lunes, 26 de mayo de 2014

La desigualdad pone en peligro el sueño americano

 

Derecha e izquierda buscan fórmulas para abordar el debate sobre la creciente desigualdad


 
Las entradas al acto electoral costaban hasta cuatro mil dólares, unos tres mil euros. Bajo una carpa, los camareros servían vino y cócteles. El público lo formaban donantes del Partido Demócrata, muchos de ellos residentes en Potomac, un pueblo de bosques y mansiones ostentosas que figura en todos los ránquines de los lugares más ricos de Estados Unidos. Era el martes 13 de mayo. En algunos barrios de Potomac, la media de ingresos anuales de un hogar supera el medio millón de dólares. Si existe una patria del 1% en este país, o del 0,1% —la élite de la élite—, está en Potomac o en alguna de las poblaciones similares que rodean la capital, Washington.
 
Bill Clinton, presidente de EE UU entre 1993 y 2001, era el orador estrella de aquella reunión para recaudar fondos. Clinton acudió allí para apoyar a Anthony Brown, un candidato de su partido, el Demócrata, en las primarias para el cargo de gobernador de Maryland, el Estado donde se encuentra Potomac. El presidente no ha perdido el desparpajo ni la capacidad de seducción. “Maryland es un buen ejemplo del mensaje sencillo que intento llevar a América cada día: hay lugares en este país en los que la prosperidad está más repartida aunque la desigualdad aumente”, dijo. Brown recaudó cerca de un millón de dólares en aquel acto.
 
Hace unos años escuchar la palabra desigualdad en boca de Clinton, y ante un público como el de Potomac, habría resultado insólito. La expresión no figura en ninguno de los discursos anuales sobre el estado de la Unión que pronunció cuando era presidente. Su retórica económica, similar a la de la tercera vía en Europa, ponía el acento en el crecimiento, la reforma del Estado de bienestar y la reducción del déficit.
 
Ahora es distinto. La desigualdad creciente de ingresos y de riqueza ocupa el centro del debate en EE UU. El presidente Barack Obama ha hecho de la igualdad de oportunidades el eje de su discurso económico. El populismo antielitista define el discurso en una izquierda que se prepara para el pos-obamismo. Los conservadores ya no evitan hablar de la disparidad de ingresos y la brecha entre clases sociales. Y en Roma el papa Francisco, con sus reflexiones sobre los excesos del capitalismo desbocado, se ha convertido en un aliado involuntario de Obama y un acicate para que la derecha revise sus mensajes más ásperos.
 
El libro del año —y quizá de la década— es un volumen de más de 600 páginas de un economista francés, Thomas Piketty, hasta ahora desconocido para el gran público, pero que en unas semanas se ha elevado en EE UU a la condición de superestrella con un tratado que demuestra con profusión de datos —muy al gusto norteamericano— el aumento de la desigualdad hasta unos niveles que se acercan a los del siglo XIX. La comparación con el siglo XIX no se sustenta sólo en la disparidad de ingresos —mientras los salarios reales de la clase trabajadora norteamericana apenas ha aumentado desde los años setenta, los salarios de 1% con más ingresos han subido un 165%, según datos citados por el Nobel Paul Krugman—, sino en la disparidad del patrimonio. Regresa el espectro de la sociedad de rentistas, marcada por la herencia: la idea de que los hijos y nietos de los ricos de Potomac seguirán siendo la clase dominante durante generaciones.
 
La desigualdad alcanzó su marea más baja en Estados Unidos entre 1950 y 1980: el 10% superior en la jerarquía de ingresos se llevaban entre el 30% y el 35% de los ingresos nacionales de EE UU, aproximadamente el mismo nivel que Francia hoy”, escribe Piketty en su libro, Capital en el siglo XXI. “Desde 1980, sin embargo, la desigualdad de ingresos ha estallado en EE UU. La parte del 10% superior ha aumentado del 30%-35% de los ingresos nacionales en los años setenta al 45%-50% en la década del año 2000”. El incremento del 1% con más ingresos todavía es más acusado.
 
La Piketty manía tiene un precio. Los críticos escrutan los errores y fallos interpretativos en el libro. Este fin de semana, el diario Financial Times ha publicado una investigación que arroja dudas sobre los cálculos y métodos del economista francés. Hasta el punto de cuestionar una de sus conclusiones: que las desigualdades en la riqueza hayan regresado a niveles anteriores a la I Guerra Mundial.
 
La traducción al inglés de Capital en el siglo XXI se ha encaramado a las listas de libros más vendidos siguiendo la estela de otros libros de académicos que definieron las controversias de su época. Lo logró Francis Fukuyama con El fin de la historia. Publicado tras la caída del muro de Berlín, el libro de Fukuyama teorizaba sobre el triunfo del capitalismo liberal. Unos años después, otro politólogo norteamericano, Samuel Huntington, diagnosticó el momento con El choque de las civilizaciones, escrito durante las guerras balcánicas de los años noventa.
 
Si ahora se habla de desigualdad en EE UU, no es por Piketty. “Ocurre que los libros navegan sobre olas”, comenta durante una entrevista telefónica el historiador Michael Kazin, profesor en la Universidad de Georgetown y director de la revista progresista Dissent. En el momento de la conversación Kazin estaba sumergido —como parte de la clase intelectual de izquierdas en este país— en la lectura del libro. Piketty ha captado lo que los alemanes llaman el zeitgeist, el espíritu de la época.
 
“El libro de Thomas Piketty tiene tanto éxito porque la sociedad de EE UU está muy preocupada por el enorme crecimiento de la desigualdad que se ha producido desde los años setenta”, dice, en un correo electrónico, el economista Emmanuel Saez. Saez, profesor en la Universidad de Berkeley, ha sido uno de los colaboradores más estrechos de Piketty en la recuperación minuciosa de estadísticas históricas sobre la concentración de ingresos y riqueza. “El libro tiene un éxito particular en EE UU porque alerta contra el retorno de la sociedad patrimonial, en la que los herederos acaban imponiéndose. Esto toca una fibra en América, un país que se fundó sobre la base del ideal meritocrático”, argumenta Saez.
 
La desigualdad se agravó durante los años de Ronald Reagan en la Casa Blanca —un republicano que creía en la desregulación de los mercados y las rebajas de impuestos— y continuó con Clinton. La gran recesión, que se originó en la burbuja inmobiliaria de la pasada década, ha dejado más paro y una clase media que ha visto cómo se reducían sus ingresos y se agrandaba la distancia con el 1%, que salió de la crisis indemne. Lo peor —el terror a caer por el abismo, a precipitarse hacia una gran depresión similar a la de los años treinta— ha pasado. Y, al contemplar el paisaje después de la tormenta, es cuando surge en primer plano el problema de la desigualdad.
 
“Hay menos miedo por el corto plazo y más miedo por el largo plazo”, constata desde Chengdu (China) el economista Tyler Cowen, profesor de la Universidad George Mason, en las afueras de Washington, y autor de Average is over [se acabó la medianía]. Cowen describe en su libro un mundo desarrollado en el que las personas con un alto nivel de educación y habilidades tecnológicas prosperarán y acumularán más ganancias, y quienes carezcan de esta formación verán cerrada la entrada a los mejores trabajos y los mejores barrios. Una distopía: países desarrollados y democráticos divididos entre los que tienen (y saben desenvolverse con las máquinas) y los que no tienen (y no saben); entre los habitantes de pueblos como Potomac y las personas que subsistirán con empleos precarios y el salario mínimo.
 
La pregunta sobre el efecto de la desigualdad en la calidad democrática, o en la democracia a secas, vuelve a ser pertinente. “Entonces como ahora”, ha escrito Krugman en alusión a la Francia de la Tercera República, “una riqueza inmensa permite comprar una inmensa influencia, no sólo en las políticas que se adoptan, sino en el discurso político”. Cowen, un economista cercano a posiciones que en EE UU se llamarían libertarias, y en Europa liberales, no niega la existencia de las desigualdades ni su posible efecto pernicioso en la democracia si una parte de la población se distancia de las instituciones. La mayoría de miembros del Congreso de EE UU son hoy millonarios. Politólogos como Nicholas Carnes, de la Universidad de Duke, ven una relación directa entre la clase social de los legisladores y la despreocupación por las políticas que benefician a las clases medias.
 
Durante décadas, para la derecha en EE UU las desigualdades no supusieron ningún problema. El problema era la falta de oportunidades, pero como éste era el país del ascensor social, el del sueño americano, todo parecía solucionado. El propio Clinton, que es demócrata, apenas hablaba de desigualdad cuando era presidente (y los republicanos Reagan y Bush padre e hijo, menos). La revuelta del Tea Party —el movimiento populista y conservador que irrumpió tras la llegada del demócrata Obama a la Casa Blanca, en 2009, y marcó la agenda del Partido Republicano durante estos años— puso a la izquierda a la defensiva. Las bajadas de impuestos y los recortes en el gasto monopolizaban el discurso económico. En dos años esto ha cambiado. En las elecciones presidenciales de 2012, el candidato republicano, Mitt Romney, pagó cara su imagen de plutócrata desconectado del norteamericano de a pie. La parálisis del ascensor social pasó a ser un hecho ampliamente admitido, a izquierda y derecha. Desde entonces la lucha contra las desigualdades forma parte del vocabulario mitinero de Obama. Lo llamativo es que los conservadores hayan hecho suyo este discurso.
 
Para Piketty, la causa de las desigualdades hay que buscarla en la acumulación de las rentas de capital, que crecen a un ritmo más rápido que la economía, lo que abre la brecha entre las clases medias y los más ricos. Para Cowen, en cambio, es el abismo tecnológico. Para Charles Murray, seguramente el intelectual de más peso hoy en la derecha norteamericana, las desigualdades son reales y ponen en peligro la cohesión de EE UU, pero no se explican por las diferencias de ingresos, ni por las políticas fiscales, sino por las diferencias de valores o culturales.
 
En el ensayo Coming apart. The state of white America, 1960-2010 [El distanciamiento. El estado de la América blanca, 1960- 2010], Murray explica el declive de la clase trabajadora blanca por su desapego, desde los años sesenta, a lo que él considera las virtudes fundacionales de EE UU: religiosidad, laboriosidad, honestidad y matrimonio. Los miembros de esta clase, expone el autor, se casan menos, trabajan menos, van más a la cárcel y frecuentan menos la iglesia que las élites (Murray se divorció una vez, es agnóstico y defiende el matrimonio homosexual). Han entrado en una espiral que les distancia cada vez más de las élites industriosas, religiosas y cuyos miembros son proclives a casarse entre ellos y, por tanto, a procrear hijos más inteligentes (el uso del coeficiente intelectual en sus estudios es uno de los aspectos más discutidos de este intelectual).
 
Murray no ha leído a Piketty, dice en un correo electrónico. A la pregunta de por qué en EE UU el debate político gira de repente en torno a la desigualdad, responde: “Porque finalmente la izquierda socialdemócrata logró elegir a uno de los suyos presidente de Estados Unidos, y la izquierda americana, al mismo tiempo, se ha vuelto más parecida a la izquierda de Europa, donde la desigualdad ha dominado el debate durante décadas”.
 
“La desigualdad importa porque en la sociedad real las personas evalúan su bienestar económico en relación con otros”, observa el pikettyano Saez. “Por eso la desigualdad siempre será un problema en cualquier sociedad, no importa lo rica que sea. Dicho esto, la gente está más dispuesta a considerar justas las desigualdades basadas en el mérito que en la herencia”.
 
“La clase media está desapareciendo. Se siente insegura”, dice Roger Hickey, codirector de la Campaña por el Futuro de América, un grupo adscrito al ala izquierda del Partido Demócrata. “No encuentran empleo, los salarios no suben, los conservadores desmantelan sus beneficios. La gente siente la desigualdad. A los americanos no les desagradan los ricos. Aspiran a ser ricos. Pero les preocupa el declive de aquella gran clase media que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial. Supieron lo que era la seguridad, la oportunidad, la posibilidad de enviar a los hijos a la universidad. Ahora todo esto está amenazado”.
 
“No creo que a los americanos les preocupe que los ricos ganen más. Les preocupa que sus salarios estén estancados. Los americanos no son receptivos ante los discursos sobre la desigualdad”, opina Cowen. “En este país la envidia se dirige sobre todo a las personas con las que fuiste al instituto, a tus parientes, a tus amigos”.
 
No es la desigualdad lo que debería alarmar a políticos y ciudadanos, sino los obstáculos de los pobres para salir de la pobreza, argumenta Robert Doar, que fue comisionado en la Administración de Recursos Humanos de Nueva York con el alcalde Michael Bloomberg. El multimillonario Bloomberg abandonó el cargo en diciembre. Su sucesor, el demócrata Bill de Blasio, llegó a la alcaldía con la bandera de la lucha contra las desigualdades, que se habían agravado durante los 12 años de Bloomberg.
 
“La movilidad y la pobreza son temas más importantes y merecedores de nuestra atención que la desigualdad”, dice Doar en la sede en Washington del American Enterprise Institute (AEI), el laboratorio de ideas más influyente de la derecha de EE UU, donde ahora trabaja. Añade que a él le preocupa que la “obsesión” por querer que los ricos pierdan ingresos o patrimonio no acabe dañando a los pobres. Si los ricos son menos ricos, continúa, la economía flaqueará y el paro crecerá. Y en un país con menos ricos se reducirá la recaudación fiscal porque, si éstos pierden ingresos y patrimonio, pagarán menos impuestos.
 
Lo que tienen en común estos conservadores —Cowen, Murray, Doar— es que no rehúyen la cuestión de la desigualdad, aunque discrepen de las causas y las soluciones. El debate intelectual, instigado desde instituciones como el AEI, donde se cocinaron desde la revolución reaganiana hasta la invasión de Irak, refleja un cambio político: tras los años de individualismo del Tea Party, el Partido Republicano se ha dado cuenta de que corre el riesgo de perder la iniciativa ideológica y aparecer como un partido antipático, insensible a las dificultades de la clase trabajadora, puede ser letal. La derecha se esfuerza por articular un conservadurismo con rostro humano.
 
Y en la izquierda renace un nuevo populismo, una palabra que en EE UU carece de las connotaciones negativas que tiene en Europa y América Latina. “Hay aspectos demagógicos [en el populismo norteamericano], claro”, dice Kazin, autor de The populist persuasion [la fe populista], historia de referencia en EE UU sobre el populismo, publicada en 1995. “Pero el núcleo del populismo”, dice, “es la exigencia a los políticos de que estén a la altura de su palabra y de los ideales fundadores de este país, que consisten en que la élite debe servir a los intereses del pueblo”. El significado de populismo, en EE UU, es literal: la defensa de los intereses del pueblo frente a las élites. Y no sólo el Tea Party representa esta tradición.
 
“Hay una larga historia en este país de populismo progresista”, dice Hickey. El activista recuerda a los agricultores que en el siglo XIX se organizaron contra las compañías de ferrocarriles y los monopolios, y las políticas del presidente Franklin Roosevelt como respuesta a la gran depresión de los años treinta. También contenía elementos populistas el discurso sobre la great society [la gran sociedad] del presidente Lyndon Johnson, del que esta semana se ha conmemorado medio siglo. La great society incluía medidas igualitaristas en el ámbito de los derechos civiles, como el fin de la segregación legal; y de la economía, como la lucha contra la pobreza y la creación de seguros médicos gratuitos para los mayores de 65 años y las personas con menos ingresos.
 
Di Blasio, el nuevo alcalde de Nueva York, resucitó esta tradición cuando, en campaña, decía que Nueva York se había convertido en una dickensiana historia de dos ciudades, donde conviven casi 400.000 millonarios mientras casi la mitad de ciudadanos viven cerca o en el umbral de la pobreza. El eslogan del movimiento Occupy —el 99% contra el 1%— se ha incorporado al lenguaje corriente. “Hoy, después de cuatro años de crecimiento económico, los beneficios empresariales y los precios de las acciones son inusualmente altos, y a los que están arriba nunca les ha ido mejor”, dijo Obama en el último discurso sobre el estado de la Unión, en enero. “Pero los salarios medios apenas se han movido. La desigualdad se ha ahondado. La movilidad hacia arriba se ha estancado”.
 
Era la primera vez que Obama pronunciaba la palabra desigualdad en un discurso sobre el estado de la Unión, el ritual anual en el que los presidentes definen sus prioridades. En boca de un político cerebral e instintivamente centrista como él, los intentos de hablar el lenguaje del populismo a veces suenan forzados. Nada que ver con Elizabeth Warren, senadora demócrata por Massachusetts desde enero de 2013 y estrella de la izquierda populista. Profesora de derecho en Harvard y jurista especializada en bancarrotas, Warren electriza a las bases progresistas con un lenguaje claro contra los bancos, las grandes corporaciones y las élites. “Ella habla el idioma populista”, dice Kazin, que en su libro insiste en que el populismo, de izquierdas y derechas, es más una retórica que un programa político.
 
“¡Preséntate, Elizabeth, preséntate!”, gritaban algunas personas congregadas, esta semana, para ver a Warren en una conferencia sobre el nuevo populismo organizada por la Campaña por el Futuro de América en un hotel de Washington. Se referían a la campaña para la nominación del Partido Demócrata en las elecciones presidenciales de 2016. La exsecretaria de Estado Hillary Clinton es la favorita, pero si tiene un inconveniente es que es poco populista, demasiado cercana a Wall Street y asociada a la presidencia probusiness —favorable a las grandes empresas— de su marido, Bill Clinton.
 
“La defensora del pueblo, la tribuna del 99%, la senadora Elizabeth Warren”, anunció el presentador. “Me dicen que os habéis pasado el día hablando de populismo, del poder de las personas para conseguir cambios en este país”, dijo Warren. “Es algo en lo que creo de verdad”. La senadora cargó contra los bancos, que han superado la crisis sin que ningún gran banquero vaya a la cárcel; denunció a los conglomerados que eluden el pago de impuestos; señaló a los políticos que negocian tratados de libre comercio de espaldas a los trabajadores. “El juego está amañado. Y eso no está bien”, repetía como un estribillo. Sus palabras tenían un timbre izquierdista y profundamente americano. Porque éste no es un populismo antisistema. Al contrario. Los populistas norteamericanos defienden el sistema contra quienes creen que lo han traicionado.
 
“[Los americanos] varían, alteran y renuevan cada día las cosas secundarias; se cuidan mucho de no tocar las principales”, escribió Alexis de Tocqueville, francés como Piketty, en los años treinta del siglo XIX. “Les encanta el cambio; pero temen las revoluciones”.

 
 

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