lunes, 12 de mayo de 2014

¿Progresa de verdad la humanidad hacia un mundo mejor?

 
 
 
Una de las ideas características de nuestra moderna cultura occidental ha sido su concepción del proceso histórico como el itinerario a través del cual la humanidad alcanza su mayoría de edad, al mismo tiempo que se libra, por fin, de un estado inferior y primitivo de sujeción a la naturaleza y de ignorancia o falsa conciencia. En el corazón mismo de lo que llamamos modernidad encontramos, pues, esta relación entre historia y utopía impregnada de un optimismo que hoy, a la vista de cómo le va a Europa y al mundo en general, pudiera ser oportuno, tal vez, revisar y discutir.
 
Sencillamente porque lo que ha sucedido es que, hablando en términos generales, se ha identificado lo que solo es progreso científico, técnico y económico con el progreso de la humanidad hacia la razón. Y nos encontramos con que, en vez de ese final de la servidumbre y de la falsa conciencia, en lugar de la desaparición de la ignorancia, de la esclavitud y de la miseria, lo que la modernidad nos sigue proponiendo es la esperanza utópica en que del crecimiento tecnológico y económico indefinidos se seguirá, en algún momento futuro más o menos próximo, la completa satisfacción de la continua búsqueda humana de felicidad.
 
Esta fe en el crecimiento económico y tecnológico indefinidos es el mito más extendido y operativo de nuestra época, y el que goza de mejor salud. Un mito que, tal como los actuales antropólogos culturales los definen, es una representación colectiva no racional con un fundamento emotivo que le proporciona su coherencia e inteligibilidad. Es decir, lo característico de este mito sería su capacidad de contener una fuerte carga emotiva con poderes motivacionales profundos, que arraigan en la mentalidad de los individuos determinando sus ideas, expectativas y acciones al margen de las reglas lógicas que funcionan en el nivel de lo racional o de lo consciente. De ahí que algunos filósofos críticos de la cultura moderna lo hayan situado en la base de la ideología de quienes tratan de minimizar los importantes efectos negativos y colaterales del progreso científico-técnico tales como la maquinización de la vida de los individuos o la presión destructiva sobre el medio ambiente.
 
 
Lo moderno frente a lo antiguo
 
Que este mito se haya incrustado hoy en el inconsciente colectivo y aflore una y otra vez de maneras diversas en el comportamiento de las personas -con consecuencias de diverso tipo- tiene su causa en cómo han evolucionado en los dos últimos siglos ciertas ideas ilustradas. El concepto mismo de modernidad, que promovió la Ilustración, surgió de una actitud que no miraba ya al pasado para reactualizarlo en el presente, como quiso hacer antes el Renacimiento, sino que vivía con entusiasmo las posibilidades de futuro que se vislumbraban a partir de los importantísimos avances de la ciencia moderna y de su aplicación práctica en multitud de innovaciones técnicas, políticas y económicas. Nunca se insistirá demasiado en subrayar este entusiasmo por lo nuevo, esta proyección de una utopía alcanzable y casi próxima en el futuro, como el talante y la condición más propias del hombre típicamente moderno, y que tanto contrasta con el modo de ser propio del hombre anterior, el medieval, vuelto hacia el pasado y hacia la tradición como instancias de la verdad, de la norma y de la autoridad.
 
Lo que cambia, por lo tanto, aquí, en la base y en el fundamento de esta valoración ilustrada de lo moderno frente a lo antiguo, es, en última instancia, una comprensión diferente de la historia y de la conciencia histórica, en la que el tiempo deja de entenderse ya como una mera continuidad lineal y acumulativa, para pasar a ser visto como un proceso revolucionario de re­novación continua. O dicho en otras palabras: el verdadero sentido de lo moderno como "lo nuevo" sólo alcanza la plenitud de su significado en el marco de la concepción propiamente ilustrada de la historia, entendida como imparable progreso hacia la utopía y la perfección. Una perfección que se sitúa, no ya en el origen, no al principio de los tiempos, en una Edad de Oro o en un pasado mítico, paradisíaco o divino, sino en un futuro por el que es preciso luchar y que hay que conquistar.
 
Es esta idea de progreso, así formulada, la que da lugar a que el ser moderno se convierta en el valor fundamental al que todos los demás valores habrán de referirse. Ahora bien, lo que ha sucedido es que esa idea de progreso, en términos empíricos, ha quedado reducida a mero proceso científico, técnico y económico, o sea, a progreso "externo", sin que un progreso "interno", moral y espiritual haya ido vinculado a él y lo haya acompañado.
 
 
Las causas (objetivas) del mito capitalista
 
La persecución de la riqueza y la acumulación del capital, la fabricación incesante de productos nuevos y su distribución para el consumo, como elementos básicos de este sistema, han transformado de manera importante a las sociedades modernas, pues han hecho que aumenten los niveles de vida allí donde han logrado desarrollarse con éxito. Los índices de renta per cápita se han visto elevados muy considerablemente si se los compara con los de los países no capitalistas, o que han permanecido en sus formas de producción y de distribución tradicionales. Este logro de la riqueza, el disfrute de los productos de consumo cada vez nuevos que ofrecen los mercados y la competitividad, que son hechos empíricos, indudables y positivos, es lo que ha impulsado y dado credibilidad al mito de un crecimiento económico y tecnológico indefinidos. Y en este sentido, han terminado adquiriendo el estatus, ya casi globalmente aceptado, de medios por antonomasia para conseguir una vida humana plena y feliz.
 
De modo que lo que ha sucedido en nuestras sociedades avanzadas actuales ha sido que el consumismo, impulsado por la propaganda comercial, ha convertido el poder adquisitivo y los niveles de compra de los ciudadanos de un país en la mejor medida de su grado objetivo de felicidad. La plenitud del disfrute del consumidor es lo que se identifica hoy con la plenitud de la vida y la autorrealización personal. El volumen de nuestra actividad consumista y la posibilidad de adquirir continuamente nuevos objetos en sustitución de otros, aunque no los necesitemos para nada, es el principal índice para medir distintos elementos de nuestra plenitud de vida, tales como nuestra posición social, nuestra autoestima en el marco de la competición por el éxito y nuestro mayor o menor sentimiento de autorrealización. Se tiene la convicción de que las posibilidades de una vida digna, gratificante, una vida que valga la pena vivirse, dependen, ante todo y sobre todo, del poder adquisitivo que se haya logrado alcanzar.
 
No poder comprar no sólo implica la ausencia de placer, sino, más aún, la ausencia de dignidad y de ser. La publicidad comercial bombardea continuamente con sus imágenes y sus mensajes a los individuos para que subordinen la totalidad de sus aspiraciones y esfuerzos a los fines de la economía de consumo: no hay nada que desear más allá de un cuerpo joven, de la ostentación de un coche de lujo, del glamour de un perfume de impacto.
 
Al hilo de esta evolución de nuestra cultura, en el ámbito de las corrientes contemporáneas de pensamiento se pueden constatar diversas iniciativas críticas "postilustradas" en las que la modernidad, con su optimismo progresista, se termina relativizando a sí misma. Porque al poner el énfasis en lo nuevo como su condición de posibilidad, el pensamiento ilustrado ha hecho que el progreso se convierta en el proceso consistente en avanzar siempre, sea cual sea la meta ya alcanzada, y, por tanto, se termine convirtiendo en avance de lo que ya se tiene y se ha alcanzado, por el simple hecho de cambiar y de que sea nuevo. Se inicia de este modo la metamorfosis del optimismo ilustrado de la fe en un progreso indefinido e imparable hacia lo perfecto en el pesimismo postmoderno de un escepticismo frente a la constatación de lo efímero y provisional que lo llenan todo.
 
 
La posmodernidad
 
La ruptura decidida con la tradición para abrirse al futuro obliga a que sea sólo el presente, y no el pasado, quien decida sobre lo que ha de venir. Con ello la modernidad se condena a no poder tomar ninguno de sus criterios de orientación de ninguno de los modelos del pasado, y se obliga a tener que extraer sus principios y su normatividad únicamente de sí misma y de su presente pasajero y cambiante. Dicho en otras palabras: de la autocomprensión de la modernidad como una época nueva se deduce que una época así no puede pedir prestados sus puntos de partida, sus fundamentos o sus criterios orientadores ―ni en el ámbito del conocimiento, ni en el de la ética, ni en el de las decisiones políticas― a ejemplos de otras épocas, sino que ha de extraer sólo de sí misma su propia normatividad, su propio fundamento, sus propios planteamientos y su propia autojustificación. La modernidad y la cultura moderna se ven así, sin escape posible, remitidas únicamente al limitado círculo de sí mismas.
 
Es significativo que uno de los efectos más extendidos de esta problemática situación en el plano de las ideas haya sido, en el estado de ánimo de muchos individuos, esa especie de conformismo pragmatista, y puede que incluso autosatisfecho, en el que se delata el automatismo nihilista-pasivo al que una actividad puramente racional-instrumental obliga hoy a casi todo el mundo, junto con el consumo, la propaganda, la competitividad, etc., y que expresa el fin y la muerte de lo humano. Si ya no hay ningún "deber ser", ningún modelo de formación ideal que perseguir con la suficiente fuerza imperativa como para que, a partir de él, se discuta y se critique lo que constituyen las tendencias y metas que de manera automática e inconsciente perseguimos, entonces es que no queda más que adaptarse al presente tal como es. ¿Acaso no es el ser humano una más de las estructuras moleculares que componen el cosmos, un simple juego más sin sentido entre combinaciones de átomos dentro de la gran máquina en la que consiste el universo?
 
En suma, la libertad, aportada por el progreso histórico y las conquistas científicas y técnicas de la modernidad se entiende hoy, sobre todo, como un nivel de bienestar material cada vez más alto, en la medida en que se admite sin discusión que todos esos avances técnicos nos permiten superar nuestras limitaciones físicas, nos hacen más independientes, más sofisticados, más críticos como individuos, y nos otorgan una mayor autonomía y confianza en nosotros mismos. La lucha moderna por la libertad, desde el Renacimiento, fue la lucha contra las viejas formas de autoridad y de coacción que representaban, primero la Iglesia y la aristocracia feudal y, más tarde, durante los siglos XVII y XVIII, las monarquías absolutas del Antiguo Régimen.
 
Los individuos y los movimientos que luchaban contra estas estructuras de autoridad pensaban que cuanto más se debilitasen y se neutralizasen estas instituciones de poder tradicionales más se ganaría en libertad y autonomía personal. Y es indudable que la combatividad crítica y las revoluciones políticas burguesas han contribuido enormemente a librarnos de los antiguos enemigos de la libertad y la realización personal. Pero está claro que esto no ha sido suficiente. La evolución de la cultura moderna y postmoderna ha hecho aparecer otros factores que ya no son impedimentos o restricciones externas al individuo, sino elementos internos a su propia subjetividad, que amenazan ahora con hacer inútiles los logros ya conseguidos en el ámbito de las libertades externas.
 
Por ejemplo, estamos orgullosos y agradecidos con razón de que nuestros antepasados ilustrados conquistasen para nosotros, como uno de nuestros derechos fundamentales cada vez más extendido y reconocido, la libertad de pensamiento y de expresión. Pero no es difícil comprobar hoy a cada paso que lo que muchos individuos piensan y expresan no es más que lo que otros muchos individuos piensan y expresan, o lo que la propaganda o la ideología dominante o la televisión les ordenan que piensen y expresen. De modo que siglos de lucha, sangrientas revoluciones y duros sacrificios realizados para conseguir las condiciones externas para que cualquiera pueda expresar lo que piensa sin ver obstaculizado su derecho por coacciones externas, tropiezan con factores subjetivos, internos, que impiden que la mayoría de los individuos tengan la capacidad de pensar por sí mismos, capacidad que es lo único que puede dar sentido a la lucha social e histórica por la libertad de pensamiento y de expresión.
 
 
La supresión de nuestra capacidad crítica
 
La racionalización moderna del sistema de producción y de consumo ha conducido a un desarrollo del sistema económico capitalista que nos proporciona abundancia de bienes materiales y el bienestar social del que hoy, aunque de manera desigual, disfrutamos. Pero vemos también que con este espectacular aumento de la racionalización, de la técnica, de la industria, del comercio, de la informática y de la globalización ya no somos nosotros quienes controlamos los mecanismos del sistema, sino que es la gran máquina del sistema globalizado la que domina y nos controla a nosotros convirtiéndonos en algo insignificante, en simples instrumentos a su servicio.
 
este sistema productivo consumista y globalizado no solo se nos reduce al puro hecho de comprar y vender mercancías, sino que se nos compra y se nos vende a nosotros mismos. Incluso cuando cultivamos valores o cualidades humanas, suelen ser las que luego puedan venderse en función de lo que más se cotice en el mercado de las relaciones humanas o del éxito económico y social.
 
Cuando se nos bombardea con la propaganda comercial o política en la televisión y en los demás medios de comunicación no es que se nos ponga abiertamente por delante nuestra insignificancia e indignidad como individuos. Al contrario, siempre se nos adulará y se tratará de seducirnos; pero ningún anuncio ni ninguna propaganda se dirige a nosotros como seres racionales. Ninguna propaganda trata de convencernos racionalmente de algo, sino que lo que trata es de rendirnos y manipularnos utilizando los medios más variados de la sugestión. Así se nos repiten machaconamente los mismos eslóganes; se nos ponen en primer plano cuerpos deslumbrantes que obnubilan nuestra atención y debilitan nuestra capacidad crítica ante el producto o la idea que se nos presenta; se nos suscita el pánico por todo lo que podría sucedernos si nos resistimos a hacer caso de lo que se nos requiere, etc. Métodos todos "irracionales" que nada tienen que ver con la calidad en sí del producto o del programa político que se oferta, sino que están dirigidos a embotar y a suprimir la capacidad crítica, a hacer de nosotros seres obedientes, sumisos, dependientes, pequeños y manejables.
 
 
¿Somos seres más libres?
 
En resumen, si hiciéramos balance del progreso que nos ha traído nuestra modernidad tendríamos que hablar, sin duda, del desarrollo de un yo que ha avanzado mucho en libertad material, en ciencia y tecnología, en derechos formales y en condiciones políticas externas para realizar esos derechos. Pero también tendríamos que hablar de que, al mismo tiempo, y como formando parte del mismo proceso y de la misma evolución, como efecto colateral suyo, se ha desarrollado un "yo" subordinado, débil, acrítico, dependiente, atemorizado, que esconde y enmascara su propio sentimiento de inseguridad y de miedo. Por tanto, de poco sirve una libertad externa, social, formal de autodeterminación si no va acompañada de un nivel correspondiente de liberación o emancipación subjetiva e individual que capacite al yo para llevar a cabo su autodeterminación.
 
Contamos con un avance notable de la libertad respecto de las fuerzas de la naturaleza, pero apenas hemos avanzado en lo referente a una libertad para la realización efectiva de esa otra libertad meramente externa. En vez de pensar por nosotros mismos y decidir lo que queremos, obedecemos a voces y poderes externos, nos dejamos llevar por miedos e impulsos gregarios que nos inducen a conformarnos a los requerimientos de los demás y a no parecer nunca y en nada distintos.
 
Esto debe hacernos pensar que el progreso en nuestras sociedades actuales no puede reducirse tan solo a seguir aumentando los niveles de bienestar material o las libertades meramente formales para el ejercicio de nuestros derechos. Urgente y necesario, cuando hablamos hoy de progreso humano en libertad y realización personal, es conquistar la emancipación y la autonomía subjetivas, o sea, lograr aquella clase de emancipación que permite al individuo el desarrollo de sus potencialidades y la realización efectiva de su existencia personal.


Por Diego Sanchés Meca  11/05/2014
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.