domingo, 7 de julio de 2013

Dacia Maraini, la escritora que no calla

 

 

"La debilidad de la cultura italiana es no haber tejido una red contra la Mafia"

"Un escritor debe escribir sobre el mal"

 
A los 11 años, la muerte y Dacia Maraini ya eran parientes. Lo cuenta ella en las primeras páginas de Bagheria, un libro que recoge su llegada a Sicilia en 1947 procedente de Japón, donde su familia había estado recluida en un campo de concentración por la negativa de su padre, un brillante antropólogo, a firmar su adhesión a la república fascista de Saló: “Dos años de campo de concentración y de guerra. Una travesía por el océano minado. En la cubierta todos los días hacíamos ejercicios para tirarnos ordenadamente al mar, con salvavidas en la cintura, para el caso de que el barco se topase con una mina”. De aquel viaje, recuerda la gran escritora italiana, aún conserva una pequeña fotografía en la que se ve un trozo de la cubierta azotada por el viento y a una niña con un vestido de flores. “Aquella niña era yo, llevaba el pelo corto, casi blanco de tan rubio que era, zapatillas de tenis rojas, e iba cogida de la mano de un oficial americano”. Han pasado 66 años desde entonces, y Dacia Maraini (Fiesole, 1936) sigue navegando, ya por propia voluntad, entre aguas minadas.
 
“Siempre he peleado. Mi escritura viene de una indignación clara contra las injusticias. No solo hacia las mujeres, también hacia la situación de las cárceles, de los manicomios, de los sin techo… No se trata de un proyecto político, pero creo que un escritor debe dedicarse a escribir sobre el mal, no a hacer una exaltación del bien. No hay necesidad. Tiene que hablar de los problemas de su país, de las cosas que le ofenden, que le disgustan. Mi escritura viene de ahí, de las ganas de cambiar esa realidad y de la indignación frente a la injusticia”. Dacia Maraini lo ha hecho escribiendo mucho y de todo. Novelas, poesía, obras de teatro, guiones de cine, ensayos, artículos periodísticos. Su obra ha sido traducida a 20 idiomas y, según ella misma subraya, el éxito más rotundo le llegó en 1990 con La larga vida de Marianna Ucrìa: “Ahora he estado en Egipto porque se ha traducido al árabe por primera vez. Me ha emocionado. Se puede decir que es mi libro más afortunado”.
 
Dacia Maraini viaja ahora a España para presentar la reedición de ese libro y las traducciones de Bagheria (Minúscula) y Amor robado (Galaxia Gutenberg), ocho relatos sobre mujeres que, como ella, luchan hasta el final, sin rendirse. También aprovechará el viaje para hablar de su gran amigo Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), con quien escribió el guion cinematográfico de Las mil y una noches. Cada vez que se dirige a algún lugar, sabe que le preguntarán también por su vida con el escritor Alberto Moravia (Roma, 1907-1990) y, sobre todo, por aquel viaje que llevó a su familia a Japón, primero, y al horror del campo de concentración, después. En 1938, cuando Dacia solo tenía dos años, sus padres, el antropólogo Fosco Maraini y la pintora Topazia Alliata, decidieron marcharse a Japón para escapar de la Italia de Mussolini. En 1943, tras negarse a firmar la adhesión a la república fascista de Saló, Fosco Maraini y su familia fueron conducidos al campo de concentración de Nagoya.
 
En alguna ocasión, Dacia Maraini ha dicho que se ha pasado la vida intentando huir de su infancia, pero ahí está siempre, expuesta en las solapas de sus libros o entre las primeras preguntas de los periodistas. La escritora sonríe, prepara dos tazas de té frío y se sienta en un sofá de su casa de Roma, grande y luminosa, llena de libros. “No, no tengo problemas para hablar de mi infancia. Todas las infancias son importantes. En mi caso, el campo de concentración significó la experiencia de la muerte. Todos los días vivía la muerte como algo muy cercano. A la noche, me asombraba de estar todavía viva. Eso, durante dos años, se convierte en una experiencia terrible. En primer lugar estaba el hambre. No nos daban de comer. Estábamos en el esqueleto. En segundo lugar, el miedo. El miedo a que cayeran bombas. Los guardianes, que eran muy sádicos, nos decían cada día que, si ganaban la guerra, nos matarían. Mi padre, que entonces no tenía ni 30 años, salía de noche por la ventana, escondiéndose de los guardianes, para ir a buscar entre la basura cualquier cosa para darnos de comer. El día que lo descubrieron, vertieron el pozo negro sobre la basura para que ni siquiera pudiéramos alimentarnos con los restos de la comida”.
 
Las primeras páginas de Bagheria –que toma el nombre de una localidad vecina a Palermo— son también la frontera entre las dos infancias de Dacia Maraini. Un viaje en barco por un océano minado separa el horror del campo de concentración japonés y la belleza, todavía sin mancillar, de Sicilia. “Era maravillosa. Una tierra limpia sobre un mar limpio. No había casas. La pobreza de después de la guerra era una pobreza digna. Yo llevaba los zapatos remendados cien veces, el abrigo del abuelo…, pero hambre no había. No comíamos carne, pero sí un poco de verdura, unas patatas. Aquel momento de mi infancia fue muy bonito porque Sicilia era bellísima. Luego la destrozaron. En solo 15 años –entre principios de los cincuenta y 1965– destruyeron Palermo. Detrás estaba la mano de la Mafia…”. Casi por casualidad, como si fuese fruto de su condición –la de no mirar para otro lado, la de transitar siempre por océanos minados–, la conversación con Darcia Maraini termina desembocando en aguas procelosas. Y allí donde otros intelectuales suelen frenar y dar un prudente rodeo, la gran dama de las letras italianas se sumerge sin miedo.
 
Así que, ya puestos, hablemos de la Mafia. “En aquellos tiempos, la Mafia se sentía, pero no se hablaba de ella. Estaba totalmente prohibido. Ahora al menos se habla, y es mejor, porque si tienes que combatir algo, al menos hay que nombrarlo. Fíjese, el conocimiento de la Mafia como organización militarizada –sus sargentos, sus capitales, sus soldados– comienza en los años setenta a través del primer arrepentido, que se llama Leonardo Vitali. Nadie le creyó y lo internaron en un manicomio. Estuvo allí 10 años y cuando salió lo asesinaron. Luego llegó Tommaso Buscetta, que era más inteligente y a él sí le creyeron. Contó cosas interesantes. Dijo que hasta los años setenta la Mafia tenía unas reglas: no se toca a las mujeres, los niños, no se trafica con la prostitución… Luego se metió en el tráfico de droga, ganó muchísimo dinero y, digámoslo así, perdió el freno. Empezó a entrar en las instituciones, a comprar votos, se convirtió en una potencia económica, salió de Sicilia –ahora hay más mafia en Milán– y ya es un fenómeno internacional”.
 
Al siguiente torrente de preguntas, Maraini responde rápida y al corazón. ¿Por qué Italia no se libera de la Mafia? “Porque el poder está implicado. Tiene viejas relaciones con muchos políticos. Toda la Democracia Cristina, los socialistas han estado a veces de acuerdo con la Mafia, y también Silvio Berlusconi, claramente”. Y el mundo de la cultura, ¿ha hecho su trabajo? “Solo a veces. Al menos podemos decir que no ha estado coludido por la Mafia. Pero tal vez no haya tomado posición abiertamente. Sobre todo no lo ha hecho de forma organizada. Y yo creo que esta es la debilidad de la cultura italiana, no haber tejido una red, una colaboración. Cada uno hace las cosas solo. Y naturalmente a quien se ha opuesto a la Mafia en solitario lo han asesinado. Periodistas, escritores, intelectuales… También Roberto Saviano está solo… No se puede enfrentar a la Mafia, una organización militar, solidísima, desde la soledad”.
 
Dacia Maraini está satisfecha con su trabajo –su obra literaria, su lucha desde siempre por los derechos de las mujeres–, pero profundamente preocupada por la situación de Italia. Empezando por la cultura. “Es nuestro petróleo, y lo estamos desperdiciando. Pompeya se cae a pedazos, el Coliseo, las iglesias… Todo esto quiere decir que hay una estupidez enorme, un equívoco en la clase dirigente que no entiende que nosotros somos la cultura, nuestra historia, la pintura, los museos… No hay un país en el mundo que tenga tanto. Ni que lo desprecie de esta manera”. Y, fiel a su condición, se niega a culpar al aire: “La culpa es de la superficialidad y de la mentira. Desde el berlusconismo se ha arraigado una cultura de mercado que solo quiere construir al buen comprador. En vez de al buen ciudadano necesitan al buen comprador. Y el buen comprador no debe elegir sino ser elegido, no debe decidir, no debe tener ideas. Y, sobre todo, no debe tener memoria.
 
De hecho, la cultura del mercado tiende a cancelar la memoria. Por eso creo que los intelectuales son ahora más importantes que nunca. Tienen que activar la memoria. El conocimiento ayuda a entender las cosas. Quien no lee los periódicos y solo ve las televisiones berlusconianas termina creyéndose, por ejemplo, que Berlusconi es una víctima de los jueces comunistas. ¿¡Pero cómo alguien puede creer algo así…!?”.
 
Por si con el repaso a la Mafia y a Berlusconi no bastara, Maraini también pone el foco en la responsabilidad de la Iglesia en la falta de derechos civiles en Italia, sobre todo en aquellos que tienen que ver con la mujer: “No estoy contra la fe o contra el cristianismo, porque pienso que la palabra de Cristo supuso una gran revolución, pero la Iglesia de Roma ha hecho mucho daño. Han impuesto un pensamiento profundamente misógino. Han borrado a las mujeres de la historia de la Iglesia. Las han convertido en siervas, y punto. En la elección del Papa, el enorme mundo de las mujeres de la Iglesia no ha podido decir ni una palabra. La contrarreforma fue el primer gran desastre de este país, y luego ha continuado por el mismo camino… También España es misógina. No tienen al Papa en casa, pero también allí el catolicismo es muy fuerte. Es una pena, porque Cristo no era misógino, pero su Iglesia sí. Ha visto a la mujer como el demonio, como el peligro… Espero que este Papa consiga cambiar las cosas”.
 
El sol va cayendo sobre Roma, la radio dice que a Berlusconi lo acaban de condenar a siete años por abuso de poder e inducción a la prostitución de menores y Maraini –cuyos ojos azules no han perdido la vitalidad de aquella niña que cruza el océano camino de Bagheria— recuerda a aquel hombre tímido con el que viajó una veintena de veces a África, escribió el guion de Las mil y una noches y construyó una casa frente al mar de Sabaudia. “Con Pasolini se estaba bien incluso en silencio. Era un hombre cultísimo, pero no creía en la razón. Creía en los sentidos, en el instinto. No creía en la historia. Creía en la catástrofe. Había algo de profético en sus poesías. Para mí, antes que un hombre de cine o un pintor, Pasolini es ante todo un poeta, un gran poeta. Construimos una casa. Pero eso fue en el 73 y él murió en el 75”.
 
Su asesinato sigue siendo un misterio. La verdad oficial, como tantas otras veces, resultó ser mentira. Y la verdad a secas sigue sin conocerse. “Después de 30 años”, se lamenta Dacia Maraini, “el hombre que se autoinculpó –un menor de edad entonces– ha reconocido que no fue él solo, que lo chantajearon, que lo obligaron a confesar. Y que todavía tiene miedo a decir la verdad completa”.


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