domingo, 25 de septiembre de 2011

Infieles ¿Por qué?


Ilustración- GIORGIA RICCI from elpais.com

¿Puede la infidelidad salvar nuestra pareja? ¿Es un concepto cultural? ¿Los motivos son distintos para hombres y mujeres? Estas páginas responden a una serie de preguntas tan antiguas y morbosas como todo lo que flota alrededor de la pareja, sus relaciones y el sexo.
En las montañas alrededor del lago Lugu, al suroeste de China, viven desde hace unos dos mil años una etnia de 40.000 personas, los mosuo, que no practican el matrimonio. Las familias están dominadas por las mujeres y sus hijos, que viven sin ninguna preocupación sobre quiénes son sus padres biológicos. Las madres adoptan a otros niños y ocupan el espacio de los hombres. "La mujer puede tener los amantes que quiera, muchos o pocos, sin que sea estigmatizada, ya que todos los hijos pertenecen a la comunidad, y los que adoptan adquieren el nombre de la línea maternal", detalla a El País Semanal la antropóloga social Judith Stacey, de la Universidad de Nueva York.
Las mujeres mosuo, que visten tradicionalmente hermosos quimonos de seda con sombreros de los que cuelgan collares, dejan perplejos a los occidentales, según recoge Stacey en su libro Unhicthed (traducido como Desenganchado, New York University Press). El sexo y la familia están separados por una barrera estricta. A los 13 años, las chicas reciben en una ceremonia de iniciación lo que en el dialecto mosuo se llama "cámara de flor", un dormitorio donde ellas pueden invitar, recibir o rechazar a los amantes. Los chicos tienen su ceremonial, aunque no reciben ninguna cama, sino la bendición para que puedan establecer sus propias relaciones, o practicar el tisese: elegir a cualquier mujer, tener varias amantes y visitar su cámara de las flores siempre que ellas lo permitan.
El sexo nocturno es un asunto privado. Durante el día, los hombres trabajarán, comerán y colaborarán con las familias que hayan ayudado a crear si así lo desean. La flexibilidad es absoluta. "También hay parejas exclusivamente monógamas, y los hombres pueden formar sus propias familias aparte. Es un ecosistema sexual igualitario", dice Stacey.
Esta investigadora supo de la existencia de los mosuo en 1995 y 12 años después estudió su sistema familiar. Los precedentes aireados en televisiones como la ABC o programas como Lonely planet hablaban de una sociedad promiscua donde los hombres eran poco menos que sirvientes sexuales y donde se animaba a las mujeres a tener amantes. En vez de ello, Stacey encontró familias donde sus miembros eran básicamente felices y convivían en armonía en una sociedad sin padres, papel comúnmente ocupado por tíos y hermanos. Los mosuo se enfadan cuando se les tacha de promiscuos por la industria turística y el Gobierno chino, que ha perseguido su modo de vida. Su maltrecha fama ha atraído el turismo local a esta bellísima región cerca del Tíbet, entre las provincias de Yunnan y Sichuan, y lo que es mucho peor, al turismo sexual: las prostitutas, venidas desde otras regiones de China, se visten con los trajes locales para recibir a los clientes. El daño traído por los prejuicios culturales puede ser a veces tan destructivo como las armas. Como explica Stacey, los mosuo no conciben el matrimonio. Y eso no tiene por qué ser malo o terrible. "La fidelidad o la infidelidad no existen. Tampoco el divorcio, la soltería, ni el hecho de quedarse viudo".
En el resto del mundo, la infidelidad se interpreta como traición. Teclee esta palabra en la Red y surgirán agencias de detectives ofreciendo sus servicios a maridos o mujeres engañados. ¿Es más frecuente ahora que en el pasado? Stephen Fife, profesor del departamento de Terapia familiar y Matrimonio de la Universidad de Nevada en Las Vegas, comenta ciertas inconsistencias en un informe extraído de diversas publicaciones científicas. La incidencia del sexo fuera del matrimonio varía entre un ridículo 1,5 hasta el 50%, según qué encuestas se manejen.
El sexólogo Alfred Kinsey concluyó en los años cuarenta que uno de cada dos hombres casados y una mujer de cada cuatro cometen adulterio alguna vez en su vida. Algunos investigadores sugieren que la infidelidad creció durante las dos grandes guerras mundiales y a su finalización, mientras que otros no están de acuerdo. En cualquier caso, la infidelidad no amenaza exclusivamente al matrimonio. Aparece también en las parejas no casadas, sexualmente activas entre los 16 y los 45 años. Los norteamericanos serían los más infieles (el porcentaje de los que admiten haber tenido sexo fuera de su pareja es de un 50%), seguidos de los británicos (42%), alemanes y mexicanos (40%), franceses (36%), y finalmente, los españoles (22%). Los adolescentes también se suman al engaño sexual: tailandeses, norteamericanos, griegos, checos y británicos.
¿Qué hay más allá de estos porcentajes? Los motivos que empujan a la infidelidad suelen ser distintos en el hombre y la mujer. Judith Stacey ha investigado las relaciones entre matrimonios, incluyendo además parejas de gais y lesbianas. Entre hombres y mujeres persisten las diferencias sexuales. "Por término medio, los hombres son más capaces que ellas a la hora de separar el sexo de las emociones, y en general, ellos tienen más compañeros sexuales. No están satisfechos con la monogamia". El hombre sigue siendo más infiel, se obstinan en decir las estadísticas. Pero no hay que olvidar que por cada hombre infiel, hay una mujer que se arriesga.
"Lo que ha cambiado en los últimos treinta años es que hay muchas más mujeres que participan en aventuras sexuales extramatrimoniales. La evidencia sugiere que ellas son más propensas a hacerlo cuando están descontentas con su matrimonio", indica Stacey. Los hombres buscan aventuras sexuales incluso cuando están satisfechos con el sexo de su matrimonio. Lo hacen simplemente porque les excita. "Por término medio, ellos son más capaces de tener sexo anónimo que las mujeres. A veces ni siquiera ven a su compañera. Puede ocurrir en un servicio".
Para muchas mujeres, estas afirmaciones suenan quizá como un estereotipo en el que no encajan. Raquel75 es el apodo bajo el que se oculta la identidad de una mujer de 36 años, morena y ojos oscuros, extrovertida y amable, que vive en Madrid, cuyo perfil aparece en la agencia de contactos Ashley Madison, especializada en ofrecer a sus miembros, casados o comprometidos, la posibilidad de una aventura. Ella estuvo casada durante diez años, después de un noviazgo que describe como "clásico" con el primer chico del que se enamoró. Relata a El País Semanal que tuvo un episodio breve de infidelidad sexual que ocultó antes de contraer matrimonio. "No dije nada por temor a perder a mi pareja". Posteriormente, antes de la separación, ella estableció relaciones con hombres casados. "Oculté la infidelidad porque pensé que de nada serviría contarlo. Con ello haría que mi marido perdiese la confianza en mí y que la situación se volviera más insostenible". Dice que su percepción sobre las emociones y el sexo ha cambiado. "Antes pensaba que buscaba en un hombre el aspecto más sentimental, pero hoy por hoy, me interesa más el sexo". Y manifiesta que, en algunos casos, una infidelidad puede reforzar los lazos de una pareja. "Algunos hombres me han dicho que mi relación con ellos les ha servido para afianzar su matrimonio. A veces una infidelidad hace que te des cuenta de lo que tienes en tu casa y que no quieres perderlo". También afirma que "hay personas que quieren a su pareja, pero son infieles porque necesitan otra cosa. La aventura no les cambia ni para bien ni para mal".
En su libro Unhitched Stacey desgrana algunos fascinantes estudios precisamente sobre cómo se percibe la infidelidad entre parejas de homosexuales en Los Ángeles. Describe la formada por un irlandés, Shawn O'Conner, inmigrante de una familia tradicional católica, y Jake Garner, afroamericano e ingeniero informático nacido en una familia heterosexual acomodada, felizmente casada y activista de los derechos civiles. Ambos se conocieron en 1993, en un pic-nic, y formaron una pareja estable durante 14 años en Silverlake (California). Su carácter es el de alguien divertido, inteligente, con una personalidad persistente, y sobre todo, que concibe el compromiso y la palabra dada. La exclusividad sexual es una consecuencia de ese compromiso. "La monogamia significa que le dices a tu amante que vas a compartir tu vida solo con él, y que le has elegido para ser esa persona. El sexo por sí solo no es tan importante y no sirve para consolidar una relación. Es mucho más que eso". En contraste, Jake adoptaba, según Stacey, un papel más masculino, capaz de separar el sexo del amor, y su interés por la ciberpornografía dejaba hecho polvo a su compañero. En 2008 Stacey supo que la pareja había puesto fin a su relación un año antes, por culpa de una infidelidad de Jake. Fue Shawn el que la escribió comentando que aunque Jake quería continuar la relación pese a sus infidelidades, él ya no podía. De una relación monógama, admite Shawn, se pasó a la ruptura, y finalmente a otra relación monógama con otra persona.
"En mi investigación he encontrado que hay gais que son muy rígidos y monógamos con sus compañeros", asegura esta investigadora. "Hay parejas tolerantes con relaciones muy establecidas, sin que eso implique exclusividad sexual. Conozco a parejas que llevan 25 o 30 años juntas, y que han permitido ocasionalmente a sus parejas tener aventuras sexuales esporádicas sin que amenace su compromiso". Pero la monogamia extendida a lo largo del tiempo no suele ser la norma entre las comunidades homosexuales, advierte. "En conjunto, son los gais los que tienen el índice más bajo. Y probablemente se debe más a que son hombres que homosexuales". Stacey, que ha participado en marchas de apoyo al movimiento homosexual para respaldar la adopción por parte de parejas del mismo sexo, está convencida de que, en líneas generales, los gais son más promiscuos (y por consiguiente más infieles) precisamente porque a los hombres les gusta tener más compañeros sexuales que a las mujeres.
Claro que, ¿es la monogamia normal y habitual también en la comunidad heterosexual, si atendemos a las cifras y los estudios de Albert Kinsey? La respuesta tendría que ser no, si atendemos a un hecho singular: la infidelidad es una fuente de ingresos nada despreciable. La agencia Madison Ashley comenzó su andadura en Canadá hace un década. Según la empresa, cuenta con más de diez millones de miembros en todo el mundo y facturará 38 millones de euros este año (en España, tras un año de funcionamiento, ha logrado 350.000 miembros, el 64% hombres y el 36% mujeres, que permitirán unos ingresos estimados de cuatro millones de euros).
"Mi previsión", indica su fundador, el canadiense Noel Biderman, "es que podremos alcanzar los veinte o veinticinco millones de miembros a finales de 2012". Primera matización importante: cualquiera dispuesto a pagar puede ingresar. No hay requisitos previos, por lo que sería erróneo catalogar de infieles a todos sus miembros. En cualquier caso, a Biderman se le ha acusado de fomentar la infidelidad. Se defiende argumentando que siempre ha estado ahí: no se convence a una persona a que sea infiel mediante una publicidad, aunque su empresa haya llegado a anunciarse con fotos del presidente Clinton, el príncipe Carlos de Inglaterra, y el rey Juan Carlos, con el lema de que lo que tenían en común era que "deberían haber usado sus servicios".
"Uno no va a poner en riesgo su relación, su matrimonio o sus hijos por un anuncio. Tomas la decisión (de tener una aventura) porque tu vida no funciona". Biderman cree que la oportunidad y la infidelidad se rozan. Hace cuarenta años, una mujer norteamericana corría muchos riesgos si quería tener una aventura en su pueblo, donde todo el mundo se conocía. Ahora, basta con pulsar unas cuantas teclas para facilitar la aventura mediante una plataforma de Internet, sin poner en riesgo el matrimonio o el puesto de trabajo. "Nadie es inmune para comportarse potencialmente de una manera infiel". Admite que la red puede estar detrás del aumento de la infidelidad, pero señala que, paralelamente, en la cultura de los países occidentales, los divorcios crecen en número. El matrimonio está en crisis. Los engaños se multiplican.
Biderman lo llama la tormenta perfecta para la infidelidad. "No voy a decir que el matrimonio se ha colapsado, pero tenemos ahora mucha menos fe en él. Si hace cuarenta años la tentación se hubiera cruzado en nuestro camino, pensabas: estoy casado, no puedo hacerlo. Ahora, si se vuelve a cruzar, crees que hay bastantes probabilidades de que tu matrimonio no vaya a funcionar, así que es mejor disfrutar ahora y pensar en las repercusiones más tarde. Es un cambio que se ha producido en la mayoría de nosotros".
Infidelidad y adulterio viene a ser casi lo mismo. De acuerdo con Stephen Fife, las mayores religiones del mundo, el catolicismo, el islam, el protestantismo..., tienen reglas específicas sobre la fidelidad matrimonial, y señalan implacablemente a la mujer como la principal culpable.
La ley islámica castiga severamente la infidelidad: se necesitan cuatro testigos masculinos para establecer una condena. Escribe este investigador: "Las mujeres islámicas que han sido infieles debido a un embarazo son castigadas, a menudo por lapidación y flagelación, pero los hombres son dejados libres a menudo por falta de pruebas. Irán, Pakistán, Arabia Saudí y Yemen castigan el adulterio con la muerte".
El adulterio abona terreno legal para el divorcio en países como Estados Unidos, Rusia, Canadá, Israel y Polonia. Una aventura sexual en primera plana es la mayor amenaza para la psique de un político norteamericano, por el miedo a la reacción de los votantes. Incluso aunque sea virtual. "Algunas esposas creen que la infidelidad por Internet es tan real y dañina como el tener una aventura cara a cara", asegura Fife. El excongresista americano Anthony Weiner tuvo que renunciar a su escaño en el congreso americano el pasado junio por haber intercambiado fotos en calzoncillos en las que se sugería una erección. Y Bill Clinton estuvo a punto de perder la presidencia por mentir bajo juramento sobre una infidelidad suya con una becaria. El adulterio ha destruido la imagen, y quizá la carrera, de uno de los mejores golfistas de la historia, Tiger Woods.
Para Stacey, los escándalos sexuales son una fuente de conflicto muy útil para que los políticos regionales y líderes religiosos estadounidenses ganen adeptos, votos, poder y dinero, aunque a escala nacional el efecto se diluye. Y los medios norteamericanos, afirma, "están obsesionados con el sexo". La sociedad estadounidense es un poco "esquizofrénica", donde sobreviven los extremos: radicales que se alimentan constantemente de imágenes sexuales y autoridades rígidas que reprimen el sexo sin más.
En España, la infidelidad ha tenido una trayectoria diferente. Un político puede tener una amante o una inclinación sexual, pero la prensa seria tradicionalmente relega el asunto al ámbito de lo privado. Según Pablo José Abascal, profesor de Derecho de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, hoy en día "no hay causa para romper el matrimonio, hay una libertad absoluta. No hay culpable o inocente". Pero arrastramos un pasado lleno de prejuicios. En la era de la dominación romana, y gracias a una ley nupcial establecida durante el reinado del emperador Augusto que limitaba la libertad sexual de las romanas, la infidelidad pasó a ser considerada un delito grave, y sobre todo, público. Había que proteger el patrimonio de las familias, y animar a las romanas a tener más hijos para proporcionar más soldados para la guerra. "No había natalidad suficiente, y las romanas tampoco se querían comprometer", explica Abascal, autor de una obra La infidelidad y el adulterio en España, editada por la Universidad de Córdoba. Ellas conocían bien las prácticas abortivas. Antes de la ley de Augusto, escribe este experto, el adulterio podría conllevar la muerte de la adíltera si esta era sorprendida in fraganti, pero solo a instancias de la familia. No era un delito perseguible con una pena pública. "La infidelidad también producía una disgregación del patrimonio en la época romana". Los siglos posteriores y el cristianismo proyectaron el adulterio como un crimen merecedor de escarnio público. Hasta que dejó de ser delito en 1978, con la Constitución española.
¿Ha fracasado la monogamia? No esté tan seguro. Eche un vistazo a los primates más próximos a nosotros: ¿forman parejas estables los chimpancés, los gorilas? La respuesta es un no rotundo. En el mundo hay casi 7.000 millones de seres humanos, frente quizá a 150.000 chimpancés, y puede que 50.000 gorilas (junto con unos centenares de gorilas de montaña). El éxito de la pareja como estrategia reproductiva es indiscutible.
El prestigioso antropólogo Owen Lovejoy, de la Universidad estatal de Kent en Ohio (Estados Unidos), describe, para el ser humano, un fenómeno fascinante, la monogamia serial: un cambio de pareja tras un notable periodo de tiempo. Admite que nuestro comportamiento "matrimonial" es un producto de la cultura, pero advierte que en nosotros anida una inclinación genética a establecer parejas. ¿Por qué? Los seres humanos y los primates nos hemos hecho más longevos, y en la evolución, el tiempo entre el nacimiento de una cría y la siguiente se ha espaciado cada vez más. Cada cría supuso una inversión valiosísima. Y los pequeños maduran lentamente. En esta situación, "dos padres, incluso aunque uno esté menos implicado, son mucho mejor que uno", relata Lovejoy en un correo electrónico. "Con los primeros humanos, la contribución del macho fue liberar a la hembra de sus tareas para que se centrase en los hijos, buscando activamente alimentos para ella". Lo que no implica que, en el pasado remoto, los primeros humanos estuvieran a salvo de infidelidades y engaños. ¡Ni mucho menos! "Para ella, el emparejamiento perfecto sería copular con el macho que tuviera el mayor éxito reproductivo de todo el grupo, aunque no fuera su pareja. De esta forma, su descendencia heredaría los atributos biológicos causantes del éxito del padre auténtico, a pesar de que sus hijos los cuidara otro macho, su compañero actual".
Ser infiel trae sus ventajas, siempre que no se descubra el engaño, advierte este antropólogo; de otra manera, ella no recibiría esos valiosos cuidados. Lovejoy acude a la analogía con los cucos, que ponen sus huevos en nidos ajenos para que sean otros padres quienes los cuiden. Y ocurre ahora. Una sentencia de la Audiencia Provincial de Valencia dictada en 2004 relata el caso de una mujer, Adela, denunciada por su ex-marido, Carlos, de una alta posición económica, por ocultarle la verdadera paternidad de tres de sus cuatro hijos menores durante seis años, después de contraer matrimonio en 1987. Todo empezó tras conocer Carlos la relación extraconyugal de su esposa. Ambos solicitaron la separación por mutuo acuerdo en 2002. Pero Adela exigió una prueba de paternidad para demostrar que los tres hijos no eran suyos, sino de su amante, Francisco, con el que venía manteniendo relaciones años atrás. Carlos la denunció entonces por daños morales y los gastos acarreados por la manutención y educación de los que había creído eran sus hijos. En palabras de Abascal, "se le concedió una indemnización de 100.000 euros basada en que la relación paterno filial había durado mucho en el tiempo, y los menores eran ya mayores de edad cuando se descubrió el tema".
La infidelidad no implica la destrucción automática de la pareja. Paradójicamente, puede consolidarla. "Mi conclusión es que habría que redefinirla", afirma Stacey, volviendo sobre lo que significa ser fiel en muchas de las parejas que ha investigado. La integridad de una pareja consiste en dar fe de unas reglas que no necesariamente tienen que ser únicas y universales para las demás. "Creo que el principio general es que la gente es diferente en cuanto al sexo, en sus deseos sexuales, en la tolerancia o no, en ser exclusivos o no exclusivos. Tienes que negociar con tu pareja. He conocido hombres para los que se rompería todo por culpa de una aventura sexual. Otra pareja fue monógama durante cinco años, la llama se extinguió, y se concedieron permiso para buscar relaciones sexuales fuera con la regla de que tienes que decírmelo, tengo que saberlo. Otra pareja tenía la regla de compartir y traerse los amantes a casa, y otra, la política de no preguntes, no me lo digas, la de puedes hacerlo pero si no quieres romper la relación no quiero saber nada". La monogamia, concluye Stacey, puede ser tan válida como otras opciones, siempre que el acuerdo sea mutuo.

Por LUIS MIGUEL ARIZA from elpais.com  25/09/2011

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