de Turing se remontan al trabajo realizado un siglo antes por Ada Lovelace, la hija de Lord Byron. En un intento por impedir que su hija siguiera los pasos de su padre y fuera una poeta romántica, Lady Byron hizo que estudiara principalmente matemáticas, como si se tratara de un antídoto al pensamiento artístico. El resultado fue que a Ada, al igual que Steve Jobs y otros innovadores de la era digital, le gustaba conectar las artes con las ciencias. Adhirió a lo que denominaba “ciencia poética”, que vinculaba su imaginación rebelde con su pasión por los números.
Su padre era un ludita, literalmente hablando. Su único discurso en la Cámara de los Lores fue una defensa de los seguidores de Ned Ludd, que estaban haciendo trizas los nuevos telares mecánicos que dejaban sin trabajo a los tejedores. Ada, no obstante, admiraba la forma en que las tarjetas perforadas podían dar instrucciones para que esas máquinas tejieran modelos hermosos y lo conectó con el plan de su amigo Charles Baggage de usar las tarjetas perforadas en una máquina calculadora.
En las notas que publicó acerca del Motor Analítico de Babbage, Ada describió el concepto de una máquina que procesara no sólo números, sino que cualquier cosa que se pudiera traducir a símbolos, como la música, el diseño, las palabras o incluso la lógica. Es decir, lo que hoy llamaríamos una computadora.
A pesar de todas las tareas lógicas que podrían desempeñar había algo que estas máquinas jamás podrían hacer, insistió Ada. No tendrían la capacidad de pensar “ni ninguna pretensión de originar algo”. Los humanos aportarían la creatividad mientras que la máquina se limitaría a seguir instrucciones. En su trabajo sobre el “juego de la imitación” Turing bautizó esta idea como “la objeción de Lady Lovelace” e intentó refutarla.
Década tras década, nuevas olas de expertos han anunciado la llegada inminente de la inteligencia artificial, tal vez incluso el de la “singularidad”, cuando las computadoras no sólo son más inteligentes que los humanos, sino que pueden convertir en seres ultra inteligentes que no necesiten a los seres humanos. No obstante, la verdadera inteligencia artificial ha seguido siendo un espejismo.
Las computadoras pueden realizar algunas de las labores más difíciles del mundo, como evaluar miles de millones de posibles jugadas de ajedrez, pero son incapaces de hacer cosas que a los humanos les resultan sencillas. Digite en GoogleGOOGL -2.74% una pregunta como ¿cuál es la profundidad del Mar Rojo? y obtendrá la respuesta en un instante: 2.211 metros. Pero si pregunta ¿puede un cocodrilo jugar baloncesto? la máquina no tendrá ni idea, pese a que un niño de tres años la puede responder, tras saltar una que otra sonrisita.
Quienes trataron de desacreditar el juego de la imitación de Turing a menudo sacaban a colación el papel de los deseos emocionales y sexuales que distinguen a los humanos de las máquinas. El tema dominó un debate televisado en la BBC en enero de 1952 entre Turing y el reconocido neurocirujano Sir Geoffrey Jefferson. Cuando los moderadores preguntaron sobre el rol que desempeñan los “apetitos, deseos, impulsos e instintos” que separan a los humanos de las máquinas, Jefferson se refirió a los deseos sexuales en reiteradas ocasiones.
Turing se mantuvo en silencio durante esta parte de la conversación. En las semanas previas a la transmisión, realizó una serie de actos tan humanos que una máquina hubiese encontrado incomprensible.
En la calle había conocido a un muchacho de clase obrera de 19 años, Arnold Murray, con quien había entablado una relación sentimental. Cuando regresó del debate en la BBC, lo invitó a vivir con él. Algunos días después, un amigo de Murray entró a robar en la casa de Turing. Cuando el científico reportó el incidente a la policía, reveló que mantenía una relación sexual con Murray. Fue arrestado.
En el juicio, Turing se declaró culpable, pero dejó en claro que no estaba arrepentido. (En 2013 recibió un perdón póstumo de la Reina Isabel). Tuvo que optar entre ir a prisión o salir en libertad condicional siempre y cuando acordara someterse a tratamientos hormonales para disminuir sus deseos sexuales, como si se tratara de una máquina químicamente controlada. Eligió lo segundo y soportó el tratamiento durante un año.
El 7 de junio de 1954 se suicidó al comer una manzana que había envenenado con cianuro. Fue hallado en su cama con espuma en su boca, cianuro en su organismo y una manzana a medio comer a su lado.
¿Podría una máquina haber hecho eso?
Oct. 12, 2014 11:24 a.m. ET

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