sábado, 17 de mayo de 2014

Bienvenido a mi casa

Piso neoyorquino de IntercambioCasas.com.

 

Prestar la casa a un desconocido puede parecer una locura. Hasta que se hace. Y entonces engancha. Vacaciones baratas, bicicletas para los niños, una cocina de verdad y vida de barrio


 
Mi primera vez fue con un concejal gay de Copenhague. Me presenté en su casa con novio y un bebé, pero a Morten no pareció importarle. Charlamos breve y cortésmente, intercambiamos las llaves de nuestros hogares y él se fue al aeropuerto. Se alojaría en mi céntrico piso madrileño durante las fiestas del Orgullo, mientras yo pasaba unas tranquilas vacaciones familiares en su elegante apartamento de Christianshavn. A la vuelta, encontré mi casa ordenada. Yo limpié bien la suya. Ambos dejamos notas de agradecimiento. Todo muy civilizado. Y sin embargo, unas semanas antes, yo estaba como una loca.
 
Todas las reticencias que se le ocurran cuando escucha “intercambio de casas” ya las he pensado yo antes. El asunto consiste en poner de acuerdo en Internet a dos desconocidos para que se alojen cada uno en casa del otro durante las vacaciones. ¿Desconocidos? ¿Internet? ¡¿En casa?!... Le saltan las alarmas al viajero más pintado. Los miedos van de un razonable remilgo a que un señor de la calle se duche en tu ducha a las fantasías más rocambolescas: ¿Y si me roba, monta una fiesta, suplanta mi identidad…? ¿Y si me espera dentro de un armario para cuando vuelva? Todo lo que se le ocurra... Y aun así estoy preparando mi cuarto intercambio de casa en poco más de un año.
 
“Intercambiar engancha”, asiente Inés Vallejo, historiadora del arte, en su precioso piso del barrio de Salamanca de Madrid, donde vive con su marido, el periodista Arturo Vallejo, y su hija de cuatro años. “Engancha por lo que ahorras y, sobre todo, por la sensación de libertad que proporciona estar tan solo a un vuelo de cualquier rincón del mundo”. Inés lleva diez años y unos diez intercambios: “La gente siempre te dice que si estás loca y te hace las mismas preguntas tontas tipo: ‘¿No te da cosa que se pongan tus bragas en la cabeza?’ ¡Pero quién hace eso! Si algo así te reconcome, igual esto no es para ti”.
 
El intercambio es gratis, pero cuesta. Primero es necesario confiar y luego hay que currárselo. Uno debe ser flexible, planear las escapadas con tiempo y normalmente en inglés, limpiar bien la propia casa, hacer hueco en los cajones y la nevera, comprar un regalito de bienvenida, preparar un dosier con pistas sobre el barrio, tener toallas y sábanas limpias de recambio, pedir a un amigo que sirva de enlace local, mirar con regularidad el e-mail para asegurarse de que nuestros invitados están bien, regarles las plantas, cuidar a su mascota si la hubiera, no husmear... Y antes de regresar, limpiar la casa del otro y dejarlo todo como estaba.
 
Ahora lo llaman “consumo colaborativo”, pero es el trueque de toda la vida. “Empujada por una insatisfacción creciente con respecto a su papel de consumidor robotizado, manipulado por el marketing, la gente gira hacia modelos de consumo que favorecen la utilidad por encima de la propiedad, la comunidad por encima del egoísmo y la sostenibilidad por encima del derroche”, opina en el estudio Mi casa es la suya la profesora de Sociología de la Universidad de Bérgamo Francesca Forno. Hay colaboraciones que se pagan, como los viajes en coche compartido o los alquileres entre particulares tipo AirBnb. Pero en el intercambio de casas nunca hay dinero de por medio. “El dinero siempre enrarece una relación”, opina Silvia Herreros, guionista madrileña que ha intercambiado unas 15 veces por todo el mundo. “Yo lo hago por ahorrar, gracias al intercambio he hecho viajes que de otra forma no me podría haber permitido, pero no prestaría mi casa por dinero”. “Es difícil de explicar”, admite, “en un intercambio hay una urbanidad muy especial, una suerte de pacto entre caballeros: como la otra parte está en tu casa, tú eres el inquilino perfecto en la suya”. Intercambiar es una decisión económica, pero cuando empiezas se convierte en una forma de viajar. “Más independiente, más auténtica”, según la guionista, que se ha alojado en una casa barco de Ámsterdam y en el estudio de un pintor en Brooklyn. “Es una experiencia”, continúa, “ves cómo vive otra gente en otro sitio, muchas veces incluso compartes con ellos una comida o una copa... Yo a algunos les sigo mandando una tarjeta por Navidad”.
 

Cunas y tronas

Según el estudio de la Universidad de Bérgamo, la familia Vallejo es bastante prototípica: mayores de 35, clase media o media-alta, con estudios superiores, trabajo y profesiones liberales, que han hecho más de dos intercambios, están muy satisfechos con la experiencia y lo hacen sobre todo por ahorrar, aunque no solo. “Es curioso, la gente que intercambia lo hace aunque se puede permitir viajar de otra manera”, dice Arturo bajo la lámpara de diseño del comedor familiar. “El intercambio te permite vivir un lugar como si fueses un vecino más y alojarte en barrios que normalmente los turistas no ven”, dice Inés, “y ya cuando vas con niños, la comodidad de estar en una casa de verdad no tiene precio”.
 
Sobre todo si en la casa viven otros niños. Cuna hay. Bañerita, trona, batidora, bicicletas, juguetes... Hay millones, todos novedosos para su retoño. No se lleve los colores, olvide los DVD. Comparado con un hotel, tendrán mucho más espacio, y en la cocina habrá aceite, colacao, cartones de leche por si se le olvida comprar el primer día, galletas para una urgencia... Y cosas más importantes: durante un intercambio en una aislada casa de la campiña francesa, mi anfitriona (madre de dos niñas encantadoras que nos prepararon una coreografía de bienvenida) me pasó el móvil de su pediatra local ante una fiebre infantil. Como veníamos recomendados, el doctor nos atendió el día de Año Nuevo.
 
Cierto es que nosotros nos desvivimos por cuidar de Caramel, su gato declaradamente arisco. Porque las casas se pueden prestar con bicho dentro, lo que ahorra tener que buscar un canguro para el perro. También se puede intercambiar el coche, cosa que recomiendan los veteranos. El alojamiento supone en torno al 50% del presupuesto vacacional; si a eso le sumas el ahorro del alquiler del coche, hablamos de mucho dinero por pasar unas vacaciones más cómodas que pagando.
 
“La idea parece demasiado buena para ser cierta, de ahí que la gente sea tan suspicaz”, opina por e-mail Kerry Ascione, autora del blog La viajera confiada y del libro Tengo casa, viajaré, guía definitiva para el intercambio internacional de casas (que acaba de salir a la venta en inglés). “El mayor obstáculo es siempre la falta de confianza”, dice Kerry, que ha intercambiado su casa de Nueva Jersey en cinco ocasiones (la primera, en Iznájar, Córdoba) para recorrer Europa con su marido, su madre y sus dos hijos. Ofrece tres consejos para que el novato dé el salto de fe: “Uno, pruébelo; dos, piense que esto lleva funcionando más de seis décadas y es una subcultura maravillosa; y tres, si desconfía, no intercambie”.
 
“El intercambio de casas surgió en Inglaterra en 1959 entre un grupo de profesores”, explica Ans Lammers desde Mallorca, donde dirige la web HomeForExchange.com (entre cuyos 13.000 miembros se encuentra mi familia francesa). “Los maestros tenían largas vacaciones en las mismas fechas, así que era fácil ponerse de acuerdo para viajar unos a las casas de otros; luego se imprimieron catálogos en papel que se enviaban por correo a los socios, y con la llegada de Internet el tema se popularizó rápidamente…”, continúa la empresaria, que montó la página junto a su esposo porque, como casi todos los que trabajan en este mundillo, eran previamente ávidos intercambiadores. Hoy la gente se pone en contacto en webs que normalmente cobran una cuota anual (de entre 50 y 150 euros). La suscripción da acceso a una base de datos con miles de miembros. Cada uno tiene una ficha en la que explica quién es, cómo es su casa y qué destinos y fechas prefiere para viajar (aunque muchos intercambiadores son flexibles, “¡Sorpréndenos!”, piden). Aunque muchas páginas ofrecen un seguro por si la contraparte falla, sus servicios no son en ningún caso vinculantes. Son meras intermediarias. Casi todas ofrecen periodos de prueba, y si uno no consigue intercambiar durante el primer año, suelen regalar la cuota del segundo.
 
Una vez publicado el anuncio —conviene ser sincero, minucioso y cuidadoso con las fotos— empieza la búsqueda.
 
Las casas no son cromos y los intercambios no tienen que ser equiparables. Un pisito céntrico en una ciudad europea puede proporcionar una mansión con piscina en el campo. Entre la oferta hay de todo. Pintorescas casas de playa y minimalistas lofts urbanos. Granjas y rascacielos. “Yo soy muy tiquismiquis, siempre escojo casas monas”, dice Inés desde su estiloso e impoluto hogar. “Hemos estado en casas chulísimas”. De una de ellas, una antigua oficina de correos holandesa reformada, copió el diseño de la magnífica puerta que separa su cocina de su salón.
 
Aunque en las webs generalistas hay lugares alucinantes, en algunas webs gremiales las casas monas son la norma. La arquitecta berlinesa Eva Byrne montó el año pasado la plataforma ArchitectsHouseExchange.com para intercambios entre arquitectos: “Este gremio es una especie de tribu, así que desde el principio hay confianza”. Además de la casa, se comparten libros, pistas arquitectónicas por la ciudad... “Se trata de aprovechar la red de contactos de tu anfitrión y su conocimiento”. Los diseñadores gráficos de Barcelona Eva Calduch y Agustí Juste, que llevan intercambiando 10 años, crearon hace uno Behomm.com, hartos de “perder el tiempo buscando casas bonitas y gente afín en las webs de intercambio que tienen miles de miembros”. Su web tiene 750 y funciona como una red social: los socios han de ser invitados, son verificados y tienen que dedicarse a las artes o el diseño (hay pintores, productores de cine, modistos). “La selección natural hace que todas nuestras casas sean especiales; además, que el intercambio sea con el amigo de un amigo da mucha seguridad”, explica Eva.
 

Básicos preliminares

En general, el intercambio no es para escapadas exprés; requiere tiempo y paciencia. Hay que tirar bastantes cañas para encontrar “novio”. Hallado un candidato interesante e interesado, comienza una relación epistolar para cerrar fechas y detalles. Los preliminares por e-mail, WhatsApp o Skype son básicos. Todos los expertos coinciden: si algo no encaja, busque otra pareja de baile. Para primerizos resulta útil juntarse con veteranos (las webs tienen una tranquilizadora sección de comentarios en la que otros explican qué tal les ha ido en esa casa). Si usted es de natural malpensado: googlee.Una rápida búsqueda en Internet le puede asegurar que su anfitrión es quien dice ser, que su casa existe y se parece a las fotos, e incluso quiénes son sus amigos de Facebook. Llevada por la histeria verificadora (y gracias a la transparencia de la política municipal danesa), yo llegué a descubrir cuánto gastaba al mes en teléfono móvil mi concejal de Copenhague. Y cuando sabes eso de alguien, cómo no fiarte.
 
De nuevo el tema de la confianza. ¿Y qué dicen las aseguradoras? “No hay casuística suficiente, pero en términos generales, cuando hay invitados, el seguro del hogar cubre continente y contenido [es decir, la casa y las cosas]”, explican desde la Asociación Empresarial del Seguro (Unespa). “Donde podría haber un problema es en relación con la responsabilidad civil; si el uso de la casa generase un daño a un tercero, el invitado tendría que responder ante la aseguradora”. Ejemplo: si sus invitados traen una sombrilla de playa y la dejan en la terraza, esta se vuela y rompe la luna de un coche aparcado, el seguro pagaría, pero luego pediría cuentas a sus visitantes.
 
Las propias webs de intercambio recomiendan que, si uno está inquieto, consulte las pólizas, sobre todo si se presta el coche, y que se hable con el propietario si se vive de alquiler. También que se guarden bajo llave los objetos de valor. No he conocido a nadie que haga ninguna de estas cosas. Aun así, las incidencias son escasas. Desde 2005, HomeforExchange.com ha realizado unos 500.000 intercambios y gestionado solo 200 quejas. En IntercambioCasas.com, los miembros insatisfechos rondan el 6% y los desencuentros suelen ser por cosas como unas copas rotas, una multa de aparcamiento o diferentes estándares de limpieza. En los foros resulta muy difícil encontrar intercambiadores agraviados, y a la prensa solo ha llegado una historia en la que la policía tuvo que mediar entre dos familias: unos ingleses que ofendieron a unos australianos llamándoles sucios. Al final, la cosa quedó en nada y el intercambio siguió adelante.
 
“¿Lo peor que nos ha pasado…?”. Inés Vallejo tarda un rato en pensarlo: “Quizá aquel chico que vino de Nueva York y se bebió la mitad de la bodega…”. “Ya”, replica su marido, “pero su casa era un pisazo en la última planta de un rascacielos frente a The New York Times… A cambio de seis botellas de vino, ¡todavía salimos ganando!”. La realidad siempre es mucho más pedestre de lo que uno imagina. Empiezas pensando que el invitado podría ser un psicópata y acabas sintiendo una punzada de culpa cuando, de vuelta en casa, resulta que el pobre te ha lavado y secado las sábanas mientras tú te limitaste a dejar las suyas hechas un burruño en el cesto de la ropa sucia.
 

Crisis y Cameron Díaz

España aparece como uno de los destinos más demandados, aunque la oferta de casas está aún muy por debajo de la de países como Estados Unidos, Reino Unido y Francia. “Hay una falsa idea de que los españoles son muy celosos de su casa y su intimidad”, opina Violeta Díaz, representante de IntercambioCasas.com, una de las plataformas más potentes del mundo, con 50.000 usuarios (2.800 en España). “No es cierto, en general los españoles son sociables, abiertos, curiosos y generosos, valores fundamentales para intercambiar”. Encima, estamos en crisis. “Eso no afecta demasiado”, opina la experta, “ya que el factor fundamental para animarse es más cultural que económico”. En España, esta web crece entre el 10% y el 15% anual, y el mayor empujón no lo trajo la crisis, sino la película de 2006 The holiday (Vacaciones), en la que Kate Winslet intercambia su cottage de la campiña inglesa por el chaletazo en Los Ángeles de Cameron Díaz (y de paso, ambas encuentran el amor). “Aquella comedia romántica sí que cambió el chip de la gente”.
 
 
1. Que la primera foto no sea la del retrete. Haga una oferta atractiva de su casa. No importa que las fotos no sean profesionales, pero use el sentido común: recoja, haga la cama, dispare las fotos de día, coloque primero la más vistosa...

2. No se ponga Mad Men. Esto no es un anuncio publicitario: no mienta. Explique sinceramente cómo es su casa, su barrio y su familia. Pros y contras. Si el metro no está cerca, hay ruido o tiene una mascota (aunque no se vaya a quedar en la casa), explíquelo, se ahorrará un mal rato si, por ejemplo, uno de sus invitados es alérgico a los gatos.
 
3. Con flexibilidad e iniciativa se ‘liga’ más. A no ser que tenga un chalé en primera línea de playa, no se quede esperando a que los demás le inviten a intercambiar. Tome la iniciativa, mande muchas propuestas y sea abierto con las que recibe. Si tiene una segunda residencia, el intercambio puede no ser simultáneo.
 
4. Siga siempre su instinto. Antes de cerrar un intercambio habrá (o debería haber) muchos correos electrónicos, whatsapps o conversaciones de Skype que servirán para conocer un poco a la otra parte. Si en cualquier momento siente que algo no funciona o está incómodo, háblelo. Si ni por esas, siga su instinto y cancele el trato. La confianza es la clave.
 
5. Póngalo negro sobre blanco. Las webs de intercambio recomiendan firmar un acuerdo que ellos proveen antes de comprar los billetes. No es un contrato vinculante, pero dan cierta oficialidad al intercambio y permiten ver de forma ordenada la información sobre cada una de las partes (dirección, teléfonos de emergencia, horas de salida y llegada…).
 
6. Cumpla su palabra. El intercambio de casas es un pacto de civismo. Cumpla su parte. Prepare su casa para sus invitados como le gustaría que ellos lo hiciesen para usted. Limpie. Luego limpie otra vez. Déjeles un dosier (con mapas, pistas, las instrucciones del aire acondicionado...). Y no olvide un detalle de bienvenida (botella de vino o bombones suele ser lo habitual). De la misma forma, cuide el hogar de sus anfitriones como espera que ellos cuiden del suyo. Además de buen karma, le traerá buenos comentarios.

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