domingo, 11 de mayo de 2014

Los viejos demonios del Ulster

 
 
La polémica detención de Gerry Adams ha puesto de relieve que las víctimas del conflicto en Irlanda del Norte fueron relegadas en el proceso de paz.
 
 
Como cada Viernes Santo, los seguidores de la Iglesia Unitaria de Dublín se reunieron hace unas semanas en su capilla del siglo XIX en Saint Stephens Green, en el centro de la capital irlandesa, para escuchar los nombres de las más de 3.600 víctimas del conflicto de Irlanda del Norte. Católicos o protestantes, nacionalistas o unionistas, civiles, militares o paramilitares, irlandeses o británicos, buenas personas o malas personas, es igual. Se trata precisamente de recordar a quienes murieron. Sin más. Para que la gente no se olvide de ellos.
 
Una quincena de voluntarios va leyendo los nombres de las víctimas. Uno tras otro, a razón de 20 por minuto, durante más de tres horas, en orden alfabético. Desde Anthony Abbott, de 19 años, un soldado de Manchester del Real Regimiento de Artillería asesinado por un francotirador del IRA cuando el 24 de octubre de 1976 inspeccionaba un coche abandonado en Ardoyne, en el norte de Belfast, hasta William y Letitia Younger, un anciano protestante de 87 años y su hija de 57, asesinados no se sabe por quién en su casa del barrio de Ligoniel, en Belfast, el 15 de agosto de 1980.
 
“Empezamos a hacer este homenaje hace 14 años, dos años después de que se firmaran los acuerdos de paz de Viernes Santo de 1998. La paz aún era muy frágil y Chris Hudson, un sindicalista que por cierto ahora es pastor de la Iglesia Unitaria en Belfast, tuvo la idea de hacer esto, para que nadie se olvide nunca de las víctimas”, explica por teléfono Andy Pollak. Escritor y periodista, Pollak cubrió durante años el conflicto del Ulster para el Irish Times, hasta el punto de que acabó personalmente comprometido en la búsqueda de la paz. Desde su creación en 1999 y hasta el año pasado fue director fundador del Centro para Estudios Transfronterizos, con sedes en Armagh y Dublín, una faceta crucial a largo plazo de los Acuerdos de Viernes Santo.
 
Aquellos acuerdos acallaron las armas, pero la construcción de la paz y la reconciliación es una tarea más ardua quizás incluso de lo que se pensaba entonces. La detención la semana pasada del líder republicano, Gerry Adams, y las repercusiones enormes de esa detención, son una prueba de la fragilidad de la situación en el Ulster. Su arresto, para responder de las acusaciones sobre su papel en el secuestro, ejecución y entierro secreto en 1972 de Jean McConville, una viuda de 37 años y madre de 10 hijos a la que el IRA acusaba de colaborar con el Ejército británico, ha devuelto al primer plano el problema de los llamados desaparecidos, pero sobre todo de las víctimas de los disturbios a las que nunca se ha hecho justicia porque nunca se ha juzgado a sus asesinos.
 
Las víctimas fueron las grandes sacrificadas en 1998 porque entonces el objetivo prioritario era acallar las armas, llevar al IRA a su disolución a través de la vía política y las consiguientes contrapartidas políticas. Pero, más de 15 años después de aquellos históricos acuerdos, que han transformado para bien la vida en Irlanda del Norte, las víctimas siguen esperando justicia.
 
“Los gobiernos gastan mucho dinero cada año en apoyar a las asociaciones de víctimas. Y eso en realidad significa que las víctimas siguen siendo víctimas. Y hay que conseguir que las víctimas de alguna manera se liberen”, opina Pollak.
 
El problema de fondo es que si se empieza a llevar a juicio a gente como Adams, el proceso de paz entero puede tambalearse porque en todos los campos hay cuentas pendientes. El caso de Adams es especialmente delicado. Todo el mundo cree que era en tiempos uno de los cerebros del IRA, pero él siempre lo ha negado.
 
No está claro que las pruebas que ahora se presentan contra él permitieran declararle culpable: es su palabra contra la palabra de antiguos camaradas del IRA, ya fallecidos, que se convirtieron en enemigos suyos porque se oponían al proceso de paz, como Brendan Hughes y Dolours Price.
 
Pero, aunque las acusaciones fueran ciertas y pudieran probarse, ¿valdría la pena procesar a Adams? En ese caso, el Sinn Féin retiraría su apoyo a la policía de Irlanda del Norte, los unionistas harían colapsar las instituciones autonómicas, los republicanos exigirían el procesamiento de soldados británicos por la matanza de Ballymurphy en 1971 o por el Domingo Sangriento en Derry en 1972. “Es importante recordar que sin el liderazgo de Adams no habría habido los alto el fuego de 1994 y 1997, ni los acuerdos de Viernes Santo en 1998, ni el decomiso de las armas del IRA. Entre 200 y 300 personas morían cada año en los años 90 por la violencia de ambos bandos. Hoy, los miles que habrían muerto sin el alto el fuego no estarían andando por la calle”, ha advertido Nancy Soderberg, asesora del presidente Bill Clinton durante el Proceso de Paz y ex embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas.
 
Pero, por cierto que sea eso, también es cierto que las víctimas merecen justicia. El problema es cómo conseguirlo. Andy Pollak, como muchos otros antes, cita el precedente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica, que permitió a las víctimas del apartheid reconciliarse con el pasado sin enviar a la cárcel a sus verdugos. Pero hasta ahora han fracasado todos los intentos de poner en marcha algo parecido. La última vez fue hace tan solo unos meses, cuando el mediador estadounidense Richard Haas no logró forzar un acuerdo entre las fuerzas políticas de la provincia.
 
“El problema es que los políticos no se ponen de acuerdo y la única forma de que eso salga adelante es que se pongan de acuerdo los gobiernos de Londres y Dublín. Pero a Londres y a Dublín ya no les importa lo que pasa en Irlanda del Norte”, afirma Pollak.
 
El intento más serio de afrontar el pasado fue el informe publicado en 2009 por el Grupo Consultivo sobre el Pasado que presidían el exarzobispo protestante de Armagh, Robin Eames, y el periodista y exsacerdote católico Denis Bradley. Sus recomendaciones, desde indemnizar a las víctimas hasta formar una Comisión del Legado que permitiera establecer cómo y por qué murieron las víctimas del conflicto, fueron recibidas con insultos y tensión por las organizaciones de víctimas más radicales y nunca fueron aplicadas.
 
Ahora, sin embargo, ha crecido la sensación de que hay que hacer algo. De que ha llegado el momento de afrontar el pasado. De que el Ulster se ha de enfrentar a sus demonios.


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